El Cultural -Magazine de El Imparcial

lunes, 11 de septiembre de 2006

Regina Irae - Parte I - XXIV

CAPITULO 24


El cementerio de Calibann


El funeral de Ander fue breve y poco emotivo.
Aparte de familiares y amigos, en el cementerio se habían congregado algunos representantes de la Sociedad Nueva Thule, capitaneados por el señor Theodor D'Angelis, que ante la llegada tardía de Anabel Spengler, se retiró del sitio donde el sacerdote echaba el responso, para hablar con ella, sin testigos, junto a un jardín de cruces de piedra y angelitos espirituales que miraban al cielo con melancolía.
Lippershey, más interesado por las maniobras de Anabel y Heinrich que por la maestría del enterrador echando paladas de tierra sobre la reluciente madera del féretro, ya hundido en el seno terrenal, intentó aprehender las palabras que se decían: le resultó empero, imposible; Theodor estaba de espaldas y la mujer ocultaba sus labios detrás del grueso continente del nazi y de las molestas esculturas funerarias.
En los momentos en que la visión de su boca era clara, Lippershey se percató de que no usaban el idioma del país. Quizás hablaban en alemán para despistar a posibles espías. No contaban con que Sir Alex que había estudiado en Heildelberg, y en Friburgo con el profesor Hans Bender, hablaba la lengua de Goethe con mucha soltura.
Fuera como fuera, la charla debía de ser muy trascendental. Anabel estaba furiosa, su rostro, surcado por líneas de expresión acusadísimas, parecía el de una mujer enojada con su esposo infiel. Theodor había pasado de una alegría evidente al verla llegar, a una desolación no menos palmaria.
No pudo leerles en los labios más que algunas palabras sueltas, pero el lector cuenta con nuestra inestimable ayuda para conocer los pormenores de tal plática, que aquí lanzamos en extenso:
-¿Hay algún problema? Te noto rara -preguntó el germano.
El gesto de Anabel se volvió torvo.
-Los Superiores no están satisfechos contigo. No les plació la víctima que les enviaste. Quiero otra.
Aquellas palabras no sonaron nada bien en los oídos del señor D'Angelis; su interlocutora, en un segundo, había trocado el talante que usaba por costumbre por una imagen terrorífica y extraña. Theodor vio en los ojos que le perforaban la crepitación de las llamas del infierno. El miedo le impedía articular palabra.
-Oh, sí; ya veo que me temes, que sabes que soy un peligro -musitó ella, como si hubiera leído en la mente del acongojado alemán-. Pero, ¿por qué te escandalizas? A mi tía le facilitaste muchas víctimas; y nunca te importaron ni sus muertes ni sus vidas...
Theodor retrocedió un paso, incapaz de soportar la mirada de aquel monstruo con hechuras femeninas.
-Si le entregué hombres sin hacer preguntas fue porque me prometió un don. Pero ahora vienes a decirme que los Superiores no están contentos...
-Los dioses piden sangre -continuó ella con una entonación demencial, los ojos saliéndose de las órbitas y los dientes apretados-. Sangre, sangre, sangre; no se conforman con menos. Sangre de alguien a quien ames. Tú lo sabes... ¿Por qué?, me preguntas. ¿Qué mérito tiene sacrificar a quien no se ama? El sacrificio que ellos valoran es el del corazón que inmola su más preciado tesoro. Uno debe entregárseles en cuerpo y alma; no sirven las medias tintas. Los dioses abominan de los tibios; les vomitan en la boca. Quieren que les ames por encima de todas las cosas. Tú anhelas ser tocado por el Rayo de Apolo, pero ¿qué has hecho para ganarte ese privilegio? Ellos te conocen, no sentías nada cuando señalabas para la muerte a todos esos hombres, ¿de qué te valió, pues, si no te dolió desprenderte de lo que nunca tuviste? Y te condueles porque se ha derramado la sangre de desconocidos, ¿cómo no habrías de temblar expuesto a los terrores inefables del Sello? Los Superiores han hablado de tu cobardía. Dicen que eres timorato; ¿pero para fracasar así has estudiado y te has mortificado durante años? Yo te defendería ante ellos si supiera que estás dispuesto a un sacrificio auténtico. ¿Qué es la muerte? Nada; lo importante es lo que vive. Pero también vivir es malo, Theodor; es espantoso. Es como beber un veneno de sabor delicioso que, al cabo, te condena a fenecer en un lecho de tormentos. Sabes que el mundo se derrumba, que la felicidad desaparece siempre; que todo es mentira; que por mucho que lo desees no puedes escapar de tu cuerpo y que, al final, la carne se pudrirá; que estás atrapado y no eres un ángel. ¿Podrías derramar un poco más de sangre para seguir viviendo? ¿Podrías hacerlo?
Temblando, pero con voz potente, Heinrich le respondió al punto:
