El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 02 de octubre de 2005

Adorando a un Dios Desconocido (parte I) XV / XVI / XVII

XV.- Poliandria

Poliandria: tres son compañía


Durante todo ese tiempo, conviví con "mis dos hombres", haciendo real mi sueño de adolescente, aunque no como había previsto.
Era una situación peculiar. Per actuaba como el cabeza de familia, que iba a trabajar y volvía muy tarde a casa (a propósito); nosotros apenas pisábamos la calle, por contra. Sigurd me acompañaba a la consulta del psiquiatra y a veces me llevaba por el centro de la ciudad, por los paseos que flanqueaban el Garona. Estas cortas excursiones aliviaron mi convalecencia. Yo, no obstante, estaba más preocupada por lo que sucedería a partir de entonces que por el pasado ya disuelto. No me hablaba con Per. Quería marcharme de su casa para no verlo nunca jamás. Por otro lado, y durante un breve periodo, me sentí culpable de haber propiciado la ruptura de Sigurd con Silje y con la empresa. Él había sacrificado sus bienes más preciados en el altar del amor ¿Qué planes tendría para el porvenir ahora que le había destrozado su plan de vida? Sigurd sabía que después de su defección no podría volver a pisar Bergen, donde, seguramente, la historia estaba ya en boca de todos sus conocidos. Me alegré en secreto cuando me confirmó que se quedaría conmigo para siempre. Lo que ignoraba en ese momento era que esa solución también había sido pactada entre Per y Sigurd, quien recibiría como compensación por sus desvelos un trabajo en el departamento contable de la empresa, con estatus, buen sueldo, posibilidades de promoción. Haraldsen tenía un enorme interés en librarse de mí, a pesar de los consejos de ciertos remordimientos de conciencia que a veces lo aquejaban. A su familia no le gustaba, y mucho menos después de saber que era una "demente". Per merecía algo mejor que eso, algo como su primita Lorraine, hija única de Raymond Jolyot.
Cuando, por azar, me enteré de lo que habían acordado mis hombres, me entró una angustia mortal. Ese mismo día, tomé mis pertenencias y me trasladé a un hotel. Sigurd tuvo que correr detrás de mí. Durante quince días pronunciar el nombre de Per en mi presencia estuvo prohibido. ¡Venderme como a un trozo de carne! Oh, eso jamás se lo perdonaría. En lo que a mí respectaba, Per estaba muerto.
Y así vivimos durante dos semanas más en el hotel sin hablar ni una palabra de Haraldsen.
Influido por Sigurd, Per intentó una nueva aproximación, no para reconquistarme, sino para lograr mi perdón, y si era posible, mi amistad. Yo, que estaba tan dolida, me tomaba como un escarnio todos sus regalos y palabras de conciliación.
No obstante, y a regañadientes, fui ablandándome. En el fondo soy una sentimental, y fuera de toda duda, una persona civilizada, que incluso puedo llegar a ser “una especie de amiga” de mis “crueles torturadores”.
Cuando mamá recibió la llamada de Sigurd en la cual le comunicaba que se quedaría en la villa francesa para siempre ¡y conmigo!, se llevó un disgusto mayúsculo. Imagino a Harald, a sus espaldas, meneando la cabeza con aires de sabio presuntuoso, mientras le recordaba lo mal que había educado a sus hijos. “¿Yo he hecho todo eso?”, repetiría ella, aterrada ante su propia ineptitud, al escuchar el listado completo de sus errores pedagógicos. Está claro que mama prefería echarme la culpa a mí: podría perdonarme mi irracional amorío con Per, pero no que enredara en mis aventuras bohemias a mi inocente hermanito. Otro de sus temores se había consumado. El pobre Sigurd no se merecía la vida de sacrificio que le aguardaba, porque a fin de cuentas, yo no era una mujer sana. ¡Y sus propios sueños! Él deseaba casarse y tener hijos. Todo eso parecía haberse terminado.
Karen desarrolló a partir de entonces una intensa correspondencia a fin de mantener intacto el cordón umbilical con Sigurd, y un poco conmigo. Todas sus cartas tenían la misma estructura. En primer lugar se interesaba por mi salud. Cumplido el trámite, me criticaba generosamente y suplicaba a Sigurd que regresara, que Silje lo perdonaría, que habría boda tal y como habían planeado. Mi madre se veía obligada a introducir estas mentiras para hacer más efectivos sus requerimientos. Pero Sigurd sabía con certeza que Silje no era de las que perdonan. Casi todos los meses le ofrecía una nueva novia (“ayer conocí a una mujer maravillosa, de tu edad, soltera y sin compromiso, guapa, inteligente, buenísima… Una mujer de las que ya no abundan. Hazme caso”) y le recordaba la promesa que él le había hecho de convertirla en abuela. Al leer esas líneas, Sigurd se veía paseando por Toulouse o Bergen con un bebé blandito, en compañía de una mujer sana y feliz, del gusto de nuestra madre. Pero él no era Per. Jamás abandonaría a una persona que lo necesitaba y mucho menos si esta era yo. A veces olvidaba tomar las pastillas de litio, pues este gesto rutinario me recordaba quién era y lo qué padecía. Había que estar siempre detrás de mí, recordándome las citas con el psiquiatra, las litemias periódicas, que me cuidara del exceso de ejercicio físico y de las dietas bajas en sal, para evitar que subiera el nivel de sodio en sangre. ¡Eran tantas cosas las que tenía que vigilar!

