CAPITULO 21
Sale el sol; como Alma predijo, el día se presenta despejado; la temperatura, extremadamente agradable. No sé cómo me he metido en este lío...
Coloco un par de mudas en la mochila, bocadillos, una linterna y el saco de dormir; ella pondrá la tienda de campaña.
Mi madre pregona por el pasillo: “Sí, sí; Philip; es fantástico, un día fuera de casa te vendrá de maravilla.”; y papá: “Los aires de montaña son buenos para forjar el carácter, deberías hacer esto más a menudo...”, pero en tono confidencial: “A ver si te despabilas; y no te olvides de tomar precauciones...” ¡Qué vergüenza! Con una estúpida sonrisa cómplice me desliza dos pares de preservativos en el bolsillo. Mamá se ríe; anticuados; no conciben que un chico y una chica puedan dormir una noche juntos sin que pasen ‘esas cosas’. Hombre, a mí no me disgustaría que Alma se animase y...
Si no fuera por el apuro que me da disgustar a papá y a mamá, cancelaría esta locura y me volvería a la cama ahora mismo. Esta noche he vuelto a soñar con Anabel Spengler. Estos sueños no me gustan. Cuando me besa, siento un sabor eléctrico en la boca.
Alma toca el timbre. Acabo de vestirme. Mamá me regala unos billetes; sólo espero que Alma no pretenda que invite yo siempre.
Cielo muy azul; un verano formal con esencia desvaída de otoño. Alma dice que aun habrá de mejorar; ¿es que el tiempo retrocede? “Nos lo vamos a pasar requetebién. Tenía unas ganas locas de ir de acampada. Durante el verano he estado tan ocupada estudiando que no he tenido ni tiempo para una escapadita. Los paisajes de Barglava son impresionantes” “Ya”.
Queda atrás Calibánn: la carretera de Milanovi saturada de vehículos. Pero qué bonito cielo; cuesta creer que sea la morada de esa inteligencia perversa que trama constantemente venganzas contra quienes la desafían: “Dies irae, dies illa, salvet saectum in favilla. ” ¡Oh, día de la ira, día de la furia, cuando el cielo caiga sobre la tierra y aplaste con su ominosa tiniebla la última esperanza del hombre! Ariel, ángel de Jerusalén, lloro por ti.
La carretera se inclina y ondula en dirección a las montañas. Llegamos a Barglava.
Planes de Alma: primero, llegar hasta el Pico Negro. (¿Podré alcanzar esa altura con la sola fuerza de mis piernas?) “¡Claro! No seas vago; disfruta de la naturaleza ¡Vive la aventura! Respira este aire”. “Y, ¿no sería mejor que tomásemos un tentempié antes? Estoy en ayunas y no quisiera gastar los bocadillos”. Por fin una idea mía que le parece genial a Alma.
“Un café, por favor.” “El mío, con leche”. El hombre del mostrador me mira como si quisiera tirárseme a la yugular; aquí hay que andarse con ojo...
Acabo de ver pasar frente a la cristalera a Fael. ¡Esto es suerte! “¿Adónde vas, Philip?”. “Será sólo un momento” Corro afuera antes de que Alma reaccione. Fael va con una señora que no es su madre. “¡Eh, muchacho!” Ambos se quedan clavados. Él me muestra sus dientes amarillentos... “¿Todavía persiguiendo hadas?”, me pregunta; la señora se ríe. “Ya te expliqué que no son hadas sino habitantes de otros planetas que vienen a la tierra en naves espaciales.” “Oh, chico de ciudad; no te equivoques; son hadas, gente luminosa, nuestros ‘Buenos Vecinos’”, insiste. “Si fueras un poco listo, como yo o así, las dejarías en paz.” Esta sí que es buena. “Pero tú sabes lo que le hacen a la gente (pobre Ariel) y al ganado...” Se calla; como dice Lippershey, el que sabe no habla.
La señora nos mira; viste traje de faena: botas altas, ropa sucia y vieja; huele a vaca. Caray, Alma no podía esperar tranquila en el tabernucho. “Buenos días, señorita Faenza”, le dice a la vaquera: Faenza, como Lucián, ¿serán parientes? Hablan de vacas, claro; una nodriza con mamitis, un ternero enfermo al que hay que atiborrar con antibióticos. Y luego nos comemos eso. Que son lecheras; lo mismo; nos bebemos toda esa basura... Tiene prisa por volver a la cuadra; uf, qué alivio; una corta despedida; “Eh, tú no te vayas, Fael; me tienes que hacer un favor: ¿podrías llevarme a donde viven el señor Mathieu o el señor Gelo.” El chico ríe burlón (un fauno) mirando alternativamente al suelo y a mi rostro. “Philip, no podemos retrasar la excursión”. “Te juro que no tardaré nada, mujer. Lippershey me ha pedido que le pregunte una cosa a esos señores...” “Lippershey, ¿eh?, ¿Por qué no viene él en persona? ¿Es que tiene miedo? Y a ti ¿no te había despedido? Eres tonto; ¿no te das cuenta de que te utiliza descaradamente?” Se cruza de brazos y arruga el belfo. “Sólo un minuto”
Fael nos guía a través de las calles del pueblo. El diablo, cojeando y todo, corre que se las pela; va un trecho delante de nosotros, caminando en zig-zag, volviéndose de vez en vez. Pero, ¿adónde nos lleva este muchacho tonto? Las últimas casas del pueblo han quedado a nuestras espaldas. Tomamos una trocha que trepa por el lomo de una elevación verde. Al fondo, las montañas cierran nuestro campo de visión. Mientras ascendemos Alma va señalando con el dedo y la palabra los lugares por donde corren los senderos que nuestras piernas habrán de transitar.
