martes, 13 de junio de 2006
Regina Irae - Parte I - XV
CAPÍTULO 15
Al escuchar un portazo, el doctor Adamski sacó la cabeza del montón de papeles bajo el que yacía enterrado. Lippershey había llegado a su despacho. Se le ocurrió que podría volver a presionarle para que le prestara ayuda en el asunto del Monstruo. Descartó la idea. Estimaba demasiado sus oídos.
Suspiró. Con agilidad lió un cigarrillo de marihuana con un poco de picadura verdosa, marroquí, muy buena. Había leído que quienes fumaban habitualmente tenían más posibilidades de desarrollar una depresión o enfermedades mentales. Pero él sabía que no era más que propaganda del Sistema para evitar que la gente usara aquella ‘herramienta de poder’ que facilitaba la apertura de los chakras y el ascenso a una conciencia superior de libertad absoluta. La eterna Conspiración para controlar al pueblo. Además, él no necesitaba de drogas para tener depresiones.
Inspirado por los humos del cannabis, empezó a escribir a buena velocidad, echando ojeadas rápidas a los informes necrópsicos sobre la desvisceración de las vacas de Barglava que estaban desperdigados sobre su mesa, entre fotos de animales muertos con mutilaciones, figuritas de ovnis con forma de campana y el símbolo de Ummo dibujado en el fuselaje, y varios libros de autoayuda con aparatosos puntos de lectura.
De pronto, la puerta de abrió. Por instinto, Sergio apagó el cigarro y trató de deshacer la nube maloliente. En un agujero del gas tóxico vio el rostro burlón del profesor Lippershey.
-¿Todavía cree que vive en aquella comuna hippie? Siga así, aunque prefiero que use la cocaína: mata más rápido -dijo, con una voz que a Sergio le sonó lejana.
-¿Qué quiere? -susurró, desmayado el tono. Sentía la lengua floja.
-Cumplo mi promesa: aquí le traigo el resto del informe sobre mi investigación en Barglava. Las fotografías que saqué de los testigos de la aparición del Monstruo, croquis sobre el terreno de Algaliot de Lucián Faenza, muestras de terreno de la finca... Júntelo con los testimonios de los pueblerinos mataganado... -dijo Sir Alex, arrojando las pruebas que había descrito sobre la caótica mesa de Adamski para aumentar el batiburrillo.
El profesor Lippershey, luego de echar una miradita de arriba abajo a su embriagado compañero y carraspear para quitarse el cannabáceo de la garganta, se dio media vuelta.
-Espere... -suplicó Sergio, tras unos instantes de vacilación-. Tengo que hablar con usted...
-No tengo tiempo; lo siento.
-Por favor.
Sir Alex se detuvo junto a la puerta.
-Voy a escribir un libro sobre la fenomenología paranormal en la región de Mende desde los años 50 hasta la actualidad.
-¿Otro? -dijo Sir Alex sorprendido.
-Esta vez será una opus mágnum, casi una enciclopedia, un futuro libro de referencia sobre el tema...
Al inglés se le escapó una risita.
-Bien, haga lo que le apetezca. No pienso leerlo...
-Usted investigó el caso del Monstruo años atrás. Me gustaría acceder a su documentación... -dijo el hombrecillo, retraído.
Sonaron otro par de portazos. Sergio frunció el ceño.
*****
Sir Alex se puso a teclear frenético sobre su PC portátil. Había cerrado con llave la puerta del despacho para no recibir visitas inesperadas. Un par de veces tocaron a la puerta: por el sonido de los nudillos sabía que era Marta Delmont. Una riña a aquellas horas le hubiera distraído de su tarea.
La imagen más truculenta de Ariel Varnemati apareció en el visor de archivos gráficos. Con un toque de tecla, cambió al procesador de textos, donde se abrió con rapidez el contenido de la entrevista, transcrito, con exactitud y sin faltas de ortografía, por Ariane Lavalle.
Una mujer espectral. Aquellas tres palabras revoloteaban como satélites el centro rector de su raciocinio. Una mujer espectral que tenía el mismo campo de actuación que el monstruo de Barglava. Pero, si no se trataba de la recreación de un arquetipo, pues había pruebas físicas irrefutables, ¿qué otra cosa podría ser?
Se le ocurrió que tal vez una mujer de carne y hueso, disimulada bajo tal disfraz, dotada de intención malvada podría conseguir un efecto similar.
Sólo su propósito era ignoto; porque los métodos estaban claros: hipnosis, sugestión, quizás algún medio tecnológico...
Y, ¿quién en aquella comarca, poseía los recursos y la mala fe pertinentes para malversar viejas leyendas? ¿Tal vez Anabel Spengler? La fecha de la agresión de Ariel (Octubre del año anterior) coincidía con la aparición de la dama (y con la oleada ovni del siglo), aunque no era menos cierto que sucesos parecidos se repetían desde mucho tiempo antes de que los abuelos de los abuelos de la baronesa hubieran nacido. No podía ser obra de una sola persona, sino de un grupo bien organizado, persistente y secreto...
