El Cultural -Magazine de El Imparcial

lunes, 16 de julio de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 45

CAPITULO 45

Drácula vuelve de la tumba, ejem


En verdad, el inglés tenía pensado hacer una locura que implicaba, incluso, la comisión del delito de allanamiento de morada. Si le pillaban, tendría que dar muchas explicaciones, y ninguna sería lo suficientemente convincente para no ganarse el desprecio total de los Lavalle, que ya no lo tenían en demasiada estima.
Con pasos cautelosos sobre la capa de nieve que, de continuo, engrosaba la tormenta, se dirigió hacia la entrada del chalet. Metió la llave en la cerradura, que, gracias al cielo, estaba muy suave y no se quejó; y, franco el camino, penetró en la casa, después de sacudirse los zapatos en el felpudo.
El vestíbulo estaba en tinieblas, y no quiso cambiar el estatus quo. Fiándose sólo de su memoria, recorrió el pasillo hasta llegar a las escaleras que conducían al primer piso. Lo extraño y peligroso de la situación le indujo el recuerdo de uno de los más famosos pasajes de Romeo y Julieta que venía al pelo: “Con ligeras alas de amor franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar. Por tanto, tus parientes no me importan.” Se rió al imaginarse vestido a la usanza medieval y colgando de una escala de cuerda.
En un silencio absoluto (había tomado la precaución de quitarse los zapatos) buscó en la primera planta la puerta de la cámara de su pretendida. No fue difícil. La luz que escapaba por debajo de la hoja, le dio la pista definitiva. ¡Ah!, pero con todo, aún tenía que contar con la suerte. ¿Qué pasaría si fallaba y aquel resultaba ser el cuarto de Eva y Eduart? Sin duda, las pasaría moradas, primero como víctima de los chillidos de la pareja, después, en el calabozo de la policía entre delincuentes comunes. Ya no podía, sin embargo, echarse para atrás. ¡A por todas!” se dijo, y abrió la puerta, procurando no provocar sonidos molestos.
Ariane, que leía a la sazón los párrafos más subidos de tono de El Amante de Lady Chatterley se sobresaltó al ver aparecer en el umbral al parapsicólogo (que ahora vestía, todito de negro, un traje decimonónico); arrojó libro y edredón al pie de la cama, lanzando un suspiro apenas, ya que no tenía aire suficiente en los pulmones para formar un grito con todas las de la ley. Él, poniendo el dedo índice sobre los labios, le suplicó que no armara jaleo. Cerró la puerta sigiloso.
-Pero ¿qué hace aquí? ¿Cómo demonios ha entrado? -preguntó Ariane, saltando en camisón hacia el intruso, que ya se había despojado de la intrigante mochila- ¡Está loco como una cabra!
Él la sujetó por los antebrazos sonriendo con cierto hieratismo forzado.
-Tranquila: he venido para hacer realidad una de sus fantasías sexuales. Espero que, después de esta prueba, no tenga ninguna duda sobre mi idoneidad como esposo solícito y amoroso -dijo Alex, en tono humorístico y en baja voz.
Ariane creyó que se desmayaba. ¿Qué había dicho? ¿Qué iba a realizar una quéeeeee...? ¿Pero cómo sabía él de sus fantasías? Por un momento, pensó que aquello era demasiado absurdo como para ser verdad. ¿Soñaría?
-¡Por Dios, profesor! ¿Se da cuenta de lo que está haciendo? Si Eva lo pilla... -Ariane no continuó: lo que Eva haría en ese caso era tan horripilante que sólo pensarlo le causaba una herida traumática en el cerebro. Por lo demás, ¿para qué insistir? Sir Alex no titubeaba. Si había llegado tan lejos no era para dar marcha atrás. Su pulso llegó a cien.
