XVIII.- La rue Félibre
Mi amiga más íntima en Toulouse vivía justo a mi lado, puerta con puerta. Había nacido al otro lado de los Pirineos y ostentaba el nombre, sonoro y evocadoramente vasco, de Anne Ibarrondo. Aunque no tenía ni marido ni novio fijo, presumía de haber fabricado una hija adolescente de aspecto lánguido. Lo más notable de su persona era que atribuía todas sus desgracias a los defectos de los hombres. Para ella, la mujer ideal era la que vivía en la eterna soltería.
A pesar de su desaforado afecto hacia mí, Anne me reconocía un grave defecto: me hallaba unida íntimamente a uno de los “enemigos”, que para colmo era mi hermano (desde el primer día se dio cuenta de que había “algo raro” entre nosotros). Era una desgracia que los tabiques fueran tan finos y nuestras habitaciones paredañas. Se oía todo: mis risitas, mis jadeos sin mesura. Anne tenía por lo demás un excelente oído (era violinista en la Orquesta Nacional del Capitole); se vanagloriaba de poder distinguir a mis “incontables” amantes por el tono de sus gemidos. Anne me arrastraba a jaranas nocturnas con la esperanza de que algún día conociera al hombre de mi vida, y olvidara al “mentecato” de mi hermano, sin importarle caer en contradicción en sus teorías sobre el sexo masculino, tan "nefasto".
Otro de nuestros vecinos en el edificio número 7 de la rue Félibre, era Monsieur Breton, un anciano de humor pésimo y susceptibilidad acusadísima, pero que conmigo se llevaba a las mil maravillas. En muchos aspectos éramos como almas gemelas. A ambos nos encantaba arreglar el mundo, poner a caldo al presidente de la República y todas esas cosas. En cuestiones morales, Breton era bastante liberal. Había sido actor de teatro en su juventud, y luego también hizo algo de cine y televisión (una vez vi una película suya antigua y descolorida, de humor), aunque llevaba años sin trabajar debido a su mal genio, que lo volvía problemático para los rodajes.
Tenía dos hijos, Jean-Marie, cirujano plástico, al que no trataba, por haber echado de casa a su hijo del mismo nombre, transexual, que Breton había acogido; y una hija Marie-Thérèse, que se había casado con un hombre una década más viejo y varios millones más rico, y con la cual mantenía una relación tirante pero intensa. Marie-Thérèse no había heredado su liberalidad. Tenía una fe ciega en los valores sanos de la tradición conservadora, tales como el matrimonio, la fidelidad conyugal y la pena de muerte según el método patriótico de la guillotina. “¡Tengo una hija tonta!”, se lamentaba monsieur Breton, “Tonta y fascista; menos mal que me ha dado una nieta estupenda, mi querida Elaine… Esa sí que vale”
XIX.- Elaine
Recuerdo que fue una tarde del otoño de 1999 cuando coincidí con Elaine en el ascensor por primera vez. La joven, adolescente entonces, se había acercado hasta la casa de su abuelo con la excusa de llevarles un pastel para su cumpleaños, que era al día siguiente, a él y a su primo Jean-Marie. Graciosa, desarrapada, con un aro en la nariz, y librepensadora como Breton, aparecía de vez en cuando por el edificio en calidad de mensajera de su madre, Marie-Thérèse. Su compañía aliviaba sobremanera las enfermedades hipocondríacas del viejo, que siempre se decía “a un paso de la muerte” al menor estornudo. Elaine, a pesar de ser hija de un matrimonio más que acomodado, o precisamente por eso, renegaba de sus privilegios burgueses.
Confesó haber leído algunas de mis novelas en la biblioteca. Su abuelo le había revelado cuáles eran mis seudónimos y las había buscado con afán. “No están mal como literatura de entretenimiento”, me dijo, “Pero se nota que la autora tiene potencial para hacer algo más grande”. Y luego saltó: “También he leído “La Edad Heroica”. Y opino que es absolutamente necesario barrer la moral antinatural que campa a sus anchas en nuestra época. No se imagina usted lo retrógrada que es mi madre, un dolor de mujer. No me deja salir de noche. ¿Cree que es justo que una joven llena de vida como yo esté “alienada” por su madre?” Al escuchar tales palabras sonreí de puro placer, y no por haber encontrado a alguien que no solo había leído mi libro sino que encima había extraído de él la esencia. La manera en que sus tiernos labios habían pronunciado la palabra “alienada” me había conmovido en lo más profundo. Elaine era como un espejo que me devolvía la imagen de cómo había sido yo.
