El Cultural -Magazine de El Imparcial

viernes, 12 de enero de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 36

CAPITULO 36



Nada más entrar en casa ese domingo, Sir Alex se encontró el vestíbulo en completo desorden: los muebles corridos, las alfombras enrolladas en las esquinas, jarrones rotos por el suelo, como si la Caballería Ligera de Calcuta hubiera hecho en él sus prácticas de equitación. Lo primero que pensó fue que se trataba de un robo efectuado por delincuentes comunes que, al no dar con nada de valor, habían arremetido contra las antigüedades de pega. No obstante, le pareció extraño que los ladrones no hubieran reparado en la calidad auténtica de varios de los relojes de su colección.
Cuando llegó al pasillo y vio las cajas que contenían los papeles de Basquit, reventadas, volcadas y con su preciosa carga disminuida, supo de fijo que algo más grave había ocurrido. Dejó la maleta Samsonite y corrió, acuciado por una sospecha insoportable hacia el despacho de Ariane; allí, el espectáculo de destrozo se repetía: alguien había robado documentos de su archivo, usando de una escasa delicadeza. La foto de Marián de Castro, y su ampliación habían sufrido también mudanza de manos: ¿habría sido Anabel o algún esbirro mandado por ella?
Permanecer sólo en aquel caos le amargó y deprimió. Pero se remangó y recogió el estropicio. En cuando terminó, ponderó los desperfectos y las ausencias, y dio parte a la policía, que no mostró mucho interés: no eran más que “puros documentos sin importancia”.
A la mañana siguiente, lunes, Ariane quedó espantada al enterarse del suceso; aquella era una piedra más que se unía al montón que constituía la imagen de la baronesa, que tomaba, día a día, más tamaño y tenebrosidad.
-Se lo ha llevado todo, todos los papeles que citaban su nombre, aunque fuera de pasada -confirmó Sir Alex, dando vueltas de un lado a otro, con movimientos espasmódicos-. Las fotos, los dossieres, los pliegos sueltos, las carpetas de Basquit, todo, todo... ¡Con el tiempo que llevaba esperando para poder acceder a esta información...! Por lo menos de mis expedientes tengo una copia en disquette que guardo a buen recaudo, pero lo de Ander se ha perdido para siempre...
Ariane se encogió de hombros con un punto de aflicción. Lanzó un suspiro.
-Y la culpa es mía; porque fui yo quien le reveló que estábamos en posesión del dichoso archivo...
Sir Alex la abrasó con una mirada punitiva. Ella se sintió aún más pequeña. Volvió a suspirar.
-Al menos la correspondencia privada del señor Basquit se les despistó... -dijo la mujer, en tono bajo para no irritar tímpanos inflamados, abriendo el cajón derecho de su escritorio, donde había guardado varios fajos de cartas amarillentas, que, aunque revueltas y sacadas de sus sobres, allí seguían mezcladas con el correo de Sir Alex.
-¿Cómo dice? -preguntó él, extrañado.
A Ariane le costó reconocer que había desobedecido sus órdenes. Cuando empezó a poner concierto en el material había colocado a un lado todo lo perteneciente a la esfera privada del antiguo propietario, con el propósito de devolvérselo a su viuda. Lippershey enterado de esta idea, había dicho: “Los muertos no tienen privacidad”, añadiendo el mandamiento de que no se le ocurriera hacer tales distingos. Pero ella, que había guardado silencio, dando a entender que aceptaba el principio de obediencia debida, había marginado las misivas familiares y amistosas, que por lo visto, a los ladrones tampoco les habían suscitado interés.
Lippershey, rabiado, le pidió que le entregara las cartas; con la misma faz de tribulación se fue a la biblioteca a leerlas; seguía creyendo que los muertos carecían de vida privada.
Una llamada de teléfono, a las 11:20, sacó a Ariane de sus tareas: la hermana de Ariel Varnemati, con quien debían reunirse el miércoles para efectuarle la segunda regresión, le comunicó que ya no sería posible. La noche anterior, después de una semana en la que había alternado periodos de franca mejoría con otros de decadencia, Ariel había pasado, por fin, a mejor vida, lo cual, aplicado a él, no era una frase hecha sino una triste y exacta descripción de la realidad. El cadáver, adornadas sus sienes por la corona de laurel de la juventud, sería inhumado por la tarde; la familia rogaba que se abstuvieran de asistir al funeral. Un breve agradecimiento a Lippershey por las molestias que se había tomado puso el punto final a la charla telefónica.
El profesor se quedó mudo durante unos segundos; no parecía afectado en superficie, pero lo estaba íntimamente. Ariel, que era, quizás, la única persona que había visto actuar a alguien de la secta de Anabel y había vivido lo suficiente para contarlo (aunque no las acusara de manera cierta) se había desvanecido como el humo y ya no era más que un recuerdo.
-Bueno; así es la vida -dijo, flemático; y volvió a enviar a la secretaria a su rincón para poder leer tranquilo lo poco que había quedado del legado de Ander Basquit.
Rápido apuraba nuestro héroe las misivas que de tan cotidianas y prosaicas no lograban colmar sus expectativas fantasiosas. Una de ellas le llamó la atención; no estaba fechada, la firmaba un tal “K. S.”, y su contenido, a fuer de delirante, resultaba ininteligible, en su primera lectura. Decía así:

Querido Ander:
F.V. no sabrá resolver el problema. Chico tonto. Todo el día leyendo ese cuento. Tampoco es tan difícil si lo lees con detenimiento. Ya te lo enviaré. De momento estoy comprando ropa para el viaje. Creo que elegiré una chaqueta negra, una corbata roja, y algo blanco.
Se despide de ti, desde el número 3 de la Rúa Ibarna.
K. S.
S.T.T.L.

Era chocante que un hombre escribiera una carta a un amigo para hablarle de ropa; el hecho de que fuera tan ridículo fue lo que excitó su imaginación y le hizo examinar la carta con más detenimiento.
Notó que el número que aparecía (3) era ligeramente más grande que las letras. Y algo más: las siglas “F.V.” y las iniciales ‘R’ e ‘I’ estaban escritas con un trazo más grueso, como realzadas en negrilla. Sir Alex le pasó la carta a su secretaria para comprobar si sus apreciaciones eran mera ilusión óptica; ella las confirmó.
-El día que Iulius Klaines desapareció -le recordó Sir Alex, que había recuperado el brillo de los ojos- estuvo en casa de Basquit; llevaba una carta que, según todos los indicios, no dejó. Pero, ¿y si no fue así? ¿Y si Iulius Klaines mandó a la señora de Basquit a hacer una tisana para poder esconderla entre las cosas de su amigo? Podría habérsela entregado a la mujer, pero ¿y si no quería que ni siquiera ella la viera? Ya sé que suena descabellado pero me da en la nariz que ésta precisamente, fue la famosa misiva.
Ariane sonrió escéptica y muy curiosa.
-¿Por qué lo sabe? No hay ninguna indicación que así lo dé a entender, ni una fecha...
-¡Eso lo dirá usted! En el texto Iulius Klaines (aceptemos que K.S. son las iniciales de su seudónimo Klaus Spengler) hace referencia a la inminencia de su deceso, aunque no lo crea, e incluso, alude a las personas que pensaba lo iban a ejecutar: está todo en la carta.
-Entonces es que yo soy tonta de campeonato; porque me pareció entender que hablaba de temas menos luctuosos -dijo ella, con la voz lastimada por una súbita hilaridad.
-No la culpo por no entender el mensaje -respondió el profesor, muy seguro de sí mismo y de su teoría-. Hay que poseer cierta cultura esotérica y facilidad para meterse en el pensamiento de tipos tan raros como Iulius Klaines... Le explicaré cómo he llegado a esta conclusión: -Sir Alex se cargó a las espaldas el repelente empaque de profesor sabelotodo, y se sentó al borde de la mesa de Ariane, que le seguía atenta, como alumna aplicada- El rojo, el negro y el blanco no son colores elegidos al azar, sino los de la Triple Diosa en cada una de sus manifestaciones; una hipóstasis, en fin, de las fases de la luna, a saber: el blanco corresponde a la luna llena, representada por la figura de una jovencita virgen; la luna vieja, en cambio, es negra, una anciana, símbolo de la sabiduría, del poder oculto y mágico; y la roja, ya lo habrá deducido, es el emblema de la muerte. Y si encima vinculamos estos datos con las iniciales resaltadas RI: ‘Regina Irae’, la Reina de la Ira, en latín, está claro a quién se refería: a las sacerdotisas de Anabel.
»Por otra parte, él sabía muy bien lo que le esperaba: ahí están las siglas ‘s.t.t.l’, que no son otra cosa que ‘Sit tibi terra levis’, la fórmula que los romanos esculpían en tumbas y cenotafios: “Que la tierra te sea leve”
»Lo único que me extraña es lo de ‘F.V’, que pensé podrían referirse a algún hijo suyo, pero sólo tenía uno, Francis Klaines; y la última frase: el número 3 de la calle Ibarna no existe. La vía es un camino de grava que rodea el Parque Central por la parte sur; lo sé porque a menudo voy por allí en bicicleta. Tan sólo hay dos casas viejas deshabitadas... a menos que Iulius considerara como número 3 al templete que sirve de cobijo a la banda municipal los domingos por la mañana, que es, en efecto, el tercer edificio después de esas casas.
»Evidentemente, este es un texto cifrado, pues habla de un problema que ha de ser resuelto. Debemos utilizar todos nuestros recursos mentales para arrancar el secreto que encierra«
Ariane no podía negarle al profesor su grandísimo ingenio: ¡lo que había deducido de cuatro líneas mal puestas! Si le dejaran las manos libres y tiempo suficiente, seguro que acabaría por descubrir en el escrito supuesto de Klaines, alias Klaus Spengler, la fórmula para fabricar el oro alquímico, cosa que, por cierto, no les vendría nada mal. Pero la señora Lavalle expuso algunas objeciones.
-¿Por qué Iulius no le explicó a su amigo claramente lo que tenía en la cabeza en lugar de emplear tanto circunloquio?
-Porque sabía que Anabel mandaría registrar su casa y la de Basquit y la de cuantas personas tuvieran relación con él. De hecho, así sucedió; Ander me lo dijo: alguien entró en su casa al día siguiente de la desaparición de Klaines y saqueó sus archivos. La carta, que sin duda leyeron, como todo lo demás, les debió de parecer insignificante. Claro, ¡a primera vista lo era! Fíjese que a usted le ha ocurrido lo mismo: y nuestros ladrones, que venían a tiro fijo, se han llevado todo lo que se refería a las dos Spengler. Pero, una vez más, se les pasó por alto la carta. Puede parecer una manera retorcida de pensar, pero recuerde que hablamos de ocultistas cuyo lema es “a lo oscuro por lo más oscuro...”
-Pero esto me genera una duda, profesor -dijo Ariane, admirada-: si Ander descifró el mensaje y por tanto llegó a estar en posesión de ese secreto que usted dice, ¿por qué no destruyó la carta? Yo, para estar más segura, lo hubiera hecho...
-Quizá nunca pudo hallar la solución al enigma...
-¿Pudo usted en medio minuto y él no en medio siglo?
-Yo sólo sé que hay algo, pero no sé lo que es... Y lo más grave es que no dispongo de tanto tiempo...

