El Cultural -Magazine de El Imparcial

sábado, 22 de julio de 2006

Regina Irae - Parte I - XIX

CAPITULO 19


Bonitas escenas vampíricas


Las reticencias y súplicas de la señora Lavalle no hicieron a Lippershey abandonar su proyecto; y así Ariane, añadió a sus preocupaciones, una nueva que la afligió durante toda la jornada.
Para evitar tener que dar más explicaciones sobre el motivo de su falta a la hora del almuerzo, Ariane anunció a sus familiares la visita de Lippershey, prevista para la tarde del sábado. Con tal sorpresa, apagó el rumor de malicias que había empezado a escuchar al trasponer la puerta. Xavi no se mostró demasiado contento; Marina sonrió, curiosa; Eduart se frotó las manos; y Eva... Eva no dijo ni esta boca es mía; pero el morado de su cutis y el rojo de su iris eran señales suficientemente elocuentes como para que no fueran necesarias glosas verbales aclaratorias. Y en ese estado tan colorista y silencioso permaneció toda la noche del viernes, y la mañana y tarde del sábado.
El profesor tocó el timbre del chalecito de Eva Lavalle (dos plantas; tejados inclinadísimos; rodeado de un césped uniformemente cortado; todo muy sosito, muy nuevo; muy suizo) a las ocho en punto, vestido con su mejor talante y su mejor abrigo; aunque la temperatura había hecho trabajar duro al mercurio de los termómetros durante todo el día, con el crepúsculo, el líquido metalizado había empezado su huelga de dilatación. A esas horas, pensó Sir Alex, Philip estaría congelándose en las montañas de Barglava si su chica no le ponía remedio.
Ariane, que desde las seis no paraba de correr de su cuarto al salón y de éste al baño, voló a abrirle, antes de que alguien se le adelantara. Su escote temblaba como un flan.
-¡Hola! -exclamó él, alegre como un estudiante, en cuanto vislumbró la fisonomía de la mujer.
-¡Hola! Tiene un aspecto magnífico -respondió Ariane, dejándole pasar al vestíbulo.
-Usted también; obviando la palidez mortal de su rostro; el temblor de sus labios, la cara de insomnio de tres noches, la humedad vidriosa de sus ojos y ese kilo que, por lo menos, ha perdido de ayer a hoy...
-O sea, que estoy hecha un asco -dijo ella, deshinchándose.
-Se lo perdono porque conozco la causa de su malestar. Pero procure ganar de nuevo ese kilo; la mujer tiene que estar acolchadita para que...
-Cállese -le susurró Ariane-. A Eva no le gusta el machismo; así que hable poco, y a ser posible, no haga chistes sexuales. Piense en Fortcastel.
Un relámpago iluminó los ojos de Sir Alex.
-Le he traído un regalito -dijo, ya en camino hacia el salón, hundiendo la mano en el profundo bolsillo de su abrigo Ralph Lauren.
-No tenía que haberse molestado -soltó ella, quien entre sí decía: “¿Qué será, qué será?”
El profesor sacó del bolsillo, un objeto de tamaño mediano, rectangular, envuelto en papel azul, ¿un libro? Ariane, impaciente, rasgó el envoltorio: era una cinta de video, “Las Novias de Drácula”, protagonista estelar, Peter Cushing.
-¡Oh, profesor, profesor! Esta es una de las mejores películas de vampiros de toda la historia... ¡Me encanta! Gracias... -y llevada por una espontánea falta de pudor, le dio un beso que a él le supo a gloria, aunque le cayera a tres centímetros de la boca.
Con estos buenos auspicios, Ariane le sacó el abrigo y, luego, lo introdujo en el salón, donde los varones de la familia, veían la tele. Xavi pegó un salto en el tresillo al hacer aparición el inglés arrastrando consigo su estatura y su tenebrosa prestancia; el señor Beria se levantó para cumplimentar a la visita.
-No imagina las ganas que tenía de conocerlo -le dijo el falso de Eduart, meneando, con sus dos enormes remos, la mano que Sir Alex le había tendido-. Ariane nos ha hablado tanto de usted...
