El Cultural -Magazine de El Imparcial

martes, 04 de julio de 2006

Regina Irae - Parte I - XVII

CAPITULO 17

Ovnis en TV


A pesar del grado de fiabilidad de su testimonio, ni Eva ni Eduart creyeron ni media palabra cuando Ariane les contó que había visto un OVNI.
-Ese individuo te ha lavado el cerebro -opinó el doctor Beria con su mala fe de costumbre-. Trabajo no le debe de haber costado mucho, ya que no tenías gran cosa en la cabeza...
-Ariane: no me gusta que digas esas mentiras -le regañó Eva con bastante poca delicadeza, agitando un tenedor delante de su nariz-. Me haces pensar mal...
-Pero, ¡es cierto!
-No insistas; me estás poniendo la cabeza loca. Romántica y embustera, ¿es que puedes convertirte en algo peor?
-En la amante de Lippershey, por ejemplo -soltó Eduart, desencajado de la risa.
Un velo rojizo cubrió las mejillas de la señora Lavalle, que de inmediato, volvió el rostro para que nadie sacara conclusiones erróneas de su rubor. Eva reaccionó de manera más exagerada: tuvo que salir corriendo en busca de un reconstituyente para aliviar el desfallecimiento que le había provocado el comentario de su esposo: en verdad, aquello era lo peor que le podía pasar... a ella misma.
Muy disgustada porque no la creyeran, Ariane regresó al trabajo.
La tarde se presentaba agradable: ningún paciente para regresión, ninguna sesión de hipnosis; la pasarían solos, Sir Alex y ella, enfrascados en la confección de ese maravilloso libro que, como todos los ejemplares de su especie, por malos que sean, ansiaba ver la luz, abandonar su estado larvario y exhibirse formado, con guardas, tapas y lomos, en la vitrina de una tienda especializada.
Pero a las cuatro treinta se acabó la tranquilidad. La noticia del avistamiento había corrido como la pólvora por toda la ciudad, atrayendo a una jauría de periodistas, que tomó al asalto la plaza Comendatori y asedió la casa del ilustre profesor a la caza de sus oportunas declaraciones al respecto.
Sir Alex se avino, espontáneamente, a decir unas palabritas ante las cámaras (después, eso sí, de hacerse mejor la raya del pelo, peinarse el flequillo y atusarse el bigote). Ariane, en cambio no quiso ni a tiros, prestarse a los deseos de los chicos de la prensa que querían retratarla junto a él: sabía que la televisión engorda, aunque sólo a las personas ya de por si rellenitas, que era su caso.
-¿Habré salido guapo? -se preguntaba el hombre, una vez idos los buitres, mirándose en todas las superficies bruñidas de la casa-. Una periodista me ha dicho que soy muy fotogénico; que si tuviera cuarenta años menos, las cadenas de televisión se disputarían mis servicios...
-¡Cuarenta años! -exclamó Ariane-. Debía de estar burlándose de usted.
-Pues a mí me ha halagado mucho que me hicieran ese cumplido -replicó él, moviendo la testa con vanidad-. Sólo por eso, les facilitaré una copia de la película del OVNI para que la pasen en los informativos...
-Para mí que alguien les ha puesto sobre aviso de lo presumido que es usted, y por eso le han dado coba.
-¿Usted cree? -se escandalizó Sir Alex.
Ella rió.
-Es broma, es broma.
-Hoy he visto dos cosas que me exasperan de una manera que no se puede imaginar: la señorita Spengler y un OVNI, y no estoy de humor. Lo único bueno que he sacado de todo esto es el piropo falso de una periodista y una invitación para fiesta de la Vendimia; ah, esto último sí que me anima. Tengo unas ganas locas de ver el castillo por dentro...
-Pues vaya una cosa...
Ariane se puso a recoger unos dossieres que su jefe había desperdigado sobre el escritorio. El se le acercó por la espalda dando saltitos, la agarró por sorpresa y le dijo al oído:
-¿Vendrá conmigo? Usted también está invitada. Imagínese: un fin de semana juntos. Podríamos mezclar el trabajo con el placer.
-Pero, ¿no es eso lo que hacemos siempre? -exclamó, muy aguda la señora Lavalle.
Ambos se rieron.
-Oh, estaba muy amargado pero usted ha logrado volver mi enojo alegría. Es como un rayo de sol en medio de la tempestad. No sé que sería de mí sin la luz que irradia sobre mis ciegos ojos. ¡Lo eterno femenino nos conduce al cielo!
-Ahórrese las lisonjas: ya sé lo que pretende -murmuró ella, divertida.
-¿Qué pretendo?
-Hacerme el amor...
-Señora Lavalle, llevo haciéndole el amor desde que la vi por primera vez. Lo raro es que no lo haya notado. Normalmente, todas gimotean, sollozan, gritan y se rasgan las vestiduras de gusto... Usted no; ¡qué discreta!
Y volvieron a reír con enorme agrado; pero, de pronto, Ariane se puso seria.
-Me gustaría acompañarle al castillo; yo también estoy intrigada con Anabel; no sé; creo que usted tenía razón: hay algo anormal en ella; pero en fin, me temo que en mi casa no van a ver con buenos ojos que me vaya con usted dos días con sus noches...
-¡Olvídese de sus parientes! -dijo él, arrugando el entrecejo-. Debe hacer lo que le apetezca a usted.
-No puedo, Sir Alex. Eva se disgustaría, diría que no está bien.
El profesor Lippershey dio una patada al escritorio.
-¡Maldición! No nos vamos a acostar juntos, sólo a pasar un fin de semana en una fiesta, comiendo uvas y puede que hasta bailando una tonada del país...
-Lo sé, lo sé; pero...
-Pero ¡nada! ¡Vendrá conmigo! Si es preciso hablaré con su carcele..., quiero decir con su hermana, para ponerla en su sitio.
-¡No, por Dios! Que Eva es muy sensible y si le dice alguna frase fuera de tono, tendría que tomarse una caja entera de ansiolíticos. Ella no tiene mi sentido del humor.
-Entonces, convénzala usted.

