CAPITULO 22
A pesar de las violencias sufridas durante las jornadas pasadas, Sir Alex y Ariane rieron lo suyo a costa de las suspicacias de Eva y un poco menos, de la salida de tono de Adamski, el lunes cuando se reencontraron.
En el profesor también se habían cebado las iras de una persona muy próxima, que le había tenido con el corazón de salto en salto todo el domingo.
Verónica Salmati había regresado de Suiza la mañana del día de asueto por excelencia, celebración del Sol o del Señor del cielo; Sir Alex la había ido a recoger a la estación de autobuses, en un taxi, con muy buen talante. Todo iba como la seda hasta que el taxista que los trajo de vuelta a la plaza Comendatori le reconoció y empezó a recordar con prolijidad y muchas carcajadas lo sucedido el sábado noche, haciendo hincapié en la mención de sus relaciones inadecuadas con la secretaria. Verónica que ignoraba incluso que él hubiera contratado una secretaria puso el grito en el cielo. Le traía como presente un reloj de mesa para su colección y un Rolex para su muñeca; en un arrebato de cólera quiso entregar ambos objetos a una casa de caridad que había de camino. Lippershey tuvo que emplearse a fondo para recuperar su confianza (y los regalos, que le interesaban más). Le dijo a su novia lo guapa que estaba, procurando exagerar, y ella aplacó el demonio gritón que llevaba dentro. Por la noche se fueron a bailar a una sala de fiesta y asunto arreglado... por el momento. Sir Alex le mostró con orgullo a Ariane el Rolex que lucía, símbolo de su mano izquierda.
Dreyeris tampoco supo lo que había pasado hasta la mañana del lunes, cuando se pasó por la casa del inglés para contarle con pelos y señales, su aventura en Barglava con el Monstruito, y recibió, en compensación, la jocosa repetición de las mejores jugadas del debate.
Sir Alex escuchó con interés, pero no con mucho agrado, la historia de su amigo. “¿Y la señorita Spengler no andaba por allí?”, preguntó. “Me dijeron que había salido de viaje” “Las Spengler son muy viajeras, demasiado...”, dijo el profesor acomodando en su rostro esa expresión de duda que a Ariane siempre hacía temer lo peor, cuando no la mataba de risa: la ceja izquierda levantada, los gruesos labios oprimidos y los ojos, mirando a la luna. “Si yo tuviera tanto dinero como ella”, intervino Ariane, con aire soñador, “me pasaría la vida viajando por placer.” “¡Placer, placer: la baronesa no lo hace por eso! Sus tentáculos llegan a todas las partes del mundo. A saber qué negocios turbios...”
Aunque tenía ganas, Sir Alex no insistió en sus valoraciones negativas sobre Anabel II: una sombra funesta cruzaba sobre la frente de Philip cada vez que llevaba ese nombre a la boca. El profesor se fijó en el aspecto decaído del joven, que desde el último día había envejecido dos lustros. Su encuentro con el Monstruo podía haber sido totalmente imaginado o mal interpretado, pero los efectos de la exaltación nerviosa se reflejaban en una piel sin vida y en unos ojos sin luz.
Ariane también detectó la marea que sacudía el interior de Philip, haciéndole severo y triste; y aunque no era la persona que mejor le cayera del mundo (siempre que se veían sonaba un entrechocar de escudos de guerra, originado por causas tan ignotas que ni Freud hurgando en las cloacas de sus respectivas cabezas durante diez mil años podría llegar a descifrar) lamentó que, siendo tan joven, anduviera tonteando ya con el fiero espectro de la depresión. La mujer leyó desasosiego en la expresión escéptica y asombrada del inglés, que como todo hombre que ha vivido casi por completo al margen de los sufrimientos provocados por los humores corporales, no era capaz de entender la abulia enfermiza de un chico que, por su edad, sólo podía estar en su papel gozando como un loco.
*****
Un telefonazo interrumpió las meditaciones de la pareja, sustituyendo la inquietud hacia un mal sospechado, por la indignación hacia otro irreparable: la madre de Ariel Varnemati, con la voz acuosa y velada por el dolor, comunicó a Sir Alex que su hijo se estaba muriendo y que, en un momento de lucidez había solicitado verle para que le hiciera una regresión. Sir Alex sintió una rabia mordiente en el pecho: ¿a eso lo llamaban lucidez? ¿No le habían permitido prestar su ayuda cuando hubiera podido hacer algo por el muchacho y lo hacían ahora, cuando lo único que estaba en su mano, probablemente, era certificar la inminencia de su muerte? Una regresión in articulo mortis, por otro lado, le suscitaba dudas morales.