-¡Qué frases de recibimiento tan originales! -replicó Lippershey sonriendo-. Como sea igual de ocurrente en la cama, ha de tener a su esposa aburridísima...
Ariane estuvo rápida para meterle un codazo en al tripa al caballero. Pero el mal estaba ya hecho: Eduart se había quedado cortado.
-Mira Xavi, lo que me ha traído el profesor -dijo la mujer, de inmediato, para que no se produjera uno de esos violentos lapsos de silencio tenso que menudean en circunstancias parejas-. Las Novias de Drácula...
El muchacho estudió la carátula de la cinta como todo un conocedor.
-¡Ah, sí!; ya sé cual es: pero en esta no sale Drácula, sino el Barón Meinster.
-Te gustan las películas de terror, ¿eh, hijo? -preguntó Sir Alex, con ironía.
Xavi miró de reojo al profesor, que, de pie junto a su tío político, al que sacaba una cabeza, lo observaba de manera insistente, con una sonrisa extraña y malévola en los labios, propia de los espectros nocturnos. El muchacho contestó que sí, con una escueta sacudida de barbilla. Estaba intimidado.
-¡Estos niños! ; con las ganas que tenías de ver al profesor y, ¿ahora no le dices nada? Encima de que nos ha traído un regalo.
-Mejor no lo hubiera hecho -terció Eduart, ya recuperado de su momentánea caída-. Ariane y Xavi me tienen frito con los Dráculas, los Frankensteins, las momias, los hombres-lobo y demás, ¡Fíjese qué invasión! -dijo, señalando al pequeño mueble que estaba bajo el televisor, atiborrado de películas de fantasía romántico-gótica-. Algunas de esas cintas deben haberlas pasado más de veinte veces.
-¡Cómo ésta! -exclamó Xavi, escogiendo del montón la que llevaba por título Drácula vuelve de la Tumba, e insertándola luego en el magnetoscopio.
-¡Mocoso estúpido! -rezongó Eduart, en voz baja; y Sir Alex, que lo oyó perfectamente, le lanzó una mirada de soslayo, de esas que dicen que matan, aunque es bastante dudoso que un gesto del ojo pueda tener un efecto tan demoledor, a la vista de la cantidad de profesores de matemáticas que, con salud de hierro, alcanzan la edad de retiro.
-Existen muchas personas tontas que admiran a los vampiros por considerarlos seres románticos y todopoderosos, pero la triste realidad es que ser un hijo de la noche es un asco -dijo con guasa y rostro amable, pues se dirigía al muchacho, que rodilla en tierra, rebobinaba a toda velocidad la película, buscando la escena que más les gustaba a él y a su madre.
-¿Usted, cómo lo sabe? -preguntó Xavi, atreviéndose, por fin, a entablar conversación.
-Oh, lo sé; lo sé; no pueden tomar el sol, ni bañarse en el río, ni lavarse, porque como el agua corriente los aniquila. Imagínate lo que debe ser una vida eterna sin aseo; como, además, no se ven en los espejos, lo tienen crudo para teñirse las canas, o depilarse las cejas; cuando duermen, no descansan, porque reposar encajado en un ataúd no es precisamente cómodo; se gastan un dineral en masajistas; pero con las comidas lo tienen aún peor; solo se alimentan de sangre, que sabe a mil demonios; y ahora con el Sida, por si fuera poco, tienen que andarse con cuidado para no pillar nada raro... que los lleve a la tumba.
Xavi rió tanto como su madre.
-¡Pero si son inmortales! -explicó el nene.
El chico detuvo el avance de la cinta. Eduart volvió a expresar su hastío con tono brusco.
-¡Qué asco! Odio esa película más que ninguna otra; es estúpida del todo; no, si por algo es la favorita de Arianette: tal para cual.
A la mujer se le heló la sonrisa. Sir Alex se volvió, presto, hacia el antipático doctor, y simulando afabilidad le dijo:
-Si a usted le contrataran para hacer de Drácula, yo me pediría el papel de Van Helsing, sólo para poder darme el gustazo de clavarle una estaca en el corazón... porque es usted bastante insoportable, oiga.
