El Cultural -Magazine de El Imparcial

jueves, 03 de mayo de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 42

CAPITULO 42

Chófer de Anabel


Si el lector tiene esa buena memoria que le intuimos, no habrá olvidado que Sir Alex había prometido regalarle a Amelia D’Armani un ejemplar de su novela autobiográfica “Historia verdadera de un seductor inglés” que, años ha, había editado a su costa por diversión y vanidad, y que endosaba a aquellas que más le placían para que no perdieran nunca de vista sus excelentes cualidades. A lo largo del tiempo tanto había sido su afán por deslumbrar, y tantas las mujeres que le habían placido, que había agotado la edición como quien dice.
La señora Lavalle, después de recoger, descubrió el tomo que su jefe había sacado de entre sus compañeros de cartón y papel destinado a Amelia.
Al leer en la portada el nombre del autor se llevó una formidable sorpresa que anduvo parejas con la que le produjo recorrer algunos tramos del texto, no tan ininteligible como se había imaginado. El mismo profesor solía echar pestes de sus detractores, que le achacaban la posesión de un estilo poco claro y demasiado germánico; nada que no supiera Ariane por propia experiencia: si los párrafos de los libros que escribía pudieran substanciarse en materia tangible y fueran echados al agua, se hundirían sin remisión hasta alcanzar profundidades abismales.
Pero en aquel relato de don Juan exagerado y socarrón el hombre se había liberado de todos los corsés que aprisionaban sus palabras cuando éstas aparecían en tratados serios. Ariane se rió lo suyo con el episodio (leído a intermitencias) de su idilio con Cristina (que figuraba en el libro, como todas las demás amantes, con un nombre ficticio, que a ella no se le despistó, pues conocía los detalles de la historia) y se enterneció con la triste narración de los primeros escarceos sexuales de Sir Alex con una viuda melancólica, de edad madura. La tal señora Jones se había encaprichado tanto con el adolescente Lippershey que acabó envenenándose con cianuro cuando él se marchó a Eton al final de aquel verano galés, lleno de revelaciones sobre la vida y tés delante del tablero de ajedrez, y de poemas que se engrandecían en su lectura con la preciosa voz del joven, y de tantas y tantas cosas como ocurren entre una mujer solitaria que barrunta el otoño y un hombre que empieza vivir la primavera y a recoger las frutos de las plantadas flores de su encanto. En el libro no se mencionaba que el bisoño amante hubiera sentido por aquella infeliz romántica un amor en consonancia con el desafuero del desenlace. Si se refería, en cambio, a una engreída y supuesta vocación de servicio a las damas, que le hacía vulnerable a las súplicas tácitas de los corazones rotos y solitarios; se creía una especie de caballero andante dedicado en cuerpo y alma a llevar un poco de alegría a la Dama Siempre Triste, encarnada en multitud de féminas de carne y hueso que, salvo excepciones, siempre le habían agradecido el esfuerzo. Según sus palabras “nunca había querido utilizar a ninguna mujer, sino sólo dejarse utilizar por ellas”. Era una confesión desconcertante en boca de un hombre tan presuntuoso, pero los hombres, hasta cuando fingen rebajarse, actúan con orgullo.
-Qué bonito esto que cuenta aquí sobre la señora Jones -le dijo Ariane al profesor, entregándole el libro, que él, de inmediato, envolvió con papel de regalo-. ¿Es todo verdad, es verdad que usted la acompañaba durante horas y horas para aliviar su desconsuelo a pesar de las habladurías de sus paisanos?
La manera en que Ariane repetía lo que había leído parecía una muestra de gratitud en nombre de la viuda fallecida por su propia mano. Lippershey no quería que ella hablara por seres que estaban ya en el recuerdo y solo allí; tenía su propia voz y su propia alma entristecida. ¿Podría negar que también se sentía sola y melancólica? ¿Podía negar que él la entretenía con sus extravagancias, con sus historias sobre Anabel Spengler, Iulius Klaines y Marián de Castro de un modo que no estaba al alcance de cualquier mortal? Lippershey sonrió.
-En mi vida ha habido muchas señoras Jones; me gustaría por una vez, ser yo una señora Jones...
Ariane sufrió una oleada de calor en pleno rostro.
-Veo que me ha entendido -continuó él, con un tono susurrante y gélido-. Veo que se ha dado cuenta de que ahora soy yo el que necesita que alguien le alegre la vida... ¿No es justo que me sea devuelto un poquito de todo lo que he dado?
-No sé qué decirle -musitó Ariane.
-El silencio es una buena salida para no comprometerse -ironizó él, sin caer en el sarcasmo, si no más bien en una reflexión o en una admiración.