*****

Estaban enfrascados en esta conversación cuando llamaron al timbre: era el señor Adamski.
Desde que Sir Alex le abrió la puerta hasta que lo echó a patadas, el doctor no dejó ni un minuto de ofender los oídos de su colega. Al profesor casi le da un ataque cuando Sergio afirmó que “había sido una experiencia enriquecedora dormir con él, que en pijama y roncando, no le había parecido tan odioso” y que “dada la confianza que por pernoctar en compañía habían adquirido” era de ley que abordaran una empresa juntos, olvidando sus diferencias; que escribir el libro sobre el Monstruo de Barglava sería una buena consecución a su amistad, “nacida entre las sábanas”. El señor Lippershey tomó la oferta, como siempre, por ofensa. “Y que conste que yo no sólo no ronco” aclaró, en tono iracundo, “sino que, además, aquella noche no dormí ni un segundo en mi empeño de velar por la seguridad de ustedes dos. Usted sí que roncaba, ¡a saber con qué soñaría!”
-A lo mejor con que usted cambiaba de actitud y empezaba a comportarse como una persona; pero veo que es imposible hacerle entrar en razón. Venía con la mejor voluntad del mundo a pedirle su amistad; y recibo como pago su engreimiento de costumbre. Pues sepa una cosa: he querido ser caballero; le he dado la oportunidad de unirse a mí de buen grado; pero ahora, iré a las malas: según los Estatutos de la UCA, el material recopilado por un investigador en su nombre debe ser integrado en el Departamento de Documentación para que todos lo puedan consultar. Usted, como he comprobado, esconde en sus archivos muchos dossieres y documentos obtenidos con fondos de la Universidad... como el referente a ese joven, Ariel. Puedo pedirle a Marta Delmont que le presione para que los devuelva a su legítimo dueño.
-¡Es usted un canalla! -gritó mister Lippershey
-No hago nada ilegal o injusto...
-¡Lárguese de mi casa!
Sergio, a fin de evitarse un gran peligro para su integridad corporal, se marchó empujado por los malos modales que el amo de la casa había sacado para la ocasión.
-¿Se enfadará conmigo si le digo que la sugerencia de Sergio, quiero decir, del señor Adamski, me parece sensata? -susurró Ariane, usando el tono más diplomático de su repertorio-. Dos mentes piensan más que una y yo...
-¡Usted se calla! -le chilló él, dejándola temblona como una hoja. Pero pronto asumió una postura más comedida-. ¿Quiere que me junte con ése, que se pasa el día conspirando a mis espaldas? Lo que ha dicho sobre el expediente de Ariel es totalmente falso: visité al infortunado muchacho no en nombre de ninguna institución académica sino a título personal. No tiene derecho a chantajearme con eso, pero lo hará, lo hará... ¡Mi nombre escrito debajo del suyo en la portada de un libro! ¡Ja! ¿Qué se ha creído?

