El Cultural -Magazine de El Imparcial

lunes, 30 de octubre de 2006

Regina Irae - Parte II - Capítulo XXIX

CAPITULO 29


Fiesta Vendimia


Veinte días había durado la vendimia y, al final, tocaba celebrar por todo lo alto la fecundidad de la tierra.
Las fiestas en honor de la Virgen de Otoño (o fiestas de la Vendimia) eran el acontecimiento lúdico más importante en el Valle del Mende, después del Carnaval y la fiesta de la Patria. Durante dos interminables días, los más patrioteros recitaban sus cantos de exaltación, para oprobio de la verdad y alegría de los necios. Había que tener mucho aguante para vivir el festejo agropecuario en su integridad. Cada cinco minutos, en cualquiera de las calles de Taranis, sonaban los acordes de los himnos de Mende y del Principado, cuyas letras tenían la rara virtud de provocarle a Sir Alex un agudo ataque de risa no patológico, sino lógico a secas (aunque esto no dice mucho: el God save the Queen le causaba el mismo efecto). Para conocimiento del lector transarberiano transcribiremos los versos sublimes que ordenaban sursum corda al medio millón de aborígenes pegados al terruño.

Escucha arberiano (traducción libre del arberiano)

Escucha arberiano el son que brota de tu alma noble.
Escucha con orgullo todos los logros de la patria grande.

Somos los más listos, somos los más guapos,
Somos los mejores en todos los campos.
Todas las naciones nos miran con envidia
Por nuestras mujeres, nuestros vinos y nuestros terneros.

Hombres valientes, leche sana, mujeres hermosas y vino sin par,
¡Vivan su Alteza Serenísima y el solar patrio!
¡Qué vivan los colores de nuestra bandera!
¡Qué viva el viento que hace ondear la sagrada enseña!

Si hemos de morir que sea en su defensa.
Que todas las artes se cultiven en su loa.
Saca, Arberia, de nuestro corazón
Las modas extranjeras.

¡Vida eterna al Príncipe y al paraíso de la Libertad!
¡Arberia, Arberia por encima de todo!

