El Cultural -Magazine de El Imparcial

sábado, 24 de junio de 2006

Regina Irae - Parte I - XVI

CAPITULO 16


Ovnis


Imprevistamente, la tercera semana de octubre comenzó neblinosa y gélida, pillando a Ariane sin nada que ponerse.
El martes tuvo la osadía de volver a pedirle a su jefe un anticipo; y él tuvo de nuevo el descaro de negárselo, aduciendo la misma falsa excusa. Pero el miércoles, arrepentido (y alarmado por el enfurruñamiento de su secretaria, que se había pasado la tarde anterior sin dirigirle la palabra más que en lo imprescindible) le extendió el cheque por la cantidad exigida. “Lo tengo dominado”, pensó, ufana, Ariane, que empezaba a valorar en su justa medida su ascendiente sobre el parapsicólogo. Esa tarde, a la salida del trabajo, se compró su abrigo blanco: ¡el primer objeto que era íntegramente de su propiedad! Mientras se lo probaba frente al espejo de su habitación, lloraba de alegría.
Pero los caprichos climáticos de la región arberiana se confabularon contra ella para que no pudiera estrenarlo: la segunda mitad de la semana volvió a recordar el verano, con una temperatura alta y sol a raudales.
El jueves por la mañana, a Lippershey no se lo ocurrió nada mejor que salir a dar una vuelta para no perderse aquellos rayos cálidos que, con toda probabilidad, serían los últimos del año antes de la instauración definitiva del Rey del Frío. Ariane no cabía en sí de gozo: con Sir Alex hacía cualquier cosa menos trabajar.
Recorrieron casi todo el centro. Luego se probaron ropa en las mejores tiendas de la vía Martini, avenida larga y recta, que flanqueaba por un lateral el Parc Centrali: Ariane estaba admirada de lo bien que le caían los trajes al profesor. “¡Qué suerte tiene: todo le hace buena figura, al contrario que a mí!”, se decía Ariane, que, a pesar de tales dificultades, disfrutaba como una enana entre trapos y confecciones.
Con varias piezas textiles apuntadas en la memoria para cazar otro día que fueran con más tiempo (y dinero en el bolsillo) regresaron a la casa dando un paseíto bajo el sol de otoño, que se filtraba a través del ramaje de los árboles del bulevar Sant Mathias Gaudens, coloreado de ocre por las hojas caídas.
Sir Alex hacía girar su bastón de tanto en tanto, como un gato menea la cola, y a veces, golpeaba con él los troncos de los castaños, demostrando de ese modo su contento. Parecía un jovencito en su primera cita; y su conquista, naturalmente, era Ariane.
Charlando de forma amistosa sobre lo que habían visto durante la mañana, llegaron a la explanada donde Lippershey tenía su refugio.
-Elegí este lugar para vivir -le confesó a Ariane-, porque quería estar lejos de las molestas actividades de los hombres. En aquel tiempo, todo esto era un bonito prado.
“¡Pues si que le salió bien la jugada!”, se dijo ella para su coleto, mirando de soslayo a un vendedor de droga que trapicheaba su mercancía rodeado de una imberbe concurrencia de ojos hundidos y brazos amoratados.
-Pero, ¿de veras no tiene miedo? -le preguntó Ariane, en tono incisivo-. Un hombre de su edad, viviendo solo entre fieras. Creo que debería tomar en serio la posibilidad de trasladarse, o de buscar una compañía...
-Una compañía, sí; ya sabe que estoy en ello -dijo él, luciendo su encantadora sonrisa-. Hay hombres que sufren por no tener ninguna mujer; y yo que tengo, varias, sufro también, porque son todas tan buenas, y decirle a una que no, significa despreciar a las otras. -Sir Alex la miró con interés-. ¿Usted se sentiría ofendida si no la escogiera?
-Me ofende que diga que es usted el que escoge...
-¿Por qué?
-Porque es faltar a la verdad: es la mujer la que posee ese privilegio.
-Pues entonces déjese de rodeos y dígame de una vez que ¡síiiiiiiiii! -bromeó, histriónico.
Ariane calló la boca, azorada, y él, afortunadamente, no añadió nada más.
Cruzaron el descampado de la plaza Comendatori, paisaje arrasado después de la batalla, con una mixtura de temor, compasión y asco hacia sus eventuales pobladores: muertos vivientes, esqueletos sucios, con una mínima cobertura de carne, con la sangre envilecida. “¡Qué pena de juventud!”, se lamentaba Lippershey.
