El Cultural -Magazine de El Imparcial

martes, 26 de junio de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 44

CAPITULO 44

Contrato pre-matrimonial sui generis



En un total éxtasis producido por la amalgama de terror, ansiedad y excitación que le inspiraba siempre la presencia de Sir Alex en su casa, Ariane le abrió la puerta a su jefe, puntual, como de costumbre.
De una cita como aquella nuestra heroína no esperaba sacar mucho en limpio; si acaso unos cuantos disgustos ocasionados por alguna frase fuera de lugar emitida por el inglés o por la consiguiente réplica de Eva o de su cuñado. Estaba advertida; mantendría el tipo contra viento y marea. Porque, por otro lado, tenía la extraña sensación de que algo iba a ocurrir.
Soportó con estoicismo la inane charleta o small talk preliminar de la cena entre el mister y la parentela (Eva, pose distante; Eduart, colocando chistes bobos; Marina, sin quitar ojo del reloj Cartier del caballero; Xavi, receloso) Sir Alex la sonreía de manera enigmática mientras le daba palique a sus parientes, anfitriones a la fuerza, que trataban de disimular con mayor o menor fortuna, según los casos, su molestia y hastío. La imagen metafórica que le sugería a Ariane esta actitud era la de jugador de póquer que guarda un as en la manga. “Por cierto, ¿qué llevará en la mochila?”, se preguntaba, al observar el abultado transporte de tela que portaba en bandolera, como un estudiante, y del que no dio razón en toda la velada. Por consejo de Ariane, Sir Alex no mencionó nada sobre sus investigaciones. Eva y Eduart no lo entenderían. Pero le costó aguantarse.
Más pronto que tarde, pasaron al salón-comedor para cenar; Ariane quería acelerar del trámite para evitarse congojas.
Aquella tarde, había echado el resto en la cocina, o lo había intentado, preparando patatas alioli. Eva ya le había advertido de que se estaba pasando con el ajo; que ningún inglés, por renegado que fuera, podría tragar aquella salsa sin experimentar los síntomas del envenenamiento. Marina había aconsejado a su madre que se limitara a preparar una crema de champiñones de “sobre” que estaba más a su alcance; pero Xavi, tenía tanto empeño en comprobar si el profesor era un vampiro, que la mujer cedió a sus súplicas para que hiciera aquel platillo, sin saber lo que tramaba, que no era otra cosa que añadir más ajo al mejunje cada vez que ella se descuidaba. En verdad a ambos se les había ido la mano y, muy prudentemente, sus familiares, que conocían la poca maña culinaria que se daba Ariane se abstuvieron de probar bocado hasta que no lo hizo el invitado. Como Sir Alex era tan educado y tan valiente, para no ofender a la cocinera, aun después de degustar la primera patata, que ya le dio una idea del aliño, se comió todo el plato sin acompañarlo de bebida y sin pestañear, aunque por las muecas, que no podía reprimir, se le conocía el esfuerzo; un acto más allá del valor del que tuvo constancia la propia cocinera, al hincarle el diente a su obra.
-Esta Ariane es una joya -le dijo Sir Alex a Eva, después de limpiarse la boca, totalmente stiff upper lip , un poco azulado de cara y con la voz quebrada por el tormento vitriólico-. ¿Habrá cosa que no haga bien? A mí me tiene encandilado; es que no me creo la suerte que he tenido al conocerla.
El rubor cubrió el rostro de Ariane, al tiempo que el de Eva. Marina susurró en tono sarcástico.
-No piense que es tan buena; a lo mejor con usted. Pero conmigo... Fíjese que no me ha dejado ir estas vacaciones de Navidad a una excursión a los Alpes suizos que teníamos organizada los amigos y yo desde hace meses. ¿Qué pensaría, que íbamos a montar una orgía?
-Cuando seas mayor harás lo que te plazca: pero mientras estés bajo mi tutela... -respondió, irritada, Ariane.
-Oye, ya soy una mujer, ¿te crees que estamos en tus tiempos?
-¡Oh, querida! Ariane en sus tiempos era una calamidad -dijo Evita, mirando a su hermana con una sonrisa falsa-. Si no fuera porque yo la vigilaba de cerca... ¡ah! De todas formas, a veces no podía evitar que se comportara como una cabeza loca...
-Ariane, ¿una cabeza loca? -repitió, extrañado, Sir Alex. Si su secretaria tenía un pasado turbio deseaba conocerlo.
-Mi madre estuvo liada con un hombre casado -espetó Marina en tono vengativo-.Un inglés, como usted, viejísimo, que tenía hijos y todo...
