viernes, 02 de marzo de 2007
Regina Irae, Parte II - Capítulo 38
CAPITULO 38


El regreso de Sir Alex, el cinco de febrero, llenó de alegría a la dulce Ariane; también él estaba contentísimo, y es probable que por motivos idénticos.
Lo primero que hizo al verla fue darle un beso en la frente y, a continuación, le entregó un colgante con forma de crucero celta, regalo retrasado de Reyes, realizado por el orfebre Rhianon, que ella, ilusionada, unió al resto de sus reliquias. Por supuesto, Ariane traía bajo el brazo su propio obsequio. Él se probó la bufanda y el alfiler de corbata que le había comprado para su cuello y su pecho respectivamente y que, a decir de ambos, le sentaban mejor que bien. “Y la bufanda, además, me hará mucho servicio”, dijo él, sorprendido del mal tiempo que asolaba la región.
Sir Alex le mostró a su secretaria el libro de Godofredo y el anillo de las hadas. Ariane se quedó estupefacta: “¡Pero si es idéntico al de Anabel Spengler!”. Aquello, sin duda, era otro símbolo.
“Bueno, profesor; o estas sortijas las venden al por mayor en los mercadillos, o Anabel Spengler es descendiente de Godofredo de Looz como usted” “...o es un hada”, añadió él, que quería decir –no piensen que disparataba- que lo que llamaban por ese nombre bien podría haber sido una representante de la Antigua Religión, suma sacerdotisa del culto pagano a la diosa Madre.
Eso lo explicaría todo: la reina de las hadas del libro, Geirdrurd y compañía tenían mucho que ver con las adoradoras contemporáneas de Geirtrair; incluso los nombres sonaban parecidos. Dos leyendas con un origen común. “¿Entiende ahora por qué es tan importante remontarse al principio de todo?” musitó él, aún incapaz de creerse cien por cien, que Anabel tuviera relación, aunque fuera remota, con su mito familiar. Y, por otra parte, ¿cómo es que él no se había percatado nunca de que Anabel llevara un anillo tan curioso? Después de todo, no era tan observador como pensaba; Ariane, sí: a ella no se le escapaba una; ¡qué ayuda tan inestimable representaba un espíritu tan perspicaz!
Pero, volviendo a la sortija, ¿sería ése el distintivo de su raza de sacerdotisas custodias del altar de la Reina de la Ira? La teoría, un poco retorcida, esbozada por Sir Alex adoptaba forma coherente. No era más que un detalle, pero contribuía a construir el edificio, a darle cemento a un caos de ideas dispersas. Otra pieza del puzzle que encajaba; Ariane estaba atónita. Había algo parecido al destino, moviéndose por ahí, detrás de los hechos, guiándolos hacia su posición natural. El misterio era un big bang y ellos se limitaban a devolver, con ayuda de la suerte y del ingenio los trozos de materia al estado originario. Excitados por la grandeza de su misión, apenas podían pensar en otra cosa. Las mezquinas intenciones de los familiares de Lippershey se diluían en un océano más vasto, más profundo y más incomprensible.
La mujer estudió con entusiasmo el libro de Godofredo. Se trataba de una edición del siglo XVIII escrita en un inglés deliberadamente arcaico y salpicado por giros latinos. En el prólogo se aclaraba que era traducción fiel de un antiguo manuscrito holandés. El ex libris mostraba el escudo familiar ornado por dragones rampantes y serpientes aladas que se enroscaban en torno a dos columnas. En las últimas páginas se consignaban los nombres de todos sus propietarios; un tipo de letra para cada firma. Lippershey, por no faltar a la tradición, había estampado la suya, y al lado, la fecha en la que había recibido el legado.
A la mujer le sorprendió que, por fuera, el aspecto del volumen tuviera un aspecto tan vulgar. También es verdad que la naturaleza no excluye la disconformidad entre el fondo y la forma. Pero, dentro, los hermosos grabados que ilustraban, con todo lujo de detalles, las aventuras de Godofredo, salvaban el conjunto. La estampa más sorprendente era aquella en la que el héroe se enfrentaba a la Reina de las Hadas en el bosque sombrío. La Reina, de aspecto temible, lanzaba un chorro de luz sobre el caballero, quien, no obstante, como había contado Sir Alex, salía indemne del mar de llamas sobrenaturales. ¡Qué gracia!: Godofredo de Looz tenía un bigote como el del profesor Lippershey.
