El Cultural -Magazine de El Imparcial

jueves, 18 de mayo de 2006

Regina Irae Parte I - XIII

CAPÍTULO 13


Aula de la universidad Central de Arberia, donde Cristina soñaba con Lippershey y Adamski con... a saber...


Con la mirada sesgada volvió a espiar a Sir Alex que seguía divirtiendo con sus gracias picantes al corrillo de mujeres. Se estremeció al comprobar que su madre se había acercado a él.
-Oh, profesor, ¡cuánto gusto en volver a verlo! -le dijo la menuda y consumida condesa a su coetáneo, moviendo la cabeza con ademán brusco, pero sin que uno sólo de los cabellos grises de su elaborado peinado abandonara la formación.
-El gusto es mío, señora -respondió burlón, Sir Alex, besándole luego la mano, en cuya muñeca, tintineaban varias pulseras por debajo de la vaporosa manga de su vestido azul, demasiados suntuoso para un guateque tan informal-. ¿Qué tal se encuentra de salud?
-Estupendamente: unos dolorcillos aquí y allá, pero nada grave. Usted, ya se ve, siempre tan bien acompañado...
Las mujeres rieron de manera discreta.
-La buena compañía es indispensable para tener buena salud. Rodearse de mujeres asegura la longevidad: ¡Son tan dulces! A los hombres, en cambio, conviene evitarlos: acortan la vida.
-¡Qué gentil caballero! -exclamó la condesa-. Es una pena que tuviéramos algún problemilla en el pasado. ¡Le he echado tanto de menos! Aparte de usted, nunca he encontrado un dotado auténtico. Ellos dicen: “¡señora, el espectro es su marido!”. Pero yo sé que mienten: reconozco a mi señor duque aun bajo la forma de una presencia. Con usted todo iba como una seda: le llamaba y él acudía presto. Como me gustaría que volviera a hacer una sesión espiritista conmigo. ¡Es usted tan bueno como médium!
-Yo soy bueno en todo. Y, dígame, ¿su señora hija, Senn Cristina, se encuentra bien?
-Oh, sí; pero no sea malo. Como me la maltrata. No debería tomárselo a broma. ¡Decir esas cosas horribles de ella! ¡Qué malo, qué malo!
"¿Y las que dice ella de mí?", pensó el inglés, bastante molesto.
Como aquel tema no resultaba divertido, Lippershey le puso al corriente de los nuevos chistes verdes de su repertorio.
La aristócrata no entendía ni la mitad de las procacidades que echaba aquel caballero por la boca, pero se daba a la risa como las demás, mucho más picaras y avispadas.
Sir Alex, mientras la vieja se descoyuntaba, echó una ojeada a la duquesa. Cristina notó que él la estaba mirando; hizo un gesto con la mano para saludarle; él se lo devolvió. La condesa, percatada, le dio un aviso a su pequeña para que se les uniera. Cristina no se lo pensó dos veces.
-Ah; la señora duquesa de Miramar, ¡qué placer tan inesperado! -dijo Sir Alex, torciendo la boca con matiz irónico.
-Hum -respondió ella, estirando de manera mecánica su brazo hacia el caballero.
-A sus pies, señora... aunque no lo merezca -y le besó largamente la mano; ella sufrió un temblor manifiesto.
-Hum -repitió, enojada.
-El profesor es un diablillo -le informó la condesa, que no había oído el escolio sarcástico de Lippershey-. Acaba de contar un chiste perverso.
-Seguro que trataba sobre mí -saltó Adamski, entrando por sorpresa en el corro, al que le había atraído la presencia de Cristina.
Las mujeres rieron, ¡cómo lo sabía!
-A ver si tiene agallas para repetirlo ahora que estoy yo delante -le retó Sergio, que casi era tan masoquista como su ex amiga.
Lippershey se hizo un poco de rogar, pero al final, ante la insistencia de la señora de Brendan, otro espíritu burlón, dijo:
-¿En que se parece usted a una vaca?
Todas, incluida la condesa, se desternillaron antes de escuchar la respuesta.
-Pues en que a ninguno de los dos les sirve el rabo para nada más que para espantar las moscas...
-¡Qué gracioso! Y sobre todo, qué fino: muy en su línea -musitó Adamski sin inmutarse. Cristina D'Armani, por el contrario, hacía esfuerzos sobrehumanos para contener la risa.
-Con la ojeriza que me tiene, seguro que también se ha inventado algún chascarrillo sobre mi persona -declaró la aristócrata, no pudiendo impedir que se le escapara un sollozo apagado.
-¡Por supuesto! Pero nunca lo diría delante de su madre: podría darle un ataque al corazón.
-¿De la risa? -preguntó, Laura, que así se llamaba la señora de Brendan.
-No, ¡del susto!
