II.- El demonio de los Dahl
Dice la leyenda que hace muchos, muchos años, el joven marino Thorvald Dahl, natural de Vadsø, condado de Finnmark, desposó a una sami del interior, llamada Jannicke Gaus, con la oposición de las dos familias implicadas. La oposición, no obstante, fue mayor por el lado de la madre de ella, una especie de hechicera o curandera, una "noaide", como dicen los lapones, que había consagrado a Jannicke desde pequeña a fines más altos que el matrimonio. Así pues, cuando la muchacha, desoyendo sus órdenes tajantes huyó de Tana Bru por amor a mi abuelo, recibió como regalo de bodas un espíritu perverso o demonio, contumaz y heredable, de rostro bifronte, uno alegre y otro triste, que inauguró la vida en común de la pareja con los peores augurios.
Tuvieron cuatro hijos: Finn, Tomas, Ingrid y Karen, la enredadora muchacha que llevaba a todos los demás por la calle de la amargura y cuya mayor aportación a esta historia fue haberme engendrado a mí.
Ninguno de ellos prestó nunca atención a las locuras de mi abuela, a la que de vez en cuando, le daba por correr, agitada por el demonio, medio desnuda sobre la nieve, por gritar y lanzar maldiciones por las calles de Vadsø, intercaladas con "joiks" desafinados. Ese demonio, que yo también conozco de modo íntimo, no es otro que la psicosis maniaco-depresiva; Jannicke lo llamaba Asmodeo, demonio del furor. Mi abuelo, que temía a aquella sangre maldita, y también a Asmodeo, procuraba pasar en alta mar largas temporadas, hasta que un día, a finales de los años sesenta, él y su navío mercante desaparecieron para siempre en un lejano océano de Oriente.
Con una madre loca y un padre ausente, mamá se vio libre para iniciar su carrera de despropósitos. El primero de ellos, casarse con Magnus Halvorsen, un ex oficial del ejército noruego, treinta años mayor que ella, que trabajaba como secretario en el ayuntamiento de Vadsø. Al parecer, Magnus quería a mi madre, pero ella no era más que una chiquilla de dieciocho años encaprichada, y bastante más estúpida que la media adolescente.
Según me contaron, Karen fue infiel a su marido el mismo día de la boda. A partir de aquella ruptura de la fe matrimonial, muchos hombres pasaron por su cama, y ella también visitó multitud de alcobas. Pero una de sus noches locas no fue intrascendente: se quedó encinta de un hombre "que no se apellidaba Halvorsen". Y ahí es cuando aparezco yo.
III.- Infancia
Fue un gran año el de 1970, aunque el mundo ya asistía a la quiebra de los sueños de instauración de la sociedad libertaria iniciados en el Mayo Francés; sin embargo, ese año, el 28 de octubre, nacimos Sigurd y yo, una madrugada lluviosa y desapacible, digna de recuerdo: ¡aún había esperanza para los mitos de la izquierda!
Ahora mismo me vuelven a la cabeza imágenes de la primera infancia, que recuerdo como un tiempo inmensamente feliz, lleno de aventuras en la tundra, de cabriolas bajo al mirada de los abedules blancos, de paseos en barca por el fiordo y hasta la fábrica de pescado de Ekkerøy, con sus colores brillantes y sus palafitos, y los acantilados cuajados de aves, y visiones extasiadas de auroras boreales y soles de medianoche. Y por mucho que me esfuerzo en buscar entre los recovecos de la memoria no veo el rostro de mi madre en esas estampas.
Mi hermano y yo pasábamos la mayor parte del tiempo con Magnus Halvorsen. Yo solía sentarme en el regazo del héroe para escuchar sus historias de bombardeos, incendios y tiroteos, tan intensamente enfebrecida que casi parecía una tierna e ingenua amante. Me dormía en sus brazos y soñaba con las guerras de mis antepasados. Cuando le oía contar batallitas de la II Guerra Mundial, quería ser tan valiente como él, encontrarme con un nazi y rebanarle el cuello de un tajo.
Si Magnus estaba en el ayuntamiento, nos escapábamos a casa de tío Finn, el único de los hermanos de mi madre que vivía por entonces en Vadsø.
Aquel era un lugar apasionante para dos jóvenes y curiosos exploradores. Finn dibujaba cómics. Alternaba entre el estilo underground tan de moda en los setenta con historias de superhéroes, para los cuales tenía mucha mano. Cuando aún no sabíamos unir una letra con otra, conocíamos ya a todos los héroes americanos y europeos de las historietas, a Corto Maltese, Valentina, Cappa, Blueberry, Dick Fulmine...
