El Cultural -Magazine de El Imparcial

sábado, 04 de marzo de 2006

Regina Irae - Parte I - III

CAPITULO 3



Barglava


En cuanto Ariane Lavalle penetró en la propiedad de su hermana, trastabillando, ésta la agarró por los hombros y le ordenó que abriera la boca. No fue no obstante necesario ni que despegara los labios. Eva apartó la cara, frunciendo la nariz con gesto de asco.
-¡No me lo puedo creer! ¡Has bebido! A sabiendas de que te sienta como un tiro -gritó, zarandeando a la pobre mujer que tenía la cabeza volada y no precisaba que la trataran como un jarabe-. ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué?
-...mañana mismo empiezo a trabajar -explicó Ariane, con la lengua hecha un nudo.
-¿Tú? ¿De qué? -inquirió el señor Eduart Beria, escéptico.
-De secretaria de Lippershey, que además es todo un caballero -replicó ella, recalcando la última palabra.
-¡Dios mío: qué borrachera tiene la pobre! : ¡delira! -dijo Eva, llevándose las manos a la cabeza.
-Te juro que es verdad: empiezo mañana por la tarde... creo...
-¿Qué dices, que te han dado el trabajo a ti? -preguntó, enfática, la doctora Eva con el mismo grado de estupefacción con que hubiera recibido la visita del abominable hombre de las nieves.
-No hagas caso: ¡es broma! -rió Eduart pegándole un codazo a su inmóvil y atónita esposa.
-¡Oh, Ariane, al final tenías que salirte con la tuya! Supongo que por lo menos, se tratará de un trabajo decente... -musitó Eva, que era muy poco tolerante con las desviaciones de la moral... de los demás.
-Lippershey, quiero decir Sir Alex, es un hombre de toda confianza: un caballero inglés...
-A lo que importa: ¿a qué se dedica? -preguntó Eva, con las cejas enarcadas.
-Es científico...
- Eso ya lo sabemos; pero, ¿qué clase de científico?
-Seguro que es un zoólogo especializado en la catalogación de animales raros -ironizó el cirujano, mirando con intención malvada a su hermana política.
-Pues no, señor: estudia la mente y esas cosas -replicó, Ariane, molesta.
-¡Ah, un psiquiatra! -exclamó Eva, sin mostrar emoción.
-Bueno: no, exactamente.
-¿Es psicólogo tal vez?
-Ese nombre se le parece más...
-¡Mujer, no te entiendo! ¡Explícate!
-Y, ¿seguro que está bien de la cabeza? Porque lo de contratarte a ti tiene delito -dijo Eduart.
-Sir Alex es parapsicólogo...
Eduart y Eva se quedaron tiesos.
-Ahora se explica todo -dijo Eduart, riendo a mandíbula batiente-. Al tipo se le acabaron las reservas de extraterrestres enanos y cabezones y no le quedó más remedio que quedarse contigo...
Pero la señora Lavalle estaba demasiado emocionada para defenderse; cuando le contó a su hermana la mala opinión que Sir Alex tenía de los médicos, Eva encontró en tales juicios, nuevos motivos para aborrecer al inglés.
-Deberían meter en la cárcel a todos los que practican el intrusismo profesional -exclamó ésta, bastante ofuscada-. ¡Que cura! La supuesta mejoría que experimentan los individuos tratados con las medicinas alternativas se debe al efecto placebo. El tal Lippershey es un charlatán. No sé como has podido caer tan bajo. ¡Si te vieran papá y mamá!
En un intermedio de su narración sobre la entrevista, y sin que viniera a cuento, Ariane ponderó la bonita sonrisa del caballero, para espanto de su hermana.
Incluso le había dado por pensar, y menos mal que a Eva no se lo dijo, que el profesor debía de haber sido muy atractivo en sus años mozos, un pensamiento frívolo y fuera de lugar. Se lo representaba tan alto, tan flaco y tan elegante, pero con cuarenta años menos, un auténtico figurín que las mujeres, a buen seguro, se habrían disputado. Ella, que no era la menos sensible a los encantos de un perfecto caballero, se sentía turbada al reconocer bajo los velos de aquellas fantasías un oculto deseo de ser correspondida por hombres que nunca podrían ser suyos: grandes, poderosos, de elevada cultura e inteligencia, a la vez protectores y corteses, modelos de recta conducta; hombres, al fin y al cabo, que eran punto por punto, el negativo de su ex esposo y de cuantos la habían pretendido desde la adolescencia. Eva la mortificaba repitiéndole que, en cuestión de pareja, lo semejante atrae a lo semejante, y que por esa razón a ella sólo le era posible aspirar a una cómoda vulgaridad.
Antes de que acabara el día, recordó varias veces los episodios de su aventura en casa del profesor, en especial, sus miradas penetrantes sobre ciertas partes de su anatomía. Pero, ¡qué hombre más raro Lippershey! Había que andarse con tiento con él, ¿estaba asustada? : no; ¿indignada? : tampoco.
“He de ser sincera.” -escribió esa noche en su diario- “Pero casi me da pudor, porque sé que no está bien experimentar esta especie de voluptuosidad que me invade cuando pienso que al menos hay una persona en este mundo que me ve con buenos ojos. Me entra la risa, pero, a la vez, un sofoco. Imaginarse a un señor de esta edad, en fin, a un señor de esta edad... conmigo. Sólo de pensarlo enrojecen mis mejillas y me tiembla el lápiz y la mano, y hasta la última fibra de mi organismo, tal vez, porque, en el fondo, la idea me excita, y mi mente, educada en principios convencionales se rebela ante algo tan inusual y escandaloso, y no sé si es bueno reprimir un pensamiento lascivo que surge espontáneo, o si es, simplemente espantoso que una señora decente, una madre de familia, tenga el descaro de concederse el derecho a tales espontaneidades”
Gracias a Dios, Eva no leyó este párrafo ni los que siguieron, que por respeto a la intimidad de nuestra protagonista nos privamos de reproducir.

