El Cultural -Magazine de El Imparcial

viernes, 10 de marzo de 2006

Regina Irae - Parte I- IV

CAPITULO 4


Anabel Spengler es la reina de las montañas



Una mujer, montada en un caballo blanco, entró en la plaza al trote.
-¿Qué clase de comportamiento es este? ¿Qué sois, animales? -dijo, con tono duro-. Dejad libres a estos caballeros. ¡Ahora mismo!
Más que la providencial aparición del alma bondadosa, que le había evitado un incómodo encuentro con los pedruscos del Devan, a Lippershey le sorprendió que aquellos individuos de rudeza y agresividad probadas, obedecieran sin rechistar, e incluso con temor, a una persona que, en apariencia, no tenía ningún ascendiente sobre ellos, y que, para mayor inri, no parecía nada fiera.
Tendría ella unos treinta y cinco años, y, en lo concerniente a su aspecto externo se mantenía dentro de la más absoluta y aburrida normalidad: no era ni baja ni alta (aunque subida en el caballo era difícil ponderar sus medidas); ni delgada ni gruesa (quizá sí atlética); ni rubia ni morena, sino castaña, con algunos mechones más claros; sus cabellos, que eran cortos, aún podía, sin embargo, el viento esparcirlos sobre su cuello; lo único que sobresalía del patrón morigerado que diseñaba sus facciones eran los ojos, de un verde saturado, que encajaban en un rostro oval y dulce. No había nada, pues, en su físico que hiciera pensar en una naturaleza colérica; y aunque, en ese preciso instante, la ira tensara sus músculos no parecía ese su estado genuino.
En cosa de medio minuto la banda se deshizo, y sus unidades fueron abandonando el centro de la plaza, no sin antes no despacharse a gusto con los foráneos regalándoles toda suerte de improperios. Unos pocos se quedaron en silencio esperando acontecimientos; otros, regresaron a la tasca.
La amazona le preguntó a Lippershey, con una amplia sonrisa:
-¿Te encuentras bien? ¿Te han hecho daño?
Aquel injustificado tuteo (en Arberia el tratamiento de cortesía se lleva muy a rajatabla) le produjo a Sir Alex una sensación de extrañeza.
-No; pero creo que la intención de esos bribones era agasajar a mis huesos con una fractura múltiple... -observó, sin hacer notar su perplejidad, mientras se colocaba la chaqueta.
-Da gracias al cielo, entonces, por seguir de una pieza -replicó la dama, jovial.
-Se las doy a usted, que es quien se las merece.
-Ah, mi querido Alex. Debes de estar realmente muy agradecido cuando me dedicas esas palabras tan sentidas...
"¿Querido Alex?", Philip y el profesor se miraron escamados; la familiaridad había llegado ya a un extremo sospechoso. Angustiado por el temor de haber podido mantener tratos con una dama encantadora y no acordarse, Lippershey dijo:
-Perdón,¿nos conocemos?
Ella guardó unos minutos de silencio, apretando los labios como para retener un suspiro, una risa o un secreto inconfesable. Al poco, la sonrisa que armaba de candidez su faz volvió a hacerse visible.
-Sí y no -respondió, enigmática.
-Pues me ha sacado de dudas -exclamó Sir Alexander, ya bastante preocupado por la actitud evasiva de su salvadora-. Si no es mucha molestia, me gustaría saber cómo se llama aquella que "he conocido y no he conocido".
-Esta es mi tarjeta -dijo ella, afable, extrayendo un pequeño rectángulo de cartón del bolsillo de la chaqueta.
Por fin algo que Sir Alex entendía. Cuando nuestro héroe leyó el nombre de la dama, exclamó:
-¡Anabel Spengler!
-No te molestes en hacerme la pregunta: sí, Anabel Spengler era mi tía; y nos llamamos igual -explicó ella, adelantándose.
-Sí, sí, claro -dijo el inglés-. Había oído decir que la baronesa tenía una sobrina, pero no imaginaba que la conocería en circunstancias tan inusuales... De hecho, hace un año traté de comunicarme con usted, pero si mal no recuerdo, no contestó nunca a mis llamadas y luego se marchó tan de repente...
-Sí, ya sé que me buscaste, y la verdad, es una pena que no pueda quedarme a conversar contigo -rió la dama, inclinada sobre el arzón-.Tengo entendido que eres algo así como un sabio. Mi tía me hablaba mucho de ti en sus cartas, y no siempre mal. Bueno, otra vez será. No quisiera dejar pasar la oportunidad de medir mis conocimientos esotéricos con los del gran profesor Lippershey...
-¿Esotéricos? -repitió él, torciendo el gesto-. No me diga que sigue con la tradición familiar...
-Más bien es ella la que sigue conmigo: uno no puede librarse del influjo de su sangre -susurró la mujer.
-En su caso eso es una desgracia. La vieja Anabel era un ser repulsivo -dijo Sir Alex, en tono acre.
-Quizás cuando me conozcas a fondo mejore tu opinión sobre mi familia -respondió Anabel II, riéndose-. Te invitaré a mi castillo un día de estos. Considéralo un gesto de buena voluntad. El día de la Vendimia habrá una fiesta en Taranis. Ven a visitarme entonces: hablaremos todo lo que quieras. Puedes traer también a tu amiguito -continuó, acariciando voluptuosamente con sus ojos al muchacho, quien se puso rojo como la grana.
-¡Una invitación de la mismísima Baronesa Spengler! Sin duda, hoy los dioses me sonríen -dijo Sir Alex, paseándose con peligro por la frontera entre la ironía y el sarcasmo.
-Los dioses tienen muy buen gusto...
-Me honra usted sin yo merecerlo -replicó el inglés, con falsa modestia, inclinando sus sienes plateadas a modo de reverencia.
-Bueno, bueno; estás hecho un guasón. Y hablas de una manera tan graciosamente arcaica. Pero, por favor, cuando volvamos a encontrarnos dirígete a mí con toda confianza: prefiero una conversación "sans manières" . Ahora, ¡hasta la vista!, y ten cuidado con los extraterrestres chupasangre; dicen que la región está infestada...
La caballista riendo a carcajadas, picó espuelas.