Sir Alex tecleó el nombre de Anabel en el buscador. Todas las páginas que le aparecían tenían que ver con la difunta: y en todas se trataba de información irrelevante y manipulada.
Donaciones a colegios, hospitales, cooperativas, fundaciones humanitarias; negocios, préstamo bancarios, viñedos... ¡Bah! Tanta generosidad y viveza empresarial siempre despertaban en él más recelo que admiración. Y aunque estaba probado que la vieja había pertenecido a organizaciones perversas (neonazis, neopaganas, diabólicas), nada de eso aparecía en Internet.
Así como tampoco se aludía a sus tratos con un tal Von Neumann, viejo fósil nazi defensor de las inmutables virtudes ecológico-genéticas de la raza aria.
El señor Theodor D'Angelis, bautizado Heinrich Von Neumann, y gran admirador de Hitler, aún dirigía la extraña sociedad Thule, a la cual había estado afiliada Anabel I.
Para poner de manifiesto de la catadura del tal Heinrich, baste saber que en uno de sus opúsculos se podía leer que Hitler no se había suicidado en el búnker, como, tontos ellos, siempre han creído los historiadores poco informados, sino que había sido trasladado por su guardia de caballeros negros (“SS”) al reino subterráneo de Agartha, donde, rodeado de la corte de sabios budistas del famoso Rey Del Mundo, Sanat Kumara (alias Rygden Gyepo) verdadero soberano del planeta en la sombra, había vivido hasta los noventa añitos.
A la diestra de esta especie de Dios padre y de sus hijos espirituales, los superhombres, el buen Adolf había seguido dirigiendo los asuntos de sus fieles.
Cuando falleció, los arhats lo colocaron en un féretro de cristal en el Paraíso Escondido (que unos ubicaban en la Patagonia, y otros en el centro de la tierra), en espera de los tiempos profetizados en que habría de volver a la vida para coronarse como Rey de los Arios.
Para Theodor, como para los cristianos del siglo II, los tiempos estaban cercanos y aunque era un octogenario, estaba convencido de que vería el despertar del Rey Durmiente y serviría bajo su mando en la Era Dorada de la Renovación Cíclica del Mundo.
Por si fuera poco, Anabel I le había prometido que intercedería por él ante unos supuestos entes supracósmicos dotados de infinitos poderes (que ella denominaba, como Blavatski , Superiores Desconocidos) a fin de que se le pudiera marcar con el Sello de Apolo, que confiere la inmortalidad y la eterna juventud.
Durante un tiempo, el profesor Lippershey había contado con un informador en la Sociedad Thule llamado Ander Basquit, gracias al cual había llegado a averiguar todas estas necedades que le producían hilaridad sin cuento.
Bien es verdad que desde hacía justo un año, el confidente se mostraba notablemente parco en sus delaciones. Decía estar enfermo, pero su mal mostraba todos los síntomas del miedo. Curioso hecho que sus achaques se agravaran coincidiendo con la súbita llegada de la joven Anabel II, y que sufriera una pequeña mejoría cuando ésta desapareció tras haberse encargado del funeral de su tía. Algo raro le había pasado, algo muy raro. No contestaba a sus llamadas, no salía de casa. Las palabras Anabel Spengler II le ponían los pelos de punta...
Esa gente, las Spengler, sacaban de quicio a Lippershey: eran personas sin pasado, que frustraban su curiosidad innata; ni siquiera él, que se había tomado la molestia de investigar sobre Anabel I durante los suficientes años como para considerar que sufría una obsesión al respecto, sabía todavía quién había sido la iniciadora del linaje en realidad, y de dónde había venido. No había nada que le turbara tanto como pensar que ella había reído a carcajadas mientras expiraba, segura de haberse librado para siempre de su agobiante acoso.
Aunque no le permitieron asistir a su funeral, ni Anabel II le atendió entonces, usó sus contactos para conocer algunos datos sobre la nueva Baronesa.
Varnais, alcalde de Barglava, le contó que, un mes antes del deceso, la joven se había presentado en el pueblo sin equipaje, sin más pertenencias que lo puesto, con un aire fresco incompatible con las horas interminables de un viaje internacional, afectando sonrisas.
Los lugareños la tomaron al principio por una turista; su cara, que no les resultaba familiar, y su acento inidentificable, que parecía fingido, apoyaban la intuición. Mas pronto reveló su parentesco con la señora del castillo, para sorpresa de todos, que nunca habían oído hablar de que Anabel Spengler tuviera familia.
En los últimos días, el doctor Maris, médico del pueblo, cada vez que bajaba del castillo solía decir: “De hoy no pasa; qué malita está”. Y pronto dejó de dar explicaciones; se limitaba a menear la cabeza como una campana que tañe lúgubres anuncios de defunción: el caso estaba visto para sentencia.
