sábado, 21 de abril de 2007
Regina Irae, Parte II - Capítulo 41
CAPITULO 41


El corazón de Sir Alex empezó a latir a velocidad inaudita. No lo pudo evitar: aunque ya tenía proscrito el tabaco de su boca, se metió en ella un cigarro y se lo fumó para aliviar la tensión. ¡Qué locuras había escrito Iulius Klaines en aquellas hojas!, pensaba, mientras veía subir humo en caracolillos; nada, no obstante que no hiciera honor a la fama de Anabel Spengler I.
*****
Por la tarde regresó Ariane, ansiosa por saber todo de todo, y tal era su impaciencia que lo primero que hizo, antes que preguntar de qué había hablado su jefe con Philip, fue lanzarse sobre el diario de Iulius, que Sir Alex había dejado abierto sobre su escritorio al tiempo que lo ametrallaba a preguntas. Pero el profesor, estirado, con las manos a la espalda, y una extraña expresión en los ojos, no le contestó. El ánimo de Ariane se congeló entonces. ¡Qué ojos le estaba poniendo!; ¡daba miedo! ¿Estaría disgustado todavía porque había rechazado su proposición matrimonial?
Cuando Sir Alex le explicó las razones de su torvo talante (la enfermedad de Philip y el contenido del libro de Klaines) comprendió la hondura de las preocupaciones de su jefe, e incluso, se sintió contagiada de algunos de los grados de indignación que a él le sacudían.
El profesor, muy interesado en que sacara sus propias conclusiones, la dejó un tiempo sola para que echara una ojeada a los escritos de Klaines, mientras él salía a dar una vuelta.
Después de la lectura superficial de las aventuras mitológicas del señor Klaines, Ariane estaba completamente convencida de que aquel texto más que proporcionar respuestas, sugería preguntas y todas muy inspiradores y fabulosas.
La figura estilizada del profesor ataviada con su traje de paseo, apareció en el quicio de la puerta de la biblioteca.
-¿Qué le ha parecido? -preguntó-. ¿Ha leído las últimas páginas del diario, como le ordené?
-Sí, señor; este pobre diablo estaba loco de atar... Nada de lo que aquí se cuenta tiene sentido... Pero resulta de lo más interesante, y habla de Marián... Además...
Justo en ese instante, sonó el timbre: ambos sabían, sin necesidad de abrir la puerta, que su visita era Adamski. Ariane se espeluznó. ¡Qué inoportuno! Ciertamente, cualquier momento del día que hubiera elegido para presentarse a ella le habría parecido inadecuado.
En aquel caso era de veras una llegada inoportuna. Con él entró un hombre que tenía cita para regresionarse y cuya cita casi habían olvidado con la historia de Klaines. Sir Alex le rogó a su colega que volviera más tarde, pero el doctor se deslizó al vestíbulo, fingiendo una súbita sordera. Al final, al profesor no le quedó mas remedio que encerrarlo en la oficina de Ariane, mientras él departía con el paciente.
El estropicio que armó Sergio Adamski en los archivos fue de campeonato; ya tenía confianza con ellos, y la confianza, como reza la sabiduría popular, da asco. Se suponía que tenía licencia para escoger los ficheros relativos al Monstruo de Barglava, y bien que la aprovechó. Como Ariane no se atrevía a tocarle un pelo, actuaba a sus anchas.
Los cajones de los archivadores, abiertos de par en par, y un barullo de carpetas vaciadas sobre el escritorio daban fe de que Adamski y el orden no hacían buenas migas. De hecho, se justificaba diciendo que su mente funcionaba mejor en medio de la confusión, que el metodismo era cosa caduca, de cerebros anquilosados, y para apoyar sus tesis sacaba a relucir estudios científicos de no sé qué universidad japonesa que otorgaban mayor creatividad a los hombres que trabajaban en despachos tumultuarios.
Cuando Lippershey se libró del paciente (que fue pronto: no quería dejar a solas a su enemigo con Ariane durante un lapso suficiente como para que volvieran a franquearse) entró al despacho, hecho una furia. Su cólera se multiplicó por tres en cuanto vio cómo había quedado. Sus gritos se dirigieron, alternativamente contra Adamski y contra Ariane, acusando a cada uno de una falta distinta: a él de salteador de caminos, a ella, de pésima guardiana. El profesor agarró del cuello de la chaqueta a su rival y lo zarandeó. Adamski replicó dándole una patada en la espinilla, que dio en hueso y le produjo una contusión en el dedo gordo.
