El Cultural -Magazine de El Imparcial

viernes, 10 de noviembre de 2006

Regina Irae, Parte II - Capítulo 30

CAPITULO 30

Feria


-¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta? -musitó Ariane, en tono respetuoso.
El profesor, que estaba como metido en una breve y superficial introspección, despertó con brusquedad al oírla.
-No suelo responder a esa clase de preguntas antes de la cena -dijo, con buen humor-. Pero, ¿para qué vamos a andarnos con rodeos? Lo que usted quiere saber es si Cristina y yo hemos sido amantes... ¿verdad?
-Pues no -contestó, por sorpresa, la mujer-. Eso ya me lo imaginaba. Lo que me preguntaba era si Amelia D’Armani era hija de usted...
Sir Alex puso cara de boxeador al que castigan por tercera vez el hígado sin darle opción a defenderse. Pero, más pronto que tarde, volvió a enarbolar su buen talante.
-¿Quién se lo ha dicho? -preguntó.
-Nadie; lo he supuesto -dijo ella, con un indisimulado orgullo-. Pero, ¿por qué nunca me había hablado de su idilio con la duquesa?
-No es algo de lo que se pueda presumir -declaró él, en tono confidencial, apto para las confesiones entre amigos.
Mientras caminaban hacia la feria de ganado, le contó a su secretaria los avatares de su aventurilla con la Armani, de los que el lector ya ha sido informado.
A Ariane, que escuchaba atentamente el relato, saboreando cada una de las palabras que lo componían, pues era consciente de que estaba en una situación de privilegio al conocer lo que el resto del mundo ignoraba, no le salían, no obstante, las cuentas. Lo que el jefe le narraba remitía a un cuarto de siglo atrás, mientras que la dulce Amelia no pasaba de dieciocho añitos.
El profesor, muy locuaz aquella mañana, explicó, metiendo entre líneas una buena dosis de humorismo británico, las circunstancias en que Cristina y él habían engendrado a la joven pisadora de la uva. Resumiremos lo que le contó añadiendo lo que sea necesario para la comprensión del lector.
Después de la caída de la señorita D’Armani en las garras de Anabel Spengler I, Sir Alex no había cejado ni un momento en su empeño de rescatarla de lo que, para él, no era sino un lugar de perdición psíquica y moral.
Primero de todo, quiso saber quién era exactamente esa tal baronesa Spengler y a qué se dedicaba. Removió Roma con Santiago, buscando evidencias de la nefandad de la asociación que regentaba; habló con decenas de personas que la conocían, ex adeptos de la sociedad Thule, a la que sabía pertenecía; con el señor Basquit, quien, al fin, le hizo saber que andaba por buen camino al sospechar maldades de la baronesa. El proceso por la desaparición de Iulius Klaines, del cual la Spengler había salido indemne por falta de pruebas, fue la piedra de toque. Pero Cristina se negaba categóricamente a escucharle; argumentaba que la baronesa le había salvado la vida, y que, sólo por eso, le debía lealtad inquebrantable; remataba diciendo que, ahora que era una mujer distinta, no precisaba que ningún macho prepotente le dijera lo que tenía que hacer con su vida ni con qué personas debía relacionarse.
Pero el profesor no se conformó; en el fondo de su alma (muy, muy en el fondo) se sentía culpable del descarrío de la joven. Para quedar a gusto consigo mismo necesitaba hacer una obra bondadosa, arreglar lo que había estropeado con su mala cabeza, tarea nada fácil, porque Cristina podría estar ya metida hasta las orejas en la organización y realizar sus salvajes cultos dejando al margen escrúpulos y consideraciones morales. Más valía que la duquesa volviera a ser una frívola inconsciente que sólo vivía para procurarse placeres eróticos; cualquier cosa antes que verla convertida en un monstruo de maldad rendido a los deseos de la señorita Spengler, una antigua nazi que continuaba con sus insanas diversiones, con la impunidad de los millonarios, para los que no existe ley que no pueda ser cambiada ni juez que resista una dádiva.