Las calles nuevas y viejas de Taranis se encontraban atiborradas de gente de toda edad y ralea, casi todos ataviados con los trajes típicos de Arberia y del Valle, de modo que Sir Alex no llamaba la atención entre la masa.
En el cielo, el sol se había puesto en huelga de rayos caídos en señal de protesta por el ruido que armaban los hombrecillos del valle: nubes negras, feas y preñadas, a punto de dar a luz, sobrevolaban la hondonada verde esmeralda de viñedos, rompiendo aguas a cada poco, para general fastidio.
De fachada a fachada, pendían banderolas con los colores del Principado (rojo, blanco y negro) y de Mende-Rumelia que el viento, aquella tarde agotado pero fresco, como el aliento de un demonio del lejano septentrión, agitaba al compás de las notas de las bandas musicales que recorrían, una y otra vez, las vías, interponiendo valses, polkas y el inevitable himno. Cada vez que gaitas y tambores se ponían a ejecutar el Escucha arberiano, el público venido de otros cantones se colocaba la mano en el pecho como si sufriera un infarto (que hubiera sido lo normal, habida cuenta de la calidad de la pieza), presas de un ardor místico inexplicable, mientras los nativos alzaban su característico mentón prognático con gesto de desprecio. A los más sensibles (entre los que no se encontraban ni Sir Alex ni Ariane), les corrían ríos de lágrimas por la cara. Las bandas, al igual que los grupos de coros y danzas, sonaban como perros obligados durante dos semanas al ayuno. Lo que más mortificaba los oídos del profesor eran las gaitas, que tenían un timbre más agudo que sus congéneres escocesas, gallegas, centroeuropeas o irlandesas.
En uno de los numerosos puestos que se levantaban en las orillas de las calles, el inglés compró una rosa a punto de reventar de lo colorada. Le rompió el tallo, y la colocó en el ojal de la chaqueta de Ariane, que se quedó encantada, y sufrió, de repente, un ataque de amnesia que le hizo olvidar el penoso susto/gusto/disgusto de la sobremesa.
Recorridos los tinglados comerciales, se dirigieron a las bodegas Spengler, delante de las cuales tendría lugar la pisada de la uva. El edificio vinatero era grande y negro, “como el alma de su dueña”, y no quedaba muy alejado del centro de la ciudad.
En la explanada que lo rodeaba había un montón de contenedores, llenos hasta los topes de uvas, dentro de los cuales varias decenas de obreros descargaban los últimos cestos de los camiones. Ariane y Sir Alex, metieron la mano en uno de los tanques con la intención de robar un par de racimos a su dueña.
Antes de que llegara un capataz a pedirles que se abstuvieran de efectuar más latrocinios, se metieron entre la gente, que ya buscaba la cercanía del lugar de la ceremonia. Fueron rápidos y lograron un emplazamiento excelente, en primera fila, detrás de las vallas de protección, desde el cual no se perdieron ni un detalle.
Había muchísima gente, y más se congregó conforme fueron pasando los minutos. Sir Alex y Ariane, mientras esperaban que empezara, oteaban en busca de caras conocidas entre la multitud. De refilón, el inglés localizó a Philip que ocupaba junto a su amiga un sitio cerca de la grada de personalidades. Le saludó con la mano, pero el chico no le vio.
A la hora prevista, dio inicio la Pisada de la uva. Nueve doncellas, vestidas de nieve, elegidas entre las familias más nobles y adineradas del Valle, saltaron al interior de un enorme balde de madera, repleto con las uvas de los viñedos Spengler, después de que el alcalde de Taranis echara un discurso inflamado de ardor patriótico sobre la diferencia étnica mendeana, la idiosincrasia de la raza y demás estupideces, que fue aplaudido por el público local, dispuesto a creerse cualquier cosa que envaneciera sus egos, y abucheado por las gentes venidas de los otros cantones. Las muchachas se caían en la masa de racimos reventados; hundían sus piececitos y sus tobillos en la sangre derramada, sonriendo con la candidez de su edad adolescente. Cuando estuvieron hechas una pena, saltaron grácilmente de la cuba en pos de sus valedores o padrinos, quienes les entregaron una copa de vidrio tallado. Las doncellas llenaron el vaso con el líquido resultante de su efusividad saltarina, que discurría por un caño hasta una masera. La tradición exigía que le ofrecieran aquella porquería al chico que más les gustara. En épocas pretéritas, la ceremonia concluía con la demostración de virilidad del joven, que era forzado a traspasar con cierta parte noble de su anatomía (no la lengua ni la mano) un pámpano de vid vestido por la moza, a modo de faldellín, sobre su pubis. Por razones que no acabamos de comprender, esta parte del rito fue suprimida en tiempos del mariscal Albentur.
