El Cultural -Magazine de El Imparcial

jueves, 04 de enero de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 35

CAPITULO 35

Castillitos a mí


Gracias a la doble protección, Ariane pudo dormir a pierna suelta algunas horas. Su sueño, no obstante, se vio alterado por varias pesadillas que chorrearon sobre sus ojos mentales, imágenes de la fiesta, nimbadas por un filtro azulado, y muy distorsionadas por obra de la fantasía. En ellas, Anabel Spengler era la anfitriona de un banquete de vampiros, que, puesta en pie sobre la mesa, señalaba a las víctimas que habrían de servirle de aperitivo. El primero en caer había sido Lucián Faenza... Al revés que los vampiros de toda la vida, aquella Anabel nunca saciada era sólo visible como un reflejo en el espejo del Salón Dorado. Le preguntó: “¿Acaso sólo eres una sombra?” A lo que ella, volviendo los ojos, esos ojos ardientes como el fuego, hacia la soñadora, respondió, con una voz sin cuerpo, ni femenina ni masculina, sino las dos al tiempo: “Tú sabes quién soy yo...”
Las luces de la mañana irrumpieron en la alcoba cambiando por completo su fisonomía. Ariane despertó en el instante en que un tímido rayo de sol le calentó la mejilla; alguien la había arropado y le había colocado encima una manta suplementaria. Estaba sola.
Lo más rápido que pudo, para no dar facilidades al frío, que le lanzaba mordiscos malintencionados, se vistió. Luego, guardó toda la ropa en el bolso de viaje e hizo la cama. Una vez cumplimentados tales trámites, salió al pasillo. Oyó una voz: era Sergio, que gritaba y aporreaba la puerta. Una mano nada inocente le había encerrado con llave. Afortunadamente, la había dejado en la cerradura. Ariane la giró sin perder un minuto.
El doctor le explicó que Lippershey le había sacado del lecho calentito, antes de que amaneciera, so pretexto de contarle algo importante; lo había llevado a su cuarto para no despertarla, y una vez lo tuvo en la jaula, lo dejó allí prisionero.
-Pretendía mantenerme alejado de usted, como si yo fuera un violador o algo así, mientras él iba a explorar el castillo -dijo Sergio, dolido por la falta de confianza.
-Entonces, Lippershey se ha ido... -murmuró la señora.
-Sí, y creo que tuvo un altercado con el mayordomo por lo de Lucián y Cristina; los oí discutir desde detrás de la puerta.
-Por cierto, ¿cómo estarán los enfermos esta mañana?
-Nos interesaremos después; ahora tengo un hambre tan feroz que me comería un elefante... ¿No es la hora del desayuno?
Ariane también tenía ganas de hincarle el diente a algo sólido. Sin más preámbulos, se fueron a las cocinas. Allí toparon con Alma y Philip, que daban buena cuenta de una pila de rodajas de pan de molde con mermelada.
Cuando les preguntaron si habían visto a Lippershey, asintieron. Había estado desayunado, escuetamente, con ellos, y luego se había marchado.
-Y vosotros, ¿dónde estuvisteis anoche? -preguntó Ariane-. Os echamos de menos en la fiesta.
Alma no puso freno a la lengua y, aunque no era prudente poner al descubierto secretos ajenos, contó todo lo que había oído y visto en la cripta, con las mismas palabras con las que se lo había relatado a Lippershey cuando, un poco antes, éste les había demandado tal información, para vergüenza de Philip, que deseaba olvidar aquel episodio cuanto antes. No encontraba nada gracioso en lo que le había pasado a la baronesita.
