sábado, 30 de abril de 2011

 

 

Capítulo 5




Otra tarde de estudio desperdiciada, pensó Bessie, mientras, tumbada sobre la cama de su amiga Abby, hojeaba números atrasados de las revistas Cosmopolitan que había traído Claire por si se aburría entre Matemáticas e Inglés. Su tía aborrecía esa revista;  le había pedido que si alguna vez cometía la abyección de leerla lo hiciera con el sentido crítico que sabía que había heredado de ella, y observara lo contradictorio que era el mensaje transmitido por esas páginas supuestamente feministas y a favor de las mujeres independientes.
―Mi tía tiene razón. Si analizas los artículos de esta revista verás que el noventa por ciento de ellos tratan de cómo gustar a los hombres. Fomentan una actitud pasiva y la sumisión secular al género masculino ―dijo Bessie, con la Cosmopolitan en la mano. Trataba de repetir con la mayor exactitud las palabras de Eli.
Claire arrugó la frente.
―No digas bobadas. Además, ¿Qué hay de malo en querer gustar a los hombres? Hablas como una lesbiana.
La joven McPherson pegó a su amiga con la revista.
―Anda, contesta a esta importante pregunta de la que depende el destino de la humanidad: “¿Te gustan los chicos depilados? ¿Dónde?” Yo paso de rebajarme tanto.
―Claro, esto no está a tu nivel: tú eres una pijilla lista que viene de una familia de toffs que dan asco. Todos tus parientes son toffs, todos. Solo les falta el monóculo.
―No peléis ―terció Abby, que aún seguía pegada a la pantalla del ordenador, en un chat a tres bandas―. Que estoy ligando con un chico muy mono y me distraigo. Qué risa, quiere quedar para verme.
―No quedes con un desconocido, no seas boba.
―Pero si no pasa nada. Como si fuera la primera vez. Dice que es emo y que se suicidará si no me ve. Me ha mandado un poema, qué gracia.
―Seguro que le cae muy bien a tu novio. Tendrás que presentárselo. Si es emo igual le gusta que le raje con una cuchilla de afeitar.
No había terminado Bessie de recriminar a su amiga cuando sonó el timbre de su teléfono. No era su madre, ni su tía, ni nadie de la familia, ni tampoco nadie que tuviera en su lista de contactos.
―Hola, Elizabeth. Soy Charlie. ¿Me recuerdas? ―dijo la andrógina voz de su interlocutor―. No me has agregado al messenger.
¡Era él, después de tanto tiempo! ¡Charlie Granger! ¿Qué podría decirle?
―Uf, se me olvidó.
―Pues ya han pasado varias semanas. Tampoco has contestado mis emails…
―Estuve algo liada…
No iba a colar, no iba a colar.
―Añádeme ahora…
―Pero es que no estoy en mi casa. Lo haré en cuanto llegue y…
―Si me dices dónde estás te paso a buscar en coche.
―Ah, pero, ¿con quién habla Elizabeth Martina McPherson? ―bromeó Abby, lanzándose sobre ella, tras dejar colgados a sus admiradores del chat.
―Calla, déjame ―gritó Bessie, mientras trataba de apartarla.
―Ya le salió otro novio a la pijilla. Y luego critica a las demás, la muy calientabraguetas.
Bessie, atribulada, le dio una dirección y una hora al joven, que parecía muy poco dispuesto a aceptar una nueva negativa. En fin, a lo mejor era más entretenido que sus amigas.
Se lo esperaba puntual, y no le defraudó. A las cinco estaba Charlie en el punto de encuentro, a bordo de su pequeño utilitario, un Volkswagen escarabajo, sin techo, de color negro. A la chica casi le da un desmayo al verlo dentro del vehículo, vestido del mismo color que la carrocería. Se había puesto un piercing en la oreja, y llevaba un chaleco de cuero, oscuro y ceñido, por debajo del cual asomaba una camiseta color sangre. Lo malo de llevar chaleco es que quedaban a la vista sus ridículos bíceps, apenas apuntados, diez horas de gimnasio en toda su vida como mucho, sin solera ni madurez como los de Thierry. Daba un poco de pena mirarlos. El tatuaje que llevaba en el brazo derecho, un corazón abierto y ensangrentado, rodeado de letras de estilo germánico antiguo, la hizo estremecer.
―Pero, ¿de qué vas disfrazado? ―inquirió ella, con los ojos que le hacían chiribitas.
―No es un disfraz; es como voy normalmente. En la boda sí que iba disfrazado. Anda, sube.
A Bessie le dio un poco de reparo; el jovenzuelo tenía todo el aspecto de uno de esos obsesos por las historias de ultratumba. Faltaban rosas negras, a ser posible marchitas, adornando el coche. Y un poco de olor a cirio quemado o ambientador de iglesia. Mientras se ponía el cinturón de seguridad, Bessie se preguntó de nuevo qué demonios hacía allí. A las seis tenía ensayo con el coro de la escuela.
―¿Qué tal le va a tu tío con la casa? ―preguntó el chico, de sopetón.
La idea de que Thierry pudiera ser considerado como su tío llenó de horror el pecho de Bessie. Horrible, horrible de verdad, con las cosas tan sexuales que le inspiraba, pero ¿de qué otro modo podría llamarlo? ¿El amante de mi tía? ¿El padre de los hijos de mi tía que no vive con ella? Abby y Claire se habían asomado a la terraza del piso y la espiaban entre risas y gritos. Fingió no oírlas.
―Bien, bien, empezaron a reformarla, pero tampoco estaba en tan mal estado. Creo que solo van a tocar las habitaciones del piso superior, bajo el desván. Había unas pocas goteras.
―Yo nunca viví en esa casa. Era una herencia que tenía mi padre desde la muerte de mi abuelo hace cinco años, y jamás pisó en ella. Pero es muy misteriosa. Me encantan las casas victorianas. Siempre parecen rodeadas de bruma.
Bessie miró a los pies de Charlie mientras este presionaba los pedales para arrancar. Llevaba unas botas de caña alta y con hebillas de acero, como las drag queen, pero sin plataforma.
―¿Por qué no te vienes a mi casa? Podemos escuchar un poco de música.
―No sé, no creo que deba…
―¿No te atreves? Si nos conocemos desde niños.
“Pero ahora ya no eres un niño”, se dijo la joven. “¡Dios mío! ¡El ensayo!”


