martes, 25 de abril de 2006
la guerra mundial


En los días que llevaban juntos, Ariane había expresado en varias ocasiones su deseo de conocer las instalaciones de la Sección de Parapsicología, que para ella era ese lugar mágico y sagrado, en el que Sir Alex ejercía su magisterio, rodeado de aprendices de brujo. Así que aquella mañana el profesor Lippershey la citó en su despacho de la UCA.
A las 10:00, cuando ella llegó a la Facultad de Psicología, los chicos aún estaban en clase. Desde el pasillo se escuchaba perorar a los profesores: Lippershey no era ninguno de ellos; su voz era inconfundible.
De repente, una de las puertas se abrió. Muy sobresaltada, miró hacia atrás: vio salir de la sala de clases a un hombre de estatura mediana, tirando a pequeña, no muy agraciado, al menos para el gusto de Ariane.
Después de cerrar la puerta del aula, le dio los buenos días a la dama. Ésta respondió sin más, y continuó su camino por el largo pasillo de suelos encerados. No podía imaginar que él fuera siguiendo sus pasos. Cuando tocó su hombro, saltó como si la hubiera dado calambre el secador del pelo.
-¿Busca algo? ¿Podría ayudarla?
-Pues a lo mejor sí. La sección de Parapsicología es aquí ¿no? -susurró Ariane.
-Sí, sí; acompáñeme.
Al decir esto, cerró su mano fría y blanca sobre el antebrazo de Ariane y la arrastró hacia el lugar hacia él ya se dirigía. Doblaron una esquina. Ella buscó con ansia el despacho de Lippershey leyendo las plaquitas de las puertas.
-¿Puede saberse cuál de mis colegas es el afortunado en recibir su visita? -preguntó el hombre.
-El profesor doctor Lippershey -respondió Ariane, con voz titubeante.
¡Como si le hubieran mentado al diablo! La cara le cambió a su amable guía; frunció el ceño y los labios, tomando un aspecto lúgubre. Hasta su voz se volvió opaca.
-¡Ese malvado!
-Pero si el profesor es muy bueno -replicó la mujer, en tono cándido para no herir susceptibilidades a flor de piel.
-¿Hace mucho que lo conoce?
-Una semana...
-Ah, entonces no ha tenido tiempo de sufrirlo. Veremos si dice lo mismo cuando lleve un mes entero con él. Por cierto, ¿qué relación les une? ¿Es usted otra de sus amiguitas?
-Por el momento sólo soy su secretaria -respondió Ariane, muy molesta.
-Rectifico: no llegará usted a cumplir un mes a su servicio. De lo cual, sinceramente, me alegro... Oiga, ¿Por qué no se olvida de Lippershey? Dentro de media hora acabo mi clase. Podríamos seguir conversando en la cafetería. Le contaría muchas cosas sobre él que la convencerían de no le conviene nada que los vean juntos.
-Pero, pero, es que el profesor me espera...
-Ah, claro, y a mister Perfecto le encanta la puntualidad. Es un neurótico que siente predilección por todo aquello que significa rigidez, intransigencia e intolerancia...
-Me parece que se está pasando -le replicó Ariane, que como buena secretaria se sentía en la obligación de defender a su jefe.
-Tiene razón; perdóneme. Me he dejado llevar por la rabia. Cuando conozca un poco mejor a Sir Alex, entenderá mi reacción. Bien, de todas formas, que lo que le he dicho no caiga en saco roto. Ya sabe donde estoy para lo que guste mandar; me llamo Sergio Adamski.
“Ah; es usted el inepto que no sabe dónde tiene la mano derecha” fue lo primero que Ariane pensó. Se quedó mirándolo, buscando en su rostro esa marca de estupidez que no parecía tan evidente como Sir Alex había asegurado.
Al contrario, el doctor Adamski, dejando aparte su impertinencia, le pareció un tipo amable: le tendió la mano y ella se la estrechó. Y el apretón habría durado lo suyo de no ser porque, de repente, se presentó en el pasillo la esbelta figura de Lippershey, que había escuchado parte de la conversación y había acudido raudo a apartar a Ariane de su enemigo. Apoyado en el quicio la puerta de su despacho, le dijo con expresión airada.