La maquinaria del chismorreo se puso en marcha de inmediato: a alguien se le ocurrió decir “¡Qué raro!”; y en poco tiempo, a todos les parecía “rarísimo” que la baronesa, entrada en años, sí, y que siempre había mostrado predisposición a sufrir enfermedades dolorosas y repentinas, tuviera tanta prisa por irse a la tumba.
En treinta días se consumó la profecía y Anabel Spengler falleció, según el médico, de un paro cardíaco mientras dormía.
Pero muchos creyeron entonces, sin más fundamento que la maledicencia pura, que el doctor Maris se había conchabado con la joven Anabel para ocultar un crimen aborrecible, que lo era tanto por estar implicada la codicia como por andar por medio el parentesco, dos circunstancias que suelen concurrir, con bastante frecuencia en las muertes violentas...
Sir Alex escribió con rasgos nerviosos y violentos: la joven Anabel sigue los pasos de la vieja, y tal vez le puso veneno en el café. En principio, ese sería un motivo por el cual debería estimarla. No obstante, es mala; tiene que serlo: la investigaré.
De pronto, se frotó los ojos: sin saber por qué, quizás por haber tocado inadvertidamente alguna combinación de teclas, la foto del despellejado y cuasi-finado Ariel había vuelto a ocupar la pantalla. Tenía que a hablar con él de nuevo. La mujer espectral...
*****
Pero por mucho que insistió, los padres de Ariel se negaron a concederle otra entrevista. El chico había sufrido un empeoramiento que lo había llevado de cabeza al hospital, de donde incluso un espíritu poco intuitivo vería que no saldría nunca. Sir Alex se sintió frustrado porque aquella gente pusiera tantas trabas a su investigación. Ariane, por su parte, se sorprendía de que fuera ese el motivo de su molestia y no el no poder ayudar al joven a mejorar de estado, que era la actitud correcta.
Por lo menos, de Anabel Spengler fueron llegando más informaciones para llenar la carpeta.
Un criado de la casa D’Armani que solía chismorrearle noticias de su ama, le contó que se había visto a Anabel rondando por los salones del palacio de Miramar, y a Cristina muy acaramelada con ella. Una noche de luna llena habían salido juntas rumbo a un destino desconocido, de lo cual se deducía que Anabel participaba en las actividades de la secta, cuyas reuniones se celebraban siempre con el apogeo lunar.
-Mis temores se confirman -le dijo a la señora Lavalle, que atendía absorta a sus deducciones-. Por lo que me han contado, Cristina tiene a Anabel Spengler II en su corazón, en un sentido romántico, cosa que resulta de lo más chocante, teniendo en cuenta que la duquesa es estrictamente heterosexual. Parece ser que la joven Baronesa sabe como fascinar a las almas débiles; eso también lo hacía de maravilla su tía.
-Pues sí que es polifacética esa señorita: sectas satánicas, sectas nazis... y ligarse a duquesas -bromeó la mujer.
-Y lo que no sabemos...
Ella sonrió.
-Pero, ¿de verdad cree que tiene tiempo y humor para dedicarse a todas esas cosas?
-Por supuesto. Hoy vamos a la sede de la Sociedad Thule a escuchar una conferencia de Theodor D’Angelis sobre la Atlántida -informó-. Y verá como nos la encontramos allí.
Ariane se puso la mano en el pecho.
-¿Vamos a ir a una asociación de nazis? Oh, no me gustaría que nadie conocido me viera en un lugar de esa clase.
-Despreocúpese, mujer. Estamos indagando en bien de las buenas costumbres.
Tal excusa no convenció a la señora Lavalle. Hasta última hora pensó que él le había dicho aquello sólo para asustarla, pero cuando lo vio tomar el bastón y la gorra, empezó a preocuparse en serio. ¿Por qué estaba tan empecinado con ese asunto?
*****
La sede de la sociedad Nueva Thule ocupaba un lujoso y céntrico inmueble en las cercanías del Parque Central, corazón verde de la parte reciente de la villa, hecha a partir de ensanches en damero. No había símbolos nazis a la vista; sólo una leyenda formada por letras góticas de tamaño discreto pintadas en una cristalera denunciaba la presencia, de individuos afines a la ideología hitleriana entre los calibaneses, a los que por otra parte, parecía importar bien poco.
Traspusieron las puertas de cristal con determinación uno, y cierto temor la otra, o por lo menos mirando con suspicacia a los asistentes a la conferencia, que se saludaban unos a otros con el brazo en alto.
Al final del pasillo vieron la muchedumbre que se apiñaba junto a la puerta del auditorio, formada en su mayor parte por jovenzuelos de catorce o quince años, vestidos a lo skin head.
Hasta Theodor los miraba con asco. Sólo eran buenos para pegarles patadas a los negros, los judíos, los mariquitas, los rojos y demás escoria. Cabeza no les presumía mucha: había que estar muy encima de ellos para evitar que escribieran en los muros “abajo la democracia” sin faltas de ortografía.
