Nada más cruzar el pórtico, Alia, Angela y Jeremi, descubrieron el libro sobre el altar de piedra, destacado en la mancha de luz rodeada de sombras que creaban dos lámparas de impecable lustre dorado. Dos esqueletos yacían sobre la plataforma, aún vestidos con jirones de tela. Uno de ellos tenía un puñal entre las costillas.
Con pasos cautelosos avanzaron chapoteando sobre los charcos que las filtraciones del techo habían formado a lo largo de los siglos. Los haces de las linternas les habían descubierto una inmensa sala hipóstila, cuyas columnas, cubiertas de grabados, estaban quebradas y agrietadas en varios puntos.
La arqueóloga Angela Laegenhoek fue la primera en subir la escalinata de peldaños desgastados que conducía al ara. Notó, de pronto, en su nuca, la respiración de Jeremi, quien, perplejo no dejaba de observar las ruinas del hipogeo. Alia, por su parte, parecía intranquilo, como si el haber alcanzado aquel lugar no fuera para él sino el designio de un mal destino al que nadie hubiera podido oponerse.
Caminó despacio hasta colocarse a la par de Angela, que con gesto supersticioso había evitado tocar los huesos. Entonces, ella susurró, convirtiendo en una rendija sus ojos felinos, tomando color en las mejillas afiladas y pálidas de holandesa de tercera generación:
-Todavía no puedo creer que estemos aquí... Que todo fuera verdad.
-Ya os lo dije -musitó Alia, resoplando para despejar los mechones rebeldes del lacio y moreno flequillo que le caía sobre los ojos, cuya pupila era como un borrón de tinta. Sus manos hicieron ademán de ir a tocar el libro, pero un escalofrío evitó el movimiento.
-Esa escritura ideográfica no pertenece a ningún idioma antiguo ni moderno -opinó Jeremi, centrándose en el tomo, de muy grandes dimensiones, hasta el punto que hubiera sido imposible para una persona sola transportarlo. Los trazos de los signos, realizados con una tinta o pintura plateada relucían bajo la luz de aquellas lámparas que llevaban ardiendo demasiado tiempo como para que no fueran mágicas.
-Es la antigua escritura de los Atlantes -dijo Alia en tono místico-. Es tal y como lo contemplé en mis visiones. El sacerdote sigue ahí, muerto. Y el otro también... ¿Qué le ocurriría? Hay algo... diabólico.
Jeremi miró con condescendencia al bosnio. El hecho de que sus sueños los hubieran conducido hasta aquel lugar no significaba para él más que una coincidencia.
Aún recordaba el momento que Angela se lo presentó. Esa noche, Jeremi Brunissent, Doctor en Lingüística Pre-Indoeuropa le dio la mano por primera vez al vidente Alia Vlasi, y éste se atrevió a mirarle las líneas de la palma y a pronosticarle un destino espantoso. Le entró la risa al oír aquellos presagios; pero, sobre todo, al ver la cara de pánico del mago. Por eso, cuando Angela le explicó la razón por la cual lo había invitado, brotó en su rostro una sonrisa confusa donde se mezclaban la rabia y el desprecio y, tal vez también, en una dosis invaluable, los celos. Alia se ofrecía a intentar localizar algún emplazamiento de la Atlántida... ¡usando de sus poderes de visión remota!
Jeremi, como lingüista, y Angela como arqueóloga, formaban un gran equipo. Durante más de diez años habían trabajado en la búsqueda de la civilización primigenia de la humanidad, aferrándose a la esperanza que representaban reliquias aparecidas en diversos puntos del planeta, medallones con figuras y leyendas indescifrables, piedras grabadas, pinturas en cavernas... A veces en ellas se leían escrituras emparentadas con otras conocidas pero muy antiguas, como la proto-índica de las culturas de Harappa y Mohenjo-Daro o los pictogramas proto-sumerios de Uruk. La pieza favorita de Angela era un colgante donde aparecía la efigie de un dios desconocido, encontrada en las Tierras Altas de Escocia, casi por casualidad, bajo un trozo de sillar, y que siempre llevaba como amuleto. En ese tiempo habían realizado algunos progresos, que, sin embargo, el estamento académico seguía mirando con recelo: disponían de una gramática hipotética, de un léxico básico y de una propuesta de alfabeto. Faltaba la prueba física irrefutable que concediera a sus investigaciones la necesaria respetabilidad.
