El Cultural -Magazine de El Imparcial

viernes, 26 de octubre de 2007

Regina Irae - Parte III - Capítulo 49

CAPITULO 49


A Lucián se lo ha llevado la Muerte Pálida de las Montañas


Ariane regresó al trabajo con renovadas fuerzas y muchísimo optimismo, sin desprenderse del anillo de Godofredo, que Sir Alex le había prometido sería suyo, aunque no se casara con él.
Él aprovechó la mañana para ponerla al corriente de los últimos acontecimientos.
-¿Y esos dos tipos sospechosos de que hablaba el periódico serán agentes de Anabel? -preguntó entusiasmada Ariane.
-No, esos éramos Sergio y yo -bromeó el inglés-. Tuve que ir a la policía a dar molestas explicaciones al respecto. ¡Idiotas! Salta a la vista que soy inocente -dijo el caballero, pasando hojas del periódico, cuya tinta, aún fresca, le tiznaba los dedos
Ariane rió con ganas, mientras mojaba las magdalenas esponjosas en la leche con cacao.
-La madeja empieza a enredarse: tenemos a una tal Marián de Castro que es clavadita a Anabel II, un nazi muerto, su familia perdida, otros tres nazis desaparecidos, a Iulius y al bebé de Marián en el Bajo Astral, y ahora a Lucián Faenza haciéndoles compañía... Por cierto, ¿Faenza tenía niños? -preguntó, relamiéndose.
-Creo que no... -Sir Alex sonrió con la malicia de quien no dice todo lo que sabe, pero que está dispuesto a arreglar esa reticencia de un modo inmediato- …dejando aparte el que ha engendrado con Anabel.
Ariane se quedo inmóvil, con el trozo de magdalena hinchándole un carrillo “¿Hum?”, preguntó, frase que traducida al idioma de las personas que hablan con la boca vacía significa: “¿QUEEEÉ?”
-Philip me ha contado que su novia Alma le dijo que Elisa Faenza anda pregonando que el hijo que trajo Anabel es de su hermano -explicó el caballero.
La fuente original de la noticia, pensó Ariane, por lo menos era fiable, aunque hubiera sido necesaria tal cadena de intermediarios para que ésta recalara en los chismosos oídos del profesor Lippershey.
-Si esa criatura existe, ya nace desgraciada -opinó, cuando logró tragar el bocado-. Huérfana de padre y con una madre de esa calaña...
Sir Alex se distrajo por un segundo; como si su mente jugara a buscar relaciones entre hechos antagónicos, empezó a rememorar las amorosas caricias que ella le había dado la noche de la petición de mano.
Durante un rato larguísimo mantuvo fija la expresión, la mirada detenida sobre la hembra de deliciosos y variados sabores, y una sola idea en el cerebro. Tenía buenas razones para recordar con alegría aquel momento sublime y su encantador epílogo. ¡Habían hablado de tantas cosas, de cosas que él nunca le contaba a nadie, y que ella había escuchado encantada del honor que se le hacía! ¡Cómo lamentaba no tener veinticinco años menos o no haberla conocido hacía medio siglo!
Cuando ella empezó a sentirse incómoda por tener aquellos dos taladros clavados sobre el cuerpo, Sir Alex cambió de actitud.
-Sí; nuestra amiga, la revitalizadora del feliz paganismo antiguo, parece sentir predilección por agotar a hombres de pelo en pecho -dijo, recordando lo que le había hecho a Faenza en Fortcastel-. Anabel I, por lo visto, no sólo le enseñó magia... Y es evidente que su cerebro está alterado. Mis peores temores se han hecho realidad. Quisiera no creerlo pero me resulta imposible admitir que la coincidencia entre la desaparición de Werner y de los otros dos thuleanos, la muerte de Faenza y el retorno de Anabel sean casuales.