El ojo clínico de Alexander le dio a conocer el pésimo estado anímico de su dama. Tenía que calmar sus nervios antes de pasar a mayores. De modo que se puso a curiosear entre sus cosas y a hacer comentarios jocosos sobre sus recuerdos de mitómana, los arcaicos discos de vinilo de los Beatles y su foto dedicada de Peter Cushing, lo primero. Luego se distrajo un rato largo hojeando un tomo sobre la pintura al fresco pompeyana, que a Ariane gustaba sobremanera como todo lo antiguo. Mientras él hacía como que miraba las rotundas figuras de las bacantes inmortalizadas en los muros de alguna villa, ella se rompía la cabeza imaginando la razón de su presencia, que según había explicado a las claras tenía connotación erótica. Intentó recordar si alguna vez, en un momento de borrachera, le había confesado las ideas turbias que rondaban su mente o si se le había escapado alguna imprudencia delante de él. En su persecución del sentido, dio con una perturbadora posibilidad: ¿habría leído su diario? Oportunidad la habría tenido a la mañana siguiente de la fiesta, cuando estuvieron en Fortcastel, cuando dormía a pierna suelta y él andaba en vela custodiando su cuerpecito y el de Adamski... Ciertamente, escribía a veces cosas muy encendidas, pero no contaba con que nadie fuera a profanar su intimidad, ¡leyéndolas! Le dio otro acuerdo repentino al reconocer que también ella había cometido el mismo desatino al hurgar en los cajones de su jefe, quien quizás lo había notado y había tomado cumplida venganza; le pareció que se mareaba; demasiadas emociones para una noche... o acaso estaba enferma.
-Profesor, creo que debería irse -declaró la mujer, con voz entristecida-. Es tardísimo, y ésta situación no resulta cómoda. Y después de lo que dijo en la cena... Yo...
Sir Alex dejó el libro y se volvió hacia ella.
-Me iré, claro que sí, pero después... -declaró, enigmático-. Ahora, vamos a jugar...
Ariane hubiera querido decir que no estaba para jueguecitos a aquellas horas de la noche, rodeada por todas partes de sus parientes y con un calor en todo el cuerpo que la ponía mala. Pero algo ocurrió que la dejó muda. Sir Alex abrió la mochila y extrajo de su interior una capa de vampiro, que, antes de echarse sobre los hombros, sacudió con fuertes palmetazos.
-Oh, Sir Alex... -exclamó la atónita Ariane, abortando una carcajada de gozo.
A él también le entraron ganas de echarse a reír; la pinta que tenía vestido de Drácula no era para otra cosa. A Ariane, por el contrario, le parecía que estaba muy propio, que daba el tipo: alto, delgado, tenebroso... Desde luego se parecía mucho más a Christopher Lee que ella a Veronica Carlson.
Sin decir ni una sola palabra, él se retiró hasta el marco de la puerta que debía hacer las veces de balcón. Ariane comprendió entonces, en qué consistía el juego, y se puso en posición de víctima anonadada por la visita del apuesto Príncipe de las Tinieblas. Sir Alex con la cara tan seria como la de un juez, se aproximó a paso lento de chupasangre, hacia la mujer, que a duras penas, aguantaba la risa. Ella, no obstante, fingió lo mejor que pudo, de acuerdo con su papel; retrocedió hasta la cama, se recostó, voluptuosa y entreabrió el camisón con más amplitud que la que se mostraba en las películas. Sir Alex, sin romper esa seriedad forzada que se suponía era la que debía lucir el personaje siniestro al que había robado su fisonomía por una noche, se inclinó sobre ella, y empezó a besarle en la cara, también con bastante menos recato que el debido en un amante vampiro. Pero cuando llegó a sus labios perdió del todo la noción del tiempo y la vergüenza. En un minuto, le hizo una demostración práctica de todos los tipos de besos que conocía, incluso la de aquellos que exigían un empleo a fondo de la lengua. Ella, turbada por la excitación sólo deseaba más y más y más... Sir Alex recorrió con su boca el cuello de la dama y le hincó el diente, ajeno a sus risas. Después, siguió explorando su escote, sus pechos, usando aquí también de las manos, el vientre y mucho más abajo... Ariane llevó su a cara la expresión de placer supremo que lucen las novias de los vampiros al ser mordidas, aunque, normalmente, los seres de esta especie no suelen clavar sus colmillos en un lugar tan recóndito...
Sir Alex se reincorporó y quedó ligeramente inclinado, contemplando con alegría los movimientos de ascenso y descenso de los pechos de su secretaria, agitada por jadeos que trataba de sofocar, por aquello de no despertar a los parientes.
-¿Era así? Me parece que no recuerdo bien del guión de su película favorita... -preguntó él, con guasa, jugueteando con los cordeles que anudaban su capa.