Algunas de las mujeres de la calle, que, desde muy temprano, ofrecían su cuerpo a quien pudiera pagarlo y no sintiera repugnancia por hozar donde lo habían hecho miles de babosos, saludaron al profesor. Una rubia exagerada hasta le lanzó un beso, que él, como buen caballero, devolvió con la sonrisa en los labios. A Ariane le espeluznó que su jefe pudiera tener tratos con esa clase de mujeres. En lugar de lavarse las manos con lejía dos veces al día, se vería en la obligación de aprensiva incurable a hacerlo cada vez que Sir Alex la rozara o cada vez que una parte de su cuerpo se pusiera en contacto con un mueble o folio o libro que él hubiera ensuciado: o sea, un engorro. La rubia estaba apoyada en el coche de Ariane con una amiga. La señora Lavalle, histérica, le gritó que se apartara, que le iba a rayar la pintura; lo que temía era que fuera a dejar sobre la carrocería una legión de gérmenes patógenos, origen de una enfermedad venérea. (“Al llegar a casa, lo primero de todo, enjabonar bien el Volkswagen, ¡faltaría más!”) Las prostitutas, con cara de pocos amigos, saltaron del coche y se alejaron.
-¡Eh, profesor! -dijo la descarada, una francesa con acento marcadísimo-. Esta, con mucho, es la secretaria más antipática que te has echado.
Ariane se puso furiosa; le entraron ganas de decirle cuatro frescas; pero el extraordinario suceso que aconteció en ese instante se lo impidió, y aun el respirar y el sentir los latidos de su corazón.
Estaban ya subidos en la escalinata de piedra, cuando la mujer de la vida, a la que antes había increpado, dio un alarido y señaló con el dedo un punto del firmamento.
-Un ovni, un ovni... -repetía.
Sin retardo, Lippershey y Ariane, volvieron los ojos hacia el lugar hacia donde apuntaba la muchacha, situado casi, casi, sobre la vertical de la casa, a varios metros de altitud; se quedaron perplejos: en mitad del cielo, del todo despejado, se destacaba un círculo perfecto, de enormes proporciones, blanco y luminoso como la luna, en cuyo centro, (y esto era lo más extraño) parecía parpadear un ojo. Hubo un ruido muy fuerte al principio y luego, un silencio sobrecogedor. Exceptuando a los que se habían inyectado sustancias perniciosas en vena, todos los presentes en la plaza observaron con nitidez el prodigio.
Ariane estaba más sorprendida que asustada; no cuadraba a su naturaleza temer a lo que desconocía. Lippershey contemplaba el fenómeno con curiosidad, abriendo desmesuradamente la boca, y frunciendo, a veces, el ceño, como si le indignara la presencia de aquel elemento que discordaba de su teoría sobre los OVNIs. La hetaira rubia, que, en un principio había mostrado pánico, reía y chillaba, mientras su colega, rodilla en tierra, lloraba como una Magdalena (nunca mejor dicho) y elevaba una oración a los cielos implorándoles que perdonara sus pecadillos; algunos drogadictos jaleaban al aparato; otros, retaban a sus tripulantes a dar la cara, sacudiendo al aire cuchillos y pistolas. Unos pocos miraban hacia arriba con el estómago hecho un nudo.
-Traiga la cámara de vídeo -ordenó Sir Alex a su secretaria-. Vamos; no pierda ni un minuto...
Ariane siguió al pie de la letra las instrucciones (y con gran celeridad, de modo que cuando regresó con el aparato, el espectáculo continuaba)
-¡Grabe, mujer; no se quede ahí como un pasmarote!
La mujer apuntó con el objetivo al visitante por espacio de cinco minutos, hasta que, de repente, desapareció sin dejar rastro, como si fuera una luz eléctrica, y alguien hubiera apagado el interruptor.
Pero la cosa no iba a quedar ahí. Media hora después, cuando aún se comentaba a grandes voces a la puerta de Lippershey la emocionante trasgresión de las leyes naturales, vieron llegar, bordeando la plaza, un vehículo negro de aspecto muy sospechoso. Sir Alex dijo, en tono inquietante, lo que no quita que estuviera de zumba:
-Espero que no se trate de MIBs...
Quería decir Men in Black (Hombres de negro), una institución de la mitología ufológica que se aparece tras los avistamientos ovnis, para requisar las pruebas, pedir silencio y amedrentar a los pobres testigos, que ya tienen lo suyo, como para que encima vengan a fastidiarles más.
