viernes, 20 de octubre de 2006
Regina Irae - Parte II - XXVIII
CAPITULO 28

Al sentarse a la mesa, lo primero que les sorprendió fue que les acompañaran los dos únicos criados del castillo.
Filbert tomó la diestra de Ariane, cuyos dones naturales más visibles no dejó de alabar. Era algo que hacía con todas las mujeres, tuvieran dones o no; pero Ariane, que lo ignoraba, y se encontraba además embebida en la sensación de semiplacer y semidesagrado que acompaña la ingestión de productos fermentados, era incapaz de usar el discernimiento y se dejaba adular, y ella misma adulaba al joven.
Sir Alex se molestó, pero mantuvo, mientras pudo, que no fue durante mucho tiempo, el porte altivo y digno; ni siquiera recordar el violento episodio vivido en la bodega podía apartar de su mente el fantasma de los celos. Era una irracionalidad. Ella nunca se habría comportado con ese descaro (abriendo un poquito el escote y dejando, entre risas, que Filbert observara la piel lechosa de sus turgentes senos) de no ser porque estaba como una cuba; él la reñía, tomando, por paradoja, el puesto de Eva, y causando la hilaridad de Anabel Spengler y demás siniestros, que encontraban graciosísimo que la una coqueteara con un muchacho que podía ser su hijo, y el otro, que podía ser padre de la primera, se mordiera las uñas de rabia.
Gracias a Dios, las borracheras de Ariane tenían como característica más curiosa el sobrevenir al instante y no durar más que media hora escasa. Cuando se cumplió este plazo, el decaimiento post-envenenamiento etílico la dejó sin fuerzas para hacer más tonterías. Acabado su primer motivo de preocupación, a Sir Alex le asaltó el segundo. Hacía tiempo que quería sacar el tema:
-Ya que usted conoce de primera mano los sucesos que atañen a la comarca, quisiera conocer su opinión acerca de un hecho relacionado con el Monstruo de Barglava, y demás seres mágicos o extraterrestres -dijo, depositando la cuchara sobre el borde del plato-. Las declaraciones de testigos de encuentros cercanos con humanoides, refieren a menudo un zumbido o pitido desagradable, que desencadena una parálisis en el individuo, dejándolo imposibilitado para moverse o gritar. Hay ufólogos que creen que los extraterrestres usan algún tipo de tecnología para inducir la inmovilidad, afectando con electromagnetismo el sistema nervioso central; pero resulta que un ataque de este tipo detendría la acción de los músculos que rigen el movimiento de los pulmones y el corazón; la asfixia y la parada cardiaca serían inminentes. Siendo así, cabe pensar que estos seres (o lo que sean) no van a por nuestros delicados sistemas neurovegetativos, sino que utilizan hipnosis. Usted, que posee una facultad para el hipnotismo sumamente desarrollada, no ignorará esta circunstancia.
-No; y me parece que llevas razón -dijo la baronesa muy tranquila, recogiendo de soslayo las miradas de complicidad de Filbert y Slavia, mientras acariciaba el hueco entre el labio inferior y la barbilla con aires de experta-. Aunque para lograr un efecto como el que has descrito es necesario que el hipnotizador sea un auténtico genio en un arte...
-O las víctimas muy sugestionables -refutó él, echando una bocanada de humo sobre la vertical de su plato-. Y si encima se ayuda al trance con una puesta en escena que actúe como estímulo exterior, y alguna maquina generadora de ondas electromagnéticas, entonces es casi seguro que el alma sensible caerá. Creo firmemente, además, que ciertas vibraciones sonoras de alta frecuencia intervienen de manera decisiva en este proceso; este tipo de sonidos pueden abrir las puertas de la percepción o conducir a la alteración del estado de conciencia, a un estado disociativo. Es un mecanismo poco conocido. Estúpidos como el señor Adamski siempre estarán dispuestos a creer que lo producen los motores de las naves espaciales o la electricidad estática que las rodea. Pero hipótesis como éstas sólo contribuyen a sembrar la confusión...