Seis años después de su ruptura con la aristócrata, el profesor Lippershey ya había juntado suficientes noticias sobre Anabel I como para hacerse una idea del tipo de actividades que realizaba con el consentimiento de los jerarcas políticos. La última que había caído en sus manos era una fotografía en la que se distinguía, a duras penas, una figura vestida de blanco, con símbolos relativos a la magia sobre la túnica, que tenía a sus pies un cadáver destrozado, que tampoco se veía con claridad (cabía la interpretación optimista de que fuera un muñeco que ejerciera de sustituto del verdadero chivo expiatorio; pero en lo concerniente a los sectarios Sir Alex era siempre pesimista).
Armado con esta poderosa razón se presentó en una de las casas de campo de la señora duquesa. Los criados, que tenían la orden de deshacerse de él en cuanto le echaran el ojo encima, cumplieron su deber con diligencia. Pero Sir Alex bordeó todo el bosque que rodeaba la mansión, burlando los controles de seguridad y a los perros babeantes y rabiosos que campaban por los pastizales, y se introdujo en las cuadras, donde, sabía, ella acabaría por acudir después de su matutina excursión a caballo.
Cuando ella lo vio, apoyado tan tranquilo, junto al portillo del pesebre de su équido favorito, que la había llevado al trote por su propiedad, se sintió turbada y estuvo en un tris de pegar un grito pidiendo auxilio. Pero lo cierto es que tenía la garganta un poco irritada por el catarro y decidió averiguar, primero de tomar una determinación que acabara por dejarla definitivamente muda, qué demonios había llevado al parapsicólogo a arriesgar el pellejo ante sus fieros rotweillers.
Sin hacerle mucho caso, desmontó y condujo el caballo a su establo; cubriéndolo de cariñitos, le cepilló el lomo.
Mientras Cristina atusaba al animal, Sir Alex hablaba y hablaba sin ton ni son sobre la dichosa foto y los comentarios que ésta le suscitaba, ninguno de los cuales lograba interesar a la joven, que, naturalmente, no creía nada; en sus rituales nunca se cometían tamañas aberraciones. Solo había un poco de sexo y drogas; y sí, alguna que otra masacre de irracionales; lo que Anabel hiciera por su cuenta le traía sin cuidado.
Lippershey acabó perdiendo la paciencia; ella debía escucharle; le informaba por su bien; ¿acaso era idiota? Enojadísimo, la agarró por el brazo, la zarandeó y, luego, la arrojó contra la pared del establo, sorprendido de la ira que era capaz de provocarle con su obcecación. La mujer opuso a tal violencia una actitud indolente; saltaba a la vista que la brusquedad de su ex amante la había excitado. Se arrepintió de no haber avisado al servicio; estaba a merced de un individuo peligroso, no porque temiera de él ningún mal físico, sino porque hacia vacilar sus convicciones adquiridas.
Anabel le había hecho jurar que nunca volvería a tener trato carnal con un repugnante macho; había hecho tan inhumanos votos por miedo, y milagrosamente los había mantenido durante años, procurando no caer en la tentación ni siquiera con su esposo, que la odiaba por este motivo (y por otros cien o doscientos).
En cierto modo, la virginidad la había liberado de los lazos de sumisión que unen a una mujer con aquel que la posee; pero, de igual modo, echaba de menos la pasión viril. No se trataba de placer; eso lo podía conseguir de muchas maneras, incluso ella sola. Había algo especial en sentirse atrapada por los membrudos brazos de un hombre; en notar la aspereza de su barba restregándose sobre el cuello; en oler aquel sudor cargado de animalidad. ¿Cómo podría entregarse sin perder su autonomía como ser humano? Bien sabía que los hombres tenían el defecto de considerar a las mujeres objetos de consumo. Anabel lo repetía a todas horas, y a ella le aterraba la idea de convertirse otra vez en esclava de su deseo.
Cristina no se dominó aquella tarde. “Escucharé lo que me digas y miraré esa foto; pero luego, luego...” dijo, arrojándose a los brazos de Sir Alex, con tal impulso que ambos cayeron sobre la paja; y allí retozaron a gusto.
Aunque placentero, resultó un acto de amor muy extraño; Sir Alex, impaciente, le ponía la foto delante de la cara y le susurraba entre jadeos y sollozos: “Mira, mira lo que hace tu amiguita...” Huelga decir que Cristina D’Armani tenía toda su atención focalizada en otra parte de su cuerpo que no eran los ojos, donde bullían sensaciones deliciosas. Cuando, por fin, estalló en su acceso de gozo, tan intenso y prolongado, por un instante, concibió la servil idea de abandonar la vida que llevaba para seguir hasta el fin del mundo a aquel hombre que tanto bien le hacía, aun siendo malo. Fue, por supuesto, un deseo pasajero inducido por la locura del rapto sexual, que juzgó absurda e indigna de ella en cuanto terminó de revolcarse con el enemigo.
