sábado, 02 de septiembre de 2006
CAPITULO 23



Bosque de Silvain


Un poco antes de la hora convenida, llegaron a la habitación de Ariel. El chico, una sombra de la sombra que había conocido Sir Alex semanas atrás, reposaba decúbito supino, en evidente estado de consunción, rodeado de aparatos a los que estaba enchufado por varios puntos. Por la noche se había ido una vez; pero la magia de la tecnología moderna había obrado el milagro de sustraerlo de las garras de la muerte, quien, a pesar de todo, permanecía a la espera de mejor oportunidad. Después de haber sufrido una experiencia tan desagradable como debe de ser la de morirse, Ariel parecía tranquilo. Las constantes vitales eran buenas, tenía los ojos abiertos y estaba consciente.
Ariane, a pesar de sus escrúpulos, no sintió asco de las costras requemadas del joven ni de su llagada fisonomía: vencía su repugnancia pensando en que quizá algún hijo suyo podría verse en tal apurada condición. Ella, como madre, comprendía las circunstancias de sus colegas de profesión y se sentía solidaria con todos los sufrimientos que acarrea la relación materno filial. Se acercó al muchacho y le acarició la frente.
-¿Quién es usted? -preguntó él, con voz debilísima, sorprendido del gesto de la extraña.
-Soy la secretaria del profesor Lippershey -contestó Ariane, con dulzura-. Pero, tranquilo, no te fatigues...
-¿Philip? -susurró el enfermo, obviando todas las palabras que eran superfluas para hacerse entender.
-No ha venido -dijo, ella, muy violenta por tener que darle una mala noticia a una persona en el último trance, quien, no obstante, no hizo comentario alguno ni afectó alteración, como no fuera por un suspiro, casi de alivio, que dejó caer de sus labios sin carne.
El profesor, aparte, informaba a los padres y hermana del joven de lo que se disponía a hacer y les hacía responsables de lo que pudiera acontecer durante el proceso. “Incluso es posible que la hipnosis no funcione en un organismo que está al borde del colapso”, les advirtió; pero ellos habían tomado una decisión firme.
-Él deseaba que usted viniera y no queremos contrariarle -explicó el padre, con la barbilla hundida en el pecho.
Clara Varnemati ayudó al profesor a despojarse de su abrigo. Había un par de médicos y una enfermera cuchicheando detrás de la puerta, y mirando de vez en vez por la ventanita redonda. Sir Alex se irritó al conocer, que contra lo que le habían prometido, la gerencia no le había enviado ningún facultativo para vigilar las reacciones clínicas del enfermo, sino tan sólo una enfermera, recién diplomada, tan inexperta en sus labores que todavía creía que era parte de su deber dar confortamiento espiritual al paciente y no sólo pincharle, atiborrarle de pastillas y tomarle la temperatura con el mismo apasionamiento con el que un campesino saca un rábano del terrón. Lippershey estuvo a punto de protestar, pero a la larga, se felicitó de no haberlo hecho: la muchacha estuvo en todo instante, pendiente del señor Varnemati, como si fuera casi un miembro de su familia, algo que un médico nunca se habría rebajado a hacer.
-¿Qué tal estás? -le preguntó Sir Alex al joven, con expresión severa, pero cordial.
-Tengo fuerzas para hablar, si se refiere a eso. Lo que no sé es si me sobra tiempo -replicó el mozo, con cierto humor negro.
-Tranquilo, muchacho; no morirás todavía...
-Sé que hay algo en mi mente a lo que no puedo acceder; algo que se me oculta -dijo Ariel, haciendo una pausa larga, tras la cual, el tono de su voz, se elevó hasta casi alcanzar el normal de una conversación-. Siempre tuve la impresión de que aquella noche en la Fonsacra de Silvain, ocurrieron hechos muy distintos de los que puedo recordar. No quisiera morir sin saber toda la verdad. Dirá usted: ¿qué importa la verdad cuando ya no queda vida? Pues, mire, a mí me importa. Aunque no podría explicarle por qué... A lo mejor, deseo que mi experiencia sirva para salvar la vida de alguien a quien esa amenaza aceche en las noches...
Lippershey se mostró estoico, y casi no movió un músculo al escuchar las palabras de Ariel; la señora Lavalle, sintió, por el contrario, un escalofrío poco menos fuerte que el que produce la recepción de la noticia del fallecimiento de un familiar cercano.
