miércoles, 29 de marzo de 2006
CAPÍTULO 7



Esos seres, que entrañables...




Los dos investigadores llegaron frente al portal 20 de la Vía Gil Palaço, Milanovi, domicilio del señor Varnemati, poco antes de las 10:00 a.m.
Les abrió la puerta una chica.
-¿Podemos entrar a ver a Ariel? Será sólo un instante. Ayer hablé con tu madre y me dijo que podría venir a esta hora. No sé si te acordarás de mí: soy Philip Dreyeris, fui con Ari al colegio. Y éste es el profesor Lippershey, de la UCA; es parapsicólogo...
-No habías dicho nada de parapsicólogos -gruñó la joven, arrimando la puerta no sólo para evitar corrientes de aire.
-No juzgue con tanta ligereza, señorita -dijo el británico-. Imagino con qué clase de individuos habrá tenido que tratar el señor Varnemati, pero le aseguro que yo soy un científico de verdad: me conformaré con saber lo que él quiera contarme, si es que hay algo que contar, claro...
La chica de mirada huidiza reconcentró su pensamiento por unos segundos.
-Está bien, pero procuren no alterarle demasiado...
-¿Pero tan mal está Ari?
-¡Peor que mal! -La hermana echó una lagrimilla sobre el pecho de Philip-. ¡Oh, todo es culpa de su obsesión por los ovnis! Tú aún estás a tiempo de salvarte; no te dejes manipular por esos degenerados que engañan a la juventud con creencias falsas.
Aunque la misiva llevaba como destino el buzón de Lippershey, éste no se enojó; en realidad, no se había dado por aludido. La recomendación era, por lo demás, muy razonable.
De improviso, la joven recuperó la compostura. Se limpió las lágrimas con el puño de la blusa; a continuación condujo al cuarto del enfermo a los hombres que, con cierta indiferencia uno y congoja el otro, habían asistido a su rapto emocional.
Ariel, acostado bajo una sábana muy ligera, al sentir movimiento se volvió y bajó el embozo dejando al descubierto su faz, que pese a contar con los atributos anatómicos normales en esa parte del cuerpo y en su disposición correcta, había sufrido una transformación que le daba el aspecto de una progenie del abismo: tenía un ojo medio cerrado; el otro, que se esforzaba en ver por dos, estaba enrojecido, y su párpado, tumefacto; los labios, descarnados, ya no hacían bello un rostro que debía de haberlo sido no ha mucho; pelo, poco le quedaba, y grisáceo, como si el tiempo, yendo más veloz que sí mismo, se hubiera entretenido en pintarlo con los tonos de la decrepitud; para acrecentar el efecto terrorífico, una piel quemada y hecha jirones cubría aquellas facciones góticas.
Lippershey, y en mayor medida Philip, se sintieron golpeados por la visión; Sir Alex dio un paso atrás, apenas perceptible; pero Dreyeris abandonó la habitación a toda prisa.
Sir Alex, los dedos crispados sobre la empuñadura de su bastón, mantuvo firmes los músculos de todo su cuerpo, aparentando el estoicismo propio de su categoría, que, para ser sinceros, se había largado sin permiso de su espíritu.
-¿Ese no era Philip? -preguntó el enfermito con un hilo de voz, girándose hacia su hermana Clara, acuciado por una chispa de entusiasmo.
-Sí -le confirmó-. Ha venido a verte con un amigo suyo, el profesor Lippershey.
-¡Ah, sí; Lippershey! Ya lo había reconocido: he leído casi todos sus libros -replicó Ariel señalando a la estantería que había frente a su lecho, donde Sir Alex descubrió sin moverse del sitio, algunos títulos muy familiares. Inconscientemente, la pura vanidad le hizo sacudir la cabeza con pomposo amaneramiento.
-“Cuatro décadas de investigaciones parapsicológicas”; magnífico. No obstante, he de decirle que estoy en desacuerdo con la tesis principal que defiende en el libro y que ya he notado, es una idea recurrente en su obra. No se ofenda si le hago una crítica constructiva.
