El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 26 de noviembre de 2006

Regina Irae, Parte II - Capítulo 32

CAPITULO 32

Fiestaaa


Los asistentes a la reunión de Anabel Spengler II entraron en el castillo en oleadas copiosas a partir de las ocho treinta, produciéndose el lleno absoluto con las nueve campanadas. A la convocatoria habían respondido centenares de arberianos, incluidos muchos con los que no se contaba. La tradición pedía informalidad; nada de galas ni perifollos; al comprobar que así era, Ariane no sintió haber perdido la ocasión de lucir traje más bello.
Los salones Dorado y Azul se colmaron de ganado de condición social variada y extrema; allí, el duque y el menestral se mezclaban y ni siquiera un fisonomista muy bien dotado, hubiera podido distinguir al uno del otro.
Para Lippershey resultó oportuno que Anabel se retirara a atender a su enjambre de amigos; libre de su vigilancia, explicó a Ariane lo que había visto en la habitación. La señora Lavalle no se asustaba con facilidad; así que no mudó su semblante más que lo necesario para dar salida a su sorpresa. Los deliciosos bocados de arenque, paté, queso azul y caviar que robaba de las mesas, entretenían su miedo.
-Oh, profesor; lamento haberle desobedecido. Tenía usted razón. No debí confiarme -dijo ella, con los carrillos hinchados-. A la tercera vez, se lo aseguro, no me pilla. Pero, ¿seguro que no malinterpretó la escena? Yo no me acuerdo de nada...
-¡Qué me muera si no he relatado los acontecimientos tal y como sucedieron! -exclamó Sir Alex, tieso y solemne, para dar a sus palabras el máximo de verosimilitud-. ¡Ah, señora Lavalle! Ha sido muy desagradable; pero ha salido algo bueno de todo esto: Marián de Castro, ahora lo sabemos casi de fijo, es la clave de un misterio que afecta a nuestra amiga. Piense; pudo haberla interrogado sobre muchas cosas, pero lo hizo sólo sobre ella...
Ariane se quedó pensativa, mientras mordisqueaba una tostada con caviar Beluga, ¿de qué misterio hablaba su jefe, del de la filiación de Anabel? El mundo no iba a hacerse pedazos si se descubría que no era sobrina de la vieja Spengler, tal y como insinuaba el caballero.
La lluvia golpeaba contra los cristales, dominada por una furia incontenible. De vez en cuando, una zeta efímera y deslumbrante se trazaba a sí misma sobre la negra tripa de la noche. En el cielo, los dioses jugaban a los bolos y se carcajeaban con voces broncas; pero nadie en la fiesta de Fortcastel parecía notarlo: la música de gaitas, violines, flautas y tambores ponía sordina a los truenos y al crepitar de los chaparrones en los ventanales, y al ulular del viento en las cimas nevadas.
Todos, incluso Philip y Alma, daban la impresión de estar divirtiéndose. Los muchachos, pasado el disgusto que les había dado Anabel al entregarles el cuchillo (el gesto les había hecho deliberar durante un buen rato sobre su significado) se habían metido de lleno en la reunión, tan concurrida por personas famosas. Alma sólo tenía ojos para la baronesita Boscorreale, a la que envidiaba por su belleza. La había visto tontear con el chófer Filbert, que para la ocasión había cambiado sus atavíos profesionales por ropa de calle; no parecía un doméstico, sino un hombre distinguido y con buena planta que no desmerecía al lado de su acompañante. Asombrada, vio como la pareja se deslizaba subrepticiamente hacia el vestíbulo, burlando la vigilancia del guardaespaldas. Alma no se lo pensó dos veces.
-Vamos, Philip; sigámosles -dijo, tirando del brazo del dócil muchacho, que sólo por no forzar su enojo, la complació.

