El Cultural -Magazine de El Imparcial

jueves, 24 de mayo de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 43

CAPITULO 43

Libro de Urantia


Sir Alex, subido en la cresta de la ola de la felicidad por haber hecho una buena obra en la persona de su hija, encontraba nuevos ánimos para enfrentarse al misterio de Marián de Castro.
Volvió al Registro Civil, donde la misma funcionaria le entregó un nuevo sobre con información, esta vez no compulsada, en la cual se ponía de manifiesto que los padres verdaderos de Marián de Castro no habían tenido más hijos, que se supiera. Lejos de deprimirse al ver que una línea de investigación se cerraba en sus narices, Lippershey elucubraba con mayor ímpetu.
De sus pesquisas vía postal con el Consulado de Arberia en Estrasburgo, obtuvo un resultado más positivo. Marián, nacida en la bella ciudad francesa, aunque de padres arberianos, no tenía hermanos, es verdad, pero sí un primo que vivía aún en la capital de Alsacia, en una casita cerca de los Puentes Cubiertos, y que respondía al nombre de Leonard Gresser. Quizás era una puerta abierta.
Y mientras Sergio escribía en el libro y a la vez ampliaba su teoría sobre la ‘invasión extraterrestre’, él buscaba posibilidades más terrenales que explicaran los extraños sucesos relatados en el diario. Nadie le apeaba de la mente la idea de la locura de Anabel Spengler, comparable a la de otros líderes sectarios. La doctora Delmont, que le había buscado unos cuantos artículos sobre el tema, convenía sólo en parte en el diagnóstico clínico:
-Aunque faltan evaluaciones directas sobre la supuesta enferma y tus rumores no son de fiar -dijo, con tono muy docto y casi irónico, Marta, mirando por encima de las gafas a la secretaria de su amigo, que fingía que no se daba cuenta-, todo parece apuntar a que Anabel Spengler padecía de un delirio paranoico o de un narcisismo maligno, según creyera o no en sus afirmaciones delirantes. Esa ‘Comunidad’ de la que me has hablado podría ser su círculo de incondicionales...
-Que le tenía jurada fidelidad eterna -añadió Lippershey, revisando uno de los trabajos que estaba sobre la mesa de Marta-. Pero lo que más me interesa es este aspecto del Trastorno delirante compartido. Como el grupo más íntimo del líder llega a creer los delirios de éste. -Y con tono reservado leyó:

“Aarón Joaquín, se fabricó un halo de misterio y sobrenaturalidad que le otorgaría peculiar influencia y control sobre sus seguidores. Posteriormente, su figura sería percibida por seguidores incluso como la de un nuevo Mesías”

Ariane, que en ese momento se encontraba tomando notas, absorta, dijo:
-Ejem, profe. ¿Quiere decir que la locura se contagia? ¿Qué los miembros de una secta pueden llegar a creer que su líder es Dios o cualquier otro ser de esta clase, incluso un extraterrestre -enfatizó-, si éste así lo asegura?
-Por supuesto, querida -dijo Delmont, adelantándose a las explicaciones de su colega-. Es un fenómeno estudiado y corroborado. Se llama folie à deux, y no sólo implica a dos personas, sino a veces a grupos enteros. Pero en general esa gente ha de ser sumamente sugestionable o bien débiles mentales, en el estricto sentido del término, o sea, personas con un bajo coeficiente de inteligencia, personalidades casi borderline. Siempre hay un elemento fuerte que impone sus ideas a los demás. Estos suelen tener buen pronóstico en cuanto se les separa del enfermo. Suele sucede entre miembros de una misma familia, en ambientes cerrados al exterior. Es inusual, sin embargo -continuó, mirando de medio lado a Ariane y a su gesto de niña perdida en el bosque de la sabiduría-, que Anabel Spengler no manifestara en su vida corriente rasgos de megalomanía ni comportamientos extravagantes. Además, no se puede hacer un diagnóstico sin un análisis profundo del paciente en consulta. Tengo que fiarme de la palabra sesgada de nuestro amigo Sir Alex, que le tenía mucha manía a la vieja.
La sonrisa de medio lado de la doctora hizo que Sir Alex se sintiera molesto.
-¿Te parece poca extravagancia liderar un par de sectas a la vez, mezclando el nazismo puro y duro de corte pseudo metafísico, con el neopaganismo erótico-festivo-feminista? -bromeó, arrancando una sonrisa a su secretaria-. Y por supuesto que debes fiarte de mi palabra. Durante mucho tiempo he seguido los pasos de Las Hijas de la Tierra, y puedo asegurar que Anabel I era una manipuladora nata y una chiflada, que encaja a la perfección con el perfil del narcisista maligno, o sea, que no siempre se creía sus mentiras, pero las utilizaba para ejercer el poder sobre los demás. Es casi cien por cien concluyente.
-Pues si era narcisisita maligna entonces no estaba tan loca -dijo la dama, pasando hojas con aire de indiferencia. Ariane la observó con una mezcla de ese respeto que se siente ante la figura sagrada de un científico y unos celillos elementales.