El coche cruzó raudo el camino de grava y se detuvo frente al seto que protegía el jardín del profesor. De inmediato, se bajó de él un chófer alto y guapo, que abrió la portezuela trasera para que lo abandonara la señora que le pagaba los garbanzos y que no era otra que Senn Anabel Spengler II.
-¿Lo has visto, Alex? ¡Ha sido impresionante! -exclamó la dama, cordial y alegre.
-Sí; y además lo tengo grabado en vídeo para la posteridad... -declaró él, estirándose unos centímetros.
-Y, ¿puede saberse qué era?; ¿algún viajero de otro mundo?
Había jocosidad en las palabras de Anabel; pero ni al profesor ni a Ariane les hizo gracia la observación.
La baronesa avanzó hacia ellos. Se quitó los guantes y apoyando el pie en el primer escalón, dijo:
-¿No me presentas, Alex, querido?
-Es Ariane Lavalle, mi secretaria...
-Ariane, ¿eh?: te compadezco -dijo, en plan chistoso-. Debes de estar muy desesperada para trabajar con un hombre como éste.
-Pues no lo estoy -declaró la señora Lavalle, molesta.
Lippershey, a quien se le había puesto la mandíbula más dura que el granito, dijo:
-Qué sorpresa tan inesperada, señorita Spengler; alégreme el día y dígame que ha venido ex profeso para visitarme en mi humilde morada...
-Lo siento; no puedo mentirte. Iba de camino a Milanovi cuando ese objeto apareció en el cielo. Decidí desviarme de mi ruta para pedir la opinión de un experto en la materia.
No parecía una explicación muy convincente. Lippershey se mordió el labio inferior. Durante unos segundos no dijo nada.
Llegados a este punto, Ariane no tenía muy claro si el profesor invitaría a Anabel Spengler a pasar a su casa, o si les darían las tantas, mirándose con recelo a la puerta. Se decía para sus adentros: “¿Cómo pueden estar tan fríos después de lo que hemos visto? Un objeto sobrenatural ha permanecido suspendido sobre nuestras cabezas, nos ha guiñado el ojo y luego se ha desvanecido como humo que lleva una ventolera. Nada que tenga lógica, nada dentro de lo razonable” Nuestra heroína iba bien encaminada en sus juicios: Lippershey, el científico, tenía el ánimo de un campista de veraneo y su interlocutora, “la perversa Anabel”, parecía querer seguirle la corriente.
Por sorpresa, Sir Alex invitó a tomar una copa a la baronesa.
-Perdone que no pueda obsequiarla con un vino adecuado a su exquisito paladar. No soy tan rico como para invertir en los caldos de su bodega...
-No te preocupes; si yo bebo cualquier cosa...
-¿Cualquier cosa? ¿Agua, cola, ginebra, soda, sangre, tal vez...?
Anabel, muy jovial, echó una carcajada.
-Pero, ¿por qué me tratas así? Yo no te considero mi enemigo. Sé que tu actitud es fruto de un malentendido; si me conocieras bien te pondrías de mi parte. Nadie me odia cuando descubre lo que hay realmente dentro de mí.
-Se hace usted querer, ¿verdad? -respondió Sir Alex, incidiendo en el carácter irónico de las palabras-. Ya vi cuanto amor había en los ojos de los habitantes de Barglava cuando usted los puso en fuga.
-Me aman; aunque tú no lo entiendas -declaró la baronesa poniéndose seria, de repente- A veces el odio está más cerca del amor que el amor de sí mismo.
Tanto Lippershey como Ariane guardaron silencio durante unos segundos para tratar de comprender el significado de frase tan enigmática. Al cabo el profesor, dijo:
-Si piensa así, le ruego que no me ame, aunque ya sé que le resultará muy difícil...
Sin más, entraron en la casa. Anabel reía por lo bajo, y Sir Alex estaba inquieto; él sí que la consideraba una enemiga, y además, de las peores.
Las mujeres se sentaron en torno a la mesita del té, en la biblioteca. Pero a los dos segundos de aposentarse, Anabel se levantó para inspeccionar la extraña colección de objetos del profesor. Ariane observó como evitaba aposta acercarse al fragmento de la nave de Roswell, y como, en cambio, se dirigía al atril donde estaba el ejemplar de ‘El Paraíso Perdido’, con gran desenvoltura, como si supiera con exactitud lo que se iba a encontrar.
-Ah; uno de mis libros favoritos -dijo, arrobada.
Y sin mirar para la obra del inmortal Milton, declamó, con los ojos entornados, como una santa en éxtasis:

¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como el otro, dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah, miserable! ¿Por donde huiré de aquella cólera sin fin o de esta también infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el infierno soy yo!, ¡si por profundo que sea su abismo tengo dentro de mí otro más horrible que a todas horas me amenaza con devorarme! Comparado con él, éste en el que padezco me parece un cielo.

Cuando Anabel abrió los ojos, había sufrido una transformación que la hacía comparable a una loca desmelenada que daba miedo mirar porque parecía bastante peligrosa (algo así como Melina Mercouri en Topkapi, para que me entiendan los cinéfilos)
Lippershey, que también se sabía de memoria varios pasajes del libro, no quiso ser menos y replicó:

Nada más te falta que su figura y color (de la serpiente) para descubrir tu traidora índole, para que en lo sucesivo se guarden de ti todas las criaturas, y no se dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que oculta la malicia del infierno.

Era una cita tan ad hoc, que Anabel, riendo, hizo con la barbilla un gesto afirmativo, que alivió su expresión terrible.
-Este libro -dijo, casi en susurros, como si pensara en voz alta-, nunca deja de asombrarme: parece mi autobiografía.
Después de pronunciar estas palabras que ni Alex ni Ariane llegaron a escuchar, la dama se fue a la estantería que contenía los libros predilectos del profesor, colocadas por orden alfabético de autores, las obras literarias, y por temas, los de enseñanza y aprovechamiento. Rápido encontró lo que buscaba:
-La Tentación de San Antonio, de Flaubert, sí, sí, -decía, entusiasmada-, La Divina Comedia, ¡qué delicia! Fausto... Alex, querido, compartimos gustos; es evidente: somos dos seres sublimes, espirituales, dos almas gemelas...
Sir Alex le hacía a Ariane mímica burlona, atornillando su índice en la sien, para dar a entender su escepticismo respecto a aquellas afirmaciones.
Cansada ya de citar de memoria (de todo libro que nombraba aireaba una frase o dos), de hurgar entre las baldas y de dejarles boquiabiertos con su vasta cultura, Anabel volvió, disciplinada, a sentarse; un alivio para Sir Alex, que no soportaba que nadie le batiera en la lucha de conocimientos.
Lippershey, entonces, echó mano del jerez. Ariane casi se muere de vergüenza cuando al abrir el mueble-bar, él comprobó la merma de la botella, y de inmediato, le lanzó una mirada de desagrado. La Spengler, que lo notó, y adivinando el motivo de la silente reprimenda, no se privó de hacer un comentario:
-Tú, ni caso -le dijo a Ariane, apretándole de manera amistosa la muñeca-. Bastante poco te paga para que no puedas permitirte una pequeña compensación en especie.
Es imposible asegurar quién se ruborizó más; si Ariane o Lippershey, a quien por primera vez, vio la secretaria enrojecer. Pero en lugar de aplicar al punto una de sus respuestas ingeniosas, el inglés escanció el vino en las copas en silencio.
-Este jerez es excelente -opinó la invitada, después de paladearlo unos segundos-. Mucho mejor que cualquiera de mis vinos.
-Este no lo mezclan con caldos de baja calidad traídos de América para abaratar costes -observó el caballero con poca caballerosidad.
-Oh, yo no hago esas cosas, querido -se rió Anabel-. Por lo menos, nadie lo ha demostrado. -La señora volvió a reír; levantó la copa y echó otro trago suave, despacioso-. Muy bueno; he de concederte que eres un sibarita: buenos vinos, buenas mujeres, se nota que has tenido suerte en la vida...
“¡Desde luego!”, pensó Ariane, con cierto regustillo envidioso.
-A la suerte la ayuda el temperamento, el mío es único.
-Eres la modestia en persona; ya me lo habían advertido...
-No puede ser modesto aquel que es superior en todos los sentidos -alardeó Sir Alex, encendiendo un cigarro-. Estoy seguro de que, ni siquiera usted, que es mujer de mundo y conoce a tanta gente, ha llegado a topar con alguien que sea mejor que yo...
-Me parece que la señora Lavalle es infinitamente mejor que tú -replicó Anabel, para sonrojo de la aludida-, y has de fiarte de mí, porque yo lo sé todo...
Al principio, a Ariane le chocó que se tomara su nombre como ejemplo de perfección; mas pronto, advirtió que se trataba de una hábil jugada dialéctica para dejar fuera de combate a Sir Alex, quien jamás se habría atrevido a afirmar en las narices de su secretaria que ésta no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Lippershey se mordió la lengua y manifestó una ligera irritación por haber sido golpeado en el primer asalto.
