El Cultural -Magazine de El Imparcial

domingo, 04 de noviembre de 2007

Regina Irae - Parte III - Capítulo 50

CAPITULO 50


Esta carta traerá cola


El viernes, como todos los días, Ariane recogió las cartas del buzón. Entre facturas de teléfono, gas y luz, reclamaciones de los hijos del profesor, que habían tomado la costumbre de escribirle, vía abogado, para amenazarlo con que lo iban a inhabilitar, y demás correo ordinario, venía un paquete muy pesado y voluminoso; cuando abrieron la caja y dieron cuenta de su contenido, a Sir Alex y a su colaboradora les dio un vuelco el corazón.
Había una larga carta del desaparecido Ionnas Werner, que leyeron en voz alta apenas la desdoblaron:

“Estimado señor Lippershey:
No dispongo de mucho tiempo. Mi vida corre peligro, de modo que le expondré las razones de esta misiva con la mayor brevedad que me sea posible.
Theodor nos confesó algo espantoso antes de morir. Durante cincuenta años le había estado facilitando seres humanos a Anabel I para que los sacrificara a su terrible Diosa. No me detendré a evaluar la moralidad de semejantes actuaciones, pues ahora los dos están muertos y el tiempo apremia. Sepa que ese día, en el cementerio de Petre Larval, Anabel II le exigió a su nieto para ofrendar a los Superiores Desconocidos, el sacrificio definitivo que lo haría inmortal; pero él se negó a entregarlo; intercambiaron palabras muy duras. Anabel le amenazó con matarlo, como usted sospechaba, si la denunciaba. Theodor juró entonces no descansar hasta no verla en la cárcel, pero tenía miedo de perjudicarnos si confesaba a la policía lo que había hecho durante tanto tiempo usando como tapadera la Sociedad.
Entonces nos reveló un secreto: un antiguo miembro de la secta le había confiado que había en Fortcastel cierta habitación secreta donde se custodiaban documentos comprometedores.
La existencia de tal lugar había mortificado durante años su imaginación; había llegado a figurarse que era allí donde reposaban las fórmulas mágicas que permitían la comunicación con los Superiores, aunque lo que le había dicho Iulius Klaines, el miembro de Thule a que se refería, era muy distinto, y en efecto fue confirmado.
Seguro que recuerda que durante la fiesta de Fortcastel hubo un apagón: Iaçinthus y Artús, dos amigos míos, fueron quienes, después de introducirse en el castillo disfrazados de operarios, aprovechando la confusión, desconectaron el sistema eléctrico para poder acceder a las estancias sin problemas.
Aquella misma noche, me presentaron el resultado de su operación. No me extenderé relatándole lo que allí encontraron, pues le incluyo los documentos que pudieron robar. Confieso que me horroricé de tal manera que no pude volver a dormir desde entonces. Y lo que más me inquieta no es lo que descubrimos sobre la joven Anabel, quien en el fondo, como usted comprobará, podría hasta ser disculpada en razón de su falta de discernimiento. Pero Anabel I era una manipuladora profesional que se dedicaba a crear sectas y mitos, a realizar muy turbios manejos, que incluían asesinatos y crímenes innombrables. Ella le enseñó todo lo peor de sí misma.
Los acontecimientos se han precipitado. Primero desapareció la familia de Theodor; ahora mis amigos, y yo sé que me espera el mismo fin a manos de esa extraña gente que se mueve en torno a las Spengler. Ella ha regresado. He de ocultarme.
No he estimado siquiera la posibilidad de entregar a la policía las pruebas de los delitos de ambas baronesas. Alguien tiene que haber, sin embargo, honrado, incluso en el sistema. Porque, ¿acaso hemos puesto en peligro nuestras vidas para nada? ¿Podemos permitir que Anabel Spengler se salga con la suya y continúe con la farsa iniciada por su tía, engañando y seduciendo mentes, asesinando y secuestrando?
No volveré a contactar con usted.
Por una vez póngase de parte de la Sociedad Thule; será por una buena causa. Usted nos hará justicia.
Ionnas Werner”