*****


Ya en la mansión, Ariane y Sir Alex, junto con Sergio que llegó con diez minutos de retraso a su cita diaria, como de costumbre, pese a las llamadas a la puntualidad del segundo para que fuera corrigiendo tales ‘excesos’, examinaron de nuevo el gráfico de los puntos fundamentales, a la luz de las nuevas informaciones.
La extremada convicción del profesor Lippershey desarrollando su teoría de que Marián de Castro deliraba por efectos de su amistad o lo que fuera con Anabel I, llegaba a sembrar la duda en el cerebro de Sergio Adamski, a quien, no obstante, la versión cósmica gustaba más. Desde luego, si fuera a escribir un libro sobre ello, que era algo que estaba considerando, los lectores apreciarían mucho más un contubernio extraterrestre, a ser posible con implicaciones en los gobiernos mundiales, que una historia de manicomio. Ariane tenía su propia preocupación:
-Bien, señores. Todo esto es muy interesante, pero, ¿adónde se supone que vamos? Quiero decir, ¿qué es lo que tratamos de descubrir exactamente? Parece que estamos dando vueltas sobre lo mismo.
Sir Alex mostró su rostro de ligera exasperación.
-Pues por si no se había percatado, buscamos en los orígenes de Anabel II evidencias que destapen el carácter mafioso y cruel de Anabel I.
-No le haga caso -terció Sergio, con una afilada sonrisa, acariciándose compulsivamente la barba-. No quiere admitir que busca, como yo, algo más.
El inglés elevó la ceja izquierda en señal de menosprecio.
-Quiero corroborar mi hipótesis con pruebas. Eso es el método científico.
-Pero es que su hipótesis no era que Anabel I estuviera loca -susurró la señora, con bastante cautela-. Si no que había una secta milenaria que desde el Neolítico ha mantenido sus cultos a la Diosa Madre, en los que se incluyen desagradables sacrificios humanos. Y usted quiere evitar que Cristina D’Armani meta a su hija en la secta.
-Bien dicho, señora Lavalle -bromeó Sergio-. El único error es creer que Anabel II comete los mismos crímenes que Anabel I. Incluso aunque los cometa, no es la misma persona, y por tanto ese odio que sentía el profesor Lippershey hacia la vieja no puede ser vuelto a la joven gratuitamente.
-Señor Adamski, yo creía haberle oído decir que Anabel II es de la misma raza extraterrestre que su supuesta tía, con lo cual realizarían el mismo tipo de actividades y serían igualmente peligrosas -se burló Sir Alex-. Ahí está la prueba de que usted no se cree ni sus propias tonterías.
La rapidez con que Sergio enrojeció al escuchar estas palabras no era la mejor demostración de su fe en la ‘conspiración ufológica’. Frunció el ceño y dijo, evasivo:
-Extraterrestre o no, hay que saber qué pinta Marián de Castro en todo esto.
-Entonces no queda más remedio que viajar a Alsacia para hablar con su primo. El muy idiota no contesta a mis cartas -dijo Sir Alex suspirando, y torciendo la guía derecha de su bigote-. Él nos confirmará en persona si Marián estaba en sus cabales o si sabía muy bien lo que decía cuando acusaba a Anabel.