Al profesor le pareció insólito que a una persona en aquel estado de postración le apeteciera discutir sobre unas cuestiones que incluso los sanos eludían con excusas que disimulaban su nulo interés; pero no podía negarle el capricho a alguien que sentía por él una devoción tan grande como para haber leído sus sesudos trabajos literarios, acreditados por los expertos como los mejores somníferos que uno podía conseguir sin receta médica. Movió la cabeza en sentido afirmativo, y el muchacho prosiguió.
-Si no he entendido mal, para usted los misterios que investiga la ciencia ufológica no son más que simples reelaboraciones de mitos ancestrales o creaciones contemporáneas. Establece algunas semejanzas entre los ángeles del Viejo Testamento y los extraterrestres altos y rubios que predican el amor universal y la paz; entre los enanos míticos pobladores del subsuelo y los seres de cabeza enorme, piel reptiliana y corta talla que raptan a la gente y la someten a espantosos procesos médicos; en suma, considera pruebas definitivas lo que no son más que parecidos superficiales. Sustenta sus afirmaciones con brillantez; cita a autores tan serios como Vallèe y Méheust , y aporta datos antropológicos y folklóricos que yo no podría rebatir, pues no poseo el grado de inteligencia necesario, ni muchísimo menos, su caudal de conocimientos. Pero en cambio, puedo hablar con la autoridad que da el conocimiento de causa: yo he sentido el verdadero terror y he sufrido en mis carnes la ira de los dioses. Y no era una fantasía. ¿O acaso le parece que soy la víctima de un sueño? Míreme, Lippershey...
Sir Alex, que durante todo el parlamento del muchacho no había hecho otra cosa que examinarlo con ojos atónitos, se encontró, de buenas a primeras, en una situación comprometida.
-No sé qué decirle, joven -musitó, rascando la sien derecha con aire desconcertado-. Antes de emitir un dictamen tendría que conocer todos los detalles de su historia.
-Se la contaré con gusto, aunque sólo sea para hacerle cambiar de opinión, y que de ese modo, mi muerte no ocurra en vano. ¿Quién mejor que usted, un científico respetado por escépticos y creyentes, para revelarle la verdad al mundo?
“¿Qué verdad?”, pensó el profesor, descreído.
Ariel se incorporó; su hermana le colocó un cojín bajo la nuca. En voz baja, le dijo:
-Y no te excites demasiado, que estás muy débil...
-Siempre lo estoy, cada día más... -Ariel lanzó un suspiró-. ¿Y Philip? ¿No va a venir a saludarme? Cuando llamó casi no me lo podía creer ¡Philip, mi buen amigo de la infancia...!
-Debería estar aquí; él lleva la grabadora y la cámara de vídeo -observó Sir Alex, arrimando una silla a la cama-lecho mortuorio, en un tono que dejaba entrever lo mucho que le había irritado la falta de coraje de su colaborador eventual.
-¡Pobrecito; mi aspecto le habrá asustado!
-Su proceder es inexcusable... -afirmó el inglés con rotundidad.
-No sea tan severo con él. Hace tiempo que no me miro en el espejo. Y si uno mismo no puede soportarse, ¿por qué ha de exigir mayor valor a los demás?
Clara salió de la habitación a la busca y captura del señor Dreyeris; lo encontró asomado al balcón, tomando aire fresco.
-¡Cuánto me he acordado de Philip! -susurró el joven mientras venían y no venían-. Éramos uña y carne, aquí en Milanovi; luego sus padres se mudaron a Calibánn y nos distanciamos. Pero siempre le he recordado con cariño, y puede decirse que fui yo quien le hizo aficionarse por todo lo raro y misterioso. Le impresionaban mucho mis vivencias con ellos.
-¿Se refiere a los visitantes de alcoba? -inquirió el profesor, sin poder evitar una sonrisa de medio lado.
-Veo que Philip le ha contado un poco de mis experien... -En ese instante Dreyeris y Clara entraron en al habitación. Ariel sonrió y extendió los brazos, hospitalario-. ¡Hola, amigo! ¡Qué buena cara tienes!
Philip, que no podía decir lo mismo de su compañero de aventuras infantiles, se limitó a desprender de sus labios un tímido y glacial saludo.
-Ven a sentarte a mi lado -invitó Ariel, señalando con su dedo lleno de llagas el lugar exacto del colchón donde deseaba que clavara sus posaderas el melindroso estudiante de Derecho.
