jueves, 16 de marzo de 2006
Regina Irae - Parte I - V
CAPITULO 5

Para continuar el día con la misma alegría, Sir Alex Lippershey, apenas regresó a casa, se fue directo a la Universidad, con las declaraciones de los testigos en el maletín y una mueca retorcida en la cara.
Dando un paseo de largas zancadas llegó al campus de la UCA. Cruzó la plaza del Dr. Francino, "El Fundador", masticando lo que le iba a decir a su colega, con los dientes apretados y los músculos tensos. Pasó por delante de las facultades, Escuelas Técnicas y edificios de equipamiento, bibliotecas, polideportivos y auditorios, situados en torno a la plaza, y a las calles que de ella salían. Una mancha borrosa le saludó delante de la bella fachada neoclásica de la Residencia de estudiantes extranjeros, quedándose sin respuesta.
Con asombrosa celeridad, entró en la Facultad de Psicología, donde las autoridades universitarias habían emplazado la Sección de Parapsicología, atendiendo al muy científico criterio de la semejanza de los nombres.
Ascendió con ligereza las escaleras, hablando solo, con palabras truculentas colgando de los labios, y ya en la primera planta, a mano izquierda, enfiló con un bólido el corredor del Departamento de Psicopatología de la Facultad de Psicología de la UCA donde jóvenes aspirantes a doctor se aplicaban a “hacer pasillo” (o sea, granjearse el apoyo de algún catedrático con vistas a que los recomendaran como profesores en futuros procesos selectivos)
El doctor Adamski, un hombre de unos cincuenta años, nariz aguileña, cabellos rizados y rubios, bastante ralos a los lados de la frente, ojos saltones y rostro no excesivamente agradable de mirar se encontraba en la puerta de su despacho conversando con un alumno. Al ver llegar al inglés en tan mala disposición su rostro se puso rojo, igual que la ridícula pajarita que llevaba anudada al cuello. Lo primero que se le ocurrió fue echar a correr, pero Sir Alex estaba ya en medio del pasillo, cerrándole el paso.
-Así que de baja, ¿eh? -gruñó éste, sin decelerar.
Adamski trató de encerrarse en su despacho; un zapato de talla bastante considerable se opuso entre la jamba y la hoja de la puerta. A continuación, una mano gigantesca hizo presa de la solapa de su chaqueta de ante, pasadísima de moda; y gracias que no le fue a la pajarita. Al pobre hombre se le erizó la barba de miedo.
-¿No se había torcido un pie en Barglava? -inquirió Sir Alex con casi tanto sarcasmo en la voz como brutalidad en los brazos-. Me ha forzado a ir a ese lugar repugnante, exponiéndome a las iras de la chusma. ¡Cobarde!
Comoquiera que obligado por la evidencia Adamski no negara que hubiera fingido su cojera, el inglés le llamó de todo: *,*,*,* y hasta ¡*! y eso que era persona comedida con las palabras malsonantes.
Para los muchachos que contemplaban el espectáculo aquella riña no resultaba ninguna novedad.
El cincuenta por ciento de los encuentros entre Sir Alex y Adamski acababa en disputa. Lo cual demuestra que existían entre aquellos docentes diferencias irreconciliables tanto en cuestiones meramente privadas como en la manera de enfocar los problemas epistemológicos de su ciencia. En los 27 años que hacía que se conocían, habían tenido tiempo de sobra para puntualizarlas, ahondarlas y matizarlas.
Lippershey gustaba de los trajes elegantes y gozaba del favor de las mujeres de toda edad y condición; Adamski vestía descuidado y sin gracia, juntando colores cuyos matrimonios siempre chirrían; las mujeres, por otra parte, no le hacían el menor caso; aunque, también es verdad, que el sentimiento era mutuo, casi por obligación. Para burlarse, Lippershey decía de él que tenía dos sexos, como los caracoles, pero que usaba de ellos sólo en las contadas ocasiones en que encontraba un hombre o mujer (más lo primero) poco exigente que se aviniera a un revolcón de dos minutos. A veces, hasta tenía que pagar por ello; lo cual, siempre, según Sir Alex, “le causaba un terrible dolor de corazón, porque era un tacaño de tomo y lomo y nada le atormentaba más que aligerar la cartera”.
