El Cultural -Magazine de El Imparcial

viernes, 30 de septiembre de 2005

Adorando a un Dios Desconocido (parte I) IX / X / XI

IX.- Una superchica en Kent


Una superchica en Kent: Sigrid conoce a Elisabeth...


Ingrid, mucho más conservadora que Karen, que después de todo tenía un pasado de adulterio bastante turbio que le impedía dar lecciones en voz alta sobre "ciertas cuestiones", decidió que yo era una influencia nefasta para mi hermano, y que mi permanencia en aquella casa alentaba un foco de enfermedad moral intolerable. De inmediato, y como persistiera en mi actitud, reveló que había encontrado en un encantador condado de Inglaterra un lugar más adecuado para mi persona: el colegio para señoritas “problemáticas” Fansworth de Kent.
Harald trató por todos los medios de evitarme ese trago. Era demasiado castigo para "tan menuda falta". Creía, en buena lógica, que no serviría para nada. A su entender, era mucho mejor intentar modificar mi conducta "indeseable" mediante refuerzos positivos, tal y como aconsejaban los libros de su ciencia. Ingrid, como de costumbre, no estuvo de acuerdo con su cuñado.
Había puesto especial cuidado en buscarme una institución donde se respetaran los sagrados principios de la enseñanza británica, el primero de los cuales era el uso del castigo físico. ¡Qué ironía que la súbdita de una nación que prohibía y detestaba el maltrato en los colegios tuviera tales prevenciones! Los dueños del Fansworth exhibían sin tapujos en el currículum su gran habilidad en el manejo de la vara, "indispensable" (esa palabra era la que aparecía en el folleto divulgativo) para la educación de jóvenes díscolas; de modo que no había que darle más vueltas al asunto; Ingrid ayudaría con el dinero si era necesario, aunque dudaba de que el colegio y su disciplina pudieran enderezar del todo una planta que había nacido torcida. En realidad, lo que le interesaba era apartarme durante un tiempo prudencial (un año para empezar) de mi hermano, y esperar que Sigurd, que había reconocido su falta y su propósito de enmienda, rehiciera su vida, lejos del origen de la corrupción. Todos quedaron muy contentos con este arreglo, todos menos yo.
Mi estancia en el colegio para chicas, no obstante, no fue tan mala como había anticipado. Ciertamente, el lugar me resultaba odioso, pese a la belleza verde de la campiña de Kent y la comodidad de las casas para las internas, muy alejadas del estereotipo de castillo lúgubre y gris de las películas. Traté de verle las cosas buenas, que eran pocas pero excitantes (podía montar a caballo, irme de excursión a Italia, a Francia, a Suiza, nadar, escribir relatos en mi aceptable inglés que escandalizaban a las niñas, divertirme con algún chico de los internados con los que hacíamos “convivencias”, insultar a los ingleses, etc); y de aprovechar la situación para poner en práctica algunas de mis ideas más avanzadas.
Lo primero que hice al llegar al colegio, fundado por una congregación metodista, pero que aceptaba alumnas de todos los credos cristianos, fue proclamar los motivos de mi reclusión, para horrorizar un poco a las compañeras y a los docentes, y crearme un aura maldita, como de bohemia descarriada. Ojalá no lo hubiera hecho. Pero en aquel tiempo mi exhibicionismo era aún más acusado que hoy en día. Tardaría años en recoger la cosecha de aquella siembra… pero cuando lo hice…