La vivienda de los Granger estaba situada en la calle Vaughan Way, en un edificio de hechuras modernistas. Si bien desde fuera todo tenía un aire antiguo, al entrar en la casa Bessie descubrió una contradicción entre fachada y alma. La decoración era de líneas muy sobrias, al menos en el vestíbulo, con paredes pintadas en tonos claros, y cuadros de marcos sencillos, y temática abstracta, iluminados por apliques que emitían una luz dorada y acogedora.
De pronto, el señor Granger salió de una de las puertas que daban al corredor
―¿Tú no eres la hija de Wallace? ―soltó, con cara de sorpresa. Tenía un periódico en la mano, que apretujaba con saña.
―Viene a escuchar mis canciones, papá.
―No hagáis ruido, que Matt duerme.
El aviso sonó ominoso, al menos en el oído de Bessie. Hacía muchos años que no tenía contacto con aquella familia, pero recordaba vagamente que cada vez que los visitaba tenía la sensación de que rondaba un peligro. Matt era el tío de Charlie, un hombre al que apenas había visto de niña, más que de refilón al pasar delante de una puerta. No solía mostrarse a la gente. Ignoraba si porque estaba loco o porque tenía algún horrible defecto físico. Quizás solo era asocial. El hecho de que durmiera a esas horas podría indicar un abuso de medicación para los nervios. Su padre también se pasaba el día en la cama por los antidepresivos. Lejos de inquietarse, a Bessie le hizo gracia la idea de que Matt pudiera ser una criatura bestial fuera de control que los Granger mantuvieran encadenada en el sótano.
Alexander Granger miró de arriba abajo a la joven, no muy amigable. Aunque a ella tampoco le parecía que fuera exactamente una mirada hostil. De pronto, él se retiró al cuarto de donde había venido.
La casa estaba muy silenciosa, ni siquiera el ruido del tráfico penetraba a través de aquellos muros. Charlie, siempre delante de ella unos pasos, la condujo a su habitación, situada al final de un pasillo ancho, y bien iluminado por la luz del exterior, que se colaba por un amplio ventanal.
Charlie le presentó su cuarto como si de una persona se tratara: “Aquí mis cds de música, mi grupo favorito es Therion; son suecos, ¿te suenan?; también me gusta Lacrimosa. Como ves, tengo gustos variados. Aquí mi rincón particular, con mi mesita, mis libros, mis estanterías con carpetas, soy algo caótico, lo reconozco. Esa pila de papeles son fotocopias de periódicos y material impreso de internet. Mi último Castle Party grabado en video, luego te lo enseño si no tienes mucha prisa. Nos reunimos en Polonia, en un castillo chulísimo muchos goths de toda Europa. Aquí mi mesa de mezclas y mi guitarra eléctrica ―dijo, señalando a la cama, donde dormía el instrumento musical, como una mascota―. Perdona el desorden. No tenía pensado invitar a ninguna chica hoy. ¿Te gusta?”
Bessie asintió, pese a que en efecto se veía ropa arrugada sobre la cama, un armario con una levita negra colgando de la puerta, libros y cds esparcidos sin ton ni son por la mesita de trabajo. Por suerte, ni la colcha, ni las cortinas, ni la pintura de la pared eran negras, aunque no faltaban algunos detalles macabros, como una calavera con lápices y marcadores clavados en ella, fotos de vampiros y láminas enmarcadas con paisajes decadentes, atardeceres en cementerios, o en ruinas, algunos de ellos de estilo similar a Friedrich, otros, de dibujantes más modernos pero no menos románticos. Bessie se fijó en un dibujo donde dos vampiras se besaban en la boca. De los labios de una de ellas brotaba un reguero de sangre. Charlie lo miraba con delectación, casi con lascivia. ¿Cómo podrían atraerle esas cosas tan deprimentes?
―¿Te gusta? Lo compré por internet. Es de una ilustradora española llamada Victoria Francés.
―Es genial, aunque todo tan... tétrico.
―La muerte forma parte de la vida ―susurró el muchacho―. También hay belleza en lo decadente.
Aquello le sonó a pose. Seguro que si se le empezara a caer el pelo, y a arrugársele la piel no pensaría lo mismo.
Charlie la invitó a sentarse. Puso un cd en el equipo musical. Después, rebuscó entre sus caóticas carpetas y tomó una de las más pringosas.
―Es raro que una chica como tú no tenga novio ―dijo, mientras los altavoces enviaban a sus oídos varias series de riffs, muy sofocados.
―No veo por qué...
―No sé, todas las de tu edad ya tienen. Es en lo único en lo que piensan.
―Yo no soy así.
Charlie se sonrió satisfecho.
Se sentó a su lado, y abrió la carpeta. Dentro había montones de recortes y folios sueltos, arrancados de cuajo de libros y folletos. Los primeros trataban de las muertas de la marca roja, como habían gustado de llamarlas los chupatintas de la prensa amarilla.
Charlie pasó más hojas. Había noticias con rumores sobre el ataque de un vampiro aquí y allá, preferentemente en las Islas Británicas, aunque no faltaban textos en otros idiomas. Las revistas consultadas por él no parecían de las más solventes desde el punto de vista de la probidad científica. A ella le entró la risa más de una vez al ver las fotos que acompañaban tales reportajes. Había un bicho asqueroso que se llamaba chupacabras y que sorbía la sangre de los animales domésticos en América Central. Cualquier persona con luces entendería que se trataba de mitos o leyendas urbanas. Tras ver la foto del monstruito (un claro trucaje), la sospecha se convertía en certeza. En otro recorte hablaban de Farrant, un tipo que decía haber visto en los años setenta un vampiro en Highgate, el famoso cementerio victoriano de Londres. Pertenecía a una sociedad de cazavampiros o de estudios vampíricos o similares. La imagen setentera del caballero, con el cabello rizado y voluminoso, le recordó a Bessie a las películas de la Hammer. El vampiro de Highgate le había dado mucho juego a esos mistificadores en el pasado. Como al obispo Sean Manchester, calificado por él mismo como exorcista, y que, supuestamente, había terminado con la criatura en un excitante lance propio de película de terror. Pero Charlie no solo guardaba noticias más o menos recientes, sino también información de asesinos en serie clásicos, como el Vampiro de Londres, el de Hannover y el de Dusseldorff, el infame Peter Kuerten.