Como Lippershey había adelantado, aquel año una de las chicas era Amelia de Miramar, la hija de Cristina, lo cual había hecho que se congregaran en gran número los periodistas gráficos. La duquesa, sentada en los bancos de honor, contemplaba las evoluciones de su nena con espuma en la boca. Por el rabillo del ojo, Ariane veía reírse a Lippershey, pero no con el tono de burla descarnada que se había esperado.
El ritual acabó con un pequeño escándalo, propiciado, precisamente, por la joven Amelia, quien, cuando hubo de ofrecer su copa a la persona que prefería para marido se dirigió a una chica de su misma y tierna edad, que se desmayó del susto. Gracias a Dios, Amelia era hija de quien ya sabemos y el cura que bendecía las uniones se hizo el miope, así como los centenares de fotógrafos, que tenían ordenes explícitas de sus jefes, todos amigos de Cristina, de no publicar nada que pusiera en tela de juicio el buen nombre de la familia Armani, emparentada con los Príncipes de Arberia: era una cuestión de Estado.
La omnipresente banda municipal tocó de nuevo el himno para darle matarile a la accidentada tradición. Cristina, Anabel, el alcalde, varios concejales, el jefe de la policía local y demás chupadores de las arcas públicas, se pusieron firmes para cantar los versos que ya conocemos (sólo que en su idioma original , que aún sonaban más horribles) de mala gana, para aparentar respeto, reservando la buena cara para el himno de Rumelia. Pero éste no sonó.
Cristina D’Armani, muy herida en su amor propio por el menoscabo que suponía para Rumelia que, por orden del prefecto (detestable enviado del Gobierno Central) no acompañara al himno de Arberia el del cantón, el bellísimo canto “Narbur ni kisieturyhartia Rumeliakian”, se retiró enojada de los bancos de autoridades, seguida por Anabel y su hijita. No quería ser testigo del envilecimiento de sus paisanos que, salvo contadas excepciones, no protestaron por aquel agravio anticonstitucional.
Lippershey, que las vio deslizarse entre la turba, fue tras ellas, despreciando las súplicas de Ariane, que tenía un miedo atroz a ponerse cara a cara con la superaristócrata.
-¡Bonita fiesta! -le dijo Sir Alex, frotándose las manos de gozo, con voz alcanforada, al trío de damas, quienes, de inmediato, se detuvieron-. La señorita D’Armani ha pisado la uva con mucha gracia, con una técnica depuradísima. Me ha encantado, sobre todo el final...
La aludida expulsó un chorrito de risa aguda y virginal. Era una moza menuda, frágil, con cutis de porcelana y porte nobiliario, que, al igual que su progenitora, allí presente, era rubia y lechosa de tez. También había heredado de ella las narices mende, largas y estrechas, bastante más grandes de lo que el canon occidental admite; aunque para ellas era orgullo mostrar hasta con los rasgos que eran rumelienses de pura cepa. El azul de sus ojos, y la proporción sus miembros; su gracilidad y perfecta dicción en varios idiomas no podían ser sino fruto de sangre noble entre las nobles, sangre de la más selecta aristocracia, aquella que se decía descendiente, por línea directa, de Jesús y de la Magdalena.
Amelia Ana Maria Constanza D’Armani permitió que Lippershey la saludara con un beso en el dorso de la mano. Era una damisela acostumbrada a recibir ósculos corteses, que bien mirado, eran más higiénicos que lo que se estilan entre el vulgo. Cristina D‘Armani, seria como un palo, miró de reojo al caballero, sin hacerle reverencia de ninguna clase, y ordenando al guardaespaldas, que ya se había movido para proteger a la niña, que perdiera cuidado.
-Así que le ha gustado mi actuación -dijo la señorita, con voz finísima-. Pues debe de ser el único. Todos se han quedado con cara de pasmo, sólo porque le ofrecí mi vaso a mi amiga predilecta, que a buen seguro, desde hoy ha dejado de serlo...
-No todo el mundo acepta lo que se sale de lo normal -opinó Lippershey, anudándose las manos a la espalda e inclinándose unos centímetros sobre la pequeña-. Pero, en lo que a mí respecta, las mujeres con tendencias sáficas poseen un atractivo añadido a su condición femenina...
-¿Tendencias qué...?
-Sáficas -repitió el caballero, sonriendo de oreja a oreja. Cristina arrugó la frente.
-No prestes oídos a este falócrata -le aconsejó, puntualmente, la duquesa a su retoño-. Y vamos, que tienes que cambiarte -dijo, agarrándola por el brazo.