El hombre estaba encantado, no obstante, con la buena asistencia de público; y no podía disimular que había pasado la media hora anterior peinando sus abundantes cabellos blancos y rasurando los pelillos que incomodaban su rostro a los que sólo permitía aflorar como elegante bigote con perilla, casi de mosquetero. En su cara se reflejaba tal satisfacción que su piel parecía estirada por obra y gracia del bisturí, haciéndole un favor a su figura de regordete y sonrosado caballero otoñal.
Pero cuando vio acercarse a Sir Alex y a su acompañante, se quedó serio. Dio un golpe de voz. De en medio de aquel grupo salieron varios elementos discordantes: un joven de anatomía cuadrada, con unas manos de palma honda, nariz larga, cuello ancho, hirsuto; un treintañero con pinta de amanerado; y un hombre maduro muy fino, que fumaba en pipa y vestía con elegancia.
-Usted no es bienvenido a mi casa -le dijo con escarpado acento alemán a Sir Alex, que le contestó con no menos elocuente acento inglés, en cuanto llegó a su altura:
-Lo sé, por eso vengo.
Los otros tres thuleanos no desclavaban la mirada del fibroso caballero.
-Si no le importa, me gustaría hablar en privado con usted -dijo éste, recorriendo uno por uno los rostros que le vigilaban y viviseccionaban, hasta terminar en el del viejo nazi.
-No trato con gente de su ralea. Además, dentro de unos minutos empieza la conferencia.
-No se preocupe; hablaremos luego: puedo soportar todas sus necedades. Por cierto, ¿sabe si Anabel Spengler II vendrá a escucharle o, tal vez, no es tan masoquista como yo?
Theodor, seguido por su camarilla, se dirigió con el ceño fruncido, caminando con dificultad y con ayuda del joven amanerado, hacia la sala de conferencias. Sir Alex rió satisfecho. A Ariane, en cambio, le corría el sudor por la espalda.
-Tranquilícese, jovencita. No la van a llevar a la cámara de gas. Sólo son una partida de chiflados conspiradores.
-Entonces mejor dejarlos en paz, ¿no?
-No -replicó él, divertido.
Sentados en la última fila, el profesor Lippershey y la señora Lavalle atendieron a todas las eruditas explicaciones del historiador acerca de las siete épocas de la Atlántida y de sus correspondientes subrrazas de Rmoahals, Tlavati, Toltecs, Turanianos, Arios, Akkadianos y Mongoles; de los híbridos Hombre-Dios, Superhombres de etérea consistencia, plenos de poderes místicos, como el de hacer germinar las semillas con el pensamiento, a los cuales adoraban sus habitantes; y de la perversión de los ritos cósmicos de magia negra, incluidas prácticas sexuales anómalas como el bestialismo, que desencadenaron la liberación de fuerzas cuya catastrófica conclusión no fue otra que el hundimiento de la Isla Continente en las fauces del Atlántico.
Ariane terminó con dolor de cabeza, que se agudizó al ver que todos los asistentes menos dos (adivinen quiénes) aplaudían a rabiar. Según Theodor, los representantes de la raza postatlántica, en compensación por la pérdida de sus poderes, habían sido agraciados con la concesión de la facultad superior del pensamiento. Observando el panorama, Sir Alex lo dudaba.
-Y la señorita Spengler no ha aparecido... -informó la mujer, frotándose la frente.
-Mejor -dijo Lippershey, para su sorpresa.
Antes de que a Theodor le diera tiempo a escabullirse, fueron a buscarlo al pie de la tarima desde donde había dado tan instructiva lección de Historia. Iaçinthus, el chico de modales suaves que le ayudaba a caminar, le susurró algo en el oído; el fornido Artús, se puso delante de su jefe para protegerlo del profesor Lippershey.
Pero el señor Von Neumann, les ordenó que les dejaran a solas. Mientras la concurrencia iba abandonando la sala. Theodor volvió a sentarse en la silla, con aspecto muy achacoso. Desde una puerta entreabierta, Iaçinthus, Artús y Werner, el hombre de la pipa, espiaban, sin escuchar, la reunión.
-Diga lo que quiere de una vez. Estoy cansado.
Lippershey apoyó un pie en el tablado; Ariane, que también se había sentado, observaba la decoración de esvásticas, pósters de Hitler ataviado como un caballero andante, alegorías de la superioridad de la raza aria, y demás lindezas, con el ánimo sobrecogido, pero curiosa.
-Quisiera que me hablara de Anabel Spengler II. ¿Está con ustedes?
-No entiendo lo que me está diciendo... -susurró el alemán, acariciándose la perilla blanca.
-Lo sabe perfectamente. Tengo una foto donde se la ve entrando en este tugurio -dijo Sir Alex, lanzando un farol.