El sabio quiso resarcirse de modo brusco y malintencionado. Demostrando que las pataletas no son privativas de los infantes, durante quince minutos la sometió a una especie de absurdo interrogatorio a fin de calibrar el grosor de la capa cultural con que se adornaba, en la esperanza de poder pillarla in albis, lo que, para desgracia de sus uñas, que acabaron pidiendo a gritos un manicuro, no se le logró: como había declarado, Anabel lo sabía todo sobre todo, ya fuera tema de historia, agricultura, jardinería, fútbol, astronáutica, sinología, lenguas muertas, arte mochica, química orgánica, antropometría, literatura eslava o teoría de conjuntos. Él llegó al extremo de consultar sus más abstrusos libros para formularle preguntas que no hubiera podido contestar ni un premio Nobel; pero eran minucias para ella, que se prestaba al juego sabedora de su ventaja. Lástima que a Lippershey le cansaran los juegos en los que no salía ganador.
-Me deslumbra su sapiencia -dijo en tono acre, cerrando un volumen de física cuántica que él nunca había llegado a entender del todo-. Supongo que la parte de bruja que toda mujer posee, (y más si es una Spengler) la inspira. Porque entre sus habilidades está el arte de la hechicería, que me ha contado un pajarito, practica usted en compañía de la duquesa de Miramar, discípula favorita de su horrenda tía...
-Ariane, Ariane, ¿ves cómo me fustiga este hombre? -exclamó la baronesa, buscando la complicidad de la secretaria.
-Ya me doy cuenta -replicó la señora Lavalle-. Pero teniendo en consideración lo que usted hizo por él el otro día, debería ser menos ingrato...
-Hablando de eso -terció el profesor-. Quisiera saber hasta dónde llega la protección que me dispensa. No me gustaron ciertas insinuaciones que me hicieron en Barglava.
-No te preocupes por eso; aunque si yo velara por ti no deberías temer nada, ni al mismo demonio. Tenlo por seguro: no hay poder que se oponga a mis deseos, uno de los cuales es que vivas muchos años, como es preceptivo entre los varones de tu familia.
-¡Me ha investigado! -exclamó Sir Alex con exageración, pues, en efecto, era una tradición de los Lippershey no morirse hasta bien entrada la novena década o incluso más allá de la centena.
-Como tú a mí, ¿o lo vas a negar?
-Es distinto: yo no me entretengo en maldades; mi vida es aburridísima. La suya, en cambio, no carece de atractivos morbosos.
Anabel no se arrugó al escuchar el largo reproche que en ese momento le soltó su enemigo; y ni siquiera se le torció el gesto cuando la llamó “sobrina de una asesina”.
-Tendrás pruebas de lo que dices. Piensa que muchos han acabado muy mal hablando por hablar -se burló ella.
-¿Pruebas, quiere pruebas? Espere un rato.
Lippershey, que había dejado con tres palmos de narices a su secretaria con la grave acusación lanzada contra la baronesa, se levantó de la silla, y cruzó como una centella la estancia, en dirección al despacho aledaño.
Durante unos minutos, la señorita Spengler y Ariane escucharon como se abrían y se cerraban cajones, y la revolución nerviosa de decenas de papeles, como la provocada por un ladrón en pleno acto de pillaje. Anabel se reía espasmódicamente igual que cuando a uno le vuelve a la cabeza una y otra vez un chiste graciosísimo.
-Apuesto a que tiene fotos de la difunta a montones, y hasta de mi ombligo -comentó risueña, adivinando lo que Sir Alex buscaba.
-Si se dedicara a investigar a los dichosos artefactos esos, los ovnis, ¡cuánto más ganaríamos! -expuso Ariane, todavía consternada por la visión celeste.
-Estoy de acuerdo: más ovnis y menos baronesas Spengler -clamó la aristócrata-. Este hombre es un recalcitrante. Aunque ¡tan divertido! Jamás podría enfurecerme con alguien que me hiciera reír de esta manera ¡Qué encanto tiene el condenado!
Ariane, apoyada la mejilla en la mano, sonrió. Sir Alex era un fenómeno, un ser caído desde otro mundo, que tenía la rara y hermosa cualidad de hacer el amor y el humor al tiempo, volviendo al uno en el otro, sin darle demasiada importancia a los componentes trágicos de la existencia ¿Cómo pudo la naturaleza haber creado un hombre tan magnífico, que incluso a sus enemigos los mataba de risa?
Suspirando, volvió su mirada hacia las manos de Anabel, que sujetaba el pie de su copa; observó con curiosidad el anillo de las serpientes (“relacionadas con la diosa madre”) y la esvástica que sobre la escamosa piel metálica, relucía (“dextrógira, símbolo del mal y la destrucción”) Anabel, percatada de la inquietud y perseverancia con que la secretaria de Sir Alex se recreaba en su joya, escondió la mano izquierda bajo la mesa con un movimiento suave y despistado, como para dar a entender que no lo había hecho a propósito. Pero no logró engañar a la señora Lavalle, que siempre se fijaba en los todos los detalles y poseía un sexto sentido para captar las intenciones de la gente. Anabel se permitió dedicarle una mirada de admiración franca a aquella mujer que parecía leer párrafos no muy gratos en el libro abierto de su faz. Y mientras tanto, recordaba las palabras de Mefistófeles:

