El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 04 de junio de 2006

Regina Irae - Parte I - XIV

CAPITULO 14


Sucubo haciendo de las suyas


Mientras se afeitaba frente al espejo del baño la ralísima y rubia barba de su mentón, que parecía más bien la pelusilla de un adolescente que acaba de echar el bozo, Philip advirtió, con espanto, las dos tremendas ojeras que le afeaban.
La noche anterior se había acostado pronto, cenado apenas con un vaso de leche fría, sin decir palabra. Pero había dormido poco y mal.
Pensamientos negros y ensueños turbadores se habían sucedido mientras esperaba el sueño para no dar tregua a su alma, atormentándole con augurios de hechos venideros de peor catadura. La voz interior que desgranaba extraños argumentos filosóficos sobre la muerte y la inutilidad de todo, en algunos tramos del monólogo se le coloreaba (rojo sangre coagulada, verde putrefacción, morado de lividez cadavérica), y en otros, contestando a sus preguntas explícitas, estallaba en risas secas y metálicas que lo ridiculizaban a él y a sus pretensiones de conocimiento.
Durante sus largas duermevelas se le presentaban los personajes que habían tomado parte en el drama diurno de fechas atrás, convertidos en entes fantasmales que chisporroteaban frente a sus ojos antes de volatilizarse, sobre un ruido de fondo, un runrún hecho de conversaciones entrecortadas y cosidas toscamente, según las fórmulas azarísticas de la conciencia libre.
Veía a Ariel, que se caía a pedazos e intentaba reconstruir el rompecabezas macabro con sus propias manos, entre las que quedaban pingajos de carne cuyo hedor le causaba náuseas; a Lippershey, vestido como un viejo guerrero nipón, jactándose de su valentía y su desafección por las preocupaciones burguesas; a Ariane Lavalle, que habiéndole batido sin hacer más esfuerzo que el de desabrocharse la camisa para mostrar sus escandalosos senos, le decía, regocijada: “Mira, pequeño; yo me quedo y tú te vas”; al veterinario doctor Valeris, relatando una y otra vez, como en un ciclo de eterno retorno de lo idéntico, las fases del proceso de la muerte; a Anabel Spengler, mirándole desde la silla de su caballo, altiva, con un deseo feroz... Las divagaciones de Philip se centraban en la amazona, que podía ser, como decía Sir Alex, odiosa, falaz, una hechicera satánica como su tía, incluso la inductora de los extraños sucesos de Barglava, pero nadie, ni siquiera el inglés, tan reacio a admitir los méritos de las personas a las que aborrecía, podía negar que no poseyera encanto. Ella le había mirado de una manera que no suele ser la habitual en las mujeres: no le importaba lo que pensaran; le había gustado y le miraba porque sí. No podía olvidar esa mirada.
Philip se sabía hermoso. En efecto, se ajustaba a los cánones como un guante: era alto, delgado, rubio, tenía la piel clara y los ojos azules, todos sus rasgos se disponían siguiendo pautas armónicas, que es, según los entendidos, la definición más aproximada de la belleza. Frente al espejo se acarició las mejillas y las encontró suaves. Había oído decir que algunos hombres se afeitaban dos veces al día, y que, al tacto, su barba era como papel de lija. Lippershey, que era muy piloso, tenía incrustados en los poros de su rostro negros tocones, que incluso recién rasurado matizaban con una sombra azulada sus duros rasgos.
Para considerarse perfecto, Philip hubiera querido un aire así de varonil o, por lo menos, una pradera de vellos rubicundos y rizados que ocultara la delicada conformación de su pecho. “A las mujeres les gustan los chicos de aspecto blando”, se decía para consolarse. Y tenía que ser verdad cuando lo decía la revista Cosmopolitan, que se supone que conoce mejor que ellas mismas, lo que piensan y desean las mujeres, blancas, occidentales, de clase media y profesión fina. Sí: era hermoso. Cada vez que salía a la calle, las chicas se giraban al verle pasar, y cuchicheaban entre risas sofocadas y sonrojos, provocados por la sutil clase de excitación sexual que se da entre las mujeres.
Philip había soñado esa noche con la baronesa Spengler. Ella había llegado hasta su lecho acompañada de un zumbido paralizante que le hizo pensar con espanto, que sufriría la misma suerte que Ariel. Durante unos instantes, entre la vigilia y el sueño, antes de que reconociera su sonrisa angelical y su mirada libidinosa, formando un estremecedor contrapunto, saliendo de una neblina fosforescente, se aterrorizó imaginando su final a manos de los depredadores del cosmos.
Pero tan sólo era ella, que apenas se presentó en su integridad corporal, nimbada por un halo luminoso, le saltó sobre el vientre como un súcubo que declaraba de entrada su única intención. Philip no pudo mover ni una sola fibra de su cuerpo.
Ella empezó a sacudir sus caderas, hacia delante y hacia atrás, suscitándole placenteras cosquillas al soñador, que, al acentuarse la frecuencia e intensidad del baile se transformaban gradual e inexorablemente, en oleadas de deliciosa voluptuosidad, que rompían cada vez con más rabia contra las paredes de su vientre, hasta culminar en un rapto erótico brutal: una sensación indescriptible recorría su tronco hasta la frente, arropando sus vísceras como un vórtice, haciéndole latir los pulsos en las sienes y las carótidas.
Pero seguía dormido, aunque no lo creyera. Ella se inclinó sobre su rostro vuelto hacia el cielo, y le besó. Sus labios estaban helados como los de un cadáver. Philip sufrió espasmos de repugnancia. ¿Por qué aquellos besos que debían haberle llevado a cotas inimaginables de placer le sabían al frío mortal de mucosa muerta? Quiso entonces sacársela de encima: sus brazos y piernas estaban como clavados en el colchón; no respondían. Ella le abrazó y le dijo, con su lúbrica sonrisa: “Eres mío; dejarás de serlo cuando yo lo quiera” y después la imagen onírica se agitó otra vez, renovando los anhelos de Philip, una joven y apasionada cabalgadura que no tenía ocasión de galopar lejos de las praderas del sueño.