Al señor Beria podían sorprenderlo una vez, pero no dos; estando ya prevenido de cómo se las gastaba el inglés reaccionó de inmediato, sin dar lugar a otro silencio de derrota.
-Parece tener usted una desagradable predisposición a querer clavarle cosas a los miembros de mi familia; ándese con ojo, no vaya a equivocarse de estaca; francamente, no es mi tipo.
“¡Oh, no!”, se dijo Ariane, llevándose las manos a la cabeza; por temer tanto el encuentro entre Sir Alex y Eva, había descuidado inquietarse por otro que, tal vez, tuviera más posibilidades de acabar mal. Sin embargo, al profesor no le apeteció enzarzarse con Eduart. Marcándose una mueca despectiva, se alejó de él, para llegar junto a Xavi y Ariane, que desde el sofá, se disponían ya, embelesados, a contemplar la famosa escena de seducción vampírica de la obra de Freddy Francis.
En la pantalla, el estirado, elegante y apuesto Christopher Lee, disfrazado con la capa del Rey de los No-Muertos, penetra en la alcoba de la rubísima Veronica Carlson, a través del balcón abierto, dispuesto a hacerle todas las perrerías que ha maquinado la mente calenturienta del guionista de turno. La chica, de muy buen grado, lo recibe, y retrocede, lentamente, hacia la cama, atrayendo al intruso con una evidente insinuación; y es que Drácula, Don Juan de la noche, tiene la ventaja sobre su émulo diurno de no tener que sudar ni una gota para hacer sus conquistas, pues éstas se le entregan siempre con mucho placer. Veronica se tumba, entreabriendo el escote del camisón, y Christopher, que no es tonto, se abalanza sobre la victima y la besuquea con morosa delectación rostro y labios, de manera tan excitante y sensual que a la señora Lavalle (como atisbó Sir Alex por el rabillo del ojo) se le cae la baba, y cuando, al final, él muerde a la joven en su pálido cuello, produciéndole un intenso éxtasis, Ariane, presa de un ataque de romanticismo macabro, y olvidándose de que no está sola exclama: “¡Qué suerte tienen algunas!”
Sir Alex elevó las cejas, perplejo.
Eva Lavalle, que se había hecho de rogar, apareció justo en ese instante exhibiendo su visaje displicente. Apenas la notó, el inglés se fue hacia ella raudo como una saeta. Se dieron un apretón de manos frío, mecánico y corto, pero educado. El duelo se centró en las miradas; primero se estudiaron en silencio; luego se retaron y, por fin, se lanzaron algunas palabras de tanteo más profundo. Ariane, sacudida por fuertes escalofríos, no quería ni mirar.
-Así que va a salir usted por la tele -dijo Eva, curvando los labios hacia la derecha con menosprecio.
-Allí donde me reclaman voy; y si no me reclaman, voy también -afirmó él, rebosando simpatía por todos los poros-. Espero que no se pierda el debate; estaré magnífico...
-Lo veré porque participa usted; pero no me interesa mucho el tema: ovnis; bah, tonterías acientíficas. Y me parece indignante que la televisión pública despilfarre el dinero de los contribuyentes en programas que, como ese, no satisfacen las demandas culturales de la gente instruida.
-Pero el populacho también tiene derecho a su dosis de basura. No querrá que se muera de inanición. ¿A quien curaría usted después? -replicó Sir Alex, las manos a la espalda y la sonrisa más abierta que nunca.
A Eva le tembló levemente el labio inferior.
-Ariane me ha contado que a usted no le agradan los médicos, ¿puedo conocer cual es el motivo de su desprecio?
-Si tuviera libres las próximas tres semanas, le haría un resumen.
