
Capítulo 8
La detective inspectora Millicent Price arrojó sobre la mesa la carpeta con los datos del caso de Irene Grant, para terminar de comer un sándwich de jamón york y queso, ajena a las regañinas del detective sargento Richardson, quien consideraba que dejar manchas de grasa en los expedientes era un feo detalle solo comparable a beber alcohol durante el servicio (cosa que Price también hacía; cómo iba a meter en el buche ese seco sándwich sin ayuda de una cervecita). Tenía además, que enviar un mensaje por teléfono móvil a sus amigas, con las que tenía planeado viajar a las islas griegas.
Así que Richardson aguardó sentado frente a la revuelta mesa de la inspectora mientras esta fantaseaba con sus futuras aventuras playeras y sus quemaduras cutáneas, que apenas devendrían en un moreno decente. A él tampoco se le hubiera logrado, siendo negro.
Cuando ella terminó, apartó de un manotazo las migas caídas sobre la mesa, miró con desgana las pilas de expedientes y sobre todo a Richardson, ese novato que se había incorporado hacía poco al grupo y cuyo mayor interés en el trabajo era trabajar. Qué presuntuoso; ya se le pasaría con los años. Cuando llevara exactamente treinta años en el cuerpo, veintidós de ellos en el CID (Departamento de investigaciones criminales) y estuviera harto de asesinatos, violaciones brutales y desapariciones de adolescentes, y de Holmes. No del detective imaginario, sino del sistema de información que almacenaba datos sobre crímenes a lo largo del Reino Unido, al objeto de facilitar las tareas de investigación.
Price abrió, entre resoplidos, una de las carpetas con la documentación generada por la base de datos de Holmes 2 acerca el caso: personas que vieron a Irene por última vez, amistades, relaciones, casos similares, diagramas varios (el sistema sacaba unos bonitos y coloristas gráficos de vínculos), listas de sospechosos, y las indagaciones que sobre estos se habían llevado a cabo.
―Este caso de mierda no avanza nada ―bramó la policía, arrugando una de las páginas del informe―: Qué pereza da leer esto. Veamos: Irene Grant fue encontrada en el Támesis por un tal John Mazzarino, que la vio desde un punto cercano a Rotherhite Street, en Camberwell. Llevaba un día muerta. Sus padres habían denunciado la desaparición seis días antes. La chica había salido con un amigo, Francis Berg, de 17 años, que la dejó junto a una librería de Jacob Street, en la orilla sur del río, a unos dos kilómetros de su residencia. Le dijo que había quedado con una amiga para que le prestara un CD de Coldplay. A las 19:00 horas Francis la telefoneó pero ella no contestó la llamada, ni a las siguientes. El cuerpo mostraba signos de violación y tortura. La desangraron. Como detalle significativo, una marca hecha con cuchillo u otro instrumento cortante en la espalda. No se ha podido averiguar el origen de tal símbolo, si es que lo es: no pertenece al enoquiano, ni a ninguna zarandaja esotérica, ni, por descontado, a ningún alfabeto conocido. No hay pistas, no hay testigos. La chica no tenía amistades peligrosas. Frecuentaba la iglesia. Hasta el amigo es un santito. Hace seis meses apareció otra chica en el Támesis en similares condiciones, Natasha Keldysh, también de pasado y presente irreprochables. Qué pena, estas eran de las pocas chicas normales y honradas de hoy en día en Londres, pese a ser Natasha extranjera, claro. Y ¿después de un mes y medio no sabemos más que esto?
Richardson lanzó un suspiro. Price no solo era ligeramente xenófoba, sino también racista y homófoba; y lo más gracioso es que no se daba cuenta, y ante cualquiera mantenía todo lo contrario incluso a gritos. Cuando se la presentaron, lo primero que le dijo fue: “Quién iba a pensar que en la policía iba a terminar habiendo negros. Hemos progresado mucho desde la Metropolitan Police Act, ¿verdad? Ahora hay muchísimos”. A continuación, le preguntó si estaba casado o tenía novia, a lo cual Richardson respondió que era gay y tenía una pareja desde hacía dos años. Tras el momento de desconcierto de la detective inspectora, esta volvió a sonreír y añadió: “Es increíble; no solo permitimos negros sino también maricas. Desde luego, no hay siglo como el XXI”.