*****


Al día siguiente, a unos veinte kilómetros de distancia del Distrito 6, en la carretera de Milanovi, Sir Alex pensaba en su nueva secretaria con cara de embeleso
El chico que conducía el coche, Philip, lo sabía. Y ese conocimiento le producía una rabia intensa y punzante.
El joven había perdido su trabajo y aún no sabía muy bien por qué. Oh, sí; al señor Lippershey le encantaba excusarse diciendo que no quería abusar de la buena fe de un futuro abogado robándole horas de estudio; pero lo cierto es que a Philip le importaban un bledo las leyes y no le quitaba el sueño pensar que por su falta de aplicación algún día un asesino se quedara sin la preceptiva defensa jurídica. Su deseo más fervoroso era no perder la relación con aquel caballero en cuya compañía había vivido aventuras inolvidables durante el verano, visitando mansiones encantadas, grabando psicofonías, y archivando documentos ovni. El profesor había dejado claro que lo contrataba temporalmente, pero en ningún momento Philip había dudado que contaría con sus servicios cuando acabaran las vacaciones: una ilusión, ahora lo sabía, del todo desacertada.
A sus padres les sacaba de quicio verlo todo día detrás de aquel inglés loco: por algún extraño motivo consideraban que el estudio de lo paranormal no podría reportarle a su retoño enseñanzas de provecho sino más bien al contrario. Philip les había salido muy rarito. No gustaba de la compañía de sus coetáneos y tenía la cabeza a pájaros: ¿qué clase de veinteañero no había pisado jamás una pista de baile ni besado a una chica? En vez de buscarse una novia, que ya iba teniendo edad, aprovechaba cualquier hora libre para acompañar al excéntrico Sir Alexander en sus correrías. Su padre hasta había llegado a pensar mal...
Antes de partir, Philip había expresado sus quejas y reproches con la economía de medios lingüísticos de que solía hacer gala. Lippershey, en su descargo, y en tono monocorde, para mayor verosimilitud, había alegado que tomaba la determinación más justa y beneficiosa para ambos; en cuanto a Ariane sólo le exigía que cumpliera con sus obligaciones sin errores de bulto: o sea, que lo mismo podía haber escogido a una candidata que a otra y que, de ningún modo, habían influido en su decisión consideraciones de tipo personal, tal y como el mozo insinuaba a media lengua. Como rúbrica a este falso aserto, le había dado a su ayudante una palmada en los omóplatos que significaba que, en lo tocante a ese tema, no había vuelta de hoja. Philip lo conocía lo suficiente como para saber que era una pérdida de tiempo discutir con él cuando se aferraba a una idea. Su contumacia era sólo comparable a su talento; lo admiraba por lo segundo, y en ocasiones también por lo primero (ya le gustaría a él ser tan asertivo). Pero incluso un espíritu libre como Lippershey tenía defectos que no se podían pasar por alto. Philip pensaba que el peor de todos era su afición a las mujeres, y, muy especialmente, por aquellas que usaban tallas grandes de ropa interior ¿Acaso no había elegido a la señora Lavalle por ser la más próxima de las aspirantes a su estrambótico ideal femenino? Al menos, la descripción que él le había hecho, le hacía pensar lo peor. En un hombre de su edad sobraban tales frivolidades. La Ciencia estaba por encima de todo, y como el propio Lippershey decía, no había nada más noble ni más alto que entregarse a ella en cuerpo y alma. Pero Philip era demasiado ingenuo como para comprender que incluso los fines elevados pierden su importancia cuando entra en escena la lujuria, llamada también “pasión”, “amor” o “deseo”, palabras de significado distinto sólo en la teoría.