*****

Por la tarde, Sir Alex recibió una comunicación oficial del Departamento de Psicopatología, firmada (como no) por su directora, donde se le apremiaba a someterse a la disciplina académica entregando los documentos que obraban en su poder y que había obtenido en nombre de la UCA, so pena, primeramente, de multa, y después, si persistía en su negativa a colaborar, de expulsión y pérdida de sus privilegios como profesor emérito.
Lippershey, irritado por lo lejos que había llegado su enemigo, forzó a Ariane a escuchar una profusión de quejas, insultos y jaculatorias dirigidos al estamento de “tiranos de estulticia mil veces probada en las lides académicas”. Cuando la voz empezó a fallarle de modo notorio, metiendo agudos entre los graves, que alteraban la calidad solemne de su discurso, él tomó el teléfono y llamó a la facultad. Tuvo la picardía de cerrar la puerta para que su secretaria no escuchara las zalemas y palabras dulzonas con que su voz cascada untó el oído de la doctora Delmont. Pero Ariane sólo tuvo que descolgar el teléfono supletorio para frustrar su añagaza.
Marta Delmont, insospechadamente, se mostró inflexible (seguro que conocía ya la aventura de Sir Alex y Ariane en Fortcastel). Fracasado pues, el intento de poner a la catedrática de su parte, Sir Alex rabió y arrojó el teléfono contra el despacho, con tal fuerza que lo destripó. Al poco rato, la puerta de la calle se cerró con estrépito, y Ariane supo que él había salido.
Regresó a la hora, más calmado, aunque no por haber resuelto su negocio de manera favorable. Le contó a la preocupada mujer que había ido a la UCA y concertado un pacto con Delmont y Adamski; devolvería todos los papeles que le demandaban, para evitar el mal mayor, que no era que él perdiera su rango, sino que la Universidad lo perdiera a él. Luego, en privado, le prometió a Adamski que escribiría con él el maldito libro del Monstruo, a cambio de que dejara de intrigar en su contra.
-No se imagina la de sapos y culebras que he debido tragar -se lamentó el inglés-. Ese Adamski se ha salido con la suya, ese asqueroso. Me alegro de que, por culpa de sus degeneradas aficiones, padezca enfermedades impúdicas...
-Calle, por Dios; no levante semejantes calumnias -se apresuró a clamar la susceptible señora Lavalle.
-¡Que se muera ahora mismo el señor Adamski si he mentido; y si soy sincero que se muera también!
Aterrorizada por el pensamiento de que su jefe pudiera estar aludiendo a hechos verídicos, Ariane sólo pudo decir una cosa:
-¡Vaya a lavarse!

*****

A la mañana siguiente, Sir Alex y Ariane se dieron un paseo por la vía de Ibarna. Hacía un frío que pelaba; la lluvia caía fina, pero pertinaz. La mujer no sabía qué pretendía el profesor con aquella visita.
Infringiendo todas las normas de urbanidad, el inglés atravesó el prado jugoso y deliciosamente verde, tapado por montones de hojas parduzcas, para allegarse sin demora al pie del templete octogonal.
-Rodéelo y tenga los ojos bien abiertos -le dijo a ella, apenas la tuvo a dos metros.
Ariane, con resignación cristiana, y mucho cuidado de no resbalar, empezó a dar la vuelta alrededor de la edificación, no sabiendo si lo que buscaba era alguna señal en la piedra o qué. ¡Qué absurdo! Iulius hacía cincuenta años que había desaparecido, y aunque el ayuntamiento no era demasiado diligente reparando el mobiliario urbano, era descabellado especular con que una hipotética marca pudiera resistir indemne el paso de casi cinco décadas.
Cuando llegó las escaleras que permitían acceder al templete se encontró con Lippershey, que había sacado del bolsillo su navaja suiza y escarbaba la superficie de la tierra con ansiedad de buscador de tesoros; se horrorizó y protestó, pero él no hizo caso. Al cabo de diez minutos de destrozar la propiedad pública, creando una pequeña zanja, como era de esperar (se había removido el suelo miles de veces desde 1955), no encontró nada más que gusanos y lombrices.
Tan ensimismados estaban en su labor detectivesca que no repararon en la llegada de un guardia; éste redactó una señora multa por “estragos en parques y jardines” que ascendió a 150 € y que Sir Alex pagó sin rechistar.
Se alejaron del lugar en la esperanza de que, minutos más tarde, el guardia fuera a darse una vuelta, dejándoles el campo libre para seguir estragando. Vano deseo: el ministro de la ley les había echado el ojo y no se movió del sitio hasta que no los vio encaminar sus pasos hacia la salida del parque, bajo los olmos.
-A lo mejor Ander encontró lo que Iulius dejó para él -opinó Ariane-. Si es que dejó algo...
-No podemos saberlo: lo único que está en nuestra mano es constatar que ahí no hay nada -replicó el profesor-. He pensado que sería del todo absurdo que el señor Klaines no hubiera tomado la medida de enterrar lo que sea a más profundidad... Además, nos queda mucho perímetro por examinar.
-Pues yo ahí no vuelvo -se apresuró a decir Ariane, entendiendo que él no se conformaba.
Lippershey sonrió, como pensando una idea retorcida y loca; giró el cuello en dirección al kiosko, que permanecía enmarcado visualmente por las ramas de los sauces llorones. “Este maquina algo”, se dijo Ariane, arrugando el ceño.
Y tenía razón; porque esa noche, como un ladrón de cadáveres, él se coló en el parque armado de pico y pala y abrió un boquete que admiró a los guardias a la mañana siguiente, quienes, por supuesto, tenían una ligera idea de quien había sido el autor de aquella zanja de metro y medio de profundidad...

