miércoles, 14 de marzo de 2007
Regina Irae, Parte II - Capítulo 39
CAPITULO 39


En un periquete se allegaron al barrio viejo, y casi deshabitado, donde el joven Philip, con palidez extrema y gesto amargado, aguardaba sin acusar los impactos suavísimos del cielo que se caía a pedazos.
Lippershey lo saludó muy afectuoso (para lo que en él era costumbre); Philip, que parecía tan frío como la nieve que lo rodeaba, fue menos exagerado en su respuesta.
-¿Estás enfermo, muchacho? -le preguntó Sir Alex, aferrándole por el hombro, con su mano gigantesca-. Tienes un aspecto lamentable.
-No me encuentro bien; será por los exámenes... -respondió el chico, con acento cansino, rozándose la piel helada de la frente.
-Hay que estudiar mucho en la vida, ¿eh? Pero no te desesperes: el que la sigue la consigue...
Ariane entendió, por el guiño de su jefe, cuánto le había estremecido la mala cara del señor Dreyeris.
Armados con palancas de hierro y otros instrumentos reventadores que el previsor sir Alex había metido en el coche, el trío se personó junto a la llamada Casa del Cuervo, un edificio a punto de doblar la rodilla de puro viejo. Siguiendo las indicaciones del plano, dieron vuelta a la casa hasta dar con la boca de alcantarilla más próxima a la x que habían marcado, y que, por la efusión de la nevada, permanecía oculta a los ojos de los hombres y las ratas. Lippershey, con un barrido de sus pies, desbarató el camuflaje.
-¿Qué se supone que hay ahí? -preguntó el jovencito, mirando de reojo al profesor y a su ayudante, que últimamente se enfrascaban en aventuras muy raras sin ponerle al tanto, ni invitarle a colaborar, excepto cuando se trataba de usar el músculo.
-Haz fuerza, muchacho, y lo sabremos -dijo Lippershey, entregándole la palanca.
Philip introdujo la barra por la ranura y empujó con todo su cuerpo hacia abajo por tres veces seguidas hasta que un chasquido metálico que sonaba a “me he roto” salió de la violentada boca de la tapa. Uno de sus bordes había quedado desencajado. Sir Alex y Philip metieron los dedos por el hueco y, con muchísimo trabajo, lograron extraer la lámina de metal que se oponía a sus deseos. Lippershey fue el primero en asomarse al pozo, pero, pronto, dos cabecitas más formaron un racimo curioso.
-A cuatro metros hay una galería -informó Philip, cuyo joven sentido de la vista no podía equivocarse y menos a la luz del día.
Para ayudar a la claridad filtrada de la jornada inverniza, Lippershey encendió una linterna. Un rayo de luz bañó el conducto delatando su contenido: ratas, humedad, y detritus urbanos: el olor que emanaba de él estaba en consonancia con su aspecto.
A pesar de las inconveniencias, Sir Alex y sus compañeros bajaron a la galería usando una escalinata oxidada y mal clavada a la pared, que a punto estuvo de darles un disgusto. A Ariane se lo dio de fijo: sentía repugnancia hacia la herrumbre.
Philip, que iba en retaguardia, colocó desde dentro la tapa en su sitio, por si, por casualidad, pasaba algún policía y los sorprendía en plena inspección de cloacas, acción para la que no estaban autorizados.
Una vez abajo, Ariane también encendió su linterna. La posibilidad de descalabrarse y el peligro de ser mordida, por ende, aminoraron. Los dos haces de luz recorrieron todos los recovecos de la galería, bastante más larga de lo que habían supuesto. Al cabo de diez minutos, el profesor señaló con su luz portátil una pequeña muesca de la pared.
-I.K... -leyó Philip, a la sazón el más próximo al muro-. Y hay una flechita que señala hacia la derecha...
-¡Iulius Klaines! -exclamó Ariane.
-¿Iulius Klaines? -preguntó Dreyeris, extrañado-. ¿El nazi? ¿Aquel que desapareció hace tantos años y que, según usted, fue asesinado por Anabel I? ¿Qué significa esto?
-Luego te lo diré, muchacho -murmuró Sir Alex, que, en verdad, no tenía intención de hacer tal cosa-. Ahora veamos por qué ese señor se tomó tantas molestias para traernos hasta aquí...
Lippershey echó a andar por el túnel de bóveda de cañón, agachado, pues su cabeza casi rozaba con el techo de ladrillos. Aquel extrañó corredor, frío y desagradable, se prolongaba diez metros, y luego moría estrellado en una pared de cemento.
