El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 01 de octubre de 2006

Regina Irae - Parte I - XXVI

CAPITULO 26


Los Baradur viven en el monte


La señora Baradur, dueña de los arbustos, apareció de detrás de unos matojos, sorprendiéndolos; vestía un basto delantal y parecía muy molesta porque se hubieran escondido de su casa estando a pocos metros de ella, tan cerca que les había escuchado hablar de aquella manera extraña, mientras extraía los panales de sus colmenas.
-¿Qué hacen ahí tan solos? -preguntó, sin acritud, mascando una rama.
-Hablábamos de literatura... -respondió Sir Alex, que con una rodilla en tierra, pegadito al cuerpo de Ariane, parecía un Don Juan galanteando a una Inés con la cabeza en las nubes, una actitud que no hacía muy creíble su excusa.
La señora Baradur meneó la testa al comprobar lo que le había ocurrido a su pobre arbusto.
-¡Esquilmadores! Me lo han dejado pelado. No le corro a pedradas, señor Lippershey, porque me cae bien, que si no. -La vieja estiró su cuello de avestruz, arrugado y reseco. Cuando avistó el botín de setas, los pliegues de su rostro se alisaron por un breve instante.
-Ah, bien, bien -dijo en tono irónico-.Ya me parecía a mí que un hombre tan serio como usted, aunque sea un bufón de la ciencia, no tomaría un bien sin dar otro a cambio a modo de trueque. Me ha traído boletus, mi plato favorito...
No les pareció mal trato el que ella les proponía, y menos, cuando les invitó a probar el platillo que tenía pensado sacar de sus fogones. Los ladronzuelos aceptaron sin pensar.
En la cabaña, Alexander y la señora Baradur guisaron las setas para procurarse un tentempié de gourmets; él manejaba la cazuela por encima de las brasas con prevención, pues no estaba acostumbrado a luchar contra un fuego de leña; ella, que le había cedido gustosa el mando de su cocina, le facilitaba vino y especias. Parecían un par de alquimistas empleándose a fondo en la consecución de la piedra filosofal. Ariane había preferido esperar afuera, bajo el sol, ya que el pésimo tiro de la chimenea de la casa hacía que se concentrara en ella un acre aroma a madera quemada, que a Sir Alex, no obstante, placía, por ser amante de los olores con personalidad.
El joven Fael, que llegó saltando entre los matorrales, se extrañó al ver sentada en el banco que había adosado a su cabaña a una señora que le gustó a primera vista; parecía simpática y llevaba en el escote de su camisa unas gafas de sol, como si estuvieran en verano, cosa que le hizo mucha gracia. Antes de preguntarle quién era, ya husmeó el olor del guiso de hongos y escuchó la voz de Lippershey anunciando que estaba listo el aperitivo. “Es una amiga del sabio”, se dijo, y eso le quitó la aprensión.
Sir Alex y la señora Baradur salieron afuera con las escudillas. Ariane que estaba en ayunas (ella siempre lo estaba, incluso después de dos platos y postre) atacó su ración con ganas riéndose de Locusta, Agripina y todas las Amanitas Muscarias del universo. El profesor saludó a su joven amigo Fael, quien se unió a la fiesta sin que tuvieran que insistirle mucho. La señora Baradur se levantaba constantemente para ir a limpiar el cobertizo o a partir leña en la parte de atrás: había cierto componente maniaco en su personalidad que el profesor ya había percibido y que se manifestaba en esa persistencia en cambiar de actividad sin que viniera a cuento.
Pero tanto mejor que fuera así, pensó él; aprovechando que había ido a sacar agua al pozo con un balde roñoso, interrogó al muchacho, que tenía los ojos metidos en el escote de Ariane, pero no por el motivo que imagina el lector.
Sir Alex fue directo al grano.
-Sr. Baradur, hábleme de las hadas esas que usted ve ¿Cómo son? ¿Dónde se le aparecen? ¿A qué se dedican? Me interesa sobremanera toda la información que pueda proporcionarme, por tonta que parezca.
La insólita inquisición del profesor pilló por sorpresa a Fael pero no a Ariane. El mozo, sonrió, pícaro, después de darle una dentellada a un pedazo de boleto y a una pieza de queso de cabra.
-¿Las hadas? Pero usted no cree en ellas. Su amigo dice que son gente que baja de la luna y de las estrellas; pero no hay que hacer mucho caso de ese tipo: cuenta unas cosas muy raras sobre unos genios que hay en los peces y que hacen que se transformen en personas. -Al recordar las explicaciones del chico de ciudad, el muchacho rompió a reír, ocultando el rostro tras la escudilla. De su boca salía una risa tonta, contagiosa y desencajada que a Ariane se le pegó.
-Vamos, joven; cuéntame algo. Yo sí te creo -insistió Sir Alex, con su tono de voz más seductor.
