El Cultural -Magazine de El Imparcial

miércoles, 12 de julio de 2006

Regina Irae - Parte I - XVIII

CAPITULO 18


El hada de la familia Lippershey


Aquella tarde nuestra heroína descubrió que Lippershey no sólo era un galante caballero (un poco ligero de cascos, todo hay que decirlo) sino que además, dominaba las artes culinarias como un profesional de los fogones.
Pero antes de sentarse a la mesa, Ariane tenía serias dudas sobre el placer que le proporcionaría tal almuerzo: renegar de la carne, como había hecho Sir Alex, reducía las posibilidades gastronómicas, lo que, por otra parte, obligaba al chef a agudizar el ingenio.
Cuando el profesor la llevó al comedor se sintió molesta consigo misma; sólo de pensar que le había forzado a él, que era un hombre tan cargado de obligaciones, a realizar un esfuerzo imaginativo superior al normal, se ponía mala: suponía que cuando no tenía invitados, se conformaría con cualquier cosa verde y desaborida (no había mas que verlo, tan flaco como un silbido)
Con este peso sobre su conciencia (y además ella estaba acostumbrada a servir, no a que la sirvieran) penetró, pues en la sala contigua a la biblioteca, donde él ya había dispuesto sobre una larga mesa una cubertería de alpaca, cuyo brillo metálico resaltaba en la blancura del mantel chantilly, que aparentaba haber pasado los últimos años pulcramente doblado en una alacena, perfumado con esas esencias exóticas que tanto le gustaban al profesor.
Lippershey, gentil, apartó la silla destinada a soportar el peso de la invitada de honor, con cordial sonrisa. Ella se acomodó, procurando guardar las formas, usando movimientos elegantes, de libro de urbanidad. Por un instante, creyó haber viajado al interior de una novela ambientada a finales del siglo XIX. El no desentonaba en tal mundo fantaseado.
De pie, le sirvió como si fuera el lacayo, y ella su señora. Ariane se sintió realmente importante.
Comieron de primer plato, un exquisito pastel de patata y queso, invento del profesor; de segundo, una ensalada de espárragos, corazones de alcachofa y champiñones, bañado todo por una salsa agridulce, patentada también por el inglés, cuya composición no quiso revelarle a Ariane.
De postre, helado de chocolate, vainilla y whisky: "un puro gozo" (que era lo que ella decía cuando disfrutaba al máximo), y sin hincarle el diente a ningún cadáver.
Con los líquidos se mostraron más precavidos. Ariane refrenó sus ímpetus con el vino: no quería que su espíritu romántico, alborotado por el buen condumio, el alcohol y el trato cortés la precipitara en la confusión o en el caos, estados en los que las reacciones de su organismo eran impredecibles e incontrolables. Lo mismo podía haberle dado por ponerse a bailar encima de la mesa que hacer alguna otra cosa mucho más extravagante e inmoral.
Lo que hablaron en los intermedios largos y sosegados, entre bocado y sorbo, se resume en dos palabras: asuntos personales.
Sir Alex empezó a divagar sobre sus ya lejanas, infancia y juventud, y como siempre que el tema de la charla era él mismo, no fue parco en palabras.
De este modo se enteró Ariane de que Lippershey era hijo de un self made man que había comenzado como explotador de mineros en el sur de Gales y había amasado una fortuna con el más lucrativo negocio de la banca y las especulaciones inmobiliaria y capitalista; y de una linda aristócrata “toda dulzura y belleza melancólica”, que murió al darle a luz.
Su infancia había transcurrido a caballo entre el selecto barrio londinense de Belgravia, los internados de élite y la mansión familiar de Castel Coch, en Gales, al pie de los montes Snowdon, de donde eran originarios sus progenitores. Guardaba muy buenos recuerdos de sus estancias en la tierra galesa, pequeñas aventuras ribeteadas por las historias de duendes y hadas que le contaban los lugareños, con su escarpado acento, para asustarle. En aquel tiempo no era ninguna rareza que las hadas secuestraran a la gente; él llegó a saber de un chico de su pueblo que había ido a parar a los cubiles feéricos que están debajo de las colinas, sin que nunca más se le volviera a ver el pelo. De aquellas inolvidables jornadas, le venía a Sir Alex el gusto por la mitología, en especial por la céltica.