El profesor manifestó su renuencia a realizar una locura semejante, pero desde el otro lado del hilo telefónico una madre suplicaba. Ariane, que escuchaba la conversación por el otro teléfono, conmovida, corrió junto a su jefe para acuciarle, con unas cuantas sacudidas y un ceño fruncido, a que aceptara la invitación; de muy mala gana el profesor concertó una cita con la familia Varnemati en el hospital donde estaba ingresado Ariel, dejando claro que sólo se avendría a efectuar el experimento si la gerencia del mismo daba su permiso. Pero no había mucho tiempo que perder: si no era el martes, no sería nunca.
-Ha hecho bien -le dijo Ariane, justificando su insistencia-. No se debe desatender la petición de última voluntad de un moribundo...
-Pero no servirá de nada -contraatacó el caballero, muy contrariado-. Sé que hubiera podido curarle si hubieran tenido confianza en mí. Yo deseaba salvarle... No me hicieron ni caso.
-Lo sé, profesor; pero parece que el joven Ariel se resignó demasiado pronto a morir. A lo mejor, usted tenía razón y arrastraba un sentimiento de culpa tan fuerte, que al final, lo venció. Quizá no hubo nunca ningún rayo o éste fue de la misma naturaleza que el que atacó a su antepasado Godofredo. Quizá todo estaba en su mente, aunque bien sabe Dios que me resisto a creerlo. Pero, ¿qué voy a hacer cuando la otra alternativa que se me ofrece es mucho más fantástica?
Sir Alex no quiso contradecirla; por mucho que levantara con soberbia la barbilla al hacer sus dictámenes tampoco él sabía, en puridad, de qué estaba agonizando el pobre Ariel. La autosugestión, a la que había apelado tantas veces como explicación científica de alteraciones orgánicas como estigmas y laceraciones, aplicada a aquel caso, no le parecía argumento de peso. Las pruebas de laboratorio, realizadas sobre las muestras que había tomado Philip, demostraban que una energía poderosa se había manifestado en toda su majestad en los bosques que rodeaban la fuente de la virgen de Silvain llegando a modificar la estructura genética de las plantas, unas unidades biológicas que no saben nada en absoluto de arquetipos.
Y, sin embargo, todo encajaba con las descripciones de las viejas historias de la Reina de la Ira y demás cuentos de hadas, incluido el relato de la fundación mítica de su familia: decir que la diosa local, vigente en los estratos más profundos de la psique de aquel joven, había cobrado vida por influjo de su exacerbación mística era tan indemostrable como asegurar que, en verdad, la terrible diosa arbiona moraba en el bosque transformándose según la ocasión en hada, monstruo o nave espacial. La práctica tenía la mala costumbre de salpicar con lodo la teoría más reluciente y exquisitamente construida. Pero el caballero no le dio más vueltas en la cabeza a ese asunto, cuyo abordamiento en exclusiva pospuso para el día siguiente. No quería que Ariane notara su zozobra y pensara que no había suficiente firmeza en sus convicciones científicas.
*****
El resto de la jornada, pues, resultó anodino hasta las cinco, cuando Verónica Salmati hizo acto de presencia en la casa.
Aquella fue la hora del té más terrible de la vida de Ariane. La Salmati, que la tenía entre ceja y ceja por temer que fuera cierto que su hombre se entendía con ella se tiró media hora pellizcándole los muslos por debajo de la mesa.
Cada poco rato, Ariane pegaba un salto en su asiento, sorprendiendo a Sir Alex, quien ajeno al duelo soterrado de las mujeres, disertaba sobre las virtudes de la hoja de té, como retardadora del proceso de envejecimiento y protectora cardiovascular, sin olvidar hacer referencias jocosas a la costumbre de su secretaria de matar el sabor amargo de la infusión con cinco cucharadas de azúcar y dos dedos de leche.
La señora Salmati, lejos de refrenarse con el correr de los minutos, cada vez le hacía morados más extensos, esbozando encima, una mueca de disfrute intolerable. La educación era lo único que impedía a Ariane hacerle ver a su jefe como estaban maltratando la parte de su anatomía que él más valoraba, después de las... Hizo lo posible por disimular cuán a disgusto estaba, pero cuando el esfuerzo llegó a ser extenuante, abandonó la lucha y se fue a trabajar, dejando a la pareja haciéndose empalagosos arrumacos en la chaise-longue y ensayando unos cuantos pasos de baile. Ariane sintió unos celos terribles.
