El Cultural -Magazine de El Imparcial

miércoles, 11 de octubre de 2006

Regina Irae - Parte II - Capítulo XXVII

CAPITULO 27


Cripta siniestra y tal



Anabel Spengler esperaba a sus invitados en el gran claustro cuando ellos regresaron.
Al ver que el joven Dreyeris no se había dignado aceptar su invitación se enojó sobremanera, tanto que Alex y Ariane lo notaron enseguida, pero, ignorantes de la causa de su incomodamiento pensaron, de nuevo, no ser bien recibidos. Por lo demás, la baronesa no tenía buen aspecto. Desde que la habían visto el día del OVNI habían pasado para ella veinte años, y no demasiado venturosos.
La víspera del funeral de Ander Basquit había empezado a sentirse enferma. Al principio, habían sido unas cuantas molestias, hormigueos en las extremidades, ardor en la lengua, migraña; pero suficientemente intensas para que supiera que estaba en puertas otro ataque. Después de su conversación con Theodor se había desatado la tormenta.
Esa noche había llegado al castillo en taxi, sola, con el ánimo turbado.
Estaba rendida; la escalinata, que de costumbre ascendía con ligereza de gacela, se le antojó aquella noche, la más empinada pared del Mont Blanc. Alfileres y clavos en el estómago volvían a atormentarla. No obstante, creyó que resistiría hasta llegar a casa. Pero al dar un paso, ya muy cerca del portón, una sacudida en todo el cuerpo, una contracción súbita de los músculos del lado derecho y una debilidad en las corvas, la puso, violentamente, de rodillas. Sostuvo la frente, foco de su dolor, con ambas manos, gimiendo y boqueando como si le faltara el aire. Luchó por no perder la consciencia, aunque el sufrimiento era tan profundo que a ratos sentía que dejaban de funcionarle el oído y la vista, y que su cuerpo se hacía humo. Un minuto agónico y cesó el ataque. Anabel se puso en pie, como siempre hacía, con el rostro demacrado. Se limpió las lágrimas, y entró en el castillo.
En tinieblas, recorrió varias estancias hasta llegar a las cocinas, donde Slavia y Filbert tomaban la cena y conversaban de temas íntimos. Cuando apareció en el quicio, con aspecto desencajado, los varones saltaron de sus asientos.
-¿Estás mala? -preguntó Slavia, dejando aparte el filete que engullía.
Tambaleándose, Anabel se sentó junto a sus domésticos, y se acodó en la mesa para descargar el peso de su cabeza, que le parecía de varios quintales. Ellos, en vez de contemplarla con conmiseración, se mostraron espantados.
-Todo va mal, muy mal -susurró la baronesa, sin levantar los ojos de la madera que le servía de apoyo-. ¡Este maldito trastorno! Estoy perdiendo la cabeza; hago y digo cosas que, oh, y el dolor, ¡cómo odio al mundo! -dijo, entrecortando el discurso para enjugarse las sudorosas mejillas con la manga de la chaqueta-. No puedo controlarme... Esta mañana he sido muy cruel con Heinrich; pero se lo merecía, ¿verdad que sí? Es un cobarde, pero no tan idiota como yo pensaba. ¿Cómo podía haber imaginado que ese majadero tenía dignidad? Me ha denunciado a la policía o tiene pensado hacerlo. Quizá debería haberme conducido con más sutileza. Debe morir; si no es él será otro, pero prefiero que sea él. Sufrirá lo que no está escrito hasta que su débil corazón se haga pedazos dentro del pecho; le haré algo terrible a su familia. ¡Ya lo creo! Eso aliviará mi pesar, al menos hasta que pase el fin de semana. ¿Por qué he tenido que recaer en una fecha tan inoportuna? He invitado a Lippershey y a Cristina al castillo; no quiero que me vean así. Necesito recuperarme, aguantar un poco más.