-Este es un país libre, y desde luego, yo no cierro las puertas de la sociedad a nadie.
-Entonces, admite que ella está tan introducida en esto como su tía.
Theodor forzó unas cuantas arrugas en su frente.
-¿A usted qué le importa? Métase en sus asuntos.
En este punto Lippershey armó una sonrisa irónica muy pronunciada.
-No sé cómo confía en esa gente. Anabel I le tomó el pelo con sus promesas de inmortalidad y regeneración. ¿No se da cuenta de que todo en lo que usted cree es una falsedad? Y sabe muy bien a qué se dedicaba su vieja y demente amiga...
El alemán sufrió una convulsión.
Aunque había admirado a Anabel I por su capacidad para relacionarse con las jerarquías celestes sabía, que, en efecto, había sido sacerdotisa del culto a la Diosa Madre.
Había oído decir que esas mujeres, que celebraban sus ceremonias en lugares apartados, umbríos, en torno a ruinas desperdigadas de templos romanos medio deglutidos por feraces bosques, formaban un círculo de maldad inconcebible en representantes del bello sexo: algunos contaban que sacrificaban personas a su diosa, incluso que bebían la sangre derramada con la misma falta de escrúpulos de sus antepasados en la infancia del hombre. Anabel, sin duda, había dado el tipo de sacerdotisa de tal religión demoníaca. Siendo Theodor un hombre con mucha imaginación, no le costaba ningún trabajo representársela blandiendo una afilada hoz y castrando a diestro y siniestro.
En todo caso, eso ya no tenía importancia.
-Lippershey, me está importunando, como de costumbre. Anabel está muerta. Su sobrina es un encanto. Hemos hablado algunas veces, pero no está en mi asociación. Espero que esto le deje más tranquilo -entonces hizo un gesto con la mano. Artús y Iaçinthus llegaron a toda prisa junto al viejo nazi. Ariane se preparó para salir corriendo. Sir Alex sabía que la conversación había terminado.
Sin despedirse, se dio media vuelta.
*****
Sólo con que nuestros amigos hubieran aguardado unos minutos más en las instalaciones de la Sociedad Thule, hubieran tenido el gusto de cruzarse con Anabel Spengler.
Su chófer, Filbert, un joven acabado y bien parecido, alto como una torre y ancho de pecho, pero dotado de una expresión bastante estúpida, le abrió la portezuela del auto con el donaire con que afrontaba las tareas serviles cuando ella estaba delante para darle sus parabienes.
La baronesa reconoció de lejos la fisonomía del profesor Lippershey, que caminaba junto bajo los sauces del parque con una mujer de corta estatura, gesticulando mucho, en dirección hacia la Vilavetera.
-¡Pero si es Alex! Vaya, tendría que haber imaginado que no resistiría la tentación de venir a ver a Theodor. Tal vez debería haber dejado que los mozos de Barglava le dieran un chapuzón en el río. Bueno, al menos agradeció mi intervención muy caballeroso -Anabel remedó una reverencia paródica con un imaginario chambergo de plumas, que excitó la risa del muchacho.
-¡No sabía con quién estaba tratando!
-Confieso que me saca de mis casillas con su escepticismo a machamartillo y su insistencia: ¡dudaría de la inminencia del fin del mundo aunque el suelo se abriera bajo sus pies y brotaran ríos de lava! Pero eso está muy mal: no podemos consentir que un parapsicólogo cuestione los fenómenos paranormales. ¡Quisiera tanto ganarlo para nuestra causa! Ese viejo zorro, ese inglés astuto. Es difícil engatusarlo: su mente es clara y su voluntad, férrea. Pero lo lógico es que ante la evidencia, claudique hasta la incredulidad más recalcitrante. Y yo soy una experta fabricando evidencias... Se me han ocurrido algunas ideas -y le susurró unas cuantas de ellas en el oído al mozo enfundado en el traje de chófer.
Él, riendo, alabó la imaginación de su señora, siempre tan fecunda, y su talento. Ella le dio una cariñosa palmada en la coronilla.
-No te marches, pequeño; en menos de diez minutos me reúno contigo.
“Me pidió que le prestara dinero. No me apeteció discutir: le extendí un cheque por una cifra nada despreciable. Esperaba que con aquello tuviera bastante para los siguientes quince días. Le advertí, además, que no babeara tanto delante de los billetes, "que no eran más que papeles de colores, válidos para los intercambios mercantiles porque así lo han dispuesto los Príncipes de este Mundo; el número de la Bestia, sin el que nadie puede comprar ni vender". Como filosofía no estaba mal, me replicó; pero necesitaba tres pares de pantalones nuevos, no sé cuántas camisas y complementos a juego; los comerciantes no atenderían a razones si en lugar del contante y sonante les ponía sobre el mostrador la demostración de que vivían en el engaño al conferirle valor a trozos de papel; en cuanto a la bestia, a la verdadera bestia, como bien sabes, me recordó, le traen sin cuidado las artes de Mercurio: ni en el Reino de los Cielos ni en el Hades se mercadea con cosas tan bajas. La mención del Cielo y del Infierno me sumió en un letargo melancólico, que cualquier observador avisado habría confundido con la nostalgia de un emigrante en tierra extraña. Fue entonces cuando recordé mi patria verdadera...”