*****


Philip terminó de afeitarse; las ojeras, consecuencia de sus excesos nocturnos, le añadían diez años a su faz semilampiña.
Lavado y vestido con pulcritud, se fue a la cocina, donde su madre tomaba a sorbitos un café, mojando de vez en vez, un bizcocho light, mientras su padre, detrás de otra taza, leía el periódico. Ambos llevaban ya puestos sus trajes profesionales, gris marengo, sin una arruga y totalmente refractarios a las manchas. Trasegaban el desayuno sin hacer ruido, como monjes, mientras escuchaban las noticias de la radio. La bolsa había caído el día anterior. Un susurro de fastidio: tenían copiosos fondos de inversión y mucho dinero colocado en acciones. "Cada vez se levantan más temprano", se dijo Philip, mirando el reloj de la cocina que marcaba las 7:05, "El maldito trabajo".
La señora Dreyeris, que tenía por oficio diseñar casas y puentes, le preguntó con un pábilo de voz, como para no romper el silencio reverencial con que celebraban la ingestión matutina:
-¡Vaya un madrugón que te has dado hoy! ¿Piensas ir a algún sitio?
-Espero que no se te ocurra verte con ese Lippershey... -dijo el padre, abogado, sin dejar de leer la crónica económica-. El otro día te tiraste toda la mañana haciendo quién sabe qué necedades. Ya está bien ¿No? A ver cuando te comportas: me da vergüenza verte holgazanear de esa manera. Si estudiaras un poco más... Hay que trabajar muy duro para llegar arriba.
“Estudiar más”, “llegar arriba”, “trabajar sin descanso”, sin duda, eran las consignas favoritas de su padre, que expresaba con mucha firmeza, como si estuviera cien por cien seguro de su validez. Philip hubiera deseado que le explicaran por qué era tan prioritario llegar a arriba, qué había arriba que no hubiera abajo. Racionalizaba todo hasta lo patológico: su extrema y sutil inteligencia era su peor enemigo. Lo que otros consideraban obvio para él era siempre discutible. ¿De qué sirve ser rico? ¿Para comprar objetos? ¿Y para qué quieres tanto? ¿El objetivo es dar envidia a los que nada tienen, distanciarse de ellos? ¿Tal vez comprar mujeres con la fascinación de la plata y poder fornicar más que los pobres? ¿Por qué uno se siente poderoso teniendo más? ¿Qué se gana con sentirse poderoso? Philip no podía mirar al mundo tal y como era sin abrumarse por su sin sentido. Sabía que sus padres, que le daban importancia a los signos externos del poder, hubieran preferido tener un chico más despierto, más audaz, más comunicativo, más abogado, más como ellos mismos, que, como le decía Sir Alex, pudiera ganar dinero a manos llenas y cimentarse una reputación. En sus libros de economía se afirmaba que el capitalismo era el mejor sistema porque garantizaba a las nuevas generaciones un nivel de vida material superior al de sus padres. Philip estaba convencido de que el sistema fallaría con él, o que él le fallaría al sistema, o que ambos se fallarían mutuamente, porque nunca podría labrarse ese futuro próspero que todos auguraban. Qué pena, pues, malgastar la adolescencia y la juventud, levantándose a la hora en que lo único que apetece es pegarse a las sábanas; yendo a clase entre frío y nieve, para soportar lecciones interminables y aburridas, mil veces repetidas; padeciendo exámenes continuos y pruebas; saltando obstáculos; memorizando datos y más datos: fórmulas y páginas llenas de palabras, la clasificación del Reino Animal, la ley de la gravedad, la tabla periódica de los elementos, el binomio de Newton, los ríos de Francia, la historia del feudalismo, los tesoros del Partenón; el latín y todo el Derecho. ¿Por qué sufrir cuando la naturaleza pide goce continuado?
Una vez Lippershey le había hablado de cierto hindú que predicaba la renuncia a la ambición como receta para el bienestar psíquico. Recordaba que su padre había saltado de la silla hecho un basilisco cuando se lo contó. Y ¿no le había llamado a Lippershey vago y corruptor de la juventud? Porque el filósofo, hablando por boca de Sir Alex no solo alababa el regreso a la vida contemplativa, considerada casi como un juego de niños, sino que animaba a los rebeldes de toda edad a desafiar a los poderes constituidos que oprimen las tendencias naturales. Los abogados existen porque hay leyes, y las leyes no son más que el ordenamiento racional de la sociedad; que el anarca postulara la desobediencia general era como lanzar un misil contra el corazón del mundo conocido del cual recibía su sustento el padre del muchacho.