Los criados escucharon en silencio con el corazón encogido, hasta que Slavia se atrevió hablar.
-¿Eso quiere decir que vas a... ?
-Debo hacerlo -declaró, lúgubre la baronesa, espeluznando a su mayordomo.
-¿Irás a visitar a Lucián? -volvió a preguntar él, sacando fuerzas de flaqueza.
-¿Quién te ha ido a ti con el cuento de que me veo con Lucián? -se revolvió la dama, abriendo los ojos como una loca, pero sazonando sus palabras con ironía-. Imagino que Elisa; lo cual significa que, desobedeciendo mis ordenes, te sigues viendo con ella...
-Sí, y no podrás impedirlo...
-¿Crees que me agrada tener que hablarte con esta dureza? -dijo ella-. Pero debo mantener el orden y hacer que se cumplan las normas de la Comunidad Secreta. Intimar con mujeres, hasta el punto en que tú lo haces con Elisa, está prohibido. Sé que la quieres, pero no es bueno que tu corazón esté prisionero...
-¿Por qué?
Anabel arrugó la frente perpleja; ella lo veía todo tan claro, que le parecía que las dudas se pergeñaban sólo para su desesperación.
-¿Quieres poner en peligro mi misión sagrada?
-Una cosa no tiene que ver con la otra...
-¡Claro que sí! El amor es un enemigo sibilino: te hace vulnerable sin que te des cuenta -dijo la baronesa, bajando el volumen-. Los hombres tenéis la mala costumbre de la estupidez. ¡Cuántos poderosos enfebrecidos de pasión me han revelado en la cama sus secretos de estado! Hombres encumbrados que se comportan como niños cuando sienten el deseo de poseer a una mujer. Cuando quieren saciar su sed, ninguna de mis peticiones les parece suficientemente detestable como para no concedérmela gustosos ¡y mira cómo acabaron muchos de los que tanto me quisieron -Slavia y Filbert se estremecieron.
-¿Temes que me vaya de la lengua? ¡Jamás lo he hecho! Y te juro que...
-¡No jures! Sé lo poderosa que puede llegar a ser esa clase de sentimientos. Llevo muchísimo tiempo utilizándolos en mi beneficio. Pero ¡fíjate en ti!: estás destrozado; me odias porque la amas; la deseas con tanta fuerza que serías capaz de matarme. Si sólo estuviera en juego tu vida o tu razón, y yo no fuera quien soy, y tú fueras un hombre normal, me resultaría indiferente que enloquecieras por ella o por cualquier otra. ¿Crees que el amor humano es relevante? Aunque te resistas a admitirlo, tu comportamiento compromete mis planes y los de mi gente; y eso jamás te lo permitiría, ni te lo perdonaría, ni siquiera en atención al lazo que nos une...
Slavia bajó la cabeza entristecido. Cada latido de su corazón le producía un dolor desgarrador en el pecho.
-Estás haciéndole mucho daño a Lucián -dijo con los dientes apretados-. Como sigas así, lo vas a matar. Elisa no lo soportaría. ¿Por qué no te diviertes con otro? Hay cientos de hombres en el Valle.
-Lucián -repitió la Spengler-, Lucián es cosa sería... Un elegido: estoy esperando un hijo suyo.
Después de soltar aquella noticia, la baronesa se acostó un rato para descansar. Los criados se fueron también a la cama; no querían saber qué haría su ama cuando pudiera ponerse firmes otra vez. Pero no ignoraban que si a medianoche acudían a su alcoba, encontrarían su cama deshecha y vacía.
No, no era asunto suyo; Slavia tenía esperanza de que no fuera demasiado malvada con Lucián al que estimaba por la mera razón de que era hermano de su Elisa, un hermano muy querido, cuyo dolor la hacía decaer, como había comprobado en las últimas semanas.
Sentado frente a la ventana, reflexionó sobre las posibilidades que había de que Anabel cambiara de actitud respecto a Elisa a raíz de su embarazo. Quizás, después de todo, Lucián le había hecho un favor.