“En Gales, las hadas no siempre han tenido buena fama”, explicó “Se las acusaba de asaltar a los viajeros que se aventuraban por las montañas como hacía Gwydion; de robar gente, etc. Es curioso que uno de los nombres por el que se las conoce sea ‘Cipenapers’, que es corrupción de la palabra inglesa ‘Kidnapers’ (secuestradores) Sin lugar a dudas, los extraterrestres abductores de hoy en día son sus más aventajados alumnos.”
-Estoy pensando en ese niño que dice usted que se llevaron las hadas -dijo Ariane, descansando su barbilla en la mano, con tono evocador-. ¿Qué habrá sido de él? Quiero decir, ¿qué hacen las hadas con la gente que se llevan?
-Oh, existen varias hipótesis -respondió él, risueño-. Hay quienes aseguran que las hadas deben pagar un tributo anual al infierno, y que, para evitar que el Diablo se lleve a sus hijos, les entregan los de los hombres. Otros sostienen que los convierten en sus esclavos. Aunque no faltan historias que sugieren que los visitantes humanos son bien recibidos de vez en cuando en el País Borroso o Tierra de la Juventud o País de las Mujeres. Realmente, las hadas sólo viven en el interior de nuestras cabezas; las de la mía, por descontado, están bajo control.
-Quizá si existan, después de todo; yo siempre creí que los ovnis eran cuento, pero ayer... En fin, sé lo que usted opina, pero yo confío demasiado en mis ojos como para pensar que conspiran con el propósito de engañarme...
-¡Ah, el famoso ovni! -exclamó Sir Alex-. Antes de emitir un juicio es necesario valorar todos los aspectos. Y no es de rigor echar mano de la hipótesis extraterrestre antes de agotar otras posibilidades. Porque es eso lo que usted estaba pensando: ovni sinónimo de EXTRATERRESTRE. ¿No es más racional pensar que pudo tratarse de cualquier otra cosa? ¿Una proyección holográfica creada por medios totalmente humanos, un prototipo militar secreto...?
-Pero no una alucinación ni una recreación de mitos ancestrales -insistió ella.
-¿Está segura? -dijo él, sonriendo de medio lado-. ¿No sintió en algunos momentos un leve mareo, como si se fuera a desvanecer, como si hubiera entrado en el dominio del reino de los sueños, en ese plano de conciencia irreal, fantasmagórico, en el que el tiempo parece transcurrir a velocidad de tortuga?
-Pues ahora que lo menciona, sí... Algo de eso hubo -dijo Ariane, sorprendida de su propia afirmación y de no haber tenido en cuenta antes sus sensaciones de extrañeza.
-Toda la zona del Distrito 6 posee una geología favorable a la anomalía electromagnética; incluso en tiempos corrió por aquí un río subterráneo. El doctor Persinger, de la Universidad Laurenciana de Canadá, demostró fehacientemente los efectos de los campos magnéticos sobre el cerebro: sensaciones de abandono del cuerpo, como las de los que dicen hacer viajes astrales; alucinaciones, visiones de luces, etc. Seguro que no ha olvidado lo que le conté sobre el Monte Vindius. La mayor parte de los edificios sagrados se ubican sobre un terreno de fuerte geomagnetismo y, es ocioso decir, que en esos lugares de culto muchas veces se vivió alguna experiencia religiosa, una aparición divina, sucesos extraordinarios en el cielo... Los antiguos habitantes del Principado, adoraban a sus dioses en el mismo sitio donde ahora usted y yo tomamos tranquilamente este almuerzo...
-Admito que una persona pueda tener una alucinación, incluso que la puedan tener dos decenas a la vez, pero lo que nunca creeré es que algo que es subjetivo quede grabado en vídeo -aseveró Ariane, con la firmeza que da la certeza absoluta.
Sir Alex dio un chupetón a su cigarro, y expulsó el aire formando una nube sobre su cabeza.
-No hablemos de eso -dijo-. Prefiero que volvamos al tema de las hadas ¿Sabe que yo desciendo de una de ellas?
-¡Qué me dice! -exclamó Ariane, solazada.
-Si quiere, puedo contarle la extraordinaria historia del fundador de mi linaje. Le encantará; contiene todos los elementos indispensables para interesar al espíritu volátil de un romántico: magia, terror, aventura, sexo...