-Sí, lo haría; mataría por ser un semidiós. Diles que lo haré, que estoy preparado, que no soy un tibio, que estoy dispuesto a hacer correr ríos de sangre para demostrarlo...
-¡Has hablado bien, Heinrich! Empezamos a entendernos. Basta un pequeño sacrificio para que seas igual a los propios dioses. Sólo has de entregarme a tu nieto Lorentz para que yo lo ofrende a los Superiores como pago por el regalo que te dispensan. Te juro que con esto estarán satisfechos...
La faz del viejo quedó blanca como una sábana; su corazón se detuvo en sístole y su sangre se tornó escarcha en torno a sus terminales nerviosas.
-¿Qué has dicho... ?
-Lorentz; quiero al niño, no te exigiré menos. Él o tú.
-¡No, no! ¡Es sangre de mi sangre!
-Por eso si la viertes ganarás el cielo en la tierra...
-No puedo hacerlo...
-¿Es que no me amas? ¿Es que no amas a los Superiores que te dieron la oportunidad, que otros hombres ni sueñan, de escapar de la muerte? ¿Creías que esto era un juego? ¿Qué por un obsequio enorme, más grande que el entendimiento de un dios, más gigantesco que tu anhelo de conocimiento, se contentarían con minucias? Pues déjame que te diga la verdad, débil y decrépito sentimental: piensa que con cada paso que das, te acercas un poquito más a la muerte, que cada latido de tu corazón es como la paletada del albañil que levanta el sepulcro que habrá de contener eternamente tus despojos; cuenta cada segundo, porque podría ser el último y cada sol que veas, da gracias, porque es un regalo y un martirio que te recuerda la brevedad y sinsentido de la vida humana: te pudrirás, te secarás como un perro expuesto al sol, y cuando pasen los años, hasta tu nombre se borrará de la lápida que la vanidad colocó sobre lo que no son más que huesos y jirones de carne putrefacta: ¡así acabó Heinrich Von Neumann, que quiso vivir para siempre!
Theodor cubrió la sien derecha con su rolliza mano; aquellas palabras horribles le habían traspasado el cerebro anulando su capacidad de respuesta. Quería llorar, pero la misma presencia de Anabel, tan obscena y cruel, secaba el manantial de las lágrimas. Aterrado, confuso y obnubilado contestó, en balbuceos:
-Anabel, te lo suplico: no quiero morir, pero, por favor: no me pidas que haga eso a Lorentz; sólo tiene siete años... Te daré a mi hija; ¿no la quieres a ella?
-¿Por qué te resistes, necio? -le gritó la terrible baronesa-. Cuando seas otra vez joven podrás engendrar miles de hijos que te darán más nietos de los que podrías llegar a conocer. ¿Qué es la vida de uno comparada con la de millones? ¿No te excita la certeza de que gozarás de cuantas mujeres desees? ¿De que podrás realizar todo lo que ahora sólo son sueños en la mente de un viejo impedido? ¡Lo que está al alcance de tu mano con sólo decir una palabra: sí! Dime sí; Theodor, dime sí; y te haré gozar yo misma... ¿No me deseas? ¿No te gustaría poseerme? Te haría disfrutar de deleites sensuales que ni siquiera sabes que existen... No seas idiota; mataste a cientos de campesinos inocentes en la guerra y no ganaste con ello más que el desprecio de los moralistas.
-Pero, ¿qué clase de criatura demoníaca eres? -preguntó el alemán, sorprendentemente envalentonado-. Tu tía era un monstruo y has salido a ella en todo, ¿de qué mundo habéis caído ambas? Quizá haya sido un idiota durante cincuenta años, pero ahora empiezo a comprender que tanto tú como ella hacéis el mal como si fuera una profesión. ¿Por qué? ¿Qué es lo que escondes, baronesa Spengler? ¿Por qué te divierte atormentar a un pobre viejo? Pero la culpa es mía, porque creía en ti lo mismo que creí en ella. ¡Si hubiera escuchado a Iulius... ! -en ese momento, el llanto de Von Neumann fluyó sin cortapisas, marcando riachuelos sobre sus mejillas sonrosadas.
Pero perdida la sensatez que le había hecho hablar con más cordura de la que jamás en su vida había tenido, volvió a pensar en la Muerte, en aquella vieja amiga a la que, en su ingenuidad, creía haber burlado. Se vio a sí mismo como un cadáver corrupto, entregado a los buitres que se saciaban con un abundante banquete de carne sin vida. No estaba tan trastornado, sin embargo, como para no reparar en la aberración que había cometido. Se llevó las manos a la cabeza como si le hubiera alcanzado la pedrada de un duende perverso. Sólo por su estupidez merecía acabar en el polvo, destino que no podía ser tan malo, cuando era el común a todo ser viviente. Anabel le causaba repugnancia pero no tanta como él mismo.
-Como gustes, Heinrich -declaró la dama, seca pero bastante furiosa-. Morirás como mueren todos; o quizás... -dijo, haciendo una inflexión sarcástica-, peor que nadie. Espera y verás...
