El Cultural -Magazine de El Imparcial

sábado, 04 de agosto de 2007

Regina Irae, Parte II - Capítulo 46

CAPÍTULO 46

Maleta, alguien se quiere escapar


En la plaza Comendatori, a esa misma hora, Sir Alex se levantaba de la cama más contento que unas castañuelas. Los pocos minutos que había dormido los había pasado soñando con Ariane, que se le representaba en una actitud que un remilgado hubiera dado en llamar impúdica. Se puso a cantar una canción de Tom Jones mientras se afeitaba. Luego salió a la plaza, donde sólo unas pocas mujeres de la vida, las muy desesperadas, buscaban ya su sustento y el de sus criaturas. Las llamó a grandes voces y ellas acudieron, curiosas, a su lado. “Ustedes nunca toman vacaciones: eso no es justo. Esta indemnización es para que hagan fiesta por hoy.” les dijo, entregando a cada una un buen fajo de billetes. “Compren algo bonito a sus niños; háganse un regalo... No quiero verlas por aquí en todo el día... ¿Estamos?” Las mujeres no sabían si aquello era demencia senil o alegría desbordada, pero aceptaron la dádiva, emocionadas, y cumplieron su promesa de descansar. La plaza quedó vacía en pocos minutos.
Sir Alex respiró gozoso el aire fresco de la mañana. De inmediato, entró en la casa a llamar por teléfono. De noche había quedado con Ariane en que pasarían el domingo juntos. Se había hablado de las cinco de la tarde en la plaza, pero él estaba demasiado impaciente. Quería escuchar de nuevo, su voz cálida y profunda. Sin duda, era demencia, aunque de la que acomete a jóvenes, maduros y viejos sin distinción.
Eva Lavalle fue, por mala suerte, quien contestó la llamada.
-Ah, es usted -le dijo, con tono sarcástico-. ¿Lo pasó anoche bien con mi hermana? Supongo que sí. A eso vino como un ladrón, ¿no es cierto? Pero ahora que ha logrado lo que se proponía es posible que haya perdido el interés por la idiota de Ariane... -Eva rió sin control-. Francamente, Lippershey, he de admitir que es usted el individuo más grotesco que he conocido nunca. Imagino que tenía ganas de agotar con mi hermana los coletazos de su caduca virilidad; y que tal ansia le ha obligado a comportarse como un auténtico payaso. Es verdad que yo ya sabía que no era usted trigo limpio; pero pensé que mantendría un mínimo de decoro. Me equivocaba: ha sobrepasado todos los límites y ha caído en el ridículo más espantoso. Y va listo si cree que mi hermana se conforma con tan poca cosa como es usted. ¿Qué va a hacer ella con un viejo al que le quedan cuatro veranos? Deje de molestarla; pierde el tiempo. Y no crea que siente por usted más que lástima...
Sir Alex, que había escuchado con un nudo en la tráquea, que amenazaba con ahogarlo en cualquier momento, las palabras de Eva, vomitadas en medio de un caldo de bilis negra y rabia, en ese punto no le permitió continuar.
-Usted sí que es grotesca -le respondió, con crudeza-. Es una persona sin corazón ni entraña. ¿Cree que Ariane le pertenece? ¿O es que le revienta que pueda sobrevivir sin usted? ¿Tan grande es su vanidad? Pues mire lo que le digo: puede que, al final, usted gane y logre destrozarle la vida a su hermana, pero tenga por seguro que jamás podrá darle lo que yo le he dado; y aunque le cueste creerlo, ella me recordará a mí con más cariño que a usted, que no es merecedora más que de un profundo desprecio...
-A mí no me hable en ese tono, cabrón de mierda, hijo de puta, puerco miserable... -gritó Eva, perdiendo los papeles.
-Quiero hablar con Ariane, así que haga el favor de avisarla... -dijo Sir Alex, abjurando de seguir la pelea es esos términos: no quería llamarla “zorra” porque las zorras que él conocía eran de mejor carácter y hubiera sido un insulto para la profesión puteril.
-Lo siento, pero la pobre está en cama; enferma, con gripe... -dijo Eva, siguiéndolo con la misma ironía sangrante-. Y es mejor que no le ocurra venir a visitarla, no vaya a ser peor el remedio que la enfermedad y acabe usted pillando la influenza que puede ser mortífera en personas de edad avanzada...
-Oh, no se preocupe por eso; estoy vacunado contra el virus y contra el veneno de usted que es mucho peor...
La desagradable risa de Eva al otro lado del hilo telefónico le arañó el tímpano y le erizó los cabellos a nuestro héroe. Hubo unos segundos de silencio. Al profesor le pareció que Eva forcejeaba con alguien por la posesión del auricular.
-Sir Alex -dijo, por fin, una voz hiposa, que reconoció enseguida: era Ariane-. Si-siento mucho tener que cambiar los planes que hicimos ayer... Me encuentro muy mala, con fiebre y... y... bueno; que no puedo... Ya nos veremos cuando mejore...
“Sí; cuando las ranas críen pelo verás tú a ese espantajo”, se oyó decir a Eva por detrás.
-Señora Lavalle, yo...
-No; no me diga nada; ya hablaremos...
De nuevo Sir Alex se horrorizó al escuchar otra carcajada salvaje de la doctora, quien, sin duda, estimaba haber ganado aquella partida.
Ariane le colgó sin añadir una palabra más. Alexander se sintió desolado.
La llegada de Adamski, media hora después, le tranquilizó de una manera que nunca hubiera sospechado. Sergio no era santo de su devoción pero, al menos, le hacía compañía; y a fe que cuando le retemblaban los pechos necesitaba sentirse arropado aunque fuera por un tarambana.
-Lamento decirle que sus recetas para conquistar mujeres no funcionan -dijo el doctor, un poco abatido-. Luisa no apreció en absoluto que le dijera que estaba muy guapa. A decir verdad, me tiró con una espumadera a la cabeza. Pensó que quería violarla o algo así... ¿A usted qué tal le fue con Ariane?
Sir Alex suspiró, clavando los codos sobre los muslos y sujetando las sienes con sus enormes manos.
-No muy bien: le gusto a su familia tanto como un cáncer de pulmón. Su hermana opina que soy un cabrón de mierda y un payaso grotesco.
-¡Caramba! Pues sí que le ha salido mal el negocio -exclamó Sergio, alegrándose en secreto-. Pero yo hubiera preferido que me llamaran eso antes que lucir esta herida de tres centímetros -dijo, descubriendo algunos rizos rubios de la sien para mostrar una línea sanguinolenta.
Como ninguno de los dos estaba animado para entregarse a asuntos serios como la revisión del libro sobre Monstruo o la discusión de los ‘puntos fundamentales’ de Anabel I, II, y Marián, decidieron apartar los folios por un momento y ocupar el tiempo hablando sobre las mujeres y los problemas que éstas causan, incluso a hombres tan asentados y juiciosos como ellos. Pero, paralelamente a esta ilación de lamentaciones y exabruptos contra el sexo llamado débil, mantenía Sir Alex otra consigo mismo, que tenía un cariz menos pesimista. No se rendía sin combatir, y aunque Eva hubiera resultado mucho más fiera enemiga de lo que cabría esperar (por lo visto y oído, se había deshecho de las maneras suaves y usaba ya la artillería pesada) sabía que no era más fuerte que él.