Ariane no se atrevió a darle un grito a su pequeñuela deslenguada para que dejara de ponerla en evidencia delante de Sir Alex, a quien, gracias a Dios no parecían afectarle para mal aquellas historias del año de Maricastaña. Eva le lanzó en su nombre una fulminante mirada; por la cuenta que le tenía, Marina calló al instante, sin desfruncir el ceño.
-Aquel hombre me engañó -declaró la señora Lavalle joven, que, abochornada, se sentía en la obligación de dar explicaciones ociosas a quien no se las pedía-. Era un canalla; me dijo que su mujer había muerto. Yo, ¿cómo podía saber...? Pero no estuvimos liados; eso que quede claro; nuestra relación fue sólo platónica... -Eduart rió a carcajadas. Eva carraspeó: nunca se lo habían creído, a pesar de que era una verdad como un templo-. Lo cierto -continuó, tartamudeando- es que yo siempre he tenido muy mala suerte con los hombres...
El profesor Lippershey la observó con una extraña expresión.
-Eso sí que no lo admito -dijo, en tono imperioso-. Usted tiene una suerte que para sí la quisieran muchas. No la denueste cuando ahora le ha tocado el premio gordo de la lotería que soy yo, naturalmente. -El énfasis que puso en el pronombre le causó visible espeluznamiento a la atónita Ariane; pero el hombre continuó hablando con entusiasmo creciente. Se dirigió a Eva, quien, de pura perplejidad, había detenido el tenedor, con trozos del segundo plato, más comestible, a menos de veinte centímetros de la boca-. Y ya que sacamos el tema, y viendo que es usted la cabeza de esta familia; y quien, lleva, por ende, la voz cantante, me permito la osadía de pedirle la mano de su hermana, a quien deseo con fervor, hacer mi esposa. No desconfíe en absoluto de mí, pues mis fines son serios. Dispongo de un patrimonio más que decente y de unas cuentas saneadas; de un limpio árbol genealógico sólo mancillado por la intromisión de nobles licenciosos y de un hada. Quitando mi afición al tabaco, (que ya estoy abandonando, lo juro) no tengo costumbres indecorosas como la de frecuentar médicos (por motivos de salud, se entiende) o comer carne. -El profesor, a quien aquella declaración le estaba costando sudores, pese a su falta de sentido del ridículo, examinó la concurrencia: los tenía a todos tiesos; suspiró y, a continuación, extrajo del bolsillo de su chaqueta unos papeles-. He traído un análisis de sangre para que compruebe que no padezco de Sida, hepatitis ni de ninguna otra enfermedad incompatible con la larga y dichosa vida que aún espero vivir. Estoy, por lo demás, en aceptable forma física; y no descartaría la posibilidad de hacerla nuevamente tía, con la aquiescencia de su hermana, claro está. También tengo aquí una copia de las capitulaciones prematrimoniales que Ariane y yo hemos redactado, en las que se especifican todas las condiciones de nuestro enlace...
-A ver, a ver... -dijo Eduart, muerto de la risa-. Déjeme examinar ese documento...
Sir Alex le pasó el papel; mientras Ariane, víctima de una crisis nerviosa reía a desafuero al mirar a la cara de Eva, que era la viva imagen de la estupefacción. Xavi movía la cabeza arriba y abajo, preguntándole a su hermana “¿Qué ha dicho, que ha dicho...?”
-Caray, profesor; ¿podrá usted cumplir con este contrato? -dijo Eduart, desde detrás de sus lentes de leer-. “Tres contactos íntimos a la semana como mínimo...” ¡Qué machote!
Eva, irritada, le insistió a su marido para que le permitiera ver el dichoso papelito; maldita la hora en que Ariane había permitido a Sir Alex poner sus tonterías por escrito. La doctora no daba crédito a lo que allí decía (en especial, le escandalizó la tipología, descrita con pelos y señales, de los hipotéticos “contactos íntimos”; a saber: "coito vaginal, masturbación, cunilingus, etc...”)
-Profesor, se pasa usted de bromista -dijo, por fin, Ariane, pinchándole en el brazo con el tenedor como si fuera un Pedro Botero de superficie y maldad mínima-. Ha estado muy graciosillo, pero el sentido del humor de mi familia no es compatible con el suyo...
-¡Pero si estoy hablando completamente en serio! -replicó el caballero, como indignado porque tomaran a chacota su pedida de mano.
Tal respuesta contribuyó a ahondar al malestar de Eva que ya no las tenía todas consigo, y la gran incomodidad de la pobre Ariane.
