miércoles, 15 de junio de 2005
El trastero
Todo comenzó hace cuatro meses. Vivía entonces con mis padres ¡qué maravilla! Una mañana mientras desayunaba y leía el periódico encontré un artículo que llamó mi atención: El gobierno del PSOE pondrá en marcha un nuevo plan de vivienda. Leí con avidez la noticia de cabo a cabo. Por fin había llegado el momento de independizarme.
Los trámites de papeles: fianza, avalista, seguro, seguro del seguro y alguna cosilla más se sucedieron con agilidad; en tres meses tenía en mi mano las llaves del piso. Hay quien piensa que la burocracia es lenta pero, como yo digo, conviene tener en cuenta ciertos factores. La oficina en donde recogen nuestra documentación debe encargarse a su vez de tramitarla a un edificio que se encuentra trescientos metros calle abajo. Utilizan un vehículo oficial con lo que están expuestos a los tediosos atascos y, claro, los papeles se retrasan ¿la culpa? nuestra, que cuando nos hablan de pagar más impuestos o de dejar el coche en el garaje para que la ciudad sea un sitio más llevadero hacemos oídos sordos y miramos hacia otro lado. Una vez allí los impresos pasan por varios departamentos, cada uno pone su tampón y cuando llegan al último piso son casi ilegibles con lo que el trabajo se ralentiza. La documentación ha sido aceptada, es el momento de retorno a su lugar de origen; no nos olvidemos del tráfico. De nuevo otra revisión y más sellos, un trabajo minucioso, que enseguida se nos calienta la boca y vamos por ahí diciendo que los funcionarios no dan golpe. Ya están listos, ahora queda esperar unos días a que sequen que con tanto tampón los folios resudan tinta por todas partes y no está bien que al recogerlos nos tiñamos las manos. Ha llegado el momento, una mujer con voz de robot o un robot con voz de mujer te llama por teléfono para darte cita, las llaves de casa están disponibles.
La mudanza no me llevó demasiado tiempo, el apartamento se encuentra frente con frente con el de mis padres.
El piso, al que llamaré pi como la letra griega, no es que mida 3,1416 metros cuadrados ¡faltaría más!, tiene una superficie de veinticinco metros cuadrados. Es íntimo, no me atrevo a llamarlo acogedor pues la verdad acoger lo que se dice acoger… digamos que dos personas viven un poco apretadas y puestos a organizar una fiesta casi sería más conveniente realizarla en la escalera, aunque como dice mi abuelo una casa no es para fiestas que molesten a los vecinos, la casa es lugar para formar una familia. Puede que tenga razón, si es así la mía es ideal para ello, dos personas allí dentro a nada que se muevan estarían todo el día rozándose y ya se sabe, roza que te roza… cuando te das cuenta estás rodeado de niños. El problema sería donde meterlos, pero para esto confió en Zapatero que es risueño, de buen talante y dice que hará guarderías abiertas todo el día donde poder dejar a los hijos cuando estén los padres trabajando así tan sólo estarían en casa para dormir. No está nada mal, podría tener una parejita sin problemas, uno dormiría sobre la encimera y el otro sobre la nevera, que los niños cuando son pequeños duermen en cualquier parte.
La casa es un chollo, mantenerla cuesta muy poco. Para pintarla aproveché media lata de pintura que le sobró a un colega que hizo obras en su piso. En calefacción no gasto nada, mi madre me regaló unas velas, muy bonitas por cierto; cuando está fresco me basta con encender media docena de ellas y la casa coge tono, ahorro también algo en luz eléctrica y dejan un aroma muy agradable. Tiene una sola ventana, con lo que en cortinas no invertí muchos euros, además como bien dice mi abuela y ya se sabe que las abuelas son grandes expertas, si se tienen muchas ventanas tarde o temprano quedan abiertas y esto no es bueno, que se llena la casa de aires indeseables y estos son malos para los huesos. La puerta de acceso es como cualquier otra, aunque tengo que entrar de lado ya que no puedo abrirla del todo; no, no, si la casa está bien construida lo que sucede es que tengo que meter la bombona de gas en algún sitio, así cuando venga el butanero no tendré que cargar con ella como ocurre en los pisos antiguos con sus interminables pasillos. Nada más cruzar el umbral te encuentras con la cama, bueno en realidad te topas con todo. Esto que puede sonar a contrariedad es una gran ventaja, no os podéis imaginar lo agradable que es tener tan a mano un lugar donde descansar después de llegar extenuado del trabajo o de la compra. La cama es grande, bueno, en realidad es de noventa pero el efecto óptico juega a favor ¡es como si lo ocupara todo!, a los pies, apenas a medio metro, se encuentran la nevera y el horno; está muy bien diseñado, se puede apreciar que los ingenieros han dedicado muchas horas de estudio: si tienes frío duermes a la derecha de la cama con los pies cerca del horno, por el contrario, que la noche es calurosa, pues nada, giras hacia el otro lado y reposas fresquito ajustado a la nevera.