-Ahora veremos lo que tienes en la cabeza -dijo el inglés-. Pero dime, ¿por qué no me llamaste antes?
Ariel, desvaído ser humano, pero sereno ante la proximidad de la muerte, acarició con su mirada, tenue y llena de extraños reflejos metálicos, el rostro madurado de mister Lippershey, deteniéndose con fruición en esas arrugas y esas canas que le conferían un toque de venerabilidad de filósofo antiguo, conocedor de todos los misterios del universo; un rostro que él nunca podría llegar a tener, pues moría en la flor de la juventud, como la víctima de un sacrificio, un Attis entregado al placer sangriento de diosas salvajes. ¡Cuantas cosas habría visto que él no podría ver jamás! Sumido en estos pensamientos, se olvidó de la pregunta que le había formulado el caballero; sólo podía mirarle y envidiar su suerte de hombre que ha sobrevivido.
En vista de que Ariel no tenía palabras, Lippershey decidió no alargar la espera. Su presencia molestaba al hospital, que lo debía considerar un curandero o brujo entremetido, y tampoco debía de ser cómodo para el enfermo, por mucho que hubiera rogado su visita. Tras explicarle al muchacho, brevemente, en qué consistía el proceso y comprobar que lo había entendido, empezó a dormirle, siguiendo la rutina habitual. Incluso en sus especiales circunstancias, Ariel era un sujeto muy apto para la hipnosis. En menos de diez minutos, Sir Alex lo llevó al momento en que se había detenido a refrescarse en la Fuente del Amor de Silvain.

Lippershey: Estás en la fuente, ¿oyes algo, ves algo? Agudiza tus sentidos y describe lo que ocurre a tu alrededor.
Ariel: Escucho un zumbido: me duelen los oídos
Lippershey: Resiste y dime qué pasa...
Ariel: Es insoportable... Ese ruido; la nave ruge...
Lippershey: Dices que hay una nave...
Ariel: Sí, un objeto sólido, metálico, un artefacto... Yo sufro, quiero mantenerme despierto, ellos desean que sueñe...
Lippershey: ¿Ellos? ¿Ves a alguien?
Ariel: No; pero esa inteligencia se empeña... en que vea esa nave, y luego me duerma.
Lippershey: Y tú ¿qué haces?
Ariel: Resisto; lucho. Quiero verles su verdadera cara... La nave pierde su forma, se desvanece; ah, pero... una cortina y detrás...
Lippershey: ¿Qué ves? Sé preciso.
Ariel: Ella, subida en un pináculo de piedra, con su capa verde al viento. Un destello, también verde... su frente. ¿Qué lleva? ¿Una corona con una gema? No distingo sus facciones. La luz es intensa, fascinadora; caigo al suelo, me retuerzo, pataleo, grito. Ella quiere que duerma; el zumbido... el silbido de una serpiente...
Lippershey: De modo que hay una mujer; bien, hasta aquí lo recordabas. Vamos a intentar ir más allá, ¿puedes verle la cara?
Ariel: Ya le digo que no; la luz verde es demasiado fuerte. No hay duda de que es una mujer, pero no de este mundo: sus ojos lanzan fuego.
Lippershey: ¿De veras no puedes ver su rostro? Es importante que lo hagas...
Ariel: Lo intento, intento fijarme, pero. Oh, ella es... No sé si podré seguir forzándome... Un momento.
Lippershey: ¿Qué ocurre?
Ariel: He sentido como... si viajara hacia atrás en el tiempo. Vuelvo a estar en la fuente, nada de lo que le he contado ha sucedido todavía...
Lippershey: Bien, muchacho, es necesario que te tranquilices. Cuéntame todo lo que haces a partir de ahora... Penetra en esa zona muerta; no tengas miedo; recuerda que ya no estás en aquel lugar.
Ariel: He oído un ruido en la espesura. Los árboles me asustan. Corro hacia el bosque, ¡qué temeridad! Salto unas rocas. Las arboledas... manchadas por una luminosidad verdosa. Tengo miedo: son ellos. El corazón en la garganta. Todo está silencioso ahora.
Lippershey: ¿Hacia dónde te diriges?