*****
A la mañana siguiente, los celos no habían desaparecido.
Antes de tomar el camino del Hospital Central, Sir Alex examinó el correo y los diarios matutinos que Ariane, con el gesto un poco torcido, había puesto sobre su mesa.
Desplegó “El imparcial” por la página de sucesos. Varias noticias sobre crímenes sangrientos le alegraron la vista: un carnicero había troceado a su mujer con el instrumento de trabajo; dos jóvenes habían asaltado a un niño en la vía pública y lo habían cosido a navajazos, después de abusar de él, en el peor sentido del término; un cadáver había aparecido en las cercanías del Distrito 6 desnudo y hecho unos zorros... ; buena cosecha. Recortó el primero y guardó el trozo de papel en su álbum de hechos truculentos. Le encantaban los asesinatos pasionales. Los sentimentales constituían para él un enigma y una fuente de fascinación: tan efusivos, tan cabezas huecas, pero sabían ser salvajes cuando era menester, o mejor dicho cuando no lo era.
Después, le echó un vistazo a las necrológicas, para comprobar si se había muerto alguien conocido últimamente y a qué edad; desde la fecha de su sesenta y cinco cumpleaños se había aficionado a consultar las esquelas y nunca fallaba en su morbosa inspección. Ante sus ojos bailó un nombre familiar: Ander Basquit (85)
-Cancele todos los compromisos de mañana por la mañana -le ordenó a Ariane, alteradísimo-. He de ir a un entierro...
-¿Se ha muerto alguna amiga suya? -preguntó la secretaria, con resquemor.
-Es Ander Basquit; el ex miembro de la sociedad Nueva Thule que conocí por causa de mis investigaciones sobre Anabel I. Poseía unos fabulosos archivos sobre la secta. Me sirvió de ayuda hace algunos años, aunque nunca quiso colaborar abiertamente: tenía miedo de la Spengler -dijo irónico-. Fue él quien me facilitó informaciones acerca de la desaparición de Iulius Klaines...
- Y, ¿quién era el Kleenex ese? -se burló la mujer, sospechando que tras ese nombre se escondía alguna sórdida historia en la que había metido la mano la finada baronesa.
-Klaines -aclaró el profesor, recostándose en la silla y echando una bocanada de humo ante su nariz-. Conocido en círculos satánicos como “Klaus Spengler” (ignoro si era pariente de quien usted piensa) y también como “Seth”; sacerdote de la Iglesia de la Unificación de los Poderes Cósmicos, y miembro de la Sociedad Thule. -Lippershey interrumpió, de repente, su explicación; sin decir palabra, se levantó del sillón y corrió al mueble-archivo. Ariane le esperó de pie, cavilando sobre qué hacer en el caso de que su jefe intentara endilgarle la trascripción de otra conferencia del señor Theodor D'Angelis sobre la Atlántida, ¿desmayarse? ¿Fingir una espantosa jaqueca? ¿Para qué? Él no se echaría atrás por esas minucias.
Cuando retornó, con unos papeles en la mano, continuó:
-Poco antes de la guerra, en 1938, por orden directa del Reichsführer SS Himmler, se instaló en Arberia la Sociedad Nueva Thule, al frente de la cual pusieron al capitán Heinrich Von Neumann (el amigo Theodor), un joven talento ocultista (eso dice él) instruido en las artes mágicas por la también jovencísima, entonces, Anabel Spengler, que desde niña colaboraba con la Ahnenerbe, la Oficina de Ocultismo nazi, cuyos fines oficiales eran: investigar científicamente los misterios del espíritu y de la herencia de la raza indogermánica, aunque también organizaba científicas expediciones en busca del Grial y colecciones de esqueletos judíos.
»La nueva Soc Thule formaba parte de una tupida red de sectas implantadas por toda Europa y se consideraba heredera directa de la Thule-Gesellschatf, entelequia nacida de las perturbadas mentes del barón Von Sebottendorf y Treblish-Lincoln. Por cierto, y a título de anécdota, reseñar que nuestra ilustre Anabel Spengler I pretendía ser hija natural del mismísimo barón Von Sebottendorf y de una criada. ¡Deje que me ría! Desde luego, yo jamás he podido comprobar tal cosa.
