El Cultural -Magazine de El Imparcial

miércoles, 03 de mayo de 2006

Regina Irae Parte I - XI

CAPÍTULO 11

Circulo sospechoso


Para resarcir a Ariane de la inquietud que le había causado con sus historias de ultratumba Sir Alex la invitó a tomar un café y algo sólido en la cafetería de la facultad.
-Hoy he recibido por fin el resultado del análisis de las muestras que tomó Philip en Barglava -explicó él, sacando del maletín el sobre y abriéndolo sobre la mesa-. Asómbrese; la estructura interna de las plantas presentaba extrañas afectaciones: alteración de ADN, ruptura del cristalino... Las lecturas del magnetómetro, por otra parte, indican ‘inusual actividad magnética’; sin olvidar la presencia de ‘tierra calcinada’, de hierba deshidratada; y de anomalías en la detección infrarroja en un radio de veinticinco metros... El contador Geiger, sin embargo, no detectó un nivel de radiación superior al normal.
-Eso significa... -dijo Ariane, ansiosa.
-No significa nada. Las cosas nunca significan nada por sí solas.
-Pero puede significar...
-La intervención de un agente sobrenatural... O de un OVNI -dijo el profesor, con tono de broma, pero pronto volvió a la seriedad-. Estas evidencias inclinan a pensar en que algún agente físico actuó en aquel bosque, pero no que fueran extraterrestres ni monstruos. De hecho, no me esperaba estos resultados. Los efectos sobre Ariel encajan en los que podría producir una exposición a una fuente de microondas. Lo único anómalo es que haya resistido tanto tiempo... Lo normal es que en unas semanas o menos, las víctimas fallezcan. Creo que en este caso el psiquismo del sujeto tiene mucho que ver: pudo malinterpretar algún suceso extraordinario... Su mente hizo el resto: sabía demasiado de ovnis.
Ariane se quedó momentáneamente triste al recordar a la joven víctima del misterio.
-¿Cree que Ariel se recuperará? -dijo, removiendo el café.
-Lo dudo mucho. Tiene un pie más allá que acá. El mismo se está matando...
Tras hacer tan lúgubre declaracion, Sir Alex guardó silencio. Dobló las cartas de los Laboratorios de Botánica y Físicas y las devolvió al sobre.
Ariane, que había tomado un sorbo de café, se sonrojó al observar como el inglés le miraba las piernas con gula, mientras se agachaba para posar el maletín.
-¿Hace mucho que no ve a su esposo? -preguntó él de buenas a primeras, arrimándole la silla.
La mujer se estremeció: el Innombrable no era su tema favorito de conversación. Era tabú, el tabú de la tribu de Lavalle, instituido por Eva, y que todos cumplían a rajatabla. Ni siquiera los niños se atrevían a decir papá en presencia de la doctora.
-Casi un año y medio -contestó, tímida, consciente de estar violando una prohibición inveterada.
-¿Por qué lo dejó?
Las esperanzas de Ariane de que el profesor detuviera su inquisición en la primera pregunta se vinieron abajo.
-En realidad, él me dejó a mí...
-Debía de ser un idiota redomado. Pero no, no se enfade -dijo Lippershey, al ver como se entristecía el rostro de su secretaria al recordar al personaje afectado por la Damnatio memoriae -. No me lo cuente; no quiero saber nada sobre ese individuo. Sea quien fuera, ha salido usted ganando al perderlo de vista. Ahora es libre; se le ofrece un amplio abanico de posibilidades. Porque usted lo tiene todo para encandilar a un hombre. ¿No echa de menos tener pareja?
-No; estoy bien sola.
-Pero no es bueno que el hombre esté solo... y la mujer, para que hablar.
-Y usted, ¿qué? -dijo astutamente Ariane, enviando la pelota al campo del inglés.
-Bueno, yo voy a casarme; pero tengo serias dudas... -respondió él rascando la barbilla con gesto divertido.
-¿Sobre qué?
-Sobre la novia, por supuesto. Tengo una oficial, otra virtual y una tercera que aún no sabe que lo es.
Sir Alex la miró con toda la intención: sin duda se refería a ella.
-¿Es que acaso me ha puesto en su lista? -preguntó Ariane, no sabiendo muy bien que actitud adoptar ante declaración tan explícita.
-Claro; y para que sepa a que atenerse, le comunico que rivaliza usted con una profesora atrabiliaria y una viuda de holgada cuenta corriente.