A última hora de la mañana, cayó una nevada. Las cumbres de los montes Atilianos, que llevaban cubiertas de hielo desde el mes de octubre, ya parecían retroceder en estatura ante el peso de los copos venidos del cielo. Lippershey, excusando querer estrenar su bufanda, invitó a su secretaria a dar una vuelta por la Vilavetera.
-Así que ha resuelto el misterio de la carta -dijo él, risueño, abrigándose bien, hasta el mentón.
-Creo haberlo hecho, que es muy diferente -aclaró ella-. A lo mejor es una pista falsa.
-Cuénteme sus conclusiones y yo decidiré si merece la pena perder el tiempo considerándolas.
Ariane, que se tomó la libertad de colgarse del brazo de su jefe, gesto que él no vio con malos ojos, le relató cómo había encontrado la clave del enigma.
Una tarde había estado ayudando a Xavi a hacer los deberes. El chico era muy aplicado, pero se distraía hasta con el vuelo de una mosca. Debajo de las libretas tenía escondidos varios cuentos. Estuvo a punto de regañarlo. Le dijo: “Vamos Xavi, haz esos problemas que tienes para mañana y déjate de tonterías” y entonces, una lucecita se encendió en su mente. Apartó de golpe, para susto del niño todos los libritos, excepto uno, en cuya portada aparecía un gracioso conejo trotando por delante de un templete, en un parque. Al leer el título se quedó estupefacta: “Robert Insinis”. Las letras iniciales del famoso cuento arberiano: RI, que también ella había leído de pequeña, eran más grandes que el resto y presentaban una tipografía decorada y barroca, con hiedras que se enredaban en sus fustes. Entonces se le ocurrió que tal vez Iulius, que hablaba de un chico tonto que leía cuentos (y la palabra ‘leer’ aparecía dos veces), podría haber escondido en la página 3 del dicho libro infantil algo sumamente importante. Y también cayó en la cuenta de que Sir Alex se había equivocado al descartar al hijo de Iulius como candidato a ser ‘F.V’: no podía llamarse Francis Klaines en realidad, pues el primer apellido en Arberia se transmite por vía materna. Si el nombre familiar de la madre del tal Francis empezaba por V, todo encajaría. Francis tenía en su poder lo que fuera que su padre había dejado, si es que no lo había tirado a la basura haciendo limpieza.
Sir Alex, que había escuchado silencioso y lleno de respeto, de repente, se frenó en seco. ¿Sensato?: ¡era genial! Miró a la humilde Ariane Lavalle con envidia.
-Pero eso es increíble -dijo, entrecortado, agitándola delante de todo el mundo, en medio de la calle-. Parece tan sencillo, tan estúpido… que no puedo creer que no se me haya ocurrido a mí.
Evidentemente, allí mismo acabó la excursión. A todo correr regresaron a la casa.
Sir Alex hizo multitud de llamadas ese día para corroborar su teoría conjunta. Ariane saltaba de alegría cada vez que alguno de los puntos de su historia recibía confirmación o se abría una nueva vía de acceso a la misma. Averiguaron por mediación de un sobrino del mago negro que el hijo de Iulius Klaines se llamaba Francis Víctor, o sea F.V., y que en la actualidad vivía en Oviedo (España), en cuya universidad daba clases de Arqueología. Hasta les dieron la dirección electrónica.
-¿Qué hacemos ahora? -preguntó ella, con la voz alterada, una vez, su jefe dejó descansar el teléfono y su oreja.
-Escribiré un e-mail a Francis V. Klaines pidiéndole información. ¿Qué si no?
Dos semanas más tarde, apareció en la bandeja de entrada del correo de Sir Alex un e-mail de Francis Víctor.