*****


Ariane y Lippershey llegaron a Barglava justo cuando seis mocetones de muy buena planta sacaban a hombros de su casa la caja que contenía los restos de Lucián Faenza. La plaza estaba llena a reventar de gentes oscurecidas en el traje y en el semblante, que hablaban muy bajito, incluso los de cuerdas vocales largas.
La señora Lavalle, encaramada en el pedestal del crucero celta descubrió entre la multitud, ora silenciosa, ora elevando la ola de un ligero rumor, los rostros de Philip y Alma. Lippershey contemplaba el espectáculo con una sensación de incomodidad. Estaba distraído. A ratos, despegaba los ojos del féretro y avizoraba a través del mar de cabezas negras buscando, naturalmente, a Anabel Spengler. El gentío comenzó a moverse: el ataúd y toda la comitiva fúnebre, encabezada por la familia y allegados, tomó la dirección del camposanto.
Lippershey y Ariane, abriéndose paso, se aproximaron a Philip y a su chica; ninguno de los dos tenía buen aspecto. Había acudido casi obligados a la ceremonia; o dicho de otro modo, por compromiso, dado que Alma conocía bien al finado; pero ya se sabe que a la juventud le repele la visión de la muerte cotidiana. Philip, en particular, estaba muy arrepentido de haber acompañado a su amiga en ese trance. Cada poco le parecía ver la efigie de Ariel transportada a lomos de la caja de Lucián; ¿la advertencia de un espíritu amigo? ¿Una alucinación? ¡Imposible! Llevaba ya varios días con el psiquiatra que le había recomendado Sir Alex, tomando toda la porquería que le recetaba. Las pesadillas casi habían remitido con la droga, lo cual era un motivo de alegría, no la suficiente para pensar que tenía la batalla ganada: sería cuestión de tiempo. Lo que seguía igual era la horrible sensación de vacío de su pecho, voraz como un agujero negro, que se burlaba de la farmacia. Alma era muy paciente con él, pero seguía siendo incapaz de apreciar lo que ella le ofrecía. Quizás no estaba hecho para la vida en sociedad.
Sir Alex le rodeó los hombros: “Mejor no subas al cementerio”, le dijo, “Temo que por culpa de una experiencia desagradable todo lo ganado se pierda”. Aquel consejo era la única excusa que precisaba Philip para disculparse con Alma y esperar en la cantina a que todo terminara. La idea de ver a la tierra abriéndose y tragando los despojos de un ser humano le causaba terror. Pero más le sobrecogía tener que cruzarse con Anabel Spengler, que según la corazonada del profesor, se presentaría sin duda.
Las gotitas que formaban el río de seres tomaron el desnivel de la ladera que llevaba al cementerio. Para que no faltara de nada, el frío viento primaveral azotaba los faldones de los abrigos y se metía por los recovecos de la ropa hasta rozar la carne.
En las curvas, Ariane y Lippershey, más pendientes del elemento humano que del atmosférico, podían ver la cabeza de la serpiente que reptaba sendero arriba. Elisa Faenza lloraba como una loca. En un momento se detuvo. Con gesto de rabia apretó los puños y clamó al cielo: “¡Venganza, venganza! La sangre de mi hermano pide venganza.” A todos se les pusieron los pelos de punta. Evandro Faenza contuvo a su hermana, que, de inmediato, derramó su ira, hecha agua, sobre el pecho fraterno.
“¡Horror!”, exclamó Sir Alex, de pronto: acababa de ver de refilón la silueta aviesa e inconfundible de Sergio Adamski a quien había prohibido expresamente que apareciera por Barglava. Acabaría por meterlos a ambos en un buen lío si llevaba a término su propósito de desenmascarar a los extraterrestres comandados por Anabel. Era tan tarambana que sería capaz de presentarse en el castillo armado con quién sabe qué artilugios para tomar mediciones radiactivas o signos de actividad electromagnética. Incluso le estimaba un tan alto grado de estulticia como para llevarlo a pedirle a la supuesta alienígena una entrevista en exclusiva con la que escribir otro de sus libros de usar y tirar.
Apremió el paso. Ariane, como siempre, corrió detrás con la lengua fuera. Sergio se llevó un susto de muerte al notar la manaza de Sir Alex oprimiéndole el hombro.
-Pero, ¿qué hace aquí? No vendrá a buscarse problemas... -dijo el inglés, con voz ominosa.
-¿Qué problemas? Sólo deseo observar -respondió el otro, con evidente solapamiento.
-Esto no es un juego, Adamski; ya sabe la clase de gente con la que tratamos. Hemos de llevar el asunto de la manera más sutil posible -aleccionó el caballero a aquel alumno poco interesado en seguir sus explicaciones.
-Con la discreción no se adelanta nada. Además, ¿no era usted partidario de la acción directa? -bromeó el señor Adamski, mirando con malvada intención a Ariane, quien se ruborizó de modo manifiesto.
-No me separaré de su espalda -afirmó el profesor.