*****
Sir Alex no se arredró por las quejas expuestas por Ariane acerca de los lugares que le hacía frecuentar. Ella tenía una reputación que mantener; y además se había sentido muy incómoda rodeada de las esvásticas y toda la parafernalia totalitaria. Ya tenía bastante con vivir en la calle del mariscal Valerio Dante, un dictador de los años treinta que había dirigido un gobierno pro-nazi, y que no sé sabía atendiendo a qué política, tenía el honor de dar nombre a una de las más lujosas avenidas de la colonia Belavista. Cada vez que rellenaba un formulario, la miraban de medio lado.
Al inglés le hicieron tanta gracia sus comentarios que se empeñó en enseñarle algo en el Museo Arqueológico.
Así que tomaron a toda velocidad la faraónica Avenida Bajadur, que concluía en el Puente de Carolus I, donde la culebra fluvial hacía un meandro suave que acariciaba la linde norte del Parque. Justo a sus pies la muralla medieval cercaba las laderas del altozano sobre el cual se había erigido la Vilavetera (Ciudad Antigua). En primer término, destacaba la Ciudadela, bastión octogonal con lienzos de sillería y torres semicirculares, rodeado de praderías y sauces de lánguidas ramas que, situada a mayor altura que el resto de la villa, semejaba una nave varada en un Ararat venido a menos.
La arrastró hacia la Vilavetera a través de una puerta fortificada, sin dejar de dar explicaciones de guía turístico. Tal parecía que él era el nativo y ella una visitante despistada. Las glosas aumentaron en el barrio medieval, un laberinto de rúas, escalinatas, calles ciegas y fachadas que se besaban en la boca. Ariane se quejaba de la velocidad de su paso. ¿Cómo podía caminar a esa velocidad y hablar a la vez?
Pese a todo, arribaron en poco tiempo a la plaza del Obispo Renzo, rodeada de palacios renacentistas. La espectacular catedral de san Jorge dominaba el conjunto con sus dos torres caladas de vitrales, mucho más espigadas que las de la de Estrasburgo. Pegados a sus muros, el Palacio Arzobispal y el Convento de Santo Domenghi, reconstruido como Museo Arqueológico. Sir Alex la condujo hacia atrás en la Historia con sólo cruzar una puerta.
En la Sala de la Edad de los Metales y del Neolítico contemplaron un montón de objetos relacionados con el culto a la Diosa Madre, encerrados en urnas de cristal. El profesor le hizo notar a su acompañante las esvásticas que adornaban un glifo antiquísimo. Ella las observó con una mezcla de admiración y temor.
-La esvástica es un motivo frecuente en el arte de casi todos los pueblos antiguos -explicó Sir Alex-. La India, los indígenas americanos, Grecia, los Balcanes, los germanos... Para los budistas es símbolo de la “Rueda de la Ley”, y para los hindúes representa al conocimiento. Incluso la tomaron los masones y los cristianos. Fíjese: ésta es sinistrógira; buena señal: es sinónimo de creación. La de Hitler era dextrógira. Esa gente utilizó un símbolo milenario para dotar de sacralidad a su absurda y aberrante ideología. Se cree que es representa al sol, con un punto fijo en el centro y los brazos en rotación. En principio, es masculina, pero no debemos olvidar que en las muchas culturas antiguas el sol era femenino, con lo cual aparece el vínculo con la Diosa Madre. Para que vea que hay más relación de la que parece entre los nazis y la Vieja Religión.
-¡Qué interesante! -dijo Ariane, para darle gusto, pero sin convencerse.
En la sección de Arte Prehistórico, Lippershey empezó a perder el respeto por la Historia y a hacer gansadas.
Dentro de una vitrina, había una de las estatuillas de grandes senos, muslos grasientos y vientre y caderas generosos que los expertos denominan Venus, que, enseguida, concitó la atención del chistoso Sir Alex. Fue bastante impertinente al comparar a la oronda (que no gorda) Ariane con aquella muestra del arte auriñaciense, pero ella sólo se enfadó en broma.
-Este era el ideal de belleza de nuestros primeros padres. Las mujeres opulentas las fascinaban, la hembra en el apogeo de la maternidad. Tan alta estima tenían a este canon que incluso cuando se morían se llevaban una representación de él. Han aparecido Venus asociadas a enterramientos que...
-Usted si que va a quedar asociado a un enterramiento como no se muerda la lengua -respondió la mujer, fingiendo severidad, encantada, sobre todo de no ver nazis en lontananza.