Ariane se sintió incómoda consigo misma. La sonrisa plácida y sabia de Sir Alex, fruto de su convencimiento de ser dueño de la verdad, su gesto cariñoso al rematar el envoltorio del presente que le iba a hacer al resultado de uno de sus servicios a domicilio, lo adornaban como una virtud extraordinaria: nunca sería como esos océanos de continuo azotados por tormentas; era un mar sobre el que soplaba la brisa rizando su superficie con insistencia desmañada y floja. Él no entendía a los románticos ni entendía el amor loco; pero deseaba cariño, que le acariciaran sin arrancarle la piel.
El hecho es que, como en tantas otras ocasiones, Ariane creyó, retroactivamente, haber cometido una falta al negarse a darle una oportunidad a su galanteador, que si era viejo no era por su culpa y si era un ganso, tampoco. No se hundirían los pilares de la tierra si le seguía el juego, si jugaba con él a lo que él quisiera y según sus reglas.
-¿Cómo le va a hacer llegar el libro a Amelia? -preguntó, bajando el rostro.
-Se lo daré en mano. Si se lo envío por correo Cristina lo interceptará como las otras veces. Necesito hablar en persona con ella. Hay que evitar que Anabel II la introduzca en la secta.
-¿De veras cree que...? Me resulta tan difícil de creer que una madre pueda involucrar a su propia hija en semejantes cosas.
-Cristina es capaz de hacer cualquier locura, y si encima está influenciada... -dijo, y al instante, su faz se convulsionó.

*****


Detrás del edificio de la Biblioteca Central Universitaria de la UCA había un bosquecillo con un estanque y caminos de grava donde se esparcían los estudiantes después de clase. Sus treinta metros hacia el norte, el campanario de la iglesia del colegio de Nuestra Señora de las Nieves se elevaba sobre ellos. Una cerca separaba el colegio donde estudiaba la nena su último año de bachillerato, de la Universidad, pero un boquete astutamente ocultado por las chicas del selecto recinto académico permitía a éstas celebrar acercamientos amorosos con jóvenes de mayor edad a la hora del recreo. Sir Alex había visto a menudo en aquel lugar a la señorita D’Armani fumando y bebiendo cerveza sentada sobre la hierba.
Lippershey y Ariane, que se había apuntado a la excursión para ver en que paraba la cosa, siguieron la ruta que conducía a lo más umbrío del paraje.
Ya de lejos conocieron la figura de la baronesita Boscorreale, enlazada con la del señor Filbert bajo la rama de un castaño añoso. Sir Alex frunció el ceño. La joven trataba de quitárselo de encima, miraba a diestro y siniestro cada dos segundos para comprobar que nadie la viera en compañía de un galán de tan baja estofa. En uno de sus rápidos barridos de inspección, descubrió, con grande estremecimiento, al señor Lippershey y a su secretaria. El inglés la saludó con la mano. Ella respondió de mala gana. Filbert puso cara de poquísimos amigos. Ariane no hubiera querido interrumpir el coloquio amoroso por nada del mundo, pero el profesor tiró de su brazo y la llevó junto a la pareja, que comprendió, en ese instante, que no iban a pasar de largo.
-Señorita D’Armani, está usted incumpliendo las normas de moralidad de la santa institución donde la matriculó su señora madre -dijo Sir Alex, calzando con sus manos la cintura y remedando, con matices humorísticos, el tono de un bedel fanático de los códigos de conducta-. Me temo que tendré que multarla, incluso puede que dé parte a la autoridad competente...
-¡Qué chistoso es usted! -replicó la joven, abrochando con premura un botón de la camisa de su uniforme, muy alterada-. Pero le juro que no estaba haciendo nada reprobable...
Sir Alex miró de soslayo al muchacho, que, apoyada su mano contra el tronco, con aire distraído, pretendía desentenderse de la conversación, encendiendo un cigarrillo.
-¡Cuánto bueno señor Filbert! -le dijo, conteniendo la ira-. Hacía ya bastante que no nos veíamos, ¿qué tal está de salud su señora ama?
-Anabel, es decir, la baronesa está perfectamente -respondió el joven, insolente.
-He oído decir que sigue de viaje, ¿Se comunica con ustedes con frecuencia?
-Todos los días -afirmó el chofer.
-¿Entonces sabrán dónde está?
-Por supuesto: unos días en París; otros, en Londres; otros en Moscú, Buenos Aires, México DF... Es una viajera empedernida, le gusta ocuparse personalmente de la infinidad de negocios que tiene repartidos por el mundo... Pero, la verdad -dijo el chico, con inflexión irónica-, no entiendo su interés por las actividades de mi señora que pertenecen, como es obvio, a su vida privada... Dicho con otras palabras: ¡métase en sus asuntos!
La respuesta sonó tan brusca que faltó poco para que el profesor saltara como una fiera rabiosa sobre el fatuo jovencito que había profanado a su hija y que, de manera poco sutil, lo estaba injuriando. Pero, ¿quién se había creído que era?
