El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 25 de septiembre de 2005

Adorando a un Dios Desconocido (parte I) I. El regreso

Primera parte:
La Bestia Rubia Germánica (o de cómo se llega a ser lo que se es)




En esas dos naturalezas románticas se manifestaba de manera notable un fenómeno que suele descuidarse: el predominio del elemento sexual en todas las relaciones humanas, el cual las fortalece, suaviza y embellece, incluso las de consanguinidad. Eran casi inseparables, hasta el punto de que los que no los conocían los tomaban a menudo por enamorados.

Ambrose Bierce
La muerte de Halpin Frayser



En la base de todas las razas nobles resulta imposible no detectar a ese animal rapaz que es la magnífica ‘bestia rubia germánica’ andando errante en busca de botín y victorias…
F. Nietzsche


I.- El regreso


Toulouse, donde vive Sigrid


El mismo día de mi regreso a Toulouse, yo, Sigrid Halvorsen, de profesión "supermujer" y escritora, me enteré de que mi hermano mellizo, Sigurd, había contraído matrimonio. Lo convencional, casi podríamos decir lo normal, en estas circunstancias hubiera sido que hubiera corrido a telefonearlo para enviarle felicitaciones y desearle ese futuro de dicha en que siempre tienen puesta la mira los recién casados. Pensándolo bien, lo verdaderamente convencional hubiera sido que ya lo supiera…
Durante los cuatro meses que había pasado en Estados Unidos, dando clases en un taller literario de la Universidad de Nueva York a dos docenas de aspirantes a escritores, de escaso o nulo talento, había hablado con él a diario, sin que de nuestras charlas pudiera inferir la existencia de tales novedades. Al contrario, se había mostrado siempre inusualmente amable, aunque con una paradójica prisa por terminar las conversaciones, excusando que no tenía nada más que contar, que todo iba bien. Todo iba bien… ¿De veras? ¡Pues no! Me engañaba, y no sólo él sino también todos mis amigos, confabulados en tremenda conspiración de silencio para “evitarme un dolor” o, más bien, para evitárselo a Sigurd.
Pero cuando llegué al número 7 de la rue Félibre, donde teníamos nuestra residencia desde hacía seis años, estaba en la inopia total y absoluta. Es verdad que me pareció extrañísimo que el buzón estuviera lleno a reventar de cartas personales, de bancos y folletos de publicidad. Sigurd recogía el correo todos los días sin falta por si escribía mamá. Tenía la sospecha de que yo leía las cartas de nuestra madre e inmediatamente después, en el mismo portal, las hacía pedazos. Lo reconozco: no era una sospecha infundada.
Ya tenía la ceja elevada y la cabeza trabajando a marchas forzadas en busca de una explicación razonable para su negligencia, cuando una de mis vecinas, la viuda Fournier, entró conmigo en el ascensor, y me espetó, tras lanzarme un efusivo y por tanto hipócrita saludo de bienvenida: “¡Mira que no asistir a la boda de su hermano! Con lo guapísima que estaba la nieta de Breton, cómo se llama (lo sabía de sobra; se regodeaba), ah, sí: Elaine, Elaine Condé… Aunque la tripita se notaba, eh. El niño será precioso si se parece a su madre, bueno, o a su tía…”
Asombro y estupor: ¿tripita? ¿Niño? ¿Boda? ¿Tía? ¡Elaine!; aquello parecía una pesadilla; sí, eso debía de ser; estaba dormida y un mal espíritu había entrado sin permiso en mi bello sueño con la idea de trastocarlo del todo. Hablarme a mí de cuñadas y sobrinos, a mí, que era una hermana incestuosa (y a mucha honra). Desde luego se trataba de una falta de tacto imperdonable (estaba segura de que la viuda sabía lo nuestro, aunque disimulaba) o bien de un ataque de locura de la pobre vieja. Pero, no, a fin de cuentas tenía que ser cierto: madame Fournier disfrutaba demasiado siendo mensajera de tales "infaustas noticias". “Debe de estar muy contenta”, me susurraba, sin dejar de mirarme de arriba abajo, como hacía con todas las víctimas de sus chismorreos, buscando en mi aspecto algún signo que delatara mi pertenencia a banda armada, tal vez una pistola bajo la chaqueta; durante una temporada se le había metido en la cabeza que mi vecina vasca y yo éramos terroristas de ETA, muy peligrosas, y así lo había propalado por el edificio. Claro que eso no era lo peor que había dicho de nosotras.
Sonreí, y fingí que estaba al tanto, disimulando el rechinar de dientes, mientras la ancianita desgranaba con afán y ditirambo las virtudes de la nueva rama que le había salido a mi árbol genealógico: Elaine, la chica más lista, más guapa, más rica y más todo de la región languedociana… Elaine era eso, por supuesto, aunque yo la consideraba por entonces un deshecho de la sociedad. Esa angelical muchacha, a la que había tratado de salvar de su porvenir burgués mostrándole la existencia de “vidas alternativas” basadas en mi filosofía halvorseniana, a la que había permitido la entrada en mi casa, y la facultad de ordenar, transcribir y revisar mis escritos, "esa Elaine" que se las daba de hippie y de rebelde, para espanto de su madre, que había robado uno de mis cuentos para presentarlo a un concurso literario, y ganarlo encima, esa repugnante babosa cobarde y desagradecida, me había robado también a mi hermano. ¡Y estaba embarazada!