-¡Ya era hora! ¿Qué excusa se inventará para justificar esta tardanza de 3 minutos y medio? ¿Que estaba muy ocupada tonteando con la escoria de la sociedad?
-¡Oiga; escoria lo será usted! -gritó Adamski, despectivo.
-Disculpe, pero yo no me hablo con insectos. Espere a subir unos cuantos peldaños en la escala evolutiva para tratar conmigo... -replicó el inglés, no menos displicente.
-¡Mira quién habla: el fósil precámbrico!
-No sea ignorante: en el Precámbrico no existían seres vivos; no puede haber fósiles de tan remota data. Me pregunto como habrá logrado cátedra en esta universidad un individuo que desconoce los más elementales principios de las ciencias geológicas y paleontológicas -dijo Sir Alex.
-Y yo me pregunto a quien tendrá usted que sobornar para seguir apalancado en su silla, so vejestorio -contraatacó el otro, sonriendo de medio lado.
-Mire, Adamski -susurró Sir Alex con aire retador-. A usted, a mi edad, ni con todo el oro del mundo lo querrían...
-Yo no caería tan bajo...
-Usted ya ha tocado fondo.
-¡Maldito inglés! Algún día me las pagará todas juntas: las malas obras, al final, acaban volviéndose contra sus autores. Es la inexorable ley del karma -gruñó Sergio Adamski, harto.
-¿Le parece que es pena leve tener que verlo a usted dos o tres días por semana? No concibo nada peor que este castigo.
Los ojos inyectados en sangre del doctor Adamski, la brusca contracción de sus dedos, la tensión de sus músculos y la fiereza de su mirada, hicieron temer a Ariane que asistiría a la culminación de la escalada bélica llevada a cabo ante sus ojos por aquellos dos niños creciditos.
-Pero, ¡señores! ¿Qué es esto? -exclamó, plantándose con gran peligro para su físico entre los contendientes, clavándole a cada uno una mano en el pecho, en un intento inconsciente de unirlos a través de una corriente de simpatía-. Jamás he visto cosa igual. ¿No les da vergüenza? Son personas estudiadas y cultas y se comportan como futbolistas peleones.
A Adamski le tocó al instante la reprimenda; bajó los ojos, con visible bochorno; Sir Alex, en cambio, los puso en el techo y cruzó los brazos soberbio, girando unos grados el tronco para poder mirar a su rival por encima del hombro y a la vez de medio lado.
-Le reitero mis disculpas -dijo, muy humilde el rubio profesor-. Una dama no debería contemplar las refriegas de dos enemigos mortales.
Complacida por el acto de contrición, Ariane elevó la mirada hacia Lippershey a la espera de una declaración en el mismo sentido; pero el caballero, exagerando el porte orgulloso, sonrió, muy sibilino, y contestó, mirando de soslayo a Adamski:
-Yo sólo me disculpo ante mis iguales.
-Todos los hombres nacen libres e iguales -afirmó, el otro, alteradísima la figura.
-Eso es lo que a usted y al resto de mediocres les gustaría creer...
Indignado, Adamski se metió con urgencia en el despacho de Marta Delmont. Sir Alex arrastró a su secretaria al suyo, que era bastante estrecho: contaba con un solo ventanuco que daba a un claustro, y la decoración se limitaba a disponer, de la manera más funcional posible, una mesa con un ordenador, y unas cuantas estanterías y un armario cerrado con llave. Corto espacio para un ego tan grande.
-No la he contratado para que se deje hacer la corte por ese pelagatos -le espetó a la sorprendida mujer, en tono bronco-. Pensaba que usted tenía mejor gusto.
No estaba en el ánimo de Ariane Lavalle tener un lío con un hombre al que acababa de conocer y con el cual había intercambiado apenas unas cuantas frases de cortesía. Lippershey debía de estar desvariando.
-Nunca vuelva a dirigirle la palabra a ése -continuó el profesor, perdiendo el resuello, en un tono en el que destacaban matices imperativos.