La directora Braxton me cayó mal en nuestra primera entrevista, cuando le conté la autoridad que le reconocía a Nietzsche, y ella, apoyando su cínica sonrisa sobre las manos, en una postura que sólo parecía amistosa, me dijo que, en su opinión, el filósofo germano era un frustrado y un inspirador de frustrados (entonces no sabía que le encantaba usar esa palabra). Con tal recibimiento quedaba clara su animadversión, disimulada, eso sí, por el imperativo de su oficio. Yo le respondí, en tono dulce: “¿Y usted no se siente frustrada, con lo inteligente que es, teniendo que trabajar en este lugar deprimente?” La Braxton apenas acusó el golpe, aunque creí detectar un ligerísimo movimiento de su labio inferior, como un estremecimiento de odio. Con una sonrisa por escudo, la directora replicó: “No, querida. Resulta muy satisfactorio ver como se modelan las mentes de las jóvenes. No existe placer comparable.” “Pocos placeres debe de conocer usted”, respondí al instante. Más tarde averiguaría que uno de ellos era el de pegar a chicas que eran mejor que ella en todos los sentidos. Hablo de mí, naturalmente.
Durante el primer mes nadie se me acercó con propósitos de amistad, excepto Berthe, mi compañera de cuarto, que no tenía más remedio que aguantarme. Era una chica muy tímida y apocada, francesa de pocas luces, cleptómana, a la que no tardé en convertir en mi esclava personal. Una intelectual no limpia ni pierde el tiempo y las neuronas en tareas serviles y bajas, le explicaba para justificar mi dolce far niente mientras escuchaba música de Queen, tirada en la cama, y ella iba colocando los libros en la estantería, tras haberles pasado el plumero metódicamente. Tal y como había proclamado Nietzsche, era un error educar a las masas como si fueran señores; su porvenir era el proletariado; y un proletariado con inquietudes culturales termina por sumirse en la insatisfacción. ¿Para qué molestarse pues, si la élite ya estaba reservada a unos cuantos? Yo nunca había dudado que perteneciera a tal estamento superior. Berthe, en cambio, había nacido con el estigma del ama de casa. Se le veía en la cara, en lo bien que quitaba el polvo y hacía las camas, en su resignación y sumisión, en su permanecer callada ante todos mis abusos: sería una buena esposa y madre. “Ya ves que en el fondo lo hago por tu bien”, le enfatizaba envalentonada con su silencio atento.
La señora Braxton, aunque publicitaba su colegio como un lugar donde la disciplina era una religión y la religión una guía para la vida, no era tan dura como Ingrid hubiera deseado. Al principio, todavía envenenada por las modernas propuestas pedagógicas que trataba de imponer en detrimento del sistema tradicional, había intentado la conciliación y las buenas maneras para hacerme ver que no era aceptable escaparse durante las visitas de fin de semana a Tunbridge Wells o evitar la vida social con las compañeras o responder con violencia a las “pequeñas provocaciones” de las otras chicas. Ni muchísimo menos cometer esas terribles faltas personales en los partidos de basket, aprovechándome de mi metro ochenta de estatura, que tenía a las otras totalmente amedrentadas. Lo de Berthe tampoco tenía nombre.
Pero al mes de estancia se incorporó al curso una chica nueva, Elisabeth McPherson, hija de papá, y con amistades en las más coronadas esferas con la que en seguida trabé relación. Al parecer, hasta tenía parientes medio duques muy metidos en la casa Real Británica.
Esa duquesita, Elisabeth, había sido enviada de “vacaciones” al colegio debido a su afición a las hierbas que se fuman y producen efectos relajantes, amén de por cierta inclinación hacia su mismo sexo que sus padres repudiaban totalmente. Teníamos mucho en común, incluso el gusto por la escritura creativa.
La primera vez que la vi me dirigía hacia el edificio del gimnasio, atravesando el campus con paso firme y altivo, de uniforme, con un libro bajo el brazo; ella venía en sentido contrario, con exactamente el mismo paso altivo. Al cruzarnos, fue como en una de esas películas chinas de asesinos, cuando el sicario y la víctima se encuentran y todo empieza a correr a cámara lenta. Pasé de largo pero sin dejar de mirarla a los ojos con expresión fascinada, y una sonrisa de las que reservo para aquellos a los que reconozco como iguales. Ella también me sonrió con desdén y atracción al tiempo.