―Pero esos son psicópatas ―dijo Bessie, escéptica, hojeando los recortes, algunos de ellos amarillentos, como si esa afición no la hubiera iniciado Charlie sino algún antepasado y se la hubiera dejado en herencia.
―Los vampiros por definición son asesinos en serie. Necesitan matar para sobrevivir, necesitan la sangre de los vivos. Bueno, a veces no hace falta matar…
―Los vampiros por definición no existen... ―afirmó, seria, Bessie, quizás con un poco de petulancia.
―Desde la antigüedad el ser humano ha creído en ellos. ¿De verdad piensas que si no hubiera algo por ahí estas ideas hubieran sobrevivido tantos siglos?
―La gente cree en cualquier cosa. Eso no demuestra nada. ―dijo la chica, un poco dubitativa―. ¿Cómo te dio por esta afición?
―De niño encontré un libro sobre vampirismo en la biblioteca de mis padres. Era el tratado sobre los vampiros de Bohemia, de Dom Calmet. Un clásico. En pleno siglo de las Luces un erudito investigó la oleada de no muertos de Centro Europa. Luego me di cuenta de que había mucho material en esos estantes. Me lo leí todo. A mi abuelo y a mi bisabuelo les gustaba coleccionar libros sobre ocultismo. El mito del vampiro explora el lado oscuro de todo ser humano. Incluso tú, Elizabeth, tienes un lado oscuro ―rió Charles―. Es la sombra que nos acompaña, el mister Hyde que nos sugiere la destrucción del semejante y la liberación de la moral. ¿Si te dijeran que matando a otra persona y bebiendo su sangre ibas a vivir para siempre y ser eternamente joven no lo harías?
―Claro que no.
―Respondes así porque crees que es imposible, pero vamos a suponer que tengas la certeza de que bebiendo sangre alargarás tu vida. Supón que tienes una enfermedad muy grave, que te han dado unos meses... Y solo hay que beber ese líquido rojizo del cuello de una persona desconocida. Basta con verla como un animal de granja. También matas pollos y vacas para comer.
―No me vas a convencer. ¿Acaso tú lo harías? ¿Tú matarías a una persona para beber su sangre?
―Pues no lo sé, Elizabeth. Depende de quién fuera esa persona...
―Pero, ¿en serio crees que existen los vampiros? Que te gusten estéticamente es una cosa, pero dar por hecho que hay gente que se levanta de la tumba para chupar sangre es un poco descabellado. Son creencias propias de otras épocas y de gente inculta.
―Tengo muchos amigos que se cortarían la mano derecha por poder ser una criatura de la noche ―se evadió Charlie―. Algunos se saben de memoria los libros de Anne Rice; las reglas del juego Vampire: The Masquerade son para ellos casi como una biblia. Muchos de ellos estudian en la universidad, así que incultos como tú dices, no son. A mí también me gustan esas historias, pero considero que tergiversan el mito original.
»Como ya te dije, desde el comienzo de los Tiempos el ser humano intuyó la presencia de estos seres sobrenaturales y el poder que residía en la sangre. Y siguen entre nosotros. Irene y Natasha solo son dos víctimas de una larga lista que no tendrá fin. ¿Sabías que en Londres fueron sacrificados más de 300 niños hace cuatro años? Lo publicó el Evening Standard, entre otros, no me lo invento yo. Lo más chocante es que esos cultos se realizaron en el seno de iglesias cristianas fundamentalistas de origen africano. Traían a los niños del Congo. Antes de matarlos y desmembrarlos los violaban. Esas comunidades africanas tienen la creencia de que el sexo con niños protege de las enfermedades, especialmente del Sida. ¿Creer eso no es más irracional que creer en vampiros? Además, el vampirismo podría tener una explicación científica. Se trataría de un virus, el V5, que modifica el ADN humano y provoca muchas de las características que tradicionalmente se atribuyen a los no muertos, como la fuerza física exagerada.
―Jamás había oído hablar de ese virus. Me parece que te lo estás inventando todo ―se quejó Bessie, ya algo irritada―. Por si acaso tu intención es asustarme, te aviso: soy inmune a las historias de terror. Y, por cierto, esa música me está levantando dolor de cabeza. Es muy repetitiva.
Charlie se rió.
―Vaya, no te gusta Theatre des Vampires. Pues la Danse Macabre du Vampire está muy bien… aunque como tú eres tan culta a lo mejor encuentras más interesante la versión que hicieron de las Letanías de Satán de Baudelaire…
“No sé qué estoy haciendo aquí”, pensó Bessie, de pronto.
Charlie se levantó y dejó la carpeta sobre la mesa, en el desorden, como parte de él, y sacó otra que estaba metida entre una fila de libros y una balda. La chica miró el reloj con disimulo. Su excursión estaba resultando bastante deprimente y decepcionante. Para un chico que tenía visos de inteligencia, la malgastaba en esas simplezas. El virus V5. Menuda mamarrachada.
Pero él seguía en sus trece. Le obsesionaba la marca que les había grabado el asesino a Irene Grant y Natasha Keldysh tras desangrarlas, violarlas y matarlas. Nadie podía estar seguro de que no se trataba de un invento de la prensa sensacionalista, sin embargo, Charlie creía en la verosimilitud de los dibujos aparecidos en Internet. La policía guardaba silencio.