-No me amenaces; te denunciaré a la policía -afirmó con aplomo increíble el viejo guerrero.
Anabel se rió de manera desagradable; “No me crees capaz, ¿eh, bruja?”, se dijo para sí Theodor. “Pues lo haré, vaya que sí. En cuanto acabe el funeral...”
La baronesa se giró para marcharse. El viejo volvió a derramar amargas lágrimas ante los ojos estupefactos de Lippershey, que se había ido acercando a pasitos para ver si sacaba algo en claro. Cuando ella salió por la puerta del cementerio Petre Larval, Sir Alex corrió junto al deprimido Theodor, que abstraído en sus dolorosas meditaciones no se apercibió de su llegada.
-¿Por qué llora? ¿Qué le ha dicho ella? -preguntó, de sopetón, el inglés, con ánimo curioso, agarrando por la solapa del abrigo a Heinrich.
La presencia de Lippershey aumentó el desasosiego de Von Neumann, que no obstante la inquina que sentía hacia el parapsicólogo estuvo, por un momento, tentado de contarle todo lo que sabía. Pero Theodor, cuyo mundo de creencias acababa de desplomarse como un castillo de arena atacado por las olas, sintió por primera vez en su vida la necesidad altruista de no involucrar a terceras personas en su vertiginosa caída hacia el abismo.
-Lloraba por Ander -respondió, abatido, pero con la firmeza necesaria para dar a entender que no prolongaría la charla.
-¡Miente! Es por algo que ella le ha dicho -insistió el terco británico, agarrándole por el brazo-. He entendido que Anabel repetía varias veces la palabra ‘sacrificio’... ¿Acaso ella le ha confesado...?
-¡Déjeme en paz! -exclamó el señor D'Angelis, entre la desesperación y la cólera.
Artús y Iaçinthus acudieron presto, a amedrentar al enemigo. Artús le pegó una voz como barrito de elefante que hizo retroceder a nuestro héroe hasta hacerle tropezar con un sepulcro.
Con una expresión de derrota en los ojos, el viejo nazi se alejó en compañía de sus secuaces, dejando un poso de intriga en la mente, especuladora por naturaleza, del profesor Lippershey.
Sir Alex, que se había distraído con el coloquio de los sectarios, metió prisa a sus pies para alcanzar a la viuda de Basquit, que, terminadas las exequias y dispersado el corro de deudos, se dirigía con su hija mayor a la salida del cementerio. La mujer no afectó sorpresa al verlo; con mucha educación, él le expresó sus sinceras condolencias, besándole la mano de modo ceremonioso.
-Gracias por venir -dijo ella, con voz cansina-. Mi marido lo apreciaba a usted muchísimo. Ha sido un gesto muy hermoso por su parte...
-Yo también lo respetaba, pero me hubiera gustado que su esposo hubiera tenido algo más de osadía -musitó Sir Alex, procurando no parecer demasiado impertinente, ya que la tesitura no era la ideal para hacer reproches-. Su ayuda habría sido decisiva para colocar a Anabel Spengler en el lugar que le correspondía. ¡Lástima que se haya muerto la vieja baronesa, lástima! Porque yo deseaba abofetearla en los morros por el daño que causó a personas que me eran caras. Su marido, estoy seguro, habría podido armar mi mano...
La mujer no dijo nada; probablemente no entendía a qué se refería el inglés; ella no metía las narices en los asuntos de la secta; le daban miedo esas cosas, y además, tampoco había sentido mucha simpatía por Anabel I cuando tuvo la ocasión de tratarla. Suspiró; y sus trémulas carnes se agitaron como presas de una descarga eléctrica. Lippershey intuyó que no añadiría ni una palabra más.
-Ya sé que no es el momento más oportuno, pero me gustaría preguntarle qué hará con los archivos de su marido...
-Tiraré todos esos papelorios inútiles a la basura -dijo ella, exasperada, recuperando una brizna de energía-. Nunca me gustó que Ander llenara la casa con esas porquerías.
-No, no lo haga; entréguemelos a mí...
La mujer rió con malicia al observar las chispas que saltaban de los ojos del caballero.
-Hay montones y montones de carpetas y fotografías, ¿de verdad quiere hacerse cargo de esos papeles amarillentos que a nadie le importan un bledo?
-Sí, sí; necesito echarles una ojeada... Para mí son de una importancia capital.
-Bien, pues si desea llevárselos pase un día de estos por mi casa (ya sabe donde vivo). Pero que sea pronto, porque si se demora demasiado me desharé de esa morralla sin contemplaciones.
La complacencia de Sir Alex por el logro obtenido le hizo situar en segundo término su curiosidad por conocer el argumento de la conversación mantenida por Theodor y Anabel entre lápidas blanqueadas y silencios respetuosos. Dando saltos de alegría, regresó a su casa.