Los celos profesionales ocasionaban no pocos de sus enfrentamientos, aunque, naturalmente, eso nunca se admitía.
Si el inglés decía que Adamski era tan acelerado para desahogarse como para escribir libros (la excesiva rapidez de ejecución para él significaba falta de rigor profesional), el otro contestaba que sí, que en el tiempo en el que don Perfecto terminaba una página, llevaba él cuatro capítulos, y que eso no demostraba pobreza de contenidos, sino la posesión de un estilo ágil, limpio, chispeante, y colorista, que era lo que hacía que sus libros llegaran al lector, cosa que Lippershey conseguía a veces de manera literal: llegaba al lector, si, al único lector que tenía agallas para transitar 600, 700 u 800 páginas de frases alambicadas, plomizas, llenas de incisos y aclaraciones, que, como las de Proust, parecía que no iban a acabar nunca. En la época en la que transcurre nuestra historia Adamski tenía 3 libros en la lista de los más vendidos (“Extraterrestres entre nosotros”, “Yo he ido a Ganímedes” y “Adamski sobre Adamski”, su obra maestra, una biografía del alucinado contactado de los años 50, George Adamski, que no era pariente suyo, pero que podría haberlo sido perfectamente), mientras que Lippershey hacía cuatro años que no daba un manuscrito de obra mayor a la imprenta.
El inglés no tragaba a su colega desde su entrada en el Departamento. Había sido un alumno aplicado, pero luego había logrado su puesto por recomendación, y se había torcido por los caminos del misticismo. A cambio de unos pequeños favores sexuales, el profesor Cambaris le había apoyado en su lucha contra el protegido del doctor Basilis que tenía más méritos. Pero el pobre aspirante no había contado con los portentos que su rival sabía hacer con la boca (que no era hablar), y que movieron a Basilis, una vez constatada esta habilidad personalmente, a cambiar el sentido de su voto a última hora. Lippershey, escandalizado, había intentado persuadir a Marta Delmont para que emitiera un informe dirigido al decano donde se detallaran las irregularidades del proceso. Nada se hizo.
Desde entonces Lippershey veía al señor Adamski con muy malos ojos, y trataba de hacerle la vida imposible. Cuando le pillaba aspirando cocaína en su despacho, soplaba y soplaba, hasta esparcirle por la ropa el polvo blanco; Adamski se vengaba entrando a hurtadillas en su despacho, para desmigarle los puros: baste este simple ejemplo para demostrar que eran como dos niños tontos haciéndose todo el día barrabasadas.
Pero, ¿quién mejor para saber de las mezquindades de tales disputas que Marta Delmont? Con tanto deshacer peleas tenía ya complejo de árbitro de fútbol. Al escuchar los chillidos de socorro de Adamski, salió a toda prisa de su oficina, topándose con el cuadro que hemos descrito.
Apenas la vio aparecer, Sir Alex disimuló la cólera y soltó a su presa, que como un conejito asustado, se encerró y echó la llave.
A sus sesenta y pocos podría decirse que Marta Delmont poseía una presencia inquietante; a los treinta y cinco, había sido directamente terrorífica; ¡con decir que la habían apodado la Barbara Steele arberiana! ; pero el paso de los años había dulcificado las aristas de su fisonomía hasta el punto de que ahora solían llamarla el ama de llaves de Rebeca, lo cual, para ciertos amantes de los matices, era discutible que fuera una mejoría. Lo que le llamaban a Adamski, no se puede ni decir.
Pero a Sir Alex seguían impresionándole aquellos ojos negros y penetrantes, como de asesina; hacían que su corazón sufriera calambres fríos.
Eso fue lo que le sucedió en ese momento. Ella le miró fijamente, y luego llamó a la puerta de Sergio, quien, al reconocer la voz, abrió con timidez.
-Me ha agredido. Tienes que levantarle un expediente disciplinario -se quejó el hombre.
-Los dos a mi despacho ahora mismo.
La indignación que mostraba la doctora Delmont les sentó mal por igual a ambos profesores, que no pudieron evitar intercambiarse una mirada de sorpresa y temor.