*****
Senn' Anabel le hizo el saludo imperial a la guapa recepcionista de Theodor D’Angelis y, con menos efusividad, a unos jovenzuelos que, de pie, junto a la sala de conferencias, debatían sobre el significado de un pasaje de la obra maestra de la filosofía titulada “Mein Kampf” .
Luego caminó hasta el despacho del viejo, decorado con esvásticas dextrógiras, símbolo de las fuerzas destructoras de los mundos, prerrogativa del terrible Shiva; mapamundis renacentistas; muebles de diseño, o sea, sillas y mesas insufribles tanto para la vista como para las partes del cuerpo que habrían de usar de ellas; y con el propio autorretrato de Theodor pintado al óleo (téngase en cuenta que la pintura, como la Historia, tampoco era lo suyo)
El hombre levantó sus ojitos del enjundioso libro que simulaba leer.
-¡Mi querida Anabel! ¡Qué alegría verte! Me dijeron que viniste ayer, ¡lamento tanto no haber podido atenderte entonces! Me sentí indispuesto, y no pude obviar un encuentro con el doctor.
-¿Estás enfermo?
-Achaques de la edad. Hoy agravados por la visita de nuestro amigo Sir Alex -explicó Theodor, sonriente-. Algo que muy pronto me será completamente ajeno. Porque está próxima la transmutación, ¿verdad? -preguntó, ruborizado, mirando a la dama con adoración rastrera.
-Precisamente de eso quería hablarte. Ellos no me han confirmado la fecha, pero podría saberlo mañana o pasado -replicó Anabel II, en un tono tan sarcástico que fue milagro que él no lo notara-. Quería avisarte para que estuvieras preparado.
Al hombre se le iluminaron los ojos, de un azul desvaído.
-Sí, Anabel; años de privación, sacrificios y práctica fiel de los Misterios de la Sangre, han fortalecido mis cuerpos sutiles. ¡Tenía tantas ganas de que llegara este momento!
-¿Por qué deseas tanto alargar tu vida, Theodor? -preguntó la baronesa, apoyando las manos en el escritorio.
-¿A ti no te gustaría vivir para siempre? -contestó él, extrañado.
-La existencia material no me place: el dolor, la muerte y el deterioro son sus hijos; una progenie espantosa.
-¡Hablas igual que tu tía! -dijo Theodor, moviendo la cabeza con pretensiones de lamento-. Pero ya ves: ella está muerta. Si no hubiera rechazado el Rayo de Apolo seguiría luchando por la causa a nuestro lado ¡Ah, la echo de menos!
Anabel II cruzó las manos sobre el pecho con ademán aristocrático; es decir, mesurado y altanero al tiempo.
-¿Acaso no la sustituyo yo con eficacia? -preguntó, enmascarando la burla.
-Oh, sí, sí; pero convendrás en que dos Spengler valen más que una...
-Eso no lo discuto...
-...y también habrás de reconocer que su aceptación de la muerte nos sorprendió a todos; porque, a pesar de ser conocidas su poco apego por la vida y sus crisis dolorosas, pensábamos que, en el último momento, viéndose a las puertas de la extinción, recapacitaría...
-Yo sabía que eso no sucedería -respondió la dama, estirando sus labios a modo de cínica sonrisa-. Ella confiaba en que le esperaba una existencia más elevada que la de este plano material. Quieres ser inmortal pero, a mi modo de ver, esa es la peor condena que le puede caer a nadie: un castigo cruel y sin sentido: preferiría ser un ángel en el Infierno que vivir eternamente en este mundo grosero...
-Sigo diciendo que es peor morirse -alegó el nazi, angustiado.
-Eso es porque nunca te has muerto...
-¡Oh, por favor! -exclamó él, sorprendido por la afirmación de su excelencia Senn' Anabel, que exhibía sin pudor el negro humor de su familia.
-Heinrich, tú no has entendido nada -le dijo ella, fingiendo didactismo, pero con acento jocoso-. ¿Cómo puede un asceta aspirante a pasar por la más alta prueba de la iniciación, que va a renacer de sus cenizas con un cuerpo luminoso y bello, lograr tal propósito sin morir antes? Aquel que desea vivir siendo un gran espíritu no debe temer a la muerte: morir y vivir son la misma cosa para el que es desprendido...
-Bien; es posible; pero estoy decidido a hacerlo; no por mí, claro, sino por la causa, que me necesita...
Anabel sonrió. Con voz gélida dijo:
-No he venido a discutir de filosofía contigo, sino para hablar del pago que debes dar a los Superiores por el Rayo de Apolo. Has de entregarme una víctima para el sacrificio: yo misma la ofrendaré.
Una legión de fríos estiletes se clavó en la espalda de Theodor.
-¿Cuándo necesitas a la víctima? -preguntó, el orondo germano, bajando la voz en la última palabra.
-Mañana por la noche vendré a por ella...
-¿Mañana? Pero, pero; no hay tiempo material para secuestrar a nadie. ¿Crees que es tan fácil? Se va a la calle y ¡hala!; agarramos al primero que pasa. No, no, esto requiere una organización...