*****


“Pero no sólo Lucián recibió mi visita esa noche. Theodor también fue elegido, aunque no para los mismos fines. De un hombre tan viejo y achacoso no se puede extraer mucha energía sexual; por otra parte, siempre sintió por el sexo bastante indiferencia; fue una tontería indigna de mi sapiencia tentarle con mujeres para que accediera a entregarme a su nieto. Él entendía la juventud como un valor en sí mismo, no como un fin para obtener placeres sensuales; era, en resumidas cuentas, un tonto, pero un tonto que se reveló al final de su vida, bastante más audaz de lo esperado. Y a mí no me gusta que me contradigan; y por supuesto que no le hice inmortal; sus días estaban cumplidos, y los terminó con un terror inaudito”

“Cuando llegué a la mansión, la encontré a oscuras y silenciosa; todos dormían; unos, como Theodor, sacudidos por visiones de esqueletos danzantes; otros a pierna suelta, con la santa paz de los cándidos. Pero no los quería inconscientes de su destino. Subí al piso superior y desperté al niño. Lorentz gritó al verme aparecer a los pies de su cama; lo agarré por las piernas; lo arrastré sobre el colchón y golpeé su cuerpo contra el armario; pero procurando no matarlo; sus sollozos alertaron a sus padres, que dormían en la habitación contigua; al entrar en el cuarto, se unieron a la orgía de sangre. Les dio tiempo de ver cómo partía en dos a Lorentz y lo descoyuntaba arrojando sus pedazos en todas las direcciones; luego les tocó el turno a ellos... Acabada la ceremonia, arrojé los cadáveres a los pies de Theodor. Se llevó la mano al pecho; su corazón se detenía y aun en el último instante, mientras el dolor del ataque cardiaco traspasaba como una lanza de fuego su pecho, tuvo fuerzas, en medio de su espanto para suplicarme: ‘¡No quiero morir!’”

“Esta mañana me encontraba como un convaleciente que empieza a levantar cabeza pero todavía siente próximos los vaivenes de la enfermedad pasada. Es una lástima que Philip no acompañe al profesor; es a él a quien quiero ver y no a ese recalcitrante escéptico. No se puede hacer vida de un tipo que está más preocupado por ligarse a su secretaria que por demostrar la verosimilitud de los fenómenos paranormales. Pero ya que ha venido habrá que aguantarlo. Quizá se pueda lograr algún beneficio de su visita. Ariane parece susceptible de aceptar mis sugestiones. Philip, Philip, no me lo quito de la cabeza. Lucián ya no da más de sí; pero ese joven anhelante de deleites, está en la mejor disposición para darme placer. Necesito tenerlo entre mis brazos y que sufra y goce con todas las consecuencias.”