-No; no era así en absoluto -respondió Ariane, con el rostro congestionado.
-Pero, ¿le ha gustado?
Ariane se irguió hasta llegar junto al pecho del visitante nocturno. Con la mano temblorosa, acarició su bigote y sus labios rojizos. Estaba tan aturdida como una adolescente al recibir su primer beso. Sonriendo, le deshizo el nudo que sujetaba la capa negra y roja, y tirando con suavidad, se la quitó, dejándola caer.
-Las fantasías están muy bien, pero, ¿no le parece que las realidades son mejor? -dijo, antes de sellar con un besazo la boca de Alexander que estaba a punto de decir algo, que después de aquello juzgó improcedente; y prefirió abrazarla con apasionamiento.
-Entonces, ¿se casará conmigo? -preguntó, mientras ella lo arrastraba hacia la posición horizontal y le quitaba la levita, ansiosa.
-Cállese un poquito, que Xavi duerme en la habitación contigua... -respondió la mujer, echándosele encima y apagando la luz.
De nada sirvió el recatado gesto de la dueña de la cama, porque medio minuto después su invitado, volvió a darle al interruptor...
No pudo salirle a Sir Alex más redonda la noche. La dulzura de Ariane, unida a su ardiente deseo por poseerla, fueron alicientes de sobra para que pudiera consumar un tierno acto de amor. Al tiempo que la acariciaba daba gracias a la vida por haberle hecho tan afortunado. Pensaba: “Si me muero ahora, no lo lamentaré: pasaría directamente de una gloria a otra.” Como es de suponer, Ariane, aunque se mostraba muy fogosa, no quería matarlo sino sólo satisfacer un deseo mutuo. Después de dos años y pico sin tener ningún tipo de contacto erótico con un individuo del sexo opuesto se encontraba en un estado bastante receptivo. Sentirse deseada y gozar del placer de la intimidad compartida colmaba todas sus expectativas. Era tan entrañable su amante, por lo demás, que sentía ganas de derramar lágrimas. Como para él hacer el amor era un acto lúdico y no un momento de desesperación o desgarro sentimental procuró disfrutar sin perder el buen humor, que fue necesario para cortar de raíz tales conatos emotivos. Entonces, ella se acopló a las mil maravillas, y con presteza, a su estilo amatorio, que era tan diferente del de su marido, que sólo sabía hacer gimnasia, y no demasiado bien. Ambos pensaron que se juntaban en aquellos instantes únicos, todos los roces físicos y verbales que habían tenido desde el día en que se conocieron. Ariane no se acordó de Eva ni de Anabel Spengler ni de ningún ser de este mundo o del otro y se entregó al goce corporal que se había vedado a sí misma durante tanto tiempo. Sus manos tocaban la piel de su amante, sorprendiéndose de que fuera tan suave en un hombre de esa edad. “Un baño diario con una mezcla especial de hierbas ayuda mucho” explicaba él, entre beso y beso. Y aunque ella no sabía si eso era verdad o mentira, le pedía la receta para aplicársela. “Usted no lo necesita”, replicaba el muy galante caballero. “Por Dios: ¿me va a llamar de usted en este trance?” preguntó asombrada, la mujer, sin reparar en que ella hacía lo mismo.”Es que yo la respeto mucho. Pero usted puede llamarme Alex a secas... Estoy hasta la coronilla del Sir.” “Alex, Alex, cariño... ” gimió la señora al notar de nuevo como se intensificaban sus deliciosas sensaciones físicas. “Vamos a poner otra vez en órbita el cohete ARIANE ...” dijo él, con la voz débil y entrecortada, propia de personas que ejercen un esfuerzo superlativo, aunque sea tan agradable. Al final, y dado que los lanzamientos espaciales, por su propia naturaleza, son bastante aparatosos, armaron un gran estrépito que logró sacar de sus sueños infantiles al pequeño Xavi, que se había pasado toda la noche recordando imágenes de películas de terror en las que ponía de protagonista al pretendiente de su madre.