Sir Alex no pudo esperar ni un minuto antes de desparramar los papeles de la caja sobre el escritorio. Sus manos dudaban entre cuál tomar primero. Mientras él leía, alucinado, varias cartas fruto del intercambio postal entre una tal Anna Sprengel (sic) y el famoso Matters, fundador de la secta Golden Dawn, Ariane descubría unas hojas menos avejentadas. Parecían historiales clínicos. La paciente, Anabel de Castro. Y el médico, el psiquiatra doctor Carlis, de Milanovi.


18 de octubre de 199*

Anabel de Castro. Mujer. 33 años. Soltera. Reside provisionalmente en Barglava (Castillo de Fortcastel). Nacida en Estrasburgo (Francia) Estudios Universitarios (Licenciada en Filosofía) Empresaria de profesión. Estatus socioeconómico muy alto. Religión pagana de extraño eclecticismo.
Ingresa de urgencias en fecha */*/**** debido a un desvanecimiento acompañado por convulsiones, que le ocasionan una herida en el brazo derecho, a la altura del codo. La paciente es trasladada al hospital por testigos de su ataque, en la vía ***, en estado de shock, y delirando. El especialista traumatólogo, tras curar su herida, nos la remite para evaluación psiquiátrica.
No ha sido operada nunca ni constan enfermedades físicas graves. Ligera miopía en ojo izquierdo. Hija de madre soltera. No fuma, no bebe ni consume drogas o medicamentos, excepto café y té.
En principio se muestra hostil y prepotente. Pero cuando la sedamos, parece entrar a un estado de confusión, en el que extrañamente es posible conversar con ella.
Confiesa sufrir de alucinaciones. También refiere diversos dolores musculares exacerbados, parestesias y trastornos de la sensibilidad, parálisis, alteraciones de la conciencia y ataques convulsivos, que cursan en crisis periódicas.
Tuvo una infancia difícil. Su madre, la señora de Castro murió al poco tiempo de dar a luz, en circunstancias que la paciente no aclara. Tomó su nombre ficticio de Spengler de la difunta baronesa homónima. La señorita de Castro pasó a estar bajo la protección de la Baronesa, que la adoptó y le dio estudios en el extranjero, de modo que sus primeros años transcurrieron en diversos países de Europa, con el consiguiente desarraigo. (...)... La paciente asegura que la Baronesa tenía oscuras aficiones; “estaba chiflada por la magia”, dice, y también la introdujo a ella en ese mundo... de pequeña estaba fascinada por los poderes, que, supuestamente, poseía su madrina, de quien afirma, era la representante de una raza de supermujeres o diosas aunque después sugiera que sólo era sacerdotisa de la diosa antigua Geirtrair... Desde muy pronto empezó a imitarla en todo, hasta llegar, en la culminación de su delirio identificativo, a asumir su personalidad. La señorita de Castro cree que la baronesa de Fortcastel no murió sino que se metamorfoseó en ella; o sea; que niega todo lo dicho anteriormente: que Marián de Castro no es su madre; que ella no tiene padre y que fue engendrada por si misma en la noche de los tiempos, como emanación de un Dios inefable que quería conocerse mejor... Cuando toma la figura de este ser legendario que ha inventado (o mejor dicho, que inventó su antecesora, afecta con toda seguridad de un delirio paranoico de grandeza, agravado por episodios alucinatorios de origen esquizofrénico) me confiesa la autoría de numerosos crímenes: no sólo se paseaba por entre los cuerpos desnudos y temblorosos de los judíos en las cámaras de gas en el momento de su agonía, sorbiendo su dolor (del que dice alimentarse) sino que también se acusa de haber desviado la trayectoria de un cometa, en tiempos primigenios con la intención, consumada, de aniquilar a toda una civilización dotada de asombrosos poderes psíquicos...(...)... Anabel Spengler, confiesa, nunca la quiso más que como pupila, o al menos, esa es la percepción que tiene... La odiaba con todo su ser, pero, al mismo tiempo, anhelaba ser como ella. Cuando murió (de este episodio habla con reticencia) asumió su personalidad... Sufre muchísimo; parece que duda cuando le hago ver lo absurdo de sus afirmaciones acerca del Espíritu que vive en su interior. Ha pensado varias veces en el suicidio...
El aspecto de la paciente es normal y la higiene correcta. A ratos de muestra colaboradora, a ratos, violenta y burlona. En cuanto al lenguaje y expresión, pasa de la verbosidad al mutismo, coincidiendo con sus fases de delirio y tranquilidad. Sobreabundancia de ideas, entre las que destacan las religiosas y sobrenaturales, formando un corpus de creencias bastante coherente: se autoadjudica el poder de entrar en los sueños de la gente, de provocar, con su sola mirada, estados alterados de conciencia en personas sanas, e incluso, afirma que puede modificar su fisonomía, adoptando formas de animales, monstruos o plantas... Delirios de grandeza...
Es evidente su pérdida de la noción de la realidad en algunos momentos, aunque en otros parece consciente de su enfermedad. Orientación, memoria, concentración e inteligencia conservados.
Se sugiere exploración neurológica para descartar enfermedades orgánicas.
Posible psicosis paranoica o esquizofrenia con trastorno grave de identidad.