*****

Aunque Ariane le rogó que por lo menos esperara una semana antes de molestar a la venerable viuda, al profesor (un hombre que no hubiera hecho fortuna como santo, pues carecía de la virtud cristiana de la paciencia) se le metió en la cabeza entrar en posesión de su legado sólo dos días después del entierro.
La señora no estaba del mejor humor para recibir a aquel par de pesados; pero tan efusivo vio al inglés, que casi por miedo le entregó lo prometido. Ariane le dio las gracias en nombre del profesor, pues éste, que había saltado de inmediato sobre los cajones, cajas, libretas y álbumes de fotos, estaba ensimismado.
La vieja le dijo, en confianza: “Este Lippershey es simpático, pero cuando se pone a jugar a Sherlock Holmes no hay quien lo aguante; siempre lo decía mi marido. Y, ¿sabe qué? Ander estaba convencido de que, al final, Sir Alex no lograría llevar a los tribunales a Anabel Spengler; en eso no se equivocó...”

*****

Al regresar a la plaza Comendatori, Ariane sólo tenía en mente la preocupación por el esfuerzo que habría de realizar en los días venideros para ordenar de manera más o menos lógica la ingente cantidad de papeles del señor Ander.
Si eso ya no era de por sí un plato de gusto, el profesor, ávido por descubrir misterios y tenebrosas conspiraciones, aun se encargó de hacerle a más ingrata la faena, volcando sin ningún cuidado el contenido de las cajas y saqueándolas de modo que acabaron por mezclarse dossieres de diferentes procedencias.
Por lo menos, pudieron comprobar que las fotos estaban ordenadas cronológicamente. El señor Basquit se había tomado la molestia de anotar detrás de cada instantánea la fecha exacta de su realización, el nombre de las personas retratadas y hasta aclaraciones sobre otras circunstancias que quizá para él pudieran tener alguna relevancia, pero que Ariane consideraba de todo punto inútiles.
No tardaron, en su primera y superficial inspección, en toparse con la cara de la baronesa Spengler I, que Lippershey aún tenía grabada a fuego en su memoria. En una de ellas aparecía la pérfida enemiga de Sir Alex vestida a la usanza egipcia, con los brazos cruzados sobre el pecho como los Osiris que adornaban los pilares de los templos de la civilización de las esfinges y las pirámides ¡Qué joven era! Ariane la había conocido sólo a través de la televisión en sus años de vejez, pero como muchos ancianos, cuyo fuerte carácter permanece marcado en el rostro, sus facciones resultaban reconocibles en cualquier edad, incluso en una tan tierna.
La señora Lavalle con ayuda de una lupa, muy en plan Peter Cushing, examinó la foto: sí, en efecto, como había observado a primera vista, portaba el anillo ofídico de su sobrina; era uno idéntico o el mismo objeto. Un detalle tan nimio le produjo gran inquietud.
Después de tres horas de navegar por entre documentos poco interesantes, fotos en blanco y negro del año de Maricastaña y hojas arrancadas de libretas cubiertas por una escritura casi ilegible, el entusiasmo del profesor se había enfriado. Ariane, en cambio, siguió jugando con la lupa y las curiosas fotografías de los álbumes. Su perseverancia le hizo tropezar con una, en verdad, siniestra o inquietante, pero de todas formas, muy extraña: en un retrato de grupo reconoció el rostro inconfundible de Anabel Spengler II.
-Profesor, échele un vistazo a esta foto -le dijo a Sir Alex, que ya se frotaba los ojos bajo los espejuelos.
La excitación de su secretaria se le contagió. Con una sonrisa, tomó la imagen.
-Ah, pero si es nuestra amiga Anabel II -dijo, despistado, frunciendo los ojos como un miope, para aprehender la carita que reflejaba la fisonomía exacta de la baronesa.
-Pero, ¿no nota nada raro, nada que se salga de lo normal? -insistió la mujer, restregándose las manos hasta casi hacerse rozadura.