―Bueno, tenemos una pista nueva ―dijo Richardson, abrumado―. Una llamada telefónica relacionada con una desaparición denunciada a finales de 2008.
―No será lo de la secta satánica…
―No es satánica. Es decir, no me siento capacitado en virtud de mis conocimientos para calificarla como tal, pero…
“Capacitado en virtud de sus conocimientos”: Millicent lo miró por encima de las lentes con gesto ceñudo. Vaya fino qué hablaba, cómo se notaba que era gay, y eso que amanerado no parecía.
―Richardson, al grano.
―Se trata de la desaparición de Alice Blackwell, una joven de 18 años, residente en Ball’s Pond Road, en Hackney. Hacía unos meses que se había independizado. Estudiaba en la Universidad de Londres, en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos. La chica frecuentaba un club de vampiros en Carter Lane. Se trata de un club nocturno, donde entre otras cosas ingieren sangre. Los propietarios son Damon y Hugh Mallory, padre e hijo, pero lo regenta el segundo.
―Ya, cada día hay gente más rara suelta por ahí. Clubes de vampiros. No sé en qué piensan los padres de hoy al dejar a sus hijos beber sangre alegremente. Aunque las morcillas están bien ricas; me encanta el black pudding, hum, con su sangre de cerdo, su pimientita de cayena, sus cebollitas, delicioso como todo lo que hacemos en Lancashire. ―Millicent entornó los ojos como si hubiera traído a la boca el sabor de aquella receta que tan horripilante sonaba en los oídos de su compañero.
Este, tras el breve receso y un carraspeo, continuó:
―Nuestro informador cree que en este local ha habido abusos y actos de sexo sadomasoquista muy violentos, y no siempre consentidos. Según él, Mallory se considera un auténtico vampiro. En los años noventa, su padre, Damon, fue detenido por asaltar a una mujer. No la violó ni abusó de ella, pero cuando lo detuvieron para interrogarlo llevaba una cuchilla o daga. Todo esto concuerda con lo que se averiguó durante la investigación el año pasado.
―Déjame adivinar, ¿a qué su hijo tampoco resultó imputado de ningún cargo por la desaparición de la tal Alice Blackwell?
―No, pero… No me parece anecdótico que Irene Grant, al igual que Natasha, fuera desangrada. Brent, Martin y Gabriel investigan algunas sectas y grupos satánicos por si el móvil hubiera sido ritual. Después de todo, los vampiros beben sangre. Y he estado mirando la historia de alguno de ellos, Erzsbet Bathory, que al parecer clavaba agujas también en las jóvenes, a las que atormentaba para extraer su sangre. Eso sucedió hace siglos, por supuesto, y, por supuesto, no se trataba de una vampira sobrenatural. Pero el jefe no quiere agotar ninguna opción.
La detective lo sabía, lo cual no quería decir que le hiciera gracia.
―Por cierto, aquí tengo una copia del expediente del caso Blackwell. He marcado algunas líneas donde se describen los objetivos y creencias del Club Mallory.
Price, aterrada, echó un ojo al grueso cartapacio, del que escapaban muchas hojas con subrayados de color verde fósforo.
―Resume, Richardson.
Sin tardanza, el sargento le explicó el surgimiento del Club de Vampiros a partir del legado del doctor Koestler, un sectario de tercera o cuarta fila de principios de siglo. Se decía que había unas fórmulas mágicas que el supuesto doctor había desarrollado en su afán científico de encontrar el verdadero camino hacia la transmutación de la raza humana. El vampiro era el modelo.
―No me diga, señora, que no es sospechoso. Tenemos aquí a un tipo que cree que posee arcanos rituales para transformarse en vampiro. Es más, Koestler, en lo poco que hemos llegado a averiguar, fue investigado por la policía en 1901 por un misterioso caso de desapariciones de mujeres. A él mismo se le acusó de… ser vampiro.
―Uf, me parece que no nos queda más remedio que hacer una visita de rutina a Mallory. Comeré ajo para protegerme. ―Price rió a carcajadas, para consternación del sargento.
―Pero el jefe quiere que nos reunamos ahora mismo con los perfiladores para recoger sus informes ―dijo Richardson.