-Pues, ¿qué quiere que le diga? Las hadas son muy bonitas. Unas tienen el pelo negro, otras rubio; sus ojos suelen ser verdes... Salen a cazar por la noche; creo que hay algo en el sol que estropea sus cuerpos, no los normales, sino los que la gente no ve. También matan alguna vez a la luz del día pero poco. Parecen mujeres como las demás; para vivir en la tierra necesitan un cuerpo así como los nuestros. ¡Pero son tan distintas! Sacan fuerzas de la tierra y del aire; y poseen poderes enormes, mucha magia. Con el pensamiento dominan los dragones y serpientes que viven bajo tierra, que yo nunca he visto pero que deben de ser unos monstruos horribles, porque, cuando se mueven, hacen temblar las montañas...
-¿Es Anabel Spengler un hada? -preguntó Sir Alex a bocajarro.
Al oír el nombre de la baronesa, Fael se mostró reacio a continuar; murmuró unas cuantas frases descriptivas sobre las hadas, sin interés, y cambio de tema; empezó a divagar sobre lo bien que se llevaba su madre con las abejas, que nunca la picaban aunque les rompiera sus moradas hexagonales.
-¿Por qué proteges a Anabel? -preguntó el obstinado parapsicólogo-. ¿Es por miedo?
-Ella no me asusta...
La sonrisita de niño malo del cojo, llevaba más falsedad encima que la de un político en plena campaña electoral, y como en la de éste, se podía leer, si se tenía buena vista y entendimiento, una ambigüedad premeditada.
-¿Me llevarías a los sitios donde se reúnen las hadas?
-No; es secreto, y usted no pertenece a la Comunidad...
-¿Qué comunidad?
-Eso también es secreto; todo es secreto -dijo el joven, poniéndose el dedo índice sobre el labio y bajando la voz.
-Y si es tan secreto, ¿por qué lo sabes tú?
-Porque yo sí soy de la Comunidad...
-Y, ¿por qué tú precisamente?
-Está claro, profesor -intervino Ariane, que recordaba a la perfección el contenido de las cintas de la declaración de Fael-. El chico es el hijo de un hada, ¿a que sí?
Fael enseñó sus dientes partidos, con afabilidad.
-Usted sabe más que el señor Alexander...
-¿Cómo se llama tu madre? -inquirió éste.
-Geirtrair, pero, ¡psss! No lo cuente a nadie -suplicó el jovencito cambiando el semblante.
El parapsicólogo lanzó una exclamación.
-¡Eres hijo de la mismísima Reina de la Ira! Vaya, vaya; eso sí que no me lo esperaba. ¿Puedo hacerte una pregunta personal? ¿Fuiste tú quien asustó el sábado pasado a Philip y a su amiga?
-No -respondió, escueto, el mozo, haciendo como que escribía en el suelo con el pie.
-¿Quién fue?
-No puedo decirle nada sobre eso...
-Bueno, yo no espero que traiciones en vano la fe que las hadas han depositado en ti -dijo el inglés, usando sus dotes de persuasión y su simpatía natural-. Te compensaría por el favor. ¿Qué desearías que te diera a cambio de unas pequeñas informaciones?
Fael hizo como que se lo pensaba bien; la oferta era tentadora, aunque imaginaba que Sir Alex lo trataba de simple y bobalicón. Tenía que ser muy astuto para no dejarse estafar.
-Quiero eso -dijo, después de un segundo, señalando a los lentes ahumados de Ariane.
A Lippershey le falto tiempo para arrancar el objeto de su emplazamiento y entregárselo al chiquito, ajeno al gesto atónito de la mujer.
-¿Estás contento? -preguntó Sir Alex.
-Oh, sí -dijo el mozalbete, colocándose las gafas en el lugar pertinente; luego se introdujo a todo correr en el interior de su casa en busca de un espejo o superficie reflectante.
-Profesor; ¿qué está tramando? -inquirió Ariane, bastante molesta por el expolio-. Ya veo que intenta sonsacar al muchacho, pero a mí me da que no sabe nada; que está tomándole el pelo...
-¿Que no sabe nada? ¡Al revés! -replicó el dinámico Sir Alex, agitando la mano como para espantar el escepticismo de su secretaria-. Está enterado de todo; conoce las actividades de Anabel y sus secuaces, las Hijas de la Tierra. Sólo hay que oírle hablar: la comunidad... Un nombre muy apropiado. Debe de haber un grupo numeroso de gente implicada. El los ve por la noche cuando se juntan en aquelarre, y, en su candidez, los toma por hadas. Estamos muy cerca de descubrir la verdad...
Iba a proseguir el inglés su alegación, cuando reapareció el joven con el trofeo sobre la nariz, ufano, la mar de contento. Jamás había imaginado que un objeto artificial pudiera potenciar de ese modo su belleza innata.
-¿De veras puedo quedármelas? -preguntó otra vez, para asegurarse.
-Claro, Fael; pero deberás acompañarme está noche a ver a las hadas.
-Hoy no se reúnen...
-¿Y mañana?
-Tampoco...