No obstante las dificultades, y siguiendo su filosofía de ser osado con las mujeres, a riesgo de recibir bofetadas (allí había, al menos, dos personas que deseaban sacudirle) Sir Alex sacó del otro bolsillo una cajita que, (exclamaciones hilvanadas de varios miembros de la familia Lavalle) contenía una alianza matrimonial. No era un anillo cualquiera, no señor, sino aquel con que Geirdrurd desposara a Godofredo. Eduart dijo una palabrota; Marina se llevó las manos a la cabeza al ponderar mentalmente el valor crematístico de la joya; Xavi proyectó los ojos de sus órbitas; Eva dejó caer el cubierto, y las capitulaciones matrimoniales; y Ariane, casi sufrió una angina de pecho.
El profesor, adelantando el labio inferior, grueso y sensual, denotó cierto asombro por la reacción combinada de los Lavalle-Beria. Pero no por ello abandonó su empresa.
-Sir Alex, ahora sí que la ha hecho buena -musitó la mujer, quien, en el fondo, deseaba poder decir otras palabras bien distintas. Sin saber por qué, extendió la mano para recoger el regalo. En verdad, le parecía un poco absurdo prestarle oídos a su galán septuagenario, que la había puesto en ridículo de la manera más cruel.
Embelesada, miró el anillo mágico, que ya lucía su dedo, no por lo que implicaba, sino por los fascinantes destellos que se desprendían de las esmeraldas que figuraban los ojitos de las serpientes. Como los de Anabel Spengler, la atraían casi nublando su conciencia, ya de por sí bastante ofuscada por los acontecimientos.
-Mamá; no te irás a casar con ese señor -preguntó Xavi, que, por fin, había entendido de qué iba todo aquel lío.
Ariane, que lo oyó muy lejano, en su atolondramiento, dijo sin convicción.
-Oh, cariño; por supuesto que no...
-Eso espero -apuntó Eva, jugando nerviosamente con un cuchillo.
Lippershey no se arredró.
-Lamento contradecirlos a todos; pero mi deseo es sincero y mi propósito, firme -insistió para desazón de Ariane y espanto ajeno.
-Deje ya de burlarse -dijo la mujer, que, una vez visto el anillo en su mano, concibió el deseo de quedarse con él para siempre. No obstante, hizo amago de sacárselo; Lippershey se lo impidió con una dulce sonrisa. Ella le guiñó el ojo con una especie de complacencia. El caballero entendió que lo emplazaba para un coloquio posterior en el cual, sin testigos, pudieran dilucidar de mejor manera aquel negocio.
Después de la cena, los adultos y el niño grande departieron un rato en el salón. Sir Alex tuvo el cuidado de evitar toda referencia a sus explosivas proposiciones y Eva, que fingía no haberles dado importancia, razonaba con él en una aséptica, fría y desapasionada charla sobre los límites de la ciencia y la influencia de las supercherías en la cultura popular, en la que no metieron baza, salvo para asentir o apoyar lacónicamente el punto de vista de alguno de los interlocutores ni Eduart, que no podía articular palabra (pues sólo recordar los términos del contrato prematrimonial le causaba un ataque de risa) ni Ariane, que le daba vueltas en la cabeza al asunto, mezclando todas sus partes (de modo que se hacía inidentificable el todo, y ya ni sabía qué sentimientos había experimentado o que percepciones, en realidad, habían captado sus sentidos una hora antes).
Y, por fin, llegó el momento de la despedida, deseado por todos. Eva y Ariane, acompañaron al profesor, que parecía medianamente satisfecho, a la puerta de la entrada. Con curiosidad iba examinando el pasillo. Ya el primer día que visitó la casa había reparado en que sus habitantes tenían la costumbre de dejar las llaves colgadas de un mueblecito de madera. Su deseo era agenciarse una de aquellos racimos de metal. Le dijo a la señora Lavalle que fuera a buscarle, si hacía el favor, la mochila a la sala, donde recordaba haberla dejado. La mujer corrió al punto a cumplir su petición. Eva, que torció un segundo el cuello para seguir la carrera de su hermanita, le facilitó la tarea. Sin hacer casi ruido, el inglés tomó un manojo de llaves y se lo metió al bolsillo.
Ariane le entregó la mochila, cuyo contenido todavía le intrigaba, aunque ya había perdido la esperanza de que se tratara de otro regalo para ella. Y además, ¿qué podía ser más valioso que el anillo de un hada?