No lo entiendo: este torpe no da señales de detenerse. El sendero acaba dentro de un recinto de perímetro cuadrado. Sobre el arco de la entrada, una inscripción: “Cementerio municipal”. Me está tomando el pelo. Alma se queda sentada en una roca, contemplando el mapa desplegado de la región.
Fael me conduce por las sendas del camposanto, cubiertas de hierbas silvestres cuyo verdor contrasta con el blanco de los sepulcros. El chico se sienta sobre un túmulo; detrás, un par de nichos abiertos en la pared; el tercero de la fila ha sido tapiado en los últimos días. “Mathieu vive aquí”, dice, señalando hacia la lápida “y su amigo Gelo, allí”. A continuación, apunta al agujero del muro recién enladrillado. ¡Qué friolera me ha entrado por la espalda!: muertos los dos al mismo tiempo. Fael se ríe con aire tenebroso: “Las hadas se los llevaron; ellas hacen lo que es justo. Los hombres deben seguir la ley para no ser arrancados antes de tiempo.” “¿Qué ley es esa?” Y me imagino a uno de los espíritus escribiendo un grueso código para que yo lo estudie. Me mira con compasión. De pronto, echa a correr por entre los sepulcros y las fosas abiertas...
“¡Por fin!”, exclama Alma, “Por fin se acabaron las investigaciones estúpidas. Hemos venido a disfrutar de las delicias del campo. Hay que aprovechar esta tregua de buen tiempo. Ah, Philip; este paisaje me suspende el corazón, ¿a ti no te pasa? ¡Me siento tan cerca del cielo!” Yo miro al frente, hacia la paz del cementerio donde está nuestro destino inevitable...
Anochece; la tarde entera trotando por los empinados contrafuertes de los montes Frangir: recuerdo con espanto haber visto como se abría bajo mis pies una profunda garganta por cuyo lecho discurría un hilo de agua límpida que rumoreaba en mis oídos; hermosos y húmedos paisajes, y arboledas tupidas de configuración fantástica; praderías altomontanas donde pacen orondas vacas; mis pies están tan machacados que ya no los siento. Alma sigue empeñada en dormir al raso. Yo le he dicho: “Mujer, que los refugios de montaña los han puesto ahí para algo.” “Para los comodones.”, responde.
Ay, ay; montamos la tienda en un claro del bosquecillo horrible que hay bajo la sombra del Mons Vindius; las torres de Fortcastel asoman tras las peñas. No podría haber escogido emplazamiento menos de mi gusto. Cerca de la cabaña de los Baradur hay una pradera bien hermosa que hubiera servido igual: suficientemente lejos de Barglava para que Alma considere que está en plena naturaleza; suficientemente cerca como para avisar a alguien en caso de ‘accidente’. “Deja ya de pensar tonterías: nada nos va a suceder. Ese Lippershey te ha puesto bobo...”
Cae la noche sobre nosotros. “No te preocupes; habrá luna casi llena” No sé si eso me alivia o me angustia más. Miro hacia arriba: no es una ilusión óptica: las murallas de Fortcastel son una prolongación de la roca del macizo, la visión tétrica de una arquitectura que nace de la tierra y sube al cielo me desazona.
La cena, frugal; recogemos los desperdicios como buenos chicos; bien, no hay más que hacer; nos introducimos en el saco de dormir. La temperatura ha caído con la llegada del ocaso. Ya sabía yo que no era una buena idea. Alma no quiere admitir lo insensata que es al lanzarse a aventura tan temeraria. También se acuesta, sin quitarse el jersey de lana. “Deja esa linterna encendida”, y no te rías: hombre prevenido vale por dos. “¿Fue aquí donde Ariel...?” Un tema de conversación muy apropiado; Alma, de verdad. “Está bien, tonto; no lo tomes a mal.” Su melena me cubre la cara: ya la tengo encima. Uf, qué sudores. “Alma, estoy muerto” No debería haberlo dicho. Con el dorso de la mano me acaricia el cabello. “Ven a mis brazos” “¡Oh, Philip!, ¿me quieres?” No me digas nada, no lo estropees, silencio, por favor. “Estar así contigo, en la naturaleza salvaje, eterno e imperecedero amor...” Su calor inunda mi cuerpo y descongela mis miembros ateridos. Pero, lo siento, no puedo, no puedo, perdona Alma, no sé que me pasa, sí, otra vez, lo siento, yo... ah...” ¿Qué es ese ruido?” “¿Qué ruido?” “Como si se quebraran unas ramas...” “No oigo nada...” “Te digo que hay alguien ahí afuera.”
Nos incorporamos; mis oídos en situación de máxima alerta. Sin duda, son pasos, pisadas sobre la hojarasca. “¿No será el Monstruo?” Alma me mira con cara perpleja: ¡lo ha dicho en serio! Luego rectifica. “Algún animalito del bosque: no te preocupes, estoy contigo.” Tanto mejor para él; en lugar de un bocado, tendrá dos. A Alma se le hiela la sonrisa. Más pasos. Ay, Dios; sigue ahí, lo que sea no se irá tan fácil; me va a dar un ataque al corazón. ¡Alma; nunca más, nunca más! Y de nada sirve que intentes disimular, veo como tiemblan los dedos de tu mano. “Es mejor que no llamemos la atención” susurra, “quizá así se marche”. No caerá esa breva. Crujido de hojas secas; ha sonado cerca, como a tres metros. Se acabó: me armo con el cuchillo de monte que escondí en el fondo de la mochilla, por si las moscas. El reflejo de la luz artificial en su enorme filo espeluzna a Alma; debo de parecer un salvaje. Ahora los dos temblamos cuerpo contra cuerpo, mientras en el exterior continúa el paseo de la amenaza invisible.