*****


La perspectiva de otro viaje en compañía del profesor emocionaba a Ariane, mas no a Eva, quien con un par de caras largas dejó bien claro que no le toleraría tal persistencia en el comportamiento ‘inadecuado’. Ariane le daba la razón en que había algo ‘inadecuado’. Lo cual no quiere decir que no le apeteciera mucho muchísimo, y no lamentara que Sir Alex decidiera marchar con otra persona, Sergio, por ejemplo.
Pero las obligaciones profesionales de los profesores les retenían de momento en Calibánn. Mientras buscaban una fecha adecuada para la excursión (después de todo Alsacia estaba a tiro de piedra, al otro lado del Rhin, y casi era impropio denominar a tal desplazamiento ‘viaje’) se centraron en el libro del Monstruo, de tal manera que dos meses después, cuando por fin, encontraron un fin de semana sin corrección de exámenes, seminarios, cursos de extensión universitaria o campeonatos de golf o baile, la obra estaba prácticamente concluida.
La víspera del viaje, por la mañana, Lippershey acudió a la casa de su colega para hacer las últimas correcciones al texto y fijar los planes para el día siguiente.
Lady Serena, compañera de piso de Sergio, pese a sus cacareadas dotes para la videncia no previó la llegada del científico, al cual, muy imprudente (no miró por la mirilla) abrió la puerta en paños menores brujeriles, con la escoba en la mano para no desmerecer de sus iguales.
-Caramba, no está usted tan mal cuando se la ve sin ropa -cloqueó Sir Alex, sin demasiado conocimiento de causa, pues la mujer, en cuanto se echó a la cara las facciones de la bestia negra de su amigo, se echó a correr por el pasillo aullando como un espectro al que un Juan sin Miedo descarado hubiera pisado la sabana.
Adamski, que salió de su cuarto al oír el griterío metió al rijoso y sonriente británico en la sala de estar. Después se excusó.
Aunque no era la primera vez que Sir Alex ponía el pie en el terreno enemigo, no dejaba de sorprenderse de que la casa fuera tan bonita. El profesor se había hecho a la idea de que el cubil de Adamski tenía que ser, por fuerza, un lugar lleno de deprimentes objetos kitchs de colores chillones. Le maravillaba comprobar que su error de previsión era absoluto: se notaba que la vidente era muy hacendosa y que, a pesar de su forma de vestir, tenía gusto para la decoración. Porque, indudablemente, ella y nadie más era quien había dado el toque. Hasta los espejos y las puertas estaban colocados siguiendo las leyes del Feng shui, ciencia china que asegura las buenas vibraciones en el hogar. ¿Cómo podía ser Adamski tan insoportable viviendo en un apartamento en el que todo estaba dispuesto para lograr la armonía del espíritu?
Sergio regresó al cabo de unos cinco minutos con dos jarras de cerveza. Sir Alex, que había depositado sobre la mesa de cristal el maletín, lo apartó unos centímetros para que no se le salpicara con la espuma de la bebida que el anfitrión había clavado con indelicadeza ante sus narices anglosajonas. El doctor Adamski reventaba de satisfacción. Lippershey en su casa, en su tresillo, dispuesto a compartir una nueva jornada con él; como si fuera su amigo del alma, como si fueran un filósofo griego y su discípulo predilecto, anciano y sabio el uno, maduro y jovial, no obstante, el otro; y no uno para dar y el otro para recibir, sino ambos para efectuar un intercambio de sabiduría. Pares, sin miradas por encima del hombro y casi rozándose, igual que dos amigotes, acodados en la barra de un pub, cuyo gozo es hablar mal de la parienta, escupir y jurar en arameo, chillarle groserías a las mozas y reír a volumen de sordera.
La excusa del libro le había conducido, por una vez, por la calle del éxito. Por si fuera poco, desde que habían empezado su investigación, Lippershey había reducido el número de agresiones verbales que le dedicaba, de lo cual estaba muy contento, pues, aunque mantuviera el tipo, las pullas de su compañero de trabajo le causaban un dolor infinito, por venir de alguien que, desde su etapa estudiantil, en el fondo, admiraba con todo el corazón, aunque a veces no pudiera evitar temerle.