Alucinado por ciertos pensamientos libidinosos, Sir Alex tardó en percatarse de que estaban ya a unos diez kilómetros al nordeste de Milanovi. El terreno ya se empinaba y se quebraba volviéndose hostil a las comunicaciones terrestres. Era el comienzo de la ascensión a las sierras de Frangir, lugar hermoso para la vista de los hombres, pero un infierno para la anatomía de los vehículos de motor.
Philip pasó de largo el desvío que comunicaba con el castillo de Fortcastel, dirigiéndose hacia el pueblo, subido en una especie de plataforma rocosa en ligero descenso, como un desgastado escalón hacia las cumbres.
Barglava era un pueblo de aspecto más bien gótico, gris y tenebroso, nada que ver con esos villorrios de Austria o Suiza tan pulcros, modernos y perfectos que decoran los calendarios de las tiendas de comestibles. Su iglesia poseía un espigado chapitel; pero sus casas, de tejados agudos, eran pétreas y oscuras. Por el Este, descendía hasta el valle en un suave declinar que los tilos ocultaban; por el oeste, quedaba limitado por la imponente pared del Mons Vindius y por brumosas y húmedas arboledas, del interior de las cuales, nacía el arroyo Devan, que luego de una nerviosa caída por los canales naturales que propiciaba la naturaleza cárstica de la región, entraba en Barglava, lo partía en dos, y se alejaba como si tal cosa, buscando las tierras bajas, y el río Mende, afluente del Rhin.
En llegando a la plaza detuvieron el coche. Dreyeris se quedó frente al volante mientras el profesor iba en busca del alcalde.
Lippershey encendió un cigarro bajo la severa mirada del crucero de piedra, antigua picota, que marcaba el punto de donde surgían el impulso cardiaco y el alma del lugar.
Después, humeando como una locomotora, y volteando el bastón al paso, se dirigió rápido hacia una casona, sobre cuya única puerta se podía leer la palabra Bar. A través de su cristalera, media docena de ojillos contrariados observó su aproximación.
Entró en la taberna con la arrogancia de un señor feudal. Las cartas quedaron mudas a mitad de partida. Los rostros de los parroquianos se volvieron hacia el profesor, quien preguntó por el alcalde.
-No creo que él quiera verlo: está tan harto como nosotros de parapsicólogos charlatanes. ¿Por qué no se vuelve por donde ha venido? ¿No le advirtió su amigo que aquí no toleramos más impostores? Ustedes no pueden arreglar nuestros problemas...
Sir Alex elevó la ceja al escuchar la expresión ‘su amigo’ referida a Adamski.
-¡Pero si no les conviene! -exclamó, desde una de las mesas del fondo, un joven exaltado-. No sé yo si no serán estos parapsicólogos los que causan los desmanes...
La concurrencia celebró con jaleos y gritos la salida del muchacho. Lippershey, en cambio, suspiró.
-Y cuándo no había parapsicólogos, ¿quién lo hacia? -protestó un ancianito que apoyaba sus nudosas manos sobre un palo-. De mozo ya escuchaba yo historias que ponían los pelos de punta...
-Tú lo has dicho, abuelo; eran historias.
-¿Verdad que no, Gelo? -dijo el viejo, dirigiéndose a su compañero de juegos-. ¿Verdad que antes también mataban al ganado de mala manera?