Pero el joven Dreyeris no concebía mejor paraíso que aquel en el que pudiera vivir libre de la obligación de ser algo. La señora Dreyeris, mucho más sutil que su marido, rápido le devolvía a la realidad cuando le oía soñar: ¿la indolencia le daría de comer? ¿De donde sacaría su ropa de marca? ¿Cómo se desplazaría por la gran ciudad sin gasolina? ¿Adónde podría ir que no tuviera que pagar? ¿Qué mujer querría a un hombre sin oficio ni beneficio? Y si nadie producía, ¿cómo se mantendrían la economía y las cotas de bienestar de que gozaban? Su madre lo proclamaba sin ambages: todos eran esclavos de un sistema que había dispuesto mecanismos eficaces para asegurar su perpetuación a costa de los individuos menos favorecidos por la naturaleza. En un mundo así, no ser ambicioso era una condena de muerte.
Philip tomó un bizcocho.
-No voy a ninguna parte: es que no podía dormir.
De nuevo el silencio cayó sobre la mesa familiar. Philip se metió el bizcocho en la boca: no le supo a nada. La maldita manía de su madre por los productos light que no engordan ni dan gusto. Su padre apagó la radio: había acabado el noticiario. Tic-tac; tic-tac; el reloj de la cocina marcaba el ritmo de sus inspiraciones y espiraciones. Tic-tac. Ring-rang-ring. La señora Dreyeris hizo ademán de levantarse para contestar el teléfono, pero Philip fue más rápido.
-Deja; ya voy yo.
Después de echar un bostezo, Dreyeris levantó el auricular.
-¿Sí, quién es?
-¡Buenos días! ¿Está Philip?
Una voz de chica, y preguntando por él: aquello era lo más raro del mundo.
-Soy yo, ¿quién habla?
-Pero, ¿no me reconoces? El otro día en Barglava...
Era Alma, ¡horror! El teléfono resbaló de sus manos súbitamente sudadas.
--¡Ah sí; ya caigo!
-Te llamaba para preguntarte si fuiste por fin a visitar a Ariel...
-Sí; el profesor Lippershey me acompañó; y menos mal. Tú tenías razón: Ariel parece un muerto viviente.
-¿Y eso?
-¡Cualquiera sabe! Él afirma que le atacaron los extraterrestres con un rayo...
-¡Pobre; está afectado de la cabeza!
-Yo le creo.
-Y, ¿qué opina tu amigo?
-Si te refieres a Lippershey, no da mucho crédito a la historia. Bueno; eso dice él. Pero yo sé que duda.
-En fin, qué cosas pasan...
-Ya...
-Algún día podríamos quedar para tomar un café y así me lo cuentas todo con más detalle -sugirió la joven-. Es que ahora he de volar para llegar a Barglava. Dime, ¿cuándo te viene bien? El sábado por la tarde ¿haces alguna cosa?
-Es que; no sé... ; yo... -resopló angustiado.
-¿El domingo entonces?
-Bueno -dijo, con poca convicción el mozo asocial, como resignándose a su suerte.
-Pues a las seis en la plaza del Ayuntamiento de Milanovi. ¡No me falles! ¡Hasta la vista!
Philip, blanco como una sábana, colgó el teléfono: sin comerlo ni beberlo, se había embarcado en una cita ¡con Alma! Se pellizcó: tenía que ser una pesadilla. “¡Qué asquerosa! Me ha hecho pasar un mal rato a propósito; ¿quién entiende a la gente? Ven que no te apetece salir y se empeñan, porque no ha podido pasarle inadvertida mi reticencia. Son ganas de fastidiar. Si a Alma hace siglos que no la veo. ¿Qué bicho le habrá picado? ¡Dios!”
Todo descompuesto, regresó a la cocina a terminar el desayuno. Pero la verdad es que había perdido el apetito.
-¿Quién era? -inquirió su madre, muy intrigada; había creído entender, por el tono, que su niño hablaba con una muchacha.
-Nadie: Alma, una compañera del colegio.
-¿Alma, la hija de Carl Barsdir? -preguntó el padre de Philip sacando los ojos del diario con un brillo muy especial: Carl Barsdir era el más importante empresario hostelero de Milanovi.
-La misma -suspiró el joven.
-Esa es la clase de amistades que debes cultivar, y no Lippershey -afirmó, categórico el hombre-. Una chica buena y sensata, con un gran porvenir. Y, ¿has quedado con ella? Me parece estupendo. Por una vez haces una cosa a derechas...
Philip opinaba lo contrario, y durante los días que mediaron entre la llamada y la cita no dejó un solo segundo de pensar estratagemas para salir del apuro. Por lo menos, esta preocupación le salvó de acordarse de Ariel y su desgraciado sino. Tampoco pensó mucho en Lippershey.

