miércoles, 20 de septiembre de 2006
Regina Irae - Parte I - XXV
CAPITULO 25

Ariane se encontró a mister Lippershey en la biblioteca, listo para la acción, enfundado en un cómodo terno de lana, y ya hecha la maleta, en la que había metido dos mudas completas, ropa de andar por casa, el traje folklórico típico de Arberia (que era igual que el de Mende sólo que con los ribetes rojos), el juego del Scrabble, por si se aburrían y unos cuantos puritos (maldita manía del tabaco que intentaba dejar; más vale tarde que nunca)
-Le he contado a Verónica que me desplazaba a Taranis para estudiar una casa encantada -explicó, en tono jocoserio-. De modo que no le ocurra decirle la verdad cuando volvamos. Me mataría si supiera que hemos ido juntos. ¡Es tan malpensada! Ya ve cómo se puso por lo que dijo Adamski...
-Ay; es usted muy malo -le regañó Ariane, en broma; para sus adentros, se decía: “Quiera Dios que le dé la patada de una vez a esa mujer, porque no le conviene nada, nada, a mi Sir Alex...”
-¡Ojalá fuera mucho peor! -replicó él, pícaro, elevando y bajando rápidamente las cejas-. Usted, en cambio, no alberga ni un gramo de maldad. Y, ¡qué paciencia tiene conmigo!
-Y, ¡qué valor al seguirle la corriente! -rió ella-. Se supone que es usted quien ha hecho algo malo, pero me insultan a mí. En mi casa todos piensan que soy una descarada y una mujerzuela...
-¿Quién ha dicho eso? -exclamó el profesor, impostando indignación-. Dígame que ha sido su hermana; así tendría una excusa para partirle la cara...
-¡Pobre Eva! En el fondo sólo mira por mi bien...
-¡Ja! Abra los ojos: esa mujer es una esponja; absorbe todo lo que tiene alrededor, y si no fuera por ese líquido robado, carecería de sustancia, sería menos que cero.
-¡Profesor! -dijo Ariane, escandalizada, cubriéndose la boca con la mano para que no se le viera el velo del paladar.
-Perdóneme, se me ha escapado el exabrupto. En realidad, la doctora Lavalle es una buena chica -bromeó el cenceño caballero.
Con ademán estirado, recogió su maleta Samsonite, el periódico del día, que aún no había tenido tiempo de hojear, y un folleto que contenía el programa completo de las fiestas de Taranis. Ariane le pidió prestado esto último.
-La Pisada de la Uva será esta tarde a las cinco... -leyó, emocionada.
-Lo sé; este año no me lo perdería por nada del mundo. Aunque la Spengler no me hubiera invitado, habría ido de todas formas a Taranis para ver cómo hace el ridículo la hija de Cristina D’Armani, Amelia, que ha sido seleccionada para esa estúpida ceremonia... Me reiré a gusto de las dos...
-Es un ritual muy serio y muy antiguo -se enojó Ariane-. Usted debería saber que tiene un significado profundo. Mi padre nos llevaba a Eva y a mí todos los años a verlo, y nos decía que lo miráramos con respeto, porque aquella era la forma en la que los hombres daban las gracias a la naturaleza por ser tan generosa. A mí me encantaba ver a aquellas doncellas manchadas de mosto hasta las orejas. Me hubiera gustado ser una de ellas. Ah, cómo recuerdo el vino que brotaba ese día de la fuente. Mi padre me hacía beber un sorbito que era para mí como un pedacito de gloria. El vino dulce es mi debilidad...
-Y el no dulce también; o eso, o hay en mi mueble-bar algún duendecillo dipsómano que me saquea el Burdeos, el Jerez y el Chianti -ironizó el inglés.
-Eso es una impertinencia...
-Pero una impertinencia verdadera...
-¡Peor todavía!
Con talante festivo, se subieron al coche de Ariane. Lippershey tuvo que hacerlo en dos veces; forzó las rodillas y se agachó para no dar con la cabeza en el techo; para que luego dijeran que el yoga no tenía aplicaciones prácticas.
-¡Dios mío! Me siento como una sardina en lata -protestó el hombre, que tenía que estar dentro de aquel habitáculo de tan reducidas dimensiones casi plegado-. No me puedo ni mover...
-Siempre se queja de lo mismo; pero yo no tengo la culpa de que haya crecido usted tanto -musitó ella, riendo.
-Cuando lleguemos a nuestro destino, tendrá que darme un masajito para desengarrotarme...
-Oh; sí; ¡qué más quisiera!