-¿Y mister Lippershey no me va a explicar lo que significa esa palabra? -dijo Amelia, haciendo caso omiso de su ama y creadora.
El profesor con muy buena disposición aclaró las dudas de la dulce muchacha:
-Sáfica hace referencia a Safo, la famosa poetisa de la isla de Lesbos o Mitilene. Fundó una academia para jovencitas a las que trataba de inculcar el gusto por la amistad entre mujeres; algo similar a la sociedad cultural de su señora madre. Por cierto, acabó suicidándose por amor a un hombre...
-Por lo de Lesbos ya me imagino por dónde van los tiros -observó la nena, jocosa-. “Sáfico”; sí, es una bonita palabra; a partir de hoy la utilizaré siempre que pueda y sea oportuno.
-Me alegra haberle ayudado a ampliar su vocabulario... -dijo el profesor, acariciando, inesperadamente, el rostro blanquísimo de la jovencita ante la sorpresa de ésta y de Ariane, y la ira de la duquesa.
Anabel ni siquiera reparó en el gesto cariñoso de Lippershey. Su hazaña del almuerzo la había dejado malparada, dando lugar a que sus males acrecieran. Sentía ganas de vomitar y la cabeza le daba vueltas. A duras penas lo disimulaba.
Respiró hondo el aire aromatizado por las delicias gastronómicas que se cocinaban en los puestos callejeros. De pronto, creyó ver el rostro hermoso de Philip resplandeciendo entre la muchedumbre. ¡No era una imaginación: finalmente había acudido a la fiesta! Se disculpó, aunque su marcha casi no fue notada. Alex y Amelia seguían comentando los pormenores de la celebración.
Alargó el cuello, hasta que descubrió un bulto sospechoso abrigado tras una muralla de carne. Anabel lo llamó con tal insistencia que, al cabo, el mozo, con la cabeza gacha le devolvió el saludo; ella se le acercó. Alma, llena de estupor, no dijo nada, pero adoptó la actitud de una novia celosa, aunque no hubiera motivo para ello. Philip bajó los ojos, de modo que sólo podía ver los zapatos de la baronesa.
-Te había invitado a mi casa y no viniste -dijo la dama, dirigiéndose sólo a él-. Pero ya no te consentiré que me falles. Esta noche doy una fiesta en el castillo... Dime que vendrás, guapo mozo. “¡Oh, Desconocido, estoy enamorada de tus ojos! Como una hiena en celo doy vueltas a tu alrededor, solicitando la fecundación cuya necesidad me devora.”
Si Anabel pretendía con tales palabras enrojecer las mejillas de su tímido objeto de deseo, a fe que lo logró. El chico notó un vacío en el estómago y una palpitación arrítmica en el pecho. Alma sacó la cara por él.
-Esta noche vamos a ir a un concierto. De todas formas, muchas gracias por el ofrecimiento...
Anabel rebajó la intensidad de su sonrisa al oír aquella intervención de aguafiestas, y si durante el breve lapso que duró, había vuelto su mirada hosca hacia la muchacha, pronto colocó los ojos en el lugar donde deseaba tenerlos.
-¿Es que yo soy más aburrida que ese concierto? Bueno, bueno; qué desgracia. Pero, prométeme una cosa: si por algún motivo no acudieras a tal evento, ven al castillo. No tengas miedo: allí estarán Lippershey y su secretaria. Pasarán la noche en Fortcastel.
La mención del profesor logró levantar los ojos de Philip del piso.
-¿Prometes que vendrás? -insistió la mujer, muy persuasiva.
-Si no podemos ir al festival, entonces... nos lo pensaremos -respondió el chico, seco, con escalofríos en la espalda.
Alma le pisó un pie a su amigo para indicarle que abreviara; pero él se había quedado inmóvil, enganchado en los ojos verdes de la mujer que de modo tan explícito le había declarado su amor.
-Philip -dijo Alma, irritada-. Venga, se nos hace muy tarde para ir a donde tú ya sabes...
El “donde tú ya sabes” no era ningún lugar en el espacio físico, sino tan sólo una excusa para alejarse cuanto antes de Anabel. Philip dijo la consabida fórmula de despedida y se fue, agarrado a su amiga, dejando atrás a la baronesa. “Después de todo no ha habido mala suerte...”, pensó la señorita Spengler, convencida de que el muchacho acudiría a su llamada y de que podría sacarle partido.
Cuando, restablecida y alegre, Anabel se reintegró en el grupo no hizo alusión a su encuentro, ni explicó su ausencia ni mucho menos metió baza en la disputa que Sir Alex y Cristina mantenían a propósito de la lucha de sexos.
La polémica había comenzado con la regañina que le había echado la duquesa a la señora Lavalle, por su dedicación más allá del deber a Lippershey. Ariane tragó saliva; sabía que se refería lo dicho por Adamski en la televisión, que ya estaba en boca de todo el mundo; pero no pudo articular palabra delante de una mujer que era una especie de personaje mítico que salía en las revistas, aunque, en persona, sin los retoques fotográficos y de maquillaje que atenuaban sus defectos no le parecía tan glamourosa ni tan sublime como para ser descendiente de la estirpe del Grial.