Ariel: Busco el origen del resplandor. He caminado un largo trecho hasta abandonar el bosque. Hay roca dura bajo mis pies: el cementerio de los arbiones. Huelo el hedor de su putrefacción. ¿Por qué he estoy aquí? Me he desviado, yo no quería; pero sigo a la luz verde; regreso sobre mis pasos; me contradigo, vuelvo adelante. No; no puedo acercarme; hay algo maligno. Estoy aterrado... Retrocedo... Ah, he tropezado con algo; caigo hacia atrás. Gracias a Dios, la linterna en mi mano. El obstáculo, ¡oh, Virgen! ¡No, no, no!
Lippershey: Tan calma; es un recuerdo, no has de temer nada. Dime lo que has encontrado.
Ariel: Estoy sobre un cadáver, ¿será uno de los jóvenes que desaparecieron ayer en el pueblo?: un hombre me lo contó antes de subir a Silvain. Yo creía que era sólo para asustarme... y está muerto. Su rostro helado... pálido... aparece bajo el haz de luz de mi linterna; ojos vidriosos. Tiene dos orificios en el cuello. ¡No puedo respirar de terror!
Lippershey: Ahora que has llegado tan lejos, no debes asustarte. Muéstrate sereno y haremos adelantos: un poco más, Ariel. ¿No quieres intentarlo?
Ariel: Sí; tiene usted razón... Me levanto, ¿adónde podría huir? ¿Dónde refugiarme? Los causantes de este crimen aún siguen al acecho: se huele su presencia. Un momento, alguien se acerca; me oculto tras un tocón, un olor extraño, un sabor a hierro en mi paladar... Aprieto los dientes; hago un hueco entre el ramaje: de ahí viene el resplandor. Es ella, ¡Ella, otra vez!, o mejor dicho, por primera vez Ella, el rostro desencajado; su esmeralda brilla con fuerza.
»Ha arrastrado junto al muerto el cuerpo de otro joven que aún se mueve. Tiene los ojos abiertos. Ella se inclina sobre él... Hace brillar círculos de fuego verde y rojo en su iris, como una serpiente... Lleva un estilete, o cánula, o daga, o no sé qué; es muy confuso; las imágenes se desvanecen. No sé lo que ella le clava, ni quiénes son esas sombras; pero estoy seguro: ellos son quienes me visitaban en mis sueños de infancia, ellos quienes me atormentaban y me hacían gozar lo indecible...
»Me castañetean los dientes... ¡Pobre chico! Imagino las visiones infernales que le estará suscitando esa criatura que se alimenta de dolor y placer. Quisiera no estar aquí; el joven sufre un temblor violento, su faz se congela. Extiende los brazos; se agita con más fuerza. Por el orificio sale, a presión, un chorro de sangre... se transforma en gas o líquido o niebla azulada que se pega al cuerpo de ella, y se le introduce por los poros, llenándola de energía. El chico no se mueve; esos otros seres se marchan con los cuerpos. Echo a correr, de regreso a la fuente. Pienso, ¿por qué, por qué he sido tan estúpido de venir aquí? Ella me ha seguido... La veo en lo alto de aquel risco. No debo mirarle a los ojos; pero me atrae, ¿cómo puedo resistirme? Ella me ha reconocido y yo la reconozco a ella; se enfurece, yo me siento desvalido ante su cólera. Eres tú, tú quien me atormentaba en mi lecho de niño; ¡sí! No puedo equivocarme; tú me engañabas con ilusiones para saciarte con mi terror. Te sería tan fácil matarme, ¿por qué no lo haces? Caigo, está iracunda; chillando como una fiera me lanza un rayo...
Lippershey: Tranquilo, Ariel; te estás poniendo muy nervioso. Estás a salvo. No pierdas la cabeza. Esa mujer, perdona que insista, ¿reconocerías sus facciones si la volvieras a ver?
Ariel: No lo sé... Pero ahora no puedo más (dijo el muchacho, jadeando) Déjeme descansar...

Sir Alex despertó al señor Varnemati, después de inducirle sugestiones de bienestar y placidez. La enfermera, que durante algunos tramos de la sesión había estado a punto de interrumpirle, se sintió muy complacida de que, al fin, la experiencia no le hubiera deparado a su paciente un daño añadido. Al contrario, Ariel sufrió una notable mejoría de semblante. Con agridulce expresión, contempló de nuevo las maravillosas arrugas de mister Lippershey.