-¡Qué interesantes conclusiones! -dijo Anabel, con tono ampuloso, como el del que se burla abiertamente, apoyando la barbilla sobre la mano-. Con hombres tan listos como tú, pronto los extraterrestres se quedarán sin trabajo...
-Eso es lo que yo quiero; y también me muero de ganas de ver en la cola de la oficina de empleo a todos los esotéricos, magos y sectarios. No hacen nada útil por la sociedad.
-¡Pero no tienen por qué! -exclamó la baronesa, entrelazando los dedos-. El ocultista, me refiero al verdadero adepto, busca la verdad pero sólo para él. No la extiende a otras personas, lo mismo que el buscador de tesoros, logrado su objetivo, no reparte el botín entre los pobres. Y hay todavía tantas verdades por desentrañar, tantas preguntas sin respuesta. -La mujer incidió en el tono irónico-. ¿Encierran algún secreto las centurias de Nostradamus? ¿Era Krishnamurti un sabio o un charlatán? ¿Puede alguien transformar su cuerpo, en su esencia más profunda, y rejuvenecer cuando esta decrépito, y vivir eternamente joven, libre de todo mal, de todo sufrimiento, poseyendo el máximo poder? ¿Ha trascendido alguien las limitaciones de su ser material? ¿Existen los seres de luz? ¿Se ha visto alguna vez a un vampiro que pueda pasearse bajo la luz del sol sin peligro? ¿Qué relación hay entre la sangre, la vida eterna, el vampiro y el caníbal? Todos los grandes maestros hablaron mucho de cosas que algunos no conocían más que de oídas; pero otros llegaron más lejos de lo que puedes imaginar. Siempre se menciona a los primeros, cuyos nombres se hicieron famosos, pero los verdaderos sabios se jactan de no decir nada. Lo que es sabido por todos no es sabiduría, a no ser que se sepa sin haberlo aprendido...
Sir Alex se aprestó a responder.
-La mayoría de esos que usted dice que encontraron la verdad, en realidad se engañaron a sí mismos. Eran unos estúpidos...
-Y, ¿cómo denominarías al que, teniendo la verdad delante de sus narices, se obstina en negarla? -preguntó ella, con toda la intención, volviendo a enojarse.
-Persona sensata, sería un buen nombre -dijo él, sonriendo.
-Tú no eres nada sensato. El otro día me disgustaste mucho...
-¿Yo?
-Negar que el OVNI del Distrito 6 fue real es dar a entender que no soy capaz de distinguir los sueños de las cosas ciertas. Pero yo sé bien lo que vi -dijo Anabel.
-Yo constato los hechos; pero no puedo interpretarlos... ¿Qué más quiere que haga?
-Que escribas bonitos libros como el señor Adamski -rió ella.
-¿Gana usted algo promoviendo la ignorancia entre la gente?
-¡Por supuesto que sí! A todos los poderosos nos beneficia que el pueblo piense aquello que nosotros queremos. Te pondré un ejemplo. Si el hombre fuera libre de elegir, dotado de espíritu crítico y racional, limitaría sus compras a lo estrictamente necesario, obviando los objetos superfluos. ¿Qué comerían entonces los industriales que los fabrican? La economía necesita que la gente compre, no que piense. Además, ellos son felices con sus juguetitos, sus automóviles caros y sus teléfonos portátiles; bebiendo como cosacos y drogándose, dejándose llevar por sus bajas pasiones, previo pago, por supuesto. Mi concepción de la vida es eminentemente económica. Puede que no te parezca que esto tenga mucho que ver con los extraterrestres, pero lo tiene, créeme...
Aquellas frases, en especial la última, sonaron ambiguas e indescifrables tanto para Sir Alex, que había puesto mucha atención escuchándolas, como para Ariane, que mareada por la resaca de su borrachera había creído entender algo por completo distinto.