-No responder cuando a uno le saludan es una falta de educación -respondió ella, con diplomacia.
-¡Usted no entiende nada! Adamski, aparte de su nula cualificación profesional, es un ser rastrero y un cobarde...

*****

Sin más pérdida de tiempo la invitó al laboratorio de Parapsicología.
Éste contenía los artilugios más estrafalarios del mundo; alumnos, pocos, solo dos, que trabajaban en un experimento en la esquina más alejada de la puerta.
Los visitantes procuraron hablar en un tono morigerado, que a Lippershey, dado que no era su inclinación natural comunicarse en susurros, le costó mantener. Conforme le iba mostrando a su secretaria los instrumentos científicos, le explicaba su utilidad, prolijo, por supuesto. El significado de la mayor parte de las palabras técnicas se le escapaba a Ariane. Pero el profesor era un vivo: cada dos por tres se detenía y él decía: "Si no entiende algo, no tenga vergüenza de preguntarlo". Ella asentía, y de vez en vez, y sólo por darle gusto, solicitaba explicaciones más llanas al caballero, que, con inmenso deleite, iluminaba las mansiones de la mente femenina, oscurecidas por la ignorancia que había dejado en ella la educación burguesa.
Llegaron hasta el rincón del laboratorio donde los jóvenes escuchaban varias psicofonías, que son voces de muertos (u otros seres así de raros), que quedan registradas en cassettes.
Los alumnos llevaban a cabo su tarea en un pupitre de experimentación cuyos componentes, para espanto de la señora Lavalle, también listó su jefe: emisor de onda portadora, molinete fotoeléctrico para control de fenómenos de concomitancia, osciloscopio, micrófono en cámara de vacío... Ella no prestó atención; no entendía ni papa. Pero le picaba la curiosidad de saber cómo sonarían las voces de fuera de este mundo. Le pidió al profesor que pusiera una cinta.
-Pero tendrá que estar muy calladita -le advirtió, mientras introducía una cassette en la pletina del aparato reproductor-. Los espectros no frecuentan las clases de dicción; es imprescindible aguzar el oído para entenderlos. Le daré una pista: cuando le parezca que se rasga una cortina metálica o escuche un chasquido, ábrase de orejas. Si no anda lista, se lo perderá.
Con un movimiento del índice, Lippershey ordenó a uno de los muchachos que pusiera en marcha el aparato.
Ariane puso los cinco sentidos en el escrutamiento del contenido de la cinta magnética, en la que había grabada una charla trivial: un hombre y una mujer discutían sobre el almuerzo del día siguiente (al final, acordaron que comerían pollo). Todo parecía muy normal. Cuando el chico detuvo el magnetófono, la señora se quedó defraudada. ¿Dónde estaba la psicofonía dichosa?
-Se la pondré de nuevo -dijo Sir Alex, suspirando-. Y ahora, le haré una señal cuando llegue el momento...
A la segunda, Ariane logró escuchar una vocecita que, encabalgada sobre las de los vivientes, decía: “¡Pero si pollo ya comisteis ayer!”. Enarcó una ceja.
-¿No tendrá alguna que dé más miedo? -le preguntó al inglés en plan burlón-. Porque ésta me ha dejado fría.
Lippershey aceptó el desafío; él también deseaba probar sus resistencia. De una pila de cintas tomó la única que llevaba una etiqueta roja, y la insertó, mordiéndose los labios para no reír.
Esta vez, ella captó el mensaje a la primera: una voz que parecía resonar en el más profundo antro del averno dijo: “Ariane, soy el espectro de la muerte y voy a por ti...” Como el profesor había presentado a nuestra heroína con nombre y apellidos, los pobres muchachos se quedaron tiesos del susto. Al principio, también ella había sentido un soplo helado en las tripas, pero se puso firmes, y ante el asombro de los lívidos jóvenes, a punto del colapso nervioso, echó a reír, haciendo gala de su coraje a prueba de bomba.
-No le tengo miedo a ningún espectro de la muerte. Y menos, a uno que me hable con ese acento inglés...