“Pero ahora todo es diferente”, pensó Adamski, olvidándose de sus miedos juveniles, al ver la mano velluda del inglés agarrando con fuerza el asa de la jarra. “Está tranquilo y feliz. Seguro que tiene alguna fiesta planeada. ¡Si me invitara a jugar al golf! No soy muy bueno, pero por pasar el rato... ¿Se lo pregunto?”
En verdad, Sir Alex rebosaba de felicidad, y cuando esto sucedía, se volvía torpón y distraído, al contrario que la mayoría de las personas que encuentran en la alegría el mejor y más eficiente combustible. No ponía mucha atención a las palabras de Adamski; ¡teniendo las neuronas ocupadas en temas frívolos! Se le había ocurrido una bonita estrategia para conquistar a la esquiva Ariane, cuyos pormenores ajustaba en la imaginación.
Lady Serena, vestida conforme a lo decente, se reunió con los dos parapsicólogos interrumpiendo su contraste de opiniones.
Su recato relativo no impedía que en cada movimiento de sus piernas asomaran los muslos por la abertura de la larga y brujeril falda. Desde luego, para Sir Alex eran mucho más agradables de mirar que la cabellera rojiza que pendía de su cabeza como un estropajo.
-¡Qué placer tan inesperado tenerle de nuevo en nuestra casa! -dijo la señorita- . Sergio no me avisó que nos visitaría hoy, pero yo ya lo vi anoche en la bola de cristal...
-La felicito por su excelente vista -respondió Sir Alex, en tono burlón.
Adamski rió, semejando su timbre el desagradable chirrido de un serrucho haciendo de las suyas en un madero.
-Mr. Lippershey y yo estamos inmersos en una apasionante experiencia de colaboración literaria e investigatoria -explicó el hombre, con grandilocuencia.
-Ya: tú haces el trabajo sucio y él te arrebata el mérito; y, para colmo, no dejará de pensar que eres un despreciable caricato -afirmó con contundencia la brujita, levantándose aún más los trapos para solaz del profesor.
-¿Eso también lo vio en la bola? -se burló, al punto Sir Alex.
-No, bonito; eso lo leo en tu cara...
-Mira, Serena; ahora que estoy de buenas con el profesor no vayas a meter la pata -le advirtió Sergio, con brusquedad-. Esta investigación es muy importante: estamos a punto de desenmascarar a un grupo de peligrosos extraterrestres comandado por una mujer dueña de poderes asombrosos... Nada menos que Anabel Spengler...
-¿Anabel Spengler? No me cuentes nada, que nada quiero saber de los asuntos en los que están metidas ella y la duquesa de Miramar. ¡Uf, siento escalofríos de decir su nombre! Son brujas que trabajan la magia negra, malas vibraciones; sé de buena tinta que mantienen contactos con entidades cósmicas de un planeta muy poco evolucionado. Los Sabios Instructores de Sirio me han aconsejado que no me junte con gente de esa calaña -Serena se sacudió espasmódicamente por dos veces-. Y, usted, vida -le dijo a Sir Alex, que seguía fijo en sus piernas-, no se crea que tiene mejor prensa en el cosmos...
-¡Al cosmos que lo parta un rayo! Y lo mismo para los Sabios Instructores de Sirio -exclamó el profesor, a quien, por supuesto le traían sin cuidado las represalias que los receptores de su maldición pudieran tomar.
-¡Blasfemo! ¡Irreverente! ¡Jesús, Jesús, lo que ha dicho! -gritó la mujer, quien, en cuestión de medio segundo, se hizo tres o cuatro cruces de cuerpo entero-. Verá cuando se encuentre cara a cara frente al juez Supremo. A usted no hay quien lo salve de las llamas. Lo veo clarito: las puertas del Infierno se abrirán e irá directo a la Mansión de las Sombras, que, en realidad, es el basurero de las energías negativas del universo... Pedirá a Dios que sea clemente pero entonces ya será demasiado tarde: nunca saldrá de allí...
-Pero, ¿en qué quedamos: cree usted en los extraterrestres o en Dios? -rió el inglés, a quien no aterraba su futuro pronosticado.
-Parece mentira que sea usted parapsicólogo y tenga esa ignorancia encima. Jesús era un enviado comisionado por el Padre Eterno; es decir, un extraterrestre. Léalo en el Libro de Urantia ; ahí está todo...
-¡El Urantia: menudo fraude! -dijo Sir Alex sin poder tener la risa-. Antes creería en los spots de la tele que en eso.