Encontraron más historiales de diversas instituciones y doctores coincidentes con el de Carlis, quien confesaba en un anexo a pie de página, haber sentido miedo la última vez que ella acudió a su consulta, y le exigió que le entregara el informe. De un modo u otro, al final se había hecho con él, pensaron, asustados.
Pero con todo lo inquietante que resultaba la constatación de la enfermedad de Anabel II, no resultó mayor que el hallazgo de los textos en apariencia originales de documentos de los que el profesor Lippershey no era la primera vez que oía hablar, y que para mayor inri, estaban escritos con la misma letra:
El ‘Testamento de Satán’, una de cuyas copias se conservaba en el Museo Británico, donde se decía literalmente:

“Los que seducen al pueblo con ideas políticas y falsas morales están sujetos a nuestro yugo. Tienen que socavar el prestigio de los gobiernos nacionales y los pilares de los Estados de derecho. Cuando decepcionados por sus gobernantes, los pueblos clamen justicia, será el momento de entronizar a nuestro soberano al mando de un Gobierno Mundial”.

Era una obra antigua, de 1906 como mínimo. Junto a él, otro manuscrito nada menos que de los ‘Protocolos de los Sabios de Sión’, germen del mito de la conspiración judeo masónica, una de las más famosas falsificaciones de todos los tiempos, publicado un año antes que el anterior:

“Nuestro derecho reside en la fuerza. El vocablo derecho expresa una idea abstracta, sin base e inaplicable; ordinariamente, significa: proporcióname cuanto preciso para sojuzgarte. ¿En dónde empieza el derecho? ¿En dónde termina? En un estado desorganizado, el poder de las leyes o el del soberano se disipan por la incesante usurpación de las libertades; en este caso, procedo con la fuerza para destruir los métodos y reglamentos existentes: me apodero de las leyes, reorganizo las instituciones y, así, me convierto en dictador de quienes, libremente, han renunciado a su poder y nos lo han rendido. Nuestra fuerza, dada la situación quebradiza de todos los poderes civiles, será mucho mayor que ninguna otra porque, siendo invisible, no podrá ser atacada; y llegara el día en que sea tan impetuosa que ningún acto de astucia pueda destruirla.”