Finn Dahl no se disgustaba cuando revolvíamos los cajones y le desordenábamos las tramas mecánicas. Nos ponía delante un papel y nos pertrechaba con lápices de colores. Yo dibujaba castillos que brotaban de los músculos rocosos de las montañas; guerreros de punta en blanco; princesas en peligro; espadachines, dragones, brujas y a todos los moravos de los bosques brumosos; Sigurd coloreaba casitas de dos plantas, con jardín, y coche lujoso estacionado delante; niños, señores de gris con el maletín en la diestra; carreteras y puentes. Mi tío tomaba los dibujos, uno en cada mano, y los comparaba, mirándolos alternativamente, envuelto en el místico humo de su pipa. Él lo sabía todo; podía ver el futuro a través de aquellos entramados de líneas y manchas de color, con su único ojo, e incluso por la vacía cuenca del otro, que cubría con un parche. Cuando terminaba de leer los cuadros vaticinaba guiñolescamente una y otra vez a petición nuestra: “Mi Siggi será novelista. Se casará sólo con el príncipe que sea capaz de despertarla con un beso. Mucho me temo que ese amor será para siempre, lo cual tiene, mis pequeños, un lado bueno y un lado malo. Vencerá en todas las empresas que acometa, porque es una mujer guerrera, una valquiria como Brünhilde; mi Sigurd llegará a presidente de una gran compañía; veo mucho dinero en su futuro, una mujer de posibles. Que sea realista, pero sin olvidar que lleva el nombre de un gran héroe…”
Mi primo Thorvald, que nos sacaba tres años, era nuestro inseparable compañero de juegos. Ya de niño parecía un toro, alto y fuerte, uno de esos muchachos que nada más verlos sabes que no cabrán dentro de la ropa en cuanto cumplan dieciocho. Cuando nos peleábamos con él solíamos salir muy malparados. Incluso atacando los dos juntos, Thorvald nos vencía con suma facilidad. Pero tenía un carácter apagado que solo se encendía cuando Finn lo castigaba por hacernos diabluras. Mi tío era mucho más severo con él que con nosotros, que algunas veces hubiéramos merecido una regañina pareja o superior. Pensarán que estoy divagando, y que estas digresiones sobre mi familia no vienen a cuento, pero se equivocan, de modo que no se salten ni un párrafo, que les veo las malas intenciones.
La primera vez que mi madre nos mandó a Sigurd y a mí a Francia a una colonia de verano le dije a mi primo: “Nosotros nunca vamos a dejar de querernos. Estemos donde estemos, aunque nos separen miles de kilómetros, el amor nunca morirá”. No sé de dónde saqué una cursilada semejante. Generalmente suelo ser más ingeniosa y creativa. El caso es que la frase nunca se borró de la memoria de Thorvald…
Tenía yo once años cuando Magnus se suicidó, precisamente delante de la casa de Finn. Se pegó un tiro en la cabeza cuando mi tía Ingrid, que había ido a visitar a su hermano, llamaba a la puerta. Durante años me pregunté cuál fue el verdadero motivo de ese final tan dramático. La versión oficial acerca de lo harto que estaba Magnus de las infidelidades de mi madre nunca me convenció. Sólo hace bien poco he sabido la verdad, que no habla nada bien de la mujer que me trajo al mundo. Permítanme que calle hasta el final de la historia. Soy novelista y sé que la intriga hace que el lector se pegue a las páginas mucho mejor que una bella prosa o una estructura literaria novedosa.
Fue entonces cuando oí decir por primera vez que Halvorsen no era mi verdadero padre. Al natural dolor por la tragedia, se unió el pánico a que aquellos rumores pudieran ser ciertos. Ni siquiera podía mirar a mi madre sin concebir un agudo rencor. Sigurd lloraba en el regazo de Karen, pero yo ni me acercaba.
Poco después de eso, mamá, Sigurd y yo nos trasladamos a Bergen, en el sur.
Nos adaptamos pronto a la nueva ciudad, aunque el mundo era tan diferente, sin padre, sin las locuras de mi abuela, sin tíos, sin la casa de la infancia, sin el cielo raro de las regiones boreales, esos días interminables de verano, luciferinos; esas noches insoportables del invierno, satánicas, mórbidas, frías… ¿Había sido todo un sueño?
Conforme pasaban los años iban borrándose las imágenes de mi cabeza, sembrándome la duda. ¿Realmente provenía de aquellas regiones hiperbóreas cuyo recuerdo, cada vez más impreciso, se mezclaba con el verdadero dolor de una pérdida irreparable? Mamá contribuía a la confusión, negándose a hablar de los acontecimientos pasados, a los que, sin embargo, aludía crípticamente entremezclados en unos consejos, sermones y discursos morales, que no encajaban en su boca. Siempre me pareció paradójico que mi madre, en el fondo, consideraba que su forma de ser y de actuar tenía algo de tarada. Aunque el sexo seguía siendo para ella una obsesión (y por ello se había colocado como recepcionista en un hotel, lo cual le permitía “conocer gente interesante”), cuidaba las apariencias. Tenía la conciencia de que no obraba bien, pero también la de estar a merced de su pasión. Se volvió muy severa con nosotros. Le obsesionaba la idea de que su labor materna consistía en moldearnos a su imagen y semejanza, no en los hábitos de la vida privada, sino en los del disimulo social. Me juré a mí misma que jamás sería como ella.