La invité a merendar; hasta muy tarde conversamos como dos buenas amigas de la infancia. Elaine se explayó en mi sofá acerca del autoritarismo de su madre. ¡Qué dulzura! Siempre hay algo hermoso en la salvaje inocencia de los que se cuestionan las imposiciones. Elaine era hermosa por dentro y por fuera. Puede sonar extraño, pero parecía querer seducirme, exhibiendo su alma virginal ante mí, quien ya estaba de vuelta de todo, y que sin embargo, conservaba la capacidad para el asombro y para apreciar la belleza de lo ingenuo. A partir de entonces, casi todas las tardes las pasábamos juntas.
El deseo tenaz de Elaine de demostrar independencia e iniciativa ante sus padres, la decidió a ofrecérseme como secretaria. La chica había observado que yo no era muy ordenada que digamos, y que todos mis papeles estaban en desconcierto repartidos por la habitación que usaba de despacho. También me ayudaría con la corrección de estilo, ya que si bien tenía un francés muy bueno, no llegaba a la perfección. Algunos de los errores que cometía escribiendo producían efectos humorísticos indeseados, de los que siempre me abochornaba cuando me llegaban las galeradas con las revisiones de corrector de estilo. Me pareció una buena idea.
Cuando Marie-Thérèse se enteró de este acuerdo, rápidamente me cursó una invitación para cenar. Tenía por cierto que su padre solo admiraba a gentes de costumbres licenciosas. Necesitaba salir de dudas, o por lo menos ubicarme en el bando del bien o del mal. Lo que había oído sobre mi libro “serio” no la alentaba a pensar en positivo. Sin embargo, los otros, algunos de los cuales había leído, no le desagradaban.
No me atreví a rechazar la invitación de los Condé, aun a sabiendas de que me esperaba una buena inspección. Elaine me rogó que, pasara lo que pasara, fuera “yo misma”. Comprendí el mensaje: su acto de rebeldía debía culminar con una bofetada en la cara burguesa de sus progenitores. De modo que me preparé para escandalizar a placer. Era lo que ella quería.
A la madre de Elaine le salieron los colores cuando, al comienzo del primer plato, hablé de las bondades del amor libre. Luego arremetí contra el matrimonio y la familia (“célula básica de transmisión de prejuicios de una generación a otra”) Uno por uno, fui echando por tierra todos los principios en los que Marie-Thérèse sustentaba su ética. También defendí, con una vehemencia que a madame Condé hizo temer "lo peor", la homosexualidad.
Monsieur Condé reía socarrón mis ocurrencias, pero su mujer estuvo a punto de sufrir varias veces una lipotimia. No solo le sacaban de sus casillas mis improcedentes comentarios sino mi pretensión de enmendarle la plana en lo que tenía que ver con la educación de la muchacha, que estudiaría en la ENA o en algún sitio así y sería una mujer de provecho, “dijera yo lo que dijera”, y luego decente madre de familia, además de heredera de la empresa de telecomunicaciones. Cual fiera abogada, defendí los intereses de Elaine, que se cifraban en el ansia de libertad. A su madre, el exceso de tal derecho la parecía una herejía: a los diecisiete años libertad era sinónimo de libertinaje. “Pero, ¿se ha fijado usted cómo viste? No puedo permitir que vaya por ahí como una vagabunda. ¿Qué va a pensar la gente? No nos falta el dinero; se puede arreglar como una señorita. Y ¿sabe usted qué es lo que le pica de verdad? Que quiere salir de noche con sus amigas. De noche. Como si no se pudiera salir de día…” decía la mujer, con insistencia.