-Por mí no se prive -dijo la condesa, divertida-.Ya sé que le tiene mala fe a mi pequeña. Pero es usted tan gracioso. Debería haberse dedicado al humorismo.
-On, no, no. Estoy muy satisfecho con como he conducido mi vida. Trabajando siempre en pos de la verdad como humilde profesor casi provinciano, y llevando alegría en mis ratos de ocio a centenares de mujeres que esperaban con avidez la visita de Alex, el mejor amante del mundo, una ocupación altruista con la que he gozado mucho, convencido como estoy de las virtudes salutíferas del amor físico... Todavía hoy en día, hago algún servicio a domicilio, totalmente gratis. ¿A alguna de ustedes le apetece un poco de acción para después de la cena? Sepan que el ejercicio erótico previene los achaques del envejecimiento; muy recomendable para las menopáusicas y las viejecitas...
Con risas de diversa consideración celebraron los miembros del cortejo de Lippershey su osado descaro, incluso Adamski. Cristina, en cambio, se puso roja como un tomate.
-Las damas prefieren la carne fresca. -objetó Sergio, burlón.
-Pero en la variedad está el gusto, señor Adamski -opinó la señora de Brendan, frotándose como una gata en celo contra el brazo del profesor Lippershey.
-Y usted, señora D'Armani, ¿qué piensa sobre el tema? -inquirió el caballero, mirándola con fijeza y con una sonrisa muy ladina.
-No me haga avergonzar. Yo ya no estoy para esos trotes -respondió la anciana lanzando al tiempo risitas como de adolescente picarona y cubriéndose el rostro con la mano.
-Tonterías. Nunca es tarde. Piense que es de ley natural que lo que no se usa se atrofie. Ya sabemos que no va a ser como a los veinte años. Como yo digo, la sexualidad de un hombre mayor se parece a la de las mujeres: cada vez es como una aventura, nunca se sabe qué sucederá. Pero a mí me ha gustado, me gusta y me gustará sentir el calorcito que sale de la piel de una linda dama y gustar su sabor y notar su olor, y sobre todo recibir ese cariño tan especial que en ellas es siempre espontáneo. Cierto que existen en las mujeres de edad algunas dificultades derivadas de los altibajos hormonales, pero, créame, nada que no se pueda solucionar con un poco de vaselina. Yo siempre llevo un tubo en el bolsillo, por si acaso...
- Perdón, no le entiendo; vaselina ¿para qué? -dijo la condesa de Mons con aire de turista perdido en la gran ciudad.
La inesperada intervención de la atolondrada, hizo que estallaran los diafragmas de los presentes, que no podían creer que la vieja se lo estuviera poniendo tan fácil al bromista. Cuando Lippershey dijo: “¡Para engrasar la maquinaria, señora!”, algunas no pudieron aguantar más y se retiraron a toda prisa al baño. Lo peor fue que la ilustre aristócrata siguió insistiendo en su pregunta, dando lugar a más jarana.
El rostro de Cristina pasó del rojo al blanco: su madre estaba quedando en ridículo; una pobre e inofensiva anciana que no se enteraba de la fiesta pero que no merecía ser afrentada de ese modo por una jauría de desaprensivos.
-Pero, ¿qué pasa? ¿Qué es tan gracioso? -repetía una y otra vez la señora.
-Déjalo mamá; son tonterías del profesor -dijo la duquesa, incómoda, tras echar un trago largo de vino espumoso-. No imaginas lo zafio y vulgar que puede llegar a ser...
-No, no; deseo saberlo. Yo también quiero reírme.
-No tiene la menor gracia...
-Como nada de lo que dice este fósil -añadió Adamski-. Ah, por cierto; he estado consultando un manual de paleontología; y he de decirle que sí existieron seres vivos en el Precámbrico.
-Ya lo sabía, tonto -replicó Sir Alex, con una sonrisa maquiavélica en los labios-. Se lo negué para hacerle rabiar...
El doctor se quedó pasmado.
-Pero, ¿de qué hablan? -preguntó, curiosa, una amiga de la señora de Brendan, muy morena de cara, que vestía, por contraste, de blanco.
-El otro día este azote de la sociedad y yo tuvimos una pequeña discusión. Para humillarme delante de su nueva secretaria me llamó ignorante...
-Pero, ¡qué perverso es usted! -susurró la señora de Brendan, tan pizpireta como siempre.
-El señor Adamski me inspira...
-¡Chitón, que viene Marta! -avisó una profesora de Psicología del Comportamiento animal que había sacado de aquella reunión interesantes conclusiones para sus estudios con perros agresivos.