-Y aun a las personas ¿Te acuerdas de Petre, el de Viviana? -murmuró el tal Gelo-. Salió una noche a cortar leña al bosque y, tres días después, apareció muerto en el lindero de la finca de los Faenza, y sin una gota de sangre.
-¡Bah, serían lobos! -clamó un escéptico de mediana edad que lucía orgulloso un bigote de algodón-. Hace unos años yo vi uno tan grande como una vaca...
-¡Qué raro! -declaró un ultraescéptico-. ¿No sería Lippershey disfrazado más bien?
Todos y cada uno de los diafragmas allí presentes sufrieron agudos espasmos de risa. Todos, menos el de Lippershey, claro está.
-Digan lo que digan, éste es el peor de todos los farsantes -se burló el jovenzuelo, mirando con insana intención al extranjero, que para mayor espanto era vegetariano-. Me pregunto por qué no le hacemos correr como al tal Adamski. Merecerlo, lo merece lo mismo.
“¡Maldición!”, se dijo Sir Alex, sospechando que Marta Delmont no le había dicho toda la verdad sobre la ‘baja’ de su colega.
-Todo el día dando la lata con que nuestra carne no es buena. ¿Son mejores las vacas inglesas que están todas locas? Las nuestras, no señor, que las tratamos como a reinas...
-Lo peor es que esta gente está sacándose dineros a nuestra costa. Porque eso también hay que tenerlo en cuenta y, ¿qué vemos nosotros de esa ganancia? ¿Eh?
-¡Eso! -gritaron a dúo dos desdentados con perfiles pendencieros-. Diga, Lippershey, ¿cuánto gana escribiendo sobre las miserias de los barglavenses?
-No gano nada; al contrario, me hacen perder dinero y salud -contestó con aprensión Sir Alex, que hasta entonces se había reservado sus opiniones sobre aquellos necios.
-¡Miente como un bellaco!
-¡Es que es un bellaco!
-Si sólo con las clases de la universidad debe de amasar un fortunón. Ah, si no existieran los fenómenos paranormales no tendría ni donde caerse muerto. Mira si le conviene o no airear lo nuestro.
-Yo sigo diciendo que no nos fiemos de él, que es capaz de crear los misterios sólo para sacar tajada -insistió el joven fantasioso.
Nuevamente, los hombres se excitaron y empezaron a proferir extrañas hipótesis sobre cómo Sir Alex se las ingeniaba para chuparles la sangre a las vaquitas: unos decían que tenía un murciélago vampiro amaestrado; otros, que si sanguijuelas.
El profesor empezó a temer que se le estuviera yendo el asunto de las manos. Los criadores de vacas no bromeaban, aunque pareciera lo contrario. Y cada vez parecían más dispuestos a salirse de madre; y el alcalde, que le había prometido el día anterior, por teléfono, que le esperaría en la taberna, no asomaba el belfo, quizás aposta. Harto, y con un tono bastante inapropiado para ocasión tan peligrosa, Sir Alex exclamó:
-¡Banda de idiotas! Si yo fuera capaz de hacer maniobrar globos de luz; provocar desmayos a distancia, aparecer y desaparecer a voluntad; tomar la figura de un ser diabólico o lanzar rayos, cosas todas que sus vecinos dicen haber visto, no iba a estar a aquí aguantando las estupideces de un montón de matarifes. ¡Trabajaría para el departamento de Defensa de alguna potencia militar! O me dedicaría al mundo del espectáculo, que es más lucrativo...
Un hombre arrojó el vaso al suelo, iracundo, al escuchar tales palabras: la cosa se ponía fea.
-Se está burlando de nosotros...
-¡Habráse visto tamaña desfachatez!