  



Aunque los símbolos contaban con diferentes trazos, tenían un cierto aire de familia. Ambas los llevaban en la espalda. La razón por la que un supuesto vampiro marcaba a sus víctimas era desconocida. Si para ellos el ser humano era una res, podría tener relación con el sentido de la propiedad. Después de todo, los vampiros “contagiaban” su mal a aquellos a los que mordían. A Bessie le entró la risa. Era un tema serio, por supuesto, pero le hacía gracia pensar que esas dos chicas pudieran salir de sus tumbas, pálidas y con los dientes afilados. Tal vez Irene y Natasha, o lo que quedara de ellas, portaran el virus V5…
―Los crímenes pueden ser obra de un grupo, y ser esa marca su seña de identidad ―apuntó Charlie, a una muy asqueada Bessie―. No sé si lo sabes pero en Londres hay clubes vampíricos donde la gente toma sangre como si fuera un refresco. También hay otros, menos inocentes, con cierta vinculación satánica. Hay un tipo, Hugh Mallory, que regenta uno de esos clubs; es diabólico, perverso… Y se rodea de gente igual de desalmada que él. Lo veo muy capaz de haberle hecho eso a Irene y Natasha, y a otras…
Qué mal le sonó a Bessie tamaña acusación. Si realmente había tantas asociaciones de esas en Londres acusar al tal Mallory parecía un poco azarístico, como un golpe a la desesperada a una pared, esperando encontrar el punto débil que la haga caer. No le dijo por qué le caía mal, pero era obvio, o al menos a la chica se lo pareció, que había querella personal entre ambos.
―No le des tantas vueltas; no es más que un salvaje al que le gusta violar niñas. ¿Por qué los hombres tenéis esa obsesión por las vírgenes?
El tono era muy agresivo, tanto que Charlie echó la cabeza hacia atrás, sorprendido.
―Oye, que yo no soy el asesino. Y no todos los hombres somos así. ¿Eres virgen, Elizabeth?
Un velo rojo cubrió las facciones desencajadas de la muchacha, que se levantó al segundo. La puerta se abrió inesperadamente, antes de que Charlie pudiera aplacar la cólera de su invitada. Era el señor Granger, cuyo rostro peludo como el de un licántropo, enviaba señales de amonestación.
―Quita esa música. Ya te dije que Matt dormía. ¿Por qué grita esta chica? Pensé que una hija de Wallace McPherson estaría mejor educada.
―Lo siento mucho, papá ―dijo Charlie, corriendo presto a apagar el equipo de sonido―. No haremos más ruido.
Bessie estaba muerta de vergüenza, ni se atrevía a mirar al dueño de la casa, cuya tranquilidad había perturbado. Tanto el padre como el hijo iban a pensar que era medio boba. Ella también empezaba a pensarlo.
―Me tengo que ir. Es tardísimo ―tartamudeó la joven, con la cabeza gacha, y los ojos en el suelo.
―Pero Elizabeth…
―No levantes la voz ―insistió el señor Granger, que miraba muy fijamente a la invitada.
―Oye, espera. El próximo sábado vamos a ir mis amigos y yo a una excursión al cementerio de Highgate, y luego a un club, a escuchar música y tomar algo. ¿Puedo contar contigo? ―dijo el chico, en susurros.
Más por quitárselo de encima que por interés auténtico Bessie respondió, ya en el iluminado corredor:
―De acuerdo, ya te llamo.
―Y agrégame al messenger, no se te olvide.
Bessie corrió como un galgo hasta la salida, sin esperar a que Charlie la acompañara y sin preocuparse en absoluto por despertar al invisible tío Matt.