Adamski escuchó con interés hasta el último detalle de la historia, lamentando no ser tan guapo, joven y fornido como el chófer de la señorita Spengler. La hija de su amiga Cristina le excitaba de manera enfermiza desde antes de que ésta tuviera edad para ello. Pero la niña le despreciaba olímpicamente, como hacían todas; no entendía cuál era la razón; no era tan horrible de cara, ni tenía el alma tan nauseabunda como para que no hubiera nadie en el mundo que no sintiera por él una pequeña simpatía. Con los hombres era más fácil: discriminaban menos sus conquistas, pero tampoco ellos le apreciaban mucho. ¿Dónde estaba el quid de la cuestión? ¿Acaso Sir Alex era más guapo que él? ¡Ni pensarlo! ¿Por qué, entonces, uno producía rechazo hasta entre los menos exigentes y al otro se le ofrecían incluso mujeres de categoría y mucho más jóvenes? ¿Degeneraba el gusto femenino? ¿Le habría maldecido en la cuna alguna hada mala? ¿Era por su manera de vestir? ¿Por su carácter? ¿No eran peor los delincuentes y la mayoría de ellos tenía una o varias mujeres que iban a visitarlos a prisión, cargando con el descrédito que eso supone? Aún estaba Alma haciendo guasas a costa de los amantes nocturnos cuando el doctor Adamski, de repente, rompió a llorar. No sabían si es que le dolía algo o es que ya había probado el café de Slavia, que era, ciertamente como para darse al llanto. Ariane, le rodeó cariñosa y maternal, con su brazo; era la primera vez que alguien que no era su madre, hacía eso. Pero pensar que incluso aquella mujer prefería a Lippershey, que era inglés, viejo y soberbio, le volvió a llevar a la tristeza.

*****

De retorno de su visita a Lucián Faenza, al que encontró platicando con su hermana, mucho más lúcido y vital, Sir Alex se tropezó en el pasillo con Amelia, que le contó, entre gimoteos, como, muy de madrugada, había descubierto a su madre, como muerta, y a Pedrito Sans (el guardaespaldas) en el mismo estado. Por mucho que los había zarandeado, insultado, tirado de los cabellos y hasta abofeteado, ninguno había salido de su profundo sopor, que ya empezaba a temer, fuera antesala de un sueño del que no se vuelve... Había intentado pedir ayuda a Slavia y a Filbert, pero estos se habían mostrado intratables.
Sir Alex, trató de convencer a la muchacha de que sólo estaban hipnotizados; de que con unas cuantas maniobras los volvería a la normalidad. “En el caso de tu madre, nos tendremos que conformar con el estado que en ella es normal, que no es, precisamente, una maravilla...”, dijo, para quitarle hierro a la situación. Amelia no le vio la gracia al chiste.
-Salve a mamá; por favor -gimió, enganchada con fuerza en las solapas de la chaqueta del inglés-. Usted fue novio suyo; lo sé todo; seguro que todavía la quiere, aunque sea un poquito. Sálvela, sálvela, y le daré todo lo que tengo. Hasta un condado: mi mamá tiene muchos. Sí, sí; si me hace este grandísimo favor le convertiré en conde Lippershey.
-No te angusties, pequeña. Haré todo lo que esté en mi mano -prometió él, acariciándole aquellos rubios cabellos que eran del todo de la parte de Cristina.
Al hipnotizador le subió el ánimo al lograr sacar a Pedrito Sans del trance cataléptico a la primera. El hombre no recordaba los sucesos de la noche anterior. Después de infructuosos intentos por devolverle la memoria, lo mandó a descansar. Le tocaba el turno a Cristina.
En media hora, no realizó ningún progreso. Anabel se había ensañado con ella. El oscurecimiento de su consciencia no le permitía acceder al interior de su psique; pero tenía que existir alguna forma de tender un puente que un hombre ingenioso no tardara en descubrir. De repente, se le ocurrió una idea: hizo creer a Cristina que llegaba la revolución a acabar con sus privilegios de clase, que ya la turba clamaba en las puertas de su palacio por el reparto de las riquezas injustamente habidas por sus antepasados y acaparadas por ella; que un montón de inmigrantes del Tercer Mundo se mezclaban con la raza pura mendeana dando origen a una gente mestiza que no sabía bailar el Muserik ni hablaba en Rumeliak; que se proclamaba la República y se prohibía la aristocracia...
Las pestañas de la mujer empezaron a subir y a bajar rápidamente como por efecto de un tic; él la llamó por su nombre y ella, aún hipnotizada, respondió. Antes de sacarla del sueño, la llevó a la noche precedente para que le contara el penoso hecho que la había conducido a tal estado. Cristina se sobresaltó al recordar las terroríficas imágenes que yacían sepultadas bajo una opaca capa de cieno: aquellos ojos orbitados por un aro verde, clavados en un rostro de furia, que, difícilmente, se podía asociar al de Anabel Spengler, aunque, por supuesto, se trataba de ella.