»Durante la guerra, Heinrich fue destinado con su unidad a Polonia y después al frente ruso, dejando al cargo de la secta a Iulius Klaines, un arqueólogo fantasioso que tenía fijación con la leyenda de la Reina de la Ira, sobre la que había escrito unos tratadillos que llamaron mucho la atención de Himmler. Se supone que en ellos se desarrollaba la posibilidad de utilizar contra los enemigos del Reich los viejos poderes de la diosa destructora. Aunque no se sabe con seguridad, los métodos para asegurar tan fin eran peregrinos: absurdos rituales sexuales y sacrificios humanos, y no debían de ser muy eficaces, a la vista de cómo les fue a los nazis en la contienda... Escuche un extracto de su ‘Regina Irae’ -dijo Lippershey abriendo un libro bastante grueso:
Y a mí me envolvía como un torbellino, un vértigo de imágenes (...) la decadencia de Roma, condensada en un minuto, una historia de siglos, a vista de pájaro, contemplé como el “limes” se rompía y difuminaba comido por las dentelladas de los bárbaros, edificios altivos se venían abajo, sacudidos por el terremoto del cambio... la fundación de la colonia Milanovense en el corazón del Valle mendeano. Allí, sobre el Mons Vindius el templo de la dama diosa, de nombre Geirtrair, “la que trae la venganza”, en cercanía, la fuente que mana de la roca, el altar de la Gran Madre donde tiene lugar la teofanía, y es verdad lo que yo sospechaba; el Ara es una puerta y tras ella, cuando se la riega con la sangre del sacrificio, se presentan los “terrores”. Veo a las sacerdotisas celebrando el rito de apertura. Ella llega, deslumbrante, con su luz de luna y sol, radiante como una novia. La muchedumbre alcanza el paroxismo. Hay cantos, bailes. Los hombres y las mujeres se entrelazan. El vino corre en exceso. El comercio carnal indiscriminado une a la madre con su hijo infante y a hermanos con hermanas. Tal desenfreno alegra tanto a la diosa del cielo y de la tierra que la hace ensanchar en continente... Veo a los ejércitos de Roma, atravesando los pasos de la cordillera, con la civilización a cuestas, un regalo envenenado para la gente de la luna. Guerreros que han demostrado su arrojo en las campañas de Asia y África, hombres rudos cuyas sandalias llevan polvo de muchas naciones. Llegan a Arberia... La sangre corre y sus ojos romanos se escandalizan. Un rito aberrante para solaz de divinidades figuradas como serpientes. En torno al “cardo” y al “decumano” prospera Milanovi pero el culto se ha extendido y altos próceres caen en sus garras. Las nuevas costumbres no traen el orden. Niños y jóvenes desaparecen. La curia decide que hay que poner coto a tales excesos: se envía recado a al procónsul Publio Mesalla de la Sequanense... (...) ordena acabar con el poder de las sacerdotisas de la vieja religión que se oponen con insolencia a Roma... Una tarde, sale una patrulla hacia el monte Vindius. Es el día de la luna. El procónsul ha dado su aquiescencia; no quiere supervivientes ni compasión. Los soldados caen sobre el colegio sacerdotal en pleno, reunido junto al ara. El aspecto de todas ellas es espeluznante: sus ojos brillan como llenos de fuego, algunos soldados huyen despavoridos. Los más bravos pasan a cuchillo a las mujeres. ¡Qué horror: el monte tinto en sangre! Después de la carnicería, la patrulla se aleja. Una mano se mueve en el montón de cadáveres que han dejado apilados a la intemperie: emerge de la masa de carne muerta como en un segundo nacimiento, una joven. Cuando las antorchas de los matadores romanos desaparecen por completo, se arrastra hacia el altar; levanta el puño, algo metálico brilla en su dedo; un anillo, ¡si pudiera verlo más de cerca! La joven está fuera de sí. Exige venganza; que la diosa haga justicia. La noche, que gobierna el valle, se convierte en día cuando se abre la Puerta y bajo el dintel, vestida de luz y armada hasta los dientes aparecen las nueve diosas de la ira capitaneadas por su Reina, portadora del tridente, cabeza de las cohortes infernales. A una orden de la Reina de la Ira, el ejército de las Tinieblas (seres sin facciones, apenas formados, sombras) ocupa el aire como un enjambre de abejas. La vieja vengadora también alza el vuelo, sacando de su vaina una daga. Pero al punto de ascender se transforman en bolas de luz que rasgan el cielo en dirección a la colonia, dibujando sobre el tapiz de estrellas, estelas rojizas a veces, de un trazado errático, que se cruzan y divergen. Oído el zumbido que producen las legiones del infierno al atravesar las nubes, los soldados de la guarnición de la muralla arrojan las lanzas. Muchos se desploman. Como plaga de langosta caen las sombras sobre la habitación humana; del seno de la bandada se desagregan grupos de fantasmas que recorren la villa; atraviesan los muros, penetran por los agujeros de las cerraduras como gases de tósigo; revientan las fallebas, saltan los trancos; se deslizan bajo las puertas, al ras del suelo, hasta alcanzar el lugar donde duermen los primogénitos. Las madres que han acudido al escuchar el trepidar de las puertas se quedan paralizadas de espanto al ver como las alimañas espectrales parten por la mitad los cuerpos de los inocentes, o degüellan sus cuellos sin mácula. Los que están en brazos de sus progenitores son arrebatados con violencia. Los espíritus del aire sorben su sangre caliente con solaz macabro. El espíritu que no tiene nombre se ha adueñado de las calles. Allá grita en vano el padre que ha perdido a su hijo único; allá, la mujer recién parida busca sin cesar, entre llantos, los pedazos del ser que ha traído con dolor al mundo. La orgía dura hasta que el primer rayo de sol rasga el horizonte. Entonces, la Reina de la Ira, cubierta de sangre hasta su único ojo verde, se yergue sobre la muralla y sisea como una serpiente. Lanza un silbido y la escudería del Averno, se retira...