Estimado señor Lippershey:
Con grandísima sorpresa he recibido su carta, que me trae a la mente historias que creía tener olvidadas. No entiendo muy bien su interés renovado por mi padre, que desapareció hace décadas, sin que jamás volviéramos a tener noticias suyas. Damos por hecho que murió o fue asesinado, y usted muy bien sabe quién era la máxima sospechosa. Más me extraña que quiera conocer si él me leía cuentos y si yo tenía entre mi colección el de ‘Robert Insinis’. Confieso que sí. Poseía un ejemplar que él me había regalado y que guardaba bajo mi almohada: muy bonito, una edición especial, con una especie de cerrojo con llave. Ahora que recuerdo, el día que tras escapar del manicomio, vino a visitarme, me quitó de las manos el libro, y se fue con él al pasillo. Al volver me advirtió que no dejara que nadie excepto Ander Basquit lo tocara. Estaba tan alterado que me dio miedo. Yo sabía que lo habían encerrado porque no estaba bien de la cabeza, y aunque era mi padre, me asusté y me metí bajo la cama. Tardé en atreverme a salir de allí, y cuando lo hice, fue para comprobar que se había llevado la llave del libro. Por miedo no traté de violentarlo. Después de tanto tiempo ya casi no me acordaba. El ‘Robert Insinis’ lo donó mi madre, años después, junto con otros a la biblioteca de mi colegio, el Sant Albert de Calibánn.
Espero haberle sido útil.
-Está claro que Iulius escondió algo dentro del libro -dijo Sir Alex, febril-. Y con un poco de suerte en ese colegio aún lo conservarán.
-Eso no es improbable, pero sí que lo que metió dentro siga allí.
Al escuchar tan descorazonadora inferencia Sir Alex estuvo tentado de regañarla. Siendo un hombre de acción, no consideró oportuno perder el tiempo en tal cosa. De inmediato, se puso el abrigo para salir.
El colegio Sant Albert quedaba a unas manzanas más allá del Registro Civil central de Arberia. Para aprovechar el viaje, pasaron primero por el edificio institucional donde se guardaban los datos de todos los ciudadanos que había dado el Principado en los últimos siglos. Sir Alex había solicitado por escrito días antes, siguiendo el procedimiento habitual, información sobre Marián de Castro, y esperaba que los funcionarios hubieran cumplido su trabajo con diligencia y no como se supone que lo hacen los funcionarios.
Al llegar a la oficina de información, una empleada pública de cabello corto y aspecto eficiente les recibió. Tras escuchar la petición, rebuscó un rato en unas bandejas de reja metálica, y luego en unos archivadores. Finalmente, sacó un sobre que puso sobre el mostrador. Lippershey iba a echarle el guante, cuando ella se adelantó y abrió el sobre. El hombre se exasperó. La funcionaria leyó el documento moviendo los labios, como repitiendo para sus adentros lo que entraba por sus ojos, y comprobar que todo estaba bien. Luego lo leyó por segunda vez.
-Espere un momento mientras le hago una fotocopia -dijo la mujer, llevándose ante los desesperados ojos del caballero el papel. Ariane a todo esto, trataba de contener la risa.
Resultaba que la fotocopiadora estaba estropeada o tenía un papel atascado o algo. Y el ordenanza encargado de solucionar tales contingencias había salido a tomar el café. En realidad, como demostraban las sillas vacías delante de ordenadores con salvapantallas de paisajes arberianos, la única que no había salido aún era la funcionaria severa. Se fue a otra sección, en otro piso, y tardó una eternidad en regresar con las fotocopias. El profesor suspiró de alivio. Pero en lugar de entregarle la copia, la funcionaria se sentó y tomó un sello, que remojó en un tampón de tinta azul.
-Espere mientras compulso el documento.
Ariane le rogó al profesor Lippershey, que estaba tenso y echando humo, que se calmara un poquito, mientras la señorita sellaba y firmaba, por autorización del jefe de Sección. Antes de entregárselo volvió a leerlo.
-Ah, vaya; ahora me doy cuenta de que no hacía falta compulsarlo -dijo con aire distraído-. Es que estoy haciendo una sustitución.