El poco paciente británico empezó a exasperarse a cuenta de la profusión de respuestas negativas. A Ariane, por el contrario, le parecía bastante lógico que las hadas no ajustaran las fechas de sus juntas al horario de un hombre que buscaba su exterminio o en el mejor de los casos, su estudio y catalogación.
La llegada de la señora Baradur con un tarro de miel entre las manos, aunque no por ello con el ánimo endulzado, partió por la mitad tan interesante charla. Al ver a su hijito postizo con las gafas puestas dejó el bote sobre el tablón del banco y le sacudió al joven, delante de los testigos, un guantazo fenomenal.
-Te tengo dicho que no toques objetos del mundo consumista-capitalista -gruñó la ácrata rural-. Devuelve eso a quien se lo hayas robado...
-¡No quiero! -gritó él, en un conato de rebeldía, procurando mantenerse lejos de las manazas de su madre-. El profesor Lippershey me las ha regalado; ¡son mías!
-Mire qué ideas le mete en la cabeza -protestó ella, dirigiéndose al señor Alexander, a quien había fastidiado notablemente la aparición de la Baradur-. ¡Son mías, son mías! Fantasías de propiedad privada, ¡puaj! Puro veneno.
-Desde luego son mucho más educativas las que le mete usted ¡Decirle al chico que su madre es la Reina de la Ira!
La señora Baradur apretó los labios con disgusto; su rostro tomó el aspecto de una uva pasa. Con una mirada terrible castigó al mozo, que espoleado por tal animadversión, salió corriendo hacia el bosque.
-Tendría que atarle la lengua a ese idiota para que no anduviera por ahí diciendo cosas a gente que es incapaz de entender. Y ustedes deberían tener cuidado con lo que escuchan, no vayan a meter la nariz en una trampa y quedarse sin ella. Usted ya conoce a Ariel -dijo la señora, haciendo una mueca de sarcasmo-. Investigue donde no debe y verá cuanto tarda en quedar frito.
-Detecto cierta hostilidad en sus palabras -opinó Sir Alex.
-Yo no le odio, Lippershey -explicó ella, quien, en verdad, no parecía muy temible, y menos con el profesor-. Le aviso por su bien; ya se lo dije el otro día. Por cierto -añadió, cambiando la cara-, cocina usted muy bien. No lo siento por las frambuesas, porque su compañía me ha gustado mucho más... Pero no intente corromper a mi Fael con sus dádivas.
Antes de regresar al castillo (el sol ya estaba muy alto sobre el horizonte) Alexander se recreó examinando la surtida despensa de la señora Baradur, que poseía, encerrados en tarros de cristal, centenares de especímenes de plantas medicinales y aromáticas. Mientras maniobraban sobre el lar, él le había insinuado lo mucho que le gustaban las hierbas, sorprendiéndola, pues era lo último que se esperaba de un hombre de ciudad, que era un género bastante destructivo y nada respetuoso para con los maravillosos regalos que otorga la naturaleza. Así que le dejó ver, tocar y oler a gusto.
-Cortezas de arraclán, para purgar el intestino grueso -explicó la maestra, mientras recorrían los estantes-. Cardo mariano, indicado para las lesiones del hígado y enfermedades de la vesícula biliar... Rizomas de consuelda para aplicar a heridas, fracturas y contusiones; también excelente para gargarismos; espondilio, heracleus spondilium, hipotensor, tónico, estimulante y digestivo, con notable efecto afrodisíaco; hojas de ortiga, muy buenas para la hidropesía y la gota; saúco, santo remedio para resfriados...
-¿Cómo ha dicho que se llamaba esto? -preguntó Sir Alex, tímido, tomando uno de los frascos de cierre hermético.
-Espondilio. Le interesa el afrodisíaco, ¿eh? -dijo ella, pegándole un codazo amistoso-. No me extraña; tiene usted una novia muy joven y atractiva...
-No es mi novia -aclaró Sir Alex-. Y la hierba me gustaría probarla porque algunas veces hago un poco mal la digestión -continuó, irónico-. Señora, no sé en qué cosas piensa usted...
-Tome, le doy el tarro entero. -La mujer bajó la voz-. Y deje ya de importunar a mi hijo con sus pesquisas sobre diosas antiguas y hadas; se lo pido encarecidamente; es lo mejor para todos...
-Por el momento no le daré la paliza -dijo él, observando con curiosidad la planta a través del cristal-. Pero le advierto que no me parece bien que obligue a su hijo a encubrir los crímenes de Anabel Spengler...
-Anabel no comete ningún crimen -aseguró la mujer, en tono enigmático.
-Parece muy segura...
-Créame, porque le digo la verdad...
-Entonces, ¿quién... ?
La vieja le cubrió la boca con sus manos callosas. En su cara apareció una sonrisa de significado indescifrable, pero era evidente que no hablaría más, y que lo que había dicho hasta el momento era cierto, aunque sólo una verdad a medias. Lippershey le agradeció el regalo y se despidió.

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