En mi presencia se turba sin saber por qué; sospecha además, que hay en mí algo de misterioso: no se le oculta que bajo mi máscara hay un espíritu, y tal vez sospecha que soy el diablo. Pero, ¿Qué me importa?

Ariane, en verdad, estaba turbada sin saber por qué, y tan grande era su angustia por tal circunstancia, que celebró con una honda exhalación el retorno de su jefe, cargado con un montón de folios y carpetas. Con gesto triunfal, el hombre arrojó la pila ante las narices de la baronesa.
-¿Quería pruebas, verdad? -dijo, destripando la carpeta dedicada a ella-. Pues aquí están. -Esgrimiendo un taco de fotografías, empezó el recuento-. Foto de usted en Canadá con Luc Jouret y Joseph di Mambro tres semanas antes de que se suicidaran y suicidaran a aquella pobre gente incauta; en 199* con el tal.............., líder de la secta Heaven’s Gate, que también aceleró su partida al otro barrio, un mes después de posar con la ilustre baronesa, aunque, según me explica mi informador, entonces usted todavía no lo era y ni siquiera se hacía llamar Anabel Spengler... Pero, ¡qué casualidad, por otro lado, que todos los que la conocen acaben sus días en un suicidio ritual! Y, ¿éste al que le da la mano tan efusivamente no es el mismísimo presidente de los Estados Unidos? Y éste otro debe de ser Sonrisitas Blair, primer ministro de la Gran Bretaña, un tipo al que detesto especialmente. ¡Dios Santo! ¡Sentada en la misma mesa con la secretaria de Estado de USA! ¡Tiemblo! Por lo menos estarían planeando el estallido de alguna guerra en Europa o el hundimiento de la economía de una de sus comarcas, o quizá una masacre de kurdos, palestinos, timoreses... No, no; lo que hacían era discutir la composición del imparcial Tribunal Penal Internacional, ése que puede juzgar a todo el mundo excepto a los criminales nacidos en Estados Unidos y países aliados...
»Los informes que he recibido sobre usted me han dejado anonadado. No ha perdido el tiempo. Desde luego, estas fotos no desmerecen de las que logré de su tía, que también mostraba esta inclinación tan perversa a rodearse de basura humana.
-Debido a mi trabajo asisto a muchas recepciones en todo el mundo -contestó ella, sin agitase, muy cabal-. Me encuentro con esa gente de manera fortuita. Piensa que los vinos Spengler se sirven en las mejores mesas; necesito hacer promoción... en las altas esferas, por supuesto; si hubieras indagado de buena fe habrías descubierto imágenes mías con Bill Gates, el Papa y otras muchas personalidades, libres de toda sospecha. Y bien, también he hecho algunos préstamos aquí y allá, y algunas insignificantes inversiones. Pero yo soy apolítica; todos los regímenes de gobierno me parecen buenos si sirven al interés económico; soy práctica
-¿Y Von Neumann? -replicó airado, el profesor-. ¿También tiene negocios con él? Sus creencias ofenden a la inteligencia. Escuche la trascripción de una de sus conferencias sobre la Atlántida...
-¡No! -gritó Ariane, espantada, arrancándole a su jefe la hoja de la mano-. Otra vez no.
Anabel respiró aliviada al frustrarse el propósito del caballero. Se aprestó a decir:
-Theodor es un orador vehemente. A veces la pasión le ofusca; pero eso es síntoma de que cree, sin ningún género de dudas, en lo que proclama. No es como otros, como esos escépticos que, a menudo por ignorancia, se niegan a aceptar la existencia de verdades absolutas: no se dan cuenta de que si el mundo existe, a la fuerza ha de haber algo de verdadero en él.
Lippershey entendió por donde iban los tiros. Abrió la boca dispuesto a replicar. Pero fue Ariane la que intervino, pues llevaba ya un buen rato deseando soltar la lengua.