*****

Todo el día posterior al de la realización de esta proeza, Lippershey estuvo de un humor de perros. Después del trabajo inútil, que le tenía doloridos hombros y brazos, y de la multa gorda (la segunda) que le habían clavado, no quería ni oír hablar de Iulius Klaines. Ariane siguió insistiendo en que, tal vez, Ander había dado con el secreto escondido y que no era caso buscar más. Anabel se había llevado los archivos y nunca se sabría qué era lo que de veras había llegado a conocer el minucioso Basquit. Pero Lippershey no se resignaba a una solución tan sencilla.
Durante días y semanas le dio mil vueltas a la carta de Iulius hasta que la pobre empezó a desgastarse del roce. A Ariane, Sir Alex le recordaba al profesor Lidenbrock de Munich, que, como todo el mundo sabe, fue el segundo hombre en viajar al centro de la tierra. En la novela del visionario francés, es el desciframiento del texto críptico del explorador Arne Sarknussen el punto de arranque de tan improbable aventura. Pero allí donde fracasa el erudito y sabio geólogo Lidenbrock, que no logra dar con la clave por mucho empeño que pone, obtiene el éxito, de pura casualidad, su sobrino, Axel, al abanicarse con el papel y descubrir que el mensaje está escrito de tal manera que se lee al trasluz. Ariane tenía ilusión en convertirse en un Axel redivivo en cuerpo de mujer; y cuando el jefe se cansaba de probar combinaciones, tomaba ella el relevo a la espera de que la iluminara la suerte.
Al profesor Lippershey le parecía una buena idea que su secretaria, un espíritu simple, como los que suelen desentrañar los enigmas más complicados, se tomara tales molestias. Hizo una fotocopia de la carta, y se la entregó, para que la estudiara en casa en sus ratos libres.
Pero conforme iba pasando el tiempo y no se veían avances, Sir Alex fue perdiendo el interés. Le daba vueltas al caso de Anabel, que desde que había abandonado a horas intempestivas Fortcastel, se hallaba en paradero desconocido. También echaba de menos la foto de Marián de Castro.
Volvió a imprimir varios de los documentos que no pertenecían al archivo de Basquit.
Cuando Ariane vio salir por la impresora el gráfico con las relaciones de los custodios de Fortcastel, se llevó una sorpresa. El profesor había anotado en la parte de arriba lo siguiente:

En la leyenda de la Reina de la Ira se habla del Altar en forma de pórtico, a través del cual se manifestaba la diosa a sus adeptas y que nunca ha sido ubicado por los historiadores. ¿Será aventurado admitir que tal monumento se conserva en el castillo, y que es la construcción empotrada en la piedra que Philip vio en el pasadizo, camino de la cripta? Más osado todavía, ¿es la presencia de tan importante objeto mágico la razón de que nunca haya quedado desierto Vindius?