Como alumnos indisciplinados pero asustados entraron en la oficina de la Jefa del Departamento de Psicopatología, adornada con la foto de un criminal en serie arberiano, especializado en prostitutas.
-Estoy harta. La Sección de Parapsicología es la comidilla de la Universidad. No sólo critican que se dedique dinero a esta clase de investigaciones, sino también vuestras rencillas en público.
-La culpa es tuya. Me engañaste para que fuera a Barglava -se atrevió a decir Sir Alex.
-De verdad que me duele un pie. Lo juro -se defendió Adamski.
Marta Delmont los miró alternativamente.
-No voy a tolerar más salidas de tono ni faltas de respeto entre compañeros. ¿Tomaste declaración a la gente que te dije?
-Sí, claro -contestó el inglés, sacando del maletín las cintas de audio y vídeo, y tirándolas sobre la mesa de mala manera.
Sergio sonrió de felicidad.
-Estupendo. Ahora me gustaría que tuvieras la amabilidad de examinar todo ese material con Sergio.
Lippershey adoptó una expresión muy similar a la que espontáneamente le sale a quien se encuentra una serpiente venenosa en la ducha.
-No te atrevas a decir que no. O tendré que recordarte que hay mucha gente en la Universidad, el nuevo Decano, sin ir más lejos, que está recibiendo presiones de asociaciones de escépticos para que se elimine vuestra sección. Dales pie y verás.
-Es verdad. Esa gente de la Asociación A la Hoguera con los brujos está metiendo mucho la nariz últimamente. Y se meten con nosotros porque no estamos unidos...
-Se meten con usted, que es tonto -se burló Sir Alex.
Marta se frotó la frente. Riñó a su amigo, deslizó una sugerencia con aspecto de mandato, acerca de su colaboración con Adamski en aras del avance de la ciencia (o lo que fuera) parapsicológica, y luego los despidió a ambos aduciendo migraña.
Sergio y Sir Alex se tropezaron en la puerta de la Directora, uno miró hacia arriba; el otro, hacia abajo: los dos con aire despectivo.
-Ya ha oído lo que ha dicho. Tiene que colaborar más conmigo... -empezó a decir Adamski.
Pero ya sólo veía la espalda de su colega, que a grandes pasos se alejaba por el pasillo, riendo a carcajadas.
*****
Tal y como había prometido, Ariane volvió al día siguiente frente a la casa más extraña de la plaza Comendatori, desoyendo los consejos y burlas de su hermana y su cuñado, para quienes lo de la Parapsicología no era cosa seria.
Esperaba no encontrarse con demasiadas excentricidades, aunque por otra parte, estaba tan excitada ante la posibilidad de que las hubiera, que le temblaban las rodillas.
Le sorprendió que le abriera la puerta un mozo de una belleza deslumbradora, alto, desgarbado, con un matojo de pelos color de oro en la cabeza, que vestía a la manera informal: unos jeans blanqueados; zapatillas deportivas de marca y chaqueta de colegial de la UCA (Universidad Central de Arberia). Era Philip. Con desgana, le envió a Ariane un saludo tan breve como un ¡Buenas tardes!, y tan poco sentido como el deseo de fortuna favorable que le ofrece un duelista a su enemigo segundos antes de entrar en liza. La inspección visual a que la sometió al tiempo no contribuyó a disolver la inexplicable (por instantánea) antipatía que él le había suscitado.
-Hola... –dijo, tímidamente, Ariane.
-Hola... -repitió él sin levantar los ojos del suelo.
-Philip no habla mucho -le disculpó Lippershey, que había aparecido de pronto en el vestíbulo-, pero créame cuando le digo que, en compensación, posee grandes virtudes. Durante el verano ha suplido con gran aplicación la vacante dejada por mi última secretaria; mañana se incorpora a sus clases en la Universidad. -El hombre que parecía haber pronunciado aquellas palabras más por compromiso que por convicción, dirigió una mirada casi cariñosa hacia el displicente chico.