-Esta sección del alcantarillado fue clausurada hace veinte años -explicó el caballero, recordando las fuentes solventes que había consultado la tarde anterior-. La nueva canalización corre varios metros al sur; ¿escuchan ese rumor de agua? Debe de ser la cloaca nueva. Esta galería tiene una edad muy respetable -continuó, acariciando con su mano enguantada la pared-. Fue construida siguiendo el trazado de los conductos de la antigua Caliganis (¿qué verían estos romanos a nuestra ciudad para ponerle “la oscura”). Fíjense: en algunos puntos de la pared aflora el antiguo opes... Sí, tiene que ser aquí.
Unos tres o cuatro metros antes del fin de la galería ésta se bifurcaba en dos pasajes de sección circular y metro y medio de diámetro. Ariane y Philip examinaron cada una de ellas mientras el profesor observaba la maniobra desde una posición más cómoda. El joven topó con otra muesca.
-I.K. otra vez. Y hay algo más: esvástica negra -dijo.
Sin miedo a las consecuencias, metió la mano por el hueco y aferró un objeto de tacto metálico. Ajeno a las preguntas excitadas del profesor, que no dejaba de repetir: “¿qué es, que es?”, extrajo una caja con un candado pintado de óxido. Sir Alex se la arrebató.
-Ah; esto es lo que buscaba -dijo, observando con destellos mefistofélicos el hallazgo-. No puedo esperar más. -Se volvió hacia Ariane que tampoco salía de su estupor-. ¿Tiene una horquilla o algo con lo que pueda forzar la cerradura?
-¡Déjese de zarandajas!: ¡Dele un golpe! -aconsejó la señora, contagiada de la misma fiebre científica.
A Lippershey le faltó tiempo para tomar una piedra y aplicarla con saña propia de un hombre de las cavernas sobre el candado. La caja estaba abierta. Todos miraron dentro...
Ante sus ojos apareció un libro encuadernado toscamente, que se desmanteló en sus manos, y un montón de folios sueltos. Los ojos del profesor echaban chispas, iluminaban la oscuridad de la galería; sus manos temblaban de placer. Las palabras no acudían a su lengua.
-Oiga -le susurró Ariane al oído a la estatua de sal en que se había convertido Lippershey-. ¿No le parece mejor que estudiemos estos papeles junto al calorcito de la chimenea? Yo ya no siento los pies...
Sir Alex sin disminuir un ápice su entusiasmo, que era casi arrobo místico, cerró la caja; las almas simples que lo acompañaban merecían un descanso frente al hogar.
¿Cómo puede alguien tan viejo tener aún ilusión por la vida? Él es un joven de espíritu y yo un viejo de alma. ¿Será normal sentir así? ¿Por qué no puedo pegar ojo desde hace meses? ¿Por qué para mí la existencia es un potro de tortura al que estoy condenado a regresar día tras día? Alma cree que necesito un psiquiatra; me lo dice con esa cara de preocupación falsa que ponen las mujeres. ¿Qué es un psiquiatra? Una pastilla a las comidas, otra a la cena, Ay; a la química se reduce todo. ¡Cuán distinto sería el mundo si, en vez de duda y oscuridad, hubiera una certeza! La vida no puede ser tan seca. ¡No! ¡No! No puede ser un sufrimiento continuo; no puede carecer de sentido... Ariel; pobre chiquillo, ¿Acaso estás mejor ahora bajo tres metros de tierra, recluido en ese féretro herméticamente cerrado pudriéndote con pausada cadencia en medio del silencio del olvido? ¿O acaso es ahora cuando empieza lo peor para ti? No me lo cuentes: no te presentes más en mis sueños; no quiero saber de tus secretos de ultratumba... Pero, ¿por qué me sonríes con esos labios espectrales que parecen de humo? ¿Hay motivos para reír? No, vete ya; tengo suficiente con esos seres luminosos que moran en los intersticios de mi mente. Quizá lo ignores, pero hay un lugar al que vuelvo cada noche donde ellas habitan de continuo. No sabes cómo son, o a lo mejor, sí; surgen como burbujas de aire de cualquier esquina de mi cerebro. Gozan burlándose de mí. Me arrastran por sus hogares, plagados de habitaciones, escaleras y puertas que se comunican entre sí y pasillos que no terminan nunca. Y se divierten haciendo que me pierda en el laberinto, mientras sus voces sin cuerpo me narran historias terribles. El sueño acaba, pero ellas hacen que vuelva a comenzar, que se repita punto por punto, para mi desesperación. Y cuando llegó al instante en que se inicia la rueda sé que bastaría con pronunciar una palabra con distinto tono o hacer un gesto diferente para poder escapar; pero ellas lo saben también y aunque lo intente, todo se repite, incluyéndose escenas aún más crueles como castigo a mi osadía. Hay una puerta invisible entre su mundo y el nuestro, y cuando la traspasan nada puede detenerlas. No sé cómo son en realidad, y pensándolo bien, no me gustaría saberlo. Pero, ¿por qué te miento? Sí que lo deseo. Sus formas cambiantes delatan un poder metamórfico que está más allá de nuestra comprensión; comprender y conocer; da tanto miedo; ¿Hay alguna manera de cerrar con llave esa puerta? Ellas se disfrazan de aquello que yo más temo cuando quieren atormentarme. Ariel, tú debes de saber de qué te hablo; no te rías así...Veo Fortcastel de noche y la luna llena, roja, tiñe de sangre las murallas que sobresalen como un faro en medio de un mar de mastabas de piedra, árboles petrificados, bosques sumergidos en niebla de cuerpo ondulante, espesa, también roja... Esferas luminosas, miríadas de seres, miradas verdes, revoloteando en la oscuridad como luciérnagas. Son las hadas de Fael, con su carne azulada, que piden más sangre... Están en todas partes... Salen de las profundidades de la tierra, amortajadas con la palidez de un millón de años; de las cavernas, de las orugas, de la corteza de los robles... Nada se les resiste. Nos cercan; y con ellas vienen sus monstruos. No pueden ocultar su olor a azufre. ¡Son la peor encarnación del mal! Ariel, todo está perdido; hemos de atemorizarnos de estas diosas salvajes por toda la eternidad. Ah, olvidaba que tú ya no sufres. Ya has pasado por esto...