Lippershey la siguió con la mirada hasta que desapareció tras una casona; iba en dirección al Monte Vindius que, cual pantalla verdegris esculpida por la mano de un dios amante de los colores vivos, servía de decorado al pueblo. Por encima del bosque y del peñascal, las soberbias torres del castillo de Fortcastel, dominaban la tierra.
-¡Vaya descarada! -apuntó Philip, muy ruborizado.
Sir Alex que se había apercibido de la intención lúbrica de las miradas de la señora, y sabía como le violentaban al joven las situaciones en las que andaba el sexo de por medio, dijo, entre bromas y veras:
-¡Cuidado, muchacho! Ya decía Nietzsche que no hay nada peor que caer en los sueños de una mujer lasciva. Pero la pura verdad es que mientras ella no caiga en los tuyos estarás a salvo...
El mozo, avergonzadísimo, apartó sus ojos azules del rostro del caballero que, los brazos en jarras, se reía de su embarazo.
De pronto, unas pisadas sordas, estrepitosas como golpes de tambor, perturbaron la plaza. Sir Alex, giró la cabeza. Domenghi Varnais, alcalde de Barglava, un hombre fornido y lleno de pelos, con la nariz más prominente de la comarca, en una tierra de narigones proverbiales, acababa de llegar a todo correr.
-¿Ustedes aquí todavía? -gritó el hombretón, con la voz entrecortada-. Ay, ay; ya me han contado que la armaron buena. ¡Demonios! ¿No le dije que esperara en el bar?
-Bien se guardó de aparecer a la hora convenida -protestó Sir Alex-. Pero no le ha salido bien la jugada. Sus bestias no han logrado amedrentarme. Así que no pierda el tiempo tratando de persuadirme para que me vaya. Y usted no se librará de acompañarme a hacer las visitas que tengo planeadas, como prometió...
El alcalde, jadeando aún, apoyadas las manos en los muslos, después de unos minutos de reflexión, dijo:
-Usted gana Lippershey; le llevaré donde quiera; pero que sea la última vez que usted o sus colegas de la Universidad vienen a molestarnos.
-Nada me complacería más que no volver a pisar este pueblucho dejado de la mano de Dios, poblado por gentuza de la más baja estofa, de criadores de ganado para el sacrificio. Pero incluso en ustedes este comportamiento ha sido detestable. ¿Puede saberse qué bicho les ha picado?
-¿No ha hablado con su amigo Adamski? ¿No le ha contado lo que pasó el otro día? -musitó el hombre en tono burlón.
-No es mi amigo. Y no, no he hablado con él, ¿qué ha hecho ahora ese mentecato?
En pocos minutos Varnais le puso al corriente.
Dos días atrás, había llegado al pueblo el inefable doctor, con su corte de ayudantes para investigar las acciones del monstruo. Normalmente, Adamski controlaba la vehemencia de sus alumnos sin hacer acopio de severidad o rudeza, sólo con su presencia, pero aquella tarde los alumnos habían invadido huertos, bosquecillos, campos de cultivo y hasta los exóticos viñedos del fondo del valle, en busca de pruebas de la existencia del enemigo sobrenatural, con tal celo, que habían llegado a excavar en tierra fértil, con poco oficio y mucha pasión, dejando a su paso una estela destructiva que dejaba en ridículo las hazañas del caballo de Atila. El profesor Adamski, mientras ellos destrozaban frutales, pastos y muretes de separación, se encontraba retirado en un cruce de caminos, convocando, según él, a ciertos extraterrestres buenos, con los que su amiga, la bruja Serena (perdón, Lady Serena) decía estar en contacto desde la tierna edad de doce años. ¡Pretendían que los Hermanos Mayores del espacio los ayudaran a desterrar al Monstruo, que no era sino un alienígena expulsado de Plutón por su carácter pendenciero! Pero los fraternos aliados de la vidente no acudieron al llamado ni tampoco al rescate, cuando los barglavenses, armados con guadañas, como peculiares trasuntos de la Parca, se lanzaron contra el círculo místico, interrumpiendo la canalización. Adamski había tenido que salir corriendo para evitar que lo afeitaran en seco.
Acabada esta breve exposición de los hechos, el alcalde sonrió amenazadoramente, como meditando sobre la procedencia de aplicarle al inglés el mismo tratamiento.
Sir Alex, a todo eso, tenía ganas de estrangular a Adamski.
-Necesito un trago: espere aquí sin moverse ni un milímetro, mientras me remojo el gaznate. No serán ni dos minutos. ¡Ah, Lippershey! : es usted una agonía -dijo el alcalde.
Los investigadores aguardaron como clavos frente a la cruz a que acabara de meterse en el cuerpo dos vasos de acquavite arberiano.
Lippershey, que aparte de poseer muchas habilidades innatas había desarrollado la muy poco común de leer en los labios, supo, sin participación de sus oídos, que Varnais y el tabernero conversaban sobre el incidente. “¿Que Anabel Spengler hizo qué... ?”, preguntó Varnais, perplejo. “Como te lo cuento, y tenías que haber visto la expresión de su cara: estaba realmente furiosa” “Primera noticia que tengo de que esos dos sean amigos. Y es bien raro. Recuerda como calumniaba el viejo chiflado a la otra: bruja, pervertida, asesina; no le faltó más que acusarla de que adulteraba el vino de sus bodegas con agua...” “¡Ni siquiera ese perro se hubiera atrevido a tanto!” “Perro, ahí has dicho bien. A ver si te lo sacas pronto de encima. Decían los mozos que como lo pillaran otra vez lo descalabraban, pero en serio” “Se hará lo que se pueda.”
Varnais salió del bar cien por cien recuperado y luego, a regañadientes, los acompañó a las casas de algunos de los testigos de la última acción monsteril. Como no es de ley aburrir más al lector narrando todos los movimientos de los investigadores, nos limitaremos a transcribir los párrafos más significativos de las declaraciones tomadas por Sir Alex.


