El Cultural -Magazine de El Imparcial

jueves, 29 de septiembre de 2005

Adorando a un Dios Desconocido (Parte I) VII / VIII

VII.- Per Haraldsen

Amor fraterno


Mi primer novio se llamaba Per Haraldsen, también conocido como Pierre Jolyot, sus “nombres franceses”, como yo le decía. Era el más íntimo amigo de mi hermano, no tan íntimo mío, aunque nos conocíamos desde niños, habíamos ido al mismo colegio, formábamos parte de la misma pandilla e incluso vivíamos en la misma calle. La indiferencia infantil quedó barrida cuando el enamoramiento nos estalló a ambos repentinamente. La culpa fue de mi hermano. Sigurd y Per siempre han sido como uña y carne. Cuando íbamos de campamentos, procuraba por todos los medios que termináramos haciendo algo juntos. Puede decirse que casi lo echó en mis brazos. A Per, además, le encantaba escuchar mis historias. Y a mí me encanta que me escuchen.
Pero a pesar de la hipotética afinidad que se les supone a aquellos que inician una relación de estas características, Per y yo éramos como la noche y el día. Él prefería quedarse en su casa escuchando música o ir al cine o ir a bailar; mientras que yo, en virtud de mi espíritu aventurero, gustaba de pasar días enteros en la "hytte" (cabaña) de mi madre en Ulvik, sin luz, teléfono ni televisor, esquiando en "nikkers" (pantalones cortos para la nieve) o realizando extenuantes caminatas por los bosques de pinos, cuando era verano. “El problema”, me burlaba, “es que eres demasiado francés… Deberías impregnarte de norueguidad”. Per a veces se dejaba arrastrar por mí a esas locas aventuras, de las que regresaba agotado pero feliz; sobre todo cuando quien le agotaba era yo…
Ah, recuerdo la primera vez que hicimos el amor. Haraldsen era un chico experimentado, con un gran éxito entre las jovencitas, pero yo era una página en blanco ansiosa de ser escrita con mil historias de romance y pasión. Y él tenía una letra tan buena, y una pluma tan creativa… Aquella noche de julio, bajo las lonas de la tienda de campaña que nos impedían ver las estrellas y los mundos infinitos, escribió en mí las obras completas de Balzac. La emoción que sentí, y que muy raras veces he vuelto a experimentar, me hizo considerarlo como una parte de mi propio cuerpo de la que jamás podría desprenderme. A él le pasó lo mismo, para su desgracia. Yo también soy una buena "escritora"; mi chico no quería más que repetir… y repetir… y repetir… y así hasta la fecha…
Los problemas conyugales de sus padres lo atormentaban. Sabía que al final el divorcio rubricaría una difícil convivencia de dieciocho años, que había dado como fruto un varón, él, y dos chicas, que no me podían ver ni en pintura, por cierto. La ruptura del amor era un tema tan deprimente: me negaba a creer que un sentimiento intenso como el que yo sentía por Per pudiera fenecer de puro hastío.
Tal vez mi modo de ser no era el más apropiado para llevar a buen puerto una relación amorosa con un varón recto, tradicional, y celoso. Per no soportaba verme charlar con otro chico, ni siquiera aunque fuera un amigo. Quería que saliera con él y solo con él. Si tenía que ir a algún lugar, me exigía que lo llamara para acompañarlo. Tales imposiciones “absurdas” me disgustaban profundamente. ¡Quería dictarme lo que tenía que hacer! Más graves eran sus reproches. Mi filosofía moral desinhibida le hacía cobijar las peores sospechas. Hasta de Sigurd temía; mejor dicho, de este temía más que de ninguno. Había llegado a sus oídos que una noche, en una discoteca, le había contado a una amiga unas "extrañas" elucubraciones sobre cierto futuro imaginario en que compartiría la vida con "mis" dos hombres; viviríamos los tres en la misma casa, como un matrimonio poliándrico, compartiendo el dinero, la comida y los hijos. “¡Pues claro que lo haría! ¿Qué hay de malo?”, le había respondido yo a mi poco comprensivo novio. Mas después de realizar afirmaciones como esta, me arrepentía, no porque tuviera propósito de enmienda o porque pensara haber dicho algo descabellado, sino porque Per me gritaba como un poseso. Oh, sí, él me creía muy capaz. Pero no lo entendía; para él eso era una aberración, una locura. Imposible, imposible que nos lleváramos bien una vez aflojara el enamoramiento. Saber que esto era así acrecentaba nuestra angustia. Asistí con las manos atadas al naufragio de mi primer amor. Per fue el que tomó la iniciativa de romper; y poco después se marchó a Francia con su madre y sus hermanas.
El desengaño no me afectó tanto como había imaginado en un principio. Lloré sí, pero jamás albergué la idea de pedir perdón o una segunda oportunidad. Después de todo, era un imposible: él se había ido a un país extranjero. En la casa futura que había confeccionado en sueños no estaría Per… pero siempre quedaría mi hermano…