-¿Ni esa obra de caridad hará por mí, usted que es tan buena, tan lista, tan maja... ? -dijo, socarrón, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
La señora Lavalle se mordió la lengua para no carcajearse.
Arrancó y enfiló la autopista.
Para no focalizar su atención en las apreturas, Lippershey se puso a leer el periódico. Ariane le aconsejaba que lo dejara para mejor momento, que se podía marear; pero él, erre que erre, se esforzaba en encontrarle sentido a las manchas negras con forma de letra de imprenta Times que se movían ante sus ojos, sin consideración hacia su vista. Ariane conducía bien, pero su auto era un poco vetusto y presentaba todos los síntomas de los vehículos próximos a acabar en el desguace: hacía ruidos y, a veces, perdía las tripas por el camino; y, desde luego, no tomaba las curvas con suavidad; ya pasada Milanovi, en terreno abrupto y carretera serpenteante, la fuerza centrífuga pegaba al profesor contra la ventanilla. Pero él seguía leyendo, parecía que considerara un punto de honor conservar el estoicismo en las circunstancias más adversas. ¡Como que era inglés!
-¡Demonios! -exclamó, acercando la nariz al diario, hasta casi teñirla con la tinta fresca-. Qué cosa más rara: el señor Theodor D’Angelis ha muerto...
Pasado el momento de estupor que acompaña a la noticia de la muerte de una persona conocida, Ariane dijo:
-Y ¿por qué es raro? Era un hombre muy viejo.
-¡Poco más que yo! -respondió Lippershey, algo molesto por el comentario-. Y además el otro día estaba perfectamente. Pero ésa no es la cuestión; aquí dice que lo encontraron muerto sobre un enorme charco de sangre que no era suya. Según los médicos, falleció por causas naturales, en concreto, de infarto. Pero su hija, su nieto y su yerno están en paradero desconocido desde la noche anterior... ¿Qué le parece?
-Que hay alguien a quien le que le horrorizaban sus conferencias sobre la Atlántida más que a mí -bromeó la simpática señora.
Los últimos tramos del viaje resultaron muy amenos gracias a las chanzas que hicieron sobre un tema que, en principio, no parecía muy apto para la irrisión; pero Alexander, pese a reír, rumiaba la inquietante escena que había contemplado en el cementerio entre Theodor y Anabel II y que, con poco impulso de sus neuronas, vinculaba con el trágico suceso.
Cuando apareció a la vista el castillo de Fortcastel, Ariane se desentendió de todo.
Aquella obra arquitectónica levantada en una de las jorobas de Vindius era la inmensidad hecha piedra.
Sir Alex le explicó que los duques de Miramar, señores de Rumelia-Mende habían destruido el cenobio y reconstruido luego como fortaleza, para controlar el estratégico paso de Barglava y mantener a raya a los revolucionarios campesinos de la zona, muy aficionados a rebanar cuellos aristocráticos. Por esta razón, y, a pesar de las sucesivas reformas que habían realizado los castellanos desde el siglo XVII a fin de hacerlo habitable a generaciones más amantes del lujo de la paz que del polvo de la guerra, el edificio conservaba la apostura marcial y un poco ominosa de un viejo guerrero acostumbrado a hundir sus botas cada dos por tres en charcos de sangre. El profesor no descartaba, sin embargo, que el arquitecto hubiera buscado proteger algo más con la solidez de aquella fábrica.
Ariane miraba hacia arriba y parecía que la vertical no acababa nunca, que se ocultaba entre las nubes, y llegaba más allá. Su corazón empezó a latir con fuerza doble. ¡Qué hermosos chapiteles, qué muros impenetrables, qué prepotencia!: Drácula se habría sentido como en casa en un lugar así.
Al llegar a Fortcastel, Sir Alexander se llevó una sorpresa desagradable: la baronesa, que no se encontraba en el castillo para atenderles, había dejado a su lúgubre mayordomo Slavia la encomienda de aposentarlos en los cuartos, dándoles luego libertad para hacer lo que les viniera en gana hasta la hora del almuerzo: era una manera fina de desdeñarlos descaradamente.
Pero Lippershey supo verle el lado bueno. Después de hacer unos ejercicios de estiramiento en el vestíbulo-atrio del castillo tomó a la alucinada Ariane, que aún no se había repuesto de la impresión que la había producido la magna arquitectura (síndrome de Stendhal) y se la llevó afuera bajo el contrapicado de los muros.