Durante un segundo, él se quedó silencioso, pensativo, extrañado por la anacrónica vestimenta de las personas congeladas por el objetivo, hasta que finalmente, haciendo un gesto muy expresivo, reconoció los rostros juveniles de Iulius Klaines y Theodor, junto al de ella, giró la foto y leyó en voz alta la fecha en que había sido tomada: 2 de agosto de 1954. Sus ojos salieron proyectados hacia delante.
-Pero, pero, esto es imposible -volvió a darle la vuelta a la imagen misteriosa; siguiendo la letra de Ander, buscó el nombre de la retratada-. Marián de Castro... ¿Qué significa?
-¿Un parecido casual? -se atrevió a sugerir la secretaria, que, no obstante, hablaba con nula convicción, empleando un tono que hacía sospechar que pensaba haber encontrado un misterio mucho más grande que el de la desaparición de Iulius o el de la agresión de Ariel, que encajaba por lo demás, en su percepción de que seguían un camino trazado cuyo final era aún ininteligible.

*****

Theodor reunió con urgencia a sus seguidores en la sede de la Sociedad Thule para anunciarles que iba a disolver la Organización. Hubo preguntas que no obtuvieron respuesta, protestas, abucheos y exigencias de explicación. Pero el viejo Heinrich se retiró de la sala apenas soltó la noticia. En privado, dio instrucciones a sus más fieles, Werner, Valdemaras y Artús, que por un instante, creyeron estar escuchando una despedida. Pero con una sonrisa forzada, él les tranquilizó. Tenía planes. Delante de ellos, rompió una fotografía de Anabel II, y dijo: ‘Me vengaré’

*****

Aunque Ariane se empleó a fondo en la búsqueda de más fotografías de Marián de Castro sus desvelos no obtuvieron recompensa.
En los documentos escritos tampoco halló ninguna mención de la señora, aunque, habida cuenta la montaña de material con el que aún habría de luchar a brazo partido, era prematuro aventurar que, en algún rinconcito, no estuviera la clave del enigma.
Lippershey, que había mandado hacer una ampliación de la foto y la había colgado de la pared del despacho de Ariane para inspirarla en sus laboriosas pesquisas, no hacía otra cosa que mirarla y remirarla, intentando sacar conclusiones del hecho de que las características faciales de una señora de los años cincuenta se correspondieran cien por cien con los de una mujer mundana que cabalgaría los siglos XX y XXI y el segundo y el tercer milenio. ¿Era Marián de Castro pariente de las Spengler? Y si lo era, ¿en qué grado? ¿Por qué le había llamado tanto la atención a Ander Basquit la foto como para incluirla en su archivo? ¿Acaso supo que también aquella dama de apariencia gentil e inofensiva se había dedicado a hacer misas negras en sus buenos tiempos, siendo instructora de la siguiente generación?
Por lo pronto, la foto, según rezaban las notas de Basquit, había sido tomada en el castillo de Fortcastel, y tenía toda la pinta de inmortalizar una reunión de la Sociedad Thule. Allí estaban Theodor, Iulius y otras hierbas igualmente sospechosas. Marián de Castro aparecía un poco apartada de los sectarios nazis, mirando con los ojos muy abiertos a una figura que quedaba fuera de campo. Daba la impresión de que sólo ‘pasaba por ahí’.
Lo más curioso era que Ander había escrito, en fecha más reciente y con otra tinta, una interrogación al lado del nombre de la tal Marián.
-Tienen que ser parientes; son idénticas -repetía Sir Alex alucinado, mirando a la foto ampliada y luego a la otra de la joven Anabel II, mientras Ariane ordenaba todos los recortes de periódico que Ander había guardado sobre la segunda, fechados hacía un año.
-A Ander le debió de llamar la atención este parecido tanto como a nosotros. Cuando vio en la prensa la cara de Anabel II, debió de acordarse de la otra -fantaseó la mujer colocando en la carpeta los recortes-. De ahí la interrogación.
-Parece lógico -concluyó el inglés con los ojos perdidos en el techo-. Pero tenemos que hacer comprobaciones.
Ariane ya se imaginó en ese instante en qué consistían tales comprobaciones.