Ariane se sintió un poco molesta. De la actitud de Adamski había colegido que conocía, si no toda, si al menos una parte de su aventurilla con el profesor. Y no hubiera podido acceder a ese conocimiento de no ser porque el mismo Sir Alex se lo hubiera confiado. No le gustaba cómo la miraba, con esa expresión de sórdida sicalipsis. ¿Por qué Lippershey le había hecho depositario de una confidencia tan íntima? Sergio se le acercaba hasta pegarse a su costado. Ella se apartaba; él insistía; no podía moverse hacia la derecha: el camino se acababa. Sentía sudores fríos al notar la mano del doctor sobre la suya mientras le decía al oído piropillos blancos que a ella, no obstante, horrorizaban como la peor grosería. Sir Alex, que se había distraído un rato vio por el rabillo del ojo el repugnante acoso a que era sometida su novia. Agarró a Sergio por la corbata de lazo y lo atrajo hacia su posición.
-Usted venga conmigo...
-No tenga miedo; que no me la voy a comer. Ya sé que prefiere los viejecitos...
El rojo de las mejillas de Ariane ya se salía de la escala cromática visible.
Cuando por fin llegaron al lugar donde se almacenaban nombres esculpidos en lápidas de piedra, la gente se metió en la iglesita, de cuyo campanario brotaba una lúgubre letanía.
El ritual característico del vampirismo y canibalismo realizado con la sangre y la carne de Cristo, se llevó a cabo con celeridad. La presencia, allí sí, de Anabel Spengler, le metía prisa al cura, un hombrecillo pelirrojo y asustadizo que miraba de tanto en tanto a la baronesa como buscando su aprobación y sus órdenes: en menos de quince minutos sonó el “Podemos ir en paz”.
La señora de Fortcastel echó una ojeada a la Virgen venerada en el templo, y que tantos nombres ha llevado desde el inicio de los tiempos. Con un guiño saludó a Sir Alex, y luego, se fue al cementerio, por una puerta lateral. “¡Sabía que vendría!”, se dijo el profesor.
En el cementerio ocurrió un suceso peculiar que Sir Alex y Ariane percibieron, cada uno según su propia capacidad, más o menos intuitiva. Anabel estaba junto a la puerta de hierro de un panteón, con los brazos cruzados; Elisa y Evandro se revolvieron contra ella. Todos los habitantes de la comarca, que colmaban el recinto, como un solo organismo animado por la voluntad y la emoción, miraron a Anabel, amonestándola sin palabras. El sacerdote inició las oraciones del responso y las interrumpió, al cabo, al comprobar que nadie escuchaba. El enterrador, que apuntalaba su cuerpo sobre una pala bajó la cabeza; los Faenza echaron demonios por los ojos contra el otro demonio; y los demás, enviaron una recriminación tácita. Anabel aguantó el dictado del jurado popular con entereza: era una asesina porque ya no podía ser otra cosa ante unas personas que aun teniéndola en tan baja estima, no osaban levantarle la voz. Un motivo de extrañeza para los parapsicólogos y Ariane. Entre los ojos que acusaban y los que no se defendían fluía una corriente de complicidad que, en aquel caso extraordinario, resultaba compatible con el odio, como si los habitantes del valle supieran algo sobre ella, aunque fuera de manera inconsciente, que los demás ignoraban, y que ese algo, justificara o relativizara su crimen.
“¿Crimen?”, pensó el escéptico Sir Alex, que no veía por ninguna parte la relación entre la muerte de Lucián y las malas artes de la baronesa y eso que él siempre estaba inclinado a creer lo peor de la familia Spengler, y encima tenía motivos para ello.
“Crimen, sí; Lucián, como Klaines quizá sabía demasiado sobre la invasión...”, se dijo Sergio, que ya había asentado en su mente estas ideas y no tenía previsto demolerlas en fechas próximas así le pusieran en el potro de torturas.
“Yo creo a Elisa Faenza; no acusaría a Anabel, sino tuviera muy buenas razones...”, reflexionó Ariane, frotándose la barbilla con los dedos helados, y compadeciendo a la llorosa mujer, que le parecía la viva encarnación de toda la Humanidad doliente.
Sir Alex hubiera querido abordar a Anabel Spengler cuando la multitud se dispersó y desapareció loma abajo. Pero cuando llegó al lugar, ella ya se había deslizado por una portezuela lateral. Así que le dieron el pésame a los Faenza e, inmediatamente después de despedirse de Philip en la cantina, subieron al castillo. Adamski, por supuesto se apuntó a la excursión. “Pero no meta la pata, majadero”, le avisó Sir Alex, tirándole de la oreja. Ariane, que estaba ansiosa por llegar a lugar habitado y poner sus manos en remojo, le repitió la advertencia.
La baronesa los recibió tan amable como de costumbre; les invitó a comer y ellos aceptaron (Lippershey aceptó). Pero antes de ir a la mesa les presentó al infante de pocos días que, aseguró, había recogido en un orfanato de Rumanía. Profundos gestos de escepticismo se dirigieron entre sí Ariane y los profesores. “La vida de esta mujer es una mentira sobre otra mentira”, pensó escandalizada Ariane, para quien renegar de un hijo era el peor pecado del mundo.