-Estás muy callado Philip, ¿qué te pasa? Vamos, dime la verdad. Sé que no tiene nada que ver con tus estudios -preguntó Lippershey a su ex ayudante en el coche, girándose para mirar a la parte trasera.
El joven suspiró como un enamorado obligado a contemplar a su novia en los brazos de un rival más guapo y más inteligente.
-Hace tiempo que me siento raro -dijo, en voz baja, en un susurro casi, como si le avergonzara que Ariane, que estaba al acecho, lo oyera.
-¿Es por alguna chica? ¿Por esa Alma? No te lo tomes tan en serio. El amor es una fábula, un cuento chino; sólo tiene fuerza cuando crees en él, y las mujeres hacen que seas escéptico -dijo, como tirándole la indirecta a Ariane, que sufrió un súbito sofoco.
-No se trata de eso -rectificó el joven-. Estoy atravesando una crisis existencial.
Lippershey rió estrepitoso: ¡una crisis existencial! Jamás había oído cosa tan descabellada de labios de un muchacho. Pero tal reacción fue seguida, agotada la sorpresa, por una más sosegada y acorde con la circunstancia. Se quedó mirando con preocupación al señor Dreyeris, que, hecho un ovillo, contra la ventanilla del auto intentaba abstraerse.
Ya en la villa, el profesor, para asombro de Ariane, dijo que dejaría para más tarde la inspección del material literario legado por Klaines. La despidió; ella se fue, pero a regañadientes, y lo dejó a solas con Philip. Sir Alex quería mantener con él una conversación de “hombre a hombre”.
-A ver, cuéntame de una vez qué es lo que te quita el sueño; ¡crisis existencial! Me da la risa...
Philip se acurrucó junto al fuego de la chimenea que crepitaba salvaje, mientras el inglés lo miraba con aspecto reconventivo, apoyado el codo en la repisa del hogar.
-Va a pensar cosas muy malas de mí -susurro el joven, calentándose las manos-. ¡Me da tanta vergüenza que sepa lo asustado que estoy!
-¿Asustado de que? ¡Por el amor de Dios! Si tienes una vida regalada. Peor es la guerra, y te lo digo con conocimiento de causa...
Después de un minuto de duda, Philip empezó a desgranar sus angustias. Lippershey escuchó, perplejo, como le narraba (como si se tratara de suceso real) las incursiones nocturnas de los súcubos sobre su persona, y ¿qué decir sobre su obsesión por Anabel Spengler, reina, según él, de tal raza evanescente? Sir Alex se sintió casi tan acongojado como atónito. De modo que la baronesa de Fortcastel visitaba al joven todas las noches para seducirle; se bebía sus energías y, luego, enviaba a sus acólitas para que continuaran con la tortura en forma de pesadillas cíclicas y recurrentes. Estaba convencido de que era un monstruo, pero en el sentido más ajustado del término, un ser que no era humano, una vampira o algo así, que se alimentaba de energía psíquica, como una de esas larvas que describen los manuales de magia con todo lujo de detalles. Es más, afirmaba que ella era el Monstruo de Barglava, que lo había perseguido en Silvain con el propósito de matarlo, infligiéndole los mismos sufrimientos que a Ariel Varnemati. La psicosis había arraigado profundo en el espíritu del muchacho, pensó Sir Alex. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Se sintió culpable de un delito gravísimo, que no está penado por las leyes ordinarias, pero que él mismo castigaría con la mayor dureza. Si Philip acababa como Ariel...