Habiendo sido una de las primeras mujeres en dedicarse a la investigación criminal en la policía del Reino Unido, y teniendo ideas bastante conservadoras sobre las técnicas más adecuadas para pillar al asesino, la idea de escuchar a unos psicólogos o similares soltando adivinaciones y suposiciones basadas en su gran conocimiento del ser humano, y en casos anteriores, se le antojaba a Price bastante desagradable e inservible. Para ella, el mal se reflejaba en la cara y en los comportamientos, vistos frente a frente. Una profecía no era suficiente.
No obstante, así funcionaban las policías más adelantadas del mundo. Los perfiladores daban un aire de sofisticación a las pesquisas que no tenían decenas de agentes revisando el lugar del crimen o interrogando a testigos.
La señorita Varma, de origen y rasgos hindúes, era la perfiladora geográfica, dedicada a una variante del perfil criminal tradicional apoyado por la psicología. Era joven, morenísima y vestía como una modelo. Era la primera vez que colaboraba en un caso para la policía; es decir, era una novata. Al ver aquel tipazo subido en tacones de quince centímetros, y moviéndose con la finura de una chica de clase alta, Price se sintió muy irritada.
―¿No te gustaría de novia? ―le dijo al sargento, quien la miró de mala manera.
El otro perfilador, el señor Chadwick, ya era un viejo conocido de Price. Solía soltarle algún piropo con intención de ligue nada encubierto cada vez que se encontraban. La detective inspectora no le hacía ni caso. Era un pipiolo, no tenía ni cuarenta años, y estaba casado. Si le gustaba ella tenía que tratarse de un pervertido o algo mucho peor. Eso sí era hacer un buen perfil.
―Bien, señorita Varma ―dijo Price―. Siéntese, no vaya a caerse de tanta altura y hacerse un esguince. ¿Qué nos tiene que contar?
El Inspector Jefe y los demás policías esbozaron gestos de resignación, pero la señorita Varma parecía algo confusa.
―Bien, tenemos dos muertas con siete meses de diferencia entre ambas ―comenzó la joven psicóloga, algo dubitativa, amedrentada por las miradas de los adustos policías―. No sabemos si hay más. Habría que buscar expedientes de adolescentes desaparecidas con el mismo perfil de las víctimas. Dadas las ubicaciones donde aparecieron los cadáveres, en el río Támesis, no muy lejanas una de la otra, parece claro que el asesino vive cerca de la zona, o tiene fácil acceso porque trabaje en los alrededores. Me inclino por la primera opción. Las elaboradas torturas que le infligió a sus víctimas demuestran que posee un lugar seguro para actuar, donde puede tomarse su tiempo, una casa propia en cercanías, tal vez. También apoya mi suposición el hecho de que Irene Grant desapareció en una calle que está cerca del Támesis. Tenemos un pequeño triángulo de actuación...
―Un triángulo de dos vértices ―cortó Price, aburrida.
La señorita Varma sufrió un escalofrío, pero Chadwick se rió por lo bajo.
―Perdone, pero infiero que si hubiera una tercera víctima esta también aparecería en la zona, y entonces conformaría un triángulo. Está demostrado que, en el ochenta por ciento de los casos, el asesino vive dentro de esa figura geométrica.
―Oiga, no vaya de Nostradamus, y analice las dos víctimas que tenemos, no las futuribles.
―Señora Price, deje hablar a nuestra compañera ―intervino el Inspector Jefe Haley, molesto.
―Creo que se trata de una persona no joven, pues dispone de ciertos medios, al menos casa y coche (para transportar los cuerpos); planificador y organizado, sin síntomas de enfermedad mental. La limpieza de restos orgánicos en las víctimas atestigua su minuciosidad. Su modus operandi parece ser elegir a las chicas por algún motivo concreto, llevarlas al lugar de crimen, y luego, deshacerse de ellas en el río.
―Entonces, según usted el asesino vive cerca del río ―intervino Haley.
―Tal vez no demasiado cerca. Podrían reconocerlo si vive en el mismo lugar donde actúa ―respondió Varma, dudosa.
―Entonces, nada de lo que usted dice es seguro ―terció Price, ya bastante harta.
―Bueno, creo casi con toda seguridad que se trata de un varón...
―No me diga; nunca se me hubiera ocurrido...
Hubo risitas entre los policías, alguna cara contrariada también. Chadwick le guiñó el ojo a su admirada Price, quien le regaló una mirada asesina.
―También podría ser una mujer que viola ayudada por objetos fálicos ―osó decir Richardson.