A Serena (que en verdad se llamaba Luisa) no le agradó el tono de Sir Alex, pero teniendo en cuenta lo que sabía de él no se molestó siquiera en indignarse. En unos segundos cambió el empaque hechiceril por una actitud más casera. Mientras los sabios seguían deliberando sobre el alcance de sus deslumbrantes descubrimientos, ella se desplazó a la cocina y, harto diligente, cortó unas lonchas de queso y jamón para agasajar al invitado. Pero cuando Lippershey vio las láminas sonrosadas de carne de puerco no demostró otra cosa que un desagrado fenomenal. Lady Serena se enojó por el desprecio, pero mucho más por la abrupta reprimenda que le endilgó Sergio (“¡Estúpida!; ¿no sabes que el profesor es vegetariano?”). Convino en que ambos eran unos idiotas completos y verdaderos.
-Ya sabía yo que no saldría nada bueno de su visita: los astros no son propicios. Marte transitando la casa VII de mi carta natal y, por si fuera poco, la luna en oposición al sol, en la misma casa... -gruñó la mujer.
-Un panorama desolador -opinó Sir Alex-. Le aconsejó que desaloje de inmediato a Marte de su casa no vaya a ser que, con unos cuantos amigotes más, monte una comuna y se le queden a vivir de squatters para los restos. Y con lo malo que es ese chico, le puede formar un buen alboroto...
-Yo, de usted, no me reiría tanto -advirtió la bruja Luisita-. Sepa que hace unos días, a petición de Sergio, levanté su carta astral y, no quisiera ser agorera, pero, próximamente, tendrá un tránsito horrible de Marte, ese chico malo. Su vida podría correr peligro, y por causas sobrenaturales. Se ha pasado la vida jugando con fuego, pero, al final, la osadía de enfrentarse a los dioses se paga: y si no, al tiempo; que Marte en la casa VIII, que es la de la muerte, no presagia nada bueno...
-¿Cómo ha conseguido la fecha y hora exactas de mi nacimiento -inquirió, turbado, Lippershey, a quien el que alguien pudiera conocer su auténtica edad parecía preocuparle más que el negro augurio emitido por el oráculo de las hermosas piernas y la cabellera colorada.
No hubo respuesta; Serena miró fijamente a Sergio, quien, hundió la cabeza entre los hombros para pasar desapercibido, cosa que no logró y más bien, dio la impresión de haber tenido arte y parte en la revelación del secreto mejor guardado de mister Lippershey, al que había accedido por medios inconfesables... En un destello cuasi ingenioso dijo:
-Serena lo ha adivinado gracias a sus facultades clarividentes.
-Por lo menos tenga la decencia de no mentir -replicó Sir Alex, un tanto incómodo.
-Aunque no lo crea, Luisa tiene poderes -apostilló Adamski, crecido en su coartada-. Lo he constatado millones de veces... Tengo guardado en mi escritorio un ensayo donde demuestro experimentalmente sus potenciales PSI y PK.
-Pues a ver cuando lo publicas de una vez, bonito -le recriminó ella agarrando con ganas una loncha de jamón-. Las visitas a mi consultorio han disminuido de forma alarmante.
En el caso de que Sir Alex no estuviera enterado por Marta Delmont de los motivos que inducían a Luisa, una mujer atractiva y joven a habitar bajo el mismo techo que un mente captus y fingir que era su amante, cuando en realidad la suya era una relación blanca y lo único que él le exigía era que fuera ama de casa en todas sus facetas menos en una (y no porque a él no se le antojara) en ese caso, repetimos, habría bastado aquella somera exhortación para descubrir que el pacto tenía por objeto, para Sergio agenciarse compañía y esclava, y para ella, publicidad con vistas a relanzar su carrera en el mundillo de las mancias, que estaba de capa caída desde que la asociación A la hoguera con los brujos había empezado a atacarla. A Sir Alex le irritó, por tanto, que Adamski pusiera empeño en afirmar las dotes de su camarada, que también se unía de vez en cuando al alegato haciendo recuento de sus mayores éxitos premonitorios: “Una noche, que lo diga Sergio, soné que llovía, y cuando desperté, el suelo estaba mojado...” Casos palmarios como éste no representaban para el inglés pruebas irrefutables de sus poderes, pero sí de su cara dura.
Cansado de bregar con la pareja, anunció que se iba, no sin antes quedar con Adamski a una hora muy temprana de la mañana, en la Estación del Norte.

