El Cultural -Magazine de El Imparcial

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Regina Irae - Parte III - Capítulo 51

CAPITULO 51


´¿Habrá salido al padre o a  la madre?


El mismo día que se cumplía una semana desde que Elisa Faenza enterrara a su hermano, la mujer se sintió con fuerzas para subir a Fortcastel.
Slavia le trató de impedir el paso. Ella suplicó que le dejara hablar con la baronesa sobre el bebé.
En el tira y afloja estaban, cuando se presentó Anabel en el claustro. Como amable anfitriona, ordenó que dejaran expedito el paso a su visitante, que, a pesar de las circunstancias, permanecía serena.
-Ya tenía ganas de verte... -le espetó a la señora del castillo, conteniendo la cólera-. No pareces un demonio y, sin embargo, llevas el infierno contigo... ¡Nunca podrás saber lo que estoy sufriendo!
-Si te dijera que Lucián está mejor ahora, libre de su prisión de carne, te rebelarías; pero es la única verdad y debes aceptar que unos se van para que otros vengan. ¡Acompáñame!
Anabel le hizo una señal con el índice a la perpleja Elisa quien, de veras, hubiera deseado tener a mano una hoz para cercenarle el cuello. Pero obedeció; a distancia prudencial siguió sus pasos hasta un saloncito, escoltada por Slavia, que estaba aún a la expectativa para evitar un encontronazo más serio.
En el salón, Filbert, vestido de calle, acunaba al bebé con sacudidas de ritmo desacompasado, muy torpes, que contra toda lógica, causaban el efecto de impedir sus llantinas. Elisa se llevó la mano al pecho para sujetar el corazón, que al atisbar a un ser de su propia sangre, había pegado un bote “¡Era cierto! ¡Anabel tiene un hijo de mi hermano!”. Sí; no había duda: era su vivo retrato, un Lucián de fotos antiguas, envuelto en ropitas bordadas de azul, un Lucián resurrecto, renacido, transformado, que hubiera vuelto al origen después de haber sido sembrado en la tierra. Elisa avanzó hacia su sobrino con lágrimas en los ojos.
Tomó el niño entre sus brazos; le contagió a su seno un calor palpitante. Ausente, no reparó en que Anabel, que contemplaba tan enternecedora escena con una indiferencia mortal, aproximaba los labios a su oreja. Con voz silbante, le dijo:
-Es tuyo; te lo regalo...
Elisa, que no estaba acostumbrada a que le obsequiaran con bebés cuando iba a una casa, se volvió bruscamente.
-¿Es que no lo quieres? -preguntó Anabel, robándole la palabra a su casi cuñada, que seguía boquiabierta.
-Sí... Pero, tú eres su madre, y yo...
-No tengas ningún reparo en llevártelo. Sé que lo criarás conforme a buenos principios... De la manutención me encargo yo; tú dale amor, que le hace más falta...
No había discusión sobre ese punto; pero Elisa estaba tan sorprendida que hasta se atrevía a ser descortés.
-Sólo puede dar amor aquel que sabe lo que es eso... ¿De qué pasta estás hecha? Cuesta creerlo: una madre librándose de su hijo como si fuera un objeto que estorba en casa, a modo de trueque... Porque se trata de eso, ¿verdad? Crees que con la vida de este niño rescatas la de mi hermano ¡Pues no! Nunca te perdonaré. Mientras me tenga en pie y pueda maldecirte no pasará un día sin que no lo haga. ¿Por qué tuviste que matarlo?
-¿Qué te hace pensar que maté a Lucián? -respondió la baronesa, sin perder la compostura.
-Lo sé; eso basta...
-No hablemos más de esto -la cortó Anabel, elevando la palma de la mano a la altura de su hombro-. Los muertos están muertos. Tratemos asuntos de vivos. El pequeño necesita una madre. Debes llevártelo, ¡ahora!
-Pero, ¿cómo me lo voy a llevar así...? -exclamó Elisa, confusa y muy nerviosa.
-Slavia te ayudará a transportar la cuna y el ajuar... Lucián Faenza Solari, hijo adoptivo de Elisa Faenza y Tomaso Solari Slavia. Todos los sellos están en sus lugares, todas las firmas y autorizaciones pertinentes. Certificado de nacimiento, inscripción en el Registro Civil. A todos los efectos el niño es tuyo: Slavia te entregará los papeles... Ahora, tómalo y vete; y no llores por Lucián que ya no tiene remedio...
-Virgen santísima, ¿qué le diré a este niño cuando crezca? -pensó en voz alta Elisa, turbada.
-Pierde cuidado por eso -susurró Anabel-. Él siempre sabrá quién es su verdadera madre... Será fuerte y sano porque viene de una raza excepcional. Despreocúpate de todo, y deja que la naturaleza siga su curso...
Elisa salió de Fortcastel con su sobrinito en brazos. Se sentía como borracha: había ido a insultar a la baronesa y regresaba a casa con un regalo inesperado. Sin duda, Anabel había esperado toda la semana su visita para dar aquel golpe de efecto, que, si bien no le había quitado todo el dolorimiento, sí le había dado una nueva razón para vivir. Pero, ¿estaba bien lo que hacía? ¿Qué sentido tenía que Anabel se desprendiera del hijo de sus entrañas?
-Tu señora no está bien de la cabeza -declaró la Faenza, ya acomodada en el coche de su novio-. ¿Te parece normal? Dios; es que todavía no me lo puedo creer... Ay, ¿no será un engaño? ¿No vendrá dentro de un mes a quitarme el niño la policía, diciendo que se lo robé a su legítima dueña?
-Deberías estar contenta -afirmó Slavia, burlando su gesto duro y seco con un arranque entusiasta-. Ella ha cambiado su actitud hacia ti. Es lo mejor que nos podía haber pasado. Ya no intentará separarnos: te ha elegido como madre de su hijo y mientras cumplas su encomienda con eficiencia no recibirás de ella más que beneficios. Ahora perteneces a nuestra Comunidad... lo cual, por otro lado, te obliga a guardar secreto...
-¿Vuestra Comunidad? ¿A qué te refieres? ¿Qué secretos son esos? No entiendo nada -musitó Elisa.
-Algún día sabrás más de lo que deseas -dijo el mayordomo, acariciando con su dedazo la boquita del bebé que Elisa, acunaba en su pecho.