INFORMADOR: Lucián Faenza
EDAD: 46 años
PROFESION: ganadero.

"Si, me acuerdo muy bien de aquello... A eso de las 6:35 PM regresaba en Jeep de ver a un amigo en Verina, que está a cinco kilómetros por la carretera vecinal, cuando, al pasar junto a la cerca que cierra uno de mis pastizales, vi un par de reses tiradas sobre la hierba. Me puse de los nervios; no es la primera vez, por desgracia, que me ocurre una cosa semejante. Dejé el vehículo en medio del sendero, y me acerqué con mucha cautela a los animales. En efecto, estaban más muertos que mi abuela; y por las pintas, no los había matado una indigestión con trébol. Regresé al Jeep y agarré la escopeta de caza que llevo siempre por si las moscas. Así armado, eché a andar hacia el otro extremo del prado donde yacían más bultos negros y blancos. Fui contando las bajas. Las supervivientes se apelotonaban junto a la entrada del establo, en la parte elevada de la finca. Mugían, pero no con desesperación o miedo. Corría ya hacia el edificio, cuando un silbido agudo, me atravesó el oído, y yo creo que hasta el cerebro. La cabeza empezó a darme vueltas, como si tuviera un ataque de vértigo. Mis pies estaban anclados en la hierba, pero mi cuerpo se movía hacia delante y hacia atrás y parecía a punto de despegar hacia lo alto; no exagero nada. Me dio la impresión de que las cumbres de las montañas se agitaban como por terremoto o por un cataclismo de esos que dicen las levantaron hace miles de años. El malestar me duró varios minutos, no sé cuantos; se me paró el reloj, pero en cuanto me recuperé corrí como alma que lleva el diablo hacia el coche. ¡Tenía tantísimo miedo a que me saliera el monstruo! Porque estaba allí: no lo veía pero notaba su presencia y ese olor repulsivo. A los periodistas no les mencioné nada de mi encuentro, pero sí a los gendarmes del retén de Barglava, que son buenos amigos míos y no hacen bromas de las cosas serias..."