-¡Oiga Lippershey! No se ponga en este plan: recuerde el pacto que hemos hecho -dijo el barbudo parapsicólogo, con gesto de dolor-. No querrá que le hable a Marta de...
-Calle, idiota, calle –gruñó, entredientes, muy molesto, el caballero.
Ariane frunció el ceño: ¿hablarían de ella?
-La verdad es que ustedes, los ingleses, llevan en la sangre una inveterada tradición de Hooligans -dijo Sergio, para ofender.
-¡Ojalá fuera un hooligan! Se iba a enterar de lo que vale un peine. ¿No le enseñaron sus papás que antes de visitar una casa es preceptivo avisar con antelación suficiente a sus dueños? ¡Y mire cómo lo ha puesto todo! ¿Cómo vamos a organizarnos en semejante revoltijo?
-No se preocupe; yo controlo la situación. Tengo medio esbozado un esquema preliminar del libro -explicó Adamski, desplegando un mugriento papel que llevaba en el bolsillo de su chaqueta de cuadros rojos y azules-. En cuanto a lo que se ha caído, ¿para que está aquí la señora Lavalle?
-Sí, bastante tengo ya con tocar lo que usted ha contaminado... -se le escapó a Ariane.
-¿Contaminar? ¿A qué se refiere, por el amor de Dios? -replicó, con el rostro lívido el señor Sergio Adamski.
-Bueno, bueno; basta ya de tonterías -intervino Lippershey, antes de que alguien entrara en detalles sobre tan espinosa cuestión-. ¿Podemos empezar de una vez? -continuó, extrañamente complaciente con su colega.
Los sabios se sentaron a discutir cómo abordarían el asunto de Barglava. Ariane tomó la bayeta que escondía bajo una repisa y limpió algunos de los archivadores, con disimulo, eficiencia y lejía, sin dejar de hacer señas al profesor para que sacara al señor Adamski de su oficinita. Sir Alex, al cabo de unos minutos interrumpió, abrupto, el soliloquio de Sergio que explicaba, en líneas generales, el contenido de su minucioso croquis.
-¿No preferiría que siguiéramos en la biblioteca? -dijo, con una elocuente media sonrisa dirigida a Ariane-. Aquí hace un poco de frío...
-Esta es su casa -replicó molesto, Adamski-. Pero no vuelva a cambiar de opinión; verá el tiempo que vamos a perder llevando todo el material a la otra mesa y en concentrarnos de nuevo...
-No creo que se pierda mucho si no acabamos en dichoso libro. Al mundo le sobran unos cuantos tratados de parapsicología.
-Desde luego, los de usted, y los de todos aquellos que cuestionan y desprestigian los fenómenos paranormales -dijo Adamski, atrapando entre sus brazos todos los papeles que pudo-. Esos autores obedecen a altas instancias políticas...
-Supongo que quiere decir a la CIA... -se burló Sir Alex, guiñándole un ojo a su secretaria, que, detrás del señor Adamski también sonreía.
-No; le hablo de una organización mucho más tenebrosa cuyo objetivo es la manipulación de las conciencias, la colonización cultural y la extensión de la ignorancia a escala planetaria.
-¡Se equivoca: jamás he trabajado para la Disney! -exclamó categórico y jocoserio, mister Lippershey.
A Ariane le dio un ataque de risa floja.
Casi simultáneo a escuchar el blam de la puerta cerrándose, la escrupulosa mujer inició la limpieza de las sillas, mesas y de todo cuanto había sido profanado por Adamski, con una profundidad maniaca.
A través del intercomunicador, Sir Alex reclamó su presencia; le había dado un margen de veinte minutos para que higienizara el habitáculo. De mala gana, se reunió con los dos hombres.
-Y ahora, céntrese, Adamski; no piense que voy a tenerlo en mi casa hasta que San Juan baje el dedo...