*****

Evandro Faenza creyó que el exceso alcohólico le jugaba una mala pasada cuando, al entrar en su casa, escuchó el llanto de un niño de pecho. Se sacudió la cabezota, nada; se limpió los oídos con el dedo índice; ni por esas: finalmente, fue en pos del sonido para cerciorarse de que aún tenía los pies en la tierra.
Entró en la cocina; vio el canastillo: había un bebé dentro. Elisa, sentada al lado, lo acunaba con una mano, mientras que con la otra agitaba un biberón. Aquello era mucho peor de lo que se había imaginado: una alucinación completa y verdadera. Evandro se tiró de los cabellos.
-Pero, ¿qué es esto?
Elisa, que absorta en sus menesteres, no había reparado en la llegada de su hermanito, dio un salto en la silla de mimbre.
-Dios, ¡qué susto! No te esperaba tan pronto. No me digas que ahora cierran el bar el mediodía...
-Hoy apenas he bebido, así que no te quejes -protestó el hombre-. Pero oye, ¿de quién es ese crío? ¿No lo habrás robado, eh?
-Sí; claro, como si no tuviera yo cosas mejores que hacer que andar robando niños... Es Lucián, nuestro sobrino. Anabel me ha pedido que se lo cuide -dijo Elisa, suavizando la realidad.
-¿Anabel? ¿Has hablado con esa hija de perra?
Enfurecido como un gato al que quieren arrebatar un huesecillo, Evandro se lanzó contra su hermana dispuesto a sacudirla. Pero Elisa, con habilidad, se escurrió de entre las manos del embebido gañán.
-Te dije que no subieras a Fortcastel bajo ningún concepto...
-Tenía que ir.
-¿Y qué has ganado: que te carguen con ese mocoso, que, a saber de quién es hijo?
-Es de Lucián.
-¿Eso dice la zorra? -gritó Evandro, empujando la inocente silla contra la no más culpable mesa.
-Pero, ¿no ves que tiene la sangre de nuestra familia en la cara?
-Los bebés no se parecen a nadie.
-Éste sí...
-Y, ¿qué demonios habéis tramado? Te enjareta a su hijo bastardo y tú ¿qué haces a cambio? Eres una puta; no respetas la memoria de Lucián.
Agotado por el ataque de cólera, Evandro se dejó caer sobre una silla. Los cabellos revueltos y los ojos enrojecidos, le daban el aire de un ogro resollante.
Elisa se arremangó la blusa; tenía la comida al fuego; le dio una vuelta. El olor del estofado refregó la cocina. Su hermano, borracho, hacía mohines de llanto. El vino le hacía proferir amenazas terribles contra Anabel y el fruto de su vientre. Elisa trataba de atemperar su volcánico estado de ánimo aludiendo a los supuestos dones que la baronesa les iba a entregar. A estas razones oponía Evandro mayor crueldad: “Te has dejado comprar: no vales nada. Lucián te escupiría a la cara”. Ella no quería escucharle. Dijera lo que dijera, el mundo seguiría girando. El negocio familiar necesitaba atención. La comida no se hacía sola. Para comer caliente y dormir bajo techado, necesitaban una ayuda monetaria, ya proviniera del trabajo, que habían descuidado en esos días, ya de la compensación que la Baronesa tuviera a bien entregarles. Aceptarlo afectaba a su orgullo, pero era caso de justicia: pensarlo aliviaba su dignidad malherida; en verdad lo era: no había que buscar excusas morales. La vida de Lucián era irrescatable, no estaba en almoneda. Pero una madre no puede dejar a su hijo desnudo, aunque lo abandone. Tampoco esa palabra era correcta: Anabel estaba allí arriba, tan cerca, que bastaba que se asomara a su torreón para contemplar todos los tejados de Barglava. Podía bajar a ver a su niñito cuando le apeteciera. Que trajera el dinero, o incluso, que lo dejara de traer. Ya se las arreglarían para resurgir del periodo de vacas flacas. La brecha abierta en el tiempo por la Muerte, debía cerrarse; de lo contrario, succionaría la vida de los vivos.