Pero el profesor decidió tomárselo por lo prosaico: Anabel pertenecía a la peor clase de individuos, la de los magnates, que justificaban todas sus felonías con el pretexto de que daban trabajo a miles de empleados, como si les hicieran un favor y no se ganaran estos sus sueldos realizando un servicio de valor superior al del pago que recibían. Los capitalistas eran repugnantes; le recordaban tanto a su padre, al venerable nonagenario, que aún vivía en Gales, lamentando haber criado a un hijo que no había querido seguir sus pasos como especulador y explotador... Siempre que tenía un rico delante, se le representaba la imagen sonriente de aquel hombre bonachón y satisfecho de sus logros.
Alexander, abrumado, sopló para hacer desaparecer el fantasma de su progenitor vivo. Lastima que no pudiera hacer otro tanto con Anabel Spengler. Quién sabe al servicio de que fines ponía sus trucos de ilusionismo; porque, después de lo que había experimentado en la bodega, Sir Alex estaba casi seguro de que ella estaba detrás del Monstruo de Barglava y de la mujer espectral vista por Ariel; de que se metía en las mentes de las personas y les hacía ver criaturas infernales con la complicidad de la noche. Pero él había resistido, lo cual era una buena noticia.
Anabel Spengler estaba descontenta por no haber podido derribar las barreras psíquicas del profesor, algo que le ocurría en contadas ocasiones. Sir Alex era un fuera de serie, disciplinado y con un gran control sobre sus emociones. Por lo demás, al intentar dominarlo, se había puesto en evidencia, y él empezaba a sospechar que no se las tenía con una mujer corriente. Había sido, por cierto, un craso error, pero ya estaba hecho. ¡Que sufriera!
Anabel sacó de nuevo el tema del hipnotismo para poder lucir sus habilidades.
-Tienes razón cuando dices que la mente humana es manipulable y dócil. Pero no hay que quitarle méritos al hipnotizador. Se cuentan milagros de los grandes maestros, como Gurdjeff, que, en una ocasión, le provocó un orgasmo a una mujer con solo mirarle a los ojos...
-¿Es eso posible? -preguntó Ariane, ruborizada pero divertida.
Sir Alex adoptó una postura escéptica.
-Verdad o mentira, considero que existen métodos mejores para provocarles orgasmos a las mujeres. Ese Gurdjeff era un necio de tomo y lomo -declaró jocoso.
-Yo no lo creo...
Sir Alex iba a responder con una frase ingeniosa, pero se quedó en suspenso al comprobar que Anabel, con la expresión recóndita de un sabio a punto de demostrar su poderío, por hábito oculto, miraba muy fijo, casi con los ojos fuera de las órbitas, a la secretaria, quien, apercibida de ello, y también de la intención que animaba a la mujer, encogió los hombros como para esconderse de la implacable y subyugante mirada que ya empezaba a hacerle efecto. Primero incrédulo, luego atónito, Sir Alex asistió a la rápida y elocuente variación de color de piel del rostro de Ariane, que tornó del blanco al rojo, mientras sus músculos se contraían e, inexorablemente, los latidos de su corazón se hacían más fuertes y seguidos; el sudor brotaba impúdico de su frente, y su respiración, a duras penas controlada por recato, se avergonzaba ya de ser tan rápida como la de un corredor de fondo. Hasta que, por fin, toda la energía acumulada, esas oleadas de exquisita suavidad que tensaban la parte baja de su vientre, se liberó de golpe y, el placer, que, como aire a presión había llenado hasta el último hueco de su cuerpo, se disipó brutalmente.
A pesar de haber sentido un gusto tan enorme y desconocido, superior a cualquier otro que hubiera probado antes, incluidos los helados de chocolate, Ariane se sintió tan mal, tan abochornada y con tantas ganas de meterse debajo de la tierra que, a punto estuvo de romper a llorar. Tenía ocho ojos encima y dos de ellos no daban crédito a lo ocurrido, si es que había ocurrido algo. Desde luego, ella trató de disimular su embarazo echando una cucharada de helado a la boca con los dedos temblorosos.
Sir Alex, no menos conturbado, volvió sus ojos hacia la señorita Spengler, que recostada contra el respaldo de su silla, como una reina satisfecha de su inmenso poder, esbozaba una mueca de burla y jolgorio, compartida por su servidumbre. La gente de Fortcastel tenía una expresión tan diabólica que era como para echarse a temblar.
