El Cultural -Magazine de El Imparcial

lunes, 09 de enero de 2006

El viajero

El viajero



El viajero llegó al castillo empapado de lluvia. Los últimos kilómetros los había hecho a pie, cargando bajo la tormenta con un pesado maletín. Le había sorprendido la noche mientras ascendía los repechos del camino entre riscos, pero en su corazón una llama de coraje iluminaba el camino, aun en mitad de una noche tan desapacible, y en aquellas montañas pavorosas, encorvadas como ogros.

Apenas tocó la campanilla de la entrada, una mujer salió a recibirlo. Llevaba un ligerísimo vestido blanco, con un escote que dejaba ver una buena parte de sus senos. El viajero clavó ojos en los de ella.

-Buenas noches –dijo él, en un tono duro, pero en el que se traslucía un miedo atávico-. ¿Podría darme alojamiento por esta noche? Hemos tenido un accidente; el cochero está arreglando los desperfectos en el cruce de Bergstadt. Subirá después si a usted no le molesta.

-No se preocupe –respondió ella, muy amable, sonriendo-. Pase y póngase cómodo. No suelo recibir visitas. Todas son bienvenidas.

El viajero entró en el gran vestíbulo, severo, pétreo. Unos viejos cuadros y unos tapices cubiertos de polvo eran los únicos elementos decorativos que vestían las paredes de granito. A través de una puerta entreabierta vio el resplandor de un fuego.

-Estaba leyendo junto a la chimenea. La noche es fría –musitó ella, con acento melancólico-. ¿Quiere pasar y acompañarme? Por favor, permítame que le tome el abrigo: está mojado.

El viajero se despojó de su abrigo con esclavina, pero no soltó el maletín.

-¿Están los señores de la casa? -preguntó, mientras revisaba con la mirada cada columna, cada escalerona, y cada elemento arquitectónico, puertas y ventanas incluidas.

-Yo soy la señora de la casa...

Una mueca de sorpresa se marcó en el rostro del caballero, de hábito inmutable.

-¿Vive usted sola en este lugar?

Ella ya había desaparecido con el abrigo en dirección a la sala de la chimenea. Con pasos firmes el viajero la siguió.

En aquel lugar había miles de libros de colores otoñales, encaramados en estanterías muy altas, casi rozando el techo abovedado. En medio de la estancia, una mesa con un par de candelabros, un jarrón con una flor desmayada y mustia, y la cena servida, ponía el toque enigmático.

La anfitriona había colocado el abrigo junto al fuego para que se secara. Su figura felina se transparentaba bajo el vestido. Él trató de fingir que no miraba.

-Sí, vivo sola. Es muy triste. Hace años que todos se marcharon. Incluso los criados. Tenían miedo de esas leyendas del Valle. Mi única compañía son esos libros. Iba a cenar. Sea mi invitado, por favor.

El tono de súplica encubierta estaba de más; el viajero no había probado bocado desde hacía horas; la caminata lo había agotado; es su estado la respuesta era tan obvia que simplemente, dejó el maletín en el suelo y se sentó, mientras ella iba a buscar otro servicio.

Habían sonado las doce campanadas cuando se terminó la charla. Ella, poco acostumbrada a hablar, había aprovechado la ocasión, para contarle una buena parte de su vida. También relató, con ira, el efecto despoblador de las leyendas sobre hombres lobo, vampiros y demás seres espantosos que se suponía pululaban por el valle. El viajero sintió una enorme compasión. La soledad era también compañera suya desde casi los años mozos, pero no se imaginaba viviendo en aquel castillo medieval, sin más habitantes que las arañas que hacían su obra en las esquinas de los techos o las ratas de los sótanos. Durante toda la cena ella se había mostrado encantadora; tan dulce que su lástima había alcanzado cotas insólitas. ¿Cómo era posible que tanta hermosura yaciera enterrada en el mausoleo de las montañas?

Con el final de la cena, ella empezó a mostrar de modo mucho más evidente su tristeza y desazón. Sus ojos estaban casi humedecidos.

-Me gustaría que durmiera conmigo esta noche... –dijo ella, con una timidez entrañable, impropia de una mujer que aparentaba unos cuarenta años o menos.

El viajero tragó saliva. Los vellos de sus brazos se erizaron. Tenía la mandíbula tan tensa que le costó sacar la primera palabra:

-Yo... Yo...

Luego la miró. Ella temblaba y se abrazaba a sí misma, sin dejar de mirarle fijamente, como suplicando.

No hizo falta que hablar de nuevo. Él se levantó. Ella hizo lo propio, con una súbita excitación recorriéndole la espalda, y una sonrisa que llenaba toda la sala.

Se abrazaron en el lecho. Primero con duda, después con pasión, recorrieron sus cuerpos mutuamente usando la boca, dejándose besos húmedos en los rincones más recónditos. Ella se mostraba solícita, ansiosa, entregada, como si aquella fuera su última noche sobre la tierra. El inequívoco brillo de la felicidad vestía su desnudez sudorosa.

Antes del amanecer, ella se despertó. El viajero la miraba, sentado sobre su cuerpo frágil, sonriendo. Por un instante, ella comprendió que aquella visita había sido un regalo. No quiso pensar que del cielo, pues ella no podía traspasar sus puertas por culpa de un pecado antiguo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de alegría, mientras él elevaba sobre su pecho una estaca y un martillo, en cuyo mango podía leerse “Propiedad del Doctor Van Helsing”.

Comentarios

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  • Fecha: miércoles, 11 de enero de 2006
  •  | 
  • Hora: 20:39

Autor: Thersuva

El relato está bien llevado, así en plan clásico, pero es totalmente previsible, ejem. Angelito