INFORMADOR: Benedit Baradur
EDAD: 61
PROFESION: sargento 1º de la policía rural arberiana.

"A Lucián Faenza lo conozco desde que no levantaba un palmo del suelo; es un hombre con la cabeza en su sitio, si quiere saber mi opinión. Le creo cuando dice que un ruido raro lo paralizó. Tampoco pongo en duda la palabra de mis otros vecinos que afirman haber visto luces sobres sus casas y establos. Aquí, en el Valle, uno no gana para sustos. Todos hemos mamado desde pequeños historias de aparecidos, "compañías nocturnas", monstruos y luces que clarean una noche cerrada; de gente desaparecida y animales masacrados por los "versipellis", que es como llamamos aquí a los hombres-lobo. Yo mismo he sido testigo de fenómenos inexplicables... Volviendo a lo que nos ocupa; sí, es verdad lo que leyó en la prensa. Las vacas de Lucián, unas lecheras bien hermosas, no tenían una sola gota de sangre en el cuerpo. Lo curioso es que tampoco en los alrededores apareció ni rastro de ella. Los animales no presentaban señales de resistencia, lo cual es de extrañar; un ser acosado por una fiera bebedora de sangre siempre lucha por vida. Pero ni mordiscos ni desgarros ni heridas; excepto dos agujeritos en el cuello. Pregúntele al doctor Valeris, él realizó la necropsia..."


INFORMADOR: Ernest Valeris
EDAD: 58
PROFESION: Veterinario.

(...) Le explicaré el problema: la muerte no es, como suele creerse, un suceso puntual, sino un proceso; y gracias a la gradualidad implacable de cada una de sus fases, descritas por la ciencia biológica, podemos precisar con gran exactitud el momento en que un hombre o animal (que en esto, como en otras muchas cosas, uno de difiere del otro) ha pasado a mejor vida. Las vacas de Faenza, como otras fallecidos en idénticas circunstancias que he tenido la oportunidad de examinar, violaban la ley que determina la cadena natural de acontecimientos que llevan de la agonía a la esqueletización. No sufrían "rigor mortis", ni fueron colonizados por insecto cadavérico alguno. La poquísima sangre que varios ejemplares conservaban no se coaguló. Todos los cuerpos mostraban dos orificios redondos en el cuello. Le hago notar mi extrañeza por la extrema regularidad de sus bordes. ¿Qué los causó? Bien, podría haber sido una cánula tubular como las que se usan en veterinaria, pero ni siquiera el cirujano de mano más segura, auxiliado por material de vanguardia, sería capaz de una perfección tan grande. En confianza, el Ministerio de Agricultura, que achaca estas muertes a la agresión de perros salvajes, no se ha tomado la molestia de leer mi informe, en el cual explicaba la falta de contusiones, mordeduras o desgarros en torno a los agujeros. Es más, yo diría que la piel fue sometida a un calor intenso (...) Me gustaría conocer al avispado perrito que puede manejar un instrumento similar al láser, pero mucho más preciso..."

INFORMADOR: Rafael Baradur
EDAD: 18 (aprox.)
PROFESION: Tonto del pueblo.

“¿El monstruo? ¡Qué monstruo! Yo le diré lo que es: un hada. Ellas viven con nosotros desde hace muchísimos años; ya existían antes de que usted naciera, así que imagínese si son antiguas, no son extraterrestres ni tampoco gente de la tierra. Bueno, yo me entiendo. Mi madre, que fue maestra, sabe un montón sobre los "pueblos élficos". Eso significa los pueblos de las hadas, ¿sabe? La primera vez que vi un hada yo estaba en su tripa. No, el que estaba era el otro, pero luego me pusieron a mí. También las veo ahora; no tienen colmillos, ni son esa barbaridad de feas que dicen los tontos de este sitio; lo que pasa es que ellos las miran con ojos feos. Pero relucen como, ¿cómo que podría decirle que brille mucho?, como los ángeles. Son espíritus del cielo. Diosito las echó de allá para que gobernaran los bosques y los ríos. No del cielo de las nubes y del sol, le hablo de otro más bonito. Sé muchas cosas sobre ellas, pero ¡silencio! Si me voy de la lengua me la cortarán. Huy, huy; las maldades que hacen cuando se enfadan. A veces son perversas; pero es por necesidad: sus hijas tienen hambre.”