Ariane se temió lo peor al ver el ofuscamiento de su jefe; el chico, cada vez sonreía con mayor cinismo excitando sus humores; Amelia, estremecida, sólo deseaba perder de vista a ambos. Lippershey trató de ignorar, con buen sentido, la presencia del chófer.
-¿Y bien? -dijo, dirigiéndose a la joven, después de dos respiraciones hondas-. Aún no me ha explicado qué hace usted, bella señorita, en los dominios de la “Ciencia y el conocimiento humanos”.
-He venido un rato al parque para airearme -respondió, a trancas y barrancas la niña-. Pero queda poco para regresar a clase ¡Me pone mala encerrarme con todas esas niñas tontas! Aunque las monjas son lo peor de este colegio: tienen un nivel de exigencia inhumano y me pregunto; ¿para qué he de conocer con tanta profundidad las concepciones sobre el tiempo de Agustín de Hipona si de mayor voy a ser rica? ¿No es una pérdida de tiempo, nunca mejor dicho?
La joven guiñó el ojo al inglés, recordándole la conversación que habían mantenido en Fortcastel acerca de la insolidaridad de los ricos que trabajan. El profesor sintió un calor tierno en el pecho: la niña tenía, indudablemente, su sonrisa. Pero aquella mañana, incluso gesto tan hermoso parecía triste. Sir Alex adivinó el motivo de su disgusto. Le daban ganas de estamparle a Filbert el bastón en el cráneo. El canalla no se movía del sitio; impedía que sacaran a colación temas íntimos. Pues los airearía de igual modo: el tiempo se agotaba.
-¿Ya le has contado a tu madre eso que tú sabes? -preguntó Sir Alex, en un susurro prudente.
Ariane notó una especie de rubor en las mejillas de Filbert. Amelia tembló como una hoja. Miró a su acompañante con temor y luego a Lippershey. Ella hacía gran esfuerzo para mantener la compostura, pero su estabilidad era como la de un castillo de naipes, que cualquier brisilla puede echar a perder.
-Sí; ya se lo he dicho -contestó, avergonzada, mirando hacia Filbert, de nuevo. El chófer sonrió con engreimiento tras darle una chupada a su cigarrillo.
-¿Seguro, seguro que le has dicho que ya no eres virgen? -insistió el profesor, más explícito.
El tono inquisitorial y prepotente del inglés aumentó el enrojecimiento cutáneo del mozo, que ya no pudo tolerar la inacción.
-Vámonos de aquí; este individuo no me hace ni pizca de gracia -dijo, tomando el brazo de la muchacha con delicadeza de simio. Una vez más, estuvo Sir Alex a punto de lanzar su garra a la garganta del tipejo. Su impulso, ya tomado, se detuvo cuando Amelia, de repente, y por sorpresa le gritó al chófer, mientras se lo sacudía de encima: “Iremos cuando yo diga, ¿quién eres tú para mandarme, estúpido sirviente?”
Filbert quedó petrificado, mas su reacción duró lo que un parpadeo. De inmediato, brotaron de sus ojos llamaradas de cólera con las quería decir: “Ya te ajustaré las cuentas luego” o algo parecido. Después de hacer una mueca muy desagradable y arrojar el cigarrillo al suelo, se dio la media vuelta y se fue, bordeando el laguito y pegándole patadas al sendero como un toro encerrado en los toriles.
Sir Alex esbozó una sonrisa triunfal.
-¡Así se hace: que los que están abajo sepan quién tiene la sartén por el mango! -dijo, con el puño en alto para enfatizar su guasa.
Pero algo vio en la expresión de Amelia que volvió a preocuparle; la chica estaba como atenazada por una amenaza invisible que no la dejaba desplegar el encanto natural de sus diecisiete abriles. ¿Por qué si no andaba tan encogida, sin atreverse a estirar el cuello aristocrático? ¿Por qué lo miraba todo con espanto, como imaginando detrás de cada árbol o de cada arbusto la vigilancia de un enemigo? ¿Qué le había hecho el bruto de Filbert para tenerla así de dócil y aterrorizada? Un silencio incómodo se hizo tras la marcha del joven. Ariane, muy discreta, se retiró del castaño fingiendo que iba a echarles unas pipas de girasol a los patitos del lago, para dar lugar a una charla más íntima.
-¿Qué te pasa? ¿Algo no marcha bien? A mí me lo puedes contar -dijo el hombre, acariciando los rubios cabellos de la jovencita, que, más bien perpleja, no entendía nada de aquellas confianzas.
-Oiga: usted me cae supersimpático; no me obligue a cambiar de opinión -replicó, con una brusquedad sin fuerza, bastante paradójica: ya que, si bien con la boca le exigía respeto a su intimidad, con la mirada emitía una llamada de auxilio.