Después de tanto tiempo perdido, Sir Alex no pudo esperar a llegar a un lugar más cómodo para abrir el sobre donde la empleada pública había metido el papel. Allí mismo delante de sus narices lo rasgó y extrajo su contenido.
-Bien, señora Lavalle. Hemos tenido suerte: Marián de Castro figura en el Registro Civil de Milanovi. Según este extracto nació en 1920 en Estrasburgo y murió en... -Sir Alex se quedó tieso. Ariane dio un saltito para intentar acceder al texto.
-¿Qué pasa, profe? ¿Algo raro?
-Aquí dice que se la dio por muerta en 1975 después de haber estado desaparecida desde 1955.
La funcionaria interina los miraba de medio lado.
-Desapareció el mismo año que Iulius Klaines -dijo Ariane, entusiasmada-. ¿Qué puede significar eso?
-Pues que Anabel Spengler I era una víbora, como yo pensaba.-Sir Alex meneó la cabeza con gesto de fastidio-. Y para colmo esta Marián de Castro no se casó nunca, ni consta ningún hijo suyo. Sólo tenemos el nombre de sus padres. Ugo Santini y Elsina de Castro.
Ariane observó como se le cambiaba la cara a su jefe. Su rostro parecía convulso. Había mirado hacia atrás, hacia donde la funcionaria tecleaba a toda prisa alguna resolución o certificado.
-¡Dios mío! No nos queda más remedio que volver a solicitar información sobre esta gente para averiguar si tuvieron más hijos. Tenemos que saber quién fue Marián de Castro.
Así lo hicieron. La empleada les pidió que rellenaran un formulario larguísimo, y luego pagaran no sé cuántas tasas.
Se les había hecho tan tarde que tuvieron que tomar un autobús para llegar al colegio Sant Albert antes de que cerrara la secretaría.
Allí las cosas fueron mejor. Enseguida se localizó el libro en la biblioteca de primaria. La encargada les mostró el Insinis, ya sin cerrojo. Sir Alex lo abrió por la página 3. Tanto sus ojos como los de Ariane, que se habían sumado a la inspección, descubrieron con gozo unas anotaciones hechas a pluma, en letra muy pequeña, en un margen. Ella fue quien lo leyó en voz alta: “Casa del Cuervo. Varunas. Cloaca Calibannis” Ante los estupefactos ojos de la bibliotecaria, se abrazaron y dieron saltos.
Después de tantos viajes y encuentros con funcionarios, decidieron ir a tomar un tentempié a una cafetería: estaban agotados.
-Ah, hoy estoy muy contento -exclamó el hombre, con el gesto el risueño que le sentaba como de molde a sus facciones-. Sé que estamos a punto de lograr un éxito sin precedentes. Sea lo que sea lo que escondió Iulius, pronto estará en mi poder... ; es decir, en nuestro poder. No olvido que todo se lo debo a su inspiración. Desde luego, con estos méritos, no le extrañe que ocupe en primer lugar de mi lista, el primero y el único...
-No bromee con cosas serias -replicó ella, abrumadísima, amenazándole maternalmente con un cuchillo de partir pasteles.
-No bromeo en absoluto: me siento inclinado a hacerle el favor de convertirla en mi esposa.
-¡Válgame el cielo! -respondió Ariane–. O sea, que para usted, que nos casáramos sería como hacerme un regalo. Tiene una elevada opinión de sí mismo.
-Si no quiere que nos casemos, podemos formar una pareja sin papeles. Soy un hombre de mentalidad muy moderna.
-¡Oh, por Dios! Deje ya de burlarse de mí. La crueldad es impropia de caballeros. Así que cierre la boquita y preocúpese de desentrañar misterios, que es lo suyo...
-Ha de corregir en el menor plazo posible esa irritante falta de autoestima -gruñó el profesor-. Posee las suficientes virtudes y encantos personales como para mostrarse un poco más engreída, casi tan insoportablemente presuntuosa como la que más. Porque, y ésta es una opinión no mediatizada por el afecto que le profeso, me parece usted una mujer inteligente, llena de sentido común, eficiente, valerosa, integra, y muy, muy, muy, muy, pero que muy guapa...