La idea del experimento de la videncia le había sacado de quicio. Angela leía revistas perniciosas de tema esotérico con demasiada frecuencia. Incluso le hablaba de la influencia de los astros, de las visitas de extraterrestres, de todas esas tonterías. Así pues, no le resultaban desconocidos ni el nombre del adivino Edgar Cayce ni sus variadas visiones sobre la Atlántida, civilización que por causa del abuso de la magia negra, del bestialismo y de la perversión de los poderes ocultos, había sido tragada por el mar ‘en un solo día y una sola noche’ después de que un meteorito impactara en la tierra. Al menos esa era la versión del profeta.
Alia se consideraba capaz de superar al maestro Cayce, y ver aún más lejos, y de manera más fiable. Angela tenía esa confianza ciega en sus posibilidades que produce el amor. Ella siempre decía que había sido una magnífica suerte conocerlo aquella tarde, al salir de la Facultad, llevando ambos el mismo libro sobre la Atlántida. El destino los había unido para que pudieran realizar una empresa sublime en común.
El modus operandi de Alia era el siguiente: tras media hora aferrado al medallón que lucía la efigie del dios, entraba en trance. Angela, entonces, apuntaba en un cuaderno cuanto salía por su boca con devoción casi religiosa. Así se pasaron más de un mes, entre éxtasis, alucinaciones y delirios. Jeremi estaba convencido de que era un farsante. En la soledad de su despacho, rodeado de viejos glifos, rumiaba su cólera.
Después de atravesar el velo del misterio de los siglos, tal y como él decía con su pomposa jerga, Alia había realizado el retrato de la ubicación de un templo que se encontraría en el corazón de unas montañas agrestes, más allá del desierto de Sanubia, en una región remota del continente asiático, oculta en un circo de piedra donde se concentraban las escasas lluvias de los alrededores; un santuario subterráneo cuya entrada se hallaba bajo una catarata, y al cual se accedía por galerías larguísimas. El viaje mental lo habría llevado, incluso, hasta el Libro de Erdhemann, donde estaban consignadas las recetas del poder atlante. Con ellas los antiguos sacerdotes habían ablandado piedras, hecho levitar bloques de granito y basalto, horadado las entrañas de la tierra... Palabras de poder que incluso podrían conceder la inmortalidad física o un daño indescriptible. En sus visiones siempre aparecía un sacerdote ante el libro escribiendo y recitando, y otro que se le acercaba por la espalda con brillo febril en los ojos y un puñal en la mano... Una sarta de tonterías que habían dejado a Angela literalmente hechizada.
Ahora, delante de la antigua y arcana escritura, Jeremi se sentía si cabe más celoso, pero también excitado ante el descubrimiento. ¿Qué misterioso vínculo tenía el medallón del dios desconocido con aquel libro? ¿Qué mecanismo, mágico u oculto, podía hacer que la mente de un individuo ignorante fuera capaz de descifrar tal unión y no lo hubiera hecho la de un científico dedicado durante años a las lenguas muertas?
Al acercarse al libro, tanto Angela como Alia esbozaron un gesto de desagrado.
-No lo toques. Tengo malas vibraciones -dijo el vidente, mirando fijamente a la mujer, quien, enseguida asintió.
-Es verdad, Jeremi. Será mejor que lo dejemos tal cual... Yo también siento... algo.
-¿Y para dejarlo hemos venido hasta aquí? No te reconozco. Este es el trabajo de toda una vida... Mira esos caracteres. Se parecen tanto a los que yo diseñé que parece un milagro... -y diciendo eso, sacó de su mochila la libreta con sus apuntes para cotejar sus bocetos con los ideogramas plateados.