Pero Sir Alex, apenas recuperado, insistió con sus historias de sacrificios humanos, enojosas como siempre. Cristina se hizo la sorda; se visitó con premura y se sacudió la paja de los cabellos. Pero él no se callaba: ¡era un pesado! Probó a darle la espalda; ni por esas; él no dejaba de soltarle el rollo.
Cristina llamó a voces al mozo, que acudió presto (como que estaba a unos pasos, detrás de la puerta, espiando a su señora) “Echa a este asqueroso de mis tierras y dale una paliza de muerte...” le ordenó; y al fornido joven le faltó tiempo para agarrar de mala manera al intruso, que no daba crédito. “No te quejes inglés, que te has puesto las botas con Su Excelencia...”, le decía a nuestro héroe mientras lo llevaba a rastras a la salida, donde se les unieron otros tres empleados de la casa. Allí Sir Alex dejó de protestar: la zurra que le dieron le dejó sin habla y sin dos costillas.
Se sintió tan humillado, en especial, por los palos, que sintió unas ganas tremendas de bajarle los pantalones a la niña malcriada de nuevo y dejarle el trasero pelado a cinturonazos. Decidió, no obstante, reservar las pocas fuerzas que le quedaban para buscar un médico que le remendara los descosidos.
Un mes y pico de este suceso, Cristina empezó a marearse y a sentir nauseas. Ni siquiera necesitó que su ginecólogo de confianza se lo certificara: estaba embarazadísima. La pobre mujer no supo qué hacer; abortar, imposible; su madre, que había sido informada de manera indiscreta por el medicucho, se puso como loca al saber que su espera de largos años para ser abuelita llegaba a su fin; ¿cómo podría darle un disgusto así? No le quedaba mas remedio seguir adelante.
A su esposo trató de engañarlo, intentando, una noche, una aproximación amorosa que encubriera su falta (los sietemesinos no son raros entre la nobleza); pero el hombre, que estaba acostumbrado a no recibir de ella más que desprecios, no picó; si no hubiera sido por lo mucho que le convenía ser duque consorte y administrar la fortuna de los Miramar, no le habría dejado un hueso sano. Prometió callar y reconocer como suyo al hijo que viniera, sólo por el dinero, que, desde entonces, le sacaba a manos llenas.
A Anabel no se lo dijo hasta que la barriga empezó a sobresalir, haciendo evidente la violación de su juramento de virginidad. Le vieja conspiradora no hizo ninguna objeción, para alivio de Cristina, pero le aconsejó que fuera más sensata a partir de entonces.
Por último, llevada por el sentimiento atávico, propio de esas mujeres que conceden importancia al dueño del espermatozoide que las ha fecundado, se lo contó a Sir Alex, rogándole que se mantuviera al margen. Muchas veces Cristina lamentó haber sido tan franca. ¡Cuántos sinsabores se habría ahorrado si hubiera mantenido la boca cerrada! Porque la ofensiva anti sectaria del inglés se hizo entonces más cruenta. Sir Alex, al saberse padre por cuarta vez, sintióse más sensibilizado por el destino de las pobres criaturas que, se suponía, Anabel sacrificaba en sus rituales para loa de la Reina de la Ira. Esta vehemencia se convirtió en cólera cuando tuvo noticia, por mediación de uno de sus informadores (el criado de la casa de Miramar) de que Cristina había pactado con Anabel I realizar la suprema iniciación de la niña cuando alcanzara la mayoría de edad. Se trataba de una ceremonia sangrienta en la que la neófita debía sacrificar a un hombre después de haber sido desflorada por él. Cristina pensaba que su pequeña, encomendada como estaba desde el día de su nacimiento a la Diosa, saldría con bien del trance, y alcanzaría un poder absoluto, más grande que el de la baronesa. Su hija sería lo que ella no había podido ser. La Diosa en persona le daría su parabién. Sería reina de Rumelia-Mende...
-¿Y la muchacha no sabe nada de esto? -preguntó Ariane, finalizado el relato, con gesto de preocupación.
-No; Cristina es una imbécil -dijo Sir Alex, uniendo en un mismo periodo aquellas dos frases que, en apariencia, no tenían correspondencia.
Sin embargo, Ariane no insistió en el tema.