*****


Como todavía era un poco pronto para el almuerzo la baronesa Spengler fingió encontrarse bien y, como diligente anfitriona, les enseñó las estancias más ocultas de su morada.
Fortcastel, como todo castillo gótico que se precie, tenía en sus bajos unas mazmorras de marca mayor, tan húmedas que podía oírse el chapoteo de las ratas; tenuemente iluminadas, por aquello de crear ambiente (Sir Alex había dicho que era para ahorrar); llenas de telarañas, (por entre las cuales no hubiera sido sorprendente ver aparecer a Vincent Price, protagonista de esas encantadoras películas del estajanovista de la serie B terrorífica, Roger Corman), que cubrían con su encaje sutil gruesos grilletes y cadenones colgados de arandelas clavadas en los muros y también a las máquinas de tormento rotas por el uso, y servían de cortinaje a las celdas, en las que habían penado injustamente los enemigos de los jerifaltes de turno.
Ariane no cabía en sí de gozo; se acercaba a los potros y giraba los tornos excitada por el chirrido del instrumento donde antaño ganaron centímetros los reos. Lippershey, que estaba más pendiente de que no le cayera una arañita del techo (le habría dado no sé qué tener que aplastarla en su traje nuevo; los bichos le asqueaban), a veces, se detenía a jugar con ella, diciéndole que él era la reencarnación de un inquisidor y que esperaba que Anabel fuera la de una bruja para no tener reparo en tumbarla en la máquina y darle mancuerda.
A petición del inglés, hicieron una parada en la cripta donde estaba enterrada Anabel I, a la que se accedía a través de un arco de medio punto, vestigio del edificio monacal que servía de cimiento al castillo.
Las paredes estaban horadadas por multitud de hornacinas y nichos, tapados por lápidas de mármol, de las cuales sobresalían gruesos aros de hierro. La arquitectura había sido remozada en época reciente: en el centro, bajo unas arcadas, había grandes bloques de piedra que no eran otra cosa que formidables sarcófagos, en cuyos laterales, adornados con bajorrelieves alegóricos, se figuraban divinidades aladas enredadas en las curvas de feroces serpientes. Sus tapas, pulimentadas, debían de pesar decenas de kilos.
Ariane examinó con la boca abierta las esculturas que llenaban las hornacinas oblongas de la parte alta de la cripta: tenían la figura de seres femeninos de ojos almendrados, demasiados grandes en relación con el cuerpo, rojizos como la piedra rubí, que había engastada en sus cuencas pétreas; hacían remedo de mujeres espectrales que portaban en la mano izquierda una vara y en la derecha un globo flamígero, representación del orbe. En una esquina podía verse algo más terrible, un conjunto escultórico que evocaba el despedazamiento de varios niños por parte de los seres seráficos. ¡Qué horror! Y luego se quejaba ella del esqueleto que tenía Lippershey en su biblioteca.
El caballero se acercó al sepulcro más grande, que ocupaba el centro exacto de la necrópolis familiar. Llevaba grabado en su lápida varias inscripciones bajo el nombre de su usufructuaria, Anabel Spengler. Sir Alex, sin esconderse, golpeó con el puño la tapa. Anabel II se rió:
-No va a salir a saludarte... Me disculpo en su nombre.
-Es que si sale, yo me voy -opinó Ariane, con gracejo.
Sir Alex se agachó sobre la losa y le susurró algo a la piedra.
-Los días de delincuente de tu sobrina están contados...
La lápida quedó muda, quizá presa del anonadamiento. Pero las dos mujeres vivas se echaron a reír, y él también.
-Terminaremos nuestra excursión en la bodega -anunció Anabel rodeando con su brazo el hombro de la señora Lavalle, que aceptó el gesto por timidez y porque la mención del almacén de vinos le hacía sentirse muy amistosa. A Lippershey también le pareció una buena idea; sobre todo, porque el olor tan desagradable que emanaba de la cripta le empezaba a marear. Lanzó una última mirada desdeñosa al sepulcro de su vieja adversaria, y siguió a la joven baronesa y a su secretaria bajo el arco.
No era de esperar que la bodega resultara más tétrica que la caverna destinada a custodiar despojos humanos, y sin embargo, así era. Había más telarañas, más polvo y más atmósfera opresiva, repartida entre los botelleros de dos metros de altura y los toneles y bocoyes apilados, que en cualquiera de las estancias por donde hubieran ya pasado. Pero los vinos, como los muertos, tampoco se quejaban de tener que contemplar por toda la eternidad un paisaje deprimente. Ariane se estremeció de frío, pero sin llegar a tiritar.
-¿Un traguito para aclarar la garganta? -sugirió la baronesa ofreciéndoles un par de vasos, no demasiado limpios.
-Oh, sí; gracias... -dijo la secretaria, sin pensarlo, adecentando el interior del recipiente, con un pañuelo de papel.