VIII.- Amor fraterno

Hallé consuelo en Sigurd, que escuchaba mis invectivas en contra de Per con un puntito de satisfacción. Salíamos, íbamos al cine, a la piscina. Raro era el instante en que no estábamos juntos: la fuerza de nuestro vínculo fraterno asombraba a todos. No puedo recordar cuando empezó a sentirse atraído por mí “como mujer”. Quizás fuera tras alguna ojeada furtiva a mi cuarto, mientras me desnudaba; o quizás sucedió de una forma sutil y gradual. Lo que sí recuerdo es que cada vez que nuestros ojos tropezaban o nuestros dedos se rozaban bajo el mantel, o nos hablábamos y nuestras voces se acariciaban mientras jugábamos, suspiraba y me miraba con expresión devota. Al principio pensaba que eran imaginaciones mías, la dulce fantasía adolescente de una chica un poco chiflada, llena de curiosidad por el sexo opuesto, y que se divertía imaginando todo tipo de romances, pero pronto no tuve dudas. Su interés despertó el mío de un modo arrebatador.
Una noche que mi tía, recién llegada del norte, y mi madre habían ido al cine, entré en su cuarto. Sentada al borde de la cama, le confesé cuánto me gustaba. Él me miraba como si fuera una extraterrestre. Le besé en los labios; y no dijo nada. “No sabes lo que estás haciendo al reprimir el principio de placer en aras de un superyo demasiado robusto. Recuerda lo que dijo Marcuse…”, susurré entonces. Él permaneció callado: no sabía quién era Marcuse.
Gastaba saliva en vano. Parecía que mis "sensatas" razones y mis "argumentos irrefutables" no eran apreciados por la mente, sin duda menos compleja y, por qué no decirlo, menos dotada, de mi hermano. Pero él me deseaba, yo le deseaba, y además me divertía transgredir. Solo tenía dieciséis años. Era una chica inquieta e ingenua…
Sin más preámbulos me metí bajo las sábanas. Él se quedó perplejo. Sentir mi calor lo excitó, no obstante. Nos besamos y abrazamos, deteniéndonos con morosidad en el roce, degustando el picante de nuestra lujuria, que para mí no era más que un divertimento inocente, un juego como otro cualquiera.
Los trasgos que contemplaron el estreno de esta obra no escribieron buenas críticas a la salida. Quizás llevados por un purismo exagerado encontraron discutible la actuación del galán (lastrada por la impaciencia, la precipitación, el temor a que llegaran mamá e Ingrid…); la de la heroína (muy lanzada sí, pero a la hora de la verdad, tímida y pudorosa como una virgen); y sobre todo la duración y calidad del primer y único acto de la pieza. Me marché de la habitación flotando en un mar de nubes. Para mí todo aquello era tan excitante…
Dos días después, mamá anunció que estaba embarazada de su último acompañante asiduo, un tal Herr Harald Olsen. Ingrid sugirió de inmediato que debía abortar: no tenía edad para jugar con bebés, según sus propias palabras. “¡Pero si soy jovencísima!”, replicaba mi madre, presumiendo de sus treinta y ocho bien llevados años. Lo que a Ingrid le preocupaba de verdad, y mamá lo sabía, era el futuro que le aguardaba en aquella casa, a donde no llegaría una nueva boca, sino dos. Con Harald allí, su presencia, y su autoridad, quedarían en entredicho.
En menos de un mes, nuestra adusta consejera familiar vio cumplidos sus agüeros. Mamá quería que su nuevo hijo tuviera padre, para variar. Decía que era imprescindible para su desarrollo psíquico adecuado, a pesar de las incorrectas prácticas nórdicas que no daban importancia a este factor. Lo decía porque él se lo había dicho, por supuesto. Harald Olsen, profesor de instituto, bajito y regordete, suplía la falta de encanto físico usando de una innata capacidad para la persuasión, que había pulido y mejorado con sus estudios de psicología y pedagogía. Colaboraba con asociaciones benéficas, cosa de la que presumía con insolencia. Desde luego, no parecía noruego. La modestia no era su fuerte. Me decía que la suya era una clase de heroicidad muy diferente de la que yo alababa, pero que no por ello debía de dejar de considerarlo un "superhombre". La opinión que me merecía empeoró después de leer el libro que estaba escribiendo, un plan educativo para su hijo nonato, puchero donde hervían las teorías pedagógicas más en boga y cuyo objetivo último era la creación de un "ser perfecto", empeño que lejos de parecerme loable, me produjo un asco tremendo.
Después de nuestra primera "noche" Sigurd se había mostrado un poco decaído. Me vi en la obligación de regañarlo, y recordarle que su obligación era matar los prejuicios. A él le pareció el colmo, que lo "sedujeran" y luego le echaran en cara su remordimiento. Aunque no tardó en comprender que precisamente lo que a mí más irritaba era que albergara en su corazón esa cosa llamada "remordimiento". Declaró solemne que no lo volvería a hacer; lloró dos o tres lágrimas de cocodrilo; se lamentó por su incontinencia, por su falta de sentido común… Pero volvió a caer porque “me quería”. No hacíamos más que repetir… y repetir… y repetir… y así hasta la fecha…