*****

Pero todavía la mañana del domingo buscaba afanoso una explicación convincente que justificara el plantón: enfermedad, una fiebre repentina; hoy me he levantado muy malo, con la frente ardiendo y un dolor de cabeza, chica, que es de lo peorcito, que no mejora ni con las tres aspirinas que me metido entre pecho y espalda. Así, ¿cómo voy a salir a la calle? Antes de abandonar la casa decidió que usaría la estrategia que mejor resultado daba para alejar a los pesados: hablar poco y esperar que se aburran.
El truco no funcionó con Alma. Sólo había que observar el gozo con el que lo miraba para entender que su interés por él era auténtico. En el colegio le había perseguido durante una temporada, pero la falta de respuesta la había hecho volcar su entusiasmo en otros chicos más alegres. Parecía que no quería perder la segunda oportunidad que el azar le había facilitado.
Pasaron toda la tarde sentados en la mesa de una pastelería.
Philip odiaba su sonrisa bobalicona, su voz aguda, su manera de echar el pelo hacia atrás una y otra vez, sólo por capricho; la odiaba toda entera, sobre todo cuando le hablaba de la ropa que se iba a comprar para la temporada otoño-invierno, y del bolso de Louis Vouitton, auténtico, que le había regalado su amiga Sara, que estaba, por cierto, a punto de dar a luz: ‘mira, de nuestra edad, y ya con un bebé, ¿no te parece increíble?’ Era una niña de papá. Y una cursi, que decía cosas como: “qué bonitos los pajaritos; y los arbolitos, en otoño: caen las hojas, que bonito también; y el cielo, gris, está precioso; ¿no lo crees?” Lo único que le apetecía era largarse a casa, aunque fuera para estudiar algún odioso libro de Derecho.
Cuando le dijo que tenía que retirarse pronto para repasar, a ella se le desinflaron los pulmones.
Le propuso que se vieran otro día. ‘¡Lo he pasado tan bien!’, dijo, y Philip, no podía entender por qué: para él había sido la tarde más aburrida y violenta de toda su vida. Pensó en los aspectos prácticos. Alma había tenido muchos novios, luego se le presumía experiencia en un terreno en el que él no tenía ninguna. Si la rechazaba sería un estúpido: a saber cuándo se le presentaba una oportunidad como aquella para ligar; pero si se lanzaba, ella iba a pensar que estaba desesperado... y no se equivocaría. Además, no quería problemas. Las mujeres siempre se creaban falsas expectativas con esas cosas, solía decir Lippershey. No obstante recordó los consejos de su padre: Alma es una chica buena y sensata, con un gran porvenir, una amistad que conviene cultivar... Así que quedaron citados para el fin de semana siguiente. Alma no sólo le había hablado de ‘mostrarle el mundo de la noche’, ese que él describía como: ‘música destrozatimpanos, jóvenes drogados, borrachos, ligones de medio pelo: la decadencia de occidente’, sino de una acampada en Barglava que llevaría a cabo en cuanto surgiera un día bonito y cálido. Sí, le gustaban esos esfuerzos físicos e incomodidades al aire libre.
La señora Dreyeris le preguntó a su hijo qué tal le había ido con Alma. Su padre le repitió la pregunta en el pasillo, pero no hubo respuesta. “Este chico, este chico...”