Sir Alex negó con la cabeza. Su nariz estaba filtrando el penetrante aroma que escapaba de las barricas de madera, sujetas por flejes de cobre y que al mezclarse con el olor ambiente, amasado con frío, piedra vieja y una evidente falta de higiene, creaba un perfume acre con ciertas reminiscencias medievales.
-No tendrás miedo de que te envenene, ¿eh? Aunque, bien mirado, es lógico que un hombre prevenido desconfíe de una mujer tan mala como yo -bromeó la señorita Spengler, escanciando en el vaso de Ariane, cuyos ojitos brillaban con una alegría inmensa, el contenido de una botella polvorienta.
-Si usted misma dice que es mala, debe de ser porque es verdad -replicó el profesor Lippershey, alzando su barbilla, marcial.
Ariane, ofuscada por el ansia de placer, se metió el elixir al pecho con la poca moderación de costumbre, haciendo buenos los temores de su hermana Eva. Trasegado el vino, lanzó un suspiro con olor a junta de Alcohólicos Anónimos.
-¡Qué rico está! -juzgó, relamiéndose de gusto, como una gatita después de cenar leche condensada.
-Me alegro de que te haya gustado. Enviaré a tu casa una caja entera para que la disfrutes con tu familia -dijo la generosa Anabel.
-¡Gracias! -exclamó Ariane, ya rendida al enemigo.
El profesor Lippershey carraspeó para hacerle llegar su disiento por la rapidez con la que había aceptado el regalo de la baronesa. Ariane, si lo entendió, no hizo muestra de ello. Anabel, que lo notó de fijo, le echó unos cuantos chorritos más de vino.
-No te enfades, hombre -dijo la dama-. No hay leyes que puedan ponerle freno al deseo. ¿Por qué aceptar esas trabajosas disciplinas que exigen mortificar los sentidos cuando es mucho más congruente con la naturaleza dejarse llevar por el instinto?
-Las personas que se controlan son superiores a las que no lo hacen. Entre ambas categorías existe la misma diferencia que entre un señor y un esclavo -sentenció Sir Alex.
Era inevitable que, a raíz de sus discrepancias, Sir Alex y Anabel se enzarzaran en una estéril y demagógica discusión de la que Ariane procuró mantenerse al margen; mientras ellos dilucidaban su controversia, hizo presa de la botella que la baronesa había depositado sobre una mesilla. Para cuando el inglés y su enemiga se quedaron sin argumento, ya era tarde para salvarle vida. La señora Lavalle, luciendo una sonrisa, festejaba sin pudor su crimen vampírico.
Anabel, que había pensado invitar a sus visitas a dar un paseo por los pasillos de la bodega, modificó sus planes al constatar que la bodega ya daba vueltas alrededor de la ayudante de Sir Alex y, dado que no estaban las cosas como para rizar el rizo, le sugirió a la mujercita que se sentara en un banco hasta que su hígado hubiera depurado la última gota de alcohol de su sangre. Lippershey quería quedarse a toda costa con la enferma, pero Anabel tiró de su brazo, y con resolución consumó el secuestro. Ariane se quedó medio dormida, con los ojos en blanco y los músculos fofos, reposando su subitánea borrachera.
-Tú y yo nos vamos a correr mundo -le dijo la aristócrata al inglés.
Y lo llevó por los corredores de la gran cava, formados por muros de barricas marrones, frescas y olorosas, cubiertas por el cendal de la tejeduría arácnida.
-Estaba segura de que aceptarías mi invitación -murmuró la mujer-. En el fondo, y a pesar de lo que digas, te resulto irresistible...
Sir Alex, arrogante, pero con gracia, respondió al punto.
-¿No será al revés?
-Oh, sí; yo lo reconozco -dijo, risueña-. Me gustas mucho: eres valiente, intrépido y fiel a tus convicciones. Por cierto, el otro sábado te vi en la tele, ¡qué divertido! -La mujer rió sin control-. Pero, hablando en serio, te aprecio mucho: no abundan los hombres de tus características.
-Afortunadamente, tampoco las mujeres de las suyas...
La baronesa se frotó la espalda contra las barricas en una pose de insinuación poco sutil.
-¿Por qué me hablas con ese desdén? ¿Qué te he hecho yo? Sé que le tenías manía a mi tía porque introdujo en el Culto a tu amiga Cristina. Pero yo no tengo la culpa de eso. Cristina es, por otra parte, una mujer libre. Puede elegir lo que más le convenga. Ni mi tía ni yo le pusimos una pistola en la cabeza para obligarla a cometer esas aberraciones que tú piensas. Quiero que seamos amigos. Ahora te miro y me parece que tampoco me consideras tan detestable; creo que incluso te apetecería besarme... ¿No soy de tu agrado? ¿No lo harías?
La sorpresa por este ofrecimiento, que era, francamente, el único que no esperaba de la Spengler hizo que los labios del profesor se arrugaran y su rostro quedara blanco como la cera. Pero ni siquiera el desconcierto pudo bloquear su agudo ingenio.
-¡No! ; ¡qué asco! -dijo, apartando la cara.