*****


Ariane quiso llegarse hasta la estación. Se moría de rabia por no poder ir con ellos. Sir Alex la observó mientras, rojas sus mejillas, y con la cabeza gacha, ella se entregaba a una meditación profunda.
-Tranquila, mujer. Se trata de un desplazamiento de lo más rutinario. Nada romántico -broméo él-. ¿Por qué no me invita a cenar en su casa cuando regrese? Esa será una aventura mucho más excitante.
La señora Lavalle soltó una risa abrupta, ante la celosa mirada de Sergio.
-¿Me pide que le invite? Pero, ¿cuándo se vio?
-Me viene bien mañana -prosiguió el hombre, tranquilo, calando su puño en la cintura con aire de chulo entrañable.
Ariane siguió riendo.
-¿Le apetecería cenar con mi familia y conmigo mañana? -preguntó, alzando las comisuras de la boca.
-Me encantaría; y más me encanta que me haya hecho esa proposición: demuestra que no estaba equivocado. Usted me estima... ¡Me estimaaaaaa!
-Pero profesor, yo no he dicho...
Sir Alex se puso el dedo índice sobre sus labios carnosos; ella obedeció la orden y no añadió nada más. ¡Qué pena no poder ir a Estrasburgo!
A las ocho en punto partió el tren. Ariane, desde el andén, con gesto de desilusión despidió a Sir Alex, con una efusividad de novia de soldado de la I Guerra Mundial que dejó estupefacto a Sergio.
-Pero ¡qué suerte tiene! -dijo éste, cuando ya la mujer se había convertido un puntito bajo la estructura de hierro de la estación modernista.
-No es suerte -replicó el profesor Lippershey, con un punto de presunción, acomodándose en el asiento.
-Desde luego que lo es. Yo no me como una rosca y usted... en fin, con lo viejo que es, se las lleva a todas de calle. Porque no me dirá que ella no se siente atraía por usted -lamentó, con sincero desconsuelo, Sergio.
Sir Alex estuvo a punto de decir que no tenía nada con Ariane de momento, pero en lugar de eso, se sonrió con aire maligno.
-Usted no consigue novia porque no se esfuerza lo suficiente. Y cuando digo que no se esfuerza quiero decir que se toma poco tiempo en la conquista... Va demasiado pronto al grano. Bueno, la mayoría de los hombres cometemos ese craso error, pero yo, a menudo, he encontrado mayor satisfacción en el galanteo que en el sexo. No se imagina la cantidad de mujeres reprimidas que hay por el mundo.
Recordando alguno de tales ejemplares de mojigatas el inglés se rió para sí.
-Pero si uno consagra todas sus energías en tratar de conquistar a una mujer (digamos siempre mujer, porque en el caso de los hombres es distinto: suelen ser todos muy fáciles) y luego ella te rechaza, has perdido el tiempo...
-¿Lo ve? Ahí esta su fallo -dijo Sir Alex, en tono amistoso, rodeándolo con el brazo por encima de los hombros-. Esa forma de pensar es la que siempre lo lleva al fracaso. El cortejo es agradable como deporte, en sí mismo, y si no lo es, mejor dejarlo... No lo use como un medio sino como un fin. Además, todo depende de lo que se pretenda en cada momento, ¿usted qué desea, querido Sergio?
-Una relación estable -respondió el hombre, emocionadísimo, a un pasito de la lágrima.
-Pues entonces, hágame caso... Esa caza indiscriminada que practica en baruchos de solteros no es la manera de conocer una mujer decente. Elija una que le guste y céntrese solo en ella; y no se dé plazos, que no se trata de ninguna competición... Y sea simpático, aunque le cueste y es seguro que a usted le costará. Lo principal es ser divertido. A ellas les encanta que las hagan reír. Y sobre todo, que se sientan como reinas.
-¿Sólo eso?
-Y también, sea osado. No espere que una mujer encuentre atractivo a un timorato.
-¿Y si me sueltan una bofetada?
-¡Bah! Gajes del oficio de seductor. ¡Yo he recibido tantas! Pero también muchos besos. ¿Entiende? -Sir Alex adoptó un tono confidencial y aproximó su boca a la oreja blanquísima de su interlocutor que no se perdía ni uno solo de sus consejos-. Inténtelo con su amiguita; no está nada mal la chica...
-No por cierto: ¡está buenísima! Pero no le gusto; sería una pérdida de tiempo -dijo Sergio, bajando la cabeza.
-¡Bobadas! Cuando volvamos, dígale que está preciosa, sin más, y verá la reacción...
“Estamos a partir un piñón”, pensó, regocijado y mirando con arrobo a su compañero de viaje, el señor Adamski, que jamás había recibido consejos de nadie; de un amigo, queremos decir; porque los de su madre (“Bisex... ¿qué? Hijo, déjate de pamplinas y cásate”) no los contaba, y los de su padre (cinturonazos en el trasero desde los nueve, cuando empezó a manifestar sus tendencias, a los quince, cuando las materializó) prefería olvidarlos.
Atravesando viñedos, y algunos tramos de los frondosos bosques de los Vosgos llegaron en pocas horas a la capital de Europa. No habían vuelto casi a hablar. Sir Alex parecía extrañamente ausente, aunque Adamski imaginaba que la persona con la que soñaba despierto no era ni Marián ni Anabel I o II.
Ya en la ciudad, Sergio se acercó a una tienda para comprar foie-gras, pero Sir Alex, le agarró de la chaqueta y lo arrastró hacia el barrio de la Petite France sin contemplaciones. Una vez más, Sergio se distrajo mirando las despaciosas bateaux-mouches que recorrían llenas de turistas el río, flanqueado por casitas de colores de aspecto más germánico que latino. Lippershey se horrorizó: ¿no tendría su colega en mente dejarse invitar a realizar un romántico recorrido?; dado el grado de compadreo que habían alcanzado no sería nada extraño que tales tonterías se le pasaran por la imaginación.