*****

La estancia en Fortcastel prometía aventura; ella, en un castillo habitado por una misteriosa baronesa que se codeaba con seres siniestros y lucía en su mano símbolos de aniquilación. ¡No podía perdérselo!
Pero tanto le imponía su hermana que hasta la noche Ariane no se decidió a sacar el tema. Decimos decidió, lo que significa que no llevó su proyecto a término más que en ámbito de la fantasía. El noticiero de las nueve, al dar la noticia del avistamiento en titulares, acabó con su deseo cuando éste apenas había empezado a fraguarse.
Eduart, Eva y la chiquillería armaron un gran alboroto. Pero el jolgorio se elevó a la cuarta potencia cuando apareció, fugazmente, el fotogénico rostro del profesor Lippershey, y debajo, un rótulo que denunciaba su nombre.
-Pero, ¡ah, caray! De modo que es ese tu famoso jefecito -exclamó el doctor Beria-. Y, ¿para un tipo que es más viejo que los caminos te pones tú esas faldas tan provocativas? Casi era mejor el camione...
-¡Cállate! -chilló Eva, a quien se le había subido, de repente la temperatura a 38. Eduart, que había estado a punto de mentar al Innombrable, se encogió de hombros.
Ariane, temblaba arrellanada en su rincón del sofá, sin atreverse a abrir la boca.
-A mí no me parece un cazador de vampiros -dijo el joven Xavi, que se lo había imaginado como más bajito y menos mal encarado.
-Tiene pinta de mala persona -dijo Marina-. Pero si es tan rico...
-La verdad es que a las mujeres ya les vale cualquier cosa -opinó Eduart, que conocía por referencias de su cuñada el éxito como conquistador de Sir Alex-. Que le valga a Ariane, que ya no podría encontrar nada mejor, pase, pero las otras...
-Bueno, ¡basta ya! -dijo Eva, fuera de sí-. Déjame escuchar esas necedades
Y es que había llegado el momento en que le locutor explicaba el caso:

"Esta mañana a las doce del mediodía, los vecinos del Distrito 6, asistieron a un espectáculo desconcertante. Según numerosos testigos, entre los que se encuentra el célebre profesor Lippershey, de la UCA, un objeto de gran tamaño permaneció clavado en el cielo por espacio de diez minutos. El OVNI fue registrado en vídeo y fotografiado. A continuación, la película cedida gentilmente por el señor Lippershey..."