-Amelia, no has seguido los consejos que te di -musitó el profesor-. Después de cómo te trató ese bestia sigues viéndole ¿Aún te da pena? -se burló tristemente-. ¿O es que acaso te gusta? No me lo puedo creer.
-Y ¿a usted qué le importa? -estalló la joven, pegando un salto sobre la hierba como desahogo. Pero, de buenas a primeras, se echó a llorar con un desconsuelo difícil de describir, mojándose incluso los cabellos. El sonido de la sirena del colegio, que anunciaba el fin del recreo la sobresaltó; se secó las lágrimas-. Me tengo que ir... Lo siento.
Sir Alex la agarró por el brazo cuando ya se le escabullía.
-Júrame que le has dicho la verdad a Cristina... Es muy importante; ya sabes por qué...
Amelia suspiró.
-Lo juro. Tuve que pasar un mal rato, pero ya está hecho. Como usted deseaba...
-Y, ¿qué dijo sobre la ceremonia? -preguntó Sir, Alex con los ojos al rojo vivo.
-No habrá ceremonia -concluyó la nena, mirando al pasto sucio, con poca convicción. El caballero rebajó la presión al oír tan buena noticia. Aprovechando, Amelia se libró de sus grillos. Sir Alex corrió unos metros tras ella.
-¡Espera, espera! Tengo un regalo para ti. Mi libro... -la baronesa se giró extrañada, y sin más dilación, pues todas las chicas descarriadas regresaban al patio por el boquete de la cerca, Sir Alex le entregó el paquete. Una sonrisa sincera, pero breve como el encendido de una cerilla fue la respuesta de Amelia, antes de introducirse por el agujero.
Filbert, que se había quedado espiando desde lejos, se encaró con el profesor Lippershey, quien no tenía muchas ganas de hablar con semejante acémila.
-¿Por qué tiene que venir a molestar, viejo asqueroso? -dijo-. Como le vuelva a ver por aquí, le salto todos los dientes de un puñetazo...
Sir Alex, imprudente, le pego un empujón al muchacho, que retrocedió un par de metros. Ariane le agarró del brazo, susurrándole: “No; no; déjelo: no se meta en problemas, que éste tiene una pinta de bruto...”
Pero Filbert no arremetió de la manera que se temía; le espetó:
-Hoy, porque tengo prisa lo dejo marchar. Pero ándese con cuidado. Y con respecto a su pequeña -añadió, burlón, sobrecogiendo el corazón de Sir Alex-, sepa que me sabe muy rica siempre que me la tiro; y que seguiré haciéndolo todas las veces que me apetezca...
El chófer emitió una ruidosa carcajada como colofón. El profesor tuvo que pensar en otra cosa para no morirse de la angustia o para no matar a bastonazos al infame doméstico de Anabel Spengler, que se largó, saltando, hacia el coche que tenía estacionado junto al parque, un deportivo muy aparente.
-¡Sabe que Amelia es su hija! -dijo Ariane, conmocionada.
-¡Lo mataré, lo mataré! -era lo único que repetía.
Pasados los primeros momentos de embobamiento, Sir Alex también reparó en el detalle que tanto había llamado la atención de su secretaria. Si Filbert lo sabía, la joven Anabel también debía de estar al tanto. Temía que eso pudiera perjudicar a la chica, aunque no imaginaba cómo. “Cristina tiene la lengua muy larga“, se lamentó, “No debió habérselo contado a Anabel I; no me siento tranquilo... Y lo que dijo ese cerdo. Pero, ¿por qué Amelia no se rebela contra esa tiranía? ¿Por qué no le pega una patada a ese cabrón en los...?” Todas estas dudas llevaban por la calle de la amargura al pobre profesor, que no entendía que una hija de su sangre fuera la víctima nata de un malnacido. “Por lo menos, la ceremonia que tanto le preocupaba no se celebrará”, opinó Ariane que, como se deduce de sus palabras había oído muy bien la charla, pese a estar junto a los patitos. “No sé si creérmelo”, objetó Lippershey, frotándose las mejillas con el índice y el pulgar, mientras caminaban ambos lejos de la húmeda sombra del bosquecillo.
-Bueno, profesor; no sea tan paranoico. De vez en cuando hay que tener confianza en la palabra de la gente -comentó la señora Lavalle, volviendo a colgársele del brazo.
Pero él no contestó.