“Padre nuestro que estás en los cielos... ¡Qué no nos haga lo mismo que a Ariel!” “Philip, deberías salir afuera y mirar a ver quién es.” “¡Cómo!, ni pensarlo; tuya fue la genial idea de pasar un fin de semana campestre en los dominios de un monstruo.” “Si sales, yo iré detrás” “Eso me parece más sensato, pero no te separes de mí ni un milímetro.” “Eres un cobardica; se supone que debes protegerme, para eso eres el hombre.” “¡Vaya una cara más dura que tienes! Los hombres y las mujeres somos iguales para lo bueno pero cuando hay que exponer el tipo, que nos muramos nosotros.” “Pues saldremos los dos al mismo tiempo.” Mira que se ha puesto latosa con esa manía de querer salir. “¡Cobarde!”, repite. Se desliza a través de la abertura dejada por la cremallera hacia la noche sin que yo pueda impedírselo. Por tu padre, no te lleves la linterna.
Pero, pero, ¿dónde andas? Ah. Allí; de momento parece que no se la ha comido. Está a dos metros de la tienda, enfocando con al luz a las retorcidas entrañas de la foresta. ¡Ese chasquido! Mis dedos se cierran sobre la empuñadura del cuchillo. Salgo a mil por hora en dirección a la luz. “¿Has visto algo?” “Una sombra entre los árboles...” Ya te lo dije... Me lanza el haz luminoso a la cara, directo a los ojos. “Apostaría que se trata del tonto ese: seguro que nos ha seguido hasta aquí.” Fael, no lo había pensado; pero, racionalicemos; sí, es posible; es perfectamente posible. Ruido de pasos: todo lo ganado, perdido. “Sea quien sea, yo no me quedo aquí a dormir” “¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer? En este miserable pueblo no hay ninguna fonda...” Le hablo de la hospitalidad de Fael: sé que su madre nos acogería sin preguntar. Un suelo duro de piedra es preferible a... Ruido. Mira; mira, cómo se me han puesto los vellos. Ahora comprendo lo que debió de sentir el pobre Ariel; no, no lo pienses; olvídalo; no provoques al destino; respira hondo, así, así... La luna delimita una línea plateada sobre el envés de las hojitas de los árboles y la parte superior de las ramas, un vestido fantasmagórico. Es como si contemplara el reflejo de una realidad situada en otro plano de existencia que, momentáneamente, transforma las cualidades del nuestro. Bajo esta mortecina luminosidad, la sombra que proyecta Alma parece un charco bituminoso sobre un campo inmaculado. Pero, ¡ah!, ese bulto que salta desde la tiniebla, esa horrible cabeza de jabalí deforme con colmillos retorcidos... o de... ¡cielos!, donde brillan como hierros incandescentes un par de ojos terroríficos. ¡No puede ser Fael! ¡No!
Alma se hacía la valiente, y ahora corre que se mata hacia el camino. Tras ella sin perder un minuto. No puedo ver dónde piso; la escasa luz del cielo no sirve de casi nada. Aguarda, Alma, aguarda... El ser me persigue, me va a dar alcance; noto su aliento fétido en mi nuca... Un calambre en la pierna. Oh, oh. ¡Ah! De bruces contra el suelo. No puedo respirar: la tierra se me ha metido por la nariz y la boca. ¡puaj!, sabor acre en el paladar... El cuchillo, ¡Dios del cielo!, ya no está en mi mano. Casi no me puedo levantar... Tengo una herida en la mano izquierda, debe de habérseme clavado una astilla. Dónde, dónde. Miro hacia atrás; no hay nadie. No te fíes; tú, corre igual. Alma ya debe de haber llegado al final de la cuesta, a Fortcastel...
Me la encuentro en la escalinata, con el corazón en un puño; llego a su vera, sin resuello, el cuerpo dolorido, la pierna, para que contar, medio a rastras. “Philip, menos mal que no te ha pasado nada. Te oí caer pero tenía tanto miedo que no me atreví a parar” Un momento, ¿adónde te crees que vas? “A llamar a la puerta.” “¿Del castillo?; ¡no me fastidies!” “En algún sitio habrá que refugiarse. Tú conoces a la dueña, ¿no?” “De vista; y, te lo digo de verdad, me da escalofríos. Lippershey dice que es una bruja que hace sacrificios humanos... (Y si supieras lo que me hace a mí en sueños)” “¡Bobo!” Sube las escaleras como impulsada por la urgencia. Habrá que hacer de tripas corazón. Anabel Spengler: me espera una bonita noche. La luna, suspendida sobre la torre principal como un sol en negativo, acentúa el claroscuro. Fortcastel parece una escultura en roca viva. A estas horas sus moradores deben de estar durmiendo: son las tres, ¡qué rápido pasa el tiempo!
Alma toca el timbre; a los dos minutos aparece un tipo de unos sesenta, bajito y calvo, con batín y pantuflas; el mayordomo, imagino. Alma tartamudea tanto al explicarle el caso que no sé como se puede estar enterando. “...y yo me hice daño en una mano al huir del ser...” El tipo sonríe. “Ah; pero viste un ‘ser’, y todo” Suspiro. “Antes de nada, examinemos esa herida.” Al mirar mi mano florece una mueca de hastío en su rostro. Como si el rajón de tres centímetros que tengo no fuera merecedor de mayores atenciones. Se nota que a él no le duele. “Pasen y esperen en la sala; luego, ya veremos que se hace con ustedes...” No me gusta como suena eso: mejor estaríamos en casa de Fael.