Como era de prever, la doctora no le vio la gracia al chiste. De ruido de fondo estalló la carcajada de Eduart, que era más benevolente con los burlones, por serlo él, aunque de una especie más zafia, y empezaba a cogerle el tranquillo al sentido de humor del caballero.
Eva, sin inmutarse declaró:
-Los médicos salvamos cada día millones de vidas en todo el mundo; ¿cuántas ha salvado usted?
-De momento me conformaría con salvar una que estimo mucho: la de su hermana...
Esta vez sí, Eva acusó el impacto del gancho al hígado que le había lanzado Sir Alex. Sus pestañas aletearon con viveza y su boca se entreabrió, deseosa de expresar el sentimiento espantoso que en ese momento cruzaba su imaginación; el profesor la miraba fijamente, con risa contenida.
Con la habilidad de un esgrimista nato, Sir Alex no le permitió lanzar el ataque.
-¿Podríamos hablar a solas? -preguntó en un tono ya serio.
-Haga el favor de acompañarme a la cocina -dijo, amable, la doctora, pegando la media vuelta con empaque señorial.
“¡Qué rabia!”, se lamentó el señor Beria, que barruntaba pelea y de las buenas; “¡Qué horror!”, se dijo Ariane, “¡Ahora si que estallará la tormenta y yo no estaré presente para hacer la paz!”
-Y, ¿bien? -preguntó la doctora Lavalle, tras cerrar la puerta de su pulcra, blanquísima y moderna cocina.
-No me iré por las ramas -declaró Sir Alex, con urgencia-. El sábado que viene será la fiesta de la vendimia de Taranis. Su hermana y yo estamos invitados a pasar el fin de semana en el castillo de la baronesa Spengler. Quisiera que supiera que Ariane ha aceptado acompañarme...
La cólera estuvo a punto de resquebrajar la máscara de estoicismo de Eva; no daba crédito a sus oídos; abrió la boca para emitir dos suspiros dolientes.
--¿Ah, sí? ¡Qué bien! -expresó con un aire más bien torvo, subrayado por un dejo sarcástico.
-Deduzco de sus palabras que permitirá a Ariane hacer lo que ella desea...
-Lo que desea usted...
-Y ella... -enfatizó el hombre.
Eva adoptó una posición de felino acechante; en su boca apareció un sesgo de crueldad.
-Yo tampoco me andaré con rodeos, ya que es usted tan franco. Su comportamiento me parece detestable e innoble; quiere engatusar a mi hermana para aprovecharse de ella; ha visto de qué pata cojea y no se lo ha pensado dos veces. Le llena la cabeza de historias raras, le hace creer sartas de mentiras; la lleva a lugares de lo más inadecuado; le da coba e intenta ponerla contra mí. A sus años, debería tener más seso y no dedicarse a jugar con los sentimientos de personas sensibles. Si no le da vergüenza lo que esta haciendo, es que carece de ella: es usted un malvado.
La violencia de las acusaciones de Eva dejó harto sorprendido a nuestro héroe, quien, no obstante, siendo veterano en todas las lides habidas y por haber, no se arredró un ápice. Eva Lavalle poseía un carácter tan difícil que merecería, por su contumacia, acabar en el 5º círculo del Infierno, donde Dante sepultó a los iracundos, aquellos que raptados por su cólera, siempre estuvieron tristes bajos el sol. Pero él no la acompañaría en tal viaje, por no ser ese su lugar. Acercósele a menos de un metro; la mujer, que seguía resoplando como una fiera herida, esperando una respuesta afrentosa, se echó hacia atrás. Pero él ni la gritó ni la apostrofó. Con una fina sonrisa dijo:
-¿Un malvado? Es posible, pero, ¿cómo quiere que sea con esta cara?
Eva le miró a los ojos, atónita, con el semblante aún malhumorado.
-Vamos, le juro que no violaré a su hermana, si es eso lo que tanto le preocupa, aunque vaya por delante que no respondo de lo que ella pueda hacerme a mí...
Un turbulento espasmo cruzó las mejillas de Eva. ¡No podía creer que aquella patochada le hubiera hecho gracia! Pero resistió.