-¡Estoy de acuerdo! El profesor dice que hay que dudar de todo; pero hay cosas que no admiten discusión. Por ejemplo, el ovni que hemos visto hace un rato. No se atreverá a afirmar que se trataba de una alucinación o un mito -le dijo a Sir Alex, que la miraba con gesto hosco-. Si fuera un arquetipo de esos, la cámara no lo habría registrado...
-Todavía no hemos comprobado si lo ha hecho -replicó él-. Además, ¿cómo sabe que no fuimos engañados por un extraño fenómeno atmosférico, como una nube lenticular...?
Ariane chasqueó la lengua; Anabel, repentinamente furiosa, golpeó la carpeta con el puño.
-Debes de estar de broma -dijo, titubeante, como tartamuda-. Un fenómeno meteorológico, pero, pero, no me lo puedo... no puedo creerlo; lo has visto tan claro como ahora me ves a mí...
-No insista -explicó Ariane-. Por no dar su brazo a torcer sería capaz de asegurar que las nubes tienen ojos.
-Podrían tenerlas si los observadores estuvieran suficientemente sugestionados.
-Yo me desespero con este hombre; es como una pared; no razona -se lamentó la dulce Ariane.
Pero Anabel estaba mucho más incomodada; de sus ojos se desprendían chisporroteos como los de un hierro candente al ser martilleado sobre el yunque.
-... y no me mire con esa cara -le espetó Sir Alex a la baronesa, feliz por haberle causado por fin, herida-. Usted sabe de qué le hablo: del poder de la sugestión, el de su tía era legendario; gracias a él hizo caer a muchas almas débiles. Apostaría a que le enseño algún truquito antes de irse al Reino del Silencio, donde ya no da la lata, gracias a Dios. Usted sabe cuán engañosos pueden llegar a ser los sentidos. El mundo es verdad, sí, pero tal vez no sea como nos lo imaginamos ni como algunos nos lo quieren hacer ver.
La baronesa se enojó ya de manera evidente; en segundos, su cara se puso lívida. ¡Miraba al profesor de una forma! ¿Qué pensaría? "¡Menudo zoquete!, es más duro de mollera que un asno". La señora Lavalle no iba desencaminada al adivinar el pensamiento de la invitada.
Entonces sonó el timbre. Ariane acudió presto a abrir la puerta: era el joven Dreyeris. Con una mutua mueca de desafección se saludaron. La secretaria lo introdujo en la biblioteca sin avisarle de que tenían visita.
En cuanto Senn Anabel le echó el ojo al muchacho se desentendió del todo de las boberías de Sir Alex, que seguía intentando convencerla de que el ovni que todos habían visto con sus propios ojos, era pura entelequia. Pero lo que no lo era en absoluto era aquella delicia de hombrecito, que excitaba no precisamente sus jugos gástricos.
Él se negó a sentarse con el trío; Sir Alex le puso la cinta de vídeo de la nave para que le echara una ojeada libre de mediatizaciones; y de paso para evitarle el contacto visual y acústico con la señorita Spengler.
A Ariane no le gustaba pensar mal, pero pensó pésimo; Anabel humedecía con una constancia libertina sus labios; y del roce, estos se habían puesto rojo carmesí; parecía una golosa delante del postre; parecía Sir Alex cuando se perdía en su escote... El profesor continuó parloteando sobre los arquetipos y los errores de percepción, hasta que a los quince minutos, Anabel no pudo soportarlo más y se levantó de la mesa, con cara de agotamiento psíquico.
-Todo lo que tengas que decirme, estaré encantada de oírlo, pero no ahora -explicó-. El próximo fin de semana es la Fiesta de la Vendimia en Taranis. Recuerda que estás invitado; tenemos un debate sobre esoterismo pendiente. Como es lógico, tu secretaria y tu joven amigo pueden venir; mejor dicho; deben venir para no agraviarme. Pasaréis la noche en el castillo los tres: será inolvidable, os lo aseguro.