-Caramba; entonces ya puedo dar la partida por perdida; yo no soy más que una simple secretaria -bromeó la mujer.
-El estatus socioeconómico no me importa: lo que yo valoro está en el interior y usted tiene un interior maravilloso; ha bastado esta semana que hemos compartido para que me diera cuenta; y si me permite la osadía, el exterior tampoco está nada mal...
-Oh, profesor: no me diga esas cosas: no está bien -afirmó la señora sonriendo de oreja a oreja, con el rubor a flor de piel.
-¿Desde cuando decir la verdad está mal?
-Hoy no me apetece escuchar esa clase de verdades. Tómese el café y tranquilícese, que está un poco alteradillo... -murmuró ella, evasiva.
-Ya sé lo que pasa: no se casará conmigo porque no me quiere -insistió él, inasequible al desaliento, arrimando la silla unos centímetros más-. Pero eso son bobadas, prejuicios burgueses, y anacrónicos. Sólo los tontos se casan enamorados.
-Yo lo hice y cometí un error -concluyó Ariane, meditabunda, pero sin enojo-. De modo que, según su teoría, soy tonta, tontísima; pero no concibo el matrimonio de otra manera que no sea como unión pasional de dos tontos. Usted tiene las mismas ideas que mi hermana: si le hubiera hecho caso en mi juventud, probablemente habría logrado un matrimonio como el suyo, sin discusiones, sin peleas, sin tensión, pero sin una pizca de sentimiento. Entre Eva, mi hermana, y su esposo no hay nada más que camaradería: es horrible; a mí me espantaría vivir así, créame. Además -susurró con tono retraído de colegiala confiando un secreto-, no creo que debamos hablar de este tema. Usted es mi jefe. Mi hermana dice que no debería darle tantas confianzas; que hay una cosa por ahí que se llama ética, y en fin, que debería usted mantener las distancias. Mi hermana...
-¡Al cuerno su hermana! -exclamó Sir Alex, exasperado-. Ya me está cayendo gordísima. Y no se ofenda, pero, según mi opinión, lleva muy mal camino. Salió de la tutela de un marido que no la merecía, y ahora, que podría respirar tranquila y vivir como más le placiera, deja que su hermana le ponga una cadena al cuello. He visto casos semejantes en mi consulta: es puro miedo a la libertad.
Ariane se sintió abatida, como siempre que alguien le descubría que no tenía valor para liberarse de los lazos de dominio que le imponían las personas con las que se relacionaba más íntimamente. Había sido una niña obediente, tanto, que jamás había podido hacer nada que no complaciera a sus padres aun a costa de terribles sacrificios; una adolescente sumisa a los deseos de los demás, vencida por el ansia de agradar a toda costa; y una mujer madura que aceptaba, quizás por comodidad, que otra tomara las decisiones por ella.
Deseoso de levantarle el ánimo, que súbito, había caído por tierra, y no era aventurado pensar que había sido por su culpa, Sir Alex le propuso, jovial, que practicaran un juego.
-Esta es una ocasión inmejorable para demostrarle las bondades de mi teoría sobre el matrimonio -dijo-. Usted, como todos los románticos (¡esa plaga!) -bromeó-, piensa que los divorcios llegan por mala suerte, pero es falso. Los matrimonios se van a pique por falta de previsión y racionalidad. Lo sé por experiencia: he fracasado dos veces, y la causa fue, en ambos casos, haberme comprometido sin dejar claro, desde el principio, que es lo que cada uno de los miembros de la pareja esperaba del otro, y cuáles eran las obligaciones de cada uno. Bien; nosotros nos casaremos de manera científica (no se asuste; es un suponer). Redactaremos un contrato matrimonial: en el futuro se exigirá a todos los novios que lo formalicen como trámite previo a la boda; en sus cláusulas se estipulará todo lo necesario para garantizar la armonía y la buena convivencia. Actualmente la gente promete que será fiel hasta que la muerte los separe y todo eso; pero lo hacen, sabedores de que si incumplen su juramento, nada sucederá; pero en mi mundo ideal la infracción supondría lo mismo que la ruptura de un contrato mercantil: multa o cárcel.
-¡Qué ideas tan descabelladas se le ocurren! -rió Ariane, acodándose sobre la mesa, muy interesada en saber qué más se inventaría.