-El otoño depara grandes alegrías a los amantes de la dieta vegetariana -dijo, caminando, vigoroso, hacia el sendero del bosque-. Antes de que regrese Anabel, habremos recolectado una buena cantidad de setas. He de meterle a usted el gusto por la comida sin carne; me lo he propuesto como meta ineludible. Me da grima pensar que usted no tiene compasión hacia los pobres pollos, cerdos y vaquitas, que sufren una vida de reclusión y tormento para deleite de paladares sangrientos y embrutecidos...
-Ay, calle; que me está haciendo sentir culpable...
Después de dejar el sendero a mitad de camino, penetraron por una vereda en una zona de terreno abrupto y saturado de vegetación arbórea y de sotobosque, cuya anfractuosidad se oponía a su avance. La variedad del bosque mixto de frondosas, pintaba un cuadro en que los colores estrella eran el verde, propio de las especies perennifolias, y el ocre que se manifestaba en todas sus tonalidades, desde el amarillo sucio hasta el rojizo chillón. Junto a las copas fracturadas de los venerables robles, cuyas ramas eran sostén de musgo y helechos epifitos, se erguían fresnos, castaños, nogales, laureles y tilos. El espectáculo cromático continuaba en la cota alpina de las laderas montanas, que cerraban el valle y que eran visibles desde el costado de Vindius, donde el oscuro glauco de los abetos se mezclaba con los tonos cálidos del haya y el arce, hasta el límite de la pradera.
En su excursión en busca de setas ora se separaban ora se juntaban bajo las arboledas. Ariane veía muchas piezas de todos los colores y como no distinguía lo comestible de lo que no lo era las metía todas a la cesta que le habían robado a los moradores del castillo. Lippershey iba, en cambio, a tiro fijo, como era de esperar en un experto en la materia. Tenía el olor de la fritura de setas en la nariz y ese aliciente era suficiente para guiarle entre la vegetación con tino. A veces miraba por entre los cortinajes de hojas para controlar a su compañera, a la que veía agachada, muy metida en su labor.
Cuando llegaron a la parte baja de Vindius, entraron en un bosquecillo repleto de arbustos frutícolas. Arándanos, groselleros y zarzamoras habían ya pasado la fecha de dar fruto; pero casi por milagro el profesor encontró unos arbustos de frambueso amarillo, de la variedad September. Aunque estaban en mitad del bosque, aquella planta tenía toda la pinta de haber sido cultivada por la mano del hombre. Inmediatamente, pensó Sir Alex en Fael y en su excéntrica madre. ¿Habían caminado tanto trecho como para haber llegado junto a su cabaña? No le hubiera extrañado: en compañía de Ariane, el tiempo se le pasaba volando, y el espacio, por solidaridad, también se contraía.
Arrancó una frambuesa y se la puso en la boca a la risueña mujer, que con expresión de deleite, degustó la carne del bosque, tan aromática y sabrosa.
-Mejor que un filete, ¿eh? ¿Quiere que nos metamos unas cuantas en el bolso?
-Me da un poco de apuro; creo que este arbusto le pertenece a alguien.
-Pero nadie nos ve...
-No, no; si tiene dueño, primero hay que pedirle permiso...
Sir Alex desgajó una segunda frambuesa, y repitió la operación. Ariane, con los ojos entrecerrados, emitió un quejido de gusto.
-Sentémonos un rato a descansar -sugirió, tomando como asiento un tronco derribado sobre la masa de hojarasca sucia y densa, después de comprobar, con ayuda de un palo largo que no había inquilinos sospechosos morando en sus orificios.
Ariane y Alexander se acomodaron entre la marea arbustiva, que era como un instrumento músico del que el viento extraía suaves tonadas, como arrullos o suspiros de enamorados condenados al distanciamiento. Él apoyó la espalda contra el fuste de un roble, que ascendía detrás de su asiento, hacia el cielo despejado; la mujer venció sus escrúpulos y robó un buen puñado de frambuesas, algunas de la cuales se metía directamente a la boca y otras las depositaba sobre el regazo.
Sir Alex vació el contenido de las cestas para inspeccionar la cosecha de hongos. Los que él había recolectado presentaban una perfecta homogeneidad: eran todos Boletus edulis, muy carnositos. Pero entre los ejemplares de Ariane se distinguían especies de más viveza cromática, como un agárico de sombrero rojizo con pintas blancas, que Sir Alex levantó a la altura de sus ojos para verlo más de cerca.