Después de tres horas escuchando a pueblerinos malencarados y de tomar muestras y medidas en la finca de Lucián Faenza y alrededores, Sir Alex y Philip se dispusieron a dejar Barglava. Ya estaban junto al coche cuando una voz femenina gritó el nombre del chico.
Sorprendido, Philip se giró: una joven vestida con bata blanca, que había salido de la clínica veterinaria, corría plaza a traviesa. Philip la reconoció al instante; era Alma, una antigua compañera de escuela; a juzgar por la turbiedad de sus ojos, no parecía que encontrara mucho placer en aquel reencuentro.
-¡Philip Dreyeris! ¿Cómo tú por aquí? -dijo ella, con indisimulado entusiasmo.
-Pues ya ves; investigando lo de ese monstruo -replicó él, mostrándole al tiempo la aparatosa mochila donde portaba cámara de vídeo, grabadoras y demás artilugios-. Este es mi amigo el profesor Lippershey, de la Universidad Central.
Con una inclinación de rostro y una sonrisa Sir Alex saludó a la joven. Esta pronuncióun simple: “Hola”. Sus ojos se iban hacia Philip sin querer.
-¡Caramba! No sabía que te hubieras metido a policía -rió la chica, mientras apartaba con actitud insinuante un mechón de pelo lacio y oscuro que le caía sobre la frente-. ¿No estudiabas Derecho?
-Y sigo con él, por lo menos hasta que me mate -suspiró el mozo-. Esto es algo que hago en mis ratos libres.
Sir Alex se atusó el bigote.
-Philip me acompaña en mis desplazamientos. No sé conducir. A decir verdad, es una de las pocas cosas que no sé hacer -dijo.
-El profesor Lippershey es parapsicólogo, y yo también, aunque sólo por hobby -intervino Philip, para presentar a su acompañante, pese a ver que a ella no le interesaba en absoluto aquel tipo.
-Pues vaya un hobby más curioso -dijo Alma, mirando de medio lado al caballero-. Bueno, tú siempre fuiste un poco raro, ¿te acuerdas de las historias de fantasmas que nos contabas en los recreos?
Dreyeris se ruborizó: ¿cómo no se iba a acordar de sus delirios infantiles y de la prontitud con que Alma se aprestaba a detallárselos a los profesores para ridiculizarle? Lippershey sonrió con malicia.
-Y, ¿qué tal? -continuó ella, regocijada-. ¿Han encontrado alguna pista?
-¡Pero si no nos han dejado ni empezar! -musitó el joven.
-Estos pueblerinos son malas bestias con las que conviene no tratar mucho. Y el Monstruo no es tema que les agrade demasiado -volvió a terciar el viejo.
-Es verdad: aquí estas cosas levantan pasiones -explicó Alma-. Desde que empecé mis prácticas de veterinaria, no he dejado de oír hablar ni un minuto de esos seres que atacan al ganado. El otro día, creo que hasta corrieron a palos a un parapsicólogo; sería amigo suyo, digo yo. Pero en el fondo esta es buena gente.
No estaba Philip muy de acuerdo con ello. Mucho menos Sir Alex con lo de que Adamski era amigo suyo.
-De todas formas, mejor no te metas en temas misteriosos -continuó la chica-. ¿Te acuerdas de Ariel Varnemati, el chico que se sentaba contigo en el primer grado? ¿El que contaba lo de los hombrecillos que le visitaban en su cuarto por la noche?
-Sí, claro; era muy amigo mío -respondió Philip, de súbito exaltado-. ¿Le pasa algo malo?
-No sé si lo sabías, pero Ariel solía rondar mucho por aquí, por los avistamientos ovni. ¡Lo obsesionado que estaba con esas cosas! Una señora del pueblo, una tal Baradur, lo encontró medio muerto una mañana. Me lo contó un día que fui a curarle la pata a una de sus cabras. Bueno, como tú eres casi un parapsicólogo supongo que contigo si puedo hablar de ello. Pues bien, una chica, amiga mía, que vive en su calle, me explicó que la última vez que lo vio caminaba como un viejo, todo encorvado, de la mano de su hermana y su madre, y que tenía la cara llena de quemaduras; pero esto fue hace cuatro o cinco meses y desde entonces, no se le ha vuelto a ver; dicen que está muriéndose... Y lo peor es que se rumorea que Ariel cree que todo es causa de algo que le agredió... No sé si me entiendes.
-¡Me parece imposible, pobre Ariel! -exclamó Philip, conmocionado, mirando de reojo a Sir Alex, que parecía distraído controlando las evoluciones cerca de su espalda de un ganadero con cara de pocos amigos-. Si no fuera por lo ocupado que estoy me dejaba caer por su casa.
-Y tampoco estaría de más que tú y yo quedásemos para hablar de nuestras cosas. ¡Hace tanto que no nos vemos! ¡Ha sido una casualidad tan bonita encontrarnos aquí! -dijo Alma, con voz melosa, espeluznando al misógino caballerete.
-Bueno, ya veremos -dijo él, de muy mala gana. Y de inmediato, se despidió. Pero entonces Lippershey dijo:
-Philip, te olvidas de darle tu teléfono a la chica.
A Alma le hizo gracia la intervención del inglés. Pero Philip rabió. Le escribió los números en un papel a la veterinaria y luego volvieron al coche.
-Me gustaría que fuera a ver a Ariel -musitó el muchacho-. Habrá que averiguar qué le ha pasado. Me ha puesto los pelos de punta eso de que "algo" le agredió. ¿Y si tiene relación con lo del Monstruo?
-Sí, quizás le haga una visita. Pero no diré ni una palabra a Adamski de eso. No se lo voy a poner tan fácil. Después de todo, esta es su investigación, no la mía. -Sir Alex suspiró, mirando a las altas montañas que corrían ante sus ojos al otro lado de la ventanilla-. Ese idiota me las pagará. Jamás me habían tratado con tanto desprecio, bueno, en realidad, sí -matizó-, pero a estos mataganado se lo tengo más en cuenta. Si no hubiera sido por la Srta. Spengler... Una mujer interesante; seguro que, como su tía, utiliza esa pantalla del Monstruo para sus actividades sectarias... Pobres vaquitas. Tener que ceder su sangre a gente tan desquiciada...
-Ni ella ni nadie humano puede hacer una cosa así -protestó Philip.
-¿Humano, sobrehumano? Dame un buen técnico en efectos especiales, un poco de tecnología punta y dinero y te haré parecer un dios -dijo Sir Alex, risueño y guasón-. ¡El Bello Philip! Todo un dios de brillantes vestiduras que lograría fascinar a la propia baronesa de Fortcastel.
Nervioso y avergonzado, Philip se mordió el labio inferior: no lo creía ni por asomo.