*****

En la otra esquina de la sala, Ariane recibía la visita de Sergio Adamski, quien, al enterarse de que había una fiesta en el castillo y de que Sir Alex estaba invitado a ella, había rogado, casi de rodillas, a su ex amiga Cristina D’Armani que le pidiera a la baronesa una invitación; la dama, no sólo le había logrado esto, sino también una alcoba para que pernoctara en tan buena compañía y le hiciera la pascua al británico, de paso.
La señora Lavalle se puso pálida como la cera al ver acercarse al doctor. Lippershey había ido a buscar más champaña, pero podía regresar en cualquier momento. ¡Cuando se enterara de que el tipo aquel estaba en la fiesta le iba a dar un soponcio!
-Estoy muy apenado, señora Lavalle -dijo el hombre, aproximándosele demasiado-. El sábado pasado me comporté como un malnacido y temo haberla perjudicado con mi mala sangre. Me avergüenzo de mí mismo. Lo siento, lo siento mucho -dijo, con expresión de arrepentimiento.
-Más siento yo que tenga usted la boca tan sucia -replicó Ariane, con enojo.
-Comprendo su malestar -dijo él, colocándose la pajarita, nervioso, en el centro del cuello de la camisa y aflojándosela un poco-. Sé que cometí un error, que me porté como un canalla. Pero recuerde que no fui el único que se pasó de la raya. Lo sé, lo sé; eso no me exime de mi culpa. También comprendería que me dijera que no cuando la invite a bailar -susurró, embocando un tono alegre, más propio de su espíritu ligero-. Aunque sé que no lo hará porque es usted buena y compasiva; y estoy convencido de que me ha perdonado. Anímese: tengo un sentido del ritmo tan fabuloso que cuando esté en mis brazos creerá que vuela...
La coraza de Ariane estaba a punto de resquebrajarse bajo los abrasadores rayos de la sentida petición de gracia de Adamski. Pero, de pronto, su faz se ensombreció. Aunque estaba de espaldas, Sergio supo, por esta señal, que su enemigo había llegado. Al girarse, su mirada chocó contra una enorme pared vertical, rematada por una efigie esculpida con hierático cincel.
-Disculpe, caballero -dijo el monstruo pétreo-. Pero la señora sólo vuela en primera clase...
-¿Ah, sí? Pues sepa usted que vale más la clase turista de un 747 nuevecito que la primera de un desvencijado y vetusto Tupolev...
-¿747 es el número de mujeres que le han rechazado en lo que va de noche? Le felicito, señor Adamski; mejora usted con el tiempo...
-Por Dios, señores; compórtense -terció Ariane, ofendida-. Si esto degenera en una batalla campal como la del otro día los dejo a ambos...
-Después de cómo me humilló no estoy dispuesto a darle un minuto de tregua, Lippershey -dijo Adamski, retador y dolido-. Es lamentable que, estando en el mismo bando, tengamos que darnos de cuchilladas. Pero la Verdad no es patrimonio suyo. Haré lo que sea para demostrarlo...
-Me parece estupendo. Concierte una cita con los extraterrestres para que le entreguen de una vez por todas la maldita verdad. Y luego, cuando la tenga en sus manos, cuéntelo a todo el mundo, a su estilo; es decir, previo pago de una buena cantidad de euros.
-Ese consejo me lo da un espíritu puro que vive del aire, que nunca jamás ha publicado un libro y que no se aferra con uñas y dientes a su cargo universitario, al que ya debería haber renunciado si tuviera un poco de amor propio y respeto a sus semejantes. -Adamski abandonó de pronto el tono irónico-. Por su culpa, la sección de Parapsicología está en peligro de desaparición; por la mala fama que le da. Tendrá que responder ante las familias de Brendan, Marco y los demás como la Junta de Facultad decida suprimirla.
-No sea hipócrita; hable sólo por usted: ¿está preocupado por quedarse sin trabajo? Vamos, hombre; seguro que se las ingeniaría para medrar en otro oficio. Podría probar fortuna en un circo, como adivinador del pensamiento; su amiga la bruja, podría echarle una mano... y si no, de payaso...