Capítulo 6




Thierry cargó en el coche dos cuadros. Uno era un retrato de Elizabeth caracterizada como un ángel. Como si de una nueva musa de los prerrafaelistas se tratara, aparecía en una buena parte de sus obras. Otros lo llamarían inspiración, Jacques lo llamaba atontamiento y pasión obsesiva. Eli no lo merecía, no le correspondía en el mismo grado, ni en tres o cuatro inferiores. Cuando le había sugerido, deseoso de pincharle, que la pintara como diablesa Lilith, por ser este numen más cercano a su esencia, Thierry le había tomado la palabra y había iniciado un óleo sobre la tentación de Adán, protagonizado por la mítica primera esposa de éste, y madre de todos los demonios. Así no había manera.
La galería Wilkes, situada en el West End, ocupaba el bajo de un inmueble de más de dos siglos de antigüedad. Estaba especializada en el descubrimiento de nuevos talentos en todos los estilos, desde el abstracto al realismo más academicista. Por aquellas fechas se exponían montajes de vídeos con música, hologramas, animación por ordenador y algunas esculturas “industriales”, inspiradas en la cibercultura. Amanda Wilkes tenía una visión muy amplia del arte.
Con los cuadros en la mano, Thierry y Jacques se adentraron en la galería, ocupada por las performances de los nuevos genios del píxel. Ambos se sintieron un poco perdidos entre tanta pantalla y tanto vídeo con música electrónica, pero los visitantes más jóvenes parecían encantados.
Amanda salió de su despacho, aledaño a la sala, para saludarlos. Como en la boda de Gregory, vestía de blanco de pies a cabeza, un vestido de estilo ad lib, con mucho vuelo y algún toque de color en forma de florecillas. Al verla de cerca, a Jacques le pareció que tenía los ojos aún más grandes y saltones, y mucho más azules. Los saludó con efusividad. Al Barón, aparte de estrecharle la mano, le dio un beso en la mejilla, que él sintió como si lo sellara un funcionario muy celoso de su tarea. Se estremeció de pies a cabeza. Amanda olía a agua de rosas; era algo melifluo y decadente, y casi repugnante en su molesta feminidad.
Sin muchos prolegómenos, examinó los cuadros de Thierry con atención, mientras él se mordía los labios y estrujaba una mano con la otra, a la espera del veredicto. En las fotos le habían gustado, pero el juicio del ojo ante la obra original era otra cosa. Sería porque asociaba imperfección a cárcel que se le aceleraron las pulsaciones. Pero todo volvió a su velocidad saludable en cuanto Amanda hizo su comentario.
―Un trabajo fino y delicado, señor Dumont ―dijo―. Se nota que es usted una persona con una gran capacidad de observación, amante del detalle y con buen gusto para los colores. El arte realista está poco valorado últimamente, pero a mí me encanta que alguien sea capaz de luchar contra el imperio de la fotografía y el vídeo en la captación de las formas de la existencia. Mañana termina la exposición de arte cibernético; si no le importa dejarme sus cuadros, se los colgaré en un lugar privilegiado hasta la fecha de la exposición de finales de verano. Le firmaré un recibo de depósito, por supuesto.
Thierry tomó aire.
―Muchas gracias, me siento muy honrado... yo... Bueno, no suelo mostrar lo que pinto.
―Eso va a cambiar... ―susurró Amanda, mientras miraba de reojo a Jacques, que contemplaba con asombro una figura holográfica―. El otro día en la boda no me dejó su dirección ni su teléfono. Por favor, sírvase facilitar esos datos a la secretaria de la galería, mientras yo recojo los cuadros.
―No se moleste, yo la ayudo a...
―Por favor, no es molestia. Estoy acostumbrada.
Thierry acudió lleno de contento al mostrador donde la secretaria, una chica trajeada como una ejecutiva le tomó los datos y le entregó el recibo de depósito de sus dos obras.
A todo eso, Amanda, desentendida de los cuadros, se había deslizado hacia el costado del Barón, quien trataba de disimular que se había dado cuenta, inclinándose más sobre un holograma, como si quisiera meter la nariz en él.
―Así que es usted barón... Yo estuve casada con uno hace tiempo. Se murió, el pobre.
―Alguna grave enfermedad, supongo ―se horrorizó Jacques, al recordar las palabras de Clive sobre las aficiones de viuda negra de la señora Wilkes.
―La más grave, los años. Me han dicho que usted también es viudo.
―Lamentablemente sí. Mi adorada baronesa me dejó también hace tiempo y por el mismo mal que segó al suyo.
―Qué curiosa casualidad. Somos almas gemelas. ―Jacques notó una súbita lumbalgia, agravada por punzadas insidiosas en la sien derecha―. En el mundo del arquetipo, las criaturas fuimos formadas en mixtura hombre-mujer, y luego separadas. Pero más tarde o más temprano esas dos mitades ansiosas y anhelantes terminan encontrándose y fundiéndose para toda la eternidad...
El Barón esbozó una sonrisa para responder a las palabras de Amanda; pero la abortó a los tres segundos, temeroso de ser mal interpretado y tomado por la mitad de alguien. Luego, se pasó el pañuelo por toda la cara, ante la expresión de demente felicidad de la galerista. Ansiosa y anhelante sí que parecía, y precisamente de fundirse con el sexo contrario. De pronto, consideró su actitud muy vulgar, impropia de una mujer de su clase. Se estiró para parecer más alto y amenazador, y concitó un gesto de desagrado mezclado con desinterés, al tiempo que lanzaba miradas furtivas por la galería en busca de Thierry. Por fortuna, su amigo venía ya de regreso.
―¿Tiene algún compromiso para mañana por la noche? Podríamos cenar y hablar de arte ―insistió la dama, provocando a Jacques una nueva oleada de transpiración―. Siento interés en conocerle un poco mejor. Su rostro es muy interesante. Esa frente alta y despejada indica gran espiritualidad, unida a la nariz, larga, afilada, fina, bien proporcionada, nos habla de un hombre de una inteligencia superior y de una mordacidad como solo pueden tener aquellos de mentes bien dotadas. Me gusta sobre todo la simetría de su cara ―dijo la mujer, tomándolo por la barbilla para moverle la cabeza a su antojo―. Las facciones son bellas, clásicas y proporcionadas. Si yo hubiera sido favorecida por los dioses con el don de la pintura, encontraría en su rostro un modelo perfecto...
Jacques se cuadró y jugueteó con el alfiler de la corbata, al tiempo que dejaba nacer de nuevo la sonrisa prematuramente abortada pocos segundos antes. Amanda sería una bruja como decía Clive, pero era de las que acertaban. Había hecho un retrato ajustadísimo de su personalidad, una etopeya casi perfecta. Ya no le parecía tan inquietante esa mirada azul que se clavaba hasta el fondo de su cráneo. Para sorpresa de Thierry, aceptó la invitación sin pensarlo mucho. Ella le entregó su tarjeta, o mejor dicho, se la deslizó con sensual y lenta caída de mano en el bolsillo frontal de la chaqueta. Con el movimiento brillaron las estrellas que tenía dibujadas en las uñas con imitaciones de minúsculos diamantes.
―¿Intimando con el enemigo? ―preguntó Thierry a la salida, risueño.
―Me sacrifico por el plan. He pensado que un ambiente privado podría favorecer que suelte la lengua. Entre unas cosas y otras, es seguro que dirá algo que se pueda usar en su contra. Parece muy astuta, y con gran capacidad para ver el interior de las personas ―dijo, ajustándose la corbata con gesto afectado―. Y tiene buen gusto...
―Eso lo dices porque se ha quedado con mis cuadros...
―¡Por qué si no!
Thierry no le dio mucha importancia a la cita de su amigo con Amanda Wilkes, que no parecía tan peligrosa como insinuaba Clive McPherson. Lo único en lo que pensaba era en regresar a casa para leer con tranquilidad el diario de Albertine.
Así que subió a su cuarto, desentendiéndose de las quejas de Jacques, que quería ir a dar una vuelta por Covent Garden antes de la cena, y se encerró, en compañía del diario y de un café.