Al señor Condé no le importaba casi nada que no tuviera que ver con su negocio de Telecomunicaciones; era un empresario nato, un guerrero de las finanzas; un capitalista de pura raza, recio, austero y astuto. Parecía la encarnación de lo que el ilustre Weber, al definir al capitalismo, dio en llamar “el ascetismo en el mundo”. Pierre no sentía ninguna pasión por el dinero, sino por la acción de conseguirlo. La ostentación le repugnaba (en eso, parecía más noruego que francés). En lo que no reparaba en gastos era en la educación de su hija, llamada a ocupar su puesto en el futuro. La vida profesional de Elaine ya estaba escrita casi desde el día de su nacimiento.
Aunque durante la cena lo pinchaba diciéndole que siendo tan rico era de rigor que repartiera beneficios con los desheredados de la tierra, Pierre se lo tomaba con humor. Respondía “Si hiciera eso, los pobres serían ricos y yo estaría en la miseria. ¿Habríamos arreglado algo?” Para mortificación de Marie-Thérèse, Condé y yo hicimos buenas migas. El caballero encontró encantadora la idea de que su hija pasara un par de horas diarias, después de los estudios, conmigo: me reconocía "virtudes útiles".
A pesar de la oposición de su madre, durante mucho tiempo Elaine fue una fiel parroquiana del templo heroico. Lo que a los demás les parecía discurso necio y loco, a ella le encantaba escucharlo durante horas. La propia inclinación literaria de la joven encontraba un cauce de expresión en su tarea de oyente activa, que ordenaba notas, corregía faltas de ortografía y de expresión y debatía conmigo cuales eran las palabras más adecuadas para determinados contextos. Yo la llamaba “mi aprendiz de supermujer”, y la muchacha se sentía orgullosísima de ser así titulada.
XX.- La traición
Escribí un relato sobre un hombre que moría varias veces en distintas épocas, y se lo pasé a Elaine para que puliera el estilo y lo hiciera “más francés”. Pero no me gustó, y lo descarté. Elaine consideró, sin consultarme, que no me importaría que incluyese algunas modificaciones. Así que lo redactó de nuevo, cambiando el deprimente final (en el original, el protagonista quedaba atrapado en un infierno de muertes infinitas), y puso su nombre al pie de la hoja. Sin decir nada a nadie, envió el cuento a un concurso literario organizado por el ayuntamiento de Toulouse, con tal mala suerte que se llevó el primer premio. Elaine no pudo evitar la mínima publicidad que se le dio al certamen. Temblaba al pensar que yo pudiera enterarme. Al día siguiente del fallo, reunió el valor que no tenía para acudir como todas las tardes a la rue Félibre. Yo no había leído el periódico. Y ella pudo respirar aliviada.
Pero días más tarde, me encontré de casualidad a Elaine y a su madre en el centro comercial de Saint-Georges. Las dos iban muy peripuestas. Mi salvaje aprendiz se había cortado las greñas (todavía olía a peluquería); se había pintado los labios e incluso había cambiado sus camisas arrugadas por una blusa impecable. Me sorprendí. La verdad es que no daba crédito a lo que veía.
Me había mentido la tarde anterior, al decirme que no acudiría a mi apartamento porque tenía que ir a estudiar a la biblioteca con unas amigas. Pero eso no era lo peor. La señora Condé sacó a relucir lo del premio, que irían a recoger la semana siguiente. Empezó a hablar dando por supuesto que yo estaba al tanto. No tardé en darme cuenta de la traición de la que había sido objeto. Marie-Thérèse fue muy locuaz, pese a los codazos de la desesperada Elaine. La joven estaba como un tomate, no se atrevía a mirarme a la cara: yo había cruzado los brazos, y tamborileaba con el pie derecho, mientras escuchaba el “original argumento” del relato. Elaine advirtió mi turbación, pero ambas guardamos silencio delante de la orgullosa señora Condé, que atribuía el mutismo de la muchacha a su gran modestia.