Entramos en el vestíbulo; grande, maravilloso; minimalista la decoración; la arquitectura gótica del claustro resalta en esta absoluta desnudez. Seguimos al tipo hasta una estancia, traspasada una puerta de cuarterones. Por un lado, una cristalera de gran luz que da a varios balcones; por el otro, entrepaños de madera pintada separados por pilares de mármol. Veo que al fondo se abre un vano que comunica la pieza con otra gemela, presidida por un espejo gigante de marco oval; muy curioso; si la vista no me engaña, está rodeado por un par de serpientes que se muerden la cola (creo que se llama ‘ourobouros’ en griego). El tipo raro se va y cierra la puerta procurando no hacer ruido. Alma desliza sus ojos sobre la fila de viejas armaduras, detrás de las cuales se exhiben estandartes que alguna vez fueron rescatados del campo de batalla manchados de sangre, y ahora acumulan polvo. Alma me hace notar lo extrañas que son las pinturas de los paneles. Frente a mí tengo a la diosa Atenea; porta la égida, la lanza, el peplos y el casco ático (para que luego digan que estudiar letras en el bachillerato es una pérdida de tiempo); altiva, pero inteligente; en efecto, se da un aire a Anabel Spengler. “Y ésta, ¿quién es?” Los de ciencias, siempre tan ignorantes. Está claro: una diosa cazadora, de miembros gráciles, que persigue a un cervatillo blanco hasta el peristilo de un templo dórico; pues Artemisa/Diana. “Me suena, me suena... y éstas que visten coraza, túnica y casco vikingo deben de ser...” “Las valkirias, recogiendo los ‘seola’ o espíritus de los guerreros caídos” “¡Cuánto sabes!” La estampa de una madre apacible y dulce, dando de mamar a un chiquillo, no encaja con el resto de las estampas. “Es la Virgen María” “¡Qué va a ser!” “Que te digo que sí; y el niño es Jesús” A mí me recuerda mucho más a una Isis negra, pero bueno...
Aquí nos han dejado; le advierto a Alma que no toque el montante de esa armadura de lansquenete, no se vaya a desmontar el invento. “Esta situación es ridícula”, dice, y, ¿qué quieres que haga yo? “A lo mejor nos equivocamos; quizá lo que vimos no fuera más que un animal nocturno, ¡y nosotros molestando a esta gente por nada! ¡Qué van a pensar!” No le des más vueltas; aquí estamos mejor que en el monte, aunque, la verdad, tampoco este sitio me agrada mucho. “Pero hemos dejado en la tienda todas nuestras cosas, hasta el dinero...” Espera, alguien se acerca... No es el mayordomo; parecen pasos de mujer... Anabel... Un momento; yo conozco esa cara. “Señorita Faenza, ¿usted aquí?” Por muy alto que Alma haya dicho eso no puede estar más sorprendida que yo. “Pss, que no nos oiga Filbert; os escuché desde la escalera, ¿habéis sufrido algún percance?” Alma se explaya. Esa mujer la escucha encantada... “¿Y visteis bien al Monstruo?”, pregunta de sopetón. “¿Cómo es?” “A decir verdad, no pudimos apreciar muchos detalles...” Alma se ríe. “Es un milagro que no os haya pasado nada”, susurra la señora “Mi familia tiene muy malas experiencias con los seres sobrenaturales. Cada dos por tres nos diezman el ganado. Hijo, no sé qué les habremos hecho” “¿Dónde está la señora de la casa?” La Faenza se muerde el labio superior. “Anabel se ha ido de viaje...” Ya, me alegro; y ella parece que también. Para mí que se entiende con el mayordomo, y aprovechan para solazarse a placer cuando la baronesa se ausenta. “¿Pasaréis la noche en el castillo?”, dice la señora. “No queremos molestar.” Alma, cierra el pico; claro que queremos. “No deberíais tener reparos en aceptar la hospitalidad de Slavia.” (¿La que no nos ha ofrecido?) “Si yo se lo pido, os dejará dormir en alguna de las habitaciones vacías. Aquí eso es lo que sobra; no podéis volver al bosque. ¡Hablamos de un vampiro!”
El mayordomo con el botiquín: se ha quedado pálido como un cadáver al ver a su ‘amante’ departiendo con nosotros. Slavia, salvando su pasmo, se aproxima impertérrito. Le entrega el botiquín a la señorita Faenza para que se lo sostenga mientras me hace las curas. Ella no se lo permite. “Deja, ya lo hago yo” Sí, sí, lo prefiero... Nos sentamos; me desinfecta la herida, colocando luego un apósito estéril sobre ella. Rematado el arreglo. Me escuece un poquito. “Ya está, pero me quedaría más tranquila si te pusieras la inyección antitetánica. “Elisa, no creo que sea necesario...” Bueno, Alma; métete en lo que te importa; tú no eres la que está en trance de irse al otro barrio. “A estas horas es un poco difícil encontrar un médico” se burla. ¡Asquerosa!, ojalá te hubieras pinchado tú en los morros.” ¡Qué va! Slavia te acercará con el coche a la casa del doctor Maris, es el médico de la comarca.” Bueno, bueno; por lo menos este pueblucho de mala muerte posee infraestructura sanitaria no sólo para los animales. Por mí, podemos irnos ya... El mayordomo es el que no está por la labor. “La chica tiene razón: no creo que haya motivo para preocuparse” “No seas inhumano; ¿no ves que el muchacho está nervioso? Y después de ponerle la vacuna te lo traes para que pase aquí la noche con su amiga...” Slavia frunce el ceño. Vamos, hombre, decídete, que en estas cosas una demora puede resultar fatal. “Mientras, nosotras aviaremos dos cuartos... o mejor uno.” le dice la Faenza a Alma; para bromitas estoy yo a un paso de la muerte.