14 de agosto de 1901
Jonas me ha regalado por mi cumpleaños el diario que ahora voy a empezar. Me ha dado pena dejar a medias el anterior, pero ansiaba estrenarlo, y qué mejor que empezar con un breve relato de lo que sucedió ayer, cuando cumplí los veintitrés. ¡Qué mayor soy!
Por primera vez en mi vida no he celebrado el cumpleaños con Jane, y con papá y mamá, lo cual me entristece mucho. Me mandaron sus regalos puntualmente, eso sí. El de papá y mamá llegó todavía esta mañana, una caja grandísima, con sello de Ciudad del Cabo, que contenía un precioso vestido y una carta de ambos en la que me cuentan lo tristes que se ponen al visitar los campos de prisioneros donde nuestro país encierra a las pobres mujeres y niños boers. Papá dice en la carta que todo lo que afirma Emily Hobhouse en sus declaraciones a la prensa es cierto, y que no es, en absoluto la histérica que pretenden pintar los señores del gobierno. Dios mío, no me lo puedo creer. Todavía no se me han quitado de la cabeza las fotos que salieron en la prensa, con esas criaturas famélicas tiradas en una cama, con el rostro resignado de la agonía. ¿Cómo un país como el nuestro, en el culmen del progreso y la civilización es capaz de someter a inocentes indefensos, a mujeres, ancianos y niños, a estas torturas y este degenerado trato? Papá también habla de la guerra, y de las incursiones de los boers que atacan nuestros ferrocarriles, que no cesan, pero se muestra optimista sobre su final. Hace un par de días temió por su vida y la de mamá, cuando escucharon tiros muy cerca de la misión, mientras celebraba la misa. Por fortuna, se trató de una escaramuza insignificante, y nuestros hombres pusieron en fuga al enemigo.
Pero no hablemos de cosas tristes. Ayer comimos una tarta grandísima, hecha por Charity, que estaba de relamerse. Ya le dije que más que estar de cocinera para una familia aburrida y campestre como la nuestra debería trabajar en la gran ciudad, en un restaurante de lujo, o en alguna pastelería que sirviera a nuestro rey Eduardo: sus dulces son dignos de los más excelsos paladares. Ella se avergonzó y se marchó rezongando, pero nosotros nos reímos a gusto.
Evelyn no pudo comer más que un poquito. Aunque parece haberse recuperado, sigue pálida y rechaza la comida. Da pena mirarla, tan chiquitina y con ese aspecto blancuzco, esas ojeras azuladas y lo lacio del cabello. Diría que hasta se le ralea en algunas zonas de la cabeza. Anna, en cambio, comió hasta atiborrarse. Es una chica maleducada que no sabe comportarse en la mesa. Se llena los carrillos; es muy ruidosa al beber. Ha debido de ser horrible para el pobrecito Jonas, tener que hacerse cargo de estas dos niñas, sin mujer, él solo. Tiene tantas obligaciones. Ya verá cuando tenga tiempo de ordenar esta casa como es debido.
Tras la comida fuimos a pasear por el campo. Hacía mucho sol, tanto que hería la vista. Evelyn se quedó en casa, como siempre. Le echamos las cortinas en la habitación para que no le molestara la claridad. A mí no me parece muy adecuado ese tratamiento. Una niña de catorce años debería salir al campo a respirar aire puro. Tenerla encerrada todo el día no puede ser sano, pero Jonas insiste en que eso es lo que prescribió el doctor de Londres.
Pasamos un buen rato junto al río, en ese tramo que tanto me gusta, a la sombra de las arboledas. Anna se puso a saltar sobre las piedras que forman el paso para ir de una orilla a otra. Le dije que se iba a caer al agua y que a ver qué pasaba luego si cogía un enfriamiento y enfermaba como su hermanita. Jonas, como de costumbre, se rió, y la consintió. Y al final pasó lo que tenía que pasar. Anna quedó enfurecida, mojada como un pescado y con el vestido hecho una ruina. Tendré que arrepentirme luego de mis malos pensamientos, pero confieso que me alegró que hubiera recibido un justo castigo. Una chica de su edad debe ser obediente y respetuosa con sus padres. ¿Dónde iremos a parar si no?
A la noche, tuve mi momento de mayor alegría. Jane llamó por teléfono desde Londres. Su marido sigue enfermo y por eso no pudo venir, pero me mandó muchos cariños de hermana y prometió visitarme un día de la semana que viene, si Luke mejora de esas fiebres.