En ese instante, le rondaban ideas obsesivas y contradictorias. Por un lado pensaba en Amelia, a la que reputaba receptora de una desgracia con nombre de varón, y que no parecía tener espíritu para vencerla; por otro, se preguntaba por qué Filbert, si sabía que la chica era su hija, no se lo había soltado ya. Y si lo había hecho, por qué Amelia disimulaba ¿Era su tristeza el fruto del conocimiento de su verdadera filiación o eran los malos tratos del rústico lo que la hundía en aquel pozo oscuro? Entre toda aquella incertidumbre, al menos tenía un motivo para estar contento: la muchacha no satisfacía el requisito imprescindible para la realización del ritual. Le hubiera gustado ver la cara que había puesto Cristina al enterarse de que diecisiete años de espera se habían ido al garete por culpa de los sentimientos piadosos de su chiquilla. Sin duda ella no estaba predestinada a ser una sacerdotisa de su secta. Le faltaba el grado de enajenación necesario. Un poco de sangre Lippershey en sus venas era como una vacuna contra lo irracional oscurantista. Quitando ese punto negro de la maldita compasión, o quizá de la debilidad de carácter que la hacía presa fácil de malvados como Filbert, la niña prometía. Poseía el don del entusiasmo y eso ya era mucho. ¡Con cuanto gozo había tomado el libro desconociendo incluso su contenido!
Sir Alex no quiso romperse la cabeza con más cábalas sobre sus problemas personales. Se evadió hablando de Iulius Klaines y su relato. Ariane encontró cobarde que eludiera sus preocupaciones reales con otras que lindaban con el mundo de lo fantástico. Mas, ¿con qué derecho podría juzgarlo, no obstante, si ella hacía lo mismo? En el fondo, no eran tan distintos. Como le había dicho él en el bosque de Silvain, quizá sólo fueran dos facetas de una misma esencia desconocida.
Pero aunque llenara conversaciones con el tema monográfico de la locura de Anabel I y Marián, las divagaciones no ocultaban su disgusto por el incidente con Filbert y todo lo que de él se colegía.

*****


Al día siguiente, volvió al mismo sitio, a la misma hora, para continuar con Amelia la charla interrumpida.
Procuró llegar al bosquecillo un poco antes de que sonara la sirena del recreo. Y allí estaba de nuevo el odioso Filbert, que había tomado la misma precaución para no perder ni un minuto en sus lúbricos jugueteos. La ira le quemó el estómago como una úlcera; no podía soportar su presencia.
Filbert, que lo vio acercarse, enrojeció presa de idéntico sentimiento. No le detuvo que hubiera varios paseantes en los alrededores: saltó sobre Sir Alex y le metió dos puñetazos en el vientre, que le hicieron doblarse de dolor. Pero el inglés, que, si bien no podía ser tan fuerte como un joven en la flor de la edad viril, poseía aún ciertas mañas, haciendo un giro con su bastón le enganchó la pierna a la altura de la pantorrilla y lo derribó a tierra ante el regocijo de los espectadores. La humillación de verse derrotado por un viejo, excitó de tal manera la brutalidad de Filbert que gritó como un oso herido y profirió obscenas amenazas que escandalizaron a las muchachas del colegio y a sus acompañantes, pendientes de la desigual pelea.
Amelia, que salió del patio de las últimas, se interpuso entre los combatientes cuando Filbert ya se dirigía de nuevo hacia el profesor para rematarlo. “¡Quita puta!”, le espetó, arrancándola de delante del caballero, quien, sin poder aguantar más, y olvidándose de su propio bien le arreó tal golpe en la nariz que lo dejó sin sentido. Amelia se llevó las manos a la cabeza, chocada y confusa. Un grupo de muchachos rodeó al caído para comprobar si aún respiraba. “¡Bravo, profesor Lippershey!”, exclamaban algunos estudiantes de la universidad. Sir Alex saludó a la concurrencia, que siempre había estado de su parte, demostrando que seguía siendo un bromista, aun con una terrible molestia en la tripa, y sin esperar más, agarró a la muchacha y la raptó ante los ojos de todos los presentes que no entendían el significado de aquella tragicomedia con que se habían divertido. Amelia, aturdida por la sorpresa, se dejó llevar. Cuando su mente se despejó, estaba a muchos metros del colegio, en el despacho del profesor Lippershey, quien, contempló mudamente su estupor y su resurrección, dándole tiempo a componer el rostro.
-Se ha metido usted en un buen lío -dijo la joven, recordando en una sola escena, todo lo acontecido-. Filbert le hará trizas...
-¿El te hace daño a ti? -preguntó Sir Alex, ajeno a lo que pudiera ocurrirle a su viejo y corrido cuerpo.
Amelia calló y miró al techo.
-Te he hecho una pregunta... -insistió el profesor, agravando el tono de su voz.