Me siento muy violento en el coche con él; no me mira ni me habla. En cuanto el trasto echa a andar, muda, empero, la expresión. “¿Puede saberse que hace un chico como tú, durmiendo a la ‘belle etoile’ en un sitio tan peligroso como éste? ¿Tu amigo Lippershey no te ha advertido de las amenazas que andan por la región?" Es una buena pregunta; pues el caso, señor, es que... Ahora, ¿qué? ¡Menudo frenazo! Mi cabeza se va hacia delante a punto de estrellarse contra el parabrisas. Respira, respira, Philip; miro al frente: una sombra cruza vertiginosa la carretera, interceptando el haz de luz de los faros. ¡Es el dichoso monstruo! Slavia, o como se llame, impasible. Se ha ido ya ese aborto de la naturaleza. ¡Esta es, desde luego, una nochecita para no olvidar! “Tranquilízate, muchacho” me susurra, con implacable sosiego (¿Un matiz irónico?) “Enseguida llegamos a la casa del doctor” “¿Ha, ha, visto usted eso?” “¿El qué?”
El doctor Maris, un viejo muy amable, me pone la inyección. “A correr, joven, que eso no es nada...” Tanto mejor. Nos despide ¿Se habrá creído lo que le conté? Me pongo la chaqueta. Esos dos se piensan que no les he visto, pero en cuanto me he dado la vuelta se han guiñado un ojo, como dos camaradas de maldad.
Con sigilo, entramos en el castillo de nuevo. Las luces están apagadas. Slavia saca del bolsillo de su chaqueta una linterna. Su voz está al límite de lo audible. ¿Qué? ; ¿Que le siga...? Escaleras arriba, sin armar alboroto. El mayordomo me agarra de los hombros y, sin más explicaciones, me introduce en un cuarto iluminado. Alma y la Faenza están al borde de la cama, cuchicheando. Si, estoy bien; “dentro de lo que cabe.” “¿A qué viene esa cara, entonces?” “Estoy que no me tengo en pie...” (lo del monstruo ya te lo contaré cuando se vayan estos dos elementos) “Claro, muchas emociones para un día. Ahora, os dejamos solos para que podáis descansar...”
¿Ya entran por la ventana los primeros rayos del sol? No me lo puedo creer; parece que fue hace un ratito cuando me tiré sobre el colchón, reventado. Alma, ya vestida, me sacude. “Despierta, dormilón. La señorita Faenza nos espera en su casa para desayunar; me lo ha dicho Slavia” “No me he enterado de nada...” “Normal, dormías como un tronco.” Me duele todo; con la cabeza ida, me calzo.
Nos escabullimos al exterior de Fortcastel. Ya rompe el alba sobre las cimas. Podríamos haber dormido más... Bajamos la escalinata. En el camino vemos venir a Slavia. Le agradecemos la gentileza de habernos dado cobijo. “No hay nada que agradecer”, responde, cauto. “Hagan el favor de apresurarse; Elisa ha preparado el desayuno” En tono amable añade. “Y tú, muchacho fíjate mejor la próxima vez que creas ver un monstruo”
Bajamos por el camino, despacio, que me duelen las piernas una barbaridad; Alma sigue tan fresca como una rosa, la muy cochina. Ahí fue donde me tropecé: ni rastro del cuchillo; papá me va a matar; era un regalo del abuelo... El camino se bifurca unos metros más adelante: una rama entra en el claro del bosque donde dejamos la tienda; el otro continúa hasta Barglava. La señora Faenza puede esperar cinco minutos más: es justo lo que necesito para comprobar si el monstruo ha dejado alguna huella.
La tienda está intacta. Alma suspira con alivio. “¿No oyes como un ronquido?” “¡No lo digas!” Bajamos la cremallera. Miro adentro: Fael durmiendo como si tal cosa en mi saco de dormir. “¡Hola, chico de ciudad!” Así que anoche eras tú, ¡menudo susto me diste! Alma me dice que no grite. “Casi me da un paro cardiaco” “No exageres...” Fael es rápido como una liebre. Burla mi torpe intento de atraparlo, se escabulle por entre mis piernas. Alma se ríe a carcajadas. Fael corre hacia la espesura, pero antes de perderse en ella, se gira y dice: “Tonto, ¿no sabes reconocer a un hada cuando la ves?” Ni lo sé ni me importa, pero por su culpa he hecho el ridículo. Alma debe de estar impaciente por llegar a Milanovi y contárselo a sus amigas. “Además de impotente, estúpido”
La casa de los Faenza es grande y acogedora. Lucián, el hermano mediano, se ha ido ya a ordeñar las vacas, me explican. Evandro, el pequeño, anda de bares como dice Alma ¿Tan temprano?
“De modo que al final, quien os asustó fue el diablillo de Fael; ah, su inteligencia limitada no impide que posea un espíritu despejado; yo lo quiero como si fuera de mi sangre. No he tenido hijos, mis hermanos, tampoco; a estas alturas es bastante improbable que venga una segunda generación de Faenzas. En la medida de mis posibilidades siempre he atendido a la familia Baradur: ese muchacho me da pena. Su madre no quiere ni oír hablar de la vida moderna. Tú has estado es su casa; aquello es como la prehistoria, ni luz tiene. A menudo discuto con ella, pero se niega a que Fael ingrese en un colegio especial. Podría aprender lo suficiente como para desenvolverse en un oficio. Se le dan muy bien los trabajos manuales. Haría un buen carpintero, pero ella que no, que no y que no. Y el pobre, está cada día más asilvestrado”. Muy interesante, pero ya me aburro.