No podría ocurrir tal. Sergio, de su puño y letra, y tras breves consultas a la documentación, escribió el borrador del prólogo y del primer capítulo él solo y a una velocidad vertiginosa. Sir Alex estaba admirado de la fluidez de la prosa de su rival, aunque se guardaba de darlo a entender. Bien al contrario, buscaba los defectos de expresión, las faltas de ortografía y demás pecados veniales de la escritura, y se ensañaba con ellos, para no concederle el mérito que se merecía. “Sólo es un borrador” se defendía el manoligera, sin dar tregua a la muñeca. Sir Alex, para no ser menos, escribió un párrafo, que, eso sí, quedaría muy bonito como futuro pie de foto.
Ariane clasificaba los documentos según los criterios que le sugería Adamski, con un poco de grima, con la prevención de tocarlos por donde no lo había hecho el apestado. Tenía el ojo siempre alerta para no equivocarse. Sir Alex, estando avisado de su manía, se fijaba en las absurdas maniobras que efectuaba para librarse de un imposible contagio, y, a veces, no podía contener la risa. Imagínese el lector la escena; el inglés, rompiendo un intenso instante de trabajo con una carcajada extemporánea que luego era incapaz de explicar y los demás mirando con cara de pasmo uno, y de malestar, la otra. “Está chocho”, decía Sergio a la señora, que le contestaba a todo que sí, roja de vergüenza.
De pronto, el doctor Adamski sacó de debajo de un cartapacio varios folios sueltos de aspecto vetusto enganchados con un clip a una hoja, que enseguida atrajeron su atención. Sir Alex, trató de arrebatárselos al darse cuenta de lo que era, pero Sergio saltó de la silla. Había leído en la primera página las palabras ‘Diario de Iulius Klaines’.
-¡El diario de Seth! -exclamó, tan entusiasmado como un niño al que sus padres no le restringen las compras-. Reconozco la letra. En la biblioteca de la Universidad se conserva un manuscrito de su magna obra ‘Regina Irae’
Ariane se puso colorada, Sir Alex, no menos. Además, le castañeteaban los dientes.
-Vamos, devuélvame eso.
-¿Dónde lo ha conseguido? ¿De qué trata? Por favor, no sea malo. Confíe en mí.
El profesor Lippershey y su secretaria se miraron buscando ponerse de acuerdo. ¿Era prudente contarle a Sergio la historia de Iulius? Quizás ya no quedaba más remedio. El hombre pasaba sus ojos a toda prisa sobre la letra vigorosa de Klaines y sobre la redondeada de Ariane, que había escrito en la introducción un resumen muy explícito del texto. Y mientras ellos pensaban, él ya iba por la décima hoja.
Aunque de mala gana, Sir Alex, con más palabras de las necesarias y muy en desacuerdo con la parte desconfiada de su alma, relató a su colega lo que el lector ya sabe sobre el descubrimiento del legado del mago negro y su contenido, causando estupor al receptor del mensaje, que podía creerlo todo menos que el inglés se lo hubiera guardado para sí durante tanto tiempo ¡Así que era eso lo que se traía entre manos con su secretaria!
-Aún no he leído el manuscrito entero pero tengo una visión -dijo Adamski, haciendo buenos los temores de Sir Alex-. ¿No se da cuenta? Iulius y Marián descubrieron una terrible conspiración extraterrestre. Anabel I era la cabecilla del grupo alienígena de vanguardia; es evidente que no era un ser humano normal; estaba dotada de poderes extraordinarios, como bien describió Klaines (aunque esto debo leerlo yo con más detenimiento) El Monstruo es real; sin duda. Hay muchas posibilidades de que se trate del fruto de algún experimento secreto; ya sabe: técnicas de fusión celular para la creación de híbridos de especies diferentes, quimeras. Por eso roban la sangre de los animales y las personas: necesitan el material genético en ella contenido. ¡Está clarísimo! -remató Sergio, en un tono de voz ya notablemente molesto a los oídos de Sir Alex.