-Bien, empecemos -dijo Sir Alex, que acababa de sacar de su maletín una libreta y un lápiz-. Recuerde que es un juego, pero un juego serio. En primer lugar, dejemos claro que nuestra entente la compondrán sólo dos individuos: usted y yo -y lo escribió con trazos finos e ilegibles.
-Y, ¿cuántos íbamos a ser? -preguntó ella, regocijada.
-En mi sistema se permitirían las asociaciones conyugales de dos, tres, cuatro o más miembros. No veo por qué dos es un número más perfecto que tres.
-Profesor: ¡está chiflado perdido!
Sir Alex le pidió a la dama su parecer sobre el régimen económico.
-Prefiero los bienes gananciales: así todo lo suyo será mío y lo mío suyo, pero como yo no tengo nada... -dijo Ariane, ya metida del todo en el juego del profesor, aunque no pudiera contener las carcajadas.
-Estoy de acuerdo.”Gananciales” -escribió-. Ya está; bien. ¿Cuántos hijos desea tener?
-Hombre, no sé si eso me apetece a estas alturas.... Pero ponga ahí que mantendrá a Xavier y a Marina como si fueran hijos suyos, y le quedaré muy agradecida...
-Bien, bien -repitió él, añadiendo a toda velocidad las nuevas cláusulas-. Y ahora, las obligaciones. Explicitaremos primero las suyas.
-Y eso ¿por qué?
-Por que son más y es preferible despacharlas antes. Ejem; ¿a usted le gusta cocinar?
-No mucho.
-Pues a mí sí. De modo que esta tarea me la reservo. Limpiar los platos, adecentar la casa y fregar el suelo, para usted.
-¡Oiga, oiga! Para mí lo peor -protestó Ariane.
-Véalo por el lado bueno: así hará ejercicio; le vendrá de perlas para estar en forma.
-No, ni pensarlo: me parece muy injusto. ¿Qué hay de sus deberes?
-Ahora vamos con ellos, en cuanto terminemos de concretar sus tareas; habíamos dicho fregar, limpiar, planchar la ropa, hacer las camas. También ir a la compra. El jardín, pagar las facturas y los trámites burocráticos mejor me los adjudico yo.
-O sea, que mientras yo me quiebro el lomo, usted de mano blanca. No me gusta -Ariane pegó un golpe a la mesa, como un diputado protestón-. En primer lugar, la comida la hago yo; no quiero comer a diario plantas y porquerías de esas: los niños necesitan proteínas. Sus almuerzos, aparte. De fregar y limpiar, nada de nada. Tiene dinero de sobra para pagar a una sirvienta; no sé como no lo ha hecho ya. Si yo me casara con usted, sería para estar de señora, no de criada.
-Estupendo; me parece genial que imponga sus puntos de vista de manera asertiva -dijo Sir Alex, feliz; pero entonces llegaba un asunto escabroso; enarcó una ceja con aire enigmático-. ¿Cama de matrimonio, dos camas o habitaciones separadas?
Ariane se mordió la lengua.
-No sé, ¿a usted que le parece? -respondió, con desconcierto.
-Apuesto por dos camas en verano y una en invierno...
-¡Decisión salomónica! -se carcajeó la mujer de nuevo.
-Sexo... -susurró el profesor, tan bajo que ella casi no lo oyó.
-¿Cómo dice?
-Ejem; relaciones íntimas, ¿sí o no?
La sorprendida señora empezó a sudar copiosamente por la nuca. Sus orejas se llenaron de sangre y la lengua se le puso rígida.
-Yo diría que... sí -contestó, sacando su mejor sonrisa, pero tan ruborizada como una chiquilla.
-¡Gracias, gracias señora Lavalle! -exclamó el caballero, con gozo no menos juvenil, aprestándose a apuntarlo antes de que ella pudiera rectificar-. Sólo queda por definir tipo y frecuencia de nuestros contactos...
-¡Pero tan fino hay que hilar! -profirió Ariane, un tanto escandalizada-. Si Eva nos oyera, se desmayaría...
-Esa hermana suya debe de ser de lo peor. No me la mencione, que me causa dolor de estómago.
-Usted también se lo causa a ella, créame.
-No se distraiga. Estábamos en...
-Ya, ya; en el sexo. Pues, en tipo, lo normal; a mi no me venga con cosas raras de esas que les gustan a los ingleses. Soy una mujer muy decente.
-Demasiado, me temo -masculló Sir Alex.
-¿Decía?
-Nada, nada; que todo está perfectamente bien: coito vaginal, masturbación, felación, cunilingus...
Ariane echó a reír, contagiándole a él su hilaridad. De repente, se convirtieron en el centro de atención de los estudiantes reunidos en torno a una taza de café, quienes los miraban con extrañeza por el alboroto que estaban formando. A Ariane le dolían las mandíbulas; se le saltaban las lágrimas.