-¿Tú estabas allí cuando eso sucedió? -preguntó Marina, atónita, a su madre que estaba más silenciosa que una muerta.
Ariane contestó con un escueto sí.
-Es un truco -dictaminó Eva, frotándose la frente-. Los OVNIs no existen...
La señora Lavalle (joven) movió la lengua dentro de la boca sin emitir sonido alguno. ¡Y quería ir al castillo de Fortcastel! Tendría que suceder un milagro.
Contemplar la declaración de Sir Alex sobre el fenómeno le produjo, inesperadamente, una sensación de confortamiento. Se encontró escuchando ensimismada sus palabras ajena a todas las burlas que vomitaba Eduart. Era, en verdad, fotogénico; no guapo, pero poseía una presencia imponente, que llenaba la pantalla como los actores de la era dorada de Hollywood. Si se le contrariaba sacaba la faz malencarada, que diría Xavi, pero siendo su estado natural la risa, no era justo que se le juzgara por una expresión que en él era siempre transitoria.
Ariane puso cuidado de no mostrar demasiado contento contemplando tales imágenes. Eva la miraba por el rabillo del ojo. Era un tormento estar de continuo pendiente de complacer a una persona que la quería atada de pies y manos. No podía consentir esa situación durante más tiempo: el alma de un rebelde bullía en su interior, y tanto fuego por algún sitio tenía que estallar. Pero, sin duda, la gran explosión no tendría lugar aquella noche. “Otro día se lo diré”, pensó.

*****

A la mañana siguiente, antes de marchar a la universidad, Sir Alex le preguntó si había arreglado el asuntillo. Ariane, que ya casi temía tanto las reacciones del profesor como las de su hermana le dijo que sí, que Eva había puesto algunas pegas al principio pero que, al final, se había ablandado. “Muy bien: sabía que lo conseguiría”, le dijo él, pegándole unas palmaditas en los omóplatos como si fuera un caballo que acabara de ganar el Grand National.
Para él era una felicidad que llovía sobre otra; no hacía ni cinco minutos que le habían llamado de la televisión para invitarle a participar en un debate sobre los OVNIs que ya estaba previsto desde hacía semanas, pero que con los sucesos de la mañana anterior, había cobrado una nueva actualidad. “Y además, la emisión está patrocinada por las bodegas Spengler, ¿qué le parece?”
Sir Alex se tomaba su intervención en el programa muy en serio; hablaba de tomar apuntes de libros, de bosquejar esquemas, hasta creía que le permitirían soltar sus rollos macabeos sobre los arquetipos culturales (¡sí, en la televisión!) Y apenas le quedaban dos tardes para prepararse. “No se preocupe, Sir Alex: se merendará a todos los demás de un bocado”, le dijo ella, con fingido entusiasmo, buscando ocultar su abatimiento.
“Verá qué sorpresa le tengo preparada para cuando vuelva”, susurró él, en tono misterioso, pellizcándole la mejilla, un gesto que Ariane aborrecía. Sin embargo, la promesa le elevó la moral; quizá le fuera a hacer un regalo o a obsequiarla con otro anticipo. Pero el profesor no soltó prenda sobre lo que se traía entre manos.