Sergio frunció el ceño.
-A eso podría dedicarse usted, que tiene facultades innatas -dijo.
-Ya los avisé una vez... -gruñó Ariane, haciendo ademán de irse.
El doctor Adamski la agarró por el brazo. La mejor forma de fastidiar a Lippershey que se le ocurría era ponerle sitio a su secretaria.
-Diga lo que diga, y se ponga como se ponga, la señora Lavalle y yo nos vamos a bailar -dijo, con una voz basculante entre el timbre normal y el agudo de la excitación, aferrando la muñeca del objeto en disputa.
Ariane buscó con la mirada la aprobación de Sir Alex, quien, por sorpresa, se inhibió de emitir un fallo negativo. Su silencio parecía querer decir: “¡Adelante, diviértase con ese imbécil, que no tomaré represalias!” Y Ariane, muy instruida en la comunicación no verbal, así lo entendió.

*****

El caballero tenía en derredor tanta gente con quien meterse, que, enseguida, olvidó el agravio de Adamski. Vislumbró a lo lejos a Cristina D’Armani. Con resolución juvenil, recorrió los pocos metros que le separaban de la sacerdotisa de las Hijas de la Tierra, muy triste porque Anabel la había dejado plantada para cumplimentar a otros invitados, y también porque, minutos antes, había visto al chófer Filbert galanteando a su pequeña. Lo peor es que ya no los veía ni a uno ni a otra.
-¿Usted, qué quiere? -preguntó la solitaria al profesor, en cuanto notó su presencia.
-Invitarla a bailar, si no le molesta hacerlo con un falócrata...
Cristina se quedó desconcertada, casi consternada.
-¡Qué rarito eres, Alex! -exclamó, por fin, usando el tuteo-. Pensaba que estabas enfadado conmigo por lo que dije en aquella entrevista; bueno, y porque te tiré el champagne a la cara en la fiesta de la facultad... -y rió al recordarlo.
-Y lo estoy...
-¿De veras? Pues no me arrepiento ni de una cosa ni de la otra...
-Lo sé; solo los sabios rectifican sus errores.
-Y como yo soy idiota perdida... Ya; ya; mensaje comprendido. Te has acercado a mí para insultarme. Como hoy no tienes a mi madre para poder reírte de ella, quieres hacer lo propio conmigo.
Sir Alex contestó con serenidad y cierta calidez.
-No pretendo insultarte; es que estoy muy acongojado...
-¿Por qué? -Cristina miró hacia el lugar Ariane y Sergio danzaban-. Ah, ya; estás celosito. Tu nueva secretaria debe de ser una buena chica, pero un poco tonta, ya que te soporta. Te portas mal hostigándola, y ella no hace nada. Los crápulas están de enhorabuena con mujeres de esa catadura.
-Soy un hombre envidiado y, como tal, las calumnias llueven sobre mí. Pero tú, Cristina, sabes que dispongo de métodos más sutiles para conquistar a una mujer sin tener que acosarla. Pero no, no es por eso por lo que estoy intranquilo, sino por lo que tú y esa mala pécora de Anabel Spengler estáis pensando hacerle a Amelia.
Cristina aferró con ira el vaso de champagne.
-No metas las narices donde no te llaman, inglés. Esto no te incumbe...
-¿Cómo que no? No quiero que la perviertas. También es mi hija; al menos, eso fue lo que tú me dijiste.
-Te mentí; así que olvídalo -musitó la duquesa.
-No te creo...
-Nunca te ha importado un pimiento la niña, así que no sé por qué ahora te muestras tan interesado -le reprochó la mujer, juntando las cejas en el arranque de la nariz mendeana-. Déjala en paz. Lo que haya de ser, será...
-No, si yo puedo impedirlo. Que echaras a perder tu vida ya es inevitable, pero no consentiré que dejes a Amelia en manos de una persona tan mala como Anabel Spengler II...