Son las ocho de la tarde, recogida la tienda y los trastos. Yo creo que a Alma le gustaría cambiarse por Fael y pasarse la vida corriendo como una loca por las montañas delante de los monstruos. Plegamos velas. ¡Y mira quien aparece! Otra vez ese muchacho-cabra. ¿Vendrá a despedirse o a reírse de mí?
“¿Te divirtió hacerme pasar miedo?” “¿Yo te hice pasar miedo?” repite. “Sí, tú. ¿Acaso no estuviste anoche en el prado?” Sonríe bobalicón. “Estuve y vi a la lamia que te perseguía. Tuviste suerte, chico de ciudad. Casi te pilla. Y con lo que le gustas, no sé que hubiera sido de ti...” Me saca de quicio este memo. “Las lamias no existen.” Se agita, preso de un ataque de risa, que parece más bien epilepsia. Alma, por contagio, se desternilla. “¡Pues claro que sí! ¿Quién ha creado a los animales y a la gente si no? ¿Quién se lleva a los muertos a la Tierra bonita? ¡Qué poco sabes de la vida, chico!” Pues sé más que tú, que me he pasado casi veinte años con la nariz dentro de los libros, so ignorante.
“Los seres vivos se originaron a partir de un organismo unicelular que, a lo largo de los años, evolucionó, y creó a todas las especies. Las hadas no intervinieron para nada en el proceso” Cara de estupor: me temo que no ha captado el mensaje. ¿Cómo tratar de hacerle comprender a un champiñón lo que es una matriz cuadrada? “¡Qué cosas más tontas dices! ‘Ellas’ estaban aquí antes que los perros, las vacas, y la gente. Yo sé todo lo que pasó al principio: ellas tomaron la luz del aire e hicieron con ella una pella como de vasija de barro, y la modelaron con la forma de un hombre invisible; echaron tierra encima, chas, chas, chas; y salió un hombre, y después otro; lo mismo con las vacas, y los árboles y todo lo demás...” El estupefacto soy yo ahora. “Eso es mentira: al principio sólo existían seres unicelulares flotando en un mundo acuoso. Debido a alteraciones en su material genético se formaron organismos cada vez más complejos. Los que mejor se adaptaron al medio, sobrevivieron; y transmitieron su legado de genes; los que no, se extinguieron. El proceso de selección natural y la evolución dieron lugar a seres cada vez más cerebrados e inteligentes. Del pez salió el anfibio, y de éste, el reptil, y de éste, los mamíferos primitivos, y de esos, los primates, y de ahí los homínidos; y, finalmente, el hombre. La vida favorece siempre a los mejor dotados.” Me mira Fael con gesto abatido, ¿qué habré dicho? “Mejor dotado quiere decir alguien que no sea cojo, ¿es que voy a desaparecer?” “No lo has entendido (¡qué torpe!)” “Tienes razón, porque todavía no sé porque el pez se convirtió en hombre. ¿No estaba bien nadando libre en el mar o en el río? La gente no puede vivir ni en el agua ni en el aire ni en el centro de la tierra; somos un asco. A lo mejor nos volvemos a hacer peces otra vez. Pasear por el fondo del lago y ver los palacios de las hadas sin ahogarse. Pero no; deja; eso tiene que ser peligroso. Los monstruos nos zamparían de un bocado. Ah, quizá fue por eso por lo que el pez se hizo hombre, para escapar de las bestias acuáticas.” “El no tomó esa decisión (Alma, retorcida de risa, y yo no sé por qué me molesto). En algunos ejemplares de su especie acontecieron mutaciones favorables que, a la larga, les permitieron nadar mejor o ser más listos. Al cabo de muchas generaciones, los peces con esas ventajas se impusieron a los que nos las tenían. Y así, sucesivamente durante siglos...” “¿Ves que poco sabes? Nadie, excepto las hadas, puede vivir tantos siglos. Porque un siglo son cien años, ¿no?” “No hablo del mismo pez (¡zoquete!) sino de sus sucesivos descendientes. “Ah, y ¿por qué habías dicho que pasó eso?” “Por una mutación en los genes...” “¿Qué son genes?” “Lo que hace que uno se parezca a sus padres” “O sea, que yo no los tengo, porque todo el mundo dice que no me parezco a mi madre” “Pues habrás salido a tu padre; pero genes tienes igual.” Fael me enseña la dentadura, saltando risueño. “Me estás tomando el pelo. No puedes ser tan tonto que no sepas que son las lamias las que crean todas las cosas. La carne la fabrican los papás y las mamás, ya lo sé; he visto como lo hace Elisa con los hombres del pueblo, aunque a ella nunca le salió ningún bebé, pero el molde ya está hecho de antes; ¿no lo entiendes? Pues es muy fácil; y al morir, ellas te quitan la cáscara, tiran lo que sobra para que se lo coman los gusanos y lo demás, lo guardan para ellas...” “¿Ah, sí? (surrealismo puro) y, ¿para qué quieren la cáscara?” “Para comérsela, para construir torres de cristal que tocan el cielo, para volverlas esclavos...” “Pues no es muy halagüeño el panorama que pintas” Me río; ya no puedo más. A este chico le falta un tornillo...
*****
Elisa Faenza y su hermano pequeño discutían en la cocina; Evandro había dilapidado el dinero de la compra en vino, y, naturalmente, le había faltado tiempo para beberse su inversión.