Partes del borrador del libro de Urantia :

“Vuestro mundo, Urantia, es uno de los muchos planetas habitados similares que componen el universo local de Nebadon. Este universo, junto con otras creaciones semejantes, forman el superuniverso de Orvonton, cuya capital es Uversa, de donde procede nuestra comisión. Orvonton es uno de los siete superuniversos evolutivos del tiempo y del espacio que rodean al universo central de Havona, la creación sin principio ni fin de la perfección divina. En el núcleo de este universo central y eterno se encuentra la Isla estacionaria del Paraíso, centro geográfico de la infinidad y morada del Dios eterno.”

Y muchos más inidentificables pero igual de extraños y terribles.
Ariane casi se desmaya al topar con cartas, escritas con tinta muy reciente, donde se daban instrucciones a organizaciones para realizar salvajadas varias, atentados y mutilaciones con desapasionamiento psicópata, de los que ya hablaba el diario de Iulius Klaines. Pero no todos podían ser obra de la finada, por las fechas de las misivas, aunque la letra, insistimos, era la misma o una imitación muy hábil.
No se fiaban de las confidencias anónimas ni de la autenticidad de los documentos, sin embargo, los nuevos datos, caídos del cielo, habían dejado a Sir Alex perplejo; aquello superaba con mucho la revolución que había supuesto el hallazgo de la foto de Marián de Castro o los diarios de Iulius, que empezaban a resultar diáfanos bajo la nueva luz.
Ariane, que participaba de su mismo estupor, se sintió al tiempo que estremecida, un poco decepcionada. Anabel no era lo que, sus furibundos derrames de fantasía, apoyados por el hecho incuestionable de sus poderes psíquicos, le habían hecho creer, sino una mujer afectada de un vulgarísimo trastorno mental, como su supuesta madre y la tutora de ambas; pero dotada de un tremendo poder de convicción que ni siquiera Sir Alex podría poner en duda. Lo cierto es que los fluidos magnéticos que salían de sus ojos no eran cosa que se viera todos los días; ni a ella le ocurría con frecuencia lo de tener un orgasmo cuando le miraban fijamente, caso este último que, como es lógico, lamentaba.
No obstante, no se le hacía muy difícil de creer que Anabel estuviera loca, después de todo lo que había elucubrado sobre ella, y mucho menos después de leer las cosas que se le pasaban por la cabeza, y que sólo tal vez, hubiera tratado de llevar a la práctica en alguna ocasión, como en el caso de Theodor y el supuesto intento de sacrificar a su nieto. Hasta se intuía que había reescrito los antiguos documentos para hacerlos parecer obra suya. Pero, ¿acaso una enferma mental era capaz de manejar los arquetipos y los mitos que supuestamente habían creado los miembros de esa secta milenaria con tal lucidez? ¿Ariel y los demás habían sucumbido ante la sugestión de una perturbada? ¿Una mujer privada de juicio podía causar estragos de esa magnitud, no solo en el país sino también en el mundo entero? Lo prosaico de la realidad o de lo que entonces se les presentaba como tal (que también era dudosa) resultaba abrumador.
Sergio Adamski se negó de plano, a aceptar la evidencia. “Es usted un idiota: ¡Lippershey, el científico que sólo da crédito... a anónimos! Anabel misma pudo haberse encargado de redactar esa sarta de estupideces para convencernos de que no es lo que es... El otro día debió de notar nuestras sospechas...” replicaba el doctor. Pero Sir Alex, que veía favorecidas sus posturas, se burlaba de su colega sin piedad, echándole en cara que él también se había dejado seducir por los manejos de la baronesa; y que era, en resumidas cuentas, lo que siempre había pensado: un cretino. Sergio se defendía diciendo que era imposible confirmar las informaciones; entre otras cosas, Carlis y los demás psiquiatras estaban muertos, como comprobaron de manera fehaciente en los días sucesivos.