Aunque ella tenía por costumbre responder con aplomo a las provocaciones, aquélla le hizo perder los estribos; en segundos, su cara se convirtió en el vivo retrato de una furia.
-Podría matarte si quisiera -dijo, entre dientes, llenando sus ojos de sangre para horror del caballero-. ¡Estúpido! No eres nada más que carne condenada a la putrefacción. ¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono a mí, que soy...?
Unas palabras crepitantes quedaron colgadas del labio inferior de Anabel, que se las tragó antes de que adquirieran calidad sonora.
Lippershey, asombrado de veras, tanto por culpa de la primera pregunta como por la violenta demostración de despecho, exagerado, a todas luces teniendo en cuenta que él había hablado en tono poco serio, osó decir:
-Vamos, no se lo guarde, ¿quién es usted? ¿Una elegida de la Diosa para hacer su obra en la tierra? ¿La Suma Sacerdotisa que guarda el Monte Vindius, el Santuario de sus antepasadas?
La Spengler no contestó; sus ojos acerados y brillantes como los de una serpiente, buscaron los del viejo profesor para vencerle por la fuerza de la mirada, ya que con el verbo no le hacía mella. Un escalofrío en el espinazo advirtió al caballero de la maniobra. Durante unos segundos, se le oscureció levemente la conciencia. El temor instintivo a ser dominado por la fascinación animal forzó a Sir Alex a usar medidas extremas para liberarse; sacudió la cabeza con brusquedad, y al tiempo, la modorra que le inducían los ojos de Anabel, que con aquel acto había demostrado que, tal y como sospechaba, escondía oscuridad y malas intenciones en el fondo de su alma y era dueña de asombrosas aptitudes para la hipnosis.
-¿Cómo lo ha hecho? -preguntó Sir Alex, recuperado, frotándose las sienes, que, por alguna razón desconocida, habían empezado a dolerle-. No ha utilizado ningún objeto para fijar mi mirada, ni la voz, ni ninguna de las argucias de hipnotizador que yo conozco.
Anabel, irritada por su fracaso, dejó, no obstante que afluyera una sonrisa a sus labios, curvados por la rabia, lo cual le procuró una expresión paradójica.
-No quieras saber tanto: todos tenemos derecho a esconder un secretillo... o dos -dijo con una voz áspera que pretendía ser jovial y distendida.
Pero la falsa sonrisa de Anabel había nacido para durar un suspiro. El profesor, sin decir nada, sacó del bolsillo interior de su chaqueta una fotografía y se la puso delante de las narices. La baronesa se quedó como fulminada por un rayo helado, sus facciones y sus miembros rígidos, al ver la imagen de Marián de Castro.
-¿Quién es esta señorita tan guapa y elegante? -dijo, con una ironía forzada que no disimuló su conturbación.
-Marián de Castro. Pero supongo que usted ya la conoce. El parecido es asombroso. ¿Son ustedes parientes?
-No, que yo sepa -dijo, aunque pensando haber metido la pata, rectificó de inmediato, empeorando la situación-. Ah, sí; ya recuerdo. ¡Qué cabeza la mía! Marián de Castro era mi abuelita. No llegué a conocerla ¿Dónde has encontrado esa foto?
Sir Alex quiso hacerla sufrir.
-Mis fuentes son secretas -le espetó, arrancándole el retrato de las manos-. El misterio de su filiación me tiene muy inquieto. Anabel Spengler, que se sepa, no tenía hermanos ni hermanas y usted asegura ser su sobrina. Por otra parte, no veo dónde encaja en su genealogía esta tal Marián de Castro. De verdad, que esto es un lío: ¿podría aclarármelo?
Anabel apretó los labios, y dijo, como gruñendo, amenazadoramente:
-Eres muy pesado, ¿sabes? No creo que le importe a nadie de quién soy hija o nieta. Con saber o sospechar eso, no ganas nada...
-Puede parecer que no, pero un científico siempre va en busca del misterio de los orígenes -declaró él, exhibiendo una sonrisa de superioridad.
-Empiezas a aburrirme, querido -dijo Anabel, iracunda-. Te invité para que disfrutaras de la fiesta; no la eches a perder. -La dama lanzó una larga expiración-. Vayamos arriba. Slavia debe de tener ya listo el almuerzo...
El profesor ordenó a su secretaria, que parecía pegada al banco por insuperable fuerza de atracción, que se levantara. Como quiera que la mujer no se movía (todas las energías se le iban por la boca, riendo) Sir Alex la enganchó de la cintura con su largo brazo y, tras un denodado esfuerzo la puso en una inestable posición más o menos vertical. Ella se enlazó al inglés como un borracho que se aferra a una farola.
-¡Oh, qué mareo! Siento cosquillitas en el estómago... y en otras partes, ji, ji, ji... Pero no se lo puedo explicar con más detalle: pensaría que soy una fresca. No lo piensa, ¿verdad? Aunque le haya besado en el bosque... Mis piernas van sobre una nube. Ja, ja; profesor, ¿por qué tiene tanta prisa? Tenemos que beber más...
-Olvídese de eso ¡Oh, my God! Pero cómo se ha puesto...

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