Lamentablemente, conforme perdíamos el miedo nos volvíamos descuidados. Delante de la sagaz Ingrid nos dirigíamos miradas delatoras; nos sonreíamos demasiado como para que mi tía, que poseía una intuición especial para husmear amores clandestinos, no sospechara. A Karen y Harald no les dijo nada; ellos estaban a lo suyo, organizando la boda y cuidando de que el embarazo llegara a buen término. Nosotros se lo pusimos muy fácil, con nuestra insistencia en el “vicio”.
La escena del prendimiento fue increíblemente cómica (a mí me entró la risa al ver a mi tía con aquella cara de “os pillé”); patética (por culpa de la reacción exagerada de Ingrid), y penosa (a decir de mi discreto hermano). Lo primero que se le ocurrió a ella fue pegarnos un tirón de orejas, para que tomáramos rápida conciencia de lo grave de nuestra travesura; luego nos sometió a un absurdo interrogatorio policíaco, tratando de averiguar si aquello era sólo sexo o "algo peor". Al parecer había matices. Que Sigurd le confesara su "enamoramiento" fue lo que la dejó tiesa. No lo dijo (por supuesto) pero hubiera preferido que se tratara de un contacto lúdico al que nos entregábamos por curiosidad, tal era mi caso; después de todo, cosas semejantes pasan hasta en las mejores familias... Pero hablar de amores ¡qué ridiculez! Sincopada, turbadísima, nos ofreció una salida honorable: “Si prometéis que vais a dejar de hacer estas "majaderías" (esa fue la palabra que utilizó), no le contaré nada a nadie”. Sigurd, en su bochorno, vio la luz y no dudó en acogerse a la liberalidad de nuestra tía, dándole la razón.
Roja de coraje me puse al asistir a la rendición de mi hermano. Lo zarandeé para ver si le entraba un ataque de dignidad, pero nada. Ingrid no ignoraba que yo era una fierecilla sin domar, además de una "descarada". Que me rebelara estando en una situación tan comprometida, le sublevó la sangre. “Pero es que yo no me arrepiento. Mil veces que naciera, mil veces que lo haría”, proclamaba alzando la barbilla con gesto aristocrático. La juez quedó tan indignada con mi demostración de soberbia que, solo por bajarme los humos de “supermujer”, le narró a mamá el hecho con pelos y señales. Sigurd se puso lívido de espanto, pero recobró el color natural cuando advirtió que Ingrid refería la historia de tal modo que yo quedaba como la "seductora" (lo cual era verdad en cierto modo) y él como una mera víctima (que no lo era en absoluto). Tal parecía que hablara de un demonio, de una Lilith rubia y pervertida, de un ser monstruoso que solo disfrutaba de la vida en el “no man’s land” de las costumbres. De naturaleza gris y descolorida, Ingrid era un pico de oro cuando se trataba de vilipendiar.
Quizás si esta historia hubiera sucedido en la visceral Italia la tormenta de las tormentas hubiera estallado en nuestro hogar; pero nosotros somos civilizados. Es verdad que Karen y yo discutíamos constantemente, mientras la parte “neutral” observaba el espectáculo con cierto regocijo. La mayor parte de las veces, sin embargo, mamá no ponía entusiasmo en la regañina, como si en el fondo deseara dejarlo correr. En ese momento, Ingrid entraba en liza y la soliviantaba con alusiones a su pasada vida de adúltera. Entonces, mi madre gritaba otro poco, hasta que le llegaba la siguiente fase de hastío. Harald, interesado “profesionalmente” en el caso le pedía sosiego y que le dejara aplicar sus métodos de reforma sobre la "adolescente díscola". Ingrid tenía otros planes para mí.
Vivía en un nido de víboras. Y lo peor había sido la espantada de Sigurd. Este, pasado un tiempo prudencial, me fue a pedir perdón y a exponerme sus simplistas conclusiones. ¡Con lo fácil que resultaba engañar a los vigilantes con la promesa de la sensatez y seguir practicando la insensatez ocultamente! Escuché atónita. ¿Es que no se daba cuenta de que ese no era el quid de la cuestión? Significaba admitir lo improcedente de nuestros jueguecitos. Era caso de conciencia: una supermujer no se avergüenza de sus actos ni permite que los demás moldeen su conducta. Sigurd no entendía cómo podía ser tan ingenua. El único caso de conciencia que conocía y comprendía era el de vivir en armonía con la sociedad. Lo que molestaba no era el hecho sino su ostentación. Detrás de las paredes de tu casa… en fin. “Debemos ser prácticos”, decía él. No solo no me convenció, sino que al contrario, forzó una reacción inesperada. Juré que no me volvería a acostar con él a no ser que reconociera ante la familia que había accedido a mis deseos de grado y que no se arrepentía. No lo hizo.