*****

La pareja se metió, pues, bajo la carpa de la Feria de Ganado, que olía a vaca, vino, queso y sidra; es decir, a Arberia. Los bóvidos tomaban pienso y bebían agua llena de vida, de sus abrevaderos, estabulados entres vallas no muy altas. La raza autóctona, de manto pardo y cara blanca, era la más y mejor representada en el certamen, instituido para elegir entre otras categorías, al ejemplar más hermoso y al ganadero más sandunguero.
Por aquellos animalitos destinados a ser chuleta sentía Lippershey, como vegetariano militante, una gran pena. Miraba con el ceño fruncido a los ganaderos, que le devolvían el mal semblante. Al pasar frente a un pequeño establo, donde reposaba un torito semental, Sir Alex recibió el insulto de su dueño, uno de los bárbaros que habían intentado lincharle en Barglava; se juntó con otro de la misma especie y empezaron las burlas y las amenazas. Ariane, asustada por el calibre de aquellas palabras punzantes, se llevó a su jefe lejos de las bocas agresoras, en las cuales, él hubiera deseado estampar un puñetazo. “Les juré que me vengaría; pues ya va siendo hora...”, se dijo para sí, ensimismado en un mal pensamiento que, de repente, le había llegado a las mientes...

*****

Aprovechando un momento de distracción de su hermana, Lucián se había escabullido, mezclándose entre los visitantes del recinto. Había visto a Anabel en compañía de sus amigas Cristina y Amelia, saliendo del edificio administrativo de las Bodegas Spengler.
Rezumando deseo y rabia, fue tras del trío de ensorbebecidas doncellas (sólo una lo era en el estricto sentido del término) Ellas reían y conversaban sobre sus cosas.
-Anabel, ¿podemos hablar un momento? -preguntó, de sopetón, desconcertando a las mujeres y al guardaespaldas.
-Ahora no tengo tiempo...
El coro de risitas hirió al señor Faenza, que se quedó clavado con los brazos caídos, temblando como una hoja, mientras contemplaba como ellas, mofándose, se alejaban. “No te librarás tan fácil de mí...”, se dijo él, reiniciando su persecución.
-Tienes demasiados admiradores -dijo la duquesa, recelosa, cuando pensó haberse librado del vaquero-. ¿Has visto cómo te mira? Los hombres son realmente repugnantes...
-¿También Lippershey? -replicó la joven Amelia, que, ya es hora de decirlo, era Baronesa Boscorreale desde los dieciséis años.
-Ese es el peor de todos -respondió Cristina, muy nerviosa.
-Pero fue novio tuyo...
La duquesa se giró con brusquedad y le arreó una bofetada a su hijita, recién mudada de ropa, y después de la sacudida, de color de cara.
-¡Como te oiga volver a decir semejante cosa te mato!
-Vamos, no trates así a la niña -terció Anabel-. Sabes que es verdad...
-¡Da lo mismo! -gritó la duquesa, enfurecida, agitando a su pequeña como si fuera un jarabe-. No lo repitas nunca, nunca, nunca...
Amelia, lloriqueando, se escapó de las iras de su madre; el guardaespaldas, a una orden de su madre la siguió.
-Esta niña me va a volver loca, ¡es tan díscola!
-Todo cambiará cuando se inicie -dijo Anabel con tono tenebroso, celebrando de antemano su esperado triunfo de corrupción.
Cristina puso muy mala cara. Un temblor sacudió sus labios; abrió la polvera y se miró en el espejo para disimular.
-Sí; supongo...
-No tengas dudas; estoy planeándolo con toda minuciosidad; será el acto mágico más grande de todos los tiempos... Traeré a la Diosa. Ya se está manifestando. Pero necesita tiempo. Ella me habla de lo que ha hecho en el pueblo. Ten por seguro que nos visita, que nos vigila y sabe que está cerca su regreso...
La duquesa, que no quería conocer los detalles de tema tan escabroso, se pasó la mano por el cabello, con aire distraído.
-¿Lippershey estará en la fiesta de Fortcastel? -preguntó, repasándose el maquillaje de los ojos.
-Sí.
-¿Por qué lo has invitado? Sabes que no me gusta encontrarme con él... -la duquesa enarcó las cejas con gesto curioso-. ¿Crees que de veras estará liado con su secretaria? Me parece una mujer tan vulgar...
-¿Acaso te molestaría? -rió Anabel.
-¡En absoluto! -exclamó Cristina, enrojeciendo de súbito.
Filbert recogió a las damas a la hora que la baronesa le había indicado.
Venía riendo a mandíbula batiente.
Delante del recinto de la exposición de ganado, había sido testigo de un hecho insólito: algún graciosillo había abierto la jaula de un toro, que se había paseado por toda la carpa y luego, había salido a la calle, embistiendo a los transeúntes como a peleles. Un temerario había intentado torear a la bestia; pero la faena no había sido del gusto del cuadrúpedo, quien le castigó pasándole por encima sus quinientos kilos. Un desastre que, por fortuna, había acabado sin víctimas de gravedad.