Cerré los ojos y la vi tan claramente que parecía estar allí mismo, entre la bruja de mi vecina y yo. Elaine, la manzana de la discordia, la tentadora de Adán y su costilla flotante, falsa e inadecuada. ¿Por qué ella? Era inconcebible que mi hermano lo hubiera hecho aposta para herirme. Sigurd no tenía más que una dimensión; era un punto blanco, el punto final del "non plus ultra" de las columnas de Hércules denominadas bondad y convencionalismo. Era todo corazón, dulce como la leche condensada, leche que siempre había sido generosamente repartida entre las hambrientas… Una de las cuales, mira por dónde, había resultado Elaine. Así me pagaba todas mis enseñanzas.
Pero él era quien me había decepcionado más y no precisamente por casarse con alguien que no me caía bien. Sigurd se lo había contado a todo el mundo menos a mí. Había actuado a traición, de un modo tan indigno que casi no podía creérmelo. No, él no tenía esa sangre fría. Algún trastorno mental debía de haberle afectado para comportarse durante tanto tiempo como una criatura artera incapaz de cumplir el primer y único pacto existente entre nosotros: la sinceridad absoluta. Eso habíamos acordado el mismo día en que nos fuimos a vivir a la rue Félibre: nos lo contaremos todo, somos los mejores amigos, antes que hermanos…
Yo había cumplido a rajatabla: le contaba todas mis aventuras con detalle, incluso con demasiado detalle. Él, más reservado, no entraba en lo accesorio, pero narraba lo fundamental, aunque le tiraba de la lengua y terminaba conociendo hasta la marca de la ropa interior de las afortunadas gozadoras de su cuerpo germánico. Hombres y mujeres que iban y venían, pues, no eran para nosotros un problema, sino tan sólo elementos móviles que confirmaban lo estático; pequeños alicientes que evitaban la rutina de una convivencia tranquila y libre, sin peleas, de esa isla privada de amor fraterno, inviolable, incluso para nuestra madre, quien desde la lejana y lluviosa Bergen, escribía o telefoneaba de vez en cuando para recordarnos que lo que hacíamos estaba "muy mal visto".
Karen Dahl, mi madre, siempre me ha considerado causante de las desgracias de la familia. En sus fantasías, Sigurd es un hombre débil, bondadoso e inocente, que llevado por un mal entendido amor, ha dejado que yo lo domine y lo manipule a mi antojo. Bien es cierto que fui yo la que a los dieciséis años se metió en su cama, y le sugirió que perdiera la vergüenza y “dejara de estar alienado por costumbres retrógradas y prejuicios”. Me sentía entonces muy orgullosa de este hecho. “Sólo” era sexo, y el sexo no era nada más que comunicación y placer compartido. ¿Qué tenía de malo pasar juntos un rato agradable? ¿No jugábamos también al ajedrez y a nadie le parecía mal?
Eso que para mí era (y es) tan obvio a los demás no les cabía en la cabeza. Cuando tía Ingrid nos descubrió en situación inadecuada, todas las culpas cayeron sobre mí. En lo que a mi familia respectaba, Sigurd era un santo y yo una perdida. No sólo ya había demostrado desde la infancia un talante extraño, y unos comportamientos inusuales en mi sexo y edad, además de un interés desmedido en Nietzsche y en la creación de sociedades utópicas al estilo de los falansterios, lo cual, considerado aisladamente, ya hubiera sido motivo de "preocupación", sino que encima me jactaba de obrar “del modo correcto”, acusando a los demás de “arcaicos y retrógrados”. Y no, no me disculpé, no me arrepentí, no me arrogué el papel de Eva tentadora, mácula de la condición femenina desde la fundación de la sociedad humana. Aseguré que seguiría haciéndolo cuantas veces quisiera, porque así “me lo dictaba el corazón”. Y fui castigada por ello: alguien tatuó en mi frente la palabra “culpa”. Con lo mal que se quitan los tatuajes...
Pero antes de continuar con el apasionante y en ocasiones rocambolesco relato de cómo adquirí por sorpresa una hermana política y un sobrino, me gustaría echar la vista atrás, a un tiempo anterior a ese hito en la historia de la Humanidad que fue mi nacimiento, para hablar un poco de mis antepasados, envolviendo entre velos de cuento de hadas lo que me contaron de niña o llegué a conocer posteriormente, y luego avanzar hacia el presente por las peripecias que me han convertido en lo que soy. Así pues, empezaré de un modo clásico...