Ariane abrió la boca para tomar un poco de aire que refrescara su recalentado organismo. Lippershey tenía una manera muy peculiar de declararse: ¿era normal pedir a una mujer en matrimonio sin expresar antes qué clase de sentimientos incitaban a efectuar tal proposición? Lo del “afecto que le profesaba” no dejaba de sonar ambiguo. Ella creía en el matrimonio por amor, que culmina en un acto solemne, un lazo entre dos corazones, pero quizá no fuera del todo descabellado entregarse a un hombre por conveniencia. No es que no le atrajera el profesor, ¡al contrario! ¡Lo pasaban tan bien juntos! No obstante, la abrumadora diferencia de edad entre ambos la disuadía de albergar arrebatos románticos. Si tan sólo tuviera él veinte años menos las cosas habrían sido distintas. Era rico y galante, pero sin futuro.
El profesor no disimuló su desilusión por el nulo interés que mostraba ella por sus propuestas de casorio. Era casi un insulto que no se diera cuenta de la gracia que le hacía al elegirla entre todas las mujeres como compañera y señora de su hogar. Tenía por lo menos, tan poco sentido como que un pobre mirara desdeñoso hacia otro lado cuando un potentado le ofrece un cheque de un millón de euros. Ofendido y perplejo, Lippershey, que había pasado la mitad de su estancia en Gales deseando regresar a su lado, lleno de ilusiones de adolescente incorregiblemente encaprichado, volvió a conjurar sobre su rostro aquella expresión de ira que tantos escalofríos le causaba a Ariane, quien se sintió culpable por haberle amargado con su actitud burguesa y prejuiciada.
Al regresar a casa buscaron en un plano antiguo de Calibánn la ubicación de las alcantarillas de la vieja Caligannis romana. Uno de los tramos pasaba justo por debajo del barrio de Varunas. La casa del Cuervo, añadió Ariane, que se había recorrido toda la Enciclopedia Histórica de la villa, estaba ubicada en la parte sur del barrio. Ella misma marcó la cruz.
Quedaron en ir a Varunas el día siguiente, con Philip. Las cartas de Ariane sobre el decaimiento del muchacho habían dejado muy preocupado a Sir Alex, que quería comprobar por sí mismo qué demonios era lo que le pasaba.
*****
Al día siguiente en la Universidad, Sir Alex, acordó con Marta Delmont, una cita para ir a la Opera. La catedrática aceptó encantada; le sorprendía de manera muy grata que la invitación saliera, por una vez, de él. Perdiendo los papeles, le abrazó efusiva. En el tiempo que duró el contacto, la profesora Delmont recordó la ansiedad que la había consumido durante los últimos meses, convencida como estaba de que Alexander, el hombre que era su amigo desde hacía treinta años y con el que había concertado un pacto tácito para unir sus vidas en el ocaso, tenía a su secretaria en el punto de mira. Su digna paciencia de años no podía irse al garete por un capricho de senectud. Marta Delmont no tenía nada a excepción de su profesión y de aquella promesa. Su dedicación total a la ciencia la había llevado al éxito mundano, pero si mientras era joven con eso le había bastado para encontrarle un sentido a la vida, llegada al final de su carrera se hallaba con un paraje desolado: su casa era una esquina fría, no tenía parientes, y sus amigos y conocidos estaban vinculados en casi todos los casos a la universidad. La compasión que sentía por Adamski, un ser humano con mala estrella, era un trasunto de la que sentía por sí misma. Ambos padecían el mal de la soledad; se sentían solidarios uno de la desgracia del otro. No soportaba que Alexander hiciera esas burlas sangrantes a costa del malhadado Sergio, que bastante tenía con que nadie le quisiera.
El profesor Adamski observó, a través de la puerta entreabierta, como se abrazaban Marta y Alexander. Sintió un amago de envidia incomprensible: estaba seguro de que Lippershey no quería a la Delmont, y que la utilizaba para sus fines sin ningún escrúpulo.
Cuando el inglés salió del despacho se encontró con Sergio. Le dirigió una mueca desagradable.
-¡Qué pena: una mujer lista enamorada de un tipo como usted...! -le dijo para zaherirle, el señor Adamski.