-¿Por qué es mala?: ¿por qué tú lo dices? -la duquesa rió, echando la barbilla hacia delante-. ¡Pedazo de necio! Tú no sabes nada de nada...
Sir Alex dudó en decirle a Cristina lo que sí sabía sobre Anabel y su extraordinario poder sobre las mentes. La duquesa era tan tarambana que a lo mejor ni lo entendía.
Cambiando de actitud, la mujer dijo, en tono pausado:
-El sacrificio, como tú no ignoras, no es más que un símbolo. Una mera representación teatral. Antiguamente, sí que se le hacían presentes de ese tipo a la diosa pero eran otros tiempos menos hipócritas...
-Desde luego siempre es más sano poder sacarle las tripas a alguien sin que después te oprima la conciencia. Y mejor, si se hace por una causa tan noble como es la de adorar a una deidad vaga y etérea que no ha visto nadie.
-Etéreos son los dioses del sistema, no los míos...
-Ah, Cris, ¿por qué te has vuelto tan retorcida? Como aprendiz de Mesalina me gustabas más... -ironizó el caballero.
La duquesa tembló. Había pocas cosas en el mundo que le irritaran tanto como ese mote que él le había puesto. Sir Alex lo sabía, pero no se cortaba a la hora de repetírselo. El machismo más desbocado campeaba en tal reproche, castigo para la hembra voluptuosa y con iniciativa en el terreno erótico. Pobre de Cristina, que no había sido más que una mujer enamorada y tenía que sufrir que la insultaran por ello.
-La culpa de que cambiara fue tuya; esperaba mucho de ti y me fallaste.
-¿Habrías roto con tu prometido guapo, noble y joven por estar conmigo?
-No; casarme con él era mi obligación; pero verte a ti era un placer... El matrimonio no lo habría cambiado. ¡Si no hubiera sido por mi madre!
-Ah, caramba, entonces la culpa no fue mía... -apostilló el inglés, arrugando las cejas, más veloz que una culebrilla de mar.
Cristina enfurruñóse al darse cuenta de que había entrado en contradicción. Siempre le echaba la culpa a él, por inercia, aunque fuera un juicio erróneo e injusto. Pero no rectificó.
-Hiciste lo imposible por librarte de mí, después de haberme utilizado, claro está -dijo, agresiva-. ¡Cada vez que me acuerdo de tu cara de alegría el día que me dejaste!
Sir Alex estaba muy enojado por todo lo que oía, aunque pensaba que ella se lo decía para molestarle y no porque de veras creyera tener la razón.
-De todas formas -dijo él, en un tono más relajado, para impedir darle un gusto a la aristócrata que así le pinchaba-, nuestra relación habría acabado por romperse; entre nosotros había una notable diferencia de edad...
-¿Acaso no es la misma o parecida a la que existe entre tu secretaria tontorrona y tú? Agravado el caso por una cuestión de mera estética. Siento decirte, querido, que no es sólo la diferencia de edad lo que os convierte en una pareja risible, sino también la de estatura... -se burló la dama.
-Ah, pero la diferencia de centímetros no es problema; sólo se nota en posición vertical -replicó él, agudo-. Si ella me correspondiera, haría lo posible para que pasásemos el mayor tiempo posible tumbados, y de ese modo, evitar esa catástrofe estética que tanto te perturba...
Cristina, entre la rabia y la risa, respondió:
-Eres un cerdo machista; ¡qué cochinadas se te ocurren!
Justo en este momento, las luces se apagaron. Cristina se abrazó al cuerpo de Lippershey como una niña asustada.
Los cegatos oían risas por doquier, comentarios jocosos y hasta algún ulular de clásico fantasma de sábana y cadena. Los que daban un paso, tropezaban con el vecino; y si tenían mala suerte, se caían de bruces contra el suelo de mármol; algunas copas de cristal se estrellaron en las paredes, y no pocos aprovecharon para poner sus sucias manazas en ocultas regiones de las anatomías de sus parejas de baile; este fue, al parecer, el caso de Sergio Adamski, que, como pago a su supuesto atrevimiento, recibió un pisotón en el pie.