Xavi era un niño, pero no tenía un pelo de tonto, y después de escuchar durante un rato los sonidos que venían de la habitación de su madre se dio cuenta de que eran de la misma clase que los que hacían sus tíos Eva y Eduart dos veces por semana en el otro cuarto frontero. La diferencia estribaba en que su madre no tenía pareja y no parecía lógico que le hubiera salido un ligue a las tres de la madrugada. ¿Habría decidido el cirujano cambiar de lecho? Esta posibilidad se le antojó improbable. Un poco asustado, esperó acontecimientos. Jugó con la Nintendo hasta que los amantes dejaron de machacar el somier y de gemir e invocar (su madre) a todos los santos y vírgenes que pueblan los altares del orbe católico.
Después les oyó hablar muy amortiguadamente pero no entendía de qué versaba la conversación entre su progenitora y el novio fantasma.
A la media hora, se abrió la puerta, por fin. El chico saltó de la cama, sigiloso; empujó la hoja y echó el ojo por la rendija. No veía nada. Fuera quien fuera el que había visitado a su madre a horas intempestivas prefería moverse a oscuras. Sin pensarlo dos veces encendió la luz del pasillo. Sir Alex, en ese instante bajando las escaleras, como en la más rancia escena de vodevil, con los zapatos en las manos y la capa de Drácula echada sobre los hombros, se quedó de piedra al ver al chico aferrado a la barandilla. Xavi, que estaba bastante indispuesto contra los vampiros, también se llevó el susto de su vida, y a toda prisa, corrió a esconderse bajo el crucifijo que presidía su habitación ¡Qué astuto era el viejo!, pensaba el infante. “Debió de imaginar que lo pondría a prueba, y antes de venir, seguro que bebió dos litros de leche para hacer una película en el estómago que impidiera que se le absorbieran los principios activos del ajo” Muy listo. Después de todo, llevaba viviendo miles de años; se sabía todas las argucias de los Van Helsing aprendices.
El muchacho se pasó la noche temblando, aterrado por la idea de que su madrecita hubiera podido caer en las redes vampíricas del caballero tenebroso. Estaba claro que se la había tirado; pero, ¿la habría mordido? Lo segundo era más preocupante que lo primero. Como la rabia, el vampirismo era una plaga que se contagiaba por la mordedura. Bastaba un elemento contaminado en una familia para que, en poco tiempo, todos los miembros quedaran infectados del mal, tal y como ocurría en el cuento de Tolstoi que había leído hacía dos semanas, La familia del Vurdalak, en el cual un padre transformaba en vampiros a sus nietos e hijos sin remordimientos ni atención al vínculo de la sangre. ¡Qué espanto! Y luego decía su tía que las historias de las películas y los libros eran ficción...
A las nueve y media, Xavi se levantó a desayunar. No le extrañó no ver sentada a la mesa a su madre, quien, los sábados y los domingos, dormía la mañana, como Marina. Eva notó la inquietud de su sobrino, que comió sólo un pedacito de bizcocho y bebió un sorbo de leche, respetando las demás golosinas que había dispuesto para su satisfacción de gourmand. Como la doctora estaba todavía enojada por lo ocurrido la víspera, pensó que el muchacho compartía su sentir. Eduart, a quien, en el fondo, daba lo mismo lo que se hiciera de su cuñada, aunque para divertirse fingía estar indignado en mayor medida que su esposa, la pinchó tres o cuatro veces con alusiones a la boda de Lippershey y Ariane que tuvieron el efecto deseado de hundirla más en su desespero. Xavi escuchó aquellas palabras atormentado, pero en silencio. Mas cuando Eduart salió de la cocina, el niño saltó al regazo de su tía para hacerle confidencias: le contó, con pelos y señales, todo lo que había pasado de madrugada, sin omitir la esperpéntica escapada de Sir Alex escaleras abajo con los pies descalzos. Eva, aún apática por cuenta de las pastillas, reaccionó con mucho comedimiento para el escándalo que le producían las informaciones facilitadas por su sobrino.
-Hijo: eso lo soñaste -musitó, no muy convencida-. La cena de anoche fue muy desagradable y probablemente, te ha afectado.
-No -insistió el chiquillo-. Él estuvo aquí. Lo vi con mis propios ojos...
-Pero, pero... es absurdo; ¿cómo pudo entrar? -meditaba en voz alta Eva, tratando de hacerse entrar en razón también a sí misma.
-Para él es fácil: es un vampiro.
“Eso no lo pondría en tela de juicio”, se dijo Eva para su coleto, conmocionada.