Fue al decir esto la dama cuando los mozalbetes comprendieron el engaño. Uno de ellos, que se secaba el sudor de la frente con un pañuelo, le recriminó al profesor que fuera tan irreverente con las cosas serias. Ni que decir tiene que este reproche, salido de alguien de edad mental más avanzada, no amargó la diversión de Sir Alexander Lippershey.
-Estoy muy orgulloso de usted; su temple es admirable -susurró, casi sin aliento.
-Ya le dije que no me asusto con facilidad. El truco es no creer en fantasmas. La verdad es que nunca he visto ninguno.
-No los ve porque no cree en ellos.
-Y porque ellos no vienen a vernos. Así es como debe ser. Si como dicen es cierto que el alma sobrevive a la muerte entonces llegará un día en que todo el espacio esté poblado por fantasmas y nosotros mismos lo seamos, pero como yo soy muy sensata, y aún seguiré siéndolo después de mi fallecimiento, no volveré a este mundo a molestar a los vivos, que bastantes problemas tienen ya como para que se los manden desde el otro lado.
-A mí ellos no me molestan.
-Pero, ¿en qué quedamos: existen o no?
Lippershey elevó la barbilla, sonriendo. A continuación la tocó el brazo.
-Acompáñeme; le voy a enseñar algo que le va a sorprender. Y le juro que esto no es ninguna broma.
En la otra punta del laboratorio había montado un dispositivo que era el colmo del absurdo: una cámara de vídeo que grababa en periodos cronometrados, lo que acontecía en la pantalla de un monitor TV en blanco y negro, que no era nada, porque el aparato carecía de antena y no podía recibir señales del exterior.
“Es un montaje en circuito cerrado”, explicó Lippershey. Ariane se devanó los sesos intentando adivinar, antes de que el guía la ilustrara, que utilidad podría tener tan curiosa instalación. ¿Grabar para la posteridad los experimentos de los científicos? ¿Rellenar un espacio vacío? ¿Hacer publicidad de cierta marca de electrodomésticos? Ninguna de estas hipótesis era la correcta. La cámara registraba las extrañas imágenes que aparecían sobre la pantalla, y que, como era lógico suponer, no pertenecían a un programa basura. ¿Qué reflejaban entonces? Según el doctor Sir Alex paisajes míticos, rostros tridimensionales e incluso adorables animalitos del Otro Lado.
-¿Me toma el pelo? -dijo ella-. ¿Imágenes en un televisor sin antena? Ahí no se ven más que hormiguitas moviéndose a gran velocidad.
-Para apreciar los detalles es menester un trabajo muy exhaustivo. Aplicándole a la cinta un programa informático de tratamiento de imágenes podemos examinar la película fotograma a fotograma. Aquí tiene un ejemplo de psicoimagen.
Ariane forzó el cuello para ver en el monitor de un PC conectado al televisor algo parecido a una máscara metálica. Distinguió unos ojos oblongos y una boca fina apenas delimitada. El resto guardaba poca semejanza con un ser humano de este o de otro plano de existencia.
-¿Lo ha dibujado usted? -le preguntó ella con el timbre pícaro y cómplice.
-¡Mujer de poca fe! Yo dibujo mucho mejor -se río Lippershey-. Es comprensible que no lo tome en serio después de la bromita que le he gastado. Pero le aseguro que esta vez se trata de un genuino fenómeno parapsicológico. Incluso a mí me resulta difícil de creer -explicó, metiendo las manos en los bolsillos-. Muy a menudo logro entablar comunicación con Ellos, un tipo de inteligencia elusiva que nunca revela su identidad e intenciones. A veces, da la impresión de que se desesperan por iniciar el contacto con nosotros, pero hay algo que les pone trabas. Otras veces, juegan con uno al ratón y al gato, te engañan deliberadamente. Esta psicoimagen la obtuve hace siete años. En casa tengo la grabación sonora que efectúe en paralelo a la videográfica, en la que converso con el espíritu durante más de tres horas, un hito en la historia de la Transcomunicación.