El elevado índice de mortandad de las personas que trataban con Anabel era tan inquietante que hasta al imperturbable Sir Alex le causaba pesadumbre. Adamski seguía opinando, sin que nada fuera capaz de hacerle cambiar de opinión, que la Spengler era una extraterrestre muy ladina, erudita en trapacerías y malas artes, que había logrado su propósito de permanecer invisible a los ojos de los hombres y que había fomentado su desunión con ayuda de tales engañosos textos. Ariane prefería alentar la esperanza de que Sir Alex tuviera razón, aunque fuera la posibilidad menos romántica: entre el romanticismo y la seguridad de no ser asesinada, optaba descaradamente por lo segundo, violentando un poco su naturaleza siempre ávida de novelas descabelladas.
Después de todo, el profesor ya le daba toda la aventura que necesitaba. Lo de pasar todo el día juntos, mirándose con pasión, pero conteniendo los deseos de tocarse le producía una congoja formidable, que no tenía nada que envidiar a la que en su momento vivieron los más afamados amantes imposibles de la historia. Su deformada visión de los hechos era así. Pero la realidad es que la frustración no tiene nada de bueno, ni siquiera para un soñador que anhela que estallen tormentas en su pecho. A Sir Alex siempre se le escapaban los ojitos detrás de su novia, y los mantenía sobre ella, durante minutos interminables, mientras la víctima disimulaba, entre sudores fríos y calientes, que no se daba cuenta. Había pensado que sería muy fácil empezar de nuevo, haciendo borrón y cuenta nueva. Pero una y otra vez les volvía la memoria a una noche muy concreta y revivían sus emociones de entonces, y el terror que les había dominado al pensar que nunca más volverían a verse. Anabel era un monstruo fueran cuales fueran sus motivaciones para actuar, pero nada les daba más miedo que perderse el uno al otro.
Por ese motivo Ariane se puso de parte de Adamski cuando Sir Alex les anunció que presentaría aquellas evidencias ante un juzgado para que, por lo menos, pudieran procesar a la malvada por los delitos de asociación ilegal, e incitación al asesinato y a la tortura. Sergio se opuso. Él, que se las daba de aspirante al martirio por la causa, al verlo tan cerca apostató de su fe cuasi religiosa con un fervor que a todos dejó perplejos. Ariane le apoyó, no porque compartiera su nueva visión, sino porque no deseaba que Anabel tomara represalias. Ya en Fortcastel habían estado a punto de sentir su ira. Sus víctimas habían cometido siempre el mismo error, el de provocarla y enojarla. ¿Para que ponerla a prueba? Ariane era partidaria de dejarlo quedar. Los hipotéticos muertos y desaparecidos de la baronesa no eran conocidos suyos; y francamente, no deseaba que acabaran siéndolo.
La persistencia de sus colaboradores no disuadió, empero, al inglés. Una mañana presentó la denuncia, acompañada de las pruebas, con excepción de las historias clínicas. “No te librarás por loca”, pensó, astuto.
Anabel recibió con talante irritado la notificación para ir a declarar. Pero se dio por enterada y prometió acudir cuando y donde se la emplazase.