Comentarios

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  • Fecha: lunes, 26 de septiembre de 2005
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  • Hora: 1:06

Autor: Thersuva

Apropiada la cita de Bierce, eh?

Ya este primer capítulo contiene algunas de mis frases favoritas de la novela:

"Hablarme a mí de cuñadas y sobrinos, a mí, que era una hermana incestuosa (y a mucha honra). Desde luego se trataba de una falta de tacto imperdonable (estaba segura de que la viuda sabía lo nuestro, aunque disimulaba) o bien de un ataque de locura de la pobre vieja."

"Sigurd no tenía más que una dimensión; era un punto blanco, el punto final del "non plus ultra" de las columnas de Hércules denominadas bondad y convencionalismo. Era todo corazón, dulce como la leche condensada, leche que siempre había sido generosamente repartida entre las hambrientas… Una de las cuales, mira por dónde, había resultado Elaine." Sonrisa Gigante

  • Fecha: lunes, 26 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 1:17

Autor: Thersuva

Y hay más:

" “Sólo” era sexo, y el sexo no era nada más que comunicación y placer compartido. ¿Qué tenía de malo pasar juntos un rato agradable? ¿No jugábamos también al ajedrez y a nadie le parecía mal?"

Esta Sigrid...

"Y fui castigada por ello: alguien tatuó en mi frente la palabra “culpa”. Con lo mal que se quitan los tatuajes..."

Pues si, que a Hester Prynne solo la obligaron a llevar una A escarlata...

"Así pues, empezaré de un modo clásico..."

Qué interesante...

  • Fecha: lunes, 26 de septiembre de 2005
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  • Hora: 17:38

Autor: reginairae

Sí, ese principio me gusta, después de tantas vueltas como le di... jaja. Acuérdate de la primerísima versión, aquellas parrafadas por las calles de la ciudad, etc...

Sobre la frase de la "leche condensada", ejem, quiero decirte que en realidad cuando la escribí no tenía en la mente lo mismo que tú al comentarla. La connotación erótica la vi mucho después, jaja. Así que fue sin querer...

Siempre me han gustado los inicios con un flashback. El personaje se encuentra con una novedad, y luego rememora los acontecimientos que han llevado hasta ese punto, para seguir a continuación el hilo de la historia. Es un inicio con peligro, pues algunos lectores podrían aburrirse mientras se cuentan historias del pasado. He tratado de que toda la primera parte relate solo acontecimientos y cite personajes que luego tendrán participación en la trama o tengan que ver con el relato...

  • Fecha: lunes, 26 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 17:41

Autor: reginairae

Sí, la cita de Ambrose Bierce me gusta mucho aplicada a esta novela. El relato del cual está sacada trata de un personaje muy unido a su madre y que tiene un final un poco macabro. Además, a lo largo de la novela se dice que Ambrose Bierce es uno de los escritores favoritos de Sigrid. Pero creo que debo mirar bien la grafía del título del relato, porque ahora tengo la duda de si no será Halpin Frasier, en lugar de lo que yo puse (lo puse de memoria) Sonrisa Gigante

  • Fecha: martes, 27 de septiembre de 2005
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  • Hora: 1:26

Autor: Thersuva

Tengo por aquí un libro titulado "El clan de los parricidas y otras historias macabras", de
Ambrose G. Bierce que incluye el relato que mencionas y lo titula: "La muerte de Halpin Frayser".

Lo leeré.

  • Fecha: martes, 27 de septiembre de 2005
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  • Hora: 16:38

Autor: Atreyu15

Seguiré la lectura de la novela, pero no adelantéis la trama por fa.
¿Honoré de Balzac, Clarín, Stendhal? Apunta hacia culebrón, espero el próximo. Esto es como cuando de crío iba los viernes a comprar los fascículos de Flash Gordon.
PD ejem. Hubiera, hay tres muy seguidos. Giño

  • Fecha: martes, 27 de septiembre de 2005
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  • Hora: 18:07

Autor: reginairae

jaja, Atreyu, sí, un poco culebrón si que es, pero no está a la altura de esos autores que citas, jajaja.
En principio iba a poner un capítulo cada cuatro días pero como este era cortito, igual pongo el siguiente antes...
Advierto de que es una novela muy laaaaaargaaaaaaa...
Las que la habéis leído ya sabéis, nada de spoilers... Sonrisa Gigante

  • Fecha: martes, 27 de septiembre de 2005
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  • Hora: 19:13

Autor: Thersuva

No te preocupes, Atreyu, yo odio los spoilers y sólo comentaré el texto del capítulo correspondiente, o lo que ya haya pasado.

  • Fecha: sábado, 19 de noviembre de 2005
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  • Hora: 17:28

Autor: Invitado_arberiano

Qué interesante parece esta novela ! En cuanto tenga un rato libre empiezo a leerla ! Giño

  • Fecha: sábado, 19 de noviembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 19:20

Autor: reginairae

Claro, como debe ser juas jajaja Ojos locos