-Los celos le corroen; ¿eh? -se río Sir Alex, prepotente.
-Ella me da lástima, y usted asco...
-No sabe lo qué dice... -musitó el británico, girándose con empaque aristocrático y soberbio. Inició el avance hacia las escaleras.
Adamski lo siguió.
-¿Cuándo podré ir a su casa para empezar con el libro?
-Puede ir cuando quiera; procuraré no estar.
El jovial profesor Lippershey rió su propia chanza.
-Creo que me dejaré caer hoy por allí, entonces...
-No se moleste; no estaré en casa.
-¿Ni su secretaria tampoco? -siseó, sibilino, el rubio Sergio.
-No; así que no se haga ilusiones -gritó Sir Alex, destilando enojo por todos los poros de su cuerpo.
-Ah, ¿quién se pone celoso ahora? Vamos Lippershey, hace muchos siglos que se le pasó la edad del pavo.
-Olvídese de Ariane; es demasiado mujer para un tipo de su calaña...
-Yo ya no sé si usted se cree su marido o su padre -se burló Adamski.
-Ella me aprecia -dijo, con cierta amargura, el profesor–. De usted, en cambio, tiene una opinión pésima. Y no la culpo por ello.
-Se equivoca de parte a parte; Ariane y yo somos buenos amigos. Me ha perdonado por mis faltas antiguas. En Fortcastel me consoló.
-Amigo de Ariane ¿usted? No me haga reír -dijo Sir Alex, forzando una mueca de desprecio, apretando hasta asfixiarla el asa de su maletín.
-Ella es un ángel. Puede que algún día nuestros lazos se refuercen; sé que Ariane me dará una oportunidad... cuando usted se muera.
Sir Alex se volvió violento, contra el emisor de aquel desiderátum aberrante. Le agarró de las solapas de la chaqueta y le enseño los dientes, hecho una furia.
-Ninguna mujer decente permitiría que un cerdo como usted le tocara un pelo. Como vuelva a enfangar su nombre le arranco la lengua a lo bestia.
-Tiene suerte de que yo sea (aunque usted no lo crea) un hombre de palabra, de lo contrario le habría dicho a Marta que no perdiera el tiempo, porque usted la está engañando de la manera más vil.
-¡Canalla! -exclamó Alexander, armando la mano para descargar una torta en el rostro de su colega.
Sergio se dispuso a responder, alzando también el puño. Sir Alex, después de un instante de dubitación, soltó a su presa sin dañarla y la apartó de sí como si fuera un veneno. Sin añadir más, descendió a grandes trancos, enrojecido de vergüenza, las escaleras de la facultad, y sorteando a los jovencitos, abandonó el edificio.
Adamski siguió a corta distancia la estela de su colega hasta las mismas puertas de su casa, inmune a las miradas de desagrado y fastidio que rumiaba éste, unos metros por delante.
-Pero, bueno; ¿qué le pasa? ¿Se ha enamorado de mí? -le dijo Sir Alex al perseguidor, encaramado ya en la escalinata de su villa, con aire torvo
-Usted me había prometido algo.
-Hoy no puede ser; ¿tengo que decírselo con música?
-Pero, ¿qué es lo que le ocupa? Lo veo muy raro... -preguntó Adamski, suspicaz.
-Nada de su incumbencia ¡Lárguese! ¡Fuera! -gritó el inglés, enrojeciendo súbito.
Con la esperanza (remota) de que el doctor tomara muy en serio su consejo de esfumarse, Sir Alex entró en la casa. Cinco minutos más tarde se asomó a la ventana de la biblioteca: Adamski seguía allí, conversando con una mujer de la vida; por supuesto, le hablaba mal del morador de la extraña vivienda de la plaza Comendatori, aunque ella, más pendiente de su negocio, le ofrecía sus servicios sin atender a maledicencias. Ariane, que también espiaba la escena a través del vitral de colores, materializó su escándalo en el perfecto y enorme óvalo de su boca, que se abrió hasta el límite cuando Adamski desapareció, agarrado del brazo de la prostituta, detrás de la casa.