-Pero, ¿qué está diciendo, hombre? -replicó el inglés, alarmado por la excitación súbita de su colega-. Ponga los pies en el suelo. No existe ninguna diferencia entre creerse que Anabel I tenía contactos con la Reina de la Ira in person o creer que era una infiltrada extraterrestre (¿cómo ha dicho: “cabecilla de la invasión...”?) En el Valle hay manipulación; cierto. Pero los que la llevan a cabo son seres humanos como nosotros, y por lo visto, tienen mucho éxito, porque no faltan idiotas que dan crédito a sus patrañas. ¿No se da cuenta de que lo que persiguen es, precisamente, convencernos? Iulius mismo se daba cuenta de que les estaban enredando. Ahora que lo pienso, para ser nazi era bastante más inteligente que el idiota de Theodor.
-¡Disiento, disiento! -exclamó a viva voz el señor Adamski, rojo de júbilo-. Y fíjese lo que le digo: Anabel Spengler II es otra alienígena... Recuerde las radiaciones que mataron a Ariel Varnemati; ¡si me niega que el chico murió por causa de una agresión extraterrestre me lo como vivo!... Y ahora Iulius Klaines confirma los enormes poderes psíquicos de esos entes cósmicos que pertenecen a una civilización que está a años-luz de la nuestra en cuanto a desarrollo mental. ¡El contacto se ha producido ya! ¡Y podemos probarlo!
“¡Buena la he hecho al abrir la boca!”, pensó Sir Alex, atribulado, mientras Sergio apartaba su esquema y hacía conato de encabezar una hoja con un nuevo capítulo que ya tenía, sin duda, escrito en su mente sobre el Monstruo-quimera de Barglava, escapado de los laboratorios de Anabel Spengler, actual embajadora del planeta X. No había duda de que se había apuntado a la investigación sin necesidad de someter la idea a la consideración de nadie.
Antes de la hora del té Adamski se marchó a buscar más información con el maletín lleno de apuntes y la cabeza llena de pájaros.
Sobre la mesa quedaron las primeras páginas del libro y un prólogo sobre el asunto de Klaines. Era una máquina; ¡Todo lo que había hecho en unas horitas de nada! Sir Alex por fin, ya comprendía cómo era posible que su colega escribiera un libro en tres semanas. Usaba siempre el mismo esquema y un montón de fórmulas o frases tipo que adaptaba según el contexto. Tenía una para empezar un capítulo, otra para iniciar el desarrollo, otra para introducir una anécdota o una reflexión, otra, para concluir... ; luego metía el relleno: decenas de casos hilvanados con escasa conexión, y al horno. Era como resolver una ecuación matemática: “Eso no tiene ciencia”, decía Lippershey para quitarle valor.
-A mí me parece que el señor Adamski posee unas cuantas buenas cualidades. Creo que nos será muy útil -dijo Ariane, con comedimiento-. Si no fuera por lo de su enfermedad me sentiría a gusto en su compañía. Pero se lo juro; me incomoda mucho esta situación. Sólo de pensar que ha de volver mañana y pasado y al día siguiente, se me ponen los pelos como escarpias.
Sir Alex la miró de reojo y alzó la ceja al tiempo que anudaba sus dedos sobre la mesa.
-La culpa ha sido suya, que ha cometido la negligencia de dejar el diario de Klaines por ahí. Mucho limpiar y poco ojo. -Luego adoptó un tono menos serio-. Me pregunto cómo puede vivir con su hermana sabiendo que es médico dermatólogo... ¿No teme que ella la contagie?
-Lo de mi hermana es distinto -defendióse Ariane, muy ufana-. Se lava a conciencia en el hospital y en casa. Es muy mirada para esas cosas. -La mujer se rascó el brazo ahondando la cara de disgusto-. Mire, ya noto hasta picores. ¡Ay, ay!
Lippershey emitió un bufido de sorna.
-A mí también me pasa algo raro en esta mano -dijo, atacando con sus uñas la piel de su extremidad-. Se me ha llenado de manchitas rojas... y este prurito, my God!
-Se burla porque no sabe, afortunadamente, lo que son esas enfermedades. Tenía que echar un vistazo al Atlas de Dermatología que tiene mi hermana en casa. Quien ve las fotos de ese libro y no siente nauseas es que no lleva sangre en las venas.
El recuerdo de las pústulas, llagas, excoriaciones, puses, ampollas, granos, descamaciones y demás síntomas de afectación de la piel, produjo a la señora Lavalle una especie de vahído acompañado por un vasto ademán de arcada que le duró hasta el día siguiente, cuando el doctor Adamski regresó a la casa, a la misma hora y con el mismo entusiasmo de la víspera.