-¡Dios! Se puso como una loca... ; sólo porque le dije que no le iba a dejar con ese hombre, ese Faenza... -explicó la duquesa, la lengua sin fuerzas-. Parecía un, un, un...
-¿Un monstruo, un ser no humano? -sugirió el profesor.
-Sí -confirmó Cristina, que había encontrado muy certera la descripción de Sir Alex; y al recordarlo empezó a temblar.
El profesor, en evitación de males mayores, la sacó del trance.
-La había visto enojada; y a su tía también... -continuó la mujer, ya en vigilia, meciendo ostensiblemente el pecho arriba y abajo-. Pero anoche me asusté de veras. Parecía posesa; dominada por un espíritu salvaje ¿No será, acaso, el diablo, la misma Reina de la Ira, o algún demonio menor o elemental, que ha aprovechado nuestros ritos extáticos para colarse en su cuerpo?
-Lo dudo mucho: Anabel no es, en absoluto, elemental -respondió Lippershey en tono irónico, para desdramatizar.
-En este castillo están todos locos -lloriqueó Amelia. Cristina le mandó una mirada de las que hacen rozadura.
-A ti también te tengo que ajustar las cuentas. ¡Desaprensiva! Te largaste de la fiesta sin decirme nada... y encima con una compañía que no me gusta; ¿qué hiciste, mala pécora? ¿A qué clase de imprudencias te entregaste lejos de los ojos de tu afligida madre?
Amelia se puso roja como un tomate; si su madre se enteraba de lo sucedido en la cripta... Antes de que su silencio, largamente prolongado, la acabara de delatar, Lippershey le echó un capote.
-No te alteres: tu muchacha es de armas tomar; me ha contado que le arreó un puñetazo al chófer -dijo el profesor-. El tipo andaba muy pesaroso con el ojo medio cerrado.
-¿Y qué quería que hiciera? -replicó, aguda, la joven, atrapando al vuelo el cable que le echaban- El muy fresco quería que le diera un beso en la boca, y yo no hago cosas semejantes con la servidumbre...
-Ni con nadie más, espero -añadió Cristina, más calmada.
-¡Por supuesto que no! Pero no te preocupes, mami; más tarde, cuando te hayas recuperado del todo, te contaré las cochinadas que ese sucio plebeyo me susurró al oído. Ya sabes que yo no tengo secretos para ti. Anda, descansa un poquito, que tienes mala cara...
Amelia ayudó a su progenitora a recostarse. Lo que había dicho sobre su cara era la única verdad entre un mar de mentiras. Apenas Cristina posó su aristocrático rostro sobre la almohada, se quedó dormida. Alex y Amelia abandonaron con pasos quedos la habitación.
-Gracias, gracias; por ser tan galante, por salvar a mi madre... y por mentir por mí -dijo Amelia al caballero, conmovida.
-Do ut des , jovencita -le descerrajó éste, sonriendo con malicia-. Quiero que me proporciones información sobre la secta de tu madre.
-Yo de eso no sé casi nada -dijo la muchacha-. Mamá me mantiene alejada de la sociedad hasta que cumpla los dieciocho años, cuando reciba mi iniciación, ya pronto... Será entonces cuando entre en posesión de los secretos de la Madre Tierra -explicó, con burla.
-¿Sabes en qué consiste?
-No exactamente; pero lo supongo... ¡Conociendo a mi madre! -comentó la baronesita, divertida-. Sólo puedo repetir lo que me han contado, que se reúnen en sitios al aire libre y montan bacanales en las que corren el vino y las drogas, y allí se mezclan todos, hombres y mujeres...
-¡Ah! ¿Hombres también?
-Sí, sí; las doncellas consagradas a la diosa pueden estar con un hombre durante las ceremonias. Creo que esta norma la instauró mi madre hace un año, cuando murió la vieja loca. Ahora mamá está enamoriscada de su sobrina, que, a mí, me cae igual de mal que la otra... Un día las vi en la piscina: mami la besó y le dijo, luego: “No se lo digas a nadie, por favor” ¿Qué le parece?