-¡Qué desvergüenza! -exclamó, entonces, la mujer.
-Sí, qué desvergüenza -repitió el caballero-. ¡Mira que tratar de dejarme en evidencia delante de mis vecinas! ¡No tiene nombre!
-¡Con la cantidad de enfermedades que pueden transmitir esas mujeres! Hay que tener estómago para irse con ellas, y más el doctor Adamski... ¿Es que no ha escarmentado?
-Gracias a Dios, ellas saben que, a pesar de ser inglés, soy una persona respetable y de buen corazón. ¡Nunca creerán sus mentiras!
-...y seguro que lo harán en la misma calle, a la vista de todo el mundo, ahí contra la pared, como animales. ¡Impropio de un catedrático universitario!
-Pero, ¿a mí qué que le crean? Estoy muy por encima del qué dirán... Al pronunciar tales calumnias ya se descalifica a sí mismo. ¿Qué sabrá él lo que tengo o dejo de tener con Marta Delmont? ¿Acaso soy culpable de que ella no quisiera casarse conmigo cuando se lo propuse hace veinticinco años? Y bien que insistí; pero no; no quería “echar a perder su carrera... ” Ah, los malos consejos...
-Profesor, seguro que se van a su jardín...
-¿Qué, a mi jardín? -exclamó él, indignado, sacando las manos de los bolsillos. Le dio la espalda a Ariane, y tomó la dirección de la puerta de la biblioteca.
Sólo la intervención de la señora Lavalle, que lo sujetó como buenamente pudo, mientras le suplicaba que se quedara en el sitio, evitó que Sir Alex pusiera las manos sobre el infecto Adamski. Ya tenía bastante con recordar que había dormido con él en la misma cama y que, encima, le había abrazado. Tan pronto a la cólera como al sosiego, Sir Alex se desentendió de la preocupación que le originaba Adamski.
-¿Ha llamado a Philip como le ordené? -inquirió, encendiendo un pebetero de incienso para purificar los malos humos.
-Sí -respondió Ariane, aún temblorosa por el disgusto-. Nos espera junto a la casa del Cuervo en Varuna a las 12 en punto. La verdad es que tenía que haber hablado usted personalmente con él; a mí me costó un triunfo convencerlo. No imagina la cantidad de pegas que puso... Será porque yo le caigo mal...
-¡Bah, bobadas, bobadas!
-¿Se habrá ido ya Adamski? -preguntó Ariane, bajando la mirada y la voz después de comprobar que al otro lado del cristal volvía a caer la nieve sobre los hombros del lumpenproletariado.
-Han pasado cinco minutos -dictaminó el inglés, consultando el reloj de caja que tenía sobre la chimenea-. Yo diría que hace tres que la obrera del sexo lo ha despachado...
-Hum: tira usted muy por lo bajo... -se rió, pícara la señora.
-Hablamos de Adamski, no de un hombre de verdad... Pero si quiere, voy a comprobarlo...
-¡No! ¡Ni se le ocurra! -saltó la dama, apresándolo de nuevo.
Sir Alex echó a reír.
-Teniendo en cuenta los peligros microbianos que acechan en el mundo, su actitud escrupulosa es comprensible. Pero no sea absurda; piense un poco: ¿cree que Adamski no ha estado nunca en mi casa? ¿Que no se ha sentado en alguna de mis sillas? ¿Cree que sus manazas no han rozado jamás estos muebles falsos? ¿Qué las paredes del laboratorio, de mi despacho en la universidad, están impolutas? La pureza no existe, excepto en mi espíritu y poco más...
-Calle, que me está poniendo de los nervios...
Sin perder más tiempo, salieron de la casa en burla de la nevada que acariciaba los ralos jardines. Las escasas Venus de pago que aún podían aguantar en paños menores la brutal bajada de temperatura, se refugiaron bajo los aleros del tejado de mister Lippershey, que no se molestó en dictar una interdicción insolidaria, pese a los ruegos de Ariane. De Adamski no había ni rastro.
-Habrá ido a comprar su dosis de cocaína -apostilló cruel, el viejo profesor, causando mayor sofoco a la tiquismiquis de Ariane.