―Joder, sargento, no alucines. Con un plátano será o con un calabacín. Eso es típico de las masturbadoras de los relatos porno.
―Calma ―dijo Haley, ruborizado, mientras el grupo policial a duras penas aguantaba las risas―. Continúe, señorita Varma.
―Eso es todo ―susurró la pobre mujer, aturdida―: un varón de mediana edad, con medios, coche, y vivienda cerca del Támesis, cerca del lugar de aparición de los cadáveres; inteligente, minucioso, planificador...
―Señor Chadwick...
El atildado psicólogo Martin Chadwick se atusó la corbata de color rojo pasión, y, tras lanzar un gesto de seductor a Price, empezó:
―Pues yo tengo una idea muy diferente: bueno, hombre creo que es, mujeres asesinas con esta brutalidad son escasas. Ahora me acuerdo de Deborah Finch, que bebió la sangre de un chico, vecino suyo; lo acuchilló veintisiete veces en el cuello. En mi opinión, sí puede tratarse de un individuo joven (Deborah tenía veinte años). Hoy en día, cualquier chico dispone de coche para moverse; y me resulta muy interesante el ritualismo del crimen. Todas esas torturas no son azarísticas. Esas marcas... yo diría que se trata de la “firma” personal del asesino. El modus operandi puede cambiar a lo largo del tiempo, pero la firma permanece: es algo atestiguado por la ciencia. El detalle del desangramiento aporta una pista sobre las intenciones del criminal. Para mí sí tiene algún tipo de trastorno psicológico. La ingestión de sangre forma parte de su delirio. Podría padecer el síndrome de Renfield, una parafilia emparentada con la necrofilia: muchos de los enfermos son al tiempo esquizofrénicos. Lo más probable es que este sujeto tuviera en su infancia una experiencia traumática relacionada con la sangre, y que descubriera de ese modo accidental que le excitaba. Hay un fuerte componente de sadismo sexual.
Durante un rato más, el equipo escuchó las teorías de Chadwick, quien parecía disfrutar con el relato de varios casos de violencia sexual vampírica, hasta el punto de dar detalles francamente innecesarios para la comprensión de su discurso. Al finalizar, trató de acercarse a la inspectora Price, quien, advertida, salió corriendo con Richardson bien agarrado.
―Esto no son más que necedades. Vamos a hacer esa visita que teníamos planeada. Tal vez encontremos a un tipo con síndrome de Renfield...
Antes de salir, la inspectora colocó en su despacho una nueva fotografía enmarcada de su perro Armin. No era la primera vez que Richardson veía esa cara perruna y esa lengua colgante. Sobre la mesa de la mujer había muchas fotos del dichoso animal. Lo había llamado así en honor a Armin Meiwes, el famoso caníbal de Rotemburgo, que había contactado por internet con un ingeniero deseoso de ser devorado. Meiwes le cortó el pene en dos cachitos, y juntos se lo comieron; luego le comió el resto, tras descuartizarlo, y todo con el consentimiento de la víctima. Difícil discernir cuál de los dos era el loco más rematado. Richardson también dudaba a veces de la salud mental de la detective inspectora.
Pero era su superior, aunque a veces no lo pareciera.
Como ella decía, el caso de Irene Grant (al igual que el de Natasha), no había avanzado mucho desde que la encontraran en el Támesis, ni siquiera con ayuda de los perfiladores. Era uno de esos crímenes que pese a haber acontecido en pleno centro de una de las ciudades más pobladas de Europa, no dejaban ni rastro, como si nadie hubiera visto nada o como si, habiéndolo visto, no quisieran contarlo. El violador y asesino ni siquiera había dejado restos de semen u otras materias orgánicas. No era pues alguien que actuara sin planificación, tal y como decía Varma. Seguramente, tras la muerte de las chicas, las había lavado a conciencia, o habían usado condón. Quizás varias personas se habían encargado de todo el proceso. Solo disponían de esa marca, que, por desgracia, ya era de dominio público, a través de las filtraciones de Internet. Eso podría animar a imitadores, y estropear aún más la investigación.
Sonaba a crimen ritual.
Carter Lane, por cierto, no se encontraba muy lejos del Támesis. A ver si Varma tenía razón y todo.
