El Cultural -Magazine de El Imparcial

sábado, 18 de noviembre de 2006

Regina Irae, parte II - Capítulo 31

CAPITULO 31

Castillo de Anabeeeeel


Cuando llegaron al castillo observaron un trasiego de camiones y furgonetas en la explanada. Pertenecían a empresas de restauración, pero a Sir Alex le pareció, por un momento, reconocer las caras de dos de los operarios (¿miembros de la sociedad Thule transportando cajas con botellas de champagne?). La rápida desaparición de los individuos por una poterna le impidió corroborar su primera impresión.
Anabel salió a recibir a sus nuevos invitados, loca de contenta. Se arrojó sobre Philip y, amparándose en la costumbre local, le descargó dos pares de besos, a los que él no se pudo resistir. Con Alma, sin embargo, no se sintió obligada.
Antes de que pudieran abrir la boca, la baronesa ordenó a Slavia que preparara una alcoba para los muchachos. Philip intentó rechazar la amable hospitalidad de la señorita Spengler, pero Anabel insistió tanto que no tuvo valor para mantener su postura.
Le hubiera gustado al inglés que su emocionable amigo hubiera partido apenas notó las intenciones de la baronesa. Bien que le había insinuado en el auto que Anabel tenía un secreto y que era peligrosa.
A Philip, no obstante, sólo le preocupaba, de momento, la inclinación lasciva que ella demostraba. Esos ojos, esas miradas que le echaba, y lo que le había dicho sobre que estaba enamorada y quería que la fecundase y no sé cuantas cosas más; ¿no podía fijarse en otro? No se la quitaba de encima. Se lo comía a bocados, con abundante derrame de saliva, masticándolo a lo bestia, desgarrándolo con sus colmillos, lamiendo luego los pedazos con su lengua repulsiva... bueno; quizás estuviera exagerando un poquito.
Observando los impactos de la lluvia tras los ventanales del Salón Azul, donde esperaban el inicio de la fiesta, a Philip se le representaba en la mente una terrorífica fantasía: ¿acaso era de locos pensar que Anabel hubiera desencadenado la tormenta para retenerlo allí? Al tiempo que concebía esta idea, ella, que se paseaba de un lado a otro, dando ordenes a los empleados que ultimaban los preparativos, lo miró y le sonrió, como si el alma del joven fuera transparente como el cristal y le permitiera acceder al decurso de sus pensamientos. Él se estremeció; y acariciando una cortina de terciopelo rojo, volvió a lanzar los ojos al paisaje tenebroso de Vindius. Pero Anabel ya estaba a sus espaldas.
-Pequeño mío, ¿por qué me rehuyes? Siempre que te veo sales corriendo... -le dijo la dama, en susurros, sobresaltándole-. Una pena, una pena... Porque yo... “¡Enseguida te amé! ¡Eres más dulce que una mujer y más bello que un Dios!”
-No sé qué quiere decir, señora -musitó él, apabullado, colocando la mirada en cualquier sitio menos en la Spengler.
-Me contaron que el otro sábado estuviste en el castillo -informó ella, cambiando de tema y de tono; por el rabillo del ojo había visto a Alma que se acercaba peligrosamente bordeando las mesas cargadas de aperitivos.
Philip no contestó, en la esperanza de que su amiga llegara para echarle un cable; pero era lenta, lenta, lenta; o eso o el tiempo transcurría a paso de tortuga.
-Pero chico hermoso, ¡qué poco hablador eres! Bueno, no te importunaré más; sólo quisiera devolverte algo que te olvidaste.
Intrigado, el señor Dreyeris giró la cabeza hacia su interlocutora, que metía en ese momento la mano al bolsillo de su chaquetón. Como estatua de sal se quedó cuando vio relumbrar en manos de la baronesa el cuchillo que había perdido durante su carrera delante del Monstruo.
Philip miró al rostro de Anabel en donde ardían una sonrisa malévola y unos ojos que le recordaban en todo a los de aquel ser que le había puesto el corazón en un puño. Temblando, recogió el cuchillo, pero no tuvo aliento ni para decir gracias. ¡Qué idea tan horrible le ocupaba la mente! ¡Más irracional y fantástica que la que antes le había aterrado! Pensó en Ariel y pensó en sí mismo, aquella noche de luna llena, y pensó también en la señorita Spengler, que parecía jactarse de algo inconfesable, persiguiéndolos a ambos. La llegada de Alma puso en espantada a la malvada profesional, que antes de alejarse le soltó al oído al muchacho otra de sus extrañas citas: “¡Oh, bello joven, acaricias una serpiente; una serpiente te acaricia! ¿Para cuándo son las bodas?” . Lo cierto es que la dama ya le había echado el ojo a otro objetivo...