-En todo caso, y como usted, que es entendida en la materia médica comprenderá, a los hombres mayores nos resulta casi más fácil atravesar el ojo de una aguja que el ejem, ejem de una mujercita. No es que quiera decir que yo sea de esa clase de hombres mayores; a este respecto no me puedo quejar; por lo demás, la experiencia me enseña que enhebrar una aguja no es tan divertido como hacerlo con el ejem, ejem; y quizá, tenga usted miedo con razón, pues si me viera en la circunstancia de tener que elegir pondría todo mi empeño en la segunda tarea... Y ahora, permítame que le cuente un chiste, porque veo que está muy necesitada de desahogo: Una tonta le dice a un tonto: ¿Jugamos al escondite? Si me encuentras me echas ‘un polvo’ y si no me encuentras... estoy en el armario.
La contracción súbita de los músculos faciales y torácicos de la doctora Lavalle casi la dobló por la mitad; lanzó un jadeo hondo y prolongado, tratando de matar un amago de sonrisa cuando esta se hacía evidente.
-No, doctora; no se contenga; reírse es igual de saludable que tener un orgasmo; así que ¡ríase!, ríase hasta hartarse, porque lo otro sería un poco inadecuado en estos momentos teniendo en cuenta que su esposo podría oírla.
Eva echó la cabeza hacia atrás por el impulso de su carcajada. En unos pocos segundos alivió toda la presión que se le había puesto en torno al diafragma. Pero sus risas, que se habían elevado hasta casi tocar el techo, remitieron de modo abrupto; y de nuevo la seriedad se instauró en su rostro como si nunca lo hubiera abandonado.
-Es usted un hombre muy raro -dijo, examinándolo como si fuera una especie de extraterrestre, casi con miedo-. ¿Por qué ha dicho todas esas cosas absurdas? ¿Sólo para hacerme reír? ¿Cree que ha ganado algo con eso? ¿Que ya estoy convencida de sus buenas intenciones? Por otra parte, Ariane no es una niña; no necesita de mi consentimiento para hacer y deshacer. Si quiere ir a ese sitio con usted, allá ella. Pero, ¡para que lo voy a negar!, no tiraré cohetes de alegría si eso sucede. Porque usted no es una persona en quien se pueda confiar; piensa que todos los problemas se solucionan haciendo chistes malos; puede ser divertido, sí; pero no tiene buen fondo... Dígame todos los chascarrillos que se pasen por la cabeza pero lo que nunca le consentiré es que se burle de mi hermana. No quiero verla sufrir...
-Si eso es verdad, usted y yo nos entenderemos -sentenció Sir Alex, dando por terminada la controversia.
Cuando Ariane vio que regresaban ambos, en aparente buena disposición y sin rasguños en la cara, dio gracias al cielo por haber escuchado por lo menos una de sus oraciones, la que empezaba: “Oh, Dios; no permitas que se arranquen la piel a tiras.”
En un aparte, el profesor le dijo al oído: “Esto está arreglado”, y le guiñó un ojo; no fue necesario que añadiera nada más para que Ariane se sintiera embriagada de alegría. “Y, ¿qué le ha parecido mi hermana, entonces?”, le preguntó con el mismo sigilo. “Que cuando nació debieron de llevarse a su auténtica hermana y les dejaron eso a cambio...” La señora Lavalle le tapó la boca; Eva les estaba mirando con desdén. Aprovechando que la tenía tan pendiente de sus acciones, Sir Alex se despidió de Ariane, dándole un beso en la mejilla, mientras le enviaba con la mirada un mensaje tácito a la testigo: “¡Fastídiate!”

Comentarios

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  • Fecha: domingo, 23 de julio de 2006
  •  | 
  • Hora: 3:04

Autor: Thersuva

Sólo por la foto ya dan ganas de leer el capítulo... y algún otro más adelante... Angelito

  • Fecha: domingo, 23 de julio de 2006
  •  | 
  • Hora: 12:55

Autor: reginairae

Sabía que te iba a gustar la foto jejeje. Hacen buena pareja Lee y Carlson, ¿eh? jajaja
AmorSonrisa Gigante