Recuerdo la primera cita en el piso, la chica era preciosa, la luz que aportaban las velas le daba calidez a la escena. Nos pusimos a la mesa, ella pareció extrañarse pues era una mesa de esas bajitas, apenas cincuenta centímetros por lado y cojines como asiento. Le expliqué que el piso no es pequeño, que ahora se diseñan así para que emulemos a otras culturas, de esta manera podemos acercarnos más a sus costumbres y comprenderlas mejor. Creo que fue a partir de este instante cuando empezó a mirarme con ojos tiernos, quizás conozca la teoría de las civilizaciones de Zapatero. Serví la cena en un solo plato, este gesto le pareció entrañable y me comentó que era muy romántico; la verdad la verdad es que no me quedaban más platos, antes tenía media docena pero al comprar un bol para ensaladas y una tapa para la sartén tuve que deshacerme de alguno por no tener espacio para todo, además, como se suele decir, donde come uno comen dos. Tomamos el café y casi sin darnos cuenta terminamos en la cama. He de reconocer que el mérito no fue mío, las mujeres no se me dan muy bien pero al ser la casa tan pequeña no quedaba otro sitio libre. La noche marchaba sobre ruedas y aunque ya estaba entrado el verano la temperatura no pasaba de 10º C por lo que encendí el horno para terminar de caldear el ambiente. A partir de ese momento fue todo un desastre, ella, desnuda en el lado derecho de la cama ardía de pasión, mientras, yo, pegadito a la nevera, era incapaz siquiera de quitarme la camisa. Esa noche no hubo entendimiento, reconozco que la culpa no es del piso sino de los cambios climáticos y aquí no se le puede achacar nada al gobierno, o por lo menos a este, que quien incumplió los acuerdos de KIOTO fueron los que estaban antes.
El cuarto de baño es perfecto, no entiendo como nadie pudo darse cuenta hasta ahora. No dispone de bañera que acumule litros y litros de agua para que termine uno metiéndose en ella y perdiendo un par de horas que no generan nada aprovechable. Y qué me dicen del desperdicio de agua, tan importante para otras cuestiones. Sí tiene un plato de ducha con su mampara, no muy amplio todo hay que decirlo. Tienes que abrir los grifos antes de entrar y enjabonarse no es tarea fácil ¡qué bien ideado!; son muchas las personas que pasan el día frotándose la piel ¡pero es que no lo ven! tanta limpieza termina por eliminar las defensas de la epidermis y claro los gastos sanitarios se disparan hasta cotas insospechadas, razonemos, no hay economía que lo resista. No cabe duda, cuanto más contemplo el piso más me asombro de la capacidad de los políticos. El lavabo y el inodoro están pegaditos para que puedas hacer varias cosas a la vez. El baño tiene un respiradero en una de las paredes que se puede abrir para que salga el vapor acumulado, síntoma de que hay agua caliente, la pega es que no puedes marcharte hasta que termine de airearse el cuarto; el patio no es muy grande y no sería la primera ocasión en la que me encuentro con el brazo del vecino intentando robarme las toallas. Esto no es más que un contratiempo menor, el vecino sigue saludándome y lo importante es que no se pierda el dialogo.
Los pisos que no son muy grandes poseen una ventaja que ningún otro puede alcanzar, este en concreto, ha unido a mi familia como nunca lo estuvo antes. Mi madre está radiante porque ha vuelto a casa su ojito derecho, no se trata de que en “pi” viviera mal o hubiese perdido mi dignidad, que esta no se mide en metros cuadrados, es que debo de seguir estudiando y allí no tenía sitio para el ordenador que prometió el Presidente. Mi padre, ese es el más feliz de todos, con tan sólo cruzar la calle tiene un trastero donde poder aserrar cientos de tablillas; puede que ahora acabe la maqueta de ese barco que empezó hace diez años.
Quizás, tenga razón mi amigo, el que me regaló la pintura, y este gobierno intente engañarnos. Aunque no me fío mucho de mi colega, debe ser algo facha, tiene una casa que mide setenta metros cuadrados.