Ariane estaba atónita; tenía un motivo más para admirar a su jefe, al que empezaba a reconocer una facultad, taumatúrgica casi, para curar; pero él estaba muy serio y como reconcentrado en pensamientos retorcidos y oscuros.
-Gracias, profesor -dijo con voz débil, pero no decaída el joven Ariel-. Usted tiene un don.
El caballero no lo había escuchado. No le preocupaba tanto el sentir del muchacho, que creía haber resucitado tras la catarsis, como lo que se deducía de su historia.
Ariel le planteó al profesor su deseo de repetir la sesión otro día, para poder separar la verdad del ensueño. Sir Alex supeditó la realización de una hipotética segunda experiencia a la evolución de su salud; quería dejar un margen de tiempo, por lo menos de una semana. El muchacho se resignó: una semana; ahora veía casi posible resistir tanto tiempo...

*****


-¿Estará Anabel Spengler en el funeral de Basquit? -preguntó la secretaria, mientras su jefe se vestía para acudir al luctuoso evento, la mañana siguiente a su encuentro con Ariel, curiosa y excitada por cuenta de su experimento con Ariel.
El profesor, sorprendido por su interés, contestó.
-¿Es que desea volver a verla?
-No por cierto; al menos hasta el sábado... ¿De veras cree posible que la baronesa o su secta ataquen a jóvenes y manipulen sus mentes?
-Es improbable pero no imposible... De todos modos, sería demasiado simple afirmar que las Spengler han creado al monstruo de Barglava a partir de rumores y mitos, y que utilizan a la Reina de la Ira como escudo de las actividades de su secta milenaria... Es demasiado fácil; aunque usted crea lo contrario. Tenemos a favor de nuestra hipótesis solo la intuición; porque la ciencia no se pronuncia sin pruebas claras. Si las tuviera no le quepa duda que iría a por todas contra ella; en otro tiempo, su tía se burló de mí porque no pude demostrar que estaba cometiendo maldades. Pero yo también tengo corazonadas, ¿sabe? El caso de Iulius Klaines me abrió los ojos respecto a la vieja Anabel, pero yo ya tenía constatada su perversidad cuando sedujo a Cristina D'Armani, aprovechando que la pobre estaba pasando una mala racha; quise advertirle, pero no me escuchó. Temo que la haya obligado a hacer auténticas monstruosidades; pero temo más que introduzcan a la pequeña Amelia D'Armani en ese círculo...
A Ariane le extrañó que Sir Alex hubiera metido en la conversación a la duquesa y a su hija. Pero no hizo ningún comentario.
Hablando de corazonadas, ella tenía una que la visitaba cada vez que el caballero mencionaba a Su Excelencia Senn Cristina. Debe saber el lector que Sir Alex no le había informado de su apasionado romance con la aristócrata, pero que esta negación de datos no había sido impedimento para que Ariane sospechase que había habido algo entre ellos; la manera tan enardecida con que él la citaba, la insultaba o, a veces, la disculpaba, achacando su caída a una personalidad débil, tenía que tener un significado.
Ariane se tomaba muy a pecho los consejos del profesor, y los aplicaba siempre que podía: “Hay que bucear bajo la superficie para encontrar la verdad” Él podría aparentar que odiaba a la duquesa y, quizá, fuera así, pero un pequeño resquicio de compasión asomaba delatando las ascuas de un fuego antiguo. Y no había que ser muy listo para deducir que la corrupción de Cristina había sido el disparador de la fiera persecución de Lippershey contra la baronesa y su estirpe.
A Ariane le maravillaba observar como todos los sucesos estaban encadenados y conducían a una sola conclusión: la maldad presentida de Anabel Spengler y de su sobrina. Incluso la desgracia de Ariel jugaba un papel importante en la teoría que estaba elaborando su mente romántica. Estando tan convencida de la existencia de un destino que colocaba las piezas para que ellos fueran reconstruyendo el rompecabezas, no le asombró que Sir Alex, antes de partir, confesara que su verdadero propósito al desplazarse al cementerio era de naturaleza egoísta: hacerse, ahora que nadie podía impedírselo, con el archivo de Ander Basquit, que durante años había deseado en secreto.
Comentarios