*****

Aún de peor talante que el día anterior, la anciana viuda de Basquit les abrió la puerta y los acomodó en su salón, junto a una mesa camilla. Esperaba que por lo menos, fueran breves. Tenía una tonelada de medicinas sobre el tapete y muchas ganas de tomar unas cuantas a solas.
Sir Alex no se anduvo con rodeos. Casi sin llegar a acomodar las posaderas, le plantó la foto ante las narices.
-Su marido guardaba esta fotografía. Nos interesaría mucho saber quién era esta mujer -le dijo, señalándosela.
La viuda se puso las gafas y miró, carraspeando y medio quejándose.
-No la conozco, pero...
-¿Pero...? -inquirió el inglés, inclinándose sobre ella para hacer presión sobre su memoria.
Aquella mujer temblorosa suspiró.
-Ander estaba muy preocupado por esta foto, o mejor dicho, por esta otra -dijo, sacando del interior de una manoseada revista, una foto de Anabel II con Theodor.
Sir Alex y Ariane se miraron con complicidad y enardecimiento.
-¿Por qué razón?
-Ander era muy suyo; no hablaba de sus obsesiones...
-¿Obsesiones? -hizo notar el profesor Lippershey, elevando la ceja.
La viuda suspiró.
-Es que no sé cómo explicarlo. La primera vez que vio a esta mujer se quedó perplejo. Quiero decir que enseguida me dijo que le resultaba una cara familiar. Él solía ordenar una y otra vez sus archivos, todas esas porquerías sobre la secta, y además tenía una memoria fotográfica. Sabía bien dónde la había visto. Esa misma noche, puso patas arriba los cajones con las fotos. No paró hasta no encontrar esa foto -dijo, señalando el retrato de grupo de los thuleanos-. Desde entonces se mostraba huraño. Pasaba horas encerrado con sus notas y recuerdos. Estoy convencida de que sus pensamientos tenían que ver con la desaparición de Iulius: le escuché hablar varias veces solo. Decía: ‘Tú tenías razón, Iulius’, ‘¿Adónde habrás ido?’ Y cosas por el estilo. Oh; a veces me asustaba. Dejó de salir de casa. Era irracional. Si por mí hubiera sido, todos esos papeles hubieran ido directos a la basura. Todavía no entiendo para qué los quiere usted...
No pudieron sacarle más información a la mujer, que parecía tan frágil como el vidrio, e incluso daba la impresión de ir a romperse bajo la presión de las impacientes preguntas del profesor.
Y sin embargo, con tan poco resultado, tuvieron de sobra para elucubrar durante horas enteras sobre las causas del extraño comportamiento de Basquit, que por otra parte, le daba sentido a su cambio de actitud de hacía un año, cuando, de pronto, le había dado por dejar de facilitar informaciones sobre Thule. A Lippershey incluso se le ocurrió, en aras a despejar un poco sus incógnitas, que podrían dejarse caer por la Sociedad de nuevo para preguntarle a Theodor por la extraña dama. Bueno, no mintamos. No sólo se le ocurrió.
Como Ariane no le hacía ninguna gracia que volvieran a verla en las cercanías del local nazi, Sir Alex se plantó allí solo a la mañana siguiente. Al ver que estaban cerrando el local, se llevó una sorpresa.
Lo primero que pensó Theodor cuando lo vio entrar en su despacho, fue delatar a Anabel. Pero sólo repetir mentalmente ese nombre le produjo dolor y un pánico atroz.
El inglés iba cargado de preguntas: se las lanzó encima todas de una vez, le presionó, le repreguntó sobre los sucesos del cementerio, que le hacían enrojecer de angustia y rabia, sobre el pasado de Anabel I, más que muerto y enterrado, de la tal Marián de Castro, sobre los motivos de la liquidación de la Sociedad... Pero el pobre D’Angelis no cedió ni un ápice de sus conocimientos; lo único que dijo fue: “Me habla de gente que supuestamente conocí hace cincuenta años; no me acuerdo ni de lo que hice ayer, como para recordar a esa señora...” Y con gesto de terror, le tiró la foto a la cara. Así terminó su entrevista. A Sir Alex no se le borró la expresión de espanto que había puesto el nazi al escuchar la palabra ‘Anabel’, comparada con la de sorpresa tirando a neutra que le indujo la contemplación de la foto.
Pero esta nueva preocupación no apartó sus mentes de la estancia de fin de semana en Forcastel. Sir Alex encontraba encantadora la coincidencia que le facilitaba el acceso directo al castillo y a su propietaria: tenía pensado interrogar a Anabel sobre el caso. Estaba entusiasmado ante tal perspectiva. Ella sí tenía que saber quién era Marián de Castro.
A Ariane le divertía imaginar que, de veras, existía un misterio detrás de aquella foto, que quizá sólo constatase una de esas bromas genéticas que gasta la naturaleza haciendo que los rasgos de un individuo se manifiesten en otro, sin relación alguna con él, con tal exactitud que a veces se alimenta con tal hecho la ilusión reencarnacionista. Creía, sin embargo, como sir Alex, que Ander Basquit no habría dado importancia a algo que no la tuviera, que si aquella dama, siendo pariente o no de Anabel, había acabado guardada entre seres siniestros era por ser depositaria de un secreto nada luminoso.
Disfrutaban del juego. Porque, en realidad, ambos jugaban, y ambos eran conscientes de la ligereza de lo que se traían entre manos. Tiraban los dados y salía un dos; luego un tres, o un seis, ¿qué más daba? Lo importante no era el resultado de la partida sino pasar el rato.