XVI.- Amor gozoso

Recuerdo que llovía mucho aquella tarde, y que eso había entorpecido nuestros planes de salir a pasear. Me puse a leer una novela. Trataba de un chico rebelde al que sus padres encerraban en un internado. Al hilo de la trama, yo bromeé sobre mi experiencia en Kent, contraponiéndola a los dramáticos sinsabores del protagonista. Saltando de un tema a otro, terminamos sacando nuestro “romance” adolescente, algo sobre lo cual jamás habíamos hablado con extensión y profundidad, sobre todo porque me dolía recordar su traición. Pero aquella tarde, como digo, estábamos de muy buen humor, y todo lo que decíamos nos causaba risa: “Para ti no era más que un juguetito. Eras muy mala, con lo que yo te quería… te quiero…”, susurró él.
En ese punto, dejó de hablar. Su mirada lo decía todo. La emoción se le desbordaba por los ojos. Yo sabía que algún día volvería a suceder… porque él se sentía atraído por mí de un modo permanente e intenso. Durante meses me había cuidado, había estado a mi lado, aguantando mi mal humor y mis locuras… Ese era el amor que yo necesitaba, un amor que jamás podría romperse. El corazón me daba tumbos cuando observaba esa expresión devota, fraternal y entregada…
Me abrazó, y me besó, y antes de que yo pudiera decir una palabra estaba medio desnuda. Así que tomé la decisión más adecuada, la que me pedía el cuerpo: desnudarlo a él también.
“Pero sin remordimientos, solo por placer”, le susurré, mientras él, con las pupilas dilatadas y sudor en la frente, me contemplaba con alegría infantil, y se me echaba encima. Quería asegurarme de que aquello que era tan divertido y bonito no se convirtiera en una tragedia griega. “Nada de sexo culpable, solo sexo gozoso”, insistí. “Sí, sí, lo que tú quieras”, respondía él.
Después de más de una década desde nuestro último revolcón, aquel me supo a nuevo, tan intenso, tan adulto, tan emocionante, tan largo, para variar. También él se sorprendió de mis capacidades y talentos. Cuando terminamos me dijo: “Te adoro… Eres la mujer de mi vida, y siempre lo serás”. Uf, qué fuerte. Lo único que deseaba era que no se le ocurriera albergar sentimientos de culpa ni esas cosas que tanto me molestan. Cuando tocó a la puerta de mi cuarto al día siguiente, supe que lo había ganado de nuevo para la causa de los seres sin prejuicios… al menos en la intimidad.