La disputa había entrado en esa fase en que, agotados los razonamientos, se recurre al insulto grueso. Como respuesta a todo lo que ella le sacaba a relucir (como que se había dado un martillazo en el brazo para inutilizarse y no ir a trabajar a la fábrica de leche de Anabel) y a falta de mejor defensa, Evandro, la llamó puta, que es palabra de escasos significados, todos ellos de carácter peyorativo. Como la afrenta le pareció poco (a ella no le afectaba; estaba acostumbrada a recibir tal nombre) le sacudió la mejilla. La señora, a modo de acto reflejo, le soltó un rodillazo en la entrepierna. Iban a enzarzarse en serio cuando la puerta de la entrada se abrió haciendo mucho escándalo. “Lucián, ¡ya era hora!”, pensó Elisa, reconfortada por la llegada de refuerzos para su lucha.
Corrió al amplio zaguán de la casa, perseguida por el bestia de su hermano, que, encolerizado por la agresión, profería amenazas de muerte bastante desagradables al oído. Al llegar al vestíbulo, Elisa se encontró con Lucián, que, con el rostro congestionado, desmelenado y tambaleante, se aferraba a la barandilla de la escalera, a la altura del primer peldaño; no podía ni levantar el pie del suelo.
-¡Dios santo! ¿Qué te pasa? -preguntó Elisa, inquieta, rodeándole la cintura con el brazo.
El señor Faenza boqueó como un pez fuera del agua; parecía que se iba a desvanecer. Elisa lo sujetó como pudo; el hombre era noventa kilos de puro músculo.
-Evandro. ¡Por el amor de Dios!; ayúdame a llevarlo a la cama.
El borracho no estaba en condiciones de poner derecho a nadie; más bien necesitaba que alguien le echara una mano a él. Trastabillando (parecía que se había puesto el zapato derecho en el pie izquierdo y viceversa) regresó a la cocina a terminarse la botella.
Con un esfuerzo superlativo, Elisa condujo a su debilitado hermano al piso de arriba. Lucián se apretaba la frente como si le doliera infinito.
-Dime lo que te pasa -susurraba Elisa-. Sé que no estás bien. Desde hace dos meses te noto rarísimo. Estos ataques no son normales. Bien que te tengo dicho que vigiles la presión sanguínea, pero no; no, esto es algo más grave. Si hasta te ha cambiado el carácter. Tengo mucho miedo de que pueda ser una enfermedad como la de mamá. No resistiría otra vez ese calvario. Hazme caso por una vez; deja que te vea el doctor. Mañana, sin excusas, te llevaré a Milanovi para que te hagan un chequeo completo...
Pero lo único que respondía el hombre era:
-Me duele todo el cuerpo.
Elisa lo acostó sin desvestirlo; le quitó las botas y le tocó la frente para ver si los sudores que humedecían su rostro tenían su origen en la fiebre. Él musitó unas palabras como oraciones sin sentido. Elisa se sentó en la cama.
-Me estás asustando de veras, Lucián. Voy a llamar ahora mismo al doctor Maris...
-¡No! -exclamó él, recuperando de pronto la energía suficiente para agarrarle el antebrazo-. Sólo necesito descansar un rato.
-A lo mejor dentro de un rato estás muerto. Debes de tener la tensión por las nubes...
El enfermo la miró con sus ojos enrojecidos. Con voz casi inaudible dijo:
-Voy a descansar un minuto; después hablamos.
Como se figurará el lector, aquellos minutos de sueño se le hicieron a Elisa de los más largos de su vida. ¿Qué tendría Lucián, el hermoso Lucián, aquel hombre alto, recio y de buena factura, que, a sus casi cincuenta años únicamente presentaba unas cuantas canas en sus cabellos arrubiados, y unas cuantas líneas de expresión muy marcadas en torno a la boca, construidas a base de anchas sonrisas?
A su cabeza acudían los nombres de cientos de espantosas enfermedades cercenando su optimismo natural. Hacía tres años, su madre había muerto de cáncer, después de una agonía de meses. No; no podía ser; Lucián no podía haber sido tocado también por el ala de un ángel negro. Elisa se inclinó sobre él; ya despertaba...
-Mi querida Elisa -susurró al ver el rostro de su hermana tan preocupado y ansioso-. ¿Aún sigues aquí?
-¿Estás mejor? -preguntó ella, apretándole las manos.
-Sólo fue un pequeño desvanecimiento...
-¿Qué tienes, Lucián? -preguntó, ella, en tono trágico-. ¿Una enfermedad grave?
-No -sonrió él-. Lo que quería contarte no tiene nada que ver con enfermedades; aunque quizá sí...; estoy un poco confundido. No sé por dónde empezar...
-Por el principio; quiero saberlo todo.
-Te vas a disgustar conmigo.
-Eso lo veremos...
-Es que estoy saliendo con una mujer.
-Lo raro sería que no lo hicieras -bromeó Elisa, más tranquila-. ¿Quién es la afortunada, la conozco?
-Es Anabel Spengler...
Elisa hubo de tomar aire para evitar el desmayo; acongojada, hundió mucho el pecho y lo elevó ostentosamente: la rabia tenía sellados sus labios.
-Mil veces he querido contártelo. Ella no quiere que nadie lo sepa...
-¡Callar, eh! -gritó Elisa-. ¿Hace mucho que...?
-Unos tres meses...
-¡No sé como has podido estar tanto sin decirlo!