Elisabeth era (y sigue siendo) una auténtica y talentosa arpía, con una capacidad para la seducción tan inmensa que debería estar prohibida. Sin intercambiar una palabra conmigo supo enseguida de qué pie cojeaba; me envió ese mismo día uno de sus relatos, con una dedicatoria que rezaba: “De un genio a quien podría llegar a serlo”. Le respondí (vía Berthe): “Yo ya soy un genio”, y le adjunté un cuentecillo, el que yo consideraba el mejor de los míos. Ahí empezó nuestra “amistad”.
Las otras chicas se asustaban de las cosas que nos decíamos, que variaban desde la insinuación sexual sutil y refinada, hasta el insulto más feroz, pero elaborado con gracia. Podíamos estar horas de duelo ingenioso, llamándonos de todo y regodeándonos en nuestra propia crueldad. Elisabeth criticaba con sarcasmo mis historias, y yo se lo devolvía triplicado. Eso era lo que más nos gustaba: leernos mutuamente relatos y buscarles hasta el mínimo error, ser malas la una con la otra por el puro placer de ser capaces de hacerlo. Siempre pasábamos juntas los ratos de ocio. Ella me contaba con todo lujo de detalles sus travesuras en las altas esferas british, y yo las mías, en el mundo mediocre de Escandinavia, mientras fumábamos marihuana. Era la única que no se escandalizaba de mi relación con Sigurd. A ella no le escandalizaba nada; era de un tipo sofisticado, como el de las mujeres liberadas de los años veinte. Lo único que no le hacía gracia eran mis escapadas para encontrarme con Topher Wilkes, uno de los muchachos que me aliviaban el agobio del ambiente estrogenado y melifluo del colegio. Yo siempre estaba presumiendo de lo irresistible que era para los chicos. A Elisabeth le divertían mucho más los juegos verbales que los roces carnales. Y los hombres no le divertían nada en absoluto. Pero se lió con Topher solo para fastidiarme y demostrarme que no era una conquista “de la que una supermujer pudiera sentirse orgullosa”. Mi tierna vanidad sufrió un revés terrible.
Hubo primero un forcejeo, se rompió el jersey azul de su uniforme, alguien acusó a Gran Bretaña y a sus soldados de genocidas e imperialistas, hubo llantos y chillidos, y finalmente, le arreé un puñetazo que le arrancó uno de los incisivos superiores. Dejando aparte lo escandaloso y poco elegante que era para una señorita el afear el rostro de otra mediante esos métodos violentos, el caso enfureció a la señora Braxton, que me agarró del uniforme, me zarandeó y me gritó con el desenvolvimiento de una furia griega: “Pero, ¿quién te crees que eres? Asquerosa niñata frustrada. Me dan ganas de matarte, zorra.”
Con el rostro enrojecido por la vergüenza la directora tomó aire y me llevó a su despacho a rastras. Mientras soportaba el dolor que me infligía aquella dama, también bastante liberada en las cuatro paredes del cuarto de castigo, reflexionaba sobre lo antinatural y aberrante que resultaba encontrar voluptuosidad erótica en tal aflicción para el trasero y las palmas de las manos, como se suponía que les pasaba a algunos tipos raros, especialmente a ingleses. Yo no notaba ninguna. Siempre he sido más apta como sádica que como masoquista.
Durante el resto del curso, Elisabeth se convirtió en una enconada enemiga, con la que, sin embargo, seguía manteniendo esas conversaciones surrealistas, salpicadas de burla y deseo no consumado. Cada vez que los profesores alababan algún relato suyo, yo me mordía las uñas de rabia. Y lo mismo le pasaba a ella, cuando era yo la encumbrada. En realidad, mis historias eran mucho mejores, pero ella tenía “influencias”.
A pesar de las peleas y los roces, saqué unas notas excelentes. Elisabeth las sacó mucho mejores…