Para evitarlo, caminó a toda prisa hacia su objetivo, separándose de Sergio, que le seguía como un perrito.
No les recibió el señor Leonard Gresser, sino su hija mayor, quien negó conocer a Marián de Castro y muchísimo menos a Anabel Spengler II, cuya foto recortada de una revista llevaba Sir Alex.
-Hace mucho que perdimos el contacto con esa rama de la familia. Mi padre a veces habla de la tal Marián, pero yo jamás la he visto -explicó, mientras los conducía ante la puerta cerrada del cuarto de su padre, que no solía salir de él ni hablar con extraños.
Ella les dijo que si querían intentarlo que adelante, pero que no garantizaba ni siquiera que les devolviera un insulto.
Sir Alex tocó a la puerta. Nadie contestó. Luego gritó:
-Señor Gresser, quería hacerle unas preguntas sobre su prima Marián de Castro.
Pasaron varios minutos en puro silencio. Sergio observaba admirado la seriedad con que Sir Alex aguardaba la respuesta, que estaba seguro llegaría. Por fin, Gresser abrió la puerta y dejó ver su rostro oculto bajo una descuidada barba blanca, en el cual brillaban unos ojos verdes que Lippershey reconoció enseguida.
-Marián... -repitió el viejo, con tono evocador.
La hija de Gresser los dejó solos. En un momento, casi atropellado Sir Alex le explicó quién era y a qué se dedicada, aunque esa información no parecía interesar al caballero desgreñado.
-Pasen por favor -les dijo, seco, sugiriéndoles con la mirada que se sentaran en un viejo sofá cama.
Sir Alex, antes de entrar en materia, le puso la foto de Anabel ante las narices.
-Dios mío -repitió el viejo varias veces, sosteniendo la imagen que las manos temblorosas-. ¿Es ella, es Marián? No, no puede ser... Se parece, pero esta foto es reciente...
-Esa mujer se llama Anabel Spengler... -explicó entonces el profesor Lippershey, usando una modulación misteriosa.
Gresser se echó a temblar. La foto le resbaló de entre las manos.
-Entonces, lo consiguió... -musitó, moviendo apenas un milímetro los labios.
Las orejas de Lippershey y Adamski estaban ya en estado de alerta, rojas por completo.
-¿Quién consiguió qué? -inquirió el inglés con gozo, anticipando la revelación.
Sergio se aferraba al sofá cama con los ojos fuera de las órbitas.
-Yo pensaba que Marián estaba loca... Decía que la baronesa Spengler tenía grandes poderes mágicos... Decía cosas muy extrañas... No me gusta recordar esto. -el hombre se agachó y volvió a recoger la fotografía-. Es ella. Entonces lo hizo...
-¿El sacrificio humano para lograr la inmortalidad y la eterna juventud? -saltó Sergio, que ya no se contenía.
Como si le costara sacar las palabras de dentro, el viejo susurró:
-Anabel Spengler prometió que la curaría. Iba a morirse, pero ella quería cuidar a su bebé, verlo crecer... Marián era una buena mujer antes de conocer a esa horrible Baronesa. Vino a dar a luz a Estrasburgo, pero ni siquiera quiso registrar a su hijo. Antes de que pudiéramos aconsejarle se marchó a Arberia de nuevo. Durante el tiempo que estuvo en mi casa parecía haberse recuperado de sus obsesiones mágicas. Todas las mañanas iba a la catedral a ver la vidriera de la Virgen, ya saben: la que está coronada por las doce estrellas de oro que forman la bandera de Europa. Yo pensaba que había vuelto a la buena religión, pero una tarde antes de desaparecer me dijo que se iba con la Virgen, con la Madre Tierra... Había recibido una carta de Anabel Spengler. Esa mujer tenía unas extrañas ideas. Se creía capaz de resucitar a los muertos con el poder de su Diosa, la Reina de la Ira. En una ocasión, Marián me dijo que Anabel era inmortal, y que todos en el castillo de Fortcastel así lo creían. Tanto terror le tenía yo a la Baronesa, que llegué a creer que lo que se proponía con ese ritual no era salvar a mi prima, sino a ella misma...
Gresser apretó la mandíbula tras soltar tan inquietante frase. Los investigadores también.
-¿Puedo quedarme con esta foto? -preguntó, nervioso-. No tengo ninguna de Marián.
-Señor Gresser, nadie puede lograr la inmortalidad -informó Lippershey, por si no fuera obvio-. Esa mujer no es Marián de Castro sino quizás una hija suya.
-Sí, eso es lo que yo quiero pensar. Perdonen que me haya dejado llevar por la fantasía. Indudablemente, los humanos somos mortales.
De camino al tren, iban Sergio y Sir Alex muy excitados comentando la conversación. Gresser les había contado a grandes rasgos la vida de Marián: sus padres habían muerto dejándola huérfana y en un hospicio, Anabel la había sacado de allí, luego le había dado estudios en el extranjero. Solía visitarla con frecuencia pese a la distancia, que Gresser no precisó, tal vez por ignorancia. Al final, se quedó embarazada durante uno de los rituales de fertilidad, cosa bastante comprensible, que celebraban a la Madre Tierra o Triple Diosa, la terrible Geirtrair. Quién era el padre, nunca se supo. Se afianzaba la hipótesis sobre el trastorno delirante compartido de Marián y Anabel.
-Anabel engañó a Marián para que realizara un sacrificio humano. Y luego se quedó con su hijo y su hija -dictaminó el inglés-. Anabel II sin duda fue criada por Anabel I en algún lugar lejos de Arberia, y también fue aleccionada para ser sacerdotisa de la Orden, pero quizás Anabel II no supiera ser tan agradecida como su progenitora.
-Sí, profesor. Todo eso tiene sentido. Pero no podemos descartar la hipótesis extrate...
Los ojos centelleantes de Sir Alex cortaron de raíz el parlamento de Sergio, quien se encogió de hombros con infantil sonrisa.