Ariane sacó de la bandeja el folio, procurando no mancharse con la tinta fresca. Sir Alex se sentó, con una sonrisa en los labios en la mesa.
-Gracias a la casualidad y a la buena vista de Philip tenemos una explicación lógica para la conducta sucesoria tan inusual que muestran los de Fortcastel. Si mi teoría es correcta, también los criados tienen que estar implicados Varnais me contó una vez que había sospechas en el Valle de que Slavia y Filbert eran hijos ilegítimos de Anabel I, y por lo tanto, primos de Anabel II (si es que la actual baronesa no es una impostora, como se deduce de su parecido con Marián de Castro) ¿Son, pues, todos parientes? ¿Será ésa la Comunidad Secreta a la que aludió Fael Baradur?
-Recapitulemos: aunque el titular de Fortcastel sea un varón, la persona importante es su mujer -recordó Ariane, observando las líneas-, y si es mujer, ella es la supuesta sacerdotisa de esa secta que, según usted, custodia una reliquia de la Antigua Religión, que ahora sabemos es el Ara Magna. Cuando muere la sacerdotisa, otra de su gremio las sustituye, y para no despertar sospechas, se hace pasar por pariente, ¿pero los verdaderos parientes son los criados...?
A Ariane le había parecido, durante su estancia en el castillo, que las relaciones existentes entre los criados y su señora, rayanas en el compadreo, no eran las que se estilan en las casas normales. Tal exceso de confianza hacia la servidumbre, daba muy mala espina. Pero así expuesta, la hipótesis de Lippershey parecía loca y delirante, y Ariane se arrepintió de haberle seguido la corriente. Cuando él, subido en su entusiasmo, se remontó a la línea de madres abadesas para demostrar la extrema antigüedad de la secta, el despropósito alcanzó proporciones intolerables.
La mujer dobló el folio con el desarrollo del linaje espiritual.
-Qué cosas más raras, profesor -dijo Ariane, a media sonrisa-Si hay que creerle a usted, el origen de todo debe de estar en Eva, y no me refiero a mi hermana...
Sir Alex contrajo un carrillo con expresión condescendiente.
-A lo mejor: Eva (Hewah) quiere decir “madre de todos los vivientes” y en principio, fue considerada una diosa asociada a las serpientes: la primera diosa. Y Lilith, el súcubo-vampiro, el primer demonio. Pero acaso Eva y Lilith no eran sino distintas caras de la misma moneda. Aunque esto deberíamos preguntárselo a Adán que estuvo casado con ambas. -Lippershey se rascó la barbilla con nerviosismo: estaba reflexionando sobre una idea insidiosa que había aprovechado los cortes de su discurso para plantársele en la mitad de la frente-. Me pregunto si será verdad lo que Filbert le dijo a Amelia: ¿estará el sepulcro de Anabel I vacío? Y si lo está, ¿qué se ha hecho del cadáver? Mejor dicho: ¿quién lo ha hecho desaparecer y con qué fin?
-¡Ay, profesor: parece mentira de usted! -dijo, Ariane risueña-. El chico mintió para quitarle la aprensión a la nena.
-Pero, ¿y si dijo la verdad? -replicó el inglés, echando su largo cuerpo hacia delante.
-A mi entender, es irrelevante lo que haya podido pasar con los despojos de la vieja Anabel; me preocupa más la joven, que todavía anda por ahí hipnotizando a diestro y siniestro sin que nadie le pare los pies. Esa es la que no deberíamos perder de vista y no a toda esa retahíla de antepasados falsos y sacerdotisas guardianas... Cada vez que me acuerdo de lo que le hizo a Lucián Faenza y a los demás... ¿Dónde se habrá metido? Bueno, bueno; ¿para qué saberlo? ¡Cuánto más lejos, mejor!
Lippershey, los brazos cruzados, rió hasta descoyuntarse con la parrafada de su secretaria, que bien mirado, tenía más razón que él.
-¿Sabe una cosa? Voy a llamar al Registro Civil para ver qué podemos averiguar de Marián de Castro -dijo el hombre, con el mismo buen humor-. Se me ha pasado por la imaginación que tal vez aún viva. Será una entrevista interesante. Anabel dijo que era su abuelita, pero estoy seguro de que fue lo primero que le vino a la cabeza. Estaba atónita y nerviosa; empezó como a delirar.
-No me extraña nada: usted es capaz de poner nervioso a cualquiera -bromeó Ariane, mirándole con admiración franca.