-Que a eso se le llama hipocresía...
-Lo sé; pero a mí no me importa el que dirán. Si me gustan más las chicas, ¿qué le voy a hacer?
El profesor Lippershey se metió las manos en los bolsillos.
-La adolescencia es una fase de confusión; dentro de un par años o menos te volverán tan loca los hombres como a tu madre. En fin, no creo que haya que esperar tanto; un pajarito me ha dicho que anoche tuviste algo más que palabras con el tal Filbert.
La joven se abanicó con la mano como si hubiera sufrido un súbito sofoco.
-¿Piensa que yo me relacionaría con gente tan baja? -replicó la chica con actitud engreída, propia de su condición-. Soy la baronesa Boscorreale, de la ilustre familia de los D’Armani, descendientes por línea directa de Jesucristo y la Magdalena, de los reyes merovingios, de Dagoberto II de Francia, portador de la preciosa sangre Real; emparentados con las casas de Orleans, Habsburgo, Lorena y Alba; con los Hannover, los Romanov, los Borbones, los Grimaldi, los Windsor, los Thurn und Taxis y hasta con Vlad Tepec, príncipe Draculea. Con estos genes una no puede sentir la menor atracción por un descastado.
Lippershey no se sintió, en absoluto, abrumado por la lista de apellidos gloriosos que desde las ramas de su árbol genealógico Amelia le había lanzado a la cabeza.
-Muchacha; es inútil que mientas; tú no me conoces... -le dijo, en tono misterioso-. Soy medio mago y medio adivino: sé que anoche te acostaste con Filbert, y podría describirte incluso las circunstancias en las que sucedió. -Ante la expresión de desconcierto y terror de la joven, Sir Alex relató su aventura en la cripta donde yacían Anabel Spengler I y otros ilustres cadáveres, de manera tan minuciosa que, de veras, ella creyó que era un brujo que había consultado con su bola mágica para descubrirla en su intimidad. El rubor cubrió le cubrió las mejillas.
-No te pongas nerviosa -le suplicó el profesor-. Me parece bien que los jóvenes gasten sus energías en esos menesteres: es conforme a las leyes de la naturaleza. Lo único que me disgusta es que lo hayas hecho tan mal...
-No se lo dirá a mi madre, ¿verdad? -musitó la chica, atragantada, tartamudeando.
-Por tu bien, debes confesárselo -informó el caballero.
-¿Por mi bien? ¡Me asesinará, me sacará los ojos, me hará picadillo... !
Amelia empezó a hacer pucheros como una niña, enrollada en posición fetal en una silla del cuarto donde habían ido a charlar.
-Usted se lo dirá; lo sé; tiene razón mi madre: es malo -sollozaba, de tanto en tanto, cuando las lágrimas le dejaban articular frases coherentes-. Pero si le va con el chisme, le diré que se lo ha inventado, que sólo quiere lastimar...
-Mi único interés es salvarte.
-¿De qué?
-Bajo pretextos seudoesotéricos y seudofeministas, la secta de tu madre mata niños, adolescentes y hombres; y eso es delito, no creo que lo ignores.
-¿Que mi madre hace sacrificios humanos? -la niña, entre el llanto, echó una risita breve-. No conozco a nadie que haya visto ninguno, y si yo supiera que ella está metida en algo así, me lo callaría: ¡es mi madre!
Sir Alex vio en el orgullo de raza de la joven un reflejo de la mala catadura de Cristina. La agarró con violencia por la muñeca y la obligó a mirarle a la cara.
-Escucha, pequeña: si te metes en esa secta te obligarán a cometer nefandos crímenes...
-¡Yo no he hecho nada malo...!
-Pero lo harás, y será durante la ceremonia de iniciación cuando empieces...
-No sea retorcido; será una fiesta superfina, palabrita de honor: nada de sacrificios ni de sangre.