Al doctor le faltó tiempo para agarrar el diario de Iulius Klaines y encerrarse en el despacho de Ariane. No salió de allí hasta que no pasaron dos horas. Llegaron a pensar que le había dado algún síncope de tan silencioso como estaba. Sir Alex ya dedujo que no venía con muchas ganas de escribir sobre el Monstruo de Barglava.
Cuando se reunió con ellos, tenía el rostro transfigurado y los ojos enrojecidos: mala señal.
-Yo tenía razón. Es lo que pensamos -dictaminó, muy seguro de sí mismo-. Lo he leído de cabo a rabo.
-Lo que piensa usted -aclaró sir Alex, rascándose la coronilla-. Yo no lo tengo tan claro.
Ariane apartó con cuidado el manuscrito, que el doctor había dejado sobre otros documentos no tan pintorescos.
-No sé qué parte ha leído, señor Adamski -dijo, con ironía-. Pero yo no vi que en ningún sitio se explicara que Anabel Spengler era una extraterrestre. Había, en cambio, un extravagante discurso de esa señora sobre manipulación de mitos de ovnis y arquetipos. -y al pronunciar esta palabra, le envió una sonrisa a su complacido jefe, que le contestó con un guiño-. Parecía ser una mujer con mucho que ocultar. Lo de la habitación con los documentos comprometedores es espeluznante... Y más lo que pensaba Iulius sobre el destino de Marián de Castro.
Sir Alex sacó de una carpeta otro de sus famosos gráficos, donde había varios párrafos marcados con un símbolo y varias palabras subrayadas.
-Como veo que a ninguno les apetece escribir, nos centraremos en el análisis científico del manuscrito. He entresacado las informaciones más relevantes. A ver si están de acuerdo en algo -musitó, calándose los lentes, mientras las orejitas de sus colaboradores se ponían en posición receptiva -Veamos -dijo:
»Punto uno.- Marián de Castro era una huérfana recogida por Anabel Spengler y criada por ella lejos de Fortcastel.
»Punto dos.- Marián de Castro, presumiblemente, pertenecía a su secta pagana, y casi con toda probabilidad, participó en algún sacrificio humano.
»Punto tres.- Theodor estaba como una cabra desde muy temprana edad.
»Punto cuatro.- Ander Basquit era una persona bastante sensata, para ser un nazi.
»Punto cinco.- En unas excavaciones ilegales Iulius Klaines encontró una lápida conmemorativa, que según él, era prueba de que la Leyenda de la Reina de la Ira, fue un hecho histórico.
»Punto seis.- Marián de Castro estaba embarazada, y para colmo, padecía de una enfermedad que no se nombra, pero que debía de ser terrible. Tenía miedo de la muerte, como todos. No se alude al padre de la criatura.
»Punto siete.- Iulius mantenía una extraña relación con Marián, más paternalista que amorosa, ya que en ningún lugar se mencionan efusiones erótico-sentimentales.
»Punto ocho.- Marián parecía no estar en sus cabales, excepto cuando acusaba a su tutora de ser mala.
»Punto nueve.- Anabel Spengler guardaba documentos que la implicaban en crímenes y conspiraciones abominables en un lugar que por mala suerte no se cita con exactitud.
»Punto diez.- Iulius acabó loco de remate después de un supuesto ‘duelo de magos’ con Anabel.
»Punto once.- Lo encerraron. Y se escapó. Eso lo sabíamos de antes.
»Punto doce.- Se le había metido en la cabeza que Marián de Castro iba a sacrificar a alguien en Fortcastel, cosa que no sería de extrañar.
»Punto trece.- En una presentación efectista, Anabel realizó un truco de ilusionismo haciéndole ver que partía una lápida con el poder de su ‘magia’. En este punto, convendrán conmigo en que Iulius ya estaba majareta del todo.
»Punto catorce.- Marián tuvo un hijo.
»Punto quince.- El día que Iulius desapareció había luna llena.
»Ariane interrumpió el discurso del profesor.
-¿Dónde dice eso?