Al borde de la paranoia Sir Alex llegó a pensar que Ariane se había conchabado con la baronesa para gastarle una broma, pero era muy poco probable a juzgar por el rubor de las mejillas de la señora Lavalle, manifiesto, muy a su pesar, detrás de los cubiertos, servilletas y demás objetos que se colocaba delante para encubrirlo. ¿Por qué dudaba, si a él casi lo había vencido?
Concluyeron el almuerzo sin hacer comentario alguno acerca del incidente.
Después de comer, Anabel les dio carta blanca para hacer lo que más les apeteciera toda la tarde; eso sí, sólo hasta las nueve, “¿Qué pasa a las nueve?”, preguntó el caballero, curioso.
-Pues que celebramos una fiesta en el castillo -comunicó la jovial baronesa-. Es una tradición. Vendrá mucha gente del Valle.
Ariane, que hasta entonces no había podido hablar por tener la vergüenza atravesada en la garganta, exclamó.
-¡Una fiesta! No he traído nada apropiado para ponerme...
-No te preocupes; es una reunión informal. De todas formas, guardo en mis armarios ropa de todas las tallas para mis invitados poco previsores. Cuando volváis de Taranis, echaremos un vistazo, a ver si te gusta algo.
Con aquellas palabras quedó el espíritu de Ariane tranquilo; aunque, aturdida por el recuerdo de lo que le había pasado, no se atrevió a mirar a los ojos a la baronesa cuando le dio las gracias, no fuera a sentirse de nuevo indispuesta.
Sir Alex y su ayudante subieron a sus habitaciones. Durante el camino, él le intentó tirar de la lengua buscando una explicación a su comportamiento. El decía “¿Es verdad, es cierto, de veras...?” y no acababa la frase, aunque los subrayados de su mirada lo hacían por él. Ariane, al principio, se hizo la tonta, sostenida por la convicción de que no tenía por que hablarle de temas tan íntimos, una convicción absurda pues ya habían tenido conversaciones parecidas. En realidad, pasado el susto, le parecía gracioso el caso, y sonreía al recordarlo como una niña golosa. Cuando llegaron al pasillo donde estaban sus cuartos respectivos Ariane corrió a escribir en su diario la experiencia mientras el profesor, lleno de curiosidad, se cambiaba de ropa.
*****
Para que en la fiesta de Taranis no notaran que era inglés, el caballero se puso una chaquetilla blanca con abotonaduras plateadas apliques de fieltro de color rojo en mangas y ribetes de mismo color en torno al cuello; unos pantalones negros, embutidos en gruesas polainas de lana; y un sombrerito como de tirolés con una pluma. Estaba ridículo, pero ése era más o menos el traje típico de la tierra, y a él le encantaba disfrazarse. Ariane, al verlo de tal guisa, echó a reír, aunque, lo cierto es que no le sentaba mal el traje e incluso él hacía bueno el diseño.
-Pero, ¡qué guapo! -dijo la mujer-. Parece un arberiano autentico...
-Sin insultar, por favor -replicó él, con guasa-.Y ahora, escúcheme -susurró, poniéndose casi serio-: Anabel es muy peligrosa; ya ha visto de lo que es capaz. No se lo había querido contar, pero a mí también intentó agredirme psíquicamente mientras usted estaba borracha, allá en la bodega. Se lo advierto; procure no darle demasiada confianza. Me preocupa de verdad esa extraordinaria facultad que posee. Hemos de andarnos con ojo... Quién sabe qué podría hacernos.
Ariane aprobó con la cabeza las palabras del profesor, pero al cabo, dijo, echando unas risas intercaladas:
-Convengo en que es un peligro, pero francamente, si todo lo que hace con su magia es como lo que me ha hecho a mí, creo que habría que levantarle un monumento.
Sir Alex la acompañó en sus risas; luego le puso al cuello el pañuelo azul, que era de rigor llevar durante la fiesta; y, a continuación, se anudó el suyo.