La doctora Delmont lanzó una mirada despreciativa a la convención de féminas (más Adamski) que había congregado su acompañante en torno a sí, en menos de diez minutos. Dos unidades del grupo, que no podían ni ver en pintura a la catedrática, se alejaron.
-El decano me ha confirmado que se celebrará una reunión extraordinaria de la Junta de Facultad dentro de dos semanas -dijo, aplomada-. Van a tratar sobre el presupuesto. Al parecer, no habían contado con ciertos gastos extras, y ahora falta dinero por todas partes; se habla de hacer recortes drásticos, y por lo visto, la sección más amenazada es la de Parapsicología.
-Ojalá no se les ocurra despedir a nadie -exclamó la de Brendan, cuyo esposo tenía uno de los contratos más inestables de la facultad.
-Mientras se mantengan la calidad de la enseñanza y de investigación yo estaré de acuerdo con cualquier ajuste -sentenció Marta, al estilo aguafiestas mirando de soslayo a la esposa de su colega.
-Espero que no se menoscaben los sueldos -opinó Sergio, que tenía una bien ganada fama de obseso monetario.
-Pues a mí lo que más me preocupa, es que recorten la dotación neuronal de Adamski -dijo el chusco Sir Alex-. Si ahora es un tarado, imagínense como quedaría con medio cerebro.
-Alexander... -regañó la doctora, moviendo la testa de derecha a izquierda.
-Es que es un demonio, un demonio -rió la vieja condesa-. Un hombre sorprendente, pero dice cosas tan raras...; ¿tiene usted idea de para qué querrá la vaselina?
Marta Delmont contempló primero a la ingenua dama y luego, con cara de estupor, a Sir Alex, que trataba de reprimir un nuevo ataque de risa: estaba atónita.
-Mamá, por favor; cállate de una vez con eso -instó Cristina para evitar que su progenitora volviera a convertirse en el hazmerreír.
-Pero, ¿por qué? ¡Oh, no entiendo nada! Parece que todo el mundo habla en clave.
-El vicedecano te está saludando, ¿por qué no vas a cumplimentarle?
-Sí, sí, y tú ¿no vienes?
-Dentro de un rato...
Cuando la dama se marchó, Cristina pudo respirar sin opresión en el pecho.
-¿Le parece bonito reírse de una pobre vieja? Y usted presume de ser un caballero -le recriminó Cristina a su ex amante.
-No quería reírme de ella sino con ella; pero la señora condesa tiene una mente tan limitada; debe de ser cosa de familia.
-Alexander, por el amor de Dios -protestó una vez más la doctora Delmont.
-Así que es eso lo que opina de mi familia...
-¿Qué esperaba? Soy un “profesional de la maledicencia, que actúa movido por el resentimiento más vulgar, un tipo realmente despreciable”.
-Veo que ha leído mi entrevista. Pues sepa que no retiro ni una coma de lo que dije.
-Haces bien, Cristina -terció Adamski-. Porque todo eso es verdad y creo que hasta te quedaste corta.
-¡Por supuesto que sí! -exclamó la dama-. Y ahora que todos han pasado tan buen rato, quisiera hacerlo yo también. -Antes de que nadie pudiera prever la maniobra, Cristina arrojó el contenido de su copa de champagne sobre el rostro del profesor Lippershey-. Hala, ¡chúpate esa, asqueroso!
La duquesa se dio media vuelta carcajeándose, y pisó el acelerador. Sir Alex se limpió la cara y las gafas con un pañuelo, ante la hilaridad de sus prójimos.
-Estas feministas no tienen sentido del humor -dijo, esbozando una sonrisa que ocultaba su rabia.
-Se lo estaba buscando -dijo Adamski, que se creía vindicado con tal acto.
Marta Delmont se frotaba los ojos, incrédula.
-Me parece imposible que pudiera liarse con una mujer así -comentó la profesora Sigisbert sacudiendo su melena pelirroja dentro de la copa de Adamski que por fortuna no era nada escrupuloso.
-Ah, pero usted y Cristina D'Armani... -dijo la de Brendan con la boca abierta.
-Lamentablemente es cierto.
-No lo lamentaba tanto en su momento -ironizó Adamski, que conocía al dedillo las intimidades de la duquesa y Sir Alex.
-Pero si dicen que sólo va con mujeres.
-Está perdiendo el gusto.
-Si alguna vez lo quiso a usted, eso es que nunca lo tuvo -se guaseó Sergio.
-Yo le agrado a todo el mundo doctor Adamski, incluso usted daría saltos de alegría si...
-¿Es que no sabéis hablar como las personas? - le cortó Marta gruñendo.
-Ciertamente, es usted un engreído sin cura -dijo la profesora Sigisbert.
-Pero ¡tan encantador! -añadió la de Brendan, colgándosele del hombro al inglés.
--¿Lo ven? Laura es la que mejor me conoce.
-Y eso que, a pesar de lo que dicen por ahí las malas lenguas, no nos hemos acostado juntos...