-No lo dice, jovencita, pero he consultado las efemérides planetarias para ese día y lo sé seguro.
-Pero habíamos dicho que hablaríamos de lo que se infiere del texto, no de elementos externos -protestó el doctor Adamski.
-Bueno, está bien. El punto quince no vale de momento.
»Punto quince bis: Slavia era tonto. Y según Iulius, hijo de Anabel, como yo pensaba.
»Punto dieciséis: Anabel Spengler también estaba loca.
»Bien, creo que se podrían extraer más puntos, pero estos son los fundamentales. Ahora hay que analizar toda esta información y sacar conclusiones válidas.
Ariane se adelantó a la lengua del doctor Adamski que parecía ansiosa por sacudirse.
-Propongo que en lugar de exponer lo que sabemos, hagamos una relación de lo que no sabemos. Por ejemplo, ¿qué fue del hijo de Marián?
-Sé lo que está pensando, señora Lavalle -dijo Lippershey, atropellando también las palabras de Sergio-. Pero es absolutamente imposible que ese hijo sea Anabel II. ¿Cuántos años le echaría usted, treinta y cinco, cuarenta como mucho? Nuestro hombre o mujer debería tener al menos unos 44.
-Tal vez se haya hecho un estiramiento facial -apuntó Sergio, en serio.
-Bueno, cuarenta, cuarenta y cinco... Hay gente que engaña mucho -susurró Ariane-. El caso es que varios elementos hacen sospechar que existe una relación entre Marián y Anabel II. Ese parecido...
-Pudo haberla concebido posteriormente. Quizás Anabel tiene un hermano o hermana que no conocemos... -insistió Lippershey, y enseguida puso los ojos en blanco-. ¿Será alguien del pueblo de Barglava?
El doctor Adamski terció, con voz mística, por no decir delirante:
-No sean ilusos. Iulius sabía muy bien que iban a inmolar al bebé a los extraterrestres. Ese niño ya está en el limbo o vagando por el bajo astral.
-¿Para que quieren los extraterrestres bebés? -dijo Ariane, muerta de risa, imaginándose a un hombrecito verde con trompetilla viajando por el dichoso Bajo Astral con un chupete en la mano.
-Para renovar su sangre y regenerar sus cuerpos -soltó Sergio.
-Adamski, le permito participar solamente si piensa con racionalidad. Sepa que no me cuesta ningún trabajo decirle que se vaya y regrese sólo para escribir el libro, que es para lo que tengo que aguantarle. ¿De verdad no recuerda nada de lo que le expliqué cuando era alumno mío: le entró todo por un oído y le salió por el otro? -dijo Sir Alex, tomando un libro con aires amenazadores.
Sergio le miró un poco amilanado.
-Además, si Anabel hubiera sido una extraterrestre no se hubiera muerto, ¿verdad? -opinó Ariane, pizpireta, aliviando el momento de tensión.
-Eso me temo. Por fortuna, murió -afirmó Sir Alex, y continuó esbozando una sonrisa, más amable-. Los escritos de Klaines son válidos dan testimonio de las actividades manipuladoras de la gentuza con la que trataba... Ello corrobora mi hipótesis: existe un grupo especializado en crear y re-crear mitos con fines que se desconocen. Ellas, esa secta de la que le he hablado, las guardianas del Ara de la Diosa, están detrás de todo...
Ariane, que se había quedado un poco pensativa, dijo, al cabo de un minuto.
-Pero ahora que lo pienso la tumba de Anabel I está vacía...
Sir Alex se estremeció como la estructura de un rascacielos al sentir bajo sus pies un temblor de tierra.
-Señora Lavalle, ¿no habíamos quedado en que el señor Filbert dijo eso a Amelia para tranquilizarla? Puede haber una explicación en la que no habíamos caído.
Sergio y Ariane prestaron mucha atención. Intuían que él iba a soltar una revelación. Se hizo esperar un minuto, pero al final dijo, con ínfulas misteriosas:
-Anabel II sacó el cadáver de la tumba y lo enterró en otro lugar para que nadie descubriera el veneno en su organismo.
-¿Qué veneno? -dijo el doctor Adamski, con los ojos como platos.