A los pocos minutos de iniciarse el caos, un rayo de luz brotó de las manos de Slavia, que había ido a buscar una linterna para iluminar el rostro de Anabel. Esta, encaramada en lo alto de una mesa, tranquilizó a los invitados, prometiendo que pronto volvería a funcionar el suministro eléctrico. Dicho y hecho. Al poco el nuevo amanecer fue celebrado con una salva de vítores y un clamor de risas, en especial, por los que ya tenían una copa de más. Cristina D’Armani respiró aliviada.
-¿Dónde se ha metido Amelia? -preguntó, mirando en todas direcciones con angustia. Vio al guardaespaldas, pero estaba solo. Que la señorita D’Armani no apareciera ni tampoco Filbert le dio pie a sospechar verdaderos horrores.
-¡Oh, Dios, cuando la pille la mato! Y a ese estúpido escolta lo pongo a la calle. ¡Si ese cerdo le toca un pelo a mi niña! ¡A saber dónde estarán! -Cristina se volvió hacia el sonriente profesor Lippershey, que parecía gozar con sus temores-. Eso es lo que tú quisieras, ¿eh? -le espetó la airada mujer-. Que ese criado me la desgraciase para que no pudiera participar en el ritual; pero no tendrás esa suerte... Mi niña sabe que debe reservarse. No es tan tonta como tú crees...
-Si Amelia ha salido a su padre y a su madre tu repugnante Reina de la Ira puede irse buscando otra virgen que corromper... -respondió él, deseando en el fondo, que fueran ciertas las sospechas de su ex novia.
-Cuando te refieras a la diosa habla con respeto, varón insignificante -dijo la duquesa con un tono más bien ridículo, por lo afectado y lo solemne.
-Dale esto de mi parte a la diosa cuando la veas -respondió el inglés, haciendo con su mano (con el dedo corazón, en concreto) un gesto de los que llaman obscenos.
Cristina lanzó un aullido de escándalo, que certificaba su rechazo hacia la blasfemia de Lippershey. ¡Que un hombre, un inglés, un seductor de tan baja estofa, un viejo chiflado como él, se atreviera a tanto!
Se alejó del infractor maldiciendo en menderek con las trazas de una bacante al final de la orgía dionisiaca, harta de vino. Aunque el conocimiento que de la lengua de Rumelia tenía el profesor se limitaba a unas pocas palabras, entendió que la aristócrata de la sangre de Cristo le había llamado, entre otras cosas: “hijo de la gran puta” y “cabrón”, dos conceptos con los que no se sentía en absoluto identificado. La música se recuperó con el regreso de la luz; la mayor parte de los festeros ni lo notó; debido a la ingestión abusiva de la sangre menstrual de Hera , tenían la mente en comunión con los dioses, y de allá arriba no había quien los bajara.
Una voz anónima instó a que se prepararan las piernas de los que se mantuvieran en pie, porque la orquesta iba a atacar los acordes de la tonada a cuyo son se bailaba la danza nacional de Mende, el Muserik nerekirrawol sienj. Todos los que respondían a esta descripción buscaron pareja de inmediato. Lippershey intentó localizar entre la multitud una cara conocida y amigable. Philip y Alma, como Amelia, se habían volatilizado. ¿Y Ariane? Adamski se había juntado con Cristina para criticarle, de modo que debía de estar sola. En efecto, en la cercanía del espejo, o sea, a salto de rana, Ariane luchaba por quitarse de encima a cuarentones sin pareja que le hacían proposiciones deshonestas inspirados por los espíritus del acquavite y del vinillo. El profesor acudió, raudo, al rescate de su secretaria, a quien no agradaban nada los satélites que orbitaban su masa, demasiado entreprenantes, nada polites .