-Oh, no; prefiero estar de pie: no quisiera molestarte -repuso Philip, tratando por todos los medios de que no aflorara a su boca una mueca de horror.
Por supuesto, todos entendieron que su prioridad no era tanto facilitar la comodidad de su amigo como la suya propia. Lippershey miró de reojo a su ayudante, y le envió de propina un meneo de cabeza reconventivo. Después de que los jóvenes, con bastante frialdad, rememoraran viejos tiempos, encendieron la cámara y la grabadora, y Ariel inició su historia.
-Pues bien, todo comenzó una noche, cuando tenía siete años, al poco de acostarme. En la ventana del cuarto apareció una luz que atravesó el cristal y se convirtió delante de mis ojos en una bola que emitía una serie de fogonazos pulsátiles. Quise gritar, no pude; intenté levantarme, imposible: estaba paralizado, atrapado dentro de mi cuerpo; me faltaba la respiración; una losa invisible aplastaba mi pecho; el miedo hacía que mi corazón palpitara como si fuera a romperse en mil pedazos: no le exagero nada cuando le aseguro que creí morir. Cuando la luz me alcanzó de lleno me desvanecí. Pensé: “esto sólo es un sueño”, pero al despertar, me vi acostado sobre una superficie fría y metálica como una camilla o mesa de autopsias. A mi alrededor había varios seres enanos que me sometieron a palpaciones, tocamientos y exámenes aterradores: me extrajeron sangre y saliva; me abrieron la boca hasta lastimarme. Me quejaba, pero no parecía importarles mi angustia.
»Cuando finalizaron, llegó un individuo distinto a los demás. Su mayor estatura y autoridad, que se manifestaba en órdenes que yo no entendía, me hicieron pensar que se trataba de una especie de jefe. Él o Ella, pues ora se me figuraba hombre ora mujer, inclinó sus brillantes ojos sobre mí. Yo estaba (imagínese) espantado. Pero me miró y me calmé. El destello verde-rojizo de su mirada se acercó más y más hasta penetrar mis pupilas y adueñarse de mi cerebro. Por unos segundos, él y yo fuimos uno, y no es metáfora. Él no estaba dentro de mí: Él era yo. ¡Qué extrañeza! ¡Qué terrible confusión!
»Fundidos de tal manera, aquel ser me suscitó sensaciones desconocidas de amor, pero hablo de amor en su sentido más físico, de sensualidad, excitación erótica... De mayor he recordado a menudo con vergüenza el insólito gozo que saboreaba en circunstancias tan adversas, preguntándome si acaso no sería enfermizo ese placer que sobrevenía al borde del terror. Pero, por otra parte, soy consciente de que no eran sentimientos que brotaran espontáneos de mí, sino que aquella bestia los forzaba, quizá para experimentar con la capacidad emotiva de nuestra especie. No de otro modo se explica que, a continuación de haber agitado mareas de deleite en mi organismo, que sólo años más tarde reconocí como voluptuosidad sexual, me hiciera ver escenas de destrucción y violencia que causaban en mi alma la más viva impresión: las ciudades hundiéndose sobre sus cimientos, víctimas de terremotos, millones de cuerpos destrozados por la caída de los edificios; y el mundo, que visto desde el espacio, estallaba envuelto en las llamas del centro magmático. Fue cruel conmigo, en la medida en que estos seres, que no parecen tener sentimientos, pueden serlo. Él, Ella, eso, me acarició la frente sudorosa con la ternura de una madre. Los contornos del mundo se difuminaban ya, como un sueño a punto de fenecer. Lo que veía tenía trazas de irrealidad como si estuviera constituido por moléculas de una sustancia fina y etérea. Imagine un mundo oscuro superpuesto a otro aún más oscuro que se esconde de la vista de los mortales: así es como yo lo veía...
Un silencio opaco siguió al final del relato alucinante de Ariel. Lippershey suspiró, deshaciéndolo.
-¿Volvió a tener esa pesadilla a menudo? -se interesó, nada afectado por una historia que estaba acostumbrado a escuchar en su consulta.
-No era una pesadilla -aclaró, molesto, el joven.
-Sí, sí; claro, por supuesto, pero ¿volvió a tenerla?
-Con mucha frecuencia en mi niñez; bastante menos en la adolescencia, y ahora nunca...