-He estado leyendo su libro -dijo la mujercita, tratando de desviar la conversación a terrenos menos escabrosos-. Es usted un verdadero Casanova, si es cierto lo que cuenta en él... Seré sincera; lo primero que leí fueron los capítulos donde habla de mi madre, la condesa de Miraflor. -Con risa triste, la joven celebró el tonto mote que le había puesto Lippershey a la duquesa de Miramar, quien, incluso había acabado rebajada en la jerarquía nobiliaria-. No puedo creer que mi madre fuera así como usted la describe. Ninguna mujer es así. Supongo que ha exagerado para hacer más entretenido el libro...
Sir Alex no la dejó terminar.
-Amelia; sólo pienso en tu bien. Sé que estás siendo forzada a hacer algo que no quieres, y me gustaría ayudarte...
Los ojos de la niñita, tan parecidos a los de su madre, se humedecieron mirando la faz de aquel hombre que, en realidad, era un desconocido, pero que le hacía regalos absurdos y se peleaba por ella como un caballero medieval.
-Querría tanto poder contarlo... -Amelia tuvo que cortar su frase; el llanto inutilizó su lengua. Se echó a llorar en brazos del paladín de cabellos grises que tanto había amado su progenitora.
-Dímelo, dímelo... -susurró él, tomándola por las sienes y enredando sus dedos en la sedosa melena rubia de la jovencita-. Yo te guardaré el secreto... y si puedo hacer algo para solucionar tu problema, lo haré sin dudarlo...
La baronesa Boscorreale, tomó aire: se sorbió la mucosidad que, de repente, había atascado sus fosas nasales, y se lavó las lágrimas.
-Me fuerza a acostarme con él... Si no lo hago, me matará... -dijo, entrecortada.
Pero Lippershey supo que mentía en todo o en parte, por el tono dubitativo y por el nerviosismo con el que se tocaba la nariz y movía las manos, signos inequívocos de todo Pinocho en acción.
Que se entregara a aquellos contactos a disgusto no caía dentro del campo de lo opinable. Pero la lógica con la que siempre se manejaba le ponía ante los ojos la incongruencia de la afirmación. ¡Que demonios: era la hija de la duquesa de Miramar! Si su nena era ultrajada por un plebeyo, bastaba una palabra suya para que ese hijo de mala madre cambiara de sexo sin anestesia.
Amelia no supo qué contestar cuando él le preguntó por qué no se lo había contado a su madre para que tomara las medidas oportunas. Y se puso realmente fuera de sí al oírle decir que él mismo se encargaría de iluminar a la dama si ella no tenía agallas para hacerlo.
-No, ¡no es asunto suyo! -gritó, volviendo a su comportamiento contradictorio.
-No debes temer sus represalias. Nada te va a hacer -dijo Sir Alex.
Amelia tenía miedo, es cierto, pero no sólo de Filbert, sino también de su madre. El chófer le había dicho que si Anabel y Cristina llegaban a enterarse de lo sucedido estaba apañada; pero el joven también mentía para su beneficio.
En resumidas cuentas, la muchacha no había dicho la verdad a la duquesa y era víctima de un chantaje. Y ahora para colmo de males, metía las narices al dichoso profesor Lippershey, que vete tú a saber qué parte de interés tenía en el asunto. De principio, ya había encolerizado a Filbert, quien, a partir de entonces se mostraría más desagradable. Pero acabaría por meter la pata hasta el fondo si le iba con la historia a la duquesa. Estaba fuera de discusión que actuaba de buena fe, como todo un caballero, pero Amelia no necesitaba de sus servicios de armas, sino más bien de su discreción. ¿Qué hacer, pues, con Lippershey? Del cien por cien de los párrafos de su novela se deducía que la palabra rendirse no formaba parte de su vocabulario, ya fuera en lances de amor o en empresas de diferente jaez. Era un metomentodo al que ya era demasiado tarde para encarrillar por el buen camino, que es el de dejar a la gente que viva, bien o mal, su vida.
La chica recordó de pronto lo tardísimo que era: las clases ya debían de haber comenzado hacía tiempo. Las monjitas la echarían de menos ¿y qué dirían sus compañeras, que la habían visto salir corriendo de la mano con el viejo? Amelia pidió a Sir Alex permiso para regresar al colegio.
-No saldrás de aquí hasta que no confieses... -contestó el inglés, y para cerciorarse de que así sucedía, cerró la puerta del cuartucho con llave.
Amelia sintió que se le salía el corazón del pecho. Estaba aterrorizada: todo el mundo se comportaba como un enemigo.
-Profesor, se lo suplico -exclamó la niña, sollozando-. Déjeme marchar... Si no vuelvo a clase las monjas llamarán a mi madre: se pondrá a subir por las paredes...
Amelia se levantó de la silla y agarró las solapas de la chaqueta del altísimo ejemplar de la raza britona, para hacer fuerza con tal gesto, al ruego que salía de sus labios.
Sir Alex no se conmovió; cruzó los brazos sobre el pecho y endureció el rostro hasta dar miedo.