-No me invite, que le tomo la palabra -replicó el profesor satisfecho con su buena suerte.
-Tómala, yo nunca la empeño en vano.
Cuando Anabel se marchó, Dreyeris pudo por fin mover con soltura los músculos que controlaban su caja torácica. Sir Alex, en cambio, quedó desolado: era uno de esos días en que le picaban las ganas de pelea.
Ariane se acercó al televisor para ver la película: el objeto se había grabado a las mil maravillas. “¡Con que mito, eh!”, repetía a cada pase (y fueron cinco) de la cinta. Pero Sir Alex, que daba vueltas de un lado para otro, sólo pensaba en Anabel y en cómo podría desprestigiarla.
-Pero, ¡si es un ángel! -dijo Ariane, para enrabietarlo.
-No juzgue por la cara.
-Juzgo por el semblante...
-Es lo mismo: una opinión basada en apreciaciones subjetivas y carentes de todo fundamento.
Ariane rió.
-Le diré la verdad: me ha caído como un tiro
-¡La intuición femenina no falla! -exclamó él, rectificando todo lo dicho, sin rebozo.
Para poder conversar a gusto con Philip, Sir Alex envió a su secretaria a redactar un informe sobre el avistamiento. Ariane se puso frente a su PC y rellenó, como Dios le dio a entender, el complicadísimo formulario destinado a esos efectos.
Desde la oficina, no obstante, los oía hablar. Philip informaba al profesor de que pasaría el fin de semana de excursión en el poblado de Barglava acompañado por una chica.
“¿Una amiga? ¿La joven de Barglava?” preguntó, entusiasmado el caballero.
El muchacho le contó, entonces, la historia de su entente con Alma, ocultando que casi le había dado un desmayo cuando a la llegada de la facultad, la tarde anterior, su madre le había comunicado que tenía concertada con la moza veterinaria una salida campestre, que no estaba en sus planes pues lo más horripilante que esperaba de ella era que le forzara a ir a bailar a un tugurio de esos que se llaman discotecas.
El profesor, picaruelo, le dio un par de consejos para deslumbrar a la nena y hacer más soportable el trance. El aforismo con que remató su magisterio hizo que aflorara la indignación de Ariane. “Recuerda, Philip, que las mujeres son como los caballos; si no las montas se desaprovechan.” El lector ya conoce a Dreyeris y por eso, dejaremos que imagine el color que adquirieron sus suaves mejillas al recibo de tal máxima, que no era de Nietzsche, porque éste, sobre el particular, tenía ideas del estilo de: “Si vas con mujeres, no olvides el látigo”. Claro está que el filósofo no iba con mujeres muy a menudo.
“¿Quiere mandar algo?” musitó el tímido aprendiz de abogado malo. “Si tienes tiempo (entonación maliciosa) podrías hablar con los dos viejecitos que el otro día mencionaron a la Reina de la Ira: sus advertencias me dejaron muy intrigado. Quizá no se trate más que de tonterías, pero me gustaría saber a que se referían... El señor Mathieu y un tal Gelo, ¿lo recordarás?” Philip prometió hacer lo que pudiera, y luego se fue, abrumado por la turbación.

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: miércoles, 28 de junio de 2006
  •  | 
  • Hora: 18:53

Autor: Thersuva

Arf, arf... qué cansancio, leer este capítulo es peor que subir a pie hasta.. la luna...Angelito

Entre la aparición del OVNI, las citas de Milton y las efusiones sentimentaloides parece que pasa de todo... Fumador

  • Fecha: lunes, 10 de julio de 2006
  •  | 
  • Hora: 23:42

Autor: reginairae

No te preocupes, los hay mucho peores... Fumador
Recuerda que era mi primera novela y está algo verdecilla.