-El que ella le puso en el café. -rió Ariane, leyendo una de las notas de Sir Alex, que asomaba de una libreta.
-¡Vaya estupidez! -clamó decepcionado Sergio, que esperaba algo menos prosaico.
-Para estupidez lo de los extraterrestres -protestó Sir Alex.
Ariane levantó la mano.
-Señores, no discutan, que están en periodo de tregua.
Ambos hombres se miraron torciendo uno el ojo derecho, el otro el izquierdo.
-Gracias, señora Lavalle. Le da a él el toque de sensatez que le falta -dijo el doctor Adamski, muy satisfecho.
-Y usted nos da a los dos el toque de locura que no necesitamos, pero, en fin, no voy a explicar lo que es obvio. Centrémonos -dijo, con sosiego forzado el inglés-. Si se rumoreó que Anabel había matado a su tía, o a esa que dice que era su tía, tiene que haber una razón. Y del diario de Iulius se desprende que Anabel II, de ser hija de Marián, podría tener muy buenas razones para eliminar a la vieja.
-¿Una venganza? -apuntó Ariane.
-O algo que no podemos aún alcanzar a entender...
-¿Venganza por qué? -inquirió Sergio, retorciendo la pajarita hasta casi sacarla del cuello de su camisa.
-Me desespera, Adamski -gruñó el profesor Lippershey formando un par de garras con sus manos-. En el diario se dice claramente que Marián iba a realizar un sacrificio humano, influenciada por Anabel I, para curar su enfermedad mortal. ¡Y a quién pudo sacrificar más que a su hijo! Si luego tuvo a Anabel II, ésta pudo decidir que Anabel I había hecho tomar a su madre una decisión cuanto menos imprudente.
Ariane frunció el ceño, preocupada por el exceso de fantasía con que su jefe adornaba una teoría científica.
-Bueno, profe. No creo que se diga tan claramente como usted asegura. El diario está lleno de vaguedades, y no podemos fiarnos mucho de la cordura de quien lo escribió.
-Estoy con usted -añadió Sergio, mirándola con gesto cómplice-. Las interpretaciones pueden ser muy variadas según el criterio que se use para evaluar el texto.
-No hay más que una evaluación posible -sentenció Sir Alex, otra vez severo-. Anabel I estaba loca y volvía a todos al mismo estado mediante sus ‘poderes hipnóticos’ y su convicción paranoica. Y Anabel II, de un modo u otro, ha aprendido las mismas mañas. Miren como tiene a Cristina de embobada. Aunque tenía allanado el camino. No quiero ni pensar en qué habrá hecho ya, bajo las sugestiones de la vieja.
-¡Pensar que Cristina mata bebés! -se burló Sergio, adivinando el sentido de su parlamento-. Ella sólo tiene una cosa en la cabeza y no es el crimen precisamente.
Ariane se cubrió la boca con la mano para controlar la hilaridad. A Lippershey no le hizo gracia la aseveración de su colega.
-No creo que usted sepa eso por experiencia... -dijo, sarcástico.
-Lo sabe usted; eso hace más grave su necedad. ¡No cree en un Ovni que ve con sus propios ojos y que incluso graba en video, pero da crédito a anónimos ridículos, fotos dudosas y delaciones de enemigos de Cristina!
-Como nos vayamos por las ramas, ni libro de Monstruo, ni investigación sobre el diario de Iulius -recordó Ariane, a guisa de profesora rompe riñas.
Los hombres aceptaron tácitamente el buen sentido de estas recomendaciones, y volvieron a ocuparse del manuscrito. Su grado de concentración era tan elevado que ni siquiera los tic tacs de los relojes de la biblioteca los bajaban de la nube. Sin embargo, después de dos horas no se habían puesto de acuerdo sobre casi ninguno de los ‘dieciséis puntos fundamentales’ del profesor Lippershey, exceptuando quizás el de que Anabel I era mala, sin perjuicio de que cada uno de ellos le otorgaran a su mala catadura un origen diferente.
Sergio se marchó, tras prometer que reflexionaría en su casa sobre las actuaciones que debían llevar a cabo para discernir qué era real y qué inventado en el texto de Klaines. Sir Alex se alegró de librarse de su presencia. Tenía otras cosas más importantes en qué pensar...