Cuando Lippershey cruzó el umbral rumbo a la noche helada, Ariane anduvo rápida. Antes de que Eva y Eduart, ya formados en coalición, formularan toda la lista de recriminaciones e improperios que tenían preparada, se refugió en su cuarto. No tuvo ocasión, pues, de escuchar, más que una mínima parte del discurso, que seguro, le esperaba completo al día siguiente. A sus oídos llegó la voz de Eduart diciendo, como contestación a una pregunta que le se había escapado: “Pues ya lo sabes... Parece mentira que no conozcas a tu hermana. Le enseña al viejo esas carnes rollizas y pasa lo que pasa, que él se pone como loco. Y el tipo está chocho perdido; bien lo sabemos. Pero se le presenta una provocadora como Ariane y mira, mira... ¡Menudo bodorrio! Don Quijote del Más Allá y Sanchica Panza, la casquivana” A lo que Eva objetó: “¿Cómo ha podido, cómo? Sólo de figurármelos juntos se me erizan los vellos; imagina entonces cómo tengo el cuerpo después de saber que el muy canalla viene a por todas. ¡Nos la quiere robar! ¡Miserable! ¡Ay, ay, por el amor de Dios; me va a dar algo! Ese parapsicólogo timador, sacadineros...” “... y viejo verde”, añadió Eduart, que disfrutaba de lo lindo “¿Viste como nos insultó con su ridículo contrato prematrimonial? Porque uno tiene una cultura que si no...” “Mala mujer; después de todo lo que he hecho por ella en la vida, ¡mi propia hermana me trata como si fuera un cero a la izquierda!” “No se conforma con tenerla de amante, ¡la quiere de esposa!” “Calla, calla, que se me revuelven las tripas...”
Así estuvieron, repitiendo las mismas razones, por lo menos hasta las doce de la noche, aunque, para entonces, ya Ariane se había retirado de la puerta y había dejado de martirizarse los oídos. Después de escribir erráticos pensamientos sobre su desgracia (tener la vida a expensas de sus benefactores) se acostó bajo el edredón nórdico, hecha un manojo de nervios, pensando cómo solucionar aquel problema en que la había metido Sir Alex con su atrevido comportamiento. Se trataba de decidir si le daba un sí a su propuesta de matrimonio. De momento, el hecho de haber aceptado su anillo era casi una aceptación tácita y, de seguro, él lo había interpretado de ese modo. Ariane se miró el dedo portador de la joya, maldiciendo su vanidad y su deseo de soñadora. No era como otras veces en que se había limitado a sonreírle y a rogarle que lo dejara para luego. El mal estaba hecho. Delante de sus parientes, y por mucho que hubiera jurado a su hijo que no tenía pensado meterse unas segundas nupcias, había seguido la corriente a su galanteador, cuya contumacia en cierto modo, le llenaba el corazón de mariposas y le licuaba el sentido. Estaba convencida de que Sir Alex la quería, aunque bien sabía que le costaría un triunfo arrancárselo de la boca. No, no lo admitiría jamás, y seguiría en sus trece de querer hacerla su mujer aduciendo motivos tontos. Al considerar su situación, no podía por menos que sentirse como una heroína romántica abocada a un amor imposible, como la protagonista de Cumbres Borrascosas o de cualquier otro libro dramático y macabro con un final trágico. Le gustaba sufrir esos vaivenes sentimentales. Eva no lo entendería. Para ella la vida era “asegurarse la tranquilidad, preservarse de los cambios”. Pero esta existencia de encefalograma plano a ella no le deparaba ninguna alegría; siempre había gustado de incluir novedades en su cotidianeidad para romper la rutina. Sir Alex, sin duda, cumplía todos los requisitos para ser considerado una novedad; había irrumpido en su biografía de la manera menos pensada y había buscado un hueco en su corazoncito, transgrediendo todas las normas. Con tal osadía había destrozado los planes conservadores de Eva, que ya se había hecho a la idea de que envejecería controlándola.
Ariane sintió una aceleración de los latidos del corazón. Un acaloramiento, como oleada febril se le subió la cara; sería un milagro que aquella noche pudiera pegar ojo; era tan emocionante encontrarse en medio de dos combatientes que bregaban por lograr su posesión...
Uno de ellos, Eva, se tomó una dosis bastante alta de ansiolíticos para dormir como un tronco. El otro, Sir Alex, regresó frente al chalet sobre la una y media, atravesando una espesa cortina de copos blancos y fríos que expulsaba de sus dominios un cielo negro, opaco y tenebroso, cómplice de aventuras nocturnales un poco alocadas.

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