15 de agosto de 1901
Por la mañana, tras encomendar sus tareas al servicio, salí un rato a refrescarme. Hacía un sol espléndido, pero aún estaba bajo y no resultaba insoportable.
Desde fuera vi cómo se movían las cortinas del cuarto de Anna. Abrió la ventana y me miró con insolencia. Yo tenía los ojos puestos más bien en esas hierbas trepadoras, demasiado tupidas y fuertes para mi gusto, que se descuelgan por debajo de su alféizar. Debo acordarme de pedirle a Jonas que las retire de inmediato.
Estaba yo pensando en cómo decirlo de un modo que no pareciera entremetimiento, cuando vi bajo uno de los árboles del jardín a Tom. Me pregunté por qué no estaba ocupándose de sus tareas (enviar recado al veterinario para que venga a echarle un ojo a Royal Chancellor, y luego al farmacéutico para lo de mi crema blanqueadora) cuando vi que tenía un libro entre las manos. Al verme se asustó, y lo guardó bajo el trasero. La verdad es que nunca había estado tan cerca de este muchacho. Me pareció muy escuálido, como desnutrido. Hasta me recordó las fotos de los niños internados en los campos de los boers. Se puso en pie y bajó la cabeza, haciendo ridículas reverencias y pidiendo disculpas. Le ordené que me enseñara el libro. Era una recopilación de relatos góticos, de varios autores de baja categoría. No sabía ni que ese chico con aspecto desarrapado supiera leer, y resulta que le gusta el mismo tipo de literatura que a mí.
Dijo que leía sobre vampiros porque quería estar preparado para cuando se encontrara uno, cosa que según él puede ocurrir de un momento a otro. Soltó esta simpleza tan serio que me entró la risa. Un vampiro, por Dios. Tuve la extremada generosidad de ofrecerme a mostrarle historias buenas de verdad en algún momento en que no estuviera ocupado. Al principio se negó y puso excusas, en tono balbuciente, pero tras unos minutos de insistencia logré convencerlo. Es bueno culturizar al servicio. Así me sirve de desahogo a mí también. Evelyn me roba muchas energías. Y me pone triste ver a Jonas sufrir por su hija. Necesito un poco de evasión sana. Creo que le leeré Drácula. Encontrarse con un vampiro en estos lares, qué ocurrencia.


17 de agosto de 1901
Por fin puedo escribir de nuevo. Una nueva crisis de Evelyn me ha tenido todo el día de ayer y de hoy encerrada en casa, haciendo de enfermera. No me quejo, pero me gustaría recibir un poco de ayuda.
Anna desapareció a primera hora de la mañana y no regresó hasta bien pasada la tarde, la muy descarada. Dijo que había ido a montar a caballo. Le pregunté a Tom y me lo confirmó, pero casi seguro que hizo algo más; fueron muchas horas. Jonas no ve preocupantes estas escapadas. A mí, en cambio, me hacen sospechar que tiene algún galán en el pueblo o en alguna casa de los alrededores. Cierta juventud de hoy en día está desatada, ha perdido los valores morales. ¿Cómo será el mundo del futuro dirigido por estos chicos que solo piensan en divertirse? ¿Serán capaces de ser padres ejemplares? Las ideas modernas alaban la relajación, la indisciplina y el hedonismo, sobre todo las que vienen del extranjero. No sé lo que nos deparará el nuevo siglo, pero estoy segura de que será algo muy escandaloso cuando una chica de 16 años encuentra placer en montar a caballo a horcajadas, como los hombres. Es extremadamente inmoral se mire por dónde se mire. Para colmo, Anna se negó luego a acompañarme en las labores de bordado aduciendo que estaba cansada, y de inmediato se fue a acostar. Tenía la cara toda roja por el sol. Ni siquiera se puso sombrero para salir. ¡Que Dios me ayude! No sé si voy a poder con estas niñas. Solo la devoción que siento hacia Jonas me hace aguantar las ganas de aplicarle un correctivo a esa rebelde.