*****

Dos días después de que Elisa Faenza visitara Fortcastel se presentaron allí la duquesa de Miramar y su hija Amelia, acompañada la primera por un enfado colosal. Anabel, que también llevaba mucho tiempo esperando esa visita, aguantó estoicamente el diluvio de reproches. Cristina tenía muy mal genio, pero los ataques de ira, por la misma naturaleza de esta afección, no pueden durar más que un tiempo limitado. Siendo Anabel la sobrina de la Reina de la Ira, no podía ignorar tal circunstancia. De modo que esperó a que su amiga echara la última tripa para hacer un alegato de defensa.

Me fui porque tenía muchísimos asuntos pendientes en el extranjero. Te grité esa noche porque quería estar a solas con Lucián (que, pobrecito, acaba de morirse) y no te ibas; no, no te hipnoticé, ¿quién te dijo esa falsedad? Escucha; no hagas caso de todo lo que te cuente Sir Alex, ¡Me tiene una manía! Si supieras lo último que me ha hecho... Estaba muy cansada de la fiesta; te quedaste dormida; sólo eso; lo demás lo soñaste; es pura fantasía; ¿yo ojos rojos? No me hagas reír, ¿poseída por un espíritu malvado? Ja, ja, ja; que voy a pensar que el viejo profesor te ha convertido a su causa; nada de nada; todo sugestión. Si; ya sé que tienes los pies sobre la tierra; pero nadie está libre de alucinar de vez en cuando; entiéndeme, no te llamo loca ¿He dicho yo eso? Vamos, Cristina, ¿miedo? ¿De qué, de mí? Pero, ¿qué bobadas estás diciendo...? Cómo, cómo vas a tenerme miedo ¿De qué? ¿De un repente mío? Hija, que me lo diga quien no me conozca, tiene un pase, pero tú... Aquella noche me encontraba muy enferma. Cuando siento esos dolores pierdo la paciencia: si fui brusca contigo no fue por otra cosa... Olvídalo todo; ocurrió hace muchos meses. Agua pasada... A partir de ahora, te lo juro, seré más considerada, y no pongas esa cara de escepticismo, que no te miento; verás que sí; volveremos a nuestras actividades habituales... La diosa estará contenta. Iniciaremos a Amelia, y por todo lo alto, como ella se merece, con un bautismo de sangre, pero no de gallinas ni de cochinos, sino de hombre, para que entre en la congregación con la más alta categoría. Los hombres no se dejan atrapar así como así, pero no será ningún problema encontrar una víctima adecuada. Es una pena que Lucián se haya muerto porque hubiera hecho muy buen papel... Te lo juro, no habrá ningún problema. A no ser que alguna de nosotras hable más de la cuenta En otro tiempo hubo delaciones. Pero me río yo de la policía; son unos ineptos. No saben nada; bueno, sí, es verdad; fui a declarar por lo de Lucián, pero soy inocente. ¡Caramba, te enteras de todo! Está bien: es verdad; se dijo, se rumorea... La gente es odiosa. Matar yo a Lucián Faenza, ¡qué disparate! Y además un hijo. No, si la gente cuando se pone a hablar...; ah, ¿tú te lo crees? Pero todo tiene una explicación muy sencilla: niño, lo que se dice niño, si lo hubo; no, escucha... escucha, déjame hablar... Me lo traje de Rumanía. Estuve allí para