Sir Alex que había sacado de la mochila de Philip una libreta, garrapateó unos apuntes; luego, con acento curioso dijo:
-¿Recordó de manera espontánea sus experiencias? Se lo pregunto porque no es lo normal...
-Vamos Ariel, díselo; dile que esas ideas te las metió en la cabeza un hipnotizador farsante -exclamó Clara.
Ariel, enfadadísimo, le dio una voz a su hermana.
-De modo que le han hecho regresiones -dedujo Lippershey, en voz alta, acariciándose la barbilla con pose interesante.
-La hipnosis sólo me ha ayudado a recuperar algunos recuerdos borrosos. No haga caso a mi hermana. Para ella no son más que sueños, sueños perversos -respondió el chico, irritado.
-Vayamos al origen de su, digamos, enfermedad -rogó Lippershey, ansioso de poner punto final a la entrevista.
Ariel resopló con el gesto de pánico del que rememora un suceso horrible; pero, al poco, éste desapareció en su totalidad, dejando paso a una expresión de aceptación del destino.
-El 17 de octubre del año pasado me dirigí a Barglava con el propósito de practicar el skywatch . Seguro que recuerda que, por aquel entonces, el Valle del Mende sufría la mayor oleada ovni del siglo, aunque la prensa sólo se hizo eco de ella cuando desaparecieron aquellos dos jóvenes, justo el día antes de mi desgracia.
»Ascendí con trabajo la pista forestal que, serpenteando por la falda de la montaña, conduce al paraje de Silvain. Había iniciado el viaje de tarde; pero cuando llegué a la fuente, el sol ya se había deslizado por detrás de las cresterías de las sierras, proyectando un mar de sombras sobre el valle.
»Me senté en el pretil del pilón de piedra que recoge el agua subterránea, envuelto en aquella oscuridad; dejé la mochila junto a la fuente; y esperé. Al cabo de una hora el silencio se hizo ominoso... De repente, un zumbido me atravesó el tímpano como una bala. ¡Eran Ellos: esa era su señal! Súbito, me puse en pie, y empecé a girar sobre mis talones disparando luz a diestro y siniestro. Sabía que no disponía más que de unos pocos segundos antes de perder el control. Intenté, pues, substraerme al pitido que precede a la parálisis. Tropecé con la mochila; caí al suelo de bruces, pero logré levantarme de nuevo. Estaba tan asustado que me daba la impresión que los árboles arrancaban sus raíces del suelo y corrían hacia mí para hacerme daño. Empezaba a marearme. ¡Y aún no los veía! Miré a lo alto, llevado por una reacción instintiva. Unos metros por encima de mi cabeza, de la cúspide de uno de los pináculos pétreos, descendía un resplandor verdoso que todo lo iluminaba. ¡El zumbido! Hacía esfuerzos sobrehumanos para vencerlo.
»De pronto, ocurrió lo imprevisible. La nave que veía suspendida de las rocas se transformó en una bola de luz. Yo ya me retorcía de dolor, al borde de la semiinconsciencia cuando me pareció vislumbrar una figura oculta tras ella, o mejor, que se disfrazaba con ella, ¡una mujer encaramada en el roquedo, una mujer espectral de ojos verde-rojizos! Me dije: “Te conozco, pero bajo otra máscara”. Creo que ella leyó mis pensamientos y, con la misma seguridad, que estos la encolerizaron. Me señaló con el dedo. Inmediatamente, un rayo verde impactó contra mi pecho. Recuerdo que salí despedido hacia atrás como un bólido. Después, oscuridad.
»Al despertar era ya de amanecida. Estaba en la cabaña de una vieja del pueblo, que como supe después, me había recogido. Su rostro arrugadísimo, sobre mi cara fue lo primero que vi al salir del sueño. Le pregunté qué había pasado y cómo había llegado hasta allí. “¿No recuerdas nada?”, me dijo. “Me mareé cuando estaba en la fuente...”, respondí, pues era lo único que tenía en la memoria. “Eso está bien”, replicó ella, “Ven a tomar el desayuno”. Al saltar de aquel camastro me vi las manos: ¡estaban quemadas! Entonces el rayo, la nave, la mujer, todo se me presentó de golpe como en una cascada de imágenes. Tanto temblé que ella me lo notó y me susurró: “No seas imprudente, muchacho. No vayas a ir por ahí contando historias raras... Por la cuenta que te tiene, sé discreto”. ¡Con lo asustado que estaba y esa señora diciéndome esas cosas! No pude resistirlo más. Me largué sin tomar nada y regresé a Milanovi en el primer autobús de línea. Esa misma noche comenzó mi calvario. »
La historia había dejado de una pieza a Philip, no así a Lippershey, que mientras mordisqueaba el extremo del lápiz, discurría con fluidez alguna explicación estrictamente racional.