Comentarios

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  • Fecha: sábado, 11 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 13:31

Autor: Thersuva

Me ha gustado el primer encuentro entre Lippershey y Anabel. Además, ella tiene razón, Alex habla de una manera "tangraciosamente arcaica"...

También me han gustado las declaraciones de la gente del pueblo y sus diversas explicaciones a los misteriosos sucesos.

Hum, de momento parece de lo más interesante.

  • Fecha: sábado, 11 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 13:48

Autor: reginairae

Sí, jaja, en este capítulo también he resumido un poco. Pero las declaraciones de la gente del pueblo me gustan porque producen intriga y además, dan diversas versiones de los hechos.
Anabel también revela parte de su personalidad, y muestra su atracción por Philip y su interés en lograr la "amistad" de Sir Alex... La reacción de la gente del pueblo cuando ella les echa en cara su actitud, también es representativa de su poder en la zona.

  • Fecha: lunes, 13 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 8:46

Autor: rluzmila

Muy bien resumido.

  • Fecha: lunes, 13 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 16:30

Autor: Invitado_arberiano

A cualquier cosa la denominan novela. Lamentable.

  • Fecha: lunes, 13 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 20:01

Autor: reginairae

jaja, ¿También aquí? Vaya, vaya... Bueno, pues ya ves, a cualquier cosa le llaman novela. Es que ya no hay criterio. A ver qué tal la tuya... Estoy loca por leerla y comentarla...Demonio

  • Fecha: miércoles, 15 de marzo de 2006
  •  | 
  • Hora: 22:59

Autor: Invitado_arberiano

No sé ni cómo he llegado al final del texto. Menudo montón de mierda.