X.- Regreso del exilio

Al final del curso, regresé a la ciudad de las lluvias. Ese mismo día, Ingrid, aterrada al observar que mi jactancia no se había modificado un ápice, sino más bien al contrario, hizo las maletas, no sin antes soltarme, con su voz profunda y eclesial, como de órgano, en tono de advertencia sibilina: “Algún día te encontrarás con la horma de tu zapato”.
Sentí una peculiar extrañeza al escudriñar por primera vez el rostro de mi hermana Kirsten Marie Olsen, que había nacido mientras yo estaba en Kent: era completamente ajena a la familia, morenita, regordeta y sonrosada como su padre, y casi apática. Apenas lloraba. Pero más me sorprendió el aspecto de Sigurd, quien en menos de un año, había ensanchado, estirado y barbado, hasta convertirse en un hombre hecho y derecho. Sus facciones se habían vuelto angulosas, sin perder un ápice de la dulzura que alegraba su mirada cuando niño. Seguía siendo tierno, pero ahora era más alto que yo. Ciertamente, ambos nos conmovimos al vernos tan cambiados por fuera y por dentro.
Pero Sigurd tenía una nueva novia. Qué dolor, qué celos al principio. Pero como yo gustaba de decir, entre nosotros existía amor verdadero, por encima de todo lo demás. Solo había que ver cómo nos sonreíamos, nos gastábamos bromas y jugábamos. Éramos los mejores amigos del mundo.
Sin embargo, la primera mi impresión acerca de su novia fue negativa. No parecía que hablara con conocimiento de causa más que de zapatos. Quería ser diseñadora de moda. En nuestros escasos encuentros logró aburrirme con marcas, suelas, tacones, cordones y punteras. Por cierto, a la joven Silje no le gustaban nada de nada los míos. Su franqueza lindaba en la grosería, pero yo me lo tomaba con sentido del humor: después de todo quizás algún día eso fuera mi cuñada…
Aunque mamá había prometido dar su aquiescencia a toda acción que saliera de mi mente calenturienta exceptuando lo que ya saben, en realidad no era tan tonta como Ingrid pensaba. Estudiaba nuestras reacciones con ansiedad. Harald también, con mayor interés si cabe. Ahora que velaba por la educación de su hija debía evitar que se instaurara en su hogar un ambiente viciado. Estaba tan asqueada de sus prevenciones contra mí que no pensaba en otra cosa que en irme de casa.

XI.- Sudor y tinta

Así que en cuanto terminé el bachiller me largué con viento fresco a Tromsø a estudiar Ingeniería Física, para placer de mi madre y mi padrastro. Puede sorprender que teniendo yo tantas dotes para la literatura eligiera una carrera en principio tan cuadriculada como esta. Siempre me he considerado una mente lógica. Las matemáticas me encantan. Son perfectas, como yo, y un arte que no admite muchas interpretaciones. Una reserva de seguridad en un mundo donde toda verdad es relativa. Y también tienen su belleza, la de lo preexistente al hombre. Las matemáticas construyen el universo. Y si se aplican de un modo práctico, ya es el no va más.
Fue en las aulas de la universidad cuando empecé a escribir “en serio”. Mi contacto con Elisabeth había sido como una revelación. Ella no contaba historias vulgares de un modo vulgar. Leía a autores de lo más raro, vanguardistas, oulipenses, que transformaban las novelas en puros rompecabezas ininteligibles. El arte por el arte, y no al servicio de una trama. Elisabeth era abstracta donde a mí me gustaba ser concreta. Siempre me reprochaba que describía con obviedad, en lugar de echar mano de imágenes más arriesgadas, en el límite entre la genialidad y el absurdo. Yo quería hacer también algo así. Me rompía la cabeza buscando estructuras literarias que no hubieran sido nunca explotadas, ya que, en literatura, la originalidad es la garante del carácter inmortal del texto. Pero al final terminaba escribiendo historias con personajes y argumento, que resultaban insatisfactorias para mí, pero que agradaban a mis compañeros de piso.
Debido a los estudios no pude terminar ninguna de las novelas largas que empecé a urdir. Me pasaba días enteros sobre los libros, en la mesa de estudio de mi minúsculo cuarto compartido, rodeada de calculadoras, reglas, cartabones, diseños y pesados mamotretos llenos de fórmulas, que me desintoxicaban de la fantasía. Era una estudiante brillante y responsable. Yo misma me sorprendía de ello.
En los últimos años de universidad compaginé las clases con un trabajo de media jornada en el laboratorio de una empresa de construcción, que terminó por hacerme un contrato cuando conseguí el título.
Siete horas diarias haciendo pruebas de resistencia de materiales y comprobando las microfracturas de las aleaciones me parecían, sin embargo, un aburrimiento. No era un trabajo adecuado para mi talento. Cada vez que entraba en la fábrica y me ponía el casco, me sentía abrumada, asesina de mí misma: trabajaba a disgusto y era antipática con mis compañeros, casi todos hombres deseosos de comprobar de qué material estaba hecha y cuantas horas de amor loco resistiría. Me horrorizaba estar sujeta a un horario. Consideraba el trabajo como el más monstruoso de los castigos, más aún que las visitas sin previo aviso de mi madre.
Pensando que cambiar de aires cambiaría también mi suerte, le pedí a Harald que me buscara un trabajo como profesora de Física en un instituto de secundaria de Oslo, donde él había estado destinado hacía algún tiempo. Lo hizo. Pero la docencia, que aprovechaba para introducir a mis alumnos en cuestiones filosóficas y morales que irritaban profundamente a mis superiores y a los padres, tampoco me gustó. “Es que a ti no te gusta nada”, me reprochaba mamá, crispada.