-¡Basta ya, por favor! -suplicó a su jefe, entre gemidos y jadeos, apretándole la muñeca con determinación para hacerle soltar el lápiz-. Es usted un peligro público... ¡Me mata!
Marta Delmont entró en la cafetería justo a tiempo para ver como Sir Alex le daba un nada casto besito en la palma de la mano a su secretaria, en actitud distendida y jocosa. No era la suya una naturaleza que pidiera a gritos la manifestación externa de sus celos, pero aquella mañana sus facciones se mostraban más siniestras de lo habitual.
Se acercó a la mesa de Sir Alex, quien al ver aparecer aquel moño enhiesto, y aquellos ojos saltones y tenebrosos (más aún que los suyos) se dejó al instante de niñerías, y adoptó el estirado comedimiento que correspondía a su posición.
-Te andaba buscando -dijo Delmont, después de los consabidos saludos al profesor y a la compañía, quien por cierto, se sintió tan intimidada que no levantó la nariz de su café-. ¿Podemos hablar en privado? -continuó, susurrante, dándole un toquecito en el hombro al caballero.
Sir Alex se disculpó con la señora Lavalle, y se marchó junto a una de las paredes del local. Nada más llegar allí, Marta le espetó, amarrándole por la corbata:
-Espero que no hayas olvidado que me prometiste acompañarme a la fiesta de mañana
-Oh, Marta, a decir verdad ya tenía otros planes para mañana por la tarde -dijo él, con hastió; y, sin querer, miró hacia la dulce Ariane, que sorbía el café por una pajita para no despintarse los labios.
-Ya veo -replicó la profesora, airada-. Pues sabes qué te digo, que de toda la vida los planes se han podido cambiar. Yo estoy primero.
Él lanzó un resoplido.
-Tenías que habérmelo avisado con más antelación.
-Tú ya sabías lo que yo quería desde hace dos semanas.
-Pero tenía la esperanza de que ya no lo quisieras...
Marta Delmont arrugó la boca de manera desagradable.
-Y yo tenía la esperanza de que no haría falta recordarte tus obligaciones. Pero cuando esta mañana no hiciste ninguna alusión a la fiesta ya me imaginé que pretendías darme esquinazo de nuevo.
-Bueno, bueno; no me des más la lata: iré contigo. Y ahora, si no te importa... -susurró, volviendo la vista, una vez más hacia Ariane Lavalle.
-Tenía razón Sergio: ya te has buscado una nueva diversión. ¡Qué canalla eres! -comentó ella, no demasiado irritada para lo que hubiera sido menester. Le soltó la corbata y pegó media vuelta.
Tragando saliva, Sir Alex volvió a sentarse con Ariane.
-La profesora atrabiliaria ¿verdad? -preguntó la mujer con regocijo.
-¿Qué le ha parecido?
-Me ha puesto los pelos de punta...
Sir Alex rió
-Como profesora de Psicopatología del Comportamiento sexual no está mal, pero como psicópata estaría mejor... Pero, ¿para qué la voy a engañar? Marta es, desde llegué a este país hace tres décadas, mi mejor amiga. Hemos discutido, hemos jugado al golf, hemos realizado trabajos juntos, hemos viajado, nos hemos hecho compañía, hasta hemos hecho el amor de vez en cuando... Tiene cosas buenas y malas, como todos nosotros, pero espere a conocer a Verónica...
Ariane no aguardaba con impaciencia el día en que la señora 5,5, de quien Sir Alex le hizo en pocos minutos un retrato bastante desfavorecedor, en todo coincidente con lo que había escrito de ella en su librito, regresara de vacaciones. Le fastidiaba que él tuviera devaneos con tantas mujeres. Era molesto e irritante: ya no tenía edad. La promiscuidad podía despertar las sonrisas y los gestos cómplices cuando se hablaba de un muchacho en la flor de la vida; pero en un viejo adquiría tonos sórdidos. Tan duro juicio emitía Ariane, agarrotada por sus rancios prejuicios. Pero lo cierto es que le había divertido tanto con sus bromas salaces que estaba inclinada a perdonarle sus defectos y a admitir, incluso, que sus ideas respecto a él podrían estar equivocadas. Tal vez estaba celosa y por eso lo censuraba; tal vez no estaba mal que un hombre viviera lo más intensamente que pudiera hasta el final del último acto.