Comentarios

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  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
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  • Hora: 19:12

Autor: Thersuva

Cuantas más veces leo la novela más me doy cuenta de hasta qué punto está pensada.
Cada frase, cada comentario, tiene un motivo que se descubre más tarde.
Pena que soy algo impaciente y en la primera lcturas debí saltarme algún trozo, ejem, porque veo que hay claves explicativas de cada personaje ya desde el principio. Ay, Sigurd, Per...

Frase:

"Yo también soy una buena "escritora"; mi chico no quería más que repetir… y repetir… y repetir… y así hasta la fecha…"

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 19:18

Autor: reginairae

Claro, es una novela que "anticipa" muchas cosas de las que luego ocurrirán de un modo subliminal, muy sutil... Y los comentarios, los puntos supensivos, jajajaj, ejem, todo son pistas, que naturalmente, solo se aprecian en segundas y terceras lecturas...
Es lo que hemos hablado tantas veces acerca de escribir una novela conociendo el final. Eso es algo básico que muchos autores noveles no tienen en cuenta. Si no conoces el final la historia irá desorientada, cambiará de rumbo cada dos por tres. De esta manera, en cambio, va directa al punto final...
Ya ves cómo se prefiguran las personalidades de los personajes y los actos que llevarán a cabo en el futuro... Claro que tú te sabes la novela casi de memoria jajaja Avergonzado

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
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  • Hora: 20:29

Autor: Invitado_arberiano

Oye, la foto qwue has puesto es de la versión cinematográfica de tu novela? ¿Cuándo la estrenan?

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
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  • Hora: 20:32

Autor: reginairae

Juas, no seas tan mordaz jajajaja Sonrisa Gigante. En la versión cinematográfica tendrán que estar más desnudos...

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
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  • Hora: 20:35

Autor: Invitado_arberiano

A mi la foto me parece de porno-light-romántico-años-´70. Reconozco que he leido poco de tu libro, pero no me imagino a la protagonista haciendo algo así sin vomitar Giño

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 20:37

Autor: reginairae

jaja, pues menos criticar y más leer la novela, que para eso la tienes en papel, ejem... Bueno, esa versión no vale, eh, ya os mandaré la buena... Sonrisa Gigante (Seguro que si hicieras lo que hace la protagonista no vomitarías nada, jaja)

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 20:43

Autor: Invitado_arberiano

Si fuese con Owen o Bettany... seguro que no vomitaría !!!!Rebotado

  • Fecha: jueves, 29 de septiembre de 2005
  •  | 
  • Hora: 23:04

Autor: Thersuva

Si, me empiezo a conocer la novela del derecho y del revés, que estrés.

A ver si va a ser por eso que dices que no escribo mi novela... es que no saber cómo termina corta un poco, eh. Mira que escribes doscientas páginas con todo tu entusiasmo y de pronto tienes una idea genial que cambia todo, pero todo, lo que pasa... ¿qué se hace? ¿Volver a empezar? Ay. Quita, quita.
Es muy difícil escribir una novela.