-Veo que Adamski ya se ha aburrido de su compañía -musitó él, celebrando que así fuera-. Fíjese; no ha tenido reparos en sustituirla por la señora duquesa. Entre los dos me están pelando vivo...
-¿Acaso es usted adivino para poder saber lo que están diciendo? -preguntó Ariane, seria, casi enfadada.
-Leo en los labios... Aunque con Adamski me cuesta, ¡vocaliza tan mal! Mire, ahora ha dicho Cristina: “Ese cabronazo de inglés, ¿por qué no le echarán de la fiesta?” o algo parecido -susurró el profesor, atisbando secretamente los movimientos de la boca de la dama.
Ariane, que no estaba atendiendo, de súbito, zarandeó a Lippershey como haciéndolo blanco vicario de sus iras.
-¿Sabe lo que me ha hecho el canalla de Adamski? Cuando se apararon las luces, me tocó en... en, en un sitio que no debo decir... Y luego, el muy cobarde, lo negaba. Encima de que intentaba que fuéramos amigos...
Con esta información Lippershey tenía un nuevo motivo para alegrarse. Muy ufano, dijo:
-Ha sido una suerte que le haya tocado eso. Así se ha dado cuenta a tiempo de que yo tenía razón respecto a él... Desengáñese; no le dé ninguna oportunidad; él no dejará de ser un impresentable... Y ahora, vamos a bailar...
-¿Quiere hacerme pasar vergüenza o reírse de mí? -dijo ella, reticente.
-Con Adamski no tenía tantos reparos...
-Porque aquel era un baile normal, no el Muserik -aclaró Ariane.
-¡Basta de timideces absurdas! -exclamó él-. Seguro que ha hecho en la vida cosas más patéticas que bailar el Muserik.
-Pues no; yo soy una persona seria...
-¿Y no cree que ya va siendo hora de que deje de serlo?
Lippershey tenía las ideas claras sobre ese particular; siempre se había sentido orgulloso de su escaso sentido del ridículo; si no hubiera sido por esa virtud, que algunos consideraban defecto, no habría podido seducir ni a la cuarta parte de las mujeres que habían pasado por sus brazos. A sus años, por lo demás, ya no tenía que demostrar nada a nadie. Su filosofía era que, ya de ser viejo, al menos disfrutar de la libertad de acción y pensamiento que supone estar al final del camino y no necesitar de la aprobación del prójimo para medrar. ¡Qué le importaba la opinión ajena si no estaría mucho tiempo aquí! Esas preocupaciones, para los jovencitos, que tienen sesenta o setenta años por delante, pero no para él, que joven o viejo, siempre había sido un espíritu libre. Encorajinado por su convencimiento, arrastró a Ariane al centro del salón Dorado, donde se reunían las parejas que iban a tomar parte en la danza tradicional.
A una señal del director de la orquestina se situaron, los hombres frente a las mujeres, con los brazos a la espalda. Y entonces, empezó la música. Los pasos del muserik eran muy complicados, pero todos los habitantes del Valle los conocían al dedillo; su aprendizaje formaba parte de los planes de estudio de los escolares rumelienses; los padres alentaban a sus hijos para que fueran aplicados reteniendo la coreografía completa, no por amor al folklore, sino porque el nefasto PIR había hecho aprobar una ley por la cual, para acceder a un empleo público cantonal, el sueño de todos los aspirantes a trabajadores (los funcionarios no pegan ni sello, o dicho con las palabras de un pobre contribuyente maltratado por la administración, los funcionarios no funcionan), se debía superar un examen de aptitud en baile Muserik. Y no se crea el lector que por esta humillación debía de pasar solo el bajo funcionariado; a subsecretarios de departamento bien cebados y sin ninguna gracilidad se había visto someterse a la prueba de amor a la patria chica delante de adustos tribunales curados de espanto.