-Vamos, profesor; no dé tantos rodeos; si lo ha sacado a relucir es porque arde en deseos de soltarlo, y lo hará, lo desee yo o no.
-Jovencita, es usted muy perspicaz -musitó él, alargando la línea de su boca a ambos lados. E inmediatamente, inició su relato:
“Cuando era pequeño (hace tres o cuatro mil años -sonrió.) encontré en el desván de nuestra casa de Capel Curig un libro encuadernado en piel de becerro que yacía olvidado en el fondo de un arcón. Imagínese la emoción que sentí al abrirlo y ver todas aquellas ilustraciones excelentes, con buen acompañamiento de texto, que narraban como mi antepasado Godofredo de Looz llegó a emparentar con el hada Geirdrurd.
»Godofredo, hijo del conde del Looz, propietario de los castillos de Mantenaken, Brostern y Zummen, no difería en casi nada del resto de los cachorros terratenientes de la época: ocupaba sus momentos de ocio (o sea, todo el tiempo) saqueando, pillando, violando campesinas y jugando con halcones y corceles. Una mañana salió sin compañía a cazar por uno de los bosques del feudo de su padre, con tal mala fortuna que, pasadas varias horas, no le había salido al paso una sola pieza. Llegado el medio día, y con él sus calores (era verano) al bueno de Godofredo le entró una sed atroz. Se dirigió al arroyo que atravesaba la floresta; desmonto; hincó las rodillas y pegó sus labios al límpido caudal. Cuando se hubo saciado, se echó a la sombra fresca de un olmo y, como sucede en todas las leyendas, se quedó imprudentemente dormido, con la cabeza apoyada en un tronco hueco, visitado por bichos de ocho patas y quizá refugio de repulsivas serpientes.
»Una hora después, al despertar, observó con sorpresa que una delicada jovencita lo espiaba desde detrás de unos matojos. Aun con toda la niebla del desperezo sobre su retina, pudo ver que era rubia y pálida, esbelta, y que cubría sus graciosas formas con una capa verde con capucha. Lo primero que pensó el atrevido fue: “¿Estará sola la moza?”; lo segundo: “¡Ojalá!”; y lo tercero, mejor no lo digo, porque no hace honor a mi sangre... Con una no muy sana idea en la cabeza, el condesito llamó a la muchacha a su lado, pero la joven, quedó clavada en el sitio con el ánimo suspenso. Era una contrariedad que le obligaba a él a hacer el esfuerzo de levantarse y alcanzarla. La mujer, al revés de cómo hubiera hecho cualquier chica espabilada, no se dio a la fuga al notar las intenciones del varón, que la verdad, debían de ser bastante evidentes. Sin hacer acopio excesivo de fuerza, Godofredo la derribó en tierra e ipso facto, sació en ella sus apetitos carnales. La experiencia dejó al joven hecho una piltrafa: cuando quiso ponerse en pie, sus rodillas rechinaron y volvieron a doblarse, enviando al resto de su continente de nuevo al prado, donde la misteriosa dama, acostada de lado, se reía de mi penate, sin asomo de cólera. “Si me lo hubieras pedido de buena manera, te habría llevado al cielo", dijo ella, “pero como has sido un desconsiderado, te impondré un castigo: a partir de ahora quedarás privado de aquello que más estimas, de modo que jamás alcances placer cuando te entregues a los deleites del amor.”
»Como es lógico, a Godofredo le entró un ataque de pánico; ¿Y si aquel ser de apariencia angelical era una de esas reputadas brujas que tenían la mala costumbre de hacerles la ligazón a los hombres para impedir que pudieran ejercer como tales? (En aquellas épocas, era frecuente esta superchería: bastaba con que un hombre viera como la hechicera local le hacía un nudo a una soga, para que él se quedara impotente sin remedio; pura sugestión)
»Antes de que Godofredo pudiera pedirle explicaciones a la malvada, espada en mano, que es como mejor se dialoga, ésta se volatilizó en una nube de niebla. Si tenía dudas, con esto se acabó de convencerse de la naturaleza mágica y perversa del ente con el que había yacido: “El mundo está lleno de peligros para las gentes temerosas de Dios”, se dijo, mientras se hacía diez o doce veces la señal de la cruz.