*****

A las once, Ariane recibió una visita muy desagradable: el señor Adamski, que no había elegido al azar aquella hora y aquel día para dejarse caer por el nª 1 de la plaza Comendatori. Ariane dudó en dejarle entrar; las advertencias de su jefe pesaban sobre su voluntad como una losa ¡Cómo que advertencia: la de comunicarse con el rubio profesor Adamski era una prohibición taxativa! Pero él parecía tan amable.
-¿Qué deseaba usted? -le preguntó ella, recelosa, parapetada tras la hoja de la puerta.
-Hacerle una visita de cortesía...
-¿A mí?
-¿Por qué no? -exclamó él, jovialísimo y desenfadado.
-Porque usted y yo no tenemos nada de que hablar; dejando aparte que Sir Alex me ha dicho que no le dé conversación.
-¡Típico de él! -contestó muy tranquilo el hombre echando las manos a la espalda-. Una manera como otra cualquiera de proteger la impostura en que consiste su vida. ¿No se le ha ocurrido pensar que, tal vez, quiere mantenerme alejado de usted para que no le cuente todo lo que sé sobre su persona? Créame; hay historias muy sórdidas en su pasado que yo conozco al dedillo.
-Oiga, señor Adamski...
-Ya le he dicho que me llamo Sergio.
-Pues Sergio -replicó ella-. No me gusta que hable en ese tono del profesor. Si ha venido para dejarle mal ante mí, más le vale volver sobre sus pasos, porque no daré oídos a sus insinuaciones.
El doctor Adamski fingió no haber escuchado y miró hacia el cielo con aire distraído.
-Alucinante lo del OVNI de ayer ¿verdad? -dijo con una amplia sonrisa-. Casi me da un soponcio cuando vi asomar los morros del viejo en la tele anoche. ¡Y qué bobadas hablaba! No me lo podía creer: a pesar de haberlo visto con sus propios ojos y de haberlo grabado en vídeo aún decía que había que tener en cuenta la hipótesis sociocultural y bla, bla, bla... El pobre hombre debe de estar senil...
Mal hizo Adamski al reírse del caballero. Ariane le cerró la puerta en las narices, empleando la mala educación que Sir Alex le exigía en los tratos con su enemigo académico. Pero Adamski volvió a llamar al timbre.
-Y ahora, ¿qué quiere? -preguntó airada, la señora Lavalle.
-Que me deje pasar; le prometo que no diré una sola palabra contra Lippershey... Ya tendré ocasión de decírselas a él todas juntas, mañana, en el debate.
-Ah, pero usted también...
-En cuanto me enteré de que le habían invitado moví unos cuantos hilos para que me llamaran. Tengo amistades en el Canal 1; ande, no sea mala; permítame pasar.
-Bueno, pero compórtese...
-Palabrita de honor.
Ariane lo condujo a la biblioteca con la guardia alta. No le parecía que trajera muy buenas intenciones; tenía un brillo acerado en sus ojos que le daba mala espina. Quería saber, no obstante, a qué se debía; la curiosidad terrible de Ariane Lavalle, que como verá el lector le ocasionó un disgusto muy gordo.
-¿Estaba haciendo algo? -preguntó él, quitándose el abrigo y tirándolo en el sofá como si estuviera en su casa.
-Pasaba a limpio una parte del borrador del nuevo libro de Sir Alex.
-¿De veras? ¿Qué tal lo lleva el profesor? ¿Acabó ya el primer capítulo? -Sergio Adamski se rió sin esperar la respuesta-. ¡Qué récord: un capítulo en tres años!
-El jefe es lento pero seguro -replicó Ariane, con fastidio.
-Yo también estoy escribiendo: hace unos días empecé un libro y espero terminarlo en dos semanas...
-¿Dos semanas? -preguntó ella, escéptica-. ¿Cuántas páginas tiene: diez?
-Eso se le ha pegado de Lippershey -apuntó el hombre, divertido-. Pero para que vea qué bueno soy, ni siquiera se lo tendré en cuenta... Escribir es fácil para quien domina la materia y las técnicas literarias. No es por presumir pero yo soy un experto. Para mí, la fase más complicada de la creación de un libro es siempre la de documentación. Mi nueva obra tratará sobre el Monstruo de Barglava; un proyecto muy ambicioso que lleva rondándome la cabeza varios años; en él abordaré todo lo que se sabe sobre este fenómeno desde la antigüedad hasta nuestros días.
-Pues sobre ese tema tengo entendido que usted sabe lo suyo -dijo Ariane.
-Sí, pero la persona que posee los archivos más completos sobre el Monstruo es el profesor Lippershey; hace años él lo investigó; recogió centenares de testimonios... Sin esa información mi ensayo quedará incompleto...