Los agudos quejidos de los violines, guiados por la voz que cantaba a toda velocidad, y por su tacón, que marcaba el ritmo, invadieron la Sala Dorada. Los que no se aguantaban derechos animaban dando palmas a los danzantes, que se descoyuntaban con mucho garbo. Los menos prácticos olvidaban pasos y doblaban el codo cuando tocaba doblar la rodilla; o giraban en sentido contrario a las agujas del reloj, contradiciendo la norma y provocando la hilaridad del público. A Ariane, que pertenecía a este gremio de inútiles y lo único que hacía era tratar de imitar malamente los movimientos de sus vecinos, para colmo, le entraba la risa al ver a Lippershey vestido de arberiano y con aquella pinta tan saltimbanqui; es que no podía, no podía... La rodeaba con sus brazos, y ella riendo; de verdad, que no podía... Entonces si que le hubiera venido de perlas un vasito o dos de vino tinto de las bodegas Spengler.
Tan concentrados estaban en su diversión que no se apercibieron de que Anabel había salido del grupo.
La baronesa, de repente, había dejado de escuchar el sonido que atronaba a los demás; las imágenes distorsionadas que recogían sus ojos le impedían reconocer los objetos y las personas; todo parecía emborronado, superpuesto, doblado y fundido como bajo los rayos de un sol cercano. Tambaleándose, buscó la pared, tropezando con los invitados a los que casi no podía distinguir ni oír ni oler. Se llevó las manos a la garganta; los músculos del cuello rígidos, como el hierro del garrote vil, presionaban su tráquea. Tenía el rostro demudado. Slavia acudió presto a su lado, procurando no atraer la atención de la gente que seguía el baile. Sin pudor, le acarició los cabellos, pero ella estaba ausente, con la mirada paseándose por el techo. La crisis era inminente. El criado la apoyó contra el muro. De golpe, apretó las sienes con ambas manos; y gritó. Slavia la sujetó para evitar que se desmayara; pero Anabel lo apartó con violencia. Un nuevo grito traspasó los paredones del castillo. Los invitados volvieron los ojos hacia ella; la música dejó de sonar; e incluso los danzantes más alocados, detuvieron su frenesí. La baronesa se había arrojado al suelo; y pataleaba y chillaba como una bestia herida.
-¡Pobre mujer! -exclamó Ariane, jadeando todavía por el esfuerzo.
-Bah, teatro -arguyó glacial, mister Lippershey, mirando de reojo las alharacas de la doliente.
Slavia, erigido en amo del castillo, pidió a los curiosos que desalojaran las salas: la fiesta se había acabado. Los pies empezaron a moverse hacia la salida seguidos de comentarios de toda índole. En pocos minutos, quedaron en el salón Dorado apenas siete personas: el doméstico, Cristina, Lippershey, Ariane, Adamski, el guardaespaldas y Lucián Faenza, que se había colado en la fiesta y en ella había permanecido invisible, con el único propósito de seguir con la mirada al objeto de su pasión, el que, precisamente, y él pensaba si no sería castigo por su desdén de la tarde, lloraba y gemía como si le hundieran clavos ardientes en el rostro y a la par fustigaran sus costados con lenguas de fuego.
Con un último espasmo de dolor Anabel perdió el conocimiento; era lo mejor que podía ocurrirle en tales circunstancias. Slavia la tomó en brazos, pero Lucián, haciendo valer su mayor fortaleza y casi también un mayor derecho, se la arrebató, y la llevó, escaleras arriba, seguido de cerca por Cristina D’Armani, bastante celosa, y por su guardaespaldas.
-Y ustedes, váyanse a dormir -ordenó Slavia a los demás, sin especificar si debían hacerlo juntos o por separado.
-Pero la señora... -musitó Lippershey.
-No se preocupen, le ocurre a menudo -dijo el mayordomo, estirando la chaqueta de su uniforme-. Mañana se encontrará mucho mejor. Acuéstense tranquilos...

Comentarios

Añadir un comentario