-Amigos, calmaos; él no tiene la culpa -dijo el ancianito venerable, cuya voz fue asfixiada por un estruendo de silbidos-. El mal está entre nosotros, y muchos ya lo sabéis.
-Calla, Mathieu, no te metas; por culpa de fantasiosos como tú nos invaden estos parásitos...
-Leed las viejas crónicas: la Reina de la Ira...
-Ese viejo chocho que se calle -chilló alguien, muy indignado.
-¡Ni caso! -añadió otro.
-¿La Reina de la Ira? -preguntó Lippershey, irónico-. ¿Dónde he oído antes ese nombre?
-Estarás contento, ¿eh, Mathieu?; otra leyenda que el asqueroso inglés explotará en su provecho...
-Váyase de una vez, cantamañanas.
-Y mejor, ¿por qué no lo despachamos nosotros?
Antes de que Sir Alex pudiera correr hacia la plaza, una horda de furibundos ganaderos de metro ochenta de alto por metro cincuenta de contorno de pecho, se lanzaron contra él con el frenesí de una jauría de leucocitos acosando a una bacteria. Nada pudo hacer por su defensa; en dos segundos decenas de manos lo habían inmovilizado.
-Están cometiendo un gravísimo error -dijo él, mientras lo llevaban en volandas al exterior, en medio del jolgorio general-. Son unos bárbaros sin remisión, unos salvajes: tanto comer carne les ha podrido el cerebro; y ¿saben lo que les digo? Que se merecen que los vampiros extraterrestres se ceben en sus casas. Suéltenme o se arrepentirán, ¡mi venganza será terrible!
-Cierre el pico, Lippershey: usted no puede hacer nada.
-Los denunciaré por agresión a un caballero británico...
-¡Hágalo: seguro que nos dan un premio! -rieron los maltratadores.
Entre risotadas, empellones y burlas, los nativos más ardientes arrastraron a Sir Alex hasta la sombra del crucero, a fin de someterlo, allí donde la tradición prescribía, a un tormento adecuado a su delito de arrogancia. En un instante en que el pulpo de cien tentáculos le permitió hacer amago de evasión, el inglés se deshizo de uno de sus captores, que no dejaba de amenazarle con cierta terrible mutilación que sólo era posible llevar a cabo bajándole los pantalones, y le descargó un bastonazo en la cabeza. Con tal acto, Lippershey logró agitar aún más los ánimos de la turba.
-¡Conque esas tenemos, eh! ; pues ahora te vamos a dar un chapuzón en río para que sepas lo que es bueno... -dijo el agredido-. ¡Al puente con él!
Los lugareños volvieron a hacer presa sobre la víctima, que no ignoraba que al Devan lo llamaban río por no hacerle un feo, aunque en honor a al verdad, no sabía si le ofendía más que le estropearan el traje nuevo o le descalabraran los huesos en el lecho pedregoso.
Dreyeris, que había contemplado el altercado sin atreverse a intervenir, sufrió un repentino ataque de valor al ver en peligro a su amigo. Sin pensarlo dos veces, cruzó la plaza a paso de liebre, chillando que lo dejaran en paz, con una fogosidad desconocida; alguien gritó: "Es el chico, agarradlo", y de inmediato, unos brazos fornidos cayeron sobre él desbaratando su conato de rescate y añadiendo un elemento más a la expedición.
-¡Se van a acordar de Barglava y de nuestro precioso puente románico, eso ténganlo por seguro! -gruñeron los alocados, tirando de ellos.
Pero, de repente, sonó una voz, de timbre más agudo y delicado, que pese a ello, se sobrepuso a los vozarrones de los ganaderos, y los silenció:
-¡Quietos: ni se os ocurra!
Los habitantes de Barglava y también Lippershey, buscaron el origen de aquella orden.