»Ese mismo día, el aristócrata quiso comprobar la efectividad del sortilegio. Se fue al pueblo más cercano, raptó una muchacha al azar, e intentó forzarla. Pero ¡ah!; el animalito, en verdad, debía de tener un nudo, porque no iba ni para adelante ni para atrás, y por mucho empeño que puso, la cosa se quedó en agua de borrajas. ¡El fin del mundo habría sido mejor noticia para un joven de diecinueve años!
»Al cabo de un año de obligada abstinencia, medio loco ya y fracasado su intento de que lo aceptaran como monje en un monasterio (por estar tan imposibilitado para la oración como para el pecado) Godofredo se colocó de anacoreta en el bosque terrible donde había comenzado su desgracia.
»Una tarde, comiendo su ración de raíces asquerosas en una vieja ermita abandonada, se le apareció la causante de sus males. La castidad impuesta por las circunstancias no le había afectado tanto a la cabeza como para no percatarse de que aquella era su única oportunidad de restablecimiento. Se puso de hinojos ante la dama fuera demonio o bruja o enemiga del género humano, para suplicar su clemencia. “Si quieres recuperar tu virilidad habrás de darme algo a cambio”, le explicó ella. “Pero, ¿qué es lo que quieres de mí?”, inquirió él. “Hijos, pasión.” “¿Sólo?” Y el muchacho prometió, entusiasmado, pues aquello no le costaba nada darlo. Ella se le acercó y le entregó un anillo de oro. “Esta es la alianza con la que te desposo: ahora somos marido y mujer” dijo la dama espectral, que como todas las mujeres, parecía muy ansiosa por cazar un consorte. El hada aportaba al matrimonio, aparte del aliciente mágico, un hermoso castillo que surgió en el bosque como por ensalmo, en cuanto ella señaló las copas verdes. “Este será tu hogar y el de nuestros descendientes; yo haré de ellos una raza grande y fuerte”
»Durante más de veinte años Godofredo y el hada se dedicaron en exclusiva a fabricar niños. El castillo se llenó de risas infantiles que enternecían el corazón del hechizado caballero. Pero es ley de vida que los hijos crezcan y empiecen a hacer impertinentes preguntas. ¿Adónde va mamá cuando se marcha del castillo por las noches? ¿Por qué nunca envejece? ¿Es verdad que es un hada? De todas estas cuestiones, la que de veras preocupaba al hombre era la primera. Ella no sólo se iba por las noches. A veces pasaba meses enteros y hasta años, en paradero desconocido, con el consiguiente disgusto para el amante esposo, que como los de hoy y siempre, no veía con buenos ojos que su mujer anduviera de vagabunda descuidando las labores del hogar, y tal vez, poniéndole los cuernos, que es mucho peor. Extraña que hubiera tardado tanto en sufrir un ataque de celos, pero así fue como sucedió, y yo lo relato fielmente.
»Una noche se lió la manta a la cabeza, y se lanzó en pos de la señora de la casa, armado con una antorcha y sus arneses de caballero, dispuesto a vender cara su deshonra, si la hubiere, y el enemigo midiera un pie menos.
»Siguiéndola, llegó hasta la ermita que fuera testigo mudo de su himeneo. Escondido en la espesura, esperó en vano del bellaco seductor, pero lo que vio en verdad le hizo desear la cornamenta: ante sus ojos se congregó una veintena de doncellas de la misma raza de su Geirdrurd hasta formar un conclave sobrenatural, presidido por una mujer de aspecto juvenil, pero mirada anciana, cuya frente ceñía una corona de hierro, que lucía a la altura del entrecejo una gema verdosa. A una orden suya, una de las hermanas hadas colocó sobre el altar de la ruina un bebé. La Reina de las Hadas con un golpe certero, clavó un estilete en el cuello del infante y luego, lentamente, sorbió su sangre como si fuera un batido de fresa. Horrorizado, Godofredo, saltó al claro del bosque, demostrando que seguía siendo tan imprudente como cuando era joven. Con la espada desenvainada, amenazó a la reina de la camarilla y le dijo una sarta de palabras afrentosas. La esposa de Godofredo se quedó heladita al verlo; insultar y acosar a la reina de las hadas con las malas pulgas que tenía. “¿Con qué derecho te diriges a mi, triste mortal?”