*****

Aprovechando que Lippershey se había ido al baño, invitó a Ariane a subir a su cuarto para que rebuscara en los armarios ropa más apropiada para la fiesta. Ariane, que desde su regreso había vuelto a manifestar no sentirse a gusto con su vestimenta, temía quedar mal delante de las amistades nobles de la Spengler que presumía, acudirían al castillo. De momento, ya tenía que vérselas con la duquesa Cristina y su hija, que vagaban por las estancias, ansiosas de que llegaran más invitados para no resultar tan evidentes a los ojos de Lippershey.
Cuando el profesor regresó al salón y vio que Ariane había desaparecido, se inquietó. Tal estado de perturbación mental llegó a su culmen con la indicación de Philip de que la anfitriona se la había llevado aparte. Hombre; violar, no la iba a violar, pero era dable que le produjera un daño mucho más profundo: sus poderes hipnóticos ya habían sido puestos a prueba en dos ocasiones, y no era menester una tercera.
Era cierto que Anabel se había atraído a su cubil a la señora Lavalle con mala intención. Una vez allí, y bajo el pretexto ya conocido de mostrarle ropa de talla generosa, la sentó en la cama. Si Sir Alex o cualquier otro hombre hubiera hecho eso, la desconfiada Ariane habría quedado pegada en el techo del salto; pero Anabel era otra cosa; no era de fiar, pero era una mujer. Mientras no le mirara a los ojos... La confianza es terrible, y más si te la inspiran personas simpáticas y de buena presencia. Lippershey nunca habría cometido el error de bajar la guardia ante una mujer encantadora; como misántropo no concebía que la inteligencia y la buena presencia se coaligaran con un propósito que no fuera ladino. Ni corto ni perezoso, subió la enorme escalinata, dejando a su joven ex ayudante y a su amiga en la sala de baile, vigilados de cerca por las miradas torcidas de Slavia y Filbert.
La corazonada de Sir Alex, (sabe más el diablo por viejo que por diablo) resultó un acierto pleno. Ya desde detrás de la puerta (no le fue difícil encontrar la alcoba de la dueña; Cristina, con la que se topó en la segunda planta, le indicó el camino a seguir de no muy buen grado) escuchó un diálogo inquietante, que le hizo temblar.
-Dime, ¿dónde consiguió Alex la fotografía de Marián de Castro? -preguntó Anabel, en tono desacostumbradamente dulce, pero no por ello menos aterrador.
-Lo sacó del archivo de Ander Basquit -respondió, al punto, la interrogada, de manera mecánica, como si no fuera consciente de estar moviendo los labios y su voz saliera sin pasar por el centro del raciocinio.
-¡El archivo de Ander...; maldición! -se oyó que decía la baronesa-. ¿Qué más habéis averiguado sobre mí...?
Lippershey no permitió que terminara de formular la pregunta; entró en la habitación de golpe, sobresaltando a la baronesa, que estaba de pie, junto a la cama, en actitud dudosa, y a Ariane que despertó del sueño. Su cara, por lo menos, era clavada a la de aquel que es arrancado de las sábanas por los gruñidos del despertador.
Anabel clavó sus ojos de fuego en el intruso, con expresión violenta y violentada; tan intenso, tan irreal era el fulgor rojizo que hacía resaltar el cerco de su iris, sobre el blanco de materia ocular, que Lippershey, que no tenía reparos en autoproclamarse como valiente, echó un pie atrás, abofeteado por la visión.
-Quería preguntar si llegarían pronto los invitados -musitó el caballero, con voz débil, pero atravesada por una fina ironía que era la marca de la casa-. Si van a tardar mucho, podríamos continuar la visita al castillo. Me quedé con ganas de ver la capilla...
Si la dueña del castillo hubiera hecho entonces lo que más le apetecía, allí mismo, y del modo más cruel, habría acabado la carrera vital del entrometido profesor Alexander Lippershey, hijo malquerido de la antigua y blanca Britannia. Pero Anabel refrenó su ira.
-Ya te dije que a partir de las nueve -respondió, entredientes.