-No tenía ni idea de que estuvieras tan confuso -dijo, el profesor, dejando de dar vueltas por la biblioteca-. Opino que lo mejor, y no me lo tomes a mal, es que te centres en tus estudios. Ya sé que estás harto de los consejos de este viejo loco, que ahora te habla, no sólo como amigo, sino también como psicólogo. No trates de emular a un tipo como yo; las personas de mi clase vivimos a al margen de las reglas convencionales, pero para ello hemos de ser muy duros. Quizá no nos haya hecho el mundo así; es que somos así. El margen es nuestro ámbito natural. Pero tú, Philip, no eres tan fuerte como para sobrellevar los sinsabores de la vida aventurera. Te causaría demasiada alteración mental la zozobra de no saber qué ocurrirá mañana, la pérdida de los afectos familiares, la soledad, Philip, la soledad; es muy duro llegar a mis años y tener que vivir solo en una casa tan grande... Así que, olvídate de todo lo que has visto u oído en este lugar; de mis labios no salen más que tonterías, especialmente, en lo que se refiere a Anabel Spengler y a su secta. ¿No te das cuenta de que son especulaciones sin fundamento? No permitas que el miedo te atenace. Debes ser valiente, y si no puedes contra tu aflicción, hijo mío, entonces pide ayuda a un médico, de inmediato, porque en tus condiciones, mañana podría ser demasiado tarde...
-¿Usted también piensa que estoy loco? -suspiró Philip con sus últimas energías, las que el discurso de Sir Alex no había consumido.
-No, pero no quiero que acabes mal. Mira; seré franco contigo y perdona si te ofendo. Pero creo que lo que te está matando es algún tipo de problema sexual. Demasiada abstinencia. A tus años deberías desahogarte dos veces al día por lo menos. ¿No estabas saliendo con esa chica? ¿Es que ella te rechaza?
-En realidad, Alma si quiere... -respondió, tímido Philip, bajando la cabeza.
-¿Entonces? -exclamó Sir Alex, perdiendo la compostura.
-Anabel no permite que esté con ella ni con ninguna otra -dijo Philip, en una especie de susurro delirante.
El profesor no quiso oír más. De inmediato, buscó en su agenda el teléfono de un psiquiatra amigo suyo, y concertó una cita para el muchacho, que estaba como ensimismado mirando a la chimenea. Logró arrancarle la promesa de que iría a visitarle.
La palmada que descargó sobre la espalda del chico cuando se despidieron no enderezó su figura concorvada y triste. “¡Échale valor!”, le dijo Lippershey, por tres o cuatro veces, de camino a la puerta; Dreyeris no reaccionaba. Pero, de pronto, una chispa de vida relumbró en su mirada.
-¿Me llamará cuando haya leído el libro del señor Klaines? -preguntó, en el quicio de la puerta, con un tono menos abatido-. Tengo mucha curiosidad.
-No pienses ni por lo más remoto que te lo voy a contar. Si alguien tiene que perder un tornillo, ése debo ser yo. Y tú, jovencito, a dedicarte a las mujeres las veinticuatro horas del día -dijo el profesor en un tono jocoso-. Es seguro que no has venido a este mundo para ser parapsicólogo, pero quién sabe si no harás carrera como gigoló... Debe de ser un trabajo estupendo; pero en todo caso, lo prioritario es la práctica...
Las mejillas de Philip enrojecieron; con tal remedio contra el frío salió a la calle, arrastrando los pies sobre la nieve. A Sir Alex se le mudó la sonrisa por un rictus de preocupación.
*****
No le resultó nada fácil concentrarse en la lectura del libro de Iulius Klaines después de haber escuchado las palabras de aquel veinteañero. No entendía la marea de sentimientos que lo agitaba. “Humor a raudales” ese era su lema, y se lo tomaba muy en serio.
Lanzando un hondo suspiro, tomó el cuadernillo que formaba el libro del señor Klaines y lo abrió ante sus ojos, siempre ávidos de novedades.
La letra no era muy buena; en puridad, tenía hechuras hermosas, pero el apresuramiento a la hora de ponerla sobre el papel le había producido monstruosas deformaciones. Muchas palabras no se entendían; las hojas, por lo demás, habían sufrido roturas y desgarrones que dejaban frases enteras falladas y sin sentido; pero, ¿quién dijo difícil? Lippershey empezó a leer con el remordimiento propio de un imprudente que se asoma al diario íntimo de un viejo conocido.
El reloj de Lippershey marcaba la una en punto; cualquier otro día se habría ido a la cocina a entregarse a las tareas domésticas. Pero aquella mañana el alimento del cuerpo debía ceder el puesto de prioridad al del espíritu curioso de todo intelecto superior.
Sin más demora, abrió el cuaderno, un diario personal, por las últimas páginas...