Pero, de repente echó una carraspera; inició un frenético paseo por la habitación, frotándose las manos; y luego se detuvo en seco junto a la puerta. Miró a Ariane con aire tenebroso y dijo:
-No es fácil encontrar empleados competentes. Hace unos años fui bendecido con una secretaria que estaba casi a mi altura. Durante mucho tiempo creí que se trataba de una de esas mujeres que dignifican a su género: diligente, educada, culta, sensible: un prodigio mi Emma. Ni un solo día se olvidó de servirme el té (a las cinco en punto, por supuesto); me tenía la casa como los chorros del oro; y last but not the least , era muy capaz para las tareas administrativas. Pero, ¡ah!, un día, ¡la muy traidora se casó! En el mundo hay suficientes mujeres mediocres para asegurar la continuidad de la especie. Que una de las pocas brillantes malgaste su talento en tareas nutricias es un atentado contra el common sense . Lo que más me dolió fue la excusa con que intentó justificarse: podría haber dicho que lo hacía por dinero, me hubiera parecido razonable; pero no, la muy imbécil estaba enamorada, ¿lo ha oído? ¡Enamorada! –tronó, provocando un estremecimiento a Ariane.
El chico, que se había quedado como embobado escuchando la disertación, se alejó de pronto de la puerta con andares pausados. Antes de desaparecer, no obstante, le lanzó una mirada torcida a la señora Lavalle.
Sir Alex la llevó entonces a una habitación cuya puerta encajaba en uno de los discontinuos de los estantes: el cuarto, de dimensiones reducidas, contenía un archivador metálico, un escritorio sobre el cual descansaba un PC y unos maceteros con vigorosas plantas de interior que descolgaban sus ramas como guirnaldas. Por no desentonar, todo estaba desordenado como un almacén.
-Esta será su oficina -informó él, estirando el cuerpo hasta el límite de flexibilidad de sus tendones septuagenarios-. Si por casualidad encuentra algo que no sea de su agrado, tiene mi aquiescencia para hacer los cambios que estime oportunos.
Más que como una licencia, Ariane interpretó las palabras como una invitación (u orden) a efectuar una limpieza a fondo. Ella no hubiera precisado de tales recomendaciones.
-Si no le importa, lo primero que haré será adecentar esto un poco -musitó la dama, mientras marcaba con su dedo índice una profunda estría en lo alto del archivador.
A Sir Alex, claro está, no se le ocurrió discutir los planes de la señora: que ella hubiera captado la indirecta le ahorraba el embarazo de tener que ser más explícito: recuérdese que era todo un caballero.
-Voy a escribir un rato. Estoy un poco alterado -dijo él, aún con cierto malhumor-. Mejor dicho estoy, muy alterado. Cuando termine, avíseme, que ya le daré más trabajo.
La última frase hundió las expectativas de Ariane, que contempló desolada el desorden del cuarto.
El odio que le inspiraban la suciedad y el desorden fue, sin embargo, el mejor acicate para prevalecer en la batalla, por mucho que sus enemigos se parapetaran tras las barricadas buscando la salvación. Pero ella, que se crecía en la refriega, no tuvo clemencia con los nativos levantiscos. Armada con escoba, gamuza y fregona que, muy a propósito, una mano nada inocente había dejado a su alcance, dio buena cuenta de las fuerzas resistentes que se habían atrevido a desafiar su imperio. No tardó ni una hora en dejar la pieza habitable: los muebles relucían como recién pulidos; el suelo parecía un espejo.
El jefe llegó para comprobar su buen hacer. Le había cambiado la cara.
-¡Esto sí que es eficiencia! -exclamó-. Está todo tan limpio que no reconozco la habitación. Apenas ha comenzado su trabajo y ya me dan ganas de subirle el sueldo...
Ariane recibió la oferta con un gesto de aprobación.
Con galanura, él trató de tomarle la mano. Ariane, alertada, opuso resistencia, pero no lo logró. Pero ¿qué confianzas eran esas? Sintió que le ardía las mejillas.
-Perdone mis tonterías de crápula trasnochado –dijo él sin perder el acento jovial, al darse cuenta de su embarazo-. Nada hay más ruin que avergonzar a una dama. Pero dejando aparte que soy inglés y no estoy totalmente libre de perversiones, hoy no soy yo. He tenido un mal día; los malos días me cambian la personalidad (ya habrá notado que soy un poco Dr. Jeckyll). -De pronto, el profesor echó la mano a la frente como si la tuviera dolorida, y avinagró el gesto-. Oh, señora Lavalle; no se imagina lo qué he tenido que pasar esta mañana...