20 de agosto de 1901
La pobre Evelyn está muy mal. Le duelen la tripita, los riñones y la espalda. Ayer se pasó el día vomitando. Tuve que ponerle paños fríos, y secarle el sudor cada poco. Estoy muy asustada, y Jonas también. Me siento tan triste que cada día escribo menos en este diario. Rezo mucho, sí, pero parece que a la niña no le hace ningún efecto. Tuvo una reacción violenta anoche cuando le acerqué el crucifijo. Dijo que veía al demonio, parecía como loca, señalaba a una pared donde no había nada, luego tiró al suelo el agua que tenía sobre la mesita, y empezó a sufrir espasmos. Hasta Anna, que es tan insensible, se puso a llorar y me espetó que me largara, que era yo la que la martirizaba con mis rezos. ¿Cómo me pudo decir algo tan horrible?
Ansío que Jonas llegue de Londres con el nuevo doctor. Se lo recomendó un accionista de la compañía. Al parecer es una eminencia en casos raros y en histeria. Mañana si todo va bien, estará de regreso.


21 de agosto de 1901
Casi no pude contenerme cuando vi a Jonas bajarse del coche con el doctor Koestler a primera hora de la mañana. Anna y yo le dimos besos y abrazos. Hacía mucho tiempo que no sentía tantas ganas de apretujar a alguien contra mi pecho.
El doctor es un hombre joven, más de lo que yo pensaba. Le echo unos treinta. Tiene el rostro poco curtido por lo que deduzco que ha pasado toda su vida en Londres sin hacer vida de campo. Es alto y delgado. Sus miembros y facciones son delicados. Lo que digo, parece de buena familia, pero muy urbano. Me llamó la atención lo rubio de sus cabellos. Creí entender que era de origen alemán o austriaco, y que estudió en la Universidad de Colonia. Se parece a alguno de los líderes boers que salen en prensa, pero cuando traté de tirarle de la lengua para adivinar sus simpatías se mostró a favor de la causa de nuestro país.
Se le ve muy diligente pese a su poca edad, e intuyo que no muy extensa experiencia. De inmediato, pidió ver a nuestra enfermita. Anna no se separó en ningún momento del doctor. Le formuló preguntas inadecuadas, si estaba soltero o comprometido y si el sello que llevaba, con un símbolo grabado en él, era emblema de su aristocrática familia, cosas así. Jonas ni le recriminó su descaro.
Menos mal que el doctor se centró en Evelyn. Quedó a solas con ella en el cuarto, y la examinó durante una media hora larga. Todos esperábamos con el alma encogida su diagnóstico, pero cuando salió, serio, pidió hablar en privado con Jonas. Por mucho que he insistido no he logrado sacarle nada de lo que le ha dicho el doctor, pero está muy taciturno desde entonces. Tal vez la enfermedad es más grave de lo que todos pensábamos. Solo imaginarme el desenlace pronto y terrible me pliega el corazón. Jonas ha ordenado a los criados que avíen un cuarto para nuestro invitado, que se quedará, si no nos han informado mal, una larga temporada.


23 de agosto de 1901
He empezado a leer Drácula a Tom. Le he dicho que venga al gabinete antes del almuerzo. Me encanta leer junto a la ventana, cuando todavía hay luz natural. Para él no es buena hora, ya que tiene que hacerse cargo de los caballos y de los establos, pero le he pedido a Jonas que sea indulgente. Una media hora al día es suficiente para que no se sobrecargue mi voz.
Hoy hemos leído la llegada de Jonathan Harker al castillo, entre aullidos de lobos. Creo que he logrado captar la atención de Tom. No dijo ni media palabra, ni casi respiraba mientras yo leía las descripciones de la tierra transilvana que tanto terror me causaron hace dos años, cuando leí la obra por primera vez. A Tom parece causarle el mismo efecto.
Fue muy gracioso cuando, justo antes de terminar la lectura, entró el doctor Koestler en el gabinete y nos pilló sobre el libro, bañados por la luz veraniega. Tom se puso firmes, como si acabara de llegar un general y él fuera un recluta díscolo. Koestler lo miró con displicencia; me dijo que tenía que preparar unas medicinas para Evelyn, y que viajaría a Londres a por unos libros, y se marchó, con la misma frialdad. Tom, que hasta entonces no había dicho ni palabra, susurró: “Parece que no tiene sangre en las venas, parece un vampiro”. Me eché a reír.

Thierry dejó el diario, extasiado. Eran las siete, y había prometido a Eli ir a cenar esa noche. También estarían Leonora y Clive. Así que no podía llegar tarde. Jacques, que no estaba invitado, puso cara de vinagre en cuanto lo vio en el recibidor, peripuesto como si tuviera una cita.
―La próxima vez no iré si no vas tú ―susurró el señor Dumont, mientras se ajustaba la chaqueta frente a uno de los espejos.
―Se agradece el interés, aunque sé que debo acostumbrarme a estar en un lugar secundario, relegado en un rincón, como un juguete que ya no divierte...
―A Eli nunca le has divertido.
―Pues también es verdad. Por cierto, ¿qué tal el diario?
―Es un dramón.
―¿En serio? ¿Bajas pasiones? ¿Amores contrariados? ¿Oscuros secretos familiares?
―Ya te contaré. Pero pienso que te va a gustar.
Le pegó un golpe cariñoso en el antebrazo para despedirse.
Sabía que en cuanto saliera por la puerta, su amigo volvería a poner boca bajo la fotografía de Elizabeth.


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