El sol descubre el día más triste. Los cuerpos desmembrados son amontonados en el foro, en medio de un silencio que corta la respiración. He visto salir el sol varias veces: los curiales han ordenado que los epigrafistas tallen lápidas conmemorativas para recordatorio y advertencia de las generaciones futuras “Regina irae qua vivit Vindi...” no leo más. Pero, ¿qué ocurre? ¡Maravilla de maravillas! Colocadas las lápidas, aparecen a la mañana siguiente fracturadas. Un joven lapidario esconde los pedazos de la tabla de mármol que ha grabado en un arcón, en la esquina de su taller.
Encantador, ¿verdad? -rió el inglés, cerrando el libro, sin muestras de agotamiento en la voz-. Iulius se apartó en los años siguientes un poco de los negocios de Thule; tenía el proyecto de excavar en Milanovi en busca de pruebas de la realidad de la leyenda de la matanza de los primogénitos. Pero después de muchos años de estudio y prospección sus esfuerzos se mostraron infructuosos. Esta es la historia oficial. Pero el 30 de abril de 1955, Iulius Klaines despareció sin dejar rastro. -Sir Alex se caló los anteojos y miró al papel-. Escuche ahora algunos fragmentos de la carta que me envió Basquit, años después, cuando le solicité información sobre este hecho y su posible vinculación con las actividades de la Baronesa:
”.... por aquel entonces, Iulius creía haber descubierto algo grande; nunca me dijo nada, pero yo siempre tuve la certeza de que tenía que ver con la Reina de la Ira: estaba obsesionado con eso, hasta el punto de enloquecer. Una tarde me contó una historia delirante y absurda sobre cómo la Diosa Geirtrair podía manifestarse en la tierra. No hablaba de otra cosa. Algo le contó a Theodor que hizo que le expulsaran de la Sociedad Thule. Su familia acabó encerrándolo en un manicomio. No obstante, logró escapar de él.
»Después de su huida, se presentó en mi casa. Fue mi esposa quien le atendió. Según me dijo ella, Iulius estaba trastornadísimo, y tuvo miedo. Llevaba una carta en la mano, pero no se la entregó; le pidió que le preparara una tila. Cuando ella regresó con la taza, Iulius ya se había marchado. Pero en el sofá dejó olvidada su agenda: la última anotación rezaba: “En Fortcastel, cita con la muerte” Era el 30 de abril de 1955.”
Ariane retorció la boca con aire incrédulo. ¿Qué le quería decir su jefe con aquella historia, que Anabel Spengler había hecho desaparecer a un tal Klaines, bastante demente, porque hacía excavaciones ilegales a la hora en que debería estar pegado a las sábanas? Aun en el caso de que hubiera sido así, ¿a quién le importaba? Anabel I estaba muerta y Iulius, estaba por apostar que también, como sus familiares y amigos, que debajo de las malvas ya no tenían que pensar en nada malo ni bueno.
Ariane le recordó la hora: tenían que salir para el Hospital: le reclamaba un vivo que tenía preferencia sobre el loco arqueólogo sin tumba conocida. Sir Alex, que se había entusiasmado rememorando aquel lance misterioso acontecido hacía medio siglo, entró en razón, y enseguida, se puso en marcha.