-Ah, pues pídale a él que le preste su documentación.
El hombre esbozó una cínica y a la vez triste sonrisa.
-Sí; y él estará encantado de colaborar conmigo...
-¿Quiere que yo se lo pida por usted? -preguntó la mujer, sospechando, erróneamente, que ése era el verdadero motivo de la visita.
-¿Lo haría?
-Claro, no me cuesta nada -Ariane, adoptó la actitud de una anfitriona solícita-. ¿Quiere tomar algo?
-Un café me vendría que ni pintado.
-Aguarde un minuto; que ahora se lo sirvo...
Todo fue salir la mujer de la habitación, y cambiársele a Adamski la cara de elfo bondadoso por la de hiena carroñera. Con agilidad, saltó del asiento y corrió hacia el despacho de la secretaria, procurando pisar en blando para no hacer ruido. ¡Pedirle él a Lippershey algo pudiéndolo tomar por la fuerza de la astucia vulpina! ¡No le conocían! Sin perder tiempo, se lanzó sobre los archivadores, dudando si buscar primero en la B de Barglava o en la M de Monstruo. El pobre mueble sufrió las consecuencias de sus vacilaciones: en menos que canta un gallo quedo medio destripado y con las vísceras de papel al aire. Adamski se entusiasmaba tanto con los apasionantes ficheros del profesor que olvidaba, al cabo, el propósito inicial de su búsqueda. ¡Cuántos libros podría escribir con aquel tesoro! ¡Se haría millonario! Le hubiera dado tiempo de sobra para robar los dossieres que necesitaba y salir pitando antes de que regresara Ariane, pero su interés en casos ajenos al tema de su libro lo demoraron lo suficiente como para que ella lo sorprendiera en plena faena.
La mujer, horrorizada, se llevó las manos a la cabeza al ver todos los papeles fuera del sitio, y al señor Adamski sobre ellos, con expresión de zorro entre las gallinas.
-¿Qué ha hecho? -le gritó, al borde del histerismo.
Él, que por puro éxtasis, no se había percatado de su llegada, dio un salto del susto.
-No pasa nada, tranquilidad.
-¡No toque eso! -volvió a gritarle ella, arrancándole de las manos el dossier sobre el infortunado señor Varnemati.
-Déjese de bobadas -replicó él-. Necesito estos informes como el respirar. El caso de ese joven, Ariel, ¡oh, Dios! Mire cómo me lo ocultaba. Pero es de alto interés para mi investigación. Sí, sí, espectacular: un chico atacado por los extraterrestres. ¡Lo quiero!
Con un movimiento bastante brusco Adamski le arrebató de nuevo el expediente. Ariane ya rugía.
-¡Me está poniendo en un compromiso!
-Haremos una fotocopia a los papeles y luego los devolveremos a su sitio: él no se dará cuenta...
-Pero eso no es ético.
-Sea como sea, usted no me va a impedir que...
Ariane sabía que no podría utilizar la fuerza bruta contra un hombre, y menos contra uno que, como aquél, parecía muy determinado a consumar su diabólico plan; de modo que, sin pensárselo dos veces, salió corriendo de la oficina y la cerró con llave, dejando al intruso atrapado como un ratón en su cebo de queso. Adamski golpeó la puerta, pidiendo que lo liberaran, pero ella no se ablandó.
-Vamos, señora Lavalle; no sea tonta; Lippershey es un egoísta; no es justo que se guarde para sí informaciones tan valiosas. El mundo debe saber... y yo soy el heraldo de la verdad. Ábrame; por favor; le daré una parte de los beneficios del libro, pondré su nombre en la página de agradecimientos... ¿Qué más quiere que haga?
-Que deje los dossieres en su lugar y se vaya con viento fresco, en ese orden preciso...
Sin darse cuenta, Ariane le había dado una idea al saqueador, quien decidió invertir el orden de las acciones, pero obviando la segunda. Como Adamski no contestara a sus palabras y no era buena señal que estuviera tan silencioso, la señora Lavalle pegó el oído a la puerta: ¿qué ruidos tan raros estaba haciendo? ¡Ya lo tenía: intentaba huir por la ventana!
Como una tromba, la mujer entró en el despacho; Adamski estaba ya con una pierna descolgada fuera de la casa; llevaba tantos papeles bajo el brazo que no podía por menos de realizar maniobras torpes. Y gracias a Dios que así era. Ariane lo agarró de la chaqueta justo a tiempo y tiró de él con todas sus fuerzas. Por el impulso, el hombre cayó hacia atrás, golpeándose el brazo con un archivador: los informes cubrieron el suelo como hojas secas; el ficus que daba vida a la habitación se estrelló sobre el manto de celulosa, haciéndose añicos la maceta que lo contenía.