-¿Ve qué bonita es? -dijo ella, volviendo la cara hacia el estupefacto profesor-. En cuanto la encontré, me dije: “Esta tiene que ser buenísima, cuando es tan hermosa”
-Creo que usted no me quiere bien -dijo Alexander, con una sonrisa sesgada y burlona-. Si me como esto, se acabaron las bromas: es una Amanita muscaria...
-¿Venenosa? -musitó la mujer, espantada.
-Eso me temo...
-Y, ¡la he tocado! -exclamó fuera de sí, Ariane, manteniendo las manos a distancia del resto de su cuerpo como para no extender la infección-. Y ahora, ¿dónde me lavo? ¡Qué horror! Ya me parecía a mí que esto de las setas era peligroso. Todo el mundo sabe que matan a la gente. Y además, ¿quién lo entiende? Las buenas son las feas y las bonitas...
El se rió.
-Tranquila, que no morirá de ésta.
-¿Seguro?
-Le doy mi palabra de honor. He hablado muy seriamente con la Amanita y me ha jurado que no tiene nada contra usted.
No muy convencida de la validez de las promesas de una asesina nata Ariane se frotó con saña las manos contra unas hojas, humedecidas por la lluvia de la noche anterior, como si pensara que tan rudimentario sistema de limpieza pudiera aniquilar las potencialidades mortíferas de un tósigo. Luego, con un pañuelo de papel sacó las setas sospechosas de la cesta y las arrojó lejos, con asco y terror. Miró a los preciosos y gordísimos boletos sin atreverse a tocarlos.
-¿Qué va a hacer con estos? -preguntó.
-Pues comérmelos. Sepa que a mí, como al emperador Claudio, me encantan las setas...
-Supongo que usted no ignora que esa afición mató a Claudio -dijo Ariane, con sorna.
-No se engañe: sólo le ayudó a morir. Si las pérfidas Locusta y Agripina no hubieran metido la mano emponzoñándole la cena al viejo Cesar, la vida misma le habría pasado factura: más tarde o más temprano, habría muerto, como morimos todos. La mayor certeza de la existencia en que no dura eternamente... -reflexionó, solemne, el caballero.
-Sí, ¡qué faena!
Ni siquiera la mención de aquel tema tan grave pudo agriar el humor de la mujer, quien tomó una de las frambuesas que reservaba para más tarde y, con desenvoltura y regocijo se la metió en la boca al profesor. Este movió el mostacho negro, con algunos hilillos blancos, muy satisfecho, sin dejar de contemplar la faz resplandeciente de su secretaria.
-Se está bien aquí, ¿verdad? -le susurró.
Ella estiró el cuerpo como una gata, dejando a la vista su pálido cuello y parte de la piel del pecho por entre las aberturas que dejaba el abotonado de su camisa.
-¡Y tanto! -respondió Ariane-. Pero ni siquiera hemos visto una triste hada o un Monstruo–vampiro extraterrestre. Es un poco decepcionante; hasta Philip tuvo más suerte.
-Las mujeres espectrales sólo salen de noche -canturreó Sir Alex, haciendo parodia del tono tenebroso.
La señora Lavalle rió. Mas, al poco rato, extasiada por la belleza del bosque otoñal, su rostro se cubrió con un velo introspectivo.
-Es todo tan bonito que temo que pueda no ser real.
-Claro que es real: ¿qué podría ser: un sueño? ; ¿quién se molestaría en hacerle soñar con esto?
-Ya sé que suena a tontería, pero es que a mí, a menudo, se me ocurren ideas muy raras: será porque, como dice usted, soy una romántica. Cuando era pequeña, jugaba con mi hermana a imaginar qué pasaría si nuestras vidas fueran el argumento de una novela y nosotras meros personajes. Nos pasábamos horas discutiendo sobre cómo podría ser el autor de nuestras fingidas biografías, qué margen de albedrío teníamos y esas cosas. Mi hermana acababa gritándome y diciéndome que la volvía loca con mis estupideces...
-Pero es una especulación interesante -opinó el caballero, a quien encantaban ese tipo de juegos de la imaginación-. Aunque las conclusiones a que se puede llegar resultan más bien tristes. Porque si usted fuera el personaje de una historia de ficción, carecería por completo de libertad; hablaría del modo que quisiera su creador; haría sólo aquello que a él o a ella se le pasara por la cabeza en cada momento... y lo peor es que no estaría avisada de sus limitaciones porque la habrían imaginado inconsciente.
-Y no podría dudar de nada... -dijo ella, siguiendo la corriente.
-Sí podría; pero su escepticismo también habría sido implantado por el ser superior...
-Es decir, que incluso cuando me cuestionara mi propia realidad, estaría haciendo la voluntad de una mente que está fuera de mí...