*****

Pero si los astros parecían estar situados en el firmamento de tal manera que favorecían su conexión simpática y el jolgorio, esta conformación varió bruscamente justo a la hora del té, cuando llegó la señora Salmati.
Desde que había regresado de Suiza, Verónica cumplía la rutina de tomar el té con su caballero sin faltar un día; Ariane escarmentada del castigo que le había dado la primera vez, había determinado salir pitando en cuanto la enamorada del profesor tocara el timbre. Pero aquella tarde no pudo huir: la señora, apenas cruzó el umbral, la agarró por la muñeca, y la arrastró a la biblioteca más que enfurruñada, y rezongando varios insultos.
En llegando al destino, desasió a la secretaria, que aprovechó para frotarse la mano y hacer que regresara la sangre a sus dedos; y se fue hacia el profesor a quien arreó una sonora bofetada haciendo gala de su buena forma física. A la lengua también le debía de dar entrenamiento diario: en un momento, ni diez minutos, sacudió con ella las hojas del diccionario, entresacando las palabras más ásperas y punzantes que éste contiene. Poco faltó para que Ariane se desmayase del susto. No entendía lo que estaba pasando: una fiera había llegado de la calle y ora se enzarzaba con Sir Alex y ora con ella, motejándola con ese nombre que sólo se aplica con propiedad a las mujeres que trabajaban delante de la casa del inglés y a sus colegas.
-Usted, señora (por llamarla de alguna manera) -le dijo a Ariane, a cara de perro-, carece de sentido de la decencia. ¡Pasar todo un fin de semana con un hombre que no es su esposo! ¡Dormir con él! Porque no negará que durmió con él... ¡A buenas horas he tenido que enterarme!
Ariane tragó saliva.
-Bueno, la verdad es que dormir, dormir, si que dormimos juntos...
-Pero, ¡mírelo, mírelo, loca del demonio! -gritó la dama-. ¿No ve que podría ser su padre? A las lagartas como usted deberían cargarlas de cadenas y emparedarlas, sin agua ni pan, en medio de un nido de ratas rabiosas...
Espantada de las cosas que le deseaban, la señora Lavalle, ante la impasibilidad y el silencio culpable de Sir Alex, quien por supuesto no quería recibir la misma medicina, dijo:
-Admito que le acompañé a Barglava, si se refiere a eso, pero déjeme que le explique porque no es lo que usted se figura...
Que Ariane, lejos de hundirse o ponerse histérica, contestara con sensatez, desarmó a Verónica, que esperaba que su rival la insultara para devolver cuadriplicada su acritud. Entonces, se encaró con Lippershey, que, sigiloso, intentaba abandonar la biblioteca.
-Y tú, sátiro degenerado, mentiroso... ¡ahí te quedas! Esto que me has hecho no te lo perdono. No quiero volver a saber de ti; así que no me llames; no me supliques, no te arrastres a mis pies. ¡Ah! Menos mal que todavía queda gente compasiva en el mundo que te abre los ojos ¡Irte a Barglava con ella! ¡Qué asco! ¡Vergüenza debía de darte, a tu edad! Y ahora, devuélveme el Rolex; ya encontraré a otro que sea más digno de llevarlo...
Lippershey, que durante el temporal había permanecido inexpresivo en un intento vano de confundirse con el mobiliario, se sacó el reloj de su muñeca, y, con gesto hosco, se lo entregó a Verónica, a quien, tampoco en este caso, se le cumplió el deseo, que no era otro que verlo puesto de rodillas y pidiéndole perdón.
-¡Hala, ahí lo tienes! Y vete con viento fresco, que a mí me sobran las mujeres...
-¿A ti? Si eres un viejo chiflado, ¿quién puede tener el pecho tan ancho para aguantarte?
-Cualquier dama con un mínimo de gusto; naturalmente, no hablo de ti...
La señora Salmati se indignó tanto al oír esto, que, después de soltar unas cuantas de esas palabras que no significan nada pero que el uso ha convertido en afrentosas, salió de la villa como un cohete, dejando tras de sí, una estela de humo en el pasillo.
-Siento que su amiga se haya puesto así por mi culpa -dijo Ariane, cohibida y muy insincera.
-¡Bah! No se preocupe; pensaba dejarla... Pero, ¡lástima no haberle preguntado (porque me pica la curiosidad) quién fue el malnacido que le fue con el cuento!
-No es difícil de adivinar -dijo, enojada, la señora Lavalle, con el pensamiento puesto en el doctor Adamski.
Sir Alex cayó en la cuenta.
-Ese hijo de su madre... Y luego quiere usted que escuche sus proyectos literarios y me una a ellos. Es felón de nacimiento. Pero, mire, por esto no le diré nada; en el fondo me ha hecho casi un favor... Ya sólo quedan dos mujeres en mi lista...
-A mí no me incluya...
-¿Por qué no? ¡Con lo bien que nos llevamos! Es usted para mí una ayuda inestimable en todos los aspectos. Merecería un premio y varias menciones honoríficas.
Ambos rieron. Ella de pronto, se puso seria al observar la mirada tan fija que él le estaba hundiendo entre ceja y ceja. Sir Alex se le acercaba peligrosamente. En cuanto la tuvo a menos de medio metro, se le echó encima y la besó en los labios.
Estaba tan perpleja que lo único que pudo hacer fue abrir los ojos como platos, retroceder para evitarlo, sin fortuna, pues él no cejaba y soportar, el roce de su poblado bigote sobre la cara, que, como había ocurrido bajo el roble del bosque de Silvain, le producía cosquillitas. Por suerte para Ariane, el profesor besaba muy bien... Mas, como cae por su propio peso, por muy agradable que fuera la experiencia, no podía ella, una mujer decente, pese a lo que afirmara Verónica Salmati, poner en peligro con aquel atrevimiento, su vínculo laboral. Así que lo apartó.
-Pero, ¿a qué tiene miedo? -dijo sir Alex, festivo como un estudiante en vísperas del fin de curso-. Usted siente por mí algo más que respeto profesional, lo cual me halaga. Hace tiempo que percibo calidez en las miradas que me dirige, que no es, en absoluto, producto de mi imaginación, sino muestra inequívoca de su inclinación por mí y que lejos de molestarme, me produce un enorme placer. No me extraña que una mujer sensible y de buen gusto aprecie mi persona hasta ese punto. Lo que me parecería raro sería que no se hubiera fijado en mis encantos. La merma de atractivo que por ley implacable sufren los mortales con el paso del tiempo, en mi caso no ha sido demasiado grave... Pero, ¿qué le voy a decir que usted no sepa?
Aturdida, Ariane le dijo a su inefable jefe:
-Desvaría usted; no sé de donde saca esas ideas...
-No se esfuerce en negarlo: lo sé de buena tinta... -susurró, enigmático.
-¿Sabe lo que opino? -murmuró la mujer, en tono de coloquio ligero-. Que es usted el que está interesado por mí; y para justificar lo que considera en el fondo, como un sentimiento inadecuado, proyecta sus deseos y se inventa una fábula en la cual usted es el objeto de mi deseo. Usted es psicólogo: sabe que estas cosas ocurren. A las pruebas me remito; hace un rato me besó sin ningún motivo, y no fue una visión creada por geomagnetismo...
-Reconozco que la besé, pero usted lo había hecho antes, ¿o no? -dijo Lippershey, recuperando el aplomo.
-Sí, pero no es lo mismo... -Y para no profundizar más en la razón por la cual había diferencias entre un ósculo y otro, Ariane, sonriendo con evidente satisfacción, henchida de esa calidez que el caballero decía ver en sus ojos, se marchó a su casa, con pena por dejarle tan solitario.