-Señora Lavalle, es usted peor que un perro guardián -dijo Adamski, levantándose dolorido de todo el cuerpo, de entre el estropicio generalizado.
-¡Mire lo que ha hecho! Lippershey me va a matar...
-El no tiene por qué saberlo.
-¿Encima quiere que no se lo cuente?
-Es mejor para los dos: dejaremos todo como estaba antes y aquí no ha pasado nada.
-Pero usted no se llevará ni una hoja -advirtió, iracunda, la mujer-. Si intenta robarme, llamaré a la policía...
Adamski, recuperando el rictus amable (después de todo, le había divertido la reacción de Ariane) se agachó y empezó a recoger los trozos de la maceta.
-Mañana le pediré permiso al profesor para que me deje consultar sus archivos. ¿Eso le parece suficientemente ético?
-Así es como se hacen las cosas... Y si no le importa, sáquese del bolsillo esa cassette, que le he visto...
-¡Es usted un lince!
Después de arreglar el desaguisado, Adamski pretendió quedarse un rato más, por lo menos, lo justo para beberse el café. A ella no le hizo gracia; continuamente miraba las esferas de los relojes temiendo que llegara por sorpresa la hora en que Sir Alex solía regresar. La sonrisa luminosa y rubia del doctor Adamski no la convencía; había cometido un error al franquearle la puerta; cualquier daño que el intruso causara debía achacárselo ella. Bien es verdad que había trasplantado el ficus a una nueva maceta con mucha dedicación, procurando no dejar huella de sus actos, pero quizás actuaba así porque no había perdido la esperanza de ganársela. Pero él pronto adivinó que con buenas palabras no derribaría aquel bastión; se imponía un cambio de estrategia: fuera falsas sonrisas; había que ir a por todas.
-Me conmueve su fidelidad para con el señor Lippershey -dijo, con hipócrita afectación, después de darle un sorbo al café, sin sentarse, porque Ariane le acuciaba para se largara-. Pero él no la merece. Supongo que lo tiene tan idealizado que es incapaz de ver sus defectos. Oh, sí; la comprendo; es esa clase de persona que, esté donde esté, atrae sobre sí todas las miradas, una personalidad carismática, magnética. Yo también me dejé fascinar por un tiempo. Pero, ¿sabe que le digo? Todo es mentira, una fachada. ¿Le ha hablado alguna vez de Emma de Varens, su antigua secretaria? -preguntó, con sibilina entonación.
Ariane hizo memoria.
-Sólo sé que se fue para casarse...
-¿Se fue? -preguntó retóricamente el aprendiz de Yago-. ¡Ni pensarlo! Él la despidió porque no quiso someterse a sus caprichos... Usted ya me entiende.
La señora Lavalle respondió con una violenta explosión.
-¡Eso es mentira! Sir Alex nunca lo haría.
-¿Qué no? ¡Ingenua que es usted! El se pasa por la piedra a todas sus secretarias; y la que no acepta sus condiciones se va a la calle. Así de simple.
-No le creo ni palabra
-Váyase preparando: a usted también le llegará el turno.
-Lárguese, no quiero oír nada más.
-La verdad duele ¿eh?
-Duele más la mentira -adujo ella y, bastante alterada, le pegó un empellón al individuo-. Váyase de una vez...
A rastras casi, ella lo llevó hacia la salida. Adamski estaba feliz; creía haber sembrado una duda razonable en la leal mujercita, lo suficientemente fuerte como para quebrantar su adhesión hacia el caballero. Ella tenía ganas de estrangular a alguien; no sabía todavía a quien, pero la ira hacía hervir su sangre.
-No se disguste -le dijo el perverso doctor Sergio, antes de tomar la puerta-. Por muy mal que vayan las cosas siempre pueden ir a peor. No quiero ni imaginar qué diría Sir Alex si supiera que hemos pasado unos gratos momentos juntos en su propia cama.
-¡Es usted un...! -gritó Ariane, abriendo con desmesura ojos y boca. No daba crédito.
-No tema; yo no le diré nada siempre y cuando usted sea buenecita y me pase un par de expedientes de nada. Yo también quiero ahorrarle el disgusto de saber que he gozado de sus encantos antes que él...
-¡Infame! Lippershey nunca se lo creerá.
-¿Quiere probar a ver?
Lo último que Ariane vio antes de cerrar la puerta en las narices a aquel individuo fue su repelente sonrisa de cínico redomado, que le persiguió como una pesadilla durante horas.