*****

Eva Lavalle nunca habría estado de acuerdo con esas aseveraciones. Ella distinguía perfectamente entre lo serio y lo no serio, y tenía por cierto que Lippershey pertenecía a la segunda categoría.
Aquellos días precedentes al viaje lo pasó muy mal. Cuando veía a su hermana haciendo la maleta, tan ilusionada como una niña con entradas para Disneyworld, se le desquiciaban los nervios. El inglés era listo, muy, muy listo; unos cumplidos, unas gracietas y la promesa de emociones sobrenaturales, y ya la tenía en el bote. No le podía negar que usaba bien la lengua. Pero bajo la luz que había arrojado su conocimiento directo de aquel odioso individuo veía muy clara su inequívoca perversidad, que no era como la de Anabel Spengler, una suposición descabellada, sino algo del todo real. Eva no le encontraba lógica a que su hermana, por muy romántica que fuera, estuviera tan emocionada por la perspectiva de pasar dos días en un castillo con un hombre que vivía al margen de toda realidad, creyendo en fantasmagorías y haciéndoselas creer a otros. No tenía dignidad Arianette, si le seguía a todas partes, después de que todo el país estuviera enterado de que la acosaba de mala manera. No le cabía en la cabeza que no le importara la opinión de los demás; había algo de enfermizo en ese darle la espalda a la maledicencia; era peor que asentir.
La noche antes de su marcha a Fortcastel, Eva la retuvo en su cuarto para darle unos consejos de hermana, que se parecían sospechosamente a los consejos de tía que le colocaba a Marina los viernes noche. Para no aburrir al lector, citaremos sólo la última frase del sermón, pronunciado con gravedad de homilía, que era como un resumen de toda la parrafada: “y no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte”. Ariane la escuchó como hacía Marina en la misma tesitura: aparentando verle un gran sentido a la advertencia pero deseando, en el fondo, perderla de vista para hacer lo que le placiera, lejos de su censura inquisitorial. Hay que reconocer que le hacía mucha gracia el trato casi infantil que su hermana le daba, como si se dirigiera de continuo a una adolescente; porque, ¿qué era aquello de lo que podía arrepentirse? Lo que Eva quería decir con tanto subterfugio era que, bajo ningún concepto, ni siquiera aunque la circunstancia fuera propicia y sus tontos deseos de complacer nublaran su razón, se le ocurriera acostarse con Lippershey. Pero, ¡era ridículo! ¿Cómo podía Eva pensar....? ¡Él era un caballero!
-¡Qué suerte, mami! Ojalá pudiera ir yo también al castillo -exclamó con voz mohína el peque Xavi, abrazándose a la cintura de su progenitora, ya vestida y con el bolso de viaje hecho, junto a la puerta.
-Que más quisiera que llevarte, amorcito; y a Marina y a Eva. Pero es que a ti no te han invitado; y podría ser una descortesía que me presentara allí con toda la tropa -se justificó Ariane, riendo, y consultando, entre palabra y palabra, el reloj; había quedado en pasar a recoger a Sir Alex a las nueve en punto; faltaban sólo diez minutos.
-Toma esto para que te defiendas de los vampiros -dijo el mocito, quitándose la cruz de plata que llevaba al cuello-. Póntelo, que si no, ya sabes lo que pasa.