-Ah, sí; mi memoria no es lo que era, ¡la edad, la edad...! Perdóneme. Por cierto, ¿ya ha encontrado una prenda adecuada a sus hechuras? -dijo, mirando hacia la aturdida Ariane, que había olvidado por completo la charla mantenida con la pérfida Anabel. Para ella, Lippershey se había presentado de repente, en el cuarto, sin llamar, lo cual era de muy mal gusto, teniendo en cuenta que podría haber estado desnuda o algo así.
Era imposible que, en aquel momento, Sir Alex le hiciera ver a su secretaria que se había puesto en riesgo para evitar que revelara información, no demasiado relevante por otra parte, al enemigo, y más, en concreto, para desbaratar el allanamiento que había efectuado en su cabecita la baronesa, que parecía haberle tomado gusto a aposentarse en tal mente simple. Hubiera debido reprocharle, de igual modo, que, conociendo de primera mano los peligros que encerraban los ojos de Anabel, hubiera sido tan torpe como para quedarse con ella a solas. ¡Ya se lo había advertido!
Sir Alex temía los poderes de la baronesa. Le constaba que las ideas de la gente sobre los fenómenos psíquicos estaban, en general, bastante contaminadas de misticismos, y no faltaría quien estuviera convencido de que el origen del milagro de la hipnosis se encontraba en algún misterioso fluido que saliera de la mirada del mago. Pero él, que era un experto, con miles de horas de vuelo, sabía por experiencia que toda hipnosis es, en el fondo, autohipnosis, y que nadie, por su sólo deseo es capaz de doblegar la voluntad de otro. Pero Anabel, aparentemente, lo hacía, y eso era causa de espanto. Admitir que tal cosa era hacedera significaba dinamitar los principios establecidos de la ciencia: un desafío a las leyes de la física y de la biología. ¿Sería acaso magia? ¿Existiría, pues, la tan cacareada por los esotéricos, acción a distancia? No podía creerlo; pero ante sus narices se manifestaba otro misterio que hacía temblar los dogmas que sostenían sus certezas.
-Señora Lavalle, venga conmigo abajo: quisiera mostrarle unas pinturas muy interesantes. Como a usted le gusta tanto el arte... -susurró Lippershey, cuya única idea en ese momento, era poner trabas a que ambas mujeres volvieran a quedarse a solas.
-Ya lo veré luego. Ahora estoy ocupada -respondió Ariane, luchando contra un súbito vahído.
-Le ordeno que venga ahora mismo. Si no me obedece, aténgase a las consecuencias...
Aquella frase cortante, autoritaria y desagradable, resultó a la postre tan necesaria como efectiva. Ni cien Moisés con sus correspondientes Shemhameforash habrían podido mover el cuerpo de la señora Lavalle del lugar donde lo tenía pegado, tan bien como lo hizo la amenaza de Lippershey, que a ella le sonó horrible e injustificada.
Anabel apretó los labios, y sonrió. La maniobra a la desesperada del profesor tenía su gracia; cruzó los brazos sobre el pecho con la cabeza inclinada por el peso de su sesgada sonrisa, que tenía como destinatarios los ojos, abiertos de par en par, de puro perplejos, de Sir Alex.
Ariane estaba enfurecida, pero no lo manifestaba más que con el encogimiento de sus dedos. Se sentía vejada tanto por la interrupción como por el humillante trato recibido por parte del caballero, de quien nunca hubiera esperado tal cosa.
Pero cuando regresaron al claustro-atrio y Lippershey no le enseñó ningún cuadro, empezó a sospechar que algo más grave estaba ocurriendo. La tensión entre Sir Alex y Anabel, que bajando las escaleras se habían hablado con palabras precavidas, con distancia física y afectiva, usando, a veces, frases de doble sentido cuyo significado se le escapaba aunque comprendía su naturaleza, tenía que tener una causa lógica. Era, por otra parte, impensable que un hombre como Lippershey, aunque pronto a la ira, se pusiera en aquel plan belicoso, sin motivo. Bien, de acuerdo; él era un poco excéntrico, un screwball , como dicen los americanos, que hacía cosas sin pies ni cabeza como liberar bóvidos; pero incluso locuras como éstas se justificaban apelando a una ideología o a un sentimiento piadoso.

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