Atribulada por la amenaza del chantaje, la pobre secretaria aguardó la llegada del profesor, quien se presentó, por fin, a las 1:45, quince minutos antes de lo normal, cariacontecido y destilando hostilidad.
Él tomó aire ruidosamente, dilatando los orificios de la nariz.
-Una señorita de la calle me ha dicho que el señor Adamski vino por la mañana, se quedó por espacio de una hora y que cuando salió iba riéndose -dijo en tono seco, enfatizando la última palabra como si eso significara algo.
-Es cierto -confirmó Ariane, poniéndose una mano en el corazón, que parecía querer salirse de su ubicación natural.
-Y, ¿a qué esperaba para contármelo? -preguntó Sir Alex, suspicacísimo.
Ariane no se molestó en responder a tal pregunta: le narró su desagradable encuentro con el señor Adamski, pasando por encima de sus temores (el primero de los cuales era que pudiera haber verdad en la deplorable descripción que Sergio había hecho del profesor, al que ella tenía por la octava maravilla del mundo, por un ser que, como Anabel Spengler, lo sabía todo de todo, y era, como Mary Poppins, prácticamente perfecto)
Cuando acabó se sintió más aliviada. Nunca podría agradecerle a sus padres el consejo que de niña le habían dado: “Di siempre la verdad aunque te perjudique” y que ella no utilizaba muy a menudo.
-No ha actuado bien al dejar entrar en mi casa a ese, a ese... asco de persona -riñó el caballero-. Pero, por suerte, la sangre no ha llegado al río. Y, déjeme que le diga una cosa sobre Emma: se fue de esta casa porque quiso. Yo nunca la molesté; de hecho, teníamos una relación de buenos amigos. Créame cuando le digo que me ha dolido mucho esa calumnia. Adamski es sucio y degenerado, pero lo de intentar indisponerla contra mí de esa manera, ha sido repugnante, incluso más repugnante de lo que en él es norma...
-Yo siempre supe que usted no había hecho nada de eso... -declaró Ariane, con rotundidad.
Bastó tal afirmación, formulada con tanta sinceridad para que se le alegrara la cara al inglés.
-Ese animal ha estado a punto de echar a perder la sorpresa que le tenía preparada -dijo él, dejando el abrigo, la gorra y el bastón sobre la silla-. El próximo día que le vea, ajustaremos las cuentas, pero ahora, olvidémonos de él...
La señora Lavalle tomó el bolso y la chaqueta mientras él estaba de espaldas; el reloj había dado la hora de marchar.
-Bueno, pues deme mi regalito, que yo me voy -dijo.
-No tenga tanta prisa -musitó Alexander, quitándole la chaqueta como un sirviente la saca el abrigo a las visitas-. La sorpresa es que he cocinado para usted; hoy almorzaremos juntos. Pero no se haga ilusiones, que no la haré presa de mis caprichos.
-Pero no he avisado en casa... -protestó ella, más bien estupefacta.
El profesor, incontinenti, le colocó el teléfono en la palma de la mano.
El mensaje estaba claro; y Ariane que, de nuevo se veía en uno de esos aprietos de los que tanto le costaba salir, marcó el número de su casa, no sabiendo muy bien qué excusa inventarse para no soliviantar los ánimos de Eva. Por suerte, contestó Marina.
-Mira, hijita; llamaba para decirte que no puedo ir a comer. El profesor me ha pedido que me quede un rato para ver si adelantamos un poco de trabajo -dijo, entre dudas, suspiros y tartamudeos.
-¡Eso no te lo crees ni tú! -exclamó la nena, hipando de risa.
-Bueno, tú díselo a Eva...
Cuando colgó, Ariane tenía el pulso a ciento diez, pero si hubiera seguido el consejo de sus padres, habría rodado por el suelo, víctima de una embolia.
-¿Por qué ha mentido? -preguntó Sir Alex, juntando las cejas en el arranque de la nariz.
-Usted no lo entiende...
-Por supuesto que sí; y me da la impresión de que no le ha hablado a su hermanita de lo de Fortcastel. ¿Me equivoco?
Ariane tragó saliva.
-Oh, perdóneme; ¡no me atreví! Pero le juro que de mañana no pasa sin que se lo diga.
Sir Alex endureció los músculos faciales y se adelantó tenso, como si fuera a lanzar un ataque verbal muy agresivo; pero al poco, toda la energía acumulada se desinfló como un globo pinchado.
-Espere unos minutos a que se caliente la comida -dijo, sereno, con una expresión divertida.
“En que líos me meto”, pensó Ariane, acariciándose la muñeca, donde seguía palpitándole la sangre.

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