La baronesa Boscorreale usó y abusó, entonces, de todas las argucias femeninas de su repertorio: lloró, le insultó, apeló a su caballerosidad; se hizo la mártir; se puso a dar vueltas por el tabuco, gesticulando como una loca, y volvió a llorar. Nada, no obstante, servía para ablandar el corazón de piedra de su torturador a quien, en el fondo, dolía mucho tener que comportarse con tal sadismo. Después de una hora, Amelia se derrumbó y, como los presos sometidos a tormento de privación de sueño, confesó todo sin olvidar ni comas ni puntos. Lippershey se enojó.
-¿Lo ves? Esto te lo has buscado tú al no actuar con lógica -dijo-. ¿Por qué no me obedeciste? Cristina no te habría hecho nada: es tu madre y te quiere, aunque a veces parezca que desconoce esa clase de sentimientos. Jamás debe uno ceder a un chantaje; es lo último, lo último...
-Lo último es lo que me está haciendo usted a mí -lloriqueó la muchacha, casi sin aliento que insuflar a sus lamentaciones-. ¡Es un monstruo! ¿Qué gana con esto? ¿Usted también quiere aprovecharse? ¿Por qué no me dice de una vez cual es su intención verdadera? Yo he sido sincera: séalo usted conmigo...
Sir Alex sufrió un instante de vacilación. La súplica de Amelia estaba justificada; aunque complacerla supusiera la ruptura de una promesa.
-Amelia –empezó a hablar; se mordió el labio; cerró los ojos, y al cabo, continuó-. Amelia... yo... yo... quisiera decirte algo muy importante... Juré que este secreto jamás saldría de mi boca, pero, pero... ya no puedo callar...
El tono cortado y sentido del parlamento, que Sir Alex no se decidía a terminar, había suscitado el interés de Amelia; secos ya los rastros de su llantina, lo observaba con los ojos enrojecidos y dominada por la curiosidad. Una súbita taquicardia le importunó el pecho; le había mirado fijamente y al hacerlo, había entendido, pese a sus deseos de estar imaginando cosas, qué era lo que él quería decir. En una décima de segundo, todos los cabos sueltos de su corta historia se anudaron formando un tapiz claro y preciso.
-¡Oh, Dios mío: usted es mi padre!... -exclamó, hundiendo la cara en el cuenco formado por sus manos.
Sir Alex se apesadumbró.
-Tienes que ser fuerte, Amelia -dijo él, en un tono que no frecuentaba su discurso, un tanto melodramático, abrazándola con indecisión.
Pero la chica, cuando volvió a levantar el rostro, sonreía. Sir Alex se quedó perplejo.
-¡Tenía que habérmelo contado antes! -anunció, con cara de felicidad-. No imagina cómo aborrezco a mi pa... a ese que está casado con mi madre. Siempre le he odiado a muerte. Ya no sentiré remordimientos por ello. El no me quiere; y ahora ya sé por qué... Usted me gusta mucho más...
-Entonces, ¿no estás enfadada? -preguntó Sir Alex, con extrañeza.
-Sí; lo estoy; me han mentido desde niña. Ese sería motivo suficiente para que no le hablara a usted y a mi madre durante el resto de mi vida... Pero...
Ahorramos al lector el meloso ajuste de cuentas que celebró la joven con su recién reconocido padre biológico (una breve cuña, no obstante, para aclarar que no fue demasiado dura ni demasiado entusiasta) y el relato que hizo en extenso Sir Alex sobre el momento de su concepción. Ella estaba contentísima y tenía unas ganas locas de llegar a casa y cantarle las cuarenta a su madre, olvidando que le había prometido a Lippershey que no le diría nada al respecto, sino tan sólo que le hablaría de la virginidad perdida, que era el quid de la cuestión. Pero si Sir Alex, que era un caballero, no respetaba sus promesas, ella no le iría a la zaga, cuanto más siendo hija suya.
Tal y como Amelia había temido, al faltar de su puesto escolar, se había movilizado una buena parte de la policía, a la que la neurótica de Cristina había dado treinta telefonazos por lo menos. Si hubiera sabido que su niña estaba con Lippershey se habría evitado esa vergüenza, pero las mozas del selecto colegio, para no acusarse a sí mismas de ligereza, habían negado absolutamente haber visto a la señorita D’Armani; y las que habían admitido conocer el hecho de su desaparición, se contradecían en la descripción del individuo que se la había llevado por la fuerza, que para unas era un apuesto joven, y para otras, un viejo de aspecto terrorífico.
Afortunadamente, antes de que los coches policiales ocuparan la Universidad Central, Amelia se presentó ante la directora del colegio, quien, de inmediato la remitió a su madre.