-Pues no será por que usted no lo haya querido -bromeó Sergio
-¡Qué calumnia tan horrorosa ha dicho, señor Adamski! -exclamó regocijada la profesora Sigisbert.
A la aludida se la había avinagrado el rostro.
-Sí, sí, calumnia; hace cinco años, durante el congreso de Parapsicología de Nuremberg Laura se metió por equivocación en la habitación de Lippershey, y si no pasó nada fue porque su marido regresó inesperadamente de la cafetería y...
-Es usted insufrible -dijo, por fin la de Brendan dándose la vuelta con intención de abandonar la tertulia, con el resto de las damas, que temían que, ya que el chismoso de Adamski había puesto en evidencia a una, continuara sacando los trapos sucios de las demás.
-Mire: como de costumbre, ha espantado a las mujeres. -comentó jocoso, Sir Alex.
-Mejor que se hayan ido; no las soporto -dijo Marta Delmont, con enojo-. Son frívolas y estúpidas.
-Pero ahora la fiesta será aburrida -opinó el inglés entornando los ojos.
-Sin duda es para usted mucho más divertido jugar a don Juan Tenorio con su jamona secretaria, ¿cómo lo ve profesor, cree que ella está suficientemente desesperada como para dejar que usted la sobe un poquito?
-Eso no le incumbe -bramó Sir Alex, de repente enfurecido.
-Alexander, no me lo puedo creer.
-No escuches las necedades de este mentecato: mi relación con la señora Lavalle es estrictamente profesional. -Y, de golpe y porrazo, se volvió hacia el malicioso doctor-. Y a usted no le quiero ver cerca de ella: tiene demasiada clase para hablar con impresentables de su calaña.
-Me parece que nuestro querido profesor se ha enamorado -dijo el pérfido Sergio-. Si es que eso es posible a su edad...
-Todas las personas somos seres sexuados desde el nacimiento hasta el mismo día de la muerte -sentenció con académica frialdad la directora del Departamento de Psicopatología-. Todos podemos sentir amor y deseo incluso en el invierno de la vida.
-No le disculpes: sabes que es el degenerado oficial de la UCA.
-Aun habría de hacer muchos méritos para desplazarle a usted de ese puesto honorífico.
-Dejadlo ya, mi cabeza da vueltas.
Marta Delmont logró que se le cumpliera el deseo: como por milagro, sus colegas empezaron a charlar sobre temas profesionales sin que estallara entre ellos una sola rencilla, lo cual era lo nunca visto. Solo a partir de entonces pudo la doctora disfrutar de la recepción.
Tres horas más tarde, ésta había fenecido.
Era ya noche cerrada cuando Alexander, Marta y Sergio Adamski abandonaron juntos el recinto. Hacía un frío horroroso. El inglés intentó librarse de la presencia del doctor, pero éste estaba pegado a los faldones de Marta como con cola de carpintero. No les quedó más remedio que cargar con él hasta su casa.
-¡Qué pesado! -exclamó Sir Alex en cuanto lo vio escabullirse en las sombras del zaguán de su edificio.
-El pobre está tan solo...
-Esa mujer con la que vive, la bruja.
-Nada: sólo comparten el piso.
Alex hizo un gesto como queriendo decir: “Ya me extrañaba que tuviera una novia: no existen mujeres tan poco exigentes”.
Con paso lento caminaron bajo las estrellas, Sir Alex miraba de tanto en tanto a la luna, que mediada en el cielo de tinta china negra, veía su luz en disminución debido a la niebla que caía sobre las amplias avenidas del ensanche Martins. No se parecía a luna roja del sueño de Ariane, y recordarlo le hizo sonreír.
Al llegar junto al bloque de apartamentos donde vivía la señora Delmont, se detuvieron.
-Te agradezco que me hayas acompañado; yo también me encuentro muy sola -dijo ella, echando una vaharada de vapor.
-No hay de que; después de todo, no lo he pasado tan mal.
-¿Quieres subir un rato? -preguntó ella sin perder la seriedad.
-¿Qué tienes de cena?
-Espárragos y alcachofas.
-¡Para que no piense que lo tenías preparado! -dijo él, risueño: le encantaban los espárragos.
La tomó de la mano y anduvo hasta el portal, pero Marta se frenó antes de transponer la puerta.
- ¿Lo de tu secretaria es de veras una relación profesional?
-Estrictamente -dijo él, temblando y rascándose la oreja-. Tú ya me conoces.
Porque lo conocía demasiado bien Marta Delmont sonrió con tristeza.

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  • Fecha: lunes, 05 de junio de 2006
  •  | 
  • Hora: 0:18

Autor: Un geta

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