Comentarios

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  • Fecha: domingo, 05 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 13:12

Autor: Thersuva

Desde luego vaya protagonistas... la "chica" cuarentona, regordeta y tendente al alcoholismo, el "chico" ochentón, despiadado y acosador... y ya ni hablar de la familia de Ariane, que no sé si es peor Eva o Eduart. Que deje de visitarlos o van a acabar con la autoestima de Ariane. Fumador

Este Eduart parece familia del Roger de "Adorando a un Dios desconocido" y Eva parece una Anne amargada.

Pobre Philip (ejem), con un jefe tan "salido" no hay nada que hacer, tendrá que aguantar a Ariane. NO!

Por cierto, qué miedo el misterio ese que asusta parapsicólogos de la talla de Sergio Adamski... Angelito

  • Fecha: domingo, 05 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 13:59

Autor: reginairae

jaja, si, la verdad es que esta serie de Regina Irae es más "políticamente incorrecta" de lo que parece en un principio, y además, en los libros siguientes se agudiza el asunto, sobre todo por las apariciones de Adamski, que es un personaje de lo más... en fin... bueno, que no es un "héroe" típico.
Creo que con estas primeras novelas, aunque no estén bien rematadas, era mucho más libre escribiendo.
Seguramente si la escribiera ahora sería más "normal", más "convencional"...
Muy ingeniosas tus comparaciones entre Eva/Anne y Eduart/Roger. De hecho parece que estos personajes ocupan los mismos roles. Son como las "conciencias" de la protagonista (me refiero a Eva) y el otro es el aguijoneador, el tipo molesto que se burla y no deja en paz a la protagonista con sus bobadas.

  • Fecha: domingo, 05 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 14:23

Autor: Thersuva

Precisamente lo que más me gustó la primera vez que leí "Regina Irae" fue esa libertad artística que ahora encuentro... digamos que adormecida.

Como te dije en su momento, "Regina Irae" tenía (y tiene, vale) sus fallos, entre ellos un descarado exceso de texto y algunos personajes "sobrantes", pero ese humor, esos diálogos, no sé, eso es impagable, y la mayoría de los errores que mantiene el libro se pueden subsanar con un poco de tiempo y ganas, aunque lo embrollas todo tanto que es dificil quitar sin más, sin perjudicar al resto de la historia.

Hasta el tono recargado, barróco o como lo llames tiene su encanto. Eso de la dama, del caballero..., un toque anticuado que hace pensar que se está leyendo una novela victoriana... al principio.

  • Fecha: lunes, 06 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 8:05

Autor: rluzmila

mecanografiandoEs la segunda vez que escribo en tu Magazine de El Imparcial.
Este resumen me parece que está bien. Tiene todo lo necesario.
Siempre es un buen gusto leer tu libro Regina Irae.

  • Fecha: lunes, 06 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 20:09

Autor: reginairae

Hola, Luzmila. Siempre es un placer leerte.
Cuando hablas del "resumen", ¿a qué te refieres? ¿A qué he resumido bien la novela? Como verás, hay cambios sustanciales en los primeros capítulos. Espero que no se noten los cortes... y que se conserve lo esencial.

  • Fecha: martes, 07 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 7:57

Autor: rluzmila

GiñoMe refiero a que has resumido bien esta parte.
En el capítulo 2 (lee mi comentario) me parece que no debes de eliminar nada de la entrevista que Sir Alex le hace a Ariane.