El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 28 de agosto de 2005

FE

Fe

Lamia, de Waterhouse


I


Bajo una lluvia de hojas, en lo más umbrío del bosque de Tituvail, el príncipe Naeric Wiceriand le entregaba a Seathiel el libro de su religión como prueba de afecto.
--Aquí te dejo mi corazón. Confió en que la divina Yiredia me proteja y me permita reunirme contigo de nuevo --dijo él, con el pecho conmocionado por ramalazos de ternura.
--¿Tanta fe tienes en tu diosa?
--Tanta como en tu amor
--Él sonrió y le acarició el cabello--. Cuando regrese, en primavera, te haré mi esposa. Siempre quise casarme en mayo. Así lo ha querido Yiredia.
Seathiel lloró hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas. Tras guardar bajo los ropajes el regalo, rodeó con sus brazos el cuello del joven tratando de retenerlo un instante más. Los labios de ambos temblaban. Al día siguiente el príncipe partiría con sus ejércitos hacia el norte, para hacer la guerra a los bárbaros que amenazaban las fronteras.
Aquella tarde otoñal, ella regresó a la morada de su padre con el rostro conmocionado. Durante su cabalgada había escuchado los cuernos llamando a los caballeros; se había topado en el camino con hombres que portaban estandartes blancos con estrellas doradas y que cantaban canciones de guerra. El crepúsculo, del color de la sangre, anunciaba días de muerte.
Seathiel se refugió en su cámara. No quería escuchar las voces de los sirvientes ofreciéndole comida. Sola, imaginó a su amado en el campo de batalla, blandiendo la espada al lado de aquellos soldados de barbas sucias. No veía alegría en tal honor, sólo la posibilidad de su muerte. Naeric aplastado como una flor bajo el peso de un caballo o traspasado por lanzas. Las hazañas que tantas veces había encontrado seductoras en los libros, le parecían ahora malignas e indeseables. ¿Por qué los hombres amaban la guerra? ¿Por qué ella amaba a un hombre que amaba la guerra? Historias de héroes caídos en la juventud regresaban una y otra vez a su cabeza para mortificarla.
Abrió el regalo buscando alivio. Era un libro pequeño adornado con miniaturas de colores vibrantes. Hablaba de una fe extraña a la suya, poblada por decenas de dioses que rendían pleitesía a la Reina del Cielo. Estas criaturas, se decía, viajaban desde la tierra de los mortales a sus moradas de hielo a bordo de carruajes que sólo los elegidos podían ver, brillando, por un instante, como estrellas fugaces. Tenían por costumbre camuflarse entre sus fieles. Así pues, cualquier viajero cubierto con capa y capucha podría ser un dios o uno de sus heraldos. A veces distinguían a los más devotos con su amistad.
Se aferró al volumen y lo olió, tratando de imbuirse con el espíritu allí concentrado. Qué maravilla si fuera verdad que los ángeles protegían a los hombres de los peligros del mundo, si esa fe no fuera sólo un delirio de idólatras.
Agotada, se durmió junto al fuego. Tuvo sueños convulsos, en los que Naeric viajaba a países lejanos de cielos negros. Al despertar, sobresaltada, vio que el libro se le había resbalado de las rodillas y yacía en el suelo, abierto por la mitad. Lo primero que advirtió fue el dibujo de una mujer, que ocupaba el centro de un círculo rodeado por letras mágicas. Pensó que aún soñaba cuando observó que los ojos de la dama se abrían y se cerraban y que de su boca escapaba un suspiro. Las letras que formaban su nombre bailaron un instante antes de quedar fijas en su retina: Yiredia, la diosa de Naeric.