*****


Para no hundirse en el descorazonamiento, a Sir Alex se le ocurrió que podrían entretenerse en algo más productivo. Adelantar la visita a Ionnas Werner, ex–miembro de la extinta Sociedad Thule, que tenía planeada para el día siguiente, sería una buena idea.
El nazi los vio acercarse, justo delante de la puerta de su casita, en Centralia, con el ruido de la frenética actividad del puerto fluvial como música de fondo. Venía cargado con bolsas. Al verlos llegar, metió prisa a sus pies. Pero ellos corrieron más. Sir Alex se puso delante de la puerta, y le agarró por las solapas del abrigo. Werner dejó caer las bolsas.
-Pero, ¿qué le pasa? Sólo queremos hablar un momento con usted sobre la Sociedad Thule -explicó el inglés, que apenas podía creer la intensidad con la que temblaba entre sus dedos aquel tipo.
-Por favor. Ya no tengo nada que ver con eso. Déjenme en paz.
Trató de darse la vuelta, pero a su espalda estaba Sergio.
-Me están intimidando. Si no se largan llamo a la policía.
-No nos marcharemos hasta que conteste algunas preguntas...
Sergio, al ver como peleaba el elegante hombre por zafarse de Sir Alex, sugirió que sería mejor respetar su derecho al silencio. No tardó en advertir que el propósito firme de su colega no flaquearía por minucias tales como la consideración a la voluntad de las personas.
Más bien al contrario, en lugar de aceptar el consejo, el profesor Lippershey le ordenó que lo sujetara, mientras le arrancaba las llaves. Por no desairarle, obedeció, aunque el hombre se resistía mucho, y había gente mirando.
Sir Alex abrió la puerta y lo metieron a empujones en la casa.
-¿Qué demonios quieren? -jadeó Werner, escondiéndose tras un tresillo.
-Información sobre Anabel Spengler...
La declaración del inglés tornó azul la piel del rostro del caballero, que retrocedió como si le amenazaran con la mismísima silla eléctrica.
-¿Qué quiere saber exactamente? -musitó, en un tono mucho más precavido.
La mirada de Sergio se desvió sin querer hacia una de las puertas que daba a un cuarto. Vio que había varias maletas hechas encima de la cama.
-Quizás venimos en mal momento. El señor Werner se dispone a hacer un viaje -informó.
La ceja de Sir Alex se elevó.
-Así que un viaje, ¿eh? ¿De qué o de quién está huyendo?
-Haga las preguntas y lárguense -replicó cortante e iracundo Werner.
-Muy bien. No me iré por las ramas: ¿Anabel II amenazó de muerte a su difunto amigo Heinrich en el cementerio de P. Larval?
El color azul de Werner se transformó en puro blanco.
-Sí -dijo, dubitativo.
-¿Por qué?
-Ella está loca. No puedo decir más. Váyase.
En ese momento, el nazi corrió hasta su cuarto y se encerró allí antes de que ninguno de los dos profesores pudiera interceptarlo. Sergio le hizo una señal a Sir Alex para que abandonaran la casa. Seguro que Werner estaba llamando a la policía.
-Estoy convencido de que ella pronunció esa palabra: ‘sacrificio’ -reflexionó Sir Alex, pleno de excitación, ya en casa, delante de un té bien cargado y nada azucarado-. Daría el brazo derecho de usted, doctor Adamski, por poder entrar en el cerebro de ese nazi y leerle los pensamientos. ¿Por qué cree que está loca, por qué la teme hasta este punto? Por otra parte, esto no hace más que corroborar nuestra teoría: la locura tiene un fuerte componente hereditario. Marián le legó su mal y Anabel I su poder. La combinación es explosiva.
Sergio se sonreía tras los vapores del té.
-Tal vez ella estaba bromeando cuando hablaba del famoso ‘sacrificio’ y Theodor no tenía sentido del humor.
Con la mirada puesta en el techo, Sir Alex apuró su bebida. En verdad, las Spengler ocultaban un oscuro secreto. No le resultaba nada grato pensar que su hija andaba metida de por medio en un asunto tan sucio.

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