•, preguntó, desairada, la regente de la nación numinosa, con la pomposidad que caracteriza a los seres divinos. “Yo soy la señora del cielo y de la tierra, y hago lo que me place, así sea matar o amar. Por tu atrevimiento, mereces el peor de los castigos, que no es la muerte, sino algo más horrible y de mayor duración...” Godofredo estuvo en un tris de hacer discreto mutis por el foro, no fuera a repetirse la triste historia de su adolescencia, pero sus pies estaban como pegados al suelo. Geirdrurd, que estaba enamorada de su capricho humano hasta los tuétanos, se interpuso entre él y su señora: “Ten piedad; no lo dañes. Yo soy la causante de todo; porque fui a los humanos y lo conocí: su energía me alimentó y con su semilla engendré hijos que son ahora tus vasallos. Sé que nadie que conozca nuestros secretos debe vivir, pero con él podrías hacer una excepción.”
»A la Reina, que era una mala pécora, no sólo no le conmovió el alegato, sino que aumentó su ira. “Ambos sois merecedores de una pena: tú, Geirdrurd, serás condenada a beber el Agua de la Dormición, por haberte unido de manera persistente al mismo mortal. Serás llevada a nuestro reino y encerrada en la Cámara del sueño, hasta que, pasado el tiempo preceptivo, puedas regresar a tu individualidad. Él, será entregado a nuestras hambrientas hijas para que se harten con su carne y con su espíritu, y después será nuestro eterno esclavo.”
»A Godofredo le temblaron las piernas: acabar en las fauces de unas caníbales no era algo que le hiciera mucha ilusión, pero la idea de trabajar (encima sin sueldo y para siempre) era impensable para un noble caballero.
»La Reina, inconmovible ante al llanto de Geirdrurd, señaló con el dedo al hombre; súbito, un rayo verde surgió de él (¿le suena de algo?) e impactó en el pecho del esposo, haciéndole perder la espada, el valor y el color de la piel. Pero, milagrosamente, Godofredo salió indemne de la agresión (y no como nuestro amigo Ariel) aunque tembloroso como una hoja y sin resuello.
»Sorprendido por no haber muerto churruscado en la llama glauca, se palpó para ver si todo estaba en su sitio. No quiso ni pensar en qué había sucedido: aprovechando el desconcierto de la Reina de las Hadas, que permanecía delante de él con la boca abierta, arrancó y no echó el freno hasta llegar al castillo. Esa misma noche, se trasladó con su prole al sur, a la tierra de sus abuelos. Se dice que vivió una existencia feliz después de aquello, que nunca volvió a ver a Geirdrurd ni a la Reina y que concertó buenos casamientos para sus hijos. Su primogénito Alejandro, se unió con una mujer muy rica en Alemania; así mi familia pasó de ser aristócrata a ser burguesa y fue famosa, en aquellos tiempos de vida precaria, por la extraordinaria longevidad de sus miembros. Alejandro murió a los 105 años, y ninguno de sus sucesores primogénitos dejó este mundo antes de su nonagésimo cumpleaños. En 1303 Catalina de Looz contrajo nupcias con un Lippershey, familia que dio como fruto más digno de recordación a Hans Lippershey, inventor del telescopio. Siglos más tarde, en 1743, Frederik Lippershey, comerciante de paños, dejó Flandes y se asentó en Cardiff, donde arraigó la rama galesa de la estirpe. Y después de algunos avatares sin importancia, al fin, llegué yo: Alexander Lippershey, que siendo descendiente de un hada y de un caballero casquivano, no pude salir mejor de lo que ve.”
Ariane estuvo a punto de aplaudir. En sus ojos de soñadora brillaba un fuego diamantino.
-¡Qué bonito! ¡Y lo ha inventado para divertirme!
-No; la historia de Godofredo es la mistificación de un típico relato de brujería (reuniones en el bosque, sacrificio de niños, erotismo salvaje) aderezado con unos toques de cuento de hadas (casamientos entre humanos y hadas) motivos todos archiconocidos. Los arquetipos se repiten; el autor del libro los utilizó con todo el conocimiento de causa.
-Entonces, ¿el libro existe? ¡Qué maravilla; me encantaría echarle una ojeada!
Sir Alex negó con la cabeza.
-No lo tengo; lo más seguro es que aún permanezca en el fondo de aquel arcón.
Ariane rebajó la intensidad de su expresión de gozo, sin matarla del todo; había regresado al mundo real que, bien mirado, no era tan distinto del mágico.
Por sorpresa, él le tomó la mano.
-¿Lo ha pasado bien?
-Sí; muy bien.