“Así que esas tenemos... Bien, inglesito: quieres jugar en serio. Pues verás lo buena jugadora que soy yo. En el próximo envite sufrirás como nunca en toda tu vida. Te quería a mi lado, pero eres demasiado terco para ver lo que te conviene. Oh, Alex, es una pena que Geirdrurd te proteja como a tus antepasados, y yo sólo pueda dañarte a través de terceros. Pero comprobarás, que incluso así, conozco mil maneras de causarte dolor. La vida es un juego; juguemos, pues; y ahora me toca a mí mover ficha...”

“Un momento. Cualquiera que escuche esto pensará que soy mala. Me veo en la obligación de deshacer tal erróneo juicio. Pues sépase que si alguna vez me llamo a mí misma malvada (o me comporto de un modo que dé a entender que lo soy), es sólo a título descriptivo, para que me entiendan dentro de los parámetros mentales de esta extraña cultura dualista, maniquea, rápida en etiquetar, clasificar y separar lo negro de lo blanco como si el uno y el otro pudieran existir de manera autónoma, cada uno a un lado de la línea trazada por un ente omnisciente, reclutando entre los vivos, voluntarios para sus ejércitos, en previsión de la batalla final que haga al Universo feudo de uno o de otro, sin lugar en la tropa o en el alto mando, para los guerreros grises, que participan de ambas naturalezas en distintos grados. El mal, en resumidas cuentas, es relativo.
Tengo muchas ocupaciones, cosa enteramente lógica en quien dispone de un tiempo ilimitado, pero la principal es sembrar falsedades y terrores: mis semillas trapaceras siempre caen en terreno abonado. Nada complace tanto al hombre como que le cuenten mentiras (no por otra causa le agradan los relatos de las novelas y del cine, al que muy propiamente llama la ‘fábrica de los sueños’); las ilusiones no tienen secretos para mí; que me divierta manipulando creencias, no significa que le haga ascos a las tramas derivadas de la política, la economía y la ciencia, la trinidad diabólica de la que emanan los horrores más grandes (y por ello más gratos a mi paladar), vientres gestantes, matronas de la calamidad humana por excelencia: la guerra, para la que siempre hay recursos, aunque falte el pan de la boca del hambriento y la bebida de los labios descarnados del sediento. La guerra me place porque engendra las tres cosas que sacian mejor mi apetito desmesurado: el odio, el dolor y la muerte. En cualquier sitio y en cualquier circunstancia encuentro voluntarios para mis operaciones encubiertas. Si no me ayudan de grado, medios tengo para obligarlos a ser mis siervos, incluso ignorándolo ellos. Otros, conscientes de que enfrentarse al poderoso es como dar coces contra un aguijón, me prestan apoyo por su propia conveniencia. Saben que yo, o las personas que hablan por mí, pagamos bien los servicios prestados, pero, en cambio, castigamos con furia la insolencia de la rebelión.
Pero como soy mala (no se tome en su sentido literal), no me atormentan escrúpulos ni me repugna el derramamiento de sangre ni siento aversión hacia ningún crimen cuya realización sea necesaria e implique una elevada dosis de ensañamiento: mi misión exige el sufrimiento de muchas personas, y dado que no puedo contar con la colaboración de los elegidos para el cadalso no desdeño violentar voluntades ajenas. En consonancia con este modus vivendi tan particular, mis sentimientos son bastante primarios, o, para ser más exactos, superficiales. Conozco el miedo, pero levemente, porque que éste es la condena de quienes ignoran la verdad, y en lo tocante a sabiduría, yo siempre voy un paso por delante de todo el mundo; un poco el cariño, como todo viviente sometido a las flaquezas de los humores e imbricado en el tapiz de las relaciones interpersonales; al amor apasionado lo temo como a la peste; pero no más que al dolor físico, que me aflige en los períodos de máxima actividad como aviso de lo inútil que es intentar comportarse como un dios cuando se posee un cuerpo de materia lábil: dicen mis deudos que en segundos paso de la placidez a la cólera; de la conversación amigable, al sarcasmo; de la cara risueña, al gesto malhumorado; pero, en mi fuero interno, y por imperativo de un espíritu que apunta muy alto, conservo el control, salvo en los contados momentos en que la efusión desordenada de las pasiones, no tan fáciles de dominar como los estoicos pretenden, anula esa parte de mi ser, seráfica, que aspira a fundirse con los seres del mundo etéreo, convirtiéndome en una caricatura de mí misma: en humana, demasiado humana.”

Comentarios

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  • Fecha: sábado, 10 de noviembre de 2007
  •  | 
  • Hora: 8:27

Autor: rluzmila

Me parece que debes de eliminar desde la parte que dice:
"Un momento. Cualquiera que escuche esto pensará que soy mala. Me veo en la obligación..."
Creo que esa parte no es muy importante para tu libro, y el capítulo ya de por sí es un poco largo.