*****

Cuando salieron de la cafetería, Sir Alex compró un periódico y una revista femenina al ver que traía en la portada el titulillo: “Entrevista con la Duquesa de Miramar”. El hombre tenía los ojos fuera de las órbitas. Leía mientras caminaba, e iba gruñendo al tiempo.
-Mire lo que ha dicho esta loca de mí... -decía, con la voz alterada.
Pero tal era su indignación que al final no era capaz de armar una frase coherente y explicativa.
En llegando a casa, Ariane tomó la revista.

“MUJER LIBERADA: ¿Qué tal lleva el peso de tantos ilustres antepasados como brillan en su genealogía?
CRISTINA D‘ARMANI: Pues muy bien. En mi árbol genealógico, como ha apuntado usted, hay grandes benefactores de la humanidad, de los cuales me siento muy orgullosa; pero siempre he considerado que la responsabilidad de un aristócrata es acrecentar la gloria de su linaje. A mí, la sangre me ayuda a ser perfecta y eficiente. Como la mayoría de los representantes de las casas nobles y reales europeas, desciendo de Jesucristo y de María Magdalena.
MUJER LIBERADA: Perdón, perdón, ¿ha dicho que desciende de Jesucristo y...?
CRISTINA D’ARMANI: y de la Magdalena; pero esto es de dominio público. ¿No sabe que los nobles y los príncipes europeos estamos emparentados y que lo que tenemos en común es que somos portadores de la preciosa sangre de Cristo, cuya figura, por cierto, las machistas iglesias cristianas han tergiversado? Porque ha de saber que Jesús era adorador de la Madre Tierra. Desde la Edad Media los cuentos populares han difundido la errónea creencia de que el Santo Grial era un objeto físico, una copa en la que José de Arimatea recogió la sangre del crucificado, tallada en la esmeralda que el arcángel Mikhael arrancó del entrecejo de Lucifer cuando disputaban por el cadáver de Moisés. ¡Todo mentira! Santo Grial es Sang Real: la sangre real de Cristo, recogida no por una copa sino por el vientre de María Magdalena. Y si Jesús tenía categoría regia era porque pertenecía a la tribu de Benjamín, la única de entre los judíos que adoraba a la verdadera diosa, representada mundanamente por el ídolo Belial. La diosa los eligió de entre todos los judíos y por eso los demás les hicieron la guerra. Procesaron a Jesús por que tenía derecho a reinar sobre Israel. Pero el fracaso de su conspiración fue total; Jesús fingió su muerte con ayuda de sus fieles y huyó con su mujer y sus hijos al sur de Francia, donde arraigó su estirpe. Este fue el origen de la casa real de Francia a través de los Merovingios, origen, a su vez de la nobleza más grande del continente: las casas de Habsburgo y de Lorena. Algún día la monarquía será reinstaurada sobre Occidente en su prístina majestad; algún día los Habsburgo portarán la corona, el cetro del imperio y el globo flamígero: entonces todos volverán a la Antigua Religión. Con razón la consigna de la casa de Austria es: AEIOU ; o sea: “A los Austria corresponde el dominio del mundo”
(...)
ML: Se dice que usted pertenece a una secta satánica...
CA; ¡Secta satánica! Las Hijas de la Tierra es una asociación cultural. Es cierto que excluimos a los varones; pero ¿acaso no han hecho lo mismo con las mujeres la infinidad de clubes masculinos que han existido en todo tiempo y lugar sin que nadie se rasgara las vestiduras? No entiendo por qué se escandalizan. Sólo porque somos mujeres nos cuelgan los peores sambenitos. Hacen correr sobre mí todo tipo de infundios. Quieren desprestigiarme, echar lodo sobre mi nombre. Se trata de una persecución organizada por un individuo repulsivo, un profesional de la maledicencia, un tipo especialmente indeseable, un tal Lippershey que se hace llamar “profesor”. El resentimiento más vulgar es el origen de su odio. Hace años publicó un libelo repugnante donde me acusaba de realizar ritos satánicos y sacrificios humanos en compañía de Anabel Spengler, que en gloria esté. Pero, repito, Las Hijas de la Tierra es una asociación legal, inscrita en los registros del Ministerio de Cultura, cuyo objeto ‘satánico’ es la defensa y promoción de la mujer. Ah, Lippershey; yo podría contar cosas horribles sobre él; es una pena que Anabel Spengler ya no esté entre los vivos para confirmar lo que digo. La llegó a llamar nazi, a ella, que donaba millones a causas humanitarias. Pero él, ¿qué ha hecho él en su vida por los demás, aparte de lucrarse con la ignorancia ajena? Sólo sabe hablar y hablar, y cada vez que abre la bocaza, suelta un disparate o una mentira.”