Nada más encerrarse en su cuarto se puso a estudiar.
En una hora avanzó ocho líneas de texto: “...así como el caos de las percepciones sensoriales sólo se convierte en cosmos, es decir, en naturaleza como un sistema unitario, mediante el conocimiento ordenador de la ciencia, también la multiplicidad de normas jurídicas generales e individuales producida por los órganos jurídicos, que constituyen el material dado a la ciencia del Derecho, sólo se convierte en un sistema unitario y consistente, en un orden jurídico, mediante el conocimiento de la ciencia jurídica."
Toda una marea de pensamientos, destrozaba los diques de su concentración y le anegaba el cerebro, revolviendo las palabras, agitándolas, mezclándolas en un caos ininteligible pero sin hacerlas desaparecer del todo, haciendo surgir de las múltiples combinaciones nuevos periodos de conformación anormal, cada vez más oscuras y abstrusas. Philip luchó por llenarse con la teoría pura de Kelsen, que tan limpia y aséptica parecía en la cartesiana configuración de la página. El sudor corría por su frente. Se sentía mareado; volvía a empezar: "...así como el caos de las percepciones sensoriales.”"; volvía al tope: "...mediante el conocimiento de la ciencia jurídica." La frase se repetía como un leit motiv, inscrito en una partitura que exigía una ejecución vibrante. Parecían las idas y venidas del carro de una máquina de escribir. El tecleo violento, el golpe final, después de la campanilla; y la mente, trabajando al margen de los dedos, involucrada en tramas groseras teñidas con los más tenebrosos colores del espectro luminoso.
Había algo extraño dentro de su mente, algo que impedía que las letras y las palabras entraran en su cerebro y se asentaran en él. Veía el rostro de Anabel Spengler, que también había contemplado en multitud de mujeres, mientras conversaba con Alma en la confitería. Era como en sus sueños, pero mezclado con recuerdos sobre el infortunado Ariel, que nunca cesaban de asaltarle. Cuanto más pensaba en lo que le había dicho Lippershey sobre los peligros de la obsesión, más se obsesionaba. Sin querer escribió el nombre de Anabel en la página de su libro.
Philip abandonó el estudio, y se metió en la cama. No tardó en rendirse a los embriagadores efluvios narcóticos que destilaban todas las glándulas de su cuerpo. Con la llegada del sueño, sus angustias murieron. Pero una vez más, experimentó el zumbido horrible y la parálisis, que concluyó con la llegada de la Anabel soñada, mucho más atrevida aún que la real.

Comentarios

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  • Fecha: lunes, 05 de junio de 2006
  •  | 
  • Hora: 0:07

Autor: Invitado_arberiano

Oye, ¿Barglava es un pueblo de Transilvania?

¿Esta es una novela de vampiros?

¿Sale Drácula y eso?

  • Fecha: lunes, 05 de junio de 2006
  •  | 
  • Hora: 0:11

Autor: Transil

Realmente es un pueblo de Rumanía.

Yo estuve allí el verano pasado y es un sitio muy pintoresco y eso.

  • Fecha: lunes, 05 de junio de 2006
  •  | 
  • Hora: 9:17

Autor: rluzmila

Me parece que debes resumir este capítulo.