»Ocurrió el 5 de diciembre de 199*. Mi interlocutor se llamaba o llama o dice llamarse John Fitzjames, y si no miente es el resto de personalidad de un colega de armas que falleció en la II Guerra Mundial. No era la primera vez que el tal Fitzjames me solicitaba desde el Mundo Numinoso, sin embargo, todas nuestras charlas se interrumpían en cuanto llegábamos al momento de máxima intensidad emocional. Pero aquel día mi secretaria y yo estábamos escuchando junto al generador de psicoimágenes unas cintas, cuando, desde el altavoz del reproductor, una voz familiar me llamó por mi nombre. Enseguida, empezó la comunicación.
»Durante tres horas alucinantes, pude hablar con mi amigo, que me dio varias informaciones que me hicieron pensar en la veracidad de sus palabras. A petición mía contó sus últimos momentos sobre la tierra; después de arrasar Colonia el día 31 de mayo de 1942, cuando nos retirábamos hacia nuestra base en Inglaterra, nos alcanzó el fuego antiaéreo de la Flak. Yo iba en popa, al cargo de la ametralladora, y fui herido en las primeras ráfagas. John, también era artillero. El bombardero cayó al mar frente a las costas de Holanda. Todos murieron menos yo. Le sorprendería saber como logré sobrevivir. Tuve una visión pre-mortem: la imagen de una mujer etérea que rompió los correajes que me aferraban al asiento, bajo el mar, y me sacó a al superficie... Pero no nos salgamos del tema. El caso es que ni mi secretaria ni las otras personas que estaban con nosotros en ese momento conocía esta historia en toda su extensión. A mitad del contacto me entraron serias dudas. ¿Y si yo, por medios telepáticos, estuviera impregnando la cinta con una proyección de mis recuerdos? Había, pues, que descartar la posibilidad del autoengaño. Le hice una pregunta cuya respuesta yo no podía saber: ¿cuál era el nombre de soltera de su madre? Él contestó sin titubeos: “Mary Lee Wallace”, y añadió: “Alex, libérame. Tú, que aún tienes carne sobre sus huesos, sálvame de la Eterna Condenación. Las puertas se abrirán para ti si...” Entonces se cortó el mensaje.
Esta historia impresionó grandemente a Ariane: Sir Alex herido en combate, el único superviviente, un espíritu de las aguas rescatándolo para la vida, ¡y el espectro de su amigo muerto pidiéndole ayuda desde quién sabe dónde... !
-Y la señora ¿se llamaba de verdad Mary Lee Wallace? -inquirió con curiosidad.
-En efecto -respondió el caballero, con buscada entonación tenebrosa-. Lo comprobé.
-¡Caray, qué miedo! -prorrumpió Ariane sacudiendo todo el cuerpo-. La Condenación Eterna, eso son palabras mayores, profesor. Menos mal que usted se salvó por los pelos; de lo que dijo su compañero de armas se deduce que los caídos en combate van de cabeza al infierno, aunque defiendan a Britania.
-¿Defenderla es una causa justa? -preguntó el inglés, retomando el tono humorístico.
-Puede que en condiciones normales no; pero en aquel tiempo usted y sus compatriotas y los míos y los habitantes de media Europa luchaban por arrancar el mal absoluto de la faz de la tierra. Todos los libros de historia conceden que fue una cruzada contra seres malvados. Dios debería haber premiado a los caídos por su sacrificio. Aunque, pensándolo mejor, a Dios no le gusta la guerra...
-Jovencita: lea de nuevo la Biblia: ni Yahvé era un pacifista (mandaba aniquilar a pueblos enteros) ni Jesús condenó la guerra; pues, como dice el Evangelio: “No vine a traer la paz sino la espada”
Comentarios
Publicado por Thersuva
miércoles, 26 de abril de 2006 | 18:58
Encantador primer encuentro entre Ariane Lavalle y Sergio Adamski. Sonrisa Gigante

¿Veo al gran Lippershey un poquitin celoso? Hum.
Publicado por reginairae
sábado, 29 de abril de 2006 | 23:51
¿En qué lo notas? jajaja. Pobre Sergio, no sabe lo que le espera en toda esta saga... Demonio