-Yo también estoy entusiasmada, pero si Alia dice que hay peligro yo le creo.
-Esto es ridículo. ¡Ridículo! Ya estoy harto de escuchar a este... falsario. Déjame que trate de descifrar alguna frase, a ver si...
-Recuerda lo que hay escrito en las líneas de tu mano... -Alia, ominoso, señalándole con el dedo con la autoridad, un poco ridícula e impostada, con que lo hacía en sus espectáculos teatrales-. Veo muerte... y muy cercana, tanto que tiemblo. Algo negro, muy negro nos ha traído hasta aquí... y ahora me doy cuenta de con qué propósito... Hay mucha malignidad concentrada. ¿Cómo no lo vi antes? Ellos nos han utilizado... Tenemos que destruir el libro. No todo el mundo está preparado para leer las Fórmulas De La Creación. El sacerdote tampoco lo estaba... por eso tenía que morir. -Y volvió los ojos hacia el montón de huesos secos.
-Ellos, ellos... Sólo quieres echar a perder la empresa y fastidiarme a mí, ahora que te has lucido. Voy a llevarme el libro. Quítate de en medio.
Alia, suplicando, se interpuso entre el altar y el lingüista, quien, arremetió violentamente, sordo a los gritos de Angela pidiendo calma y sensatez. Los hombres se enzarzaron en una pelea. El puño de Alia golpeó la mandíbula de Jeremi, pero éste replicó con un empujón. El vidente perdió el equilibrio. Su nuca fue a estrellarse contra el borde del altar. Quedó inmóvil sobre el suelo ante las miradas atónitas y aterradas de los profesores.
-Yo, yo no quería... Angela, tú lo sabes... -gritó Jeremi, desesperado-. Él me obligó. Era un estúpido... ¿Por qué ha tenido que forzarme a hacer esto? ¿Por qué?
-Te has vuelto loco. Él tenía razón. Es el mal que domina este lugar... -dijo ella, comprobando inclinada sobre el cuerpo, que no tenía pulso ni respiraba-. La muerte que vio era la suya propia. El destino...
-No digas más estupideces... Ha sido un accidente. Ya no tiene remedio.
Jeremi, con el sonido de fondo de las lágrimas de la mujer, se acercó al libro. Estaba abierto por la última página, incitándole. Observó la primera figura de la única línea. Era una estrella, el ideograma que aludía al cielo o a los dioses. El siguiente le hizo dudar. ‘Un rayo’, se dijo, encadenando luego en voz alta la frase que había compuesto. ‘Sí, sí, lo entiendo... Los dioses enviaron su rayo mortal contra la tierra... Ese orbe es la tierra, y dentro de este semicírculo está... ¡la efigie del dios desconocido!’ Al pronunciar la fórmula completa, transformando los dibujos en sonidos, según la tabla de correspondencias que había diseñado, un silencio profundo y denso cubrió el lugar. Incluso los gemidos de Angela desaparecieron. Las llamas de las lámparas bailaron como si un gigante hubiera soplado sobre ellas, antes de extinguirse. Pero no se hizo la oscuridad. Del libro brotaba una luz blanca cuya intensidad aumentaba con los segundos. Jeremi cayó de rodillas ante el altar, cubriéndose los ojos. Intentó pronunciar una palabra, pero sólo movió los labios. Era como si aquella claridad sobrenatural absorbiera todo sonido en torno a sí. Y entonces comprendió por qué aquella era la última palabra de poder que habían escrito los atlantes. En ese momento, en algún lugar del cielo, un pedazo de roca se salió de su órbita y se dirigió hacia una enorme esfera azul situada en cercanía de un sol mediano, mientras un dios oculto en el abismo reía, tras disfrutar del preceptivo sacrificio humano.
El templo permaneció indemne, al margen de la terrible catástrofe, hasta que diez mil años después, otro grupo de exploradores descubrió de nuevo el libro y a su pie las osamentas de cinco individuos bípedos de inteligencia primitiva. El Dios Desconocido volvió a reír.