-¿Qué le dirá a su hermana cuando llegue a casa?
La señora Lavalle suspiró.
-Menos la verdad, cualquier cosa -respondió, encogiendo los hombros con cara de mártir a punto de ser colocado sobre la parrilla candente.
-Vamos, vamos, no puede ser tan terrible -dijo Lippershey con seriedad; mas, acabado de decir la frase, rió con sonidos sordos.
Y es que el hecho de que Ariane le tuviera pavor a su hermana a él le indignaba y le daba risa a partes iguales. Tan fiera se la estaba pintando que andaba loco por conocerla, por poner a prueba la potencia de la dentadura de la doctora Lavalle o lo que era lo mismo, la resistencia de sus carnes a tal trituradora. En una milésima de segundo, una chispa producida en lo más superficial de su neocórtex prendió una vigorosa llama de inspiración.
-Su casa está en Belavista, ¿no? -preguntó, el caballero con la mirada distraída en la copia de un cuadro de Turner.
-Sí; en la vía del Mariscal Valerio Dante -Contestó ella, con la voz muelle, también un poco ida.
-Muy cerca de los estudios del Canal 1...
-Casi al lado, ¿por qué? -Ariane se echó la mano a la boca abierta; también a ella le surgían fuegos fatuos en la mente-. ¡Oh, profesor! No estará pensando en dejarse caer por casa antes del debate...
-¿Por qué no? A mí no me da miedo la terrorífica doctora: no soy paciente suyo...
Aquella era la clase de respuesta que convertía a Lippershey en candidato poco idóneo para visitar su casa. ¡Si al menos pudiera censurarse, atarse un nudo en la lengua y comportarse por unos minutos como un viejecito amable e inofensivo, amante de la vida hogareña, los animales y las plantas! Pero Ariane sabía que eso no era posible (¿Se puede secar el mar con una esponja?) Sir Alex no sería capaz de controlar su ingenio ni siquiera en presencia de una persona a la que era casi imposible arrancar una sonrisa. Eva era tan seria e inteligente que leía a Virginia Woolf sin echar mano de las aspirinas; incluso había leído el Ulises de Joyce ¡entero!, lo cual daba buena muestra de sus portentosas tragaderas. Pero a Lippershey no lo tragaría, aunque fuera tan erudito y cargante como el autor del famoso libro. Sir Alex no era Joyce, (afortunadamente) y no era Joyce, porque entre otras cosas, Joyce estaba muerto y ya no suponía un peligro para la estabilidad emocional de nadie. Los sofisticados malabarismos con el lenguaje del irlandés podrían sorprender y agradar al espíritu afilado de la doctora; pero las gracias de Lippershey, casi con toda seguridad, le harían elevar la ceja y torcer el labio, con ese gesto de suficiencia con que un crítico literario se enfrenta a la obra de un escritor novel. No; Sir Alex no podía encontrarse cara a cara con Eva; sería una batalla desigual; porque si él pretendía zaherirla con un latigazo sarcástico, con su estocada de Nevers dirigida a la frente, ella miraría hacia otro lado, o se ofendería y lanzaría una pedrada, pero nunca (y en esto demostraba lo superior de su intelecto) le daría la réplica necesaria para embocar la lucha dialéctica por los derroteros que él precisaba para lucirse. Le pondría mala cara; le hablaría con sequedad, refunfuñaría probablemente; pero no diría: “¡Por supuesto que no es paciente mío: yo soy dermatóloga, no psiquiatra!”

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: miércoles, 12 de julio de 2006
  •  | 
  • Hora: 19:48

Autor: Thersuva

Qué simpático el madurito (ejem) galán... pena que luego se va por las ramas con sucesos ocurridos, como él mismo reconoce, hace miles de años (su infancia e incluso antes, que ya es decir), aunque supongo (cof,cof), que tendrá que ver con la trama de la novela... Angelito

Un poco largo y barroco el capítulo... algunos pasajes he tenido que leerlos varias veces para despejar el bosque de adjetivos y palabrejas... Fumador

  • Fecha: miércoles, 12 de julio de 2006
  •  | 
  • Hora: 23:56

Autor: reginairae

Vaya cosas veis... Además, las series de éxito en el extranjero cuando llegan a España solo las ven cuatro gatos. Ninguna triunfa masivamente, ¿por qué será? ¿Alguna teoría?

Me gusta la foto de los dos hombres desnudos toqueteandose, jajaja