rematar la venta de una finca. Era un pobre huerfanito. Me dio pena. Lo adopté, mejor dicho, lo compré a un tipo del Ministerio de Exteriores que gana sobresueldos con estos medios ilícitos. ¿Sacrificar al niño en la iniciación de Amelia? No, este niño no; tiene algo especial... Mujer, con que cara me miras, ¿Ahora? En casa de una mujer del pueblo, la hermana de Lucián Faenza; está liada con mi mayordomo. Es que me di cuenta de que no valgo para criar niños. Allí estará bien. Que no, ¿cómo tengo que decírtelo? No es mío... Casualidad; se lo di a esa señora porque es amiga de Slavia; pero mira, también es la hermana de... Tiene buena casa y dinero; heredará la ganadería de su hermano, y además le sobra instinto maternal. Si fuera hijo de Lucián y mío te lo diría, por supuesto que sí, ¿cuándo te he ocultado algo? ¡Lo juro por la diosa! Vale, vale; más solemne: “Juro por el poder de la gran Diosa que es absolutamente falso que el niño que entregué a Elisa Faenza haya salido de mi vientre”, ¿Así te quedas más tranquila? Mira, para mayor seguridad: “y que me muera ahora mismo, y que mi cuerpo se convierta en una masa putrefacta si he mentido” Se dice, se dice, ¡se dicen tantas cosas! ¿Y lo que dicen de ti? Por experiencia deberías abominar de los dimes y diretes de la chusma; ¡deprimente! Nosotras estamos muy encima de eso; y la ceremonia, para cuando tú quieras, una luna antes o después del cumpleaños de Amelia... A ella no le habrás contado nada, ¿verdad? Es mejor que no sepa de la fiesta con antelación, podría asustarse e irse de la lengua (tú ya me entiendes)... Problemas: lo leo en tu cara ¿Quéee? ¿Que ya no es virgen? Ah, pero qué contrariedad... Bueno, Cristina, ¿qué quieres que te diga? En realidad no tiene tanta importancia. Pues no. Ya te he explicado un millón de veces que la rotura del himen es una mera cuestión técnica. Lo que la diosa valora es la virginidad de corazón, el estar libre de ataduras, ¿qué pasa? Detecto cierta reticencia... Llevamos mucho tiempo preparando esta ceremonia, y ¿te quieres echar para atrás en el último momento? Cristina, Cristina, que me estoy empezando a enfadar... ¿Cómo quieres que me tranquilice con lo que me estás diciendo? Toda la vida queriendo iniciar a Amelia y, y... Te recuerdo que pusiste a la niña bajo el amparo de mi tía y que yo la represento. No me hagas hablar, pero tú juraste que nos la entregabas. Sí; claro que sí; eso es lo que he dicho: es mía... Mía del todo... Y tú me has jurado fidelidad eterna. Está bien; no gritaré más; pero no me lleves la contraria... No tengas ningún miedo, mujer; recuerda por qué hacemos esto: la Diosa pondrá a tu hija en el trono de Rumelia, y quién sabe, quizás más tarde sea el de Europa. La sangre de la divina Magdalena corre por sus venas, es la más digna de ocupar la sacra monarquía. Tú hubieras podido estar ya encumbrada. No eches a perder el destino de tu única hija. Ella hará lo que tú no pudiste. Ella será reina y señora. Por cierto, ¿dónde se ha metido Amelia?