*****

La colaboración entre Sir Alex y Sergio Adamski, larga e inconfesablemente deseada por éste último, suponía la presencia física del infectado en la casa del inglés, lo cual obligó a Ariane a tomar medidas preventivas. Compró dos botes de lejía, un jabón antiséptico de los que usan en los hospitales, guantes de goma, por si fueran necesarios, y varios paquetes de pañuelos húmedos. Todo lo dejó repartido por lugares estratégicos bien a mano. Pese a sus precauciones (que a Sir Alex hacían desternillarse de la risa) temía más que al Armagedón, el día que por fin el señor Adamski empezara a frecuentarles, que sería pronto, porque el grafómano estaba impaciente. Pero una especie de desgracia acudió en su auxilio.
A la mañana siguiente, llegó una carta sellada en la Gran Bretaña. El remitente era el padre del profesor Lippershey, un cuasi centenario que anunciaba en las letras su deceso inminente.
-Es otra tradición familiar -comentó, irónico, y no poco solazado, Sir Alex-. Los varones primogénitos Lippershey, como antes los Looz, poseen el dudoso privilegio de anticipar su muerte. En verdad, me extraña que mi padre me escriba estas cosas cuando él siempre ha sido bastante escéptico con respecto a los fenómenos sobrenaturales. Claro que, desde la última vez que lo vi, puede haber cambiado. Nuestra relación ha sido escasa en los últimos tiempos. Ya cuando yo era joven, me retiró la palabra durante varios años, porque, de vuelta de la guerra, arrojé mis medallas al Támesis. Cuando abandoné Inglaterra rompimos definitivamente. Bien, esto significa -dijo, volviendo los ojos hacia la temblorosa escritura del patriarca- que debo regresar a Gales.
-Pero, ¿se está muriendo de veras? -se atrevió a preguntar la señora Lavalle.
-Tiene noventa y ocho años, ¿qué espera? Aunque la verdad sea dicha, no descartaría que quisiera verme por otro motivo y usara esta argucia para atraerme...
Ariane suspiró.
-¿Cuándo se va?
-Cuanto antes: no quiero que el viejo se muera sin despedirse -dijo, emitiendo a continuación un gorjeo que sonó a burla.
Los músculos del cuello de Ariane se relajaron para dejar caer la barbilla sobre su pecho, a guisa de deprimida.
-Vamos, mujer; volveré más tarde o más temprano -dijo, Lippershey, pellizcándole la mejilla-. Pero si va a echarme tanto de menos podríamos arreglarlo: ¿me acompañaría a Gales?
-Pero, ¡qué dice! ¡Va a un funeral!
-¿Ya me lo está enterrando? -bromeó Sir Alex.
-Lo dice de un modo... -musitó ella, asombrada-. ¿Es que no le da pena?
Lippershey se quedó en silencio, como si no supiera que contestar que no fuera irreverente.
-Para que no se olvide de mí esta temporada, le escribiré puntualmente o la telefonearé, pero cuando mi padre no me vea: las llamadas internacionales son costosas. No quisiera que me lo echara en cara: “Hijo; eres un manirroto; hay que ahorrar, ahorrar, e invertir en valores seguros...”
-Las cartas me valen; no quiero que se arruine.
-Si el viejo se muere seré rico, muy rico...
-Pero es una pena; no comprendo cómo ha podido pasar tanto tiempo alejado de él. ¡Ojalá mis padres vivieran! No me separaría de ellos ni un minuto; y sería buena, todo lo que no fui de niña...
Ariane estuvo a punto de echarse a llorar al recordar a sus difuntos progenitores; pero los ojos de Lippershey, tan acerados y brillantes, tan valientes, retuvieron las lágrimas.
-Si le apetece traer a un viejo en palmitas, ya sabe que aquí tiene uno dispuesto a dejarse mimar... -dijo él, con talante afable.
-¡Oh! Usted es gruñón e insoportable: no lo atendería ni loca -bromeó Ariane.
-Pero si ya lo hace... -observó él, irónico.
-¿Y qué pasa con lo de Marián de Castro?
-No se preocupe; ya nos ocuparemos a mi vuelta. Siga atenta a cualquier novedad sobre Anabel Spengler. ¡Parece que se la ha tragado la tierra! Quizás se asustó al ver la foto...

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  • Fecha: miércoles, 01 de agosto de 2007
  •  | 
  • Hora: 3:39

Autor: Invitado_arberiano

OSEA ESTA NOVELA ESTA SUPER COOLCMuchas risasOCEA QUE RISA ME DAAngelito