-Eh, no haga caso de lo que dice ahí. Esa mujer no está en sus cabales... -advirtió el profesor Lippershey, con tono grave, al ver la cara que estaba poniendo Ariane.
-Descendiente de Jesucristo... ¡Cielos! Nunca pensé que la duquesa de Miramar...
-Para que vea que no soy ningún mentiroso: sus palabras la califican; y puede estar segura de que Las Hijas de la Tierra no es ningún grupo de amas de casa dedicadas a tejer suéteres y a modelar con barro.
-Eso es discutible.
-¿Le merece más crédito esta chiflada que yo?
-Yo no juzgo sin saber -ironizó Ariane-. No me gustan las ideas preconcebidas ni adelantar acontecimientos como hizo el bueno de Mendel con los guisantes de colores.
-Muy graciosa -dijo él, cerrando con brusquedad la revista-. ¿Trae algo interesante el diario?
-¿Quiere echarle una ojeada?
-Sólo a la sección de sucesos...
-Pues tome, que yo voy a leer con más detenimiento las declaraciones de la duquesa Cristina D'Armani.
-¿Para ver si me insulta más?
-Oh, sí, eso me divertiría mucho -bromeó la señora.
Sir Alex pasaba con ruido las aparatosas páginas del Imparcial de Arberia. A veces se detenía y recortaba noticias, que guardaba en un enorme álbum. Cuando llegó al final, miró los restos con cara de criminal.
-No tire el diario. Aún no he mirado la programación de televisión para esta noche -dijo Ariane, que había descubierto por el rabillo del ojo sus malas intenciones.
Él buscó a toda prisa la última página.
-Yo sí, y he de decirle que está de suerte; ponen una película de la Hammer: “Los Ritos Satánicos de Drácula” -informó, antes de convertir el periódico en una masa informe y arrugada, y arrojarla a la papelera que tenía a medio metro de sus pies.
-Ya la he visto; pero, ¡qué importa! Peter Cushing, mi héroe -rió la señora.
-No lo encarezca tanto, que me pongo celoso -aseguró Sir Alex, con un resquemor mal disimulado que confería seriedad a la broma.
Ella abrió los ojos de par en par y le regaló su luminosa sonrisa.

Comentarios

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  • Fecha: viernes, 05 de mayo de 2006
  •  | 
  • Hora: 18:14

Autor: Thersuva

Hum, viendo el tipo de mujeres que atraen a Lippershey lo mismo va a resultar que Ariane Lavalle no es tan "dulce" como aparenta. Sonrisa Gigante

Estoy deseando saber si alguna de las damas accede a casarse con un tipo tan "sincero". Angelito

Qué sospechosa se me hace Cristina D'Armani... hum.

  • Fecha: domingo, 07 de mayo de 2006
  •  | 
  • Hora: 16:49

Autor: reginairae

jja, si yo fuera Lippershey creo que me gustaría más la Marta Delmont, que da más morbo jajajajaja Muchas risas Pero a saber cuál elige él... Cómo solo has leído la novela tres o cuatro veces, seguro que eso es un misterio para ti.

Me hace gracia la ideología desfasada de Cristina D'Armani, todo eso de creerse superior porque es una aristócrata, porque desciende supuestamente de fulanito y menganita. Aunque parezca increíble todavía hoy en día hay gente que piensa así... Angelito