II


Astarel salió del limbo de las sombras sólo por mandato de la Reina del Cielo. Era un espíritu poderoso cuya belleza, tan antigua como la tierra, aún era capaz de desarmar demonios. En aquel momento se conformaba con travesuras más inocentes: al agitar las alas deshacía las nubes; y cantaba tan alto que los pájaros huían a regiones más tranquilas presos del terror.
Cuán molesto le resultaba abandonar su palacio de paredes transparentes, bañadas por la luz de miles de soles, para complacer los deseos de una mujer mortal. A su mente de aire llegaban las súplicas de Seathiel, mezcladas con imágenes que le costaba entender: la joven entrelazada con su amante, ambos desnudos sobre un lecho de hojas secas, susurrándose palabras vanas al oído. Ardía en las venas de aquella niña un líquido dulzón cuando en el espejo de su alma veía reflejada la figura del príncipe. Y en ese horrible incendio de la carne, a la vez que placer hallaba sufrimiento. Ah, los humanos. Criaturas como hormigas, que se afanaban en ilusiones pasajeras. La muerte siempre les llegaba. ¿Por qué deseaban tanto un segundo más de vida para sentir esa comezón?
Vio, desde el cielo, las montañas, coronadas de hielo; sobrevoló los valles ahogados por bosques, y llegó hasta el lago Eredruidh.
Burlona y gentil, caminó sobre las aguas, creando con los pies ondas concéntricas que morían en la orilla del lago, sorprendida de que pudiera haber belleza fuera del círculo astral donde habitaba. “Qué delicioso es el país de los hombres”, pensó mientras con la mirada veloz de quien ha conocido milenios, buscaba en la batalla el rostro del joven por cuya existencia debía velar.
En las cercanías, la niebla cubría centenares de armaduras en movimiento. La atravesó con sus ojos, mientras saltaba a la orilla y caía como una pluma sobre la hierba, agitando sus etéreos vestidos.
Grácilmente, caminó por entre los guerreros, esquivando con risas los mandobles. Nunca lo hubiera creído. Eran hermosos y fieros. Morían entre gritos, cubiertos de sangre. Los miraba con asombro y con gusto. Aquí dos caballeros cruzaban sus espadas, sacándole chispas a las hojas; allá, un infante hundía su lanza en el vientre de su enemigo. Caían los estandartes y las oriflamas, cubriendo los cadáveres envueltos en hierro. Ese olor a sangre fresca, el sonido de un cuerno excitando al combate: nunca había visto cosa igual.
En presencia de la muerte recordaban sus amores, sus casas sobre los cerros, el cabello canoso de sus madres, el sabor de la última cerveza... Sí, sí; quería saber más de los mortales. Al pasar a su lado les tocaba en el hombro o acariciaba las guedejas que pendían de sus cabezas. Por un segundo, les miraba a los ojos, buscando el origen de su pasión. Ella misma empezaba a sentir la pesadez de la vida. Sus pies eran como dos plomos; ya no podía volar. Todo lo que veía le parecía de una belleza indecible.
El espíritu antiguo, extasiado, enamorado de la carne, no reparó en la presencia del príncipe Naeric.
Éste se quitó el yelmo. Los cabellos dorados, impregnados de sudor, se le pegaban a la frente. Con pasos erráticos y la espada en alto caminó hacia el Alberoth, el Guerrero Negro. Ambos parecían dos gigantes, pesados y torpes cuyos movimientos provocaban sonidos metálicos.
La espada de Naeric cayó sobre el escudo del rival, destrozándoselo. Casi el brazo hubiera perdido Alberoth si hubiera opuesto más resistencia. Pero rodó por la hierba humedecida para evitar el filo del espadón de su enemigo, cuya punta se hundió en tierra; logró ponerse en pie de un salto.
El espíritu escuchó como el Guerrero Negro gritaba el nombre de su enemigo. Entonces reparó en la falta que había cometido al descuidar su encomienda. Se giró y vio a unos diez metros a los dos muchachos chocando espadas.
Con la furia encendiendo sus ojos, Alberoth golpeó con el filo de su arma el brazo de Naeric, que cayó a tierra, sangrando copiosamente. Cuando el amado de Seathiel cerró los dedos para agarrar la empuñadura de su espada y devolver el golpe, aún derribado y malherido, se percató de sus músculos no respondían.
Fue apenas un segundo. Alberoth levantó el montante, presa del gozo de la victoria y lo lanzó sobre el príncipe.
Una mano sobrenatural agarró entonces la muñeca del agresor, quien sintió como si todo el frío del mundo se concentrara en esa parte del cuerpo. Temblando, dejó caer la espada. Y luego, se desvaneció él, con un rictus de terror deformando sus facciones.