Pero Sir Alex sí que se defendió.
-Yo siempre he tratado a las mujeres de la manera más exquisita. Pero si eres demasiado bueno con ellas, te llaman paternalista; si demasiado duro, opresor. Tantos años de experiencia me dan ocasión de decir, con conocimiento de causa, que las mujeres, lamentablemente, no saben dónde están los límites...
-Los límites están muy claros -respondió Cristina, con mirada ceñuda, enrojeciendo y casi emocionada-. Pero el hombre es un egoísta que va a lo suyo...
Amelita rió; esas querellas le hacían gracia porque todavía era bastante ignorante al respecto. Sir Alex le guiñó un ojo, y dijo luego:
-Si una mujer accede a mantener una relación intima ya sabe lo que le cabe esperar. Sólo un goce físico y espiritual momentáneo; nunca un compromiso para toda la vida.
-Para una mujer es muy difícil separar el sexo del amor -dijo Cristina, clavando los ojos en Sir Alex-. Los hombres, y más los que presumen de conocerlas bien, saben que es inmoral acostarse con una mujer, alentar sus esperanzas y luego darle la patada...
El profesor elevó las cejas con actitud desconcertada.
-La culpa es de todas esas mujeres que levantan castillos en el aire a partir de un hecho que carece de trascendencia. Por una noche de pasión quisieran tenerte para toda la eternidad, sólo porque te han hecho blanco de sus delirios...
Cristina abrió los agujeros de la nariz, haciendo aletear los cartílagos.
-Pues yo digo que el hombre que se aprovecha de su situación de privilegio para seducir a chiquillas enamoradas es un cerdo...
-¿Acaso las jovencitas no se enamoran porque les da la gana? -corrigió Sir Alex, con un punto de acritud-. Él bastante hace al resistir hasta que lo colocan entre la espada y la pared...
-¡Sí, claro! Seguro que él se ve obligado a decir que sí -gruñó la duquesa, ante la hilaridad de su retoño.
-Ella puede controlarse; es un ser dotado de voluntad y libre albedrío; ¿por qué la responsabilidad por actos compartidos siempre tiene que caer del lado de él?
-Porque ella no sabe lo que hace; está obnubilada, perdida; supongamos que es su primera pasión: su corazón hierve, su sangre quema...
-Es asunto suyo; no debería cargarlo sobre las espaldas de nadie -replicó Sir Alex, duro como un militar.
-Al final ella sale perdiendo, porque él se ha divertido cuando ha querido y ella queda con las manos vacías...
Esta conclusión le sentó al profesor como un navajazo en la yugular. Con acento agresivo le espetó a la duquesa.
-Apostaría a que ella también se divirtió lo suyo; si no, no se explica esa insistencia en perseguirle.
Agotada por la vehemencia de las réplicas y contrarréplicas, Cristina lanzó un suspiro largo y contundente, que interrumpió el match dejando la pelota del lado de la cancha de Sir Alex, quien se mostró muy contrariado, pero para cubrir las apariencias, se mordió la lengua. No hacía falta que fuera tan prudente: tanto Ariane como Amelia ya habían colegido desde la primera frase que el hombre y la mujer hipotéticos de la querella no eran sino él y su contendiente. La duquesa, enfriándose, para no multiplicar la curiosidad de su hijita, que sólo a medias conocía la historia, le dijo a la señora Lavalle:
-Déjeme que le dé un último consejo: aléjese de él en cuanto pueda: es un demonio; la oprimirá, la burlará y cuando se quiera dar cuenta no será usted nada. Así es como él trata a los que le rodean, en especial a las mujeres: una vez obtiene lo que se propone, las reduce a la mínima expresión. En fin, ¿qué más quiere que le diga? Ándese con ojo, que éste aún puede darle algún disgusto a una dama ingenua...
Con estas palabras, la baronesa, la duquesa y su pequeña echaron a andar hacia las dependencias de la bodega Spengler, donde habían dejado ropa seca para la joven.
Alex y Ariane, en silencio, las vieron alejarse.

Comentarios

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  • Fecha: viernes, 03 de noviembre de 2006
  •  | 
  • Hora: 19:42

Autor: Thersuva

Im-Presionante esa especie de canción/himno a la vendimia... ¿es tuya?

  • Fecha: domingo, 05 de noviembre de 2006
  •  | 
  • Hora: 12:59

Autor: reginairae

Pues sí, ¿de quién va a ser?Angelito

Bueno, un capítulo un poco de transición para ilustrar las costumbres arberianas y de paso enlazar con una historia del pasado que aclara ciertas relaciones entre personajes... Seguro que dices que sobra, jajajajaja