-¡Mucho más grave! Todas sus preguntas estarían premeditadas y también mis respuestas, y aun si optara por rebelarse contra la tiranía, estaría siendo tiranizada por el deseo de quien la concibió. Y nosotros, que parecemos dos seres humanos perfectamente diferenciados, no seríamos, en el fondo, sino una sola persona, o mejor dicho, manifestaciones simbólicas de las facetas de la personalidad del supuesto escritor. Para dar sensación de verosimilitud (que es casi como decir, para engañarnos o engañar a terceros, o a sí mismo) ese ser nos habría dotado de una ilusión de temperamento, que permitiría que se nos considerara distintos y reales. En cierto modo, seríamos arquetipos (ya sé que detesta esta palabra); usted el de la “burguesita mojigata y escrupulosa, un poco soñadora”, y yo el del “merry old man, erudito e ingenioso”, y conforme a estos parámetros desarrollaríamos nuestras vidas falsas. Dese cuenta de que, en la mayoría de las novelas realistas, los personajes se ciñen a esta pauta, y no hacen o dicen cosas contrarias a las que se espera de ellos. Incluso en los cuentos fantásticos se mantiene una línea de contacto con la realidad. Si fuera demasiado incoherente nuestro cerebro lo rechazaría. Nosotros estamos aquí, en este locus amoenus, que invita tanto a amar al mundo a pesar de sus oscuridades, tan contentos y felices, jugando con las palabras, y sería del todo ilógico, e incompatible con la buena literatura (porque yo nunca sería protagonista de un mal libro) que, de repente, hiciéramos algo insólito que no se justificara por el argumento o rompiera totalmente con nuestras respectivas imágenes; que saliéramos volando o nos transformáramos en serpientes o que yo la matara y la arrojara a una sima...
Ariane había escuchado la argumentación de Sir Alex con una seriedad casi religiosa; desde luego, él se molestaba más que su hermana en exprimir al límite las posibilidades de su especulación. Pero oírle hablar, sentando cátedra sobre temas tan escabrosos le había inquietado hasta el punto de obligarle a tomar una determinación extrema.
-Entonces -dijo-, si sucediera un acontecimiento inesperado, si yo me comportara de manera absurda, casi podríamos estar seguros de que esto no es una novela...
-Teniendo en cuenta como está el mercado editorial hoy en día, ningún escritor que pensara en su bolsillo o en acabar en las páginas de un libro de texto, arruinaría su obra incluyendo un pasaje que contrariara la coherencia narrativa -observó él, en tono humorístico
-Pero Kafka escribió que un tipo normal se transformaba en una cucaracha sin motivo, y todos le tienen por un genio -objetó Ariane, escéptica.
Sir Alex se quedó callado y arrugó la frente, pero al cabo, expulsó una nerviosa y sonora risa.
-¡Me ha dejado sin argumento, señora Lavalle!
-De todas formas, haré algo que no se corresponda con mi carácter para quedar más tranquila. Porque esta conversación (y nunca me había pasado con mi hermana) me ha puesto los pelos de punta.
Por sorpresa, Ariane se lanzó sobre el profesor y le besó en los labios, primero tímidamente, rozándoselos apenas, después con un apasionamiento muy poco burgués e incompatible con el pudor. Tonto habría sido él si se hubiera opuesto cuando aquella era la segunda cosa que más le apetecía hacer con Ariane; tonto, y nada caballeroso, pues ella necesitaba saberse auténtica, y era para él una obligación curar la inquietud a una mujer tan adorable; sus ojos hacían chiribitas, su corazón casi también; cuando, emocionado por tal efusividad, quiso abrazarla contra su pecho, para retener por más tiempo aquel beso, que como el de la sweet Helen del verso de Marlowe, le hacía inmortal, ella se apartó, sin notar sus intenciones, luciendo una expresión beatífica.
-Bueno; ya ha quedado claro que esto no es una novela -dijo, con la sonrisa en los labios; e inmediatamente se volvió para recoger las frambuesas que había dejado en la cesta, como si no hubiera pasado nada, aunque no podía negar que su pulso se había acelerado y el sudor se había hecho más abundante entre sus senos.
Lippershey, arrebatado por un sentimiento tan poco romántico como el que había precipitado la primera desgracia de su antepasado Godofredo, hizo ademán de abalanzarse sobre la mujer que ahora le daba la espalda. Pero justo cuando la tenía a tiro, y sus manos casi sentían el calor de sus brazos, un ruido de pasos frustró su avance amoroso...