La doctora le pidió a Xavi, luego de hacerle ver que Sir Alex no era un espectro nocturno, aunque lo pareciera, sino un hombre desconsiderado y con mucha cara, que no divulgara lo sucedido, que era un secreto entre ambos; a cambio se comprometió a poner remedio a aquella situación tan peligrosa, ya que el chico no había quedado tranquilo ni siquiera después de las explicaciones científicas de su tía sobre la naturaleza humana y los mezquinos intereses de los hombres ruines y aprovechados.
Sin tardanza, Eva corrió a la alcoba de su hermana.
Ariane rebulló bajo las sábanas al notar los zarandeos que le propinaban. Casi no podía despegar los párpados, pero Eva era tan contumaz. Hizo un esfuerzo y abrió los ojos.
-¡Oh!; ¿Qué pasa?; necesito dormir un poco más -protestó, sacando las manos de debajo del embozo.
Al ponerse boca arriba la más joven de las hermanas Lavalle, haciendo un movimiento descuidado, dejó entrever el cuello y buena parte de su pecho, pues se había olvidado de abrochar los botones superiores del camisón. A Eva no se le pasó por alto la mancha violácea que tenía marcada junto a la yugular y que, desde luego, no era la mordedura de un vampiro no-muerto, si no de uno de la peor clase de los muy vivos. Xavi tenía razón.
-¿Qué es esto? -le preguntó la doctora, más que nada para ver por dónde salía su hermanita, señalándole el bocado.
-¿El qué?
-Una señal, como si te hubieran mordido...
Al oír esto, Ariane se puso roja como un tomate, delatándose aún más a los ojos de Eva.
-Ah, no sé; no sé... Yo no noto nada -contestó, acariciándose el cuello, como si buscara algún relieve de roncha de picadura de mosquito o de araña.
Evita meneó la cabeza con empaque reconventivo.
-Pero, ¿cómo has tenido valor para revolcarte con tu amante, estando Xavi al otro lado del tabique escuchándolo todo? Esto nunca me lo hubiera esperado de ti...
Si Ariane no cayó redonda al suelo, fue porque ya estaba acostada. ¡Eva lo sabía todo! Era inútil disimular. Ni siquiera tenía ganas.
-¿Qué quieres que te diga? ; no lo pude evitar. Se presentó en mi cuarto, de repente, sin saber cómo; empezamos a hacer tonterías y una cosa llevó a la otra... -explicó la mujer, ocultándose bajo el edredón para no ver el rostro airado de su hermana, quien, con un gesto bastante brusco, volvió a descubrirla.
-Ariane: me vas a matar a disgustos -gritó, aunque al cabo, le puso freno a su cólera-. Pero no; no quiero ponerme histérica; prefiero que hablemos como seres civilizados por una vez en la vida... Tienes que ponerle fin a esta situación absurda. Ese hombre ha llegado demasiado lejos. Es hora de que lo desengañes diciéndole que no te casarás con él nunca...
-¿Debo decirle eso? Pobrecito Sir Alex; me daría tanta pena causarle ese dolor...
-Ya veo que prefieres causárselo a tu hermana y a tus hijos...
-Oh, Eva no seas tan cruel -Ariane se frotó los ojos, que le lloriqueaban como irritados por las emanaciones de alguna sustancia tóxica-. El estaba tan ilusionado cuando se fue... Tú no lo entiendes... Lo deseaba tanto... y yo... yo... la verdad es que no tengo fuerzas para seguir hablando. Me encuentro mal...
-Evasivas: es propio de ti -le reprochó la galena, con voz seca y cortante.
-No son evasivas. Sólo quiero descansar... Quizá haya cometido un error al dar pábulo a las galanterías de Sir Alex, pero tengo que confesarte que, de lo de anoche, no me arrepiento...
-Has de decirle la verdad lo antes posible -insistió Eva.
-No me tortures más, por favor. Ya lo pensaré; lo que haya de ser será. Ahora, déjame dormir un poco. Estoy muerta de sueño. No he pegado ojo en toda la noche...
La doctora salió muy contenta del dormitorio; sabía que había tocado su fibra sensible al mencionarle a los niños; y que la dejaba empapando con sus lágrimas la almohada.

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: lunes, 16 de julio de 2007
  •  | 
  • Hora: 18:18

Autor: Thersuva

Sin duda: el mejor capítulo de la novela. Angelito

Buena foto de Lee y Carlson. Sonrisa Gigante

  • Fecha: sábado, 21 de julio de 2007
  •  | 
  • Hora: 9:04

Autor: rluzmila

Es cierto, es el mejor capítulo de la novela.