Comentarios

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  • Fecha: viernes, 30 de septiembre de 2005
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  • Hora: 22:13

Autor: Thersuva

Lo del colegio británico está muy logrado, vaya atmósfera... y la Braxton... Pobre Berthe...

Excelente presentación de un personaje importante como es Elisabeth McPherson, que establece su relación amor-odio.

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
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  • Hora: 0:43

Autor: reginairae

Cuando se lee por primera vez puede parecer un episodio muy largo lo del colegio inglés. Sin embargo, lo consideré necesario dado lo que sucederá más tarde... para que se entiendan los comportamientos de ciertos personajes. Conocer a esa chica fue para Sigrid un hecho muy importante en su vida, sobre todo desde el punto de vista de su vocación literaria... Además, se ve que a ella la castigan una y otra vez por enfrentarse a las normas; mientras que el hermano, más "sensato" se amolda a las normas y es aceptado por la sociedad...

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
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  • Hora: 17:32

Autor: Atreyu15

Bien, bien, menudo personaje jajajaja. Pensaba que era un poco rara pero la verdad jajajaja empiezo a creer que está como un cencerro. Ya sé que es una opinión muy prematura pero no termino de verla como una rebelde que se enfrenta a las normas, más bien es una mujer que se cree en posesión de “la única verdad”.
No me pareció largo el episodio del colegio. Como alguien dijo: Yo sigo. Giño

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 18:58

Autor: Thersuva

A mi, que leí una versión anterior del episodio del colegio (ejem) no se me hace nada largo, y además está redactado con mucha ironía, y eso me apasiona.

Personalmente, ya a estas alturas, Sigrid me cae muy bien, y también Elisabeth McPherson, y la relación de rivalidad-admiración-respeto que se establece entre ellas desde el primer momento.

¿Sigrid como un cencerro? Ay... que es una ingenua...

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
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  • Hora: 19:02

Autor: reginairae

Bueno, muy normal no es, es excéntrica como yo digo. Y lo de las normas... Más bien son las normas las que se enfrentan a ella, ajaj, que ciertamente, tal y como se describe en su juventud, parece una persona que en efecto se cree más lista que nadie y un poco prepotente, como son todos los jóvenes ingenuos y sin experiencia de la vida...

Elisabeth sin aparecer casi hasta el final de la novela, está sin embargo muy presente en la vida de Sigrid. Es como un aliciente en su carrera...

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 19:23

Autor: Atreyu15

En efecto, ironía no le falta al escrito, la encontramos por todas partes y le va muy bien a la chica, que por cierto jajajaja no me mola mucho jajajaja. Es de las de “tira pa lante” y no mires más y aunque parece tener muchos conocimientos no creo que sea muy inteligente.
¿Ingenua? Jajaja
Bueno, esto no es más que una opinión a bote pronto, veremos más adelante… RollEyes

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 19:41

Autor: reginairae

jaja, ingenua en el sentido de que en lugar de actuar de forma lógica (amoldándose a lo que hay, siendo falsa y disimulando jajaja) toma el camino erróneo de jactarse. El hermano es mucho más inteligente, desde luego, yo siempre lo he dicho, jajaja. A mi hermana, Sigrid tampoco le caía bien, decía cuando leía la novela que era una "golfa", y tampoco se convencía de su "ingenuidad", ejem...

Es un personaje que cree que es superior, que se ha montado una imagen muy extraña de sí misma como "supermujer", que luego no se plasma en la realidad. Yo la veo fantasiosa... A ver si es verdad que está como un cencerro juas... jajaja

  • Fecha: sábado, 01 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 19:49

Autor: Thersuva

Con lo de ingenua me refiero también a que en ciertas edades cualquier descubrimiento, como el de Nietzsche en el caso de Sigrid, puede hacernos sentir que hemos descubierto el sentido de la vida, que ya todo está claro y nunca más habrá problemas y que solo queda comunicarlo al resto del mundo para compartir que hemos visto la luz y conseguir que también la vean.

Luego, claro, la vida se encarga de poner las cosas en su lugar.