Price y Richardson se dirigieron hacia ese lugar con muy diferente talante. Él estaba excitado ante su primer caso de importancia; ella no pensaba que fueran a sacar nada en limpio, si ya sus compañeros habían registrado el local en noviembre de 2008 con tan magros resultados. Que los Mallory realizaran sexo sadomasoquista solo era prueba de su estupidez y pérdida de valores sanos.
―Son gentuza, Richardson. Si les gusta pegar a la gente, oh, sí, está todo muy bien; si les gusta que les peguen, también, claro, es normal; todo es normal, y si tú dices que te parecen unos enfermos, eres tú la anormal. Vaya tiempos. Dan ganas de darles gusto de verdad, agarrar un buen látigo de nueve colas y…
―No creo que se trate de enfermos, sino de personas que exploran su sexualidad fuera de las convenciones ―apuntó Richardson, muy serio.
Ella lo miró de reojo. “Exploran su sexualidad”: es que era un finolis.
―Oye, no me hagas pensar mal, sargento. Que si eres de los que les gusta que les peguen, yo no digo nada y te pego lo que haga falta; pero si eres de los otros…
―No soy de ninguno ―dijo él, algo irritado―. Meramente defiendo la libertad de elección del ser humano.
“Vaya la que me ha caído encima”, pensó ella, mientras se adentraban en el Club Mallory.
A mano derecha había una pequeña tienda de souvenirs, donde vendían camisetas negras, ataúdes y demás artefactos indispensables para todo aquel que amara la noche y a sus más representativas criaturas que Price miró con recelo. A mano izquierda, una recepción con un tipo de lo más vulgar, de unos cuarenta años, disfrazado de fantoche, según apreciación de la inspectora, tras el cual había un panel con anuncios de las diversas actividades planeadas como un viaje a Transilvania en agosto, y la presentación de un libro sobre Lord Byron y los vampiros. De frente, dos escaleras, una que descendía hacia el club nocturno, y otra que ascendía, seguramente a oficinas y reservados.
―Perdón, pero no vienen vestidos de forma adecuada ―rezongó el portero.
―La poli siempre viste bien, que lo sepas ―y le mostró sus credenciales.
El hombre se quedó helado. Al instante se disculpó y les permitió pasar junto con un grupito de chicos de oscuros atuendos y chicas con corsés de época y labios pintados de negro, que los miraban y cuchicheaban molestos.
―¿Sabe tu madre que vienes a estos tugurios? ¿No te da vergüenza? ―le dijo Price a una joven que se le había quedado mirando con fijeza. La pobre salió corriendo espantada.
Richardson suspiró.
Descendieron por unas estrechas escaleras hasta el club, dotado de muy poca iluminación para acentuar el efecto siniestro, y decorado en el estilo dark más tópico que uno podía concebir: ataúdes, lápidas como mesas, escudos de armas, candelabros y panoplias cubiertas por falsas telas de araña. La música que sonaba en ese momento tenía, como no, toques de órgano de iglesia. Aunque ni Price ni Richardson lo sabían pertenecía al grupo XIII Stoleti, y se titulaba Elizabeth.
Se sentaron en una lápida en la que había grabados varios nombres y fechas. Otra niña cubierta por un velo negro, como de viuda, los miró de reojo. Solo se levantaba el velo gaseoso para echar un poco de licor al tanque, mientras sus compañeros de mesa (o tumba) conversaban sobre el caso de un vampiro de nuestros días que había salido en National Geographic y en Discovery Channel.
―Oye, mozo ―le dijo Price a uno de los camareros, que iba vestido con una levita negra y sombrero de copa, como un enterrador―. Tráenos una black pudding a cada uno, y para tomar una sangría española.
―¿Cómo dice?
―Traiga dos refrescos ―intervino Richardson, abochornado. El joven se marchó con la orden―. No es conveniente llamar la atención, señora. Ya bastante nos están mirando.
―¿Te has fijado que no hay góticos negros? ¿Por qué será? ―murmuró ella, que espiaba en torno con atención, en busca de Mallory, el cual le habían dicho que solía estar en su club sobre esa hora.
Y, en efecto, allí se encontraba, acodado en la barra, en forma de sarcófago, con un vaso en la mano. El propio Mallory, un chico de unos veinte, vestía en consonancia con ese ambiente prefabricado y artificial. Tenía el pelo teñido de rubio platino, peinado hacia atrás y recogido en una coleta; y cubría sus escasas carnes con una levita negra en la que brillaba el emblema de su organización. Sus uñas eran larguísimas. A Price le dio mucho asco; estaba aún más ridículo que en fotografías.