La amplitud de la sonrisa de Anabel daba a entender que estaba al tanto de que sus invitados conocían el secreto de su maternidad; sin embargo, continuó con la ficción, añadiendo al relato de su viaje por el mundo, detalles novelescos sobre la supuesta mala vida que llevaría el niño en el lúgubre establecimiento al que sus padres lo habían arrojado, de no ser por su intervención. Slavia, al que Sir Alex controlaba de reojo, tragaba saliva. Estaba tan tenso como la cuerda de un arpa, y aunque no fuera actitud muy de acuerdo con su estatus, lanzaba de vez en vez, miradas iracundas contra su señora.
-Y, ¿cómo se llama el pequeño? -pregunto Sir Alex, que había asomado su bigote al borde de la cuna para observar de cerca al nenito.
-Lucián -declaró la baronesa.
El trío se quedó pasmado. Mas Anabel fue pronta al añadir:
-Es un homenaje a nuestro malogrado vecino...
Y con escaso pudor, rió.
-¿No será porque el señor Faenza era el padre de la criatura? -inquirió, vitriólico, el inglés.
Anabel, que ya se esperaba la pregunta directa, con una pizca de ironía afirmó:
-Si es así no me lo participaron las autoridades rumanas. Pero si me pides mi opinión sincera, no creo que el señor Faenza haya viajado en los últimos nueve meses al Este.
Mientras Sir Alex acosaba a la baronesa con preguntas a cuál más indiscreta, Adamski consultaba la brujulita que llevaba en el bolsillo. La acercaba a las espaldas de la señorita Spengler, y la aguja imantada perdía el norte, nunca mejor dicho. El profesor Lippershey le hacía señas para que se dejara de estupideces, pero no obedecía. En una ocasión la dama estuvo a punto de sorprender los juegos de manos del doctor Adamski, quien puso una cara tan graciosa de disimulo que Ariane hubo de sofocar la risa colocándose la muñeca delante de la boca.
A pesar de encontrarse en terreno hostil, a ninguno de los comensales se le cortó la digestión al escuchar las barbaridades que durante el almuerzo salieron alternativamente de las bocas de Sir Alex y Anabel. El profesor estaba muy verborreíco y muy desinhibido. Y eso que no había tomado más que dos vasos de sidra en el bar.
Que si andan diciendo por ahí que es usted una asesina; la otra, que si rumores, rumores, que Elisa Faenza me tiene mala fe; el otro, que si no tendrá en la cabeza algún secreto inconfesable del que deseé desprenderse; la otra, que bueno, que sí, como todos; ¿acaso tú no? Mira que me han dado noticia de tus líos de faldas...; por lo menos yo no destripo a mis amantes; ni yo, porque no los tengo; entonces, todos nos equivocamos al dictaminar cual fue la causa de que Lucián quedara KO técnico la noche en que usted se despidió a l`anglaise; ¿Insinúas que me he acostado con Lucián? ¡Deliras! Sólo éramos conocidos...; ¿Y qué tal de sus dolores?; los viajes me sientan bien; Desde luego, tiene un aspecto estupendo, como el que se dice que presentan las mujeres recién paridas. Oh, perdón; he puesto el dedo en la llaga: comprendo que usted no quiera que ciertas desequilibradas de tendencias sáficas sepan que ha tenido tratos con hombres (risas apagadas de Anabel); ¿Te refieres a esas mujeres que, según tú, sacrifican machos a la diosa y con algunas de las cuales te unen lazos profundos? Apilando mentira sobre mentira se levanta el Templo de la Falsa Apariencia; falsa apariencia: ¡eso lo dirá usted! ; sí, lo digo, que del engaño yo sé bastante como para escribir varias tesis doctorales; ¿Por qué engaña? ; Todo el mundo engaña...; Pero usted más que nadie...; Porque soy más lista que nadie...; hábleme de Theodor D’Angelis; pobrecito, se cayó de maduro; y su familia, ¿qué?; se iría de viaje para gastar el dinero de la herencia; he leído que la policía baraja la posibilidad de que fueran secuestrados o asesinados. Y lo mismo sus amiguitos de la sociedad Thule Werner, Valdemaras y Artús Sonner. Usted los conocía a todos, ¿no? ; el móvil, el móvil...; ¿el placer de saltarse las leyes?; las leyes son sólo para quien las necesita, y ése no es mi caso...; ¿y qué me dice de su ‘abuelita’ Marián de Castro?; hoy hace un día realmente precioso...; No era su abuela, lo sé; me gusta la primavera...
Después de tan educativo diálogo, Sir Alex, Ariane y Sergio regresaron a Calibánn, tal y como habían salido de allí: o sea, sin aclarar ninguna de sus dudas. Salvo Sergio, que decía estar convencidísimo de haber averiguado el lugar de procedencia de la Facción Extraterrestre. Los otros dos, en cambio, parecían más perplejos que un sabio en Disneylandia.

Comentarios

Añadir un comentario