-Bien, deduzco que usted achaca sus malestares actuales a los efectos de ese rayo...
-¿Y por qué otra cosa habría de ser? Desde entonces, todo ha ido de mal en peor: caída del cabello, llagas, despellejamiento, astenia...
-En fin, habría que descartar que se hubiera tratado de una alucinación -pensó Sir Alex en voz alta.
Como respuesta a la insinuación, que el profesor había hecho más para sí que para los demás, Ariel contrajo los labios.
-¿Me está llamando loco? ¿Es esto una alucinación? -El joven, mostrando rabia por primera vez, echó la sábana a los pies de la cama para dejar a la vista la totalidad de su cuerpo. Se levantó la pernera del pijama: tenía la pantorrilla como si le hubieran aplicado la caricia de una sartén al rojo vivo: llagas, pústulas, ampollas de aspecto desagradable cubrían la piel chamuscada del todo.
Dreyeris experimentó entonces una especie de nueva caída al vacío. Tiró la cámara sobre la cómoda, y a toda velocidad, mayor que la del sonido (pues sus gemidos de asco aún flotaban en el aire cuando su extensión material había dejado de ser percibida por los presentes), abandonó la casa. Sir Alex cerró los ojos mientras apretaba la mano derecha sobre la empuñadura de su bastón, imaginando que era el brazo de su poco bravo ex ayudante.
-No deseaba ser descortés -dijo el profesor para desviar la atención del desplante de Philip, que había dejado a los dos muchachos con la boca abierta-. Pero es preciso que, en casos como éste, alguien ejerza de abogado del Diablo. Comprenda que, a luz de su historial no es descabellado pensar que le haya podido afectar un estado alterado de conciencia. No le estoy llamando loco: está comprobado que pueden existir alucinaciones no patológicas, trances, experiencias espirituales lo suficientemente fuertes y vívidas como para eclipsar el raciocinio. Usted deseaba tener ese encuentro; lo ha confesado; esa idea ocupaba en su mente todo el espacio disponible: dicho con otras palabras, era una obsesión. Analícelo con frialdad: estaba sugestionado; el paisaje lo predispuso; tuvo una visión, como los indígenas primitivos que se internaban en la soledad de las montañas. Creyó ser agredido y somatizó esa creencia: es una hipótesis verosímil. Pero los hombres de acción no se detienen en el pasado y buscan soluciones. Lo mejor que podría hacer es ponerse en manos de un especialista. Tengo una consulta en el Distrito 6; he tratado con éxito casos de enfermedades psicosomáticas mediante hipnosis y sofrosis. Mi experiencia en este campo es insuperable, y bien, teniendo en cuenta sus circunstancias, no le cobraría.
No fueron muy del agrado de Ariel ni el generoso ofrecimiento del parapsicólogo ni su diagnóstico. Enojado, el chico volvió a cubrirse y le dio la espalda.
-Lo mío no tiene remedio -susurró-. He visitado muchos médicos: todos han concluido que ésta no es una enfermedad que se pueda tratar con las armas de la ciencia, de ninguna ciencia. Y ¿usted cree que puede curarme convenciéndome de que “piense en positivo”, de que “todo está en mi mente”? Oh, Lippershey, no ha entendido nada. Váyase, por favor; no me siento bien...
De muy buen grado, Sir Alex abandonó la pieza seguido por Clara, quien, antes de despedirlo, le preguntó:
-¿De veras opina que se trata de algo puramente mental? Por algún motivo me parece que si así fuera podría haber una salida.