Amelia tranquilizó a la duquesa, contándole dónde había estado y con quién; mas luego, le soltó el jarrazo de agua fría, los dos jarrazos, queremos decir. Las palabras de Sir Alex le habían infundido valor suficiente para confesar su falta en la cripta de Fortcastel, de un modo despasionado y casi engreído, como suponía que lo hubiera hecho él. Cristina se quedó muda.

*****


De los sucesos de aquella mañana, salió Amelia fortalecida y orgullosa. Por la noche, se cruzó en los pasillos del palacio con el duque de Miramar, que, como de costumbre, ni la miró a la cara. Pero esta vez, ella le devolvió la descortesía, abjurando para siempre de la mirada de perrito faldero con que en otras ocasiones se había humillado, suplicándole que no la considerara parte del mobiliario. Él notó el cambio de actitud y se preguntó qué habría ocurrido.
Cristina no le dijo ni media palabra; no se la dijo a nadie, porque tenía la lengua pesada con un mármol. Su mayor preocupación no era saber cuáles serían los sentimientos de su hija en aquellos instantes sino cómo le diría a Anabel, cuando regresara, que el rito que Anabel I había planeado con tanta minuciosidad durante años, quedaba postergado ad calendas graecas. Por lo menos, la noticia tenía de bueno que no se sacrificaría a ningún mocito inocente. La idea nunca había sido del agrado de Cristina, que habría votado sustituir al macho humano por otro de una especie aún más inferior para evitarse problemas con la conciencia y con la justicia. A la señorita Spengler, que manifestaba su ira de la manera que la duquesa ya había probado en sus carnes, no le haría en cambio, ninguna gracia; y temía Cristina que pudiera a volver a enojarse como aquella noche en Fortcastel. No se quitaba de la memoria los ojos en llamas con que su amiga la había conducido al espantoso sopor del, que, a duras penas, la había sacado Lippershey. El superficial cariño que alguna vez había sentido por ella se había casi volatilizado desde entonces, y había sido sustituido por el terror pánico, que sería, a fuer de ser sinceros, la única razón por la que la obedecería en lo que le gustara mandar. Temía a su ira y a la ira de la diosa que decía representar, aunque dudaba a la hora de designar cuál de las dos le parecía más espantable. Lo que le había insinuado sobre que Geirtrair se estaba ya manifestando y que sólo necesitaba un último sacrificio para regresar del todo le inducía extraños sudores. Así que desairar a la Diosa tampoco era una buena idea. La Diosa no perdonaría su cobardía.

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Cristina entró, a última hora, en el cuarto de su hija, para intentar mantener una conversación sobre todos los puntos del orden del día que habían quedado en el aire. Se la encontró dormida, con una cara de satisfacción inexplicable. Por lo menos, ella no sufría, en apariencia, y con saber eso, ya se consoló. Antes de cerrar de nuevo la puerta, descubrió el libro de Sir Alex sobre la mesita de noche, y lo tomó para leerlo en la soledad de su alcoba.
Ella había tenido un ejemplar de la obra hacía muchos años, tiempo después de su aventura, pero Anabel I lo había arrojado al fuego para liberarla de la esclavitud que, sospechaba, seguía representando para ella el recuerdo del su primer amante, su único amor verdadero. No le gustaba la manera como describía su romance; cualquiera que leyera eso (¡Horror!: su hija lo había hecho o estaba a punto de hacerlo) se figuraría que era una especie de ninfómana. Siempre le había reprochado a Sir Alex que silenciara el hecho de que en aquel entonces, ella hacía tantas locuras porque estaba enamorada hasta los tuétanos. Más inquietante, sin embargo, resultaba que él se colocara en el relato en el muy cómodo papel de víctima; el cuento así, quedaba más esperpéntico, pero se alejaba de la realidad; Cristina no podía creer que Alexander no la hubiera querido ni siquiera un cuartito del amor global destilado durante la aventura... “Soy muy tierno en la intimidad”, declaraba él, en el fragmento que tenía ante los ojos.” Mira, pues esto sí que te lo concedo”, se dijo para sí, como si le estuviera replicando al autor. “Tierno y divertidísimo. Hablabas por los codos, decías disparates y chocarrerías que a mí, por lo menos, me hacían mucha gracia”. Y al recordar alguna de aquellas diabluras del verbo loco de su amante la duquesa rompió a reír. “¡Qué pena que la vida nos separara!”, pensó, a continuación. Pero, al instante, volvió a quedarse seria. “Eres un necio, Alex; decírselo todo a Amelia... Ahora, ¿qué? En menuda situación comprometida me dejas...”
Cavilando y leyendo a la vez, riendo a trechos, e indignándose por alguna de las salidas machistas de Sir Alex cada dos páginas, Cristina fue quemando horas de la noche hasta sumirse en una dulce inconsciencia, abrazada al libro y a sus hermosos recuerdos, que nadie podría dar jamás al fuego...

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