-¿Crees que se trata de una puesta de largo? -protestó el caballero-. No tienes ni la menor idea de lo que te espera. Escucha lo que las antepasadas de tu madre hacían en sus fiestas superfinas: para realizar el bautismo, la sacerdotisa mayor, aparte de la exigencia del sacrificio humano, pedía una demostración de virginidad, porque esa noche era cuando la aspirante debía perderla. Pero, ¡hija mía!, vas a defraudar las expectativas de la Gran Diosa, de lo cual me alegro profundamente...
La señorita D’Armani sufrió un estupor paralizante.
-¡Entonces era por eso! -exclamó-. Por eso quería que fuera al ginecólogo; por eso está todo el santo día dándome la lata con que me preserve... ¡Oh, cielos: estaba pensando en la ceremonia de los demonios! -musitó con voz entrecortada-. Pero, ¿qué voy a hacer ahora? Mamá me azotará cuando sepa que he arruinado su preciosa fiesta. ¡No hay derecho! Quedaré como una ramera delante de todas esas mujeres, y todo por una noche, por una vez; ¡y pensar que ni siquiera me gustó! Porque ella no se tragará que me he roto esa estúpida membrana montando a caballo, no se lo creerá...
-Por eso debes decirle la verdad -le sugirió Lippershey-. Sólo de ese modo te librarás de la ceremonia. La única razón por la que antes te encubrí fue porque Cristina está demasiado alterada como para que le den malas noticias... pero en cuanto pasen unos días, te sincerarás con ella...
-¡No puedo!
-¿Prefieres matar a un inocente para darle gusto a tu madre?
-¿Matar? Ya le he dicho que yo no mato ni una mosca.
-Júrame que no lo harás aunque te obliguen, que cuando tengas noticias de la fecha exacta de celebración de cualquiera de sus reuniones me lo comunicarás a escape. No permitas que te hagan encubridora ni cómplice de sus macabros divertimentos...
La muchacha asintió, que no es lo mismo que jurar; pero él pareció quedar más tranquilo.
-¿Puede saberse que interés tiene usted por mí? -preguntó la baronesita, limpiándose las lágrimas secas de la comisura del ojo.
-Me siento culpable de que Cristina haya caído en malos pasos -dijo, sonriendo con falsedad-. Quisiera pagar mi error haciendo algo bueno por ti, que eres tan parecida a ella. -Lippershey abrazó un tono más desenfadado-. Vamos, pequeña, alegra esa cara. ¡Tienes diecisiete años! Tu obligación es reír y cantar, ¿qué es eso de soltar lagrimones por una nimiedad? No hay razón para que te aflijas: eres rica, preciosa y joven, ¿qué más quieres? Millones de chicos que no tienen nada son explotados en el mundo. Yo mismo, de menos años que tú, ya tenía callos en las manos.
-No me lo creo -dijo Amelia, rescatando su hermosa sonrisa, herencia paterna-. Usted es tan de familia rica como yo...
-Sí; es cierto; pero cuando tenía catorce años me fugué de casa para ir a la vendimia al sur de Francia: estaba pasando una época de solidaridad con los proletarios, quería saber qué siente la clase trabajadora, experimentar la camaradería que existe entre los obreros manuales, aprender... Pasé quince días arrancando racimos de sol a sol...
-¿Y qué enseñanza sacó de eso?
-Que el que pueda no ser proletario que no lo sea. Duelen demasiado los riñones y la paga es exigua...
Amelia se rió sin control.
-¡Qué estampa tan chistosa haría usted entre las viñas! No me lo imagino, con la pinta que tiene, doblando el espinazo.
-Yo, a quien no me imagino es a tu madre, que nunca ha dado un palo al agua.
-Oh, pues yo pienso hacer lo mismo; soy una holgazana de nacimiento. Y, como usted dice, si no te hace falta deslomarte para sobrevivir, ¿por qué hacerlo? A mí los ricos que trabajan me parecen unas personas detestables; en cierto modo les quitan los mejores empleos a los pobres, porque una persona de buena familia no va a ser calderero o electricista; será presidente ejecutivo de alguna sociedad o relaciones públicas de alto estánding. Es una insolidaridad fingir que te ganas la vida, quitándole el pan a quien de veras ha luchado duro para lograr un puesto importante...