El tipo, como todos los demás, se les había quedado mirando. Ella pensó que si no era tonto (y quizás no lo fuera, pese a las apariencias) no tardaría en imaginarse que no eran clientes ansiosos de sangre sino personas de las que podían complicarle la vida. Incluso, si era algo listo, entendería que eran policías como los que ya le habían interrogado en relación al caso de Alice Blackwell.
La perspicaz vista de la inspectora Price detectó una cara conocida a menos de tres metros de Mallory. Nada menos que Layton Blackwell, hermano de la desaparecida, que seguía frecuentando ese dudoso local: increíble. Richardson también recordó su cara de haberla visto en las fotos del informe. E igualmente se sorprendió. Tal como rezaba en su declaración, tomada durante las pesquisas del caso de su hermana, la noche de autos la había pasado con Mallory, tomando copas en su casa, una débil coartada, que, no obstante, había sido suficiente para exculpar a ambos. Blackwell, como su amiguito, iba vestido de negro (bueno, allí eso no era ninguna rareza), y portaba un colgante con un ankh.
―Es el símbolo egipcio de la vida ―informó Richardson.
―Sí, ya lo sé, que he visto El Ansia. Ya sabes, esa peli de vampiras lesbianas y David Bowie.
―No eran “lesbianas” ―aclaró el sargento―. El personaje interpretado por Catherine Deneuve, la vampira inmortal, solo ansiaba compañía, pues no sabía vivir en soledad.
―Ya, pero se revolcaba con la Sarandon, y bien revolcadas. Si eso no es ser lesbiana...
Mallory, que no les quitaba ojo, por fin dejó su vaso sobre el mostrador, se estiró la chaqueta, llena de botoncitos dorados y alamares del mismo color, y se aproximó a ellos, casi sin rozar a las alegres criaturas de la noche.
―Señora y caballero ―dijo, en tono amable, falso pero amable―. Es un honor contar con la presencia de personas tan interesantes como ustedes, pero les recuerdo que para entrar en este local hay un código de vestimenta muy estricto.
―Pues no se nota; todos van como mamarrachos ―dijo Price.
Mallory sonrió, sin mostrar enojo.
―Bueno, esa es su percepción. La mía es que tal vez deberían abandonar el club.
―Señor Mallory, somos la detective Inspectora Price y el detective sargento Richardson, y este es nuestro código de vestimenta: ¡siéntese aquí!
El tipo no era tonto; obedeció sin permitir que se le marchitara la sonrisa social y afable.
―¿Alguna novedad en el caso de Alice? ―inquirió, y en ese momento sí que se puso serio.
―¿Te suena esta cara? ―dijo Price, de buenas a primeras, mostrándole la foto de Irene Grant.
―Pues sí, sale en televisión a menudo. Es la chica que apareció muerta en el río. Antes de que me haga la pregunta ya le digo que no la conozco de nada, y que nunca vino por aquí. Según lo que dicen en televisión ni siquiera frecuentaba estos ambientes.
―Voluntariamente no, desde luego. Dinos que hiciste el 14 de abril a partir de las 18:00 horas.
Mallory no se inmutó. Sacó de un bolsillo una pequeña agenda y la consultó con parsimonia.
―Celebramos una fiesta en el local, como la que vamos a celebrar esta noche. Le daré una lista de personas que estaban conmigo y lo pueden corroborar.
La detective miró a su compañero, que estaba ansioso de intervenir.
―Oye, Richie; vete a hablar con Blackwell, que vas a destrozar el suelo de tanto taconear.
El sargento no espero una segunda orden para levantarse a toda prisa y dirigirse hacia el objetivo.
―Ya ves, Mallory, la juventud rebosa energía. Pero bueno, tú eres joven. También la descargarás en mil y una actividades excitantes, como pegar a otras personas mientras te haces tocamientos sucios.
Mallory rió suavemente, sin mostrar molestia.
―Es usted impertinente, y muy poco respetuosa. No tenía idea de que en la policía permitieran este tipo de comportamientos. ¿No es contrario al reglamento o algo así? Pero bueno, a lo que vamos, no tengo nada que ver con Irene ni con la otra chica. Supongo que habrán venido aquí por la relación con la sangre. Nosotros realizamos un ceremonial, es cierto, pero hay muchos que lo hacen. No tengo nada que ocultar.