Ariane pensó que su retoño se refería al Monstruo de Barglava; y con gran regocijo juntó la cruz con la medalla de la Virgen Blanca, patrona de Arberia, que siempre llevaba, por ser regalo de su difunta madre, sobre el pecho, ignorando que Xavi incluía en el lote vampírico a Lippershey que sabía demasiados detalles sobre la vida privada de los No Muertos como para no ser uno de ellos.
La mujer tomó el bolsón en el que había metido ropa como para tres fines de semana, y se lo colgó al hombro. Eva, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados en actitud de desdén, dijo:
-Y no olvides llamar por teléfono.
-Sí...
-Y no bebas.
-Sí.
-Y no trasnoches...
-No, no...
-Y no pruebes una gota de licor...
-Eso ya me lo has dicho...
-Pues te lo repito para que te quede claro; que tú, si bebes, pierdes la cabeza.
-Eva, ¡por Dios! Me pones como si fuera una borracha.
Xavi echó varias risotadas encadenadas, diciendo: “Mamá, una borracha, una borracha...”
-A saber lo que serías si no te hubiera medio en cintura ¡Con lo que te gusta a ti empinar el codo!
La mujer se puso roja como un tomate. ¡Cómo detestaba esa manía de su hermana de sacarle a relucir sus defectos delante de los niños! Diríase que ella no tenía nada que ocultar; pero Ariane conocía un par de chismes que no la dejaban bien parada. ¿O acaso era mentira que, en otro tiempo, hubiera tenido profundas conversaciones con un joven enfermero en una despensa del hospital? Hasta Eduart lo sabía...
Ya se dirigía hacia la puerta cuando oyó bajar a Marina las escaleras, atropellada, haciendo ruido con esas botonas tan antiestéticas que son la moda entre la juventud.
-Ten los ojos bien abiertos, mamá; a lo mejor nos vemos en Taranis -informó-. Esta tarde iremos las chicas y yo a ver como está el ambiente; y puede que nos quedemos toda la noche: hay un concierto.
-Ah, pues seguro que nos encontramos ¡Taranis es tan pequeño! -dijo Ariane.
-A ver si por fin puedo conocer en persona al profesor. El otro día me quedé con las ganas -dijo, lanzándole una sonrisa cómplice a su tía Eva, que le había estado hablando, y no bien, sobre Lippershey.
Xavi se puso ojienjuto al oír el nombre de aquel tipo raro
-Bueno, yo me voy -anunció Ariane, como aviso para que colocaran las mejillas en posición de ósculo; después de recorrer con sus labios las seis allí presentes, la mujer miró hacia el interior de la casa, y lanzó un suspiro, como un emigrante, que a punto de tomar el barco que lo llevará a ultramar, anticipara la nostalgia futura.
-¡Que no te vas a la China! -exclamó Marina, risueña-. Que Taranis está a cuarenta kilómetros escasos, a tres cuartos de hora de casita...
-Es que me da no sé qué dejaros solos...
-Venga ya; no seas hipócrita: vete con tu profesorcito... -se burló Eva, con amargo regusto, empujándola fuera de su chalet.

Comentarios

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  • Fecha: jueves, 14 de septiembre de 2006
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  • Hora: 1:02

Autor: Thersuva

Anabel da muuuchoooo miedo.

Esa escena final de Eva, ¿No sobra? Es que ni me he atrevido a leerla.

  • Fecha: lunes, 18 de septiembre de 2006
  •  | 
  • Hora: 10:00

Autor: rluzmila

Yo creo que la escena final sí vale. Esa Eva mas que hermana parece una mamá posesiva. hacer pedazos