No hizo falta que Ariane preguntara qué había sido aquello tan terrible que había obrado como pócima de metamorfosis: adelantándose a la curiosidad ajena, Sir Alex relató su espeluznante aventura con los mozos de Barglava y su no menos peculiar charla con la heredera de la arpía de Anabel Spengler, también llamada Anabel, de corrido, con grande exageración rayana en el histrionismo.
-Pues menos mal que apareció esa señora tan amable -exclamó, al final, Ariane, que hasta se había mordido las uñas de la emoción durante el relato.
-¿Señora amable Anabel Spengler II? ¡Ja! -dijo Sir Alex hundiendo las manos en los bolsillos-. Quiere hacerme creer que es una buena persona, pero su acento melifluo no funciona conmigo. No basta con salvarle la vida a alguien para demostrar buena disposición.
-¿Ah, no? -preguntó Ariane, extrañada.
-¡No! Se trae algo entre manos, algo malo, por supuesto -dijo él, trazando un círculo perfecto sobre el parquet-. “Mi tía me habló mucho de ti” -se mofó, aflautando el timbre-. ¡De ti! ¿Dónde vio ella tutear a un desconocido? ¡Esto no es Inglaterra! Aquí el tú es el tú y el usted, el usted, y yo debería ser usted para ella, ¿no está usted de acuerdo? No hace falta que me conteste: sé que me da la razón. No sé, no sé -dijo con aire meditativo-. Había algo raro en esa mujer. No guarda, en lo físico, el menor parecido con su tía; y, sin embargo, me causó una impresión bastante desagradable. Las pocas veces que me encontré cara a cara con Anabel Spengler I siempre sentí un rechazo fisiológico, pero al menos, nunca me tuteó. Ésta me da el mismo asco y encima me trata como si fuéramos amigotes de toda la vida.
»Cuando murió la baronesa decidí poner punto final a mis investigaciones sobre las Hijas de la Tierra; estaba hundido: después de tantos años de esfuerzos no había logrado ni una sola prueba sólida contra ellas con respecto a sus actividades. Indicios ¡a cientos! (lea mis archivos) pero nada que pudiera ser utilizado ante un tribunal. Me resistía a involucrarme de nuevo en pesquisas tan problemáticas; pensé: “Son un caso perdido, que sigan en sus trece; alguien las desenmascarará el día menos pensado”. Confieso que la muerte de Anabel Spengler me dejó fuera de juego; a fuer de ser sinceros, me pareció fatal que se muriera habiéndose librado de su justo castigo. Pero ahora que conozco a su sobrina no me sentiría a gusto conmigo mismo si dejara mi empresa a medias. Porque una cosa es segura: todo lo malo se hereda. Anabel me confirmó que seguía con el negocio sectario, aunque yo no lo necesitaba. O sea, que nada ha cambiado, excepto la cara de la asesina. Puede que sea lo último que haga en la vida, pero al final, pondré a la casa Spengler en el lugar que se merece...
Ariane expresó su desconcierto de la manera que menos pudiera molestar al profesor, en silencio, minimizando el temblor de sus labios, ya de por sí imperceptible, que apuntaba a risa. Él siguió hablando y hablando en un tono que le resultaba muy agradable. Movía los vocablos con lentitud, como si los acunara; entonces parecía un apacible sabio de excursión por la campiña, complacido en mostrar a sus pupilos los misterios entomológicos; pero, de pronto, su lengua se volvía loca (había dicho que era un poco Jeckyll y Hyde) y dejaba de vocalizar. Lo dicho para el verbo valía también para el cuerpo. Saltaba al instante de los ademanes ralentizados y aristocráticos a los movimientos rápidos, espasmódicos, pero exactos, de un hombre que tiene sobre sus miembros un dominio absoluto.
De la manera más abrupta, Lippershey interrumpió su última digresión (que versaba sobre el carácter intrínsecamente malvado de los ricos como Anabel Spengler)
-Disculpe; he de hacer unas llamadas de teléfono.
De inmediato, desapareció.