-Siento decirle que no estoy seguro, ¡y cómo me gustaría en este caso tener una certidumbre, si con ella pudiera evitarle sufrimientos a su hermano! Puede que sea presuntuoso por mi parte creerme con capacidad para vencer un mal que tan grande estrago causa en el cuerpo y en el alma y al que nadie ha conseguido poner freno; pero insisto en mi proposición: háblelo con sus padres; tenga, aquí está mi tarjeta; si deciden confiarme al muchacho, llámenme. Estoy a su entera disposición.
-Se agradece el interés, Mr. Lippershey -dijo Clara, observando la tarjeta con curiosidad.
Sir Alex volvió a la calle con un humor de perros. Metió la cabeza en varios de los tabernuchos que ornaban la calle, con tan buena fortuna que, al segundo intento, entró en un local que trataba de dárselas de pub ingles, en el cual Philip se ocultaba, al acecho de un vaso de cerveza. El chico, apenas lo vio, se puso pálido
-¡Pero bueno! Un guerrero no abandona el campo de batalla -dijo Sir Alex, muy marcial, pegándole a la pobre mesa una lomada con el bastón.
-Pero yo no soy un guerrero. Tengo derecho a expresar mis sentimientos... -replicó el muchacho, resentido y un tanto cursi.
-¡No en público, majadero! -contestó el otro.
La bronca a que dio pie esta salida fue de las que hacen época, no tanto porque Sir Alex se empleara a fondo en el lanzamiento de agudos reproches, como porque el jovenzuelo, subiéndosele a las barbas, se atrevió a devolverle los venablos. La gente miraba complacida, pues no hay peleas tan sabrosas como las que celebran amigos y parientes. Como vergonzosa contribución a tan deplorable espectáculo, Dreyeris se echó a llorar (había bebido), si bien este acceso sólo duró un minuto (no había bebido lo suficiente). Mas, después del desahogo, el mozo se sintió más fresco y ligero, como si hubiera expulsado por vía tan extraordinaria el alcohol que había perturbado su mente hasta forzarle a encararse con un sabio de edad provecta.
A partir de aquel momento, Philip cambió de estrategia: hizo oídos sordos a las nuevas andanadas de la artillería inglesa: a Lippershey le molestó la desgana de quien minutos antes le había llamado “presumido sabelotodo” y otros calificativos más próximos a la verdad de lo que hubiera deseado. La riña, pues, murió de muerte natural al mojarse la pólvora del británico en la húmeda indiferencia del joven. Con el silencio de los cañones llegó el tiempo de la tregua. Sir Alex, con ánimo conciliador, se sentó junto al muchacho y pidió una cerveza.
-Tu tierna edad te ha traicionado: necesitas fortalecer el espíritu. Sin un corazón de piedra no se va a ninguna parte, y menos en los tiempos que corren -sermoneó Lippershey, más templado. Pero Philip no escuchaba; tenía la mirada fija en la espuma de su cerveza.
-Es usted de una extraña clase de escépticos; duda de todo menos de sí mismo -dijo el chico-. ¿Por qué ha tratado así a Ariel? Estoy seguro de que no ha sentido tanto mi mala educación como su menosprecio. Lo que más me asusta es pensar que mañana nos podría pasar lo mismo a nosotros. Estamos a merced de seres diabólicos...
Lippershey rió.
-¿Qué hay más diabólico que la imprudencia de invocar fuerzas oscuras? La Parapsicología puede volver loco a cualquiera.
-Sí; eso dice mi padre -informó Philip, con el mismo aire ausente.
-Sin duda, tu progenitor ha bebido de la fuente de la sabiduría; deberías tomar enseñanzas de este episodio. No se puede mirar cara a cara al abismo si se padece de vértigo.
Philip tradujo rápidamente aquellas palabras cifradas: el profesor lo había encontrado culpable de cobardía en primer grado y sin atenuantes, y en consecuencia, con todo el rigor de su código de samurai, lo había condenado.
-Mira, muchacho: ahora debes olvidarte de ideas terroríficas, y dedicarte con aplicación a los estudios -continuó el caballero-. Tienes madera de abogado; lo noto -mintió-. Una vez te hayas desprendido de escrúpulos morales, te harás rico, pero rico de veras. Ahí está tu porvenir, en olvidarte de la justicia y buscar tus clientes entre las clases poderosas: empresarios, políticos, los más sucios, pero también los más pudientes.