La moza se había excusado con el pretexto de ir al baño, pero de eso hacía ya más de una hora, y ningún acto fisiológico de los que se celebran en aquella pieza de la casa se demora tanto.
Las conspiradoras decidieron esperar por la joven en el saloncito, viendo una telenovela lacrimógena, en la que se recontaban los amores entre una chica pobre como una rata y un jovenzuelo guaperas, de clase opulenta; un argumento de lo más original. A Cristina le encantaban estas historias de folletín; no importaba que el galán se pavoneara de su condición de lady-killer (que diría un inglés, o Tombeur de femmes, que traduciría un francés, menos drástico en sus tratos con las mujeres) ni que las damiselas fueran sumisas y dóciles; ni que no se comieran una rosca por aquello de la decencia; y aceptaran como lógico el rol que la tradición patriarcal les adjudicaba. Las telenovelas sacaban a relucir la cara más reaccionaria de Cristina a la que nunca le faltaban alicientes para ser retrógrada.
Antes de que acabaran las aventuras sentimentales de la heroína catódica, Amelia se les unió, con el rostro ligeramente encarnado, y el cabello en desorden. Su madre no advirtió su llegada tan excitada estaba con el desarrollo de la trama. Pero Anabel giró la cabeza y la examinó: le parecía demasiado alterada como para venir del baño, salvo que en aquel lugar hubiera realizado algo más que una evacuación rutinaria.
Interpretando la mirada huidiza de la adolescente coligió que había estado en brazos de Pedrito Sans, el guardaespaldas, que llegó poco después con aspecto cansado. Quizá al lector le sorprenda que después de las poco gratas experiencias sexuales de Amelia con Filbert, la muchacha quisiera repetir con otro de aquellos machos descerebrados. Lo cierto es que deseaba saber a tiempo si era o no lesbiana; y creía, en su ignorancia, que no gozar con un hombre era un signo inequívoco. Pero Filbert no contaba porque había sido a la fuerza. Lippershey le había dicho que su predilección por las mozas era una tendencia pasajera; pero ella no estaba muy segura. Pedro Sans, naturalmente, se había prestado de muy buena gana al experimento y éste había dado como resultado que no era lesbiana. Ella, no obstante, seguía confusa.
Anabel ignoraba todo este tejemaneje tan ridículo, pero conocía al dedillo los devaneos de la jovencita con su chófer. Filbert y ella se habían partido el pecho más de una vez riéndose de aquellas dos soberbias aristócratas que presumían de su noble estirpe y a la hora de la verdad eran bastante poco inteligentes.

“Cristina es una de las criaturas más patéticas que he conocido. Sus absurdas pretensiones dinásticas y su fatuidad nobiliaria, su hipocresía y su maldad hablan por sí solas. ¡La sangre azul! No tengo muy buena idea de los hombres en general, pero los aristócratas, en particular, me suscitan un sentimiento mezcla de repulsión y risa. Son unos ridículos que fundan su prestigio en las hazañas dudosas de sus ancestros. Pero aún merecen más palos los que, sin pertenecer a esta ralea de vividores, los envidian y adoran, tratándolos incluso, con el respeto con el que los más píos se arrodillan ante los santos. Después de todo, también esos me parecen unos completos imbéciles; será que soy misántropa; pues tal vez. Eso de repetir invocaciones idiotas a dioses imaginarios; prohibirse todos los placeres o entregarse a ellos con la coartada del ritual mágico; cortar penes, manos, pies; sangrarse, humillarse, ponerse cilicios, echar a la hoguera a los herejes por millones, para demostrar lo mucho que se ama a Dios y a los hombres; creer que los dioses aman... ¡cuántas tonterías!”