III


Cuando Naeric abrió los ojos, la batalla ya había concluido. No escuchaba ningún sonido alrededor. La niebla aún emborronaba los contornos de la orilla del lago.
Se incorporó con esfuerzo. No sangraba ni le dolían los huesos, pero la parte de la armadura que protegía el brazo estaba quebrada sobre la hierba, enrojecida. Se extrañó de no estar muerto.
Entonces la vio a ella, sentada sobre la coraza de su enemigo, entonando una melodía que recordaba al viento del invierno entre las ramas. Seguía siendo brillante y etérea, pero no tanto como para que él no reparara en su hermosura sobrenatural. Tuvo miedo, sin embargo, al creerla enviada de los dioses. Sin querer evocó el rostro de Seathiel, que le confortó. “¿Ha sido tu amor el que me ha salvado? ¿Has rezado por mí a la Diosa?”, pensó, enardecido.
Astarel se le acercó, exhibiendo su burlona sonrisa, sin dejar de cantar y bailar sobre las armas rotas y los bellísimos hombres muertos. Se inclinó sobre él. El príncipe notó la caricia de sus manos en la mejilla y sintió miedo. “Qué príncipe tan valiente. ¿Tú también amas la vida en presencia de la muerte?”, dijo ella en voz alta. Luego sopló en sus ojos. Él se quedó dormido, recordando a Seathiel.

IV


Fue la novia más hermosa aquel mes mayo, bajo los arcos del palacio de Naeric. Todos, al verla recibir el anillo del desposorio, vestida de verde y con una corona de verbenas sobre sus rubios cabellos, se congratulaban de la felicidad de su señor.
Ella rió bebiendo el cáliz con la ambrosía nupcial, hasta que el líquido se derramó sobre su vestido de seda, con estrellitas de plata. Rieron también los cortesanos. El príncipe, embriagado por su encantadora presencia, la abrazó con tanta fuerza que hubiera podido astillar sus huesos. La guerra había terminado. Era tiempo para la paz y el placer. La alegría llenaba las estancias del castillo. La novia anhelaba quedarse a solas con su esposo en un lecho de hojas secas. Mordiendo una fruta roja como la sangre, cuyos jugos le resbalaban por las comisuras de la boca, lo llevó a rastras escaleras arriba. Una cascada de risas francas y burlonas inundó el palacio...

V


Después de la ceremonia, sola en su cámara, Seathiel apretó contra su pecho el libro sagrado del pueblo de Therarien, donde estaba encerrado el corazón de Naeric. Lo leyó, como todas las noches, a la luz de las bujías. Su fe en el amor era tan fuerte que lloraba recitando los gozos de los elegidos por Yiredia.
Mientras el príncipe y su esposa Astarel gozaban de las mieles de la carne, Seathiel se sentó junto a la chimenea. Su juventud se había tornado escarcha. Algunos decían que sus miembros parecían transparentes como los de un espíritu.
Lentamente, fue declinando hasta que la muerte la encontró una tarde de otoño, rezándole a la Diosa.

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: domingo, 28 de agosto de 2005
  •  | 
  • Hora: 21:26

Autor: Thersuva

Lo mejor la ilustración: "Lamia" de Waterhouse. Sonrisa Gigante

  • Fecha: domingo, 28 de agosto de 2005
  •  | 
  • Hora: 22:09

Autor: Vvanadis

¿Lamia o Lamía? Sonrisa Gigante

Lo leere con calma.

  • Fecha: lunes, 29 de agosto de 2005
  •  | 
  • Hora: 10:52

Autor: Vvanadis

Fumador