-¿De que sirve hacer fortuna? ¿Detendrá eso a las inteligencias perversas que han destrozado a Ariel? Yo lo que quiero es la verdad...
-Ah, tus ideales son altos y por ello sumamente ingenuos. No hay nada de malo en ser cruzado en tiempos en los que las cruces no ahuyentan ni a vampiros de segunda fila, pero no se puede permitir que un chico de talento e inteligencia, pero de corazón frágil, se malogre por pensar en cosas que sobrepasan a su capacidad de resistencia.
-¡Qué manera tan fina de decir que no quiere nada conmigo! -susurró el joven, sarcástico.
-Entiéndelo, Philip; lo hago por tu bien. Por nada del mundo quisiera que acabaras como tu desdichado amigo. La mente es más poderosa que esos supuestos seres malvados de que hablas. Las creencias peligrosas pueden ocasionar daños irreparables. Jamás me perdonaría que, por mi culpa, perdieras la razón o cayeras irremediablemente enfermo. No, Philip; te aprecio demasiado.
-Usted sólo aprecia a esas mujeres con las que se refocila -dijo, el chico, cargando las tintas despectivas en la palabra mujeres.
Lippershey, muy sorprendido por la insolente respuesta, que sonaba extraña en la boca de Philip, replicó:
-Hijo, si compartieras tus ratos de ocio con una mujer en lugar de con un viejo chiflado, serías un hombre más feliz... o más desgraciado, pero al menos no tendrías la cabeza ocupada con disparates.
-Entonces, si todo es una pérdida de tiempo, ¿por qué sigue usted con la parapsicología?
Era una buena pregunta, pero Lippershey, de todo punto un ingenio ambulante, siempre encontraba palabras para justificarse.
-Porque yo poseo tres cualidades que me dan perfecto derecho a hacer lo que me venga en gana: soy viejo, soy raro y soy rico. Tú, en cambio, eres normal. ¡Qué le vamos a hacer si naciste con ese defecto! Aprovéchalo para alcanzar el estado que es la aspiración de los de tu clase: la felicidad. Casarse, ganar un buen sueldo; comprarse un coche o dos; una casa, un perro; tener un par de chiquillos, acaparar acciones, reunirse con los amigotes; ver como engorda tu señora; leer el periódico cada mañana; dormirse viendo los aburridos programas de la tele; gastar en objetos inútiles como teléfonos portátiles y seguros de vida; echarse una amante joven llegado a la madurez...
-Y, ¿eso es todo? -preguntó Philip, horrorizado
-Bueno, la mayor parte de la gente consideraría que lograr al menos la mitad de esos propósitos sería como entrar en el séptimo cielo -dijo el profesor, con ligereza, pero dejando bien sentado en la entonación que él no pertenecía a ese grupo de burgueses acomodaticios. Lanzando un suspiro consultó el reloj-. Bien, no deberíamos perder más tiempo, joven; tenemos cosas que hacer en Barglava.
-¿En Barglava?
-Quiero hablar con la señora que recogió a tu amigo. Tal vez saquemos algo más en limpio. Dijo una cosa que me intrigó verdaderamente, aunque tal vez sea una tontería.
-¿Lo de la ‘mujer espectral’? -inquirió Philip recuperando el ánimo-. A mí también me pareció raro... Esperaba que hablara del Monstruo o por lo menos, de los extraterrestres. Si había una nave...
-La señora Baradur es la madre de Fael, el chico que nos contó lo de las hadas... No sé, tal vez...
Aunque Philip abrió las orejas impaciente por recibir noticias, Sir Alex no sacó de la cabeza lo que le rondaba. Así que pagaron las cervezas y volaron al pueblo del Monte Vindius.
Comentarios
Publicado por Thersuva
miércoles, 29 de marzo de 2006 | 23:20
Pobre Ariel, tan trastornado, y que duro se muestra Lippershey con el pobre chico. Llorando
Publicado por reginairae
sábado, 01 de abril de 2006 | 13:44
Pues sí, es que Lippershey es duro como una piedra jajaja.
Pero en este caso tiene razón ya que Philip se ha mostrado muy débil y cobarde. El pobre tiene varios traumas psicológicos muy graves que afloran con esas situaciones.