XVII.- La Edad Heroica

Durante la convalecencia de mi segunda crisis hipomaniaca (acontecida al año siguiente de la primera, en el año 1998) tuve una inspiración que me permitió rematar un librito titulado “La Edad Heroica”, en cuyas páginas me explayaba acerca del advenimiento de una nueva era más adecuada para el desarrollo espiritual de los seres superiores. Esto es: una edad heroica, o tiempo fuera del tiempo, en la cual solo se permitiría ser reyes a los filósofos, a la manera platónica; desaparecerían los últimos vestigios de morales castradoras; el hombre recuperaría su prístina inocencia; la libertad sería un valor en alza y el Estado (en su forma por nosotros conocida) un recuerdo que espeluznaría a los artistas y a los sabios.
A lo largo de toda la obra se sucedían párrafos del tenor de: “Cuando una civilización periclita, hay señales anunciadoras en el cielo y en la tierra: primero una oscuridad como de muerte ciñe al sol, que se convierte en una estrella negra; los pueblos se pierden en el caos del terror pánico; finalmente, se resuelve el enigma de la catástrofe mediante la acción purificadora de una gran batalla”, entremezclados con algunos más sensatos y coherentes; aunque en honor a la verdad, la tónica general era la confusión y un cierto aire de extrañeza, que no dejaba indiferente. Me sentía muy orgullosa de esta obra que no significaba nada, y que no hablaba de nada, si se analizaba con sentido crítico, pero que tenía tal aire de clásico vanguardista que hubiera hecho palidecer de envidia a Elisabeth.
Sigurd decía admirar la magna obra y su “filosofía”, pero era el crítico más despiadado de mi ideario “sui generis”. El, que no creía más que en lo que podía tocar, trataba de demostrarme con ejemplos extraídos de la Historia cómo los intentos de establecer utopías solían acabar muy mal. Pero yo no daba mi brazo a torcer e insistía en afirmar que argumentos de tal índole lo único que revelaban era la “falta de sensibilidad aristocrática”. Pero ¿qué es un aristócrata? En sentido estricto “el que forma parte del gobierno de los mejores”; halvorsenianamente, un individuo que está “jenseits von Gut und Bosë” (“más allá del bien y del mal”); un espíritu libre que hace su santa voluntad dentro de los límites que él mismo se ha trazado; y que abomina, además, del remordimiento de conciencia; un ser, cuyos pensamientos y acciones lo acercan a tanta distancia del altar como de la cárcel; que desprecia los engaños de la sociedad burguesa; una “bestia rubia” que no encuentra insoslayable ninguna dificultad; un extraño personaje, en resumidas cuentas, que se asemejaba a la altísima idea que yo siempre he tenido de mí misma.
Le mostré el manuscrito a monsieur Thibault, quien después de hojearlo afirmó que le encantaba… aunque no estuviera en la línea editorial de su empresa. Por afecto (y porque Per hizo presión sobre él a mis espaldas), el editor publicó unos cuantos ejemplares de “La Edad Heroica”, que tuvo el éxito esperado, es decir: muy poco. Al parecer las críticas furibundas contra el hombre-masa y el sistema democrático estaban un poco pasadas de moda. Eso dijeron un par de críticos que leyeron el libro. También destacaron como hecho negativo “el estilo delirante tan falto de rigor como sobrado de arrebatos líricos”. Uno de ellos me calificó de “ideóloga peligrosa”. Al menos eso me hizo gracia.
Así que volví a escribir novelitas baratas al tiempo que preparaba otra magna obra que no desmereciera de mi Edad Heroica en belicosidad, un libro iconoclasta que persiguiera a todo sistema de valores, a toda ideología pergeñada por mente humana, y que además, tuviera argumento.
Thibault, que admiraba mi fantasía, se mostraba solo diplomático al darme su opinión sobre estas otras “maravillas literarias” que tenía en mente. No quería que se me fueran las energías hacia esa parte tan sublime dejando abandonados a los ávidos lectores de la novela romántica, admiradores de Jane Valentine, mi seudónimo principal, que aumentaban día a día. De vez en cuando, con el objetivo de devolverme a la tierra, me buscaba algún taller literario en universidades europeas o americanas, para que expusiera mis talentos narrativos y me ganara un sobresueldo. Cuando explicaba los trucos de los que nos servimos los escritores de bestsellers para captar la atención de los lectores (el diseño de personajes atractivos y perfectos, la creación de intrigas, y demás), me sentía como si me aplicaran un correctivo. Y es que había una diferencia abismal entre lo que los "genios" como yo pensábamos que necesitaba el "lector" y lo que éste en verdad demandaba.

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: domingo, 02 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 23:06

Autor: Thersuva

De nuevo párrafos significativos:

"Sigurd sabía que después de su defección no podría volver a pisar Bergen, donde, seguramente, la historia estaba ya en boca de todos sus conocidos. "

Se ve que Sigurd es capaz de sacrificar algo por el bien de Sigrid.

"Cuando tocó a la puerta de mi cuarto al día siguiente, me supe que lo había ganado de nuevo para la causa de los seres sin prejuicios… al menos en la intimidad."

Otra frase importante, a la que has de quitar una errata. Sobra el "me".

Y la filosofía halvorseniana...

O la crítica literaria: "Y es que había una diferencia abismal entre lo que los "genios" como yo pensábamos que necesitaba el "lector" y lo que éste en verdad demandaba."

  • Fecha: domingo, 02 de octubre de 2005
  •  | 
  • Hora: 23:50

Autor: reginairae

Gracias por señalar esa errata. La corregiré de inmediato para que no se me olvide como de costumbre jajaja.

Sí, yo creo que Sigurd es una buena persona, jaja, que es capaz de hacer un sacrificio muy grande por su hermana. Además, no olvidemos que está el asunto de la madre. Sigurd tal vez asume este deber porque su madre no lo hace, se desentiende totalmente de su hija, y esto es algo que a ella le afecta, como se ve durante toda la novela.

Per también se desentiende, y eso es importante. Todos tratan de escurrir el bulto y de librarse del "problema", todos menos Sigurd...