-Nunca lo había mirado bajo ese prisma -dijo Lippershey, simulando que le parecía una conclusión de genio-. Tienes madera de especuladora filosófica o reformadora social, ¿de quién habrás heredado esa vena de inteligencia superior?
-No tengo idea: en mi casa nadie piensa esas cosas.
Sir Alex se rió por lo bajo.
-¿Sabe? -continuó la chica-. Con usted se puede hablar. Mi abuela dice que es un chistoso, que siempre está haciendo gansadas, como si su mente fuera la de un niño, un niño atrapado en un cuerpo viejo. Me gustaría ser así de mayor. Me resulta muy agradable, aunque me diga esas cosas horribles sobre sectas y muertes. Comprendo perfectamente lo que mi madre vio en usted...
-No te engañes -respondió él, con falsa modestia-. Ella no apreciaba mi personalidad: sólo quería sexo.
-No; ninguna mujer quiere sólo sexo...
Sir Alex asintió con tristeza. Luego dijo:
-¿Qué querías tu anoche?
-Nada; me dio pena Filbert; parecía desearlo tanto -dijo la muchacha, avergonzada.
-Jamás te acuestes con nadie por compasión, hazlo por placer. Si sólo buscas el agrado ajeno, te anularás como persona y acabaran por despreciarte. Debes ser siempre la que lleve el mando, decir sí cuando quieres decir sí, y no, cuando no te apetezca. Si un hombre te amenaza con dejarte porque tú has puesto las reglas es que no te quiere de verdad. Y, por supuesto, intenta conseguir siempre el máximo de placer; un placer grande es mejor que uno pequeño, pero no pierdas el respeto por ti misma para lograrlo.
-¿Eso son consejos? -rió la jovencita, sorprendida-. ¡Ni que fuera mi padre!
-Tenlos en cuenta aunque no sea tu padre -susurró él, adelantando el labio inferior en un rictus risueño-. No hay nada que produzca más sufrimiento que una relación íntima a disgusto. Un día de estos te enviaré a casa un libro sobre estos temas que te vendrá que ni pintado.
-¿Un libro sobre educación sexual? ¡Ya tengo muchos y son aburridos!
-No; no es ni parecido a esos panfletos de las monjitas de tu colegio; es una novela semiautobiográfica que escribí hace algún tiempo. Se titula “La historia verdadera de un seductor inglés” y es muy educativo...
-Pero, ¿usted escribe?
-Alguna novelita en mis ratos libres, pero ésta es la única que he publicado...
-¿Habla en ella de mi madre?
-Eso tendrás que adivinarlo, pequeña -dijo él, apretándole la naricilla mendeana.
Sir Alex y Amelia, departiendo animadamente, se fueron a las cocinas, donde estaba el resto de invitados. Al cuarteto se habían unido Slavia y Filbert, quien, al ver entrar a la baronesita miró hacia otro lado. Al profesor Lippershey le dieron ganas de estamparlo contra el techo: ¡tan joven y tan burro! Merecía una tunda de palos. Amelia, muy digna, elevó su puntiaguda barbilla con empaque orgulloso. Slavia, tieso como un palo, se dirigió a Sir Alex.
-Señor; me parece que lo más oportuno es que se marchen. La señora ha salido de viaje y no podrá atenderlos. Me ha pedido que la disculpe.
-¿Quiere decir que se ha largado sin despedirse? -dijo Lippershey, con evidente enfado.
Hubo un rumor de sorpresa entre los visitantes que daba fe de que el sentimiento del inglés era compartido. Slavia, rocoso, insistió.
-Ha tenido que ausentarse por motivos de trabajo. Deben entenderlo...
Amelia saltó.
-A mí me parece una falta de respeto desaparecer de esta manera después de lo que le hizo a mi madre. Exijo una explicación.
-Señorita D’Armani -musitó Slavia-. Avise a la señora duquesa de que debe irse. Los demás, hagan el favor de no demorarse.
Como quiera que los ánimos ya se habían calentado en demasía, todos, incluida la eximia duquesa de Miramar, aún un poco aturdida, abandonaron las dependencias de Fortcastel. El fin de semana de Ariane y Lippershey había terminado antes de tiempo y de la manera más brusca.

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