-Mañana, Theodor -repitió ella, rotunda.
-Bueno, lo intentaré, pero...
-Sé que lo harás por la cuenta que te tiene.
Theodor se quedó mudo. Un sudor frío le humedeció la nuca.
Ella le tenía puestos sus ojos verdes encima.
-¿Qué quería Sir Alex? -inquirió con voz suave y sugerente.
-Nada, tonterías. No le he dicho nada sobre ti. Sabes que te adoro.
La mujer volvió a elevar los labios con ademán desquiciado.
-¿Me adoras? Demuéstralo: ¡Adórame ahora!
Ella le tendió la mano al, por qué no decirlo, asustado caballero, quien, comprendiendo que nada podía librarle del acto de sumisión, tan humillante como innecesario, besó los nudillos blancos. Sus labios se desviaron hacia el dedo anular de la baronesa, ceñido por una sortija de complicada filigrana, una serpiente que se enroscaba dos veces. Un simple roce con la alhaja dejó helada la mucosa del señor D’Angelis, quien, escalofriado, se apartó de inmediato, como un animal acosado por una fiera.
Ella rió.
-¡Qué sorpresa: un hombre al que le desagrada el sabor del oro!
-Sorpresa, ¿por qué? -arguyó el nazi, elevando las cejas, tembloroso-. A los hombres espirituales los lujos no nos impresionan...
Se acarició el labio: notaba cosquillitas frías, como si un millón de minúsculas hormigas de acero clavaran sus patas en la zona tocada por el anillo.
-He sentido como, como si... me dieran una descarga eléctrica. Dirás ¡qué tontería!, pero te juro que se me ha quedado el labio insensible.
-¡Mientras sólo sea el labio! -replicó ella, con sorna, echándose a reír a continuación sin contemplaciones.
Al alemán se le ocurrió pensar que, siendo el oro tan buen conductor de la electricidad, quizá aquella serpiente ocultara en su interior algún tipo de aparato o mecanismo miniaturizado con utilidad desconocida. Anabel I tenía un anillo igual; o tal vez se tratara del mismo. Nunca antes, sin embargo, había probado su tacto, su frialdad, más propia de las moradas del hielo que del oro, ¿sería aurum alquímico?
-¿Me dejarías ver un momento la sortija? -le preguntó, con voz humillada.
-¡Qué curioso me estás saliendo! -murmuró ella, oponiendo un tono sofocado.
-Vamos, mujer; sólo quisiera verlo un minuto, ¿Qué demonios es?
-Un anillo, tonto; un simple adorno para mi mano...
Anabel se quitó entonces el anillo.
-Anda, pruébatelo. Veremos qué tal te sienta la insignia de mi raza...
La mera mención de la existencia de una raza al margen de las conocidas (porque Anabel no hablaba de los arios ni de los blancos, imaginó el hombre, por el tono) le puso los pelos de punta al señor Von Neumann.
-No hace falta, mujer. Con que me dejes examinarlo...
Anabel cerró sus dedos sobre cuello del caballero y lo sacudió con violencia.
-Ahora te lo pones -ordenó, rodeando el anular regordete con la serpiente, que, por su jaez mágico, se adaptó como un guante al calibre de su nuevo portador.
Él estaba aterrado, irracionalmente, porque sólo era un anillo. Durante unos segundos estudió su estructura sin encontrar indicios de que fuera un artefacto alimentado por energía eléctrica. Los pequeños ojos de la serpiente, dos esmeraldas engarzadas en cuencas de oro, brillaban como dotadas de vida propia. El terror invadió sus altas regiones cerebrales: le recordaban a los de Anabel. Pávido y todo, no podía dejar de mirarlos. Como aquel, que, al borde del precipicio, se goza con los espantos del abismo y sufre, por paradoja, un terrible miedo y una insuperable atracción. Hallábase su conciencia a un paso de atravesar la pálida superficie del cristalino ofídico (apenas una gota en un océano inconmensurable) cuando, con un supremo esfuerzo de voluntad, apartó los ojos del anillo. Y entonces, como si despertara de un sueño extraño, todas las sensaciones que acumulaba en sus órganos de percepción, a la espera de ser notadas, le provocaron un escalofrío, un horrendo temblor, frío y caliente; un dolor agudo en la sien, un sentimiento de vacío y desamparo; una gelidez mortal en el corazón que casi le hizo derramar lágrimas.
Ella le arrancó la sortija. Theodor, respirando con dificultad, se frotó el dedo. La miraba de hito en hito.
-Es sugestión, ¿a qué sí? Anabel I te enseñó bien.
-Sí, me enseñó mejor de lo que piensas...
Y con tales palabras en los labios, se marchó, con el paso firme, pero grácil que distingue a las mujeres poderosas que no presumen de serlo y que tampoco tienen a gala su inmodestia.