*****


Nada más llegar a su mansión, Sir Alex hizo dos llamadas: la primera a la Sociedad Thule, donde la ex secretaria de Theodor le confirmó que el local seguía cerrado, además de facilitarle imprudentemente la dirección de Ionnas Werner, uno de sus miembros. No se resignaba a no saber cuáles habían sido las causas de la disolución ni tampoco los términos de la conversación entre Theodor y Anabel en el cementerio Larval pocos días antes de morir. Quizás ahora estuvieran más dispuestos a soplarle secretos de las Spengler, en especial referentes a su salud mental; luego, telefoneó a Ariane para confirmar la hora de su cena familiar del día siguiente, e informarle, de paso, de las novedades.
Como a él le encantaba dar sorpresas tenía pergeñada una para la mujer que sería escenificada esa noche, un golpe de efecto del que esperaba sacar un gran beneficio y que se le había ocurrido en el tren. Lo que más le atemorizaba era la reacción de la familia Lavalle, en especial la de Eva; Eduart no le caía simpático, pero había reconocido que si era un insultón era sólo por deporte, mientras que a su esposa los malos humos le salían de manera espontánea. Era, ni más ni menos, su rival. Y había bastantes probabilidades de que tuviera que volver a enfrentarse con ella en tono desagradable y hostil, y en su terreno.

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