Con los títulos de crédito, Cristina despertó de su sueño y cayó en la cuenta de que su hijita había regresado. Aunque no procedía, le echó una reprimenda, adoctrinándola sobre lo malo que era para el intestino pasar tanto rato en el váter, una de cuyas consecuencias, según la duquesa, era la relajación del esfínter anal. Amelia recogió con aire resignado la recomendación a pesar de que el orificio que a ella se le había dilatado no era el que su madre pensaba, precisamente. Pedrito se sonrió. Anabel con disimulo, se cubrió la boca con la mano para contener la risa. Amelia pese a la prevención de la señora de la casa, notó su malicia. Arreboles intensos afloraron en sus carrillos.
-Esta niña tiene muy malos hábitos. Le tengo dicho, que no coma tanto chocolate. Pero ni caso; después pasa lo que pasa: estreñimiento, hemorroides, dolores gástricos, granos en la cara... Con el mal efecto que hace el acné en una aristócrata.
Cristina le tenía mucha fe a la idea de que los mejores de la raza son también los más guapos. En las casas nobles y reales, por descontado, también, en las de la aristocracia del oro, la fealdad hace tiempo que ha sido desterrada gracias a muchos siglos de crianza selectiva. De vientres hermosos es obvio que no pueden salir adefesios. Para ella, la fealdad era un signo de degeneración genética ya que la belleza es un rasgo que sirve para lograr buenos partidos matrimoniales y por tanto favorece la supervivencia. Si la tara se daba en el seno de una familia de sangre purificada no podía deberse más que a un atavismo, a un carácter escondido en lo más recóndito del genotipo que se manifestaba de tarde en tarde para delatar un viejo desliz de la gente noble con la plebeya canalla. Gracias a Dios, a ella no le había ocurrido nada de eso; a fin de cuentas, Lippershey provenía de familia noble. Lo mejor que él le había dado era también algo muy hermoso, una muñequita de porcelana que sería reina, si Anabel cumplía sus promesas y la diosa se portaba como era debido. Oh, sí: Lippershey lo había hecho muy bien; Cristina tenía por seguro que su nena era tan lista y guapetona porque ella había disfrutado en el acto de procreación maxima cum voluptate cinco veces. Había sido mejor que nunca y allí estaba, bien visible, el resultado.
Cristina miró con embeleso a su pequeña recordando el momento en que la fabricaba con la ayuda inestimable del profesor. Pero al volver sus ojos hacia Anabel, que también tenía la mirada clavada en la muchacha, sintió una oleada de frío que desbarató su sonrisa de gozo. Sus explicaciones sobre lo acontecido en la fiesta no la habían tranquilizado. Tenía muy presente el recuerdo de unos ojos ardientes como brasas, que la amenazaban con inefables castigos. Diríanse ojos de un ser preternatural, de uno de esos seres del Averno que componían el cortejo de la Diosa Geirtrair; lo había pensado a menudo; pero aquella noche, mejor dicho, al día siguiente, cuando Lippershey la sacó del trance, había estado más cerca de esa convicción que nunca. Cristina trató de borrar de la mente tales ideas paranoicas, posiblemente introducidas en su cabeza por alguna malévola sugestión de Sir Alex. “Anabel es tan pura y poderosa; no puede estar poseída, ¡pero si tiene un aspecto fantástico! Nunca ha estado mejor. Parece más luminosa, más bella, como si acabara de salir de una piscina de oro líquido. Pero ¿y si siempre hubiera morado en ella ese espíritu perverso? No notaría la diferencia. Quizá cuando mata, no sea ella en persona. Pero, ¿quién entonces maneja el cuchillo con tanta decisión? ¿Debería tenerle miedo o es aquí, a su lado, donde más segura me encuentro? ¿Y si Lippershey tiene razón? Es horrible: matar a un hombre... ¿Estaré haciendo lo correcto? Yo quiero lo mejor para mi niña, pero a este precio... no sé; ahora no puedo decirle que no. Pensaría que mi fe es tibia; que soy una cobarde. Y ¿si la diosa me castiga? Sería despedazada y jamás encontrarían mis trozos. Geirtrair, la desmembradora, la que arranca los miembros de cuajo, pero ¡qué horror! ¡Un hombre! ¿Por qué tengo tantos escrúpulos? Hay cientos de miles de ellos en el mundo; uno arriba o abajo, nadie lo echará de menos... Y además, son malos: a ellos no les importa organizar guerras y ensañarse con las mujeres: las violan, les arrancan los genitales con cuchillas oxidadas, las embarazan ocho y diez veces... En las tierras de la hambruna no tienen fuerzas para trabajar, pero para joder si que valen. Sí, ellos, monstruos, fieras, bestias... que te revientan para su placer. No merecen que sienta ni un minuto de compasión por ellos. Que muera el que tenga que morir. Lo dejo todo en manos de Anabel. Pero ¡oh Dios!, yo no quiero estar presente, no...”
Aquella noche, las D’Armani pernoctaron en Fortcastel venciendo el irracional terror que les inspiraba el castillo. Anabel deseaba que olvidaran los desagradables incidentes ocurridos meses antes. Nada mejor que enfrentarlas con el origen de sus pesadillas, la vacía y negra cavernosidad del edificio que los antiguos Armani habían levantado, y que ahora pertenecía a la mujer llamada Anabel Spengler, mitad gorgona, mitad Joseph Balsamo. Todos se acostaron después de una alegre y frugal cena. Pero, a media noche, Cristina se deslizó sigilosamente al cuarto de la baronesa, demostrando que su temor no era comparable con su lujuria. Anabel procuró que no tuviera pesadillas. La quería en su bando... y también quería a Amelia, la hija de Lippershey.

Comentarios

Añadir un comentario
  • Fecha: miércoles, 21 de noviembre de 2007
  •  | 
  • Hora: 8:18

Autor: rluzmila

Me parece que deberías de resumir eliminando la parte que dice: "Christina es una de las criaturas más patéticas que he conocido... ".