-Yo tampoco; perdóname, Elisa. -Lucián se cubrió los ojos con las manos; le escocían-. Esta relación no me produce ninguna felicidad -continuó-. Al contrario. La deseo tanto que no puedo pasar más de dos días sin estar con ella. Si no lo hago, al tercero caigo en un estado de debilidad. Me duelen todos los músculos; siento como una garra oprimiéndome el cuello. ¿Esto es normal?
Elisa también sintió una extraña constricción en su garganta.
-Sabes que soy un hombre sobrio, incluso frío; pero desde que tengo relaciones con Anabel, estoy desquiciado. Por las noches me despierto soñando con ella. Temo estar volviéndome loco...
-¡Lucián, me asustas!
-...y cuando hacemos el amor es maravilloso. Jamás ninguna mujer me había hecho gozar así: la sensación es tan intensa que la mayor parte de las veces pierdo el sentido. Al despertar, estoy que no me tengo en pie, confuso, como si hubiera tomado una droga. Pero es un espanto. Una parte de mi alma desea ser libre, pero la triste realidad es que sólo soy un esclavo que se arrastra ante su dueña suplicándole que le dé un poco más... Estoy enloqueciendo, Elisa, lo sé; porque no tiene lógica amar y odiar a la misma persona y con la misma intensidad; porque la odio hasta la extenuación: no puedo soportar que ejerza este poder sobre mí, que me humille cuando va con sus amigas, fingiendo que no me conoce, y luego venga a mí cuando le place, y yo no pueda decirle que no... Pero con todo lo que la desprecio, lo único que desearía en este momento es hacerle el amor...
-¡Oh, Lucián! Las cosas que me cuentas son terribles... Ahora veo muchas más razones para que te examine un médico...
--¿Y que me dirá, que la deje? ¡No puedo!
Elisa se restregó la mano sobre la boca.
-Lo que Anabel quiere es acabar con nosotros. Es una víbora. Debe de haberte hechizado. Dicen que es una bruja que convoca a dioses malignos, como su tía. Lucián, tienes que alejarte de ella.
Pero él sólo quería dormir un rato... su mano cayó sobre el colchón.
*****
En el cuarto de Lucían hacía ya varios minutos que habían apagado las luces.
Hacía cuatro días que no veía a Anabel. Pero él, como siempre, llevado por la esperanza del desesperado, había subido a lo alto de la montaña donde tenían su refugio clandestino.
Acostado en la cama lo recordó hasta en el más pequeño detalle: había dejado el jeep a la orilla del camino forestal, junto a las doradas arboledas; después continuó a pie, hundiendo sus recias botas de montañero en el pasto. El camino y el bosque acababan en el mismo punto, una pendiente de verdes praderas que conducía al reino de los vientos, donde pervivían las ruinas de los palacios de piedra de los gigantes de la era primigenia. Según referían viejas historias, un desastre de proporciones míticas había abierto la tierra hacía millones de años, haciendo brotar a borbotones su sangre, como ya estaba previsto que así fuera. De la lucha entre los elementos, el fuego de la tierra y el agua del cielo, habían surgido las moradas antiguas, que ya entonces, sobrevolaba el Gran Espíritu. Aún no había sido creado el hombre pero sus átomos preexistían entremezclados con los del resto de las sustancias y criaturas que un día habrían de ser. No fue un acontecimiento contingente ni necesario que un gran cataclismo barriera las ciudades donde habitaban los dioses de todas las sectas, pero el mundo era muy diferente desde entonces.
Así lo veía Lucián agazapado en su estupefacción de mortal, mientras ascendía trabajosamente la cuesta alfombrada de verde, dejando atrás los valles, las cumbres más bajas, las casitas de juguete de Barglava y la caliza de Vindius. Lucián corría detrás de su deseo y siempre le daba alcance junto a una cabaña de duro mampuesto y tejado de pizarra, antiguo aprisco y ahora, guarida para excursionistas despistados y amantes furtivos. Anabel solía aguardarle con la bota apoyada en un saliente, al borde del precipicio, dejando que el viento esparciera sus cabellos, inmaculada, semejando, de lejos, una virgen, una reina, una novia, un demonio vestido de ángel...
Pero no; Anabel hoy no había estado allí; si hubiera acudido a la cita, pensó Lucián para mortificarse, ella le habría tendido la mano, y llevado al lecho cálido que tenía preparado para él, arrancándole antes de cruzar la puerta de la cabaña su voluntad, para permitir que le venciera una pasión desaforada...
Un escalofrío erizó el vello del adusto Lucián, que aun en la tiniebla de su habitación, creía ver las altas montañas y al espíritu que las dominaba con su arrogancia. Su lecho ardía, el hervor de la sangre le fundía los oídos, ensordeciéndole con sonidos extravagantes. Un silbido atroz (¡cómo le dolía!) le atravesaba oídos, ojos, cerebro y corazón; una niebla velaba su vista...
“Con los dedos crispados y temblorosos, se incorporó sobre el colchón. La niebla invadía su casa cubriendo ondulante el piso y las patas de los muebles. ¡Qué hermosa sensación cuando el reptante manto gaseoso rozó sus miembros, relajándoselos y obligándole a acostarse de nuevo! No estaba asustado, ni le aturdía la estupefacción; lo irreal le parecía real, ¡y era además tan dulce! Ante sus ojos semiabiertos se dibujó mi rostro, que usaba para darse volumen la propia densidad de la niebla.
Con una torpeza igual a la de los narcotizados Lucián se volvió a erguir, pero le empujé suavemente contra la almohada. “¿Eres tú, en verdad? ¿Cómo has llegado hasta aquí?”, preguntó. “Calla”, le dije: ”Sólo es un sueño...” y con un beso sellé sus labios...”