Elaine no volvió por nuestra casa. Incluso, restringió las visitas a su abuelo, para evitar coincidir conmigo. Yo estaba realmente perpleja. Me había dolido lo que había hecho, pero no lo consideraba tan grave como para iniciar los trámites de ruptura. Precisamente que reaccionara así excitó aún más mi ira. No podía entender por qué era tan cobarde. Yo la hubiera perdonado… si hubiera venido a suplicármelo…
Poco después, ese mismo año, Elaine se fue a estudiar repentinamente a Canadá. La noticia me extrañó mucho, ya que conocía los planes que Pierre tenía para ella. Pero como la chica no me buscó para darme explicaciones, yo tampoco se las pedí. Breton, en tono críptico, me dijo que Elaine había llorado mucho "por mi culpa" esa temporada…
La última vez que habíamos coincidido había sido con motivo del entierro de su primo Jean-Marie, hacía un año. Pero entonces nos habíamos saludado con brevedad, y casi a distancia, debido a las prisas que le metía su madre para alejarla de mí…
Y madame Fournier me había insinuado que se había casado con mi hermano…
Pero no, no podía ser. Era demasiado… ¡absurdo! ¿Sigurd con Elaine? Una situación tan descabellada ponía en entredicho mi concepto sobre el “amor verdadero”, que existía al margen de gestos ostentosos o demostraciones sexuales. El amor no tenía forma, pero se podía experimentar de forma tangible, pasaba revoloteando junto al rostro y levantaba un olorcillo a rosas, una amistad, un vínculo eterno e indestructible. El “amor” de las novelas, de las películas, de las canciones, el ¡cuánto te quiero, jamás querré a otro!, era otra cosa, una emoción animal e inferior, de la que yo estaba ya curada para siempre. Había leído que en algunas sociedades ni siquiera existía una palabra para definir el “enamoramiento”, que para esas gentes eras simplemente locura. Bien sabía que bajo ese estado alterado de conciencia la mayor parte de las personas hacían el ridículo, perdían la dignidad y cometían imprudencias que, estando cuerdas, jamás se les hubieran pasado por la imaginación. El verdadero amor, en cambio, otorgaba lucidez, no negaba, no era celoso, no era mezquino, jamás llevaba al odio o la indiferencia, era dulce y tierno, no necesitaba de grandes alharacas, se vivía día a día y no en fechas señaladas... ¡Y teniendo todo eso Sigurd conmigo se iba con Elaine!
Con horror recordé la manía que él tenía de decirme que estábamos casados aunque no hubiera papeles de por medio. Yo le seguía la corriente, claro; otras veces me reía; definitivamente no creía en el matrimonio. Nuestro afecto estaba por encima de las etiquetas y las palabras. Pero no servía de nada que le recordara que no éramos “pareja”, sino dos buenos hermanos a los que, de vez en cuando, les gustaba "jugar gozosamente"… ¡Incluso quería que llevara el anillo de prometida de Silje! ¡Cielos, qué espanto!
Y es que cada vez que Sigurd se veía más de tres veces con la misma mujer me decía que se iba a casar con ella. Lo suyo era auténtica obsesión por los ritos nupciales. Aun recuerdo como me obligó a tragarme la boda de Per con Lorraine Jolyot, sin atender a mis sentimientos. No le vi la gracia a aquella ceremoniosidad patética, hecha de tópicos (el vestidito blanco, las flores, los padrinos, la alianza, el que se besen, el banquete). Es más, mientras los novios pronunciaban los votos (“… En lo bueno y en lo malo… En las alegrías en las penas… Prometo serte fiel…”) me entró un ataque de risa, que tuve que ocultar tapándome la boca para no crear un conflicto entre Sigurd y el novio. Pero, ¿con quién podría estar Sigurd mejor que conmigo? Entonces me vino a la mente una conversación que habíamos mantenido poco antes de mi viaje a Estados Unidos, y a la que en su momento no había dado importancia. Él me explicó cómo habría de ser su mujer ideal: dulce, casera, pacífica, maternal, cariñosa, buena, rica, con excelente trato social… Yo me había reído a mandíbula batiente, al considerarlo una broma. “¿Pero dónde vas a encontrar tú semejante ejemplar?”, le había preguntado, entre carcajada y carcajada, mientras él entornaba los ojos.
Por fin tenía la respuesta…
Fin de la primera parte