―¿En qué consiste el Ceremonial?
―Son disciplinas de control psicológico para separar el espíritu del cuerpo físico, con ayuda de la energía de la sangre.
―¿Nada de crímenes rituales? ¿Matar vírgenes y cosas por el estilo?
Mallory se rió, inquieto.
―Hay mucha leyenda negra sobre nosotros, pero no necesitamos de tales cosas. La sangre nos la ceden voluntariamente algunos adeptos inferiores. No hay más misterio.
―¿Y qué opina usted de esas chicas que han desangrado? ¿Le parece que puede ser la obra de un vampiro?
―Podría ser… Mire, a pesar de todo me ha caído bien. La invito a quedarse al ritual que celebraremos de madrugada. Así verá con sus propios ojos cuán inocente es todo esto.
Price le sonrió con desdén, y, de inmediato, se levantó y caminó hasta el lugar donde el sargento interrogaba a Blackwell. Los sorprendió justo cuando el hermano de la desaparecida Alice lloraba con exagerados mohines ante el rostro impertérrito del policía.
―¿Qué? ―dijo ella.
―Está aún afectado. No puede hablar de su hermana sin que se le caigan las lágrimas ―explicó Richardson―. No conocía a Irene Grant. Luego pondré una foto suya en el local a ver si alguien de aquí…
La inspectora tenía los ojos sobre el señor Blackwell, que no dejaba de gimotear.
―¿Qué clase de chica era tu hermana? Según los datos de su expediente parecía algo ligerilla…
―¡Señora! ―saltó Richardson―. Tenga un poco de tacto.
―¿Cómo se atreve? ―sollozó el joven―. Era una muchacha libre, y hacía lo que le venía en gana, pero usted no tiene derecho a juzgarla.
―Su último amiguito conocido fue un tal Charles Granger. ¿Es correcto? ―dijo ella, tras consultar sus notas.
―Ya dije todo a la policía en su momento. ¿Por qué insisten? Tal vez ella se largó con algún amigo. Era muy aventurera. Aunque si fue asesinada ―el joven se irguió, e hizo más grave la voz― sí que sería Granger el primer candidato de mi lista. Quería ser un vampiro como nosotros.
A Price se le escapó una grosera carcajada.
―¿Como vosotros? ¡Dios mío, lo que hay que oír! ―Price se metió la mano bajo la camisa y sacó un crucifijo que pendía de una cadena de plata. Se lo puso a Layton Blackwell delante de las narices.
―No sea ridícula ―dijo el joven, ya muy iracundo―. La iconografía cristiana y religiosa no nos hace daño. Nosotros no creemos en Dios.
Tras unas cuantas preguntas rutinarias más, que el vampiro aficionado contestó con desgana, entremezclando algún llanto cuando se mentaba a su hermanita y dejando claro que también estaba en la fiesta de Mallory cuando la víctima desapareció, Price y Richardson pegaron varias fotos de Irene en las paredes, que algunos jóvenes se acercaron a mirar. Pero pronto la novedad dejó de interesarles.
Ante las miradas asombradas de los policías, varios camareros repartieron copas de estilo antiguo, como pequeños cálices de bronce. Blackwell, sentado entre varios chicos de poco más de dieciocho años, la edad límite para entrar en el club, se descolgó al ankh del cuello, y empezó a rasgar los brazos de algunos de ellos. Los chicos se los ofrecían desmañadamente, algunos con gesto de terror, otros de excitación. Luego Blackwell, como en otras mesas el resto de los vampiros, se inclinaban para succionar la sangre. Mallory, más fino, dejó que se llenara su copa y bebió directamente de ahí.
Por un instante, Price sintió miedo. Fue cuando el asco se vio superado y vencido por el convencimiento con que aquellos jóvenes, seguramente de buena familia, realizaban tales actos irracionales, en la creencia de que realmente eran vampiros. Su estupor terminó de la manera más abrupta, cuando tras escuchar un golpe sordo, tuvo que levantar a Richardson del suelo, con ayuda de unos enterradores de pacotilla que no tenían muchas ganas de realizar su falso oficio esa noche.
―Vaya blando que eres, sargento. ¡Esto no es nada! ―gritaba Millicent, entre carcajada y carcajada.
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