*****

Lippershey, el vegetariano terrorista, se moría de la risa apartado del jaleo, sordo ante las protestas de Ariane. “Está buscando que lo metan en la cárcel: es el niño más grande que me ha tocado cuidar nunca. Mi Xavi tiene más sentido común...”, decía, escandalizada, aunque no podemos omitir que, de vez en cuando, reía recordando las carreras de los ganaderos que habían atentado contra su jefe, delante del animal. “Pero, hombre, ¿no se da cuenta de que podía haber muerto gente?” repetía ella, cuando le daba la vena sensata. “¿Es que no le importa?” “¿Les importa a ellos la vida de estos pobres e indefensos seres que crían para alimentar su gula?”, se defendía el inglés, con sorna. “Calle, calle; que está loco de atar...”
El caso es que entre una cosa y otra, casi se les había echado encima la hora de regresar al castillo. Ariane sugirió que volvieran a por el coche, que habían dejado estacionado lejos de las bodegas Spengler, a la entrada del pueblo de Taranis.
Cuando paseaban por la avenida que conducía a aquel punto, Sir Alex volvió a ver a Philip, que se encaminaba en sentido contrario hacia el centro. El caballero británico hizo grandes alharacas para llamar su atención. Philip se le acercó, junto con Alma.
Pero apenas habían empezado a charlar, el cielo se abrió y dejó caer lagrimones frescos que remojaron pastos, bosques, viñas, cumbres y edificios rústicos y urbanos, y, lo que era peor, el escenario donde iba a ofrecer su recital el cantante de moda en Arberia. Lo que al principio pareció llanto sin importancia, lágrimas de cocodrilo producidas por el roce de las panzas grises, llenas de vapor de agua, sobre las aristas de caliza, se convirtió en cuestión de segundos en un auténtico diluvio, con rayos y truenos, que hizo correr a la masa de gente en todas direcciones en busca de abrigo.
Con las lluvias torrenciales se aguaron las fiestas, nunca mejor dicho. Todas las actividades lúdicas programadas para la noche fueron suspendidas.
Philip y Alma se metieron en el coche de Ariane, decepcionados. Al muchacho no le hacía gracia tener que subir hasta el castillo, pero Alma, que iba dispuesta a divertirse y no quería volver a casa tan temprano, de repente, deseaba aprovechar la invitación de la baronesa.
Mientras viajaban a través del mar de viñedos, Lippershey le contó al joven algunos detalles de su entrevista con Ariel en el hospital. Philip se quedó de piedra; desde la última vez que lo viera, no había tenido valor para interesarse por la salud de su ex amigo. Que Sir Alex le confesara que se encontraba en aquel estado delicado le hizo agitarse preso del sentimiento de culpa. Lippershey, advertido, fue prudente y no le dijo que había preguntado por él; su horrenda declaración sobre la mujer espectral, que el